Mientras la PC de mi casa decidió terminar antes y se murió ayer (trataré de arreglarla) les dejo mi saludo de fin (comienzo) de año; esperando que 2010 sea mejor…
Ven Señor Jesús
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Mientras la PC de mi casa decidió terminar antes y se murió ayer (trataré de arreglarla) les dejo mi saludo de fin (comienzo) de año; esperando que 2010 sea mejor…
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CIUDAD DEL VATICANO, 4 FEB 2010 (VIS).-Se ha publicado hoy el Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2010. El texto, fechado el 30 de octubre de 2009, lleva por título la siguiente afirmación de San Pablo en su Carta a los Romanos: “La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo”. Sigue el documento íntegro en su versión española:
“Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” – “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
“El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar -advierte Jesús- es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado… por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica”.
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CIUDAD DEL VATICANO, 1 FEB 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de febrero es: “Por todos los intelectuales y las personas de cultura, para que por medio de la sincera búsqueda de la verdad puedan llegar al conocimiento del único Dios verdadero”.
Su intención misionera es: “Para que la Iglesia, consciente de su identidad misionera, se esfuerce en seguir fielmente a Cristo y en proclamar su Evangelio a todos los pueblos”.
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jueves, 21 de enero de 2010 – Eclesia.info. Con el lema: “María, guía a tu pueblo a la reconciliación y la paz”, la Iglesia diocesana de Lomas de Zamora celebrará el 24 de enero su fiesta patronal en honor de Nuestra Señora de la Paz.
Será con una misa presidida por el obispo Jorge Lugones, que comenzará a las 19 en la Plaza Grigera del centro lomense, frente a la catedral; luego de la celebración eucarística -se anunció- se desarrollará la procesión con la imagen de la Virgen por las calles de la ciudad.
Además de ser la Iglesia Madre de la diócesis, la catedral es una de las 56 parroquias del territorio diocesano. Y con motivo de la fiesta patronal del próximo domingo, los fieles de esta comunidad celebrarán también los 150 años de la colocación y bendición de la piedra fundamental del templo.
Las parroquias que conforman la diócesis -dentro de los partidos de San Vicente, Presidente Perón, Almirante Brown, Ezeiza, Esteban Echeverría y Lomas- desde ya están invitadas a la fiesta en memoria de su Patrona.
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Señor Embajador de la República de Haití Excelentísimo Raymond Mathieu, queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio hoy nos pone frente al primer milagro de Jesús. En esta escena tan alegre, como es la de un casamiento, la gente está entretenida charlando, festejando, todo lo que se hace en una fiesta. Sin embargo, a escondidas había un problema. Nadie se daba cuenta pero faltaba el vino. Y ya las jarras se estaban acabando y no había con qué llenarlas. Qué papelón, qué problema.
La Virgen se acerca a Jesús y le dice: mirá el problema. Jesús primero le dice que no es el momento pero le hace caso. Creo que Ella lo había educado de chiquito a mirar la vida de los demás preparando así su corazón humano para ser el hombre que comprende, acompaña, consuela todo dolor y todo problema humano. Y Jesús mira dónde está el problema. Es curioso, después, a lo largo de su vida, siempre encontramos en el Evangelio que Jesús mira a la vera del camino a los que están al borde del camino, a los que se esconden por vergüenza o por miedo. Los que no se animan a estar con los demás porque tienen problemas o porque son leprosos o porque son ciegos o paralíticos, o son pecadores, son considerados como pecadores porque todos somos pecadores.
Y Jesús siempre mira al borde del camino y los llama. Es propio de Jesús esa actitud de mirar a aquellos que están en los extremos en los momentos más duros de la existencia, al borde del camino de la existencia y llamarlos.
Y los ayuda, los cura, los consuela, los fortalece, los hace discípulos suyos. Esa actitud de mirar y acercarse, porque es mirar y acercarse a quien está pasando por problemas, Él nos la enseña a nosotros. En aquella parábola del buen samaritano Jesús no alaba al sacerdote que pasó y dio un rodeo para no mirar el problema en que estaba una persona, no alaba al escriba que pasó y dio un rodeo para no mirar a la persona que estaba allí. Sino alaba a quien se acerca a donde hay un problema y le dice a la gente que lo rodea: hagan ustedes lo mismo, acérquense donde hay un hermano necesitado, acérquense donde hay un problema. Como la Virgen le señaló dónde había un problema, en el casamiento lo hizo acercar.
¿Y qué nos dice la Virgen, que le dice la Virgen a los que servían la fiesta y a nosotros? “Hagan todo lo que Él les diga.” Y Jesús nos dice: “acercate”. Donde hay una necesidad ahí hay una presencia mía escondida. Soy yo el que estoy sufriendo en esa necesidad, así nos dice el Señor.
Y hoy en esta misa escuchamos que la Virgen nos dice “hagan lo que Él les diga” y Él nos dice “acercate”. No te distraigas, no te hagas el distraído. Mirá a ese pueblo que está sufriendo, a esos hombres y mujeres haitianos, a esos ancianos, a esos niños. Tantos muertos, tantos heridos, tantos que están sufriendo despojados por este tremendo terremoto.
No nos conformemos con leer las noticias del diario o ver por televisión alguna cosa. Acercá tu corazón allí. “Estoy de vacaciones, no puedo…” Un corazón cristiano nunca está de vacaciones. Siempre está abierto al servicio allí donde hay una necesidad, porque sabe que donde hay una necesidad hay un derecho y este pueblo, por ser hermano nuestro, tiene derecho a nuestra atención.
No sé, cada cual verá cómo acerca su corazón. Dejá alguna diversión, ponete en silencio en oración, hacé alguna penitencia para acompañar el dolor de tu pueblo, private de algo y dalo para que puedan tener alimento, medicina, lo que necesitan. Pero ese pueblo es nuestro hermano. Y mi hermano está allí al borde del camino de la existencia, mi hermano está sufriendo y no me puedo hacer el distraído.
Le pedimos a la Virgen que se meta en nuestro corazón y haga lo que hizo ese día con Jesús: “mirá, mirá el problema”. “Y a mí qué me va, yo no me meto”, parece que Jesús le decía y Ella lo empuja.
Que nos empuje a hacer algo: oración, penitencia, limosna, despojo de algo que nos guste, que tengamos en favor de los demás.
Con esa caridad que pasa por la mente, el corazón y toca el bolsillo. Miremos a la Virgen que nos mira a nosotros y nos dice “hagan todo lo que Él les dice”. ¿Y qué nos dice Jesús? No des un rodeo para no ver el problema, como hizo el sacerdote y el escriba de la parábola.
Acercate.
Es el dolor de tu hermano, es la llaga de tu hermano.
Compartila y llorá con él.
Catedral Metropolitana, 17 de enero de 2010, ciudad de Buenos Aires, Argentina
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«Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar»
Lectura del libro de Nehemías 8, 2- 4a.5-6. 8-10
«Así lo hizo el sacerdote Esdras. El día primero del séptimo mes trajo el libro de la ley y ante la asamblea compuesta por hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, lo estuvo leyendo en la plaza de la Puerta de las Aguas desde la mañana hasta el mediodía. Todo el pueblo, hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, escuchaban con atención la lectura del libro de la ley. Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera levantado al efecto…Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues estaba más alto que todos, y, al abrirlo, todo el pueblo se puso en pie.
Esdras bendijo al Señor, el gran Dios; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: Amén, amén. Después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor… Leían el libro de la ley de Dios clara y distintamente explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía. El gobernador Nehemías, Esdras el sacerdote-escriba y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todos: Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios: no estéis tristes ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley. Nehemías añadió: Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces y mandad su porción a los que no han preparado nada, pues este día ha sido consagrado a nuestro Señor. ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes!».
Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 12-30
«Del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, por muchos que sean, no forman más que un cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo; y todos hemos bebido también del mismo Espíritu. Por su parte, el cuerpo no está compuesto de un solo miembro, sino de muchos. Si el pie dijera: «Como no soy mano, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo? Y si el oído dijera: «Como no soy ojo, no soy del cuerpo», ¿dejaría por esto de pertenecer al cuerpo? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podría oír? Y si todo fuera oído, ¿cómo podría oler? Con razón Dios ha dispuesto cada uno de los miembros en el cuerpo como le pareció conveniente. Pues si todo se redujese a un miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Por eso, aunque hay muchos miembros, el cuerpo es uno. Y el ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; ni la cabeza puede decir a los pies: «No os necesito».
Al contrario, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles son los más necesarios, y a los que consideramos menos nobles, los rodeamos de especial cuidado. Asimismo tratamos con mayor decoro a los que consideramos más indecorosos, mientras que los que son presentables no lo necesitan. Dios mismo distribuyó el cuerpo dando mayor honor a lo que era menos noble, para que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocupen los unos de los otros. ¿Que un miembro sufre? Todos los miembros sufren con él. ¿Que un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría. Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro. Y Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan en nombre de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego vienen los que tienen el don de hacer milagros, de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso. ¿Son todos apóstoles? ¿Hablan todos en nombre de Dios? ¿Enseñan todos? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros, o el don de curar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso, o pueden todos interpretar ese lenguaje?».
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,1-4; 4, 14-21
«Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada, ilustre Teófilo, para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido.
Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todo el mundo hablaba bien de él. Llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor. Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él. Y comenzó a decirles: –«Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Jesús es el Maestro Bueno que va a explicar el sentido pleno de las Escrituras ya que Él mismo es la «Palabra» viva del Padre «que habitó entre nosotros». En la Primera Lectura vemos al sacerdote Esdras que lee el libro de la Ley ante todo el pueblo, «explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía». En la sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para hacer la lectura del volumen del profeta Isaías, que le fue entregado por el sacristán de la sinagoga (Evangelio). Luego explica, ante un atónito grupo, el cumplimiento de la profecía de Isaías: «Hoy se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar». Todos los miembros de la Iglesia de Dios tenemos que alimentarnos de la Palabra y para ello cada uno debe de responder a las gracias y dones que Dios nos ha dado para la edificación de todos.
«No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza»
El rey persa Artajerjes dio autorización para que Nehemías, copero real y un judío piadoso que vivía en el destierro, se pusiera al mando de un grupo de israelitas que regresaban a Jerusalén en el año 445 a.C. El libro de Nehemías recoge las memorias de un dirigente celoso por su pueblo que deposita toda su confianza en Dios. Para Nehemías orar era casi tan natural como respirar. Al regresar a Jerusalén anima al pueblo a reconstruir las murallas de la ciudad teniendo siempre una fuerte oposición.
Entre los escombros encuentran los libros de la ley. Israel escucha después de largos años nuevamente la palabra de Dios y llora. Llora de emoción por haber encontrado el gran tesoro del pueblo elegido. El sacerdote Esdras proclama el libro de la ley durante toda la mañana hasta el mediodía. Al momento de abrir Esdras el libro de la ley para proclamar la palabra de Dios, todo el pueblo se pone de pie. «Hoy es un día consagrado al Señor, no hagáis duelo, ni lloréis… No estéis tristes pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza». El pueblo se siente profundamente conmovido, confiesa sus yerros y se convierte de nuevo a Dios.
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es su miembro»
San Pablo hace la analogía entre el cuerpo humano y la Iglesia. Del mismo modo que el cuerpo es uno pero poseedor de muchos miembros, la Iglesia es una por el Espíritu Santo que la habita pero sus miembros son muchos. La diversidad de miembros y de carismas es una riqueza para el apóstol. Nadie debe ser menospreciado. Nadie puede decir a otro: «no te necesito» o decirse a sí mismo: «no soy importante»; ya que todos los miembros son necesarios, especialmente los más débiles. Concluye Pablo insinuando que no todos los carismas son iguales. Existe una jerarquía y un orden necesario. A la cabeza están los apóstoles, los que hablan de parte de Dios, los encargados de enseñar. Después vienen otros carismas. Para San Pablo la realidad carismática abarca la vida entera de la comunidad. Y es muy significativo que los primeros carismas pertenecen a aquellos que tienen una responsabilidad en la Iglesia.
«Ilustre Teófilo…»
Imitando el estilo de los historiadores de su tiempo, San Lucas nos indica el minucioso cuidado con el que ha reunido las tradiciones anteriores. Él no es un testigo ocular y con su obra no sólo quiere hacer historia, sino confirmar la enseñanza que los miembros de su comunidad han recibido. El prólogo nos informa, además, del proceso por el cual se llega a escribir un Evangelio. En el origen de todo está el mismo Jesús y los testigos oculares que han predicado los hechos y dichos del Maestro. Poco a poco han ido surgiendo diversos relatos a los que San Lucas ha tenido acceso. En su caso, muy probablemente entre otros, el mismo Evangelio de San Marcos. Estos relatos, junto con otras tradiciones propias, le han permitido componer su Evangelio.
¿Quién es el «ilustre Teófilo» al que dedica Lucas su obra? Su nombre significa «amigo de Dios» y es probable que haya sido personaje importante. El título que se le da, «ilustre», lo usa San Lucas en el libro de los Hechos (ver Hch 23,26; 24,3; 26,25) para describir los altos cargos gubernamentales. Según esto, debemos concluir que se trataría de una persona de alto rango social, amigo personal de Lucas. El ilustre Teófilo no reaparece sino en el prólogo del libro de los Hechos de los Apóstoles: «El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó» (Hch 1,1).
Esto nos permite deducir que la obra de Lucas se compone de dos tomos, el Evangelio y los Hechos, que abrazan respectivamente la vida y el ministerio de Jesús y la historia de la Iglesia naciente. El objetivo de su obra es que Teófilo conozca la solidez de la enseñanza en que «ha sido catequizado» (así dice literalmente). El verbo «katecheo» contiene la raíz de la palabra «eco» y según su etimología significa: «Hacer resonar desde lo alto». Lo que Lucas escribe es una Palabra que tiene su origen en lo alto y que sido revelada a los hombres en el ministerio y la vida de Jesús de Nazaret y en la vida de la Iglesia. El Catecismo es justamente la exposición ordenada y completa de todo esto. De aquí el acento en que estas cosas han sido transmitidas por «los servidores de la Palabra» (Lc 1, 2), y la repetición a modo de estribillo del libro de los Hechos: «La Palabra de Dios iba creciendo… La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba… » (ver Hch 6,7; 12,24; 19,20).
«Hoy se ha cumplido…»
La segunda parte del Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la sinagoga de su pueblo natal Nazaret. Era su costumbre ir a la sinagoga el sábado. Pero esta vez ocurre algo nuevo: Jesús se alza para hacer la lectura. Tocaba un pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres el Evangelio…». Cuando terminó la lectura, «todos los ojos estaban fijos sobre Él». Era necesario explicar este texto. Para todos era claro que esa profecía anunciaba un Ungido (Mesías) por el Espíritu Santo, un personaje que se esperaba en algún momento del futuro para traer la liberación a los cautivos y promulgar un «año de gracia del Señor», es decir, un Jubileo definitivo. Pero todos querían oír qué homilía haría Jesús. Si era claro que se hablaba del Mesías esperado, había que decir cuándo vendría, cuáles serían los signos que indicarían la inminencia de su venida, cómo sería su venida, cuál sería su aspecto externo, etc. Había muchas preguntas que responder.
Jesús da una explicación que responde a todo eso: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Esta frase contiene uno de esos “hoy” que no tienen ocaso y que están siempre abiertos. Es lo que comenta la Carta a los Hebreos: «Exhortaos mutuamente cada día mientras dure este ‘hoy’ para que ninguno de vosotros se endurezca» (Hebr 3,13). Jesús quiere decir que «hoy» ha tenido cumplimiento la esperanza de los siglos, hoy son los tiempos del Mesías, ya no se debe esperar más. Todas las antiguas profecías que decían: «Aquel día vendrá el Señor y salvará a su pueblo», tienen su cumplimiento hoy. Hoy «se ha cumplido el tiempo» (Mc 1,15), hoy «ha llegado la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4). Otro sentido aún más profundo de las palabras de Jesús es éste: la profecía leída tiene cumplimiento hoy porque «tiene cumplimiento en mí». Yo soy el único que puede leer las palabras de esta profecía con propiedad: «El Espíritu Santo está sobre mí porque me ha ungido a mi». La profecía no se refiere a otro que vendrá sino a mí que estoy aquí. A la pregunta que sobre estas profecías de Isaías hacía el eunuco etíope al diácono Felipe: «¿Eso lo dice el profeta de sí mismo o de otro?» (Hch 8,34), Jesús le respondería: «Lo dice de mí».
Una palabra del Santo Padre:
«El pensamiento de María Santísima nos lleva a Nazaret, a la sugestiva ciudad de Palestina en la que vivió, en la que la Palabra se hizo carne y en la que se conocía a Jesús con el sobrenombre de Nazareno, sobrenombre que luego sería colocado hasta en la cruz, en la inscripción dictada por Pilato. El evangelio de Lucas, que este año nos acompaña en el ciclo litúrgico del tiempo ordinario, nos presenta la escena del joven Maestro que regresa precisamente a Nazaret desde el Jordán y que en la sinagoga presenta su misión, ya anunciada por el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor… me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (cf. Is 61, 1; Lc 4, 18).
En boca de Isaías, que dirigió estas palabras a sus compatriotas deportados a Babilonia, la buena nueva representaba la garantía de que el Señor estaba a punto de volver a guiar el destino de su pueblo para rescatarlo nuevamente de la esclavitud; representaba la promesa de que la ciudad santa se reconstruiría y ellos regresarían allí bajo el signo de la alegría y la consolación. Con la venida de Jesús esa promesa, que ya se había cumplido en parte durante la época del regreso del cautiverio de Babilonia, se dilata hacia un horizonte y una realidad más grande y misteriosa. Cuando el Señor dice en Nazaret: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21), quiere decir que la Promesa antigua de Dios ha alcanzado su maduración plena en Él. En efecto, Jesús es el anunciado, el consagrado con la unión y el enviado a anunciar a los pobres la buena nueva, a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos y el consuelo a los oprimidos.
También nosotros ahora, al cerrar el libro del Evangelio de Lucas, tal como hizo Jesús con el rollo del profeta Isaías, nos damos cuenta de que la palabra de Cristo no termina aquí, sino que sigue iluminando los corazones y se actualiza cada vez que alguien la escucha y la pone en práctica; el hoy que pronunció aquel día se prolonga en la Iglesia y dura a lo largo de los siglos. Así, pues, somos enviados a anunciar a los pobres la buena nueva, a llevar al mundo esta novedad absoluta que es Cristo, liberador y redentor de tus hombres.
Como los judíos del templo de Esdras y Nehemías, de los que habla la primera lectura de la misa de hoy, también nosotros debemos escuchar atentamente la Sagrada Escritura, en la cual Dios habla, instruye, ilumina y amonesta, pero también consuela y purifica a su pueblo. Es como la lluvia o la nieve que empapa la tierra fecundándola (cf. Is 55. 10‑11). Contiene los principios para la solución de los problemas espirituales y morales de la humanidad, que se interroga sobre el destino eterno. La acción litúrgica es el lugar privilegiado en el que se proclama la Palabra de Dios y se la difunde en los corazones como una energía poderosa para sostener la lucha diaria contra las dificultades y tentaciones…. Queridos hermanos y hermanas, sed dignos de los nuevos tiempos en los que Dios os ofrece ocasiones extraordinarias para hacer el bien y evangelizar, a pesar de las dificultades y contrariedades que pueden entorpecer vuestros buenos propósitos. Que el Señor os ayude a ser fieles, coherentes, generosos, y activos para el crecimiento de su reino en la tierra. Amén».
Juan Pablo II. Homilía del Domingo 26 de enero de 1992.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿Tengo presente la lectura de la Santa Biblia en mi vida? ¿La leo regularmente? ¿La estudio? ¿Rezo con ella?
2. Todos los bautizados hacemos parte del Cuerpo de Cristo: la Santa Iglesia. Participo activamente, rezo, me preocupo por la Iglesia. ¿Qué hago para acercarme más a la Iglesia?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436. 695.714. 1286.
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BUENOS AIRES, 10 Ene. 10 / 02:39 pm (ACI) El 14 de enero se inicia la Cruzada de María 2010. Se trata, indican los organizadores, de una de las peregrinación más extensas de Sudamérica, que une los santuarios de Schoenstatt de Mendoza, en Argentina) con el de Bellavista en Santiago de Chile.
Son 400 kilómetros y 16 días de caminata atravesando los Andes, siguiendo el camino que alguna vez hizo el ejército libertador. Son 120 jóvenes, sacerdotes y seminaristas quienes participan en este evento y proceden de 7 países: Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, México, Paraguay y Uruguay.
La cruzada de María comenzó en 1999. La peregrinación de este año constituye la quinta edición.
Más información: http://cmsms.schoenstatt.de/es/news/377/15/Cruzada-de-Maria-desde-el-ojo-de-Mar-del-Plata.htm
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Especialmente en armamento nuclear
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 11 de enero de 2010 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI pidió hoy una disminución de los gastos militares, especialmente en armamento nuclear, en su tradicional discurso de Año Nuevo al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.
La audiencia se celebró a las 11 horas en la Sala Regia del Palacio Apostólico. Durante su intervención, el Papa retomó su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de este año, dedicado a la cuestión del medio ambiente.
La protección de la creación “es un factor importante de paz y justicia”, afirmó el Papa, e insistió que “entre los numerosos retos que esta protección plantea, uno de los más graves es el del aumento de los gastos militares, así como el del mantenimiento y desarrollo de los arsenales nucleares”.
“Este objetivo absorbe ingentes recursos económicos que podrían ser destinados al desarrollo de los pueblos, sobre todo de los más pobres”, añadió.
El Papa mostró su confianza en que en la próxima Conferencia de examen del Tratado de no proliferación de armas nucleares, que tendrá lugar en Nueva York en mayo, “se tomen decisiones eficaces con vistas a un desarme progresivo, que tienda a liberar el planeta de armas nucleares”.
Por otro lado, el Pontífice condenó “la producción y la exportación de armas”, que actualmente “contribuye a perpetuar conflictos y violencias”, especialmente en África.
Se refirió en concreto a los conflictos de Darfur, Somalia y la República Democrática del Congo, en los que deploró “la incapacidad de las partes directamente implicadas para evitar la espiral de violencia y dolor producida por estos conflictos”.
A esto , se añade la aparente impotencia de otros países y Organizaciones internacionales para restablecer la paz, sin contar la indiferencia casi resignada de la opinión pública mundial”.
“No es necesario subrayar cuánto perjudican y degradan estos conflictos al medio ambiente”, añadió.
Condenó también “el terrorismo, que pone en peligro muchas vidas inocentes y causa una difusa ansiedad”.
“En esta solemne ocasión, quisiera renovar el llamamiento que hice el 1 de enero, en la oración del Ángelus, a todos los que pertenecen a cualquier grupo armado, para que abandonen el camino de la violencia y abran sus corazones al gozo de la paz”.
Recursos para todos
Estas “graves violencias”, explicó el Papa, “unidas a las plagas de la pobreza y el hambre, así como a las catástrofes naturales y a la destrucción del medio ambiente, hacen que aumente el número de quienes abandonan sus propias tierras”.
Subrayó que, precisamente, la lucha por acceder a los recursos naturales, es una importante fuente de conflictos, especialmente en África, y una “fuente permanente de riesgos” para la paz.
“Por este motivo, repito con firmeza que, para cultivar la paz, hay que proteger la creación”, añadió.
La salvaguardia de la creación “implica una gestión correcta de los recursos naturales de los países y, en primer lugar, de los más desfavorecidos económicamente”.
Especialmente quiso recordar la situación de África, tal y como se reflejó en el reciente Sínodo de los Obispos.
“Los Padres sinodales señalaron con preocupación la erosión y la desertificación de grandes extensiones de tierra de cultivo, a causa de una explotación desmedida y de la contaminación del medio ambiente”.
El Papa afirmó que “en África, como en otras partes, es necesario adoptar medidas políticas y económicas que garanticen «formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos”.
También se refirió al tráfico mundial de droga, que se produce en muchos países pobres.
“Hay todavía extensas zonas, por ejemplo en Afganistán o en ciertos países de Latinoamérica, donde la agricultura, lamentablemente relacionada todavía con la producción de droga, es una fuente nada despreciable de empleo y subsistencia”.
“Si se quiere la paz, hay que preservar la creación mediante la reconversión de dichas actividades y, una vez más, quisiera pedir a la comunidad internacional que no se resigne al tráfico de drogas y a los graves problemas morales y sociales que esto produce”, agregó el Papa.
Por último, exhortó a todos los países “a trabajar con confianza y generosidad por la dignidad y la libertad del hombre”, conscientes de que “la ecología medioambiental se beneficiará también de ello, ya que el libro de la naturaleza es único e indivisible”.
[Por Inma Álvarez]
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VATICANO, 06 Ene. 10 / 09:21 am (ACI) Al presidir esta mañana la Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, el Papa Benedicto XVI alentó a los fieles a seguir el ejemplo de los Reyes Magos que siguieron la estrella, la senda del amor, para encontrar a Dios que se hace Niño y ante el cual es necesaria la humildad auténtica y la valentía auténtica “que sabe someterse a lo que es más grande”.
“En esta Solemnidad de la Epifanía del Señor, la gran luz que se irradia desde la Gruta de Belén, a través de los Magos provenientes de Oriente, inunda a toda la humanidad“, dijo el Santo Padre en la Basílica de San Pedro y resaltó que en que la primera lectura, tomada del Libro del profeta Isaías, y la del Evangelio de Mateo, se presenta la promesa de Dios y su cumplimiento.
“La gran luz de Dios, después de las humillaciones sufridas por el pueblo de Israel de parte de las potencias de este mundo, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra de forma que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, llegarán de todos los confines de la tierra y pondrán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría“, dijo Benedicto XVI.
Según indica la nota de Radio Vaticano, el Papa explicó luego que ambas, la visión de Isaías y la narración de Mateo –si bien ésta podría parecer más ‘pobre’ – “nos presentan una realidad destinada a marcar toda la historia (…) y que lo que nos narra el evangelista, no es un episodio de menor cuidado, que acaba con el regreso apresurado de los Magos a sus propias tierras”.
“Todo lo contrario, es un comienzo. Esos personajes provenientes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben recorrer los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, y que, sin embargo, tiene el poder de donar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. En Él, en efecto, se manifiesta la realidad estupenda que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, que su grandeza y potencia no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se encomienda a nosotros”.
En el camino de la historia, continuó Benedicto XVI, hay personas iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a Dios. Todas viven, cada una a su modo, la experiencia de los Magos. Seguidamente explicó el significado de los dones que presentaron al Niño Jesús.
Oro, incienso y mirra que, ciertamente no responden a las necesidades que en ese momento tenía la Sagrada Familia: “pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. En efecto, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: son, es decir, un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad“, precisó el Pontífice.
“La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos ya no pueden proseguir su camino, ya no pueden volver donde Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano potente y cruel. Han sido conducidos para siempre por el camino que lleva al Niño, la senda que los llevará a descuidar a los grandes y potentes de este mundo y los llevará a aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que solo puede transformar el mundo“.
El Papa resaltó también que “el mundo ya no puede ignorar la luz de Belén. A los que la han acogido, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote, nos falta sólo testimoniarlo, cambiando el rumbo de nuestra vida“, ha recordado el Papa evocando a San Agustín y resaltando que es evidente que la promesa de Isaías y su cumplimiento en el Evangelio de Mateo y “que en el pesebre deseamos reproducir, no son un simple sueño o un vano juego de emociones sin vigor y realidad”.
“Es la Verdad que se irradia en el mundo, aunque Herodes parece ser más fuerte y aquel Niño parece poder ser echado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero sólo en aquel Niño se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a los hombres de todos los siglos, para que bajo su señoría recorran el camino del amor, que transfigura al mundo. Y sin embargo, aunque los pocos de Belén se han vuelto muchos, los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero pocos han comprendido su mensaje“.
Tras preguntar cuál es la razón que hace que algunos vean y encuentren y otros, no lo logren, aún indicando el camino a los demás, Benedicto XVI advirtió sobre la presunción y demasiada seguridad de quienes creen conocer toda la verdad y no están abiertos a la aventura de un Dios que los quiere encontrar. “Confían en sí mismos más que en Dios y nos les parece posible que Dios sean tan grande que puede hacerse pequeño para poderse acercar verdaderamente a nosotros”, alertó.
Lo que falta, afirmó el Papa Benedicto XVI, “en fin de cuentas, es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también la valentía auténtica, que lleva a creer en lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse y de salir de sí mismos, para encaminarse por la senda que indica la estrella, la senda de Dios. Pero el Señor tiene el poder de hacer que seamos capaces de ver y de salvarnos”.
“Queramos pues pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, de encaminarnos por su senda, para encontrarlo y ser inundados por la gran luz y la verdadera alegría que nos ha traído a este mundo ¡Amén!”, concluyó.
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Melchor, Gaspar y Baltasar volvieron a despertar la ilusión en Banfield
Como cada cinco de enero, los Reyes Magos regresaron a las calles de la localidad lomense para contagiar de alegría y emoción a los cientos de vecinos que allí los esperaban. El desfile, que transcurrió bajo una tupida lluvia de agua y caramelos por la calle Maipú, culminó frente a la Basílica Sagrada Familia de Nazareth, donde las familias disfrutaron de un espectacular show de fuegos artificiales.
momento y finalmente llegó. La noche asomaba oscura y tormentosa. Pero ellos, acostumbrados a la adversidad, no se rindieron. Y así como aquella vez atravesaron el desierto siguiendo el camino de la estrella de Belén, esta vez ignoraron los nubarrones oscuros y, pese a los rayos que iluminaban el cielo y el agua que caía tupida, emprendieron viaje hasta llegar a destino: Banfield.
Allí llegaron los tres una vez más. Melchor para regalar sonrisas y abrazos, Gaspar para invitar a todos a soñar y Baltasar para cubrir de magia a la multitud que este año se acercó para recibirlos.
El tradicional recorrido comenzó a las 21 sobre la calle Alem, del otro lado de la estación, para continuar por la transitada calle Maipú, inundada de cabecitas expectantes por su llegada, hasta llegar a su intersección con Pueyrredón, donde se sitúa la Iglesia Sagrada Familia de Nazareth.
“Ahí están, vienen, vienen”, gritó Leandro, de 5 años y unos ojos pardos que, sin embargo, brillaban con euforia ante la cercanía de los tres monarcas.
Y ante la mirada de grandes emocionados y de chicos felices, el camión real (en el que logran transformar la camioneta de soda que los traslada) pronto se vislumbraba en la avenida Alsina hasta que la magia estalló.
Gritos, sonrisas y mensajes para los Reyes se mezclaban en el aire banfileño, mientras que también sumaba el ruido de los truenos y de la sirena del camión de bomberos que los acompañaba y que sonaba cada vez que el rodado que los trasladaba se detenía o avanzaba.
Una vez atravesada la vía rápida, el estallido de las cientos de personas que los esperaban se hizo sentir. Y así, mientras Melchor -de túnica verde- arrojaba golosinas, Gaspar -de rojo y celeste- saludaba a los pequeños y posaba junto a ellos para las fotos. El negro de los tres reyes -que vestía un traje violeta- mágicamente llamaba a los pequeños por su nombre ante el asombro de los demás niños y, por supuesto, la complicidad de los mayores.
Y así como la lluvia no se hizo esperar, tampoco demoró la estruendosa precipitación de caramelos de todos los gustos y colores que eran arrojados por los reyes, pero parecían caer del cielo junto a la lluvia, ante la mirada atónita de los pequeños. “Llueven caramelos”, festejaba Ezequiel, de 3 años, mientras su mamá Sandra le sacaba fotos. “Es maravillosa la visita de los Reyes a Banfield. Los esperamos con mucha alegría porque sabemos que le regalan un momento de gran felicidad a los chicos y también a los grandes, que nos regocijamos de verlos así”, apuntó la mujer a Info Región.
Es que, como hacen desde hace doce años, los vecinos de Banfield los recibieron con los brazos abiertos, aunque no tanto como su corazón. “Sin ellos la víspera de Reyes sería distinta, son fantásticos”, expresó Martina, de 30 años.
La alegría de los más pequeños y el asombro de los mayores se reavivaron al llegar a la capilla, donde de repente la calle se iluminó. Los tres reyes alzaron sus brazos y el cielo se llenó de estrellas doradas que explotaban y se abrían en forma circular. Los fuegos de artificio hicieron que la magia se reflejara en los ojos de cada uno de los presentes.
“Mi favorito es Baltazar, me dio un montón de caramelos y mi mamá me sacó una foto”, contaba orgullosa y sonriente Lucía, de 6 años.
Con sus manos ocupadas por decenas de cartas, cada uno de los reyes se ubicó en un rincón de la calle distante ya que eran rodeados por cientos de chicos y de mayores que acercaban a los más pequeños para que estos pudieran pedirles sus deseos.
De repente el cielo comenzó a brillar, las estrellas fueron testigo una vez más de la magia que irradian cada año estos tres reyes magos que, además de alegría, regalan un poco de amor y de esperanza para que la ilusión no muera jamás.
Fuente: InfoRegión
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«Tú eres mi Hijo Amado, el predilecto»
Lectura del libro del profeta Isaías 40, 1-5.9-11
«Consolad, consolad a mi pueblo – dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: “En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado”.
Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: “Ahí está vuestro Dios”. Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas.»
Lectura de la carta de San Pablo a Tito 2, 11-14; 3, 4-7
«Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo; el cual se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras.»
«Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna.»
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 3, 15-16.21-22
«Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado”.»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Sin que aparezca la palabra «novedad» en los textos litúrgicos, todos ellos se refieren, en cierta manera, a la novedad de la acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: «ha terminado la esclavitud…, que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado…, ahí viene el Señor Yahveh con poder y su brazo lo sojuzga todo». Es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo: «Tú eres mi hijo predilecto». Es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: «un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor».
La novedad sólo puede venir de Dios
El hombre, desde los mismos inicios, lleva la huella del pecado original. Se trata de una realidad común a toda la humanidad. Esta es la triste condición humana. El hombre puede gritar, desesperarse, blasfemar; o puede sentir el peso de la culpa, pedir perdón y ayuda, esperar. Lo que está claro es que sólo Dios puede echarle una mano; sólo Dios puede cambiar su vieja condición pecadora en pura novedad de gracia y misericordia.
Está igualmente claro que Dios siempre está de parte del hombre y actúa en favor de él, porque «ha sido creado a imagen y semejanza suya». La liturgia presenta tres momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia (primera lectura), luego para revelar al mundo la filiación divina de Jesús (Evangelio), finalmente para manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo (segunda lectura). La consecuencia es lógica: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la fidelidad.
La manifestación de Jesús
La manifestación («epifanía») de Jesús se realiza en tres momentos. En los tres se trata de poner en evidencia ante los hombres quién es Jesús. El primer momento es el que se recuerda en la solemnidad de la Epifanía que celebrábamos el Domingo pasado: llegan tres magos de oriente preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?». Cuando lo encuentran le ofrecen dones: oro como a Rey, incienso como a Dios y mirra como a quien ha de morir. Empezamos a comprender quién es este Niño que nació en medio de nosotros tan ignorado.
El segundo momento ocurre en el bautismo de Jesús por medio de Juan en el Jordán. Es el momento que celebramos este Domingo. El mismo Juan responde acerca de su bautismo: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis… yo he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel» (Jn 1,26.31). Esa manifestación es la que nos narra el Evangelio de hoy. El tercer momento ocurre en las bodas de Caná. Este pasaje, que es el Evangelio del próximo Domingo, termina diciendo el Evangelista: «En Caná de Galilea comenzó Jesús sus señales, manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2,11).
El pueblo estaba a la espera…
El Evangelio de hoy nos informa sobre el ambiente que se vivía en Israel cuando Jesús comienza su ministerio público. Las personas más sensibles a los caminos de Dios presentían que estaba cerca el momento en que Dios iba a cumplir su promesa de salvación (enviando al Cristo, al Mesías anunciado en los profetas). En esto tenían razón, porque el Cristo ya estaba en medio de ellos, pero no en su identificación. «Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo». Juan rectifica inmediatamente, indicando lo más esencial del Cristo: estará lleno del Espíritu Santo. Así estaba anunciado. Y no sólo estará lleno del Espíritu, sino que Él lo comunicará a los hombres.
David había sido establecido como rey en Israel por medio de la unción por parte del profeta Samuel. David era entonces un Ungido (un Mesías). Pero no fue la unción la que hizo de él el gran rey que recuerda la historia, sino el Espíritu de Dios que por medio de ese signo visible le había sido comunicado. Había que atribuir todo lo grande que fue David al Espíritu de Dios que estaba en él. Juan bien sabía esto. Por eso lo expresa de la manera más evidente: «El Cristo bautizará en Espíritu Santo».
El Espíritu Santo
Habiendo sido bautizado Jesús, «se abrió el cielo y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal como una paloma». Hay algo insólito en esta descripción que no debe pasar inadvertido. El texto dice literalmente que el Espíritu bajó “en forma corporal” (en griego: “somatikó”). ¿Cómo es posible un espíritu corporal? El Espíritu es inmaterial. Pero en este caso era necesario que se viera, para que quedara en evidencia que en Jesús se cumplen las palabras de Dios sobre el Mesías esperado: «He puesto mi Espíritu sobre él». Y como si este signo no fuera suficiente para identificar al Cristo, una voz del cielo le dice: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy».
En los episodios siguientes Lucas insiste sobre la presencia del Espíritu en Jesús. Después del bautismo dice: «Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto» (Lc 4,1). Y concluida la narración de las tentaciones, agrega: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu» (Lc 4,14). Pero, sobre todo, es Jesús mismo el que, entrando en la sinagoga de Nazaret, lee la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido». Y la comenta así: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy» (Lc 4,18.21). Es lo mismo que afirmar: «Esta profecía se refiere a mí, yo soy el que poseo el Espíritu del Señor, yo soy el Ungido, el Mesías».
Siendo uno de la Trinidad, Jesús posee el Espíritu desde la eternidad. Pero en cuanto se ha hecho hombre lo recibe para realizar la obra de la redención y comunicarlo a los hombres. Por eso «Él bautiza en el Espíritu Santo». El Espíritu, que recibimos de Cristo, después que Él lo ha recibido del Padre, nos configura con Él, sobre todo, en su condición de Hijo de Dios. San Pablo lo dice de manera insuperable: “Habéis recibido un Espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ‘¡Abba, Padre!’ El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,15-16).
Una palabra del Santo Padre:
«”Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3,22). Con estas palabras, que han resonado en la liturgia de hoy, el Padre señala a los hombres a su Hijo y revela su misión de consagrado de Dios, de Mesías. En la Navidad hemos contemplado con admiración e íntima alegría la aparición de la “gracia salvadora de Dios a todos los hombres” (Tt 2,11), gracia que ha asumido la fisonomía del Niño Jesús, Hijo de Dios, que nació como hombre de María virgen por obra del Espíritu Santo.
Además, hemos ido descubriendo las primeras manifestaciones de Cristo, “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), que brilló primero para los pastores en la noche santa, y después para los Magos, primicia de los pueblos llamados a la fe, que se pusieron en camino siguiendo la luz de la estrella que vieron en el cielo y llegaron a Belén para adorar al Niño recién nacido (cf. Mt 2,2).
En el Jordán, junto a la de Jesús, es ofrecida también la primera manifestación de la naturaleza trinitaria de Dios: Jesús, indicado por el Padre como el Hijo Predilecto, y el Espíritu Santo que desciende y permanece sobre Él.
Amadísimos hermanos y hermanas, hoy tengo nuevamente la alegría de acoger a algunos recién nacidos, para administrarles el sacramento del bautismo. Este año son diez niños y nueve niñas, procedentes de Italia, Brasil, México y Polonia.
A vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, os dirijo un cordial saludo y os felicito vivamente. Ya sabéis que este sacramento, instituido por Cristo resucitado (cf. Mt 28, 18-19), es el primero de la iniciación cristiana y constituye la puerta de entrada en la vida del Espíritu. En él el Padre consagra al bautizado en el Espíritu Santo, a imagen de Cristo, hombre nuevo, y lo hace miembro de la Iglesia, su Cuerpo místico.
El bautismo se llama “baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo” (Tt 3, 5), nacimiento por el agua y el Espíritu, sin el cual nadie “puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3,5). También se llama iluminación, porque a quienes lo reciben «se les ilumina la mente» (San Justino, Apología, I, 61, 12: PG 6, 344). “El bautismo ―según san Gregorio Nacianceno― es el más hermoso y maravilloso de los dones de Dios (…). Lo llamamos (…) don, puesto que se da a quienes no tienen nada; gracia, porque se otorga también a los culpables; bautismo, porque el pecado se entierra en el agua; unción, porque es sagrado y regio (así son los ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestido, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque nos lava; sello, porque nos conserva y es signo del señorío de Dios” (Discursos, 40, 3-4: PG 36, 361 C).
Contemplo con complacencia a estos niños, a quienes se confiere hoy el sacramento del bautismo, aquí en la capilla Sixtina. Su pertenencia a comunidades cristianas de diversos países pone de manifiesto la universalidad de la llamada a la fe. Ellos son, como dice también san Agustín, «nuevo linaje de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, brote piadoso, nuevo pueblo, flor de nuestro corazón (…), mi gozo y mi corona » (Discursos, VIII, 1, 4: PL 46, 838)».
Juan Pablo II. Homilía del Domingo 11 de enero de 1998.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. En el Catecismo se dice que el bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. ¿Qué pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿Cuando se vive indiferente a la propia fe? ¿Cuándo se tiene más fe en horóscopos y supersticiones que las verdades que Dios nos ha transmitido?
2. “Recuerda que eres un bautizado”, “Sé lo que eres, vive lo que eres”. ¿Soy consciente del compromiso que he asumido con mi bautismo?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1262 – 1274.
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Navegando me encuentro con que, el sitio de la diócesis de Lomas de Zamora se está renovando…
Me gusta cómo va quedando, en especial la sección dedicada a las parroquias (aunque yo, hubiese agregado los vínculos de aquellas que posean página en Internet)
Vayan nuestras felicitaciones.
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«Se postrarán ante ti Señor, todos los pueblos de la Tierra»
Lectura del libro del profeta Isaías 60, 1-6
«¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.»
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3,2 – 3ª. 5.- 6
«Si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio. Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio,»
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 2, 1-12
«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. 12Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.»
& Pautas para la reflexión personal
z El vínculo entre las lecturas
La solemnidad que celebramos este Domingo es la Epifanía del Señor. Luego celebraremos el Bautismo del Señor encerrando así el tiempo de Navidad e iniciando el Tiempo Común. Los Sabios-Magos llegan a Jerusalén del Oriente guiados por la luz de una estrella para adorar al Rey de los Judíos y ofrecerle sus dones: oro, incienso y mirra. Tal vez nunca se expresa con mayor claridad la universalidad de la salvación aportada por Jesucristo que en este episodio. Queda también claro que Israel, el pueblo elegido al cual había sido prometido el Mesías Salvador, no lo reconoció. En cambio, estos hombres que vienen guiados por esta misteriosa estrella lo reconocen como rey y vienen a reverenciarlo con el honor y el respeto que merece.
Ya desde su mismo nacimiento Jesús es un claro signo de contradicción. Para unos, como los Magos o el mismo San Pablo, será una «epifanía»: manifestación del misterio de Dios (Segunda Lectura).Para otros, Herodes, será una amenaza que pondrá en riesgo su poder y su ambición terrenal. Esta «epifanía» ya es anunciada en la Primera Lectura por el profeta Isaías, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la «luz y la gloria de Yahveh» que amanecerá sobre Jerusalén.
J El gran Misterio
Jesús, nació en Belén de Judá pero existía el peligro real de que su nacimiento pasara inadvertido. Es cierto que el ángel del Señor anunció a los pastores su nacimiento y que estos reaccionaron como era de esperar. Fueron corriendo y verificaron la verdad de lo anunciado. Pero estos sencillos pastores no tenían ni voz ni poder de comunicación en Israel. Es cierto también que el anciano Simeón, a impulsos del Espíritu Santo, acudió al templo cuando sus padres presentaban a Jesús y lo reconoce como: «Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). También vemos a la anciana profetisa Ana que hablaba de Él a todos los que esperaban la liberación de Israel (ver Lc 2,36). Pero todo esto quedaba en un círculo muy reducido de personas. Entre todas estas personas sin duda estaba sobre todo la Virgen María, quien «guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Nadie conoció mejor que ella el misterio profundo de Jesucristo.
Este es el Misterio del que escribe San Pablo en su carta a los Efesios: «me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio. Según esto, leyéndolo podéis entender mi conocimiento del Misterio de Cristo» (Ef 3, 4-5). ¿Cuál es este gran misterio al que se refiere San Pablo? Jesús mismo manifestará muchas veces a lo largo de su vida pública lo que ya vemos en el pasaje de la adoración de los reyes Magos. La misteriosa estrella que guía a los Magos no es sino el anticipo de aquella verdadera luz que es Jesucristo mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Porque es Jesucristo mismo el gran Misterio que el Padre quiere comunicar a todos los hombres: gentiles y judíos. «Porque tanto amó Dios al mundo que mandó a su Hijo único para que todo aquel que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Tantoel anciano Simeón, en los albores del misterio, como San Pablo, después de su pleno desarrollo; ambos iluminados por el Espíritu Santo, afirman la irradiación universal de la reconciliación iniciada por Jesucristo.
J La estrella y el rey de los judíos
El Evangelio de hoy nos habla que unos Magos del Oriente son guiados por una misteriosa estrella a Jerusalén en busca del «Rey de los judíos» que acaba de nacer. Para comprender el sentido del texto evangélico debemos remontarnos a una antigua profecía que Balaam, otro vidente de Oriente, pronunció sobre Israel cuando recién salió de Egipto y recién se estaba formando como nación: «Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob1 avanza una estrella, un cetro surge de Israel… Israel despliega su poder, Jacob domina a sus enemigos» (Num 24,17-19). En el antiguo Oriente, la estrella era el signo de un rey divinizado. Nada más natural que entender la profecía de Balaam como referida al Mesías, el descendiente prometido a David cuyo reino no tendría fin (ver 2Sam 7,12-13). Los magos preguntan por el «Rey de los judíos» porque David era de la tribu de Judá. Se trata de un rey que es Dios; por eso su objetivo es «adorarlo» es decir reverenciarlo de acuerdo a su dignidad real. Pero ¡qué desilusión al observar que en Jerusalén nadie sabía nada! «Al oír estas palabras, Herodes y con él toda Jerusalén se sobresaltaron». ¡Ignoraban lo que estaba ocurriendo en medio de ellos! Pero no ignoraban el significado de la pregunta formulada por los Magos.
El «rey de los judíos» era un título que quería decir mucho y no podía pasar inadvertido para un hebreo. Es el mismo que fue dado por Pilato a Jesús (de manera irónica, por cierto) para expresar la causa de su muerte en la cruz. Por eso Herodes se inquieta y convoca a los entendidos en las profecías, a los sacerdotes y escribas, para interrogarlos acerca de algo que, a primera vista, parece no tener relación con la pregunta de los magos: ¿En qué lugar debía nacer el Cristo? Cristo no era todavía un nombre propio (así llamamos nosotros ahora a Jesús) y por eso en buen castellano la pregunta suena así: «¿Dónde está anunciado que tiene que nacer el Ungido del Señor?».
Herodes ha pasado a la historia como un hombre sanguinario y enfermo de celos por el poder, que no vacilaba en quitar de en medio a quienquiera pudiera disputarle el trono, aunque fuera su propio hijo. Pero al leer el relato queda la sensación de que un rey, con ejércitos a su disposición, no podía temer a un niño anónimo nacido en la minúscula aldea de Belén, aunque allí se hubiera anunciado que debía nacer el Ungido del Señor. Para comprender la matanza de todos los niños de Belén y sus alrededores, ordenada por Herodes, hay que conocer las Escrituras y captar la esperanza de salvación que había en Israel. Hay que remontarse muy atrás, más de diez siglos antes del nacimiento de Jesús. En tiempos del profeta Samuel, cuando Israel se estaba organizando como nación y dándose sus instituciones, pidieron a Dios que les diera un rey, para que los gobernara, igual que las demás naciones. La cosa podía ser grave, pues era un dogma en Israel, que «Yahveh es Rey». La petición, sin embargo, fue concedida y manda Dios a Samuel a que busque entre los hijos de Jesé, que vivía en Belén, el rey prometido.
Cuando Samuel llegó a Belén convocó a Jesé y a sus hijos y fueron desfilando uno tras otro ante el profeta. Pero quien fue elegido fue el pequeño David que estaba guardando el rebaño. Fue llamado y, por mandato de Dios, ungido por Samuel. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh (ver 1Sam 16,1ss). Israel esperaba un Ungido, nacido en Belén como David y lleno del espíritu del Señor.
Por eso Herodes temía aunque el nacido en Belén fuera de origen humilde. Herodes dice a los magos cínicamente: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». Pero ya sabemos que los estaba engañando. Lo que quiere Herodes es eliminarlo. Su lucha es contra el Ungido del Señor, el Mesías, el Cristo. Su lucha es contra Dios mismo. A él se le deben citar las palabras del sabio Gamaliel acerca del anuncio del Evangelio: «Si la obra es de Dios no podréis destruirla» (Hch 5,39). La historia ha demostrado el desenlace de esta lucha: Herodes acabó tristemente y Cristo reina en el corazón de millones de hombres y mujeres.
J Los Magos del Oriente
La denominación «Magos de Oriente» que se da a los personajes que llegan a Jerusalén guiados por la estrella, indica personajes de proverbial sabiduría, sabios astrólogos de pueblos muy lejanos y considerados exóticos desde el punto de vista de Israel. Si algo se puede afirmar claramente de ellos es que están alejadísimos de Israel y de sus tradiciones. La tradición los llama «reyes», porque influye la profecía de Isaías sobre Jerusalén, que se lee en esta solemnidad en la primera lectura: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz…! Caminarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu alborada… las riquezas de las naciones vendrán a ti… todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas al Señor» (Is 60,1-6). Así queda en evidencia que el que ha nacido en el mundo es el «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap 19,16).
Ellos tuvieron noticia del nacimiento del Salvador, pues el que ha nacido es el Salvador de todo hombre. Por eso, llegando donde estaba el Niño con María su madre, «postrándose, lo adoraron». Un judío tiene prohibido estrictamente por la ley postrarse ante nadie fuera del Dios verdadero. Aquí los magos se postran y adoran a Jesús. Y el Evangelista San Mateo lejos de reprobar esta actitud la aprueba. Es que están ante el verdadero Dios. También sus regalos indican la percepción que se les ha concedido del misterio del este Niño: «Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». Un antiguo comentario aclara el sentido: «Oro, como a Rey soberano; incienso, como a Dios verdadero y mirra, como al que ha de morir». Estos Magos de Oriente tenían un conocimiento de misterio de Cristo mucho más claro que los mismos sabios de Israel. De esta manera se quiere expresar que Jesús es el Salvador de todo ser humano.
+ Una palabra del Santo Padre:
«Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta» (Mt 2,5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, ésta es precisamente la experiencia que hacemos en la participación en cada Eucaristía.
En efecto, en cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su propia vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén – la «Casa del pan» – donde podremos tener ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el punto hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar».
Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los jóvenes a las orillas del río Rhin.
18 de agosto 2005
‘ Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana
1. Vemos claramente dos actitudes realmente opuestas ante el recién Niño Jesús: los magos del Oriente y Herodes. Ante el misterio de Jesús Sacramentado en el altar, ¿cuál es mi actitud? ¿Cómo me aproximo ante Jesús que realmente está presente en la Santa Eucaristía?
2. Los sabios del Oriente le hacen tres ofrendas al Niño. ¿Qué le voy a ofrecer a Jesús para este año que iniciamos?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525 -526.528-530.
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Río Gallegos (Santa Cruz), 30 Dic. 09 (AICA) Gracias a la intervención de la gobernadora fueguina Fabiana Ríos, Alex Freyre y José María Di Bello formalizaron una unión homosexual
Gracias a la intervención de la gobernadora fueguina Fabiana Ríos, Alex Freyre y José María Di Bello formalizaron una unión homosexual El obispo de Río Gallegos, monseñor Juan Carlos Romanín, rechazó hoy que se haya concretado en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, el primer “casamiento” entre personas del mismo sexo del país, al advertir que “una unión homosexual cambiaría radicalmente lo que hoy entendemos por familia: padre, madre e hijos”, y subrayar que la consecuencia “inevitable” del reconocimiento legal de esas uniones es “la redefinición del matrimonio”.
“El no reconocer las uniones homosexuales no deja de lado todos los derechos que la sociedad le reconoce a cada uno de estos individuos, por lo que es falso que se diga que tienen menos derechos civiles que otros. Los derechos fundamentales de toda persona deben ser respetados”, indicó en un comunicado.
El prelado, con jurisdicción eclesiástica en la provincia de Tierra del Fuego, aclaró además que “el respeto a estas personas no implica el legalizar sus actos”, y exhortó a “pensar en las generaciones venideras, como los niños, crecerán pensando que esta conducta homosexual es natural, especialmente si lo hacen en un ‘hogar’ homosexual”.
Asimismo, recordó que “en las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia. Estas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana”, y aseguró que “en dichas uniones no sólo se niega la posibilidad de la procreación, sino que ante una posible adopción, se le estaría negando al niño la experiencia de la maternidad y de la paternidad”.
Monseñor Romanín dijo también que “llama la atención que no se haya permitido dar un debate prolongado y profundo sobre una cuestión de tamaña trascendencia y, en cambio, se haya hecho todo silenciosa y sorpresivamente”, y consideró que “esto constituye un signo de grave ligereza y sienta un serio precedente legislativo para nuestro país y para toda Latinoamérica”.
“Como Iglesia, llamamos la atención a todos los católicos, sobre todo a los que están involucrados en la política, especialmente a aquellos que ejercen funciones en los poderes del Estado, recordándoles que resulta un acto inmoral grave el hecho de que un católico apoye la legalización de las uniones homosexuales”, aseveró.
Por último, monseñor Romanín sostuvo que “reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría convertirlo en un anti-modelo para la sociedad actual, ya que rechaza valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad”, y precisó que “la Iglesia pide recuperar el respeto por la familia, ‘lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado’”.
Texto completo del comunicado
Como es de público conocimiento, nos acercamos a toda nuestra Diócesis de Río Gallegos para aclarar algunos conceptos referentes a la legalización de las uniones homosexuales desde la Doctrina de la Iglesia, subrayada en este último tiempo por el Episcopado Argentino.
“El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades específicas. La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación: el hombre, imagen de Dios, ha sido creado ‘varón y hembra’ (Gn 1, 27)”. El hombre y la mujer son iguales, tienen los mismos derechos y son complementarios.
“El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne’ (Gn 2, 24). “Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: ‘Sean fecundos y multiplíquense’ (Gn 1, 28). En el designio del Creador, complementariedad de los sexos y apertura a la procreación pertenecen a la naturaleza misma de la institución del matrimonio. (CIC 1603-1605)
Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre y la mujer, lo confirma y refuerza (cf. Mt 19, 3-12; Mc 10, 6-9).
En contraste con lo mencionado previamente y de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica: ‘Los actos homosexuales, en efecto, cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual.” (CIC 2357)
Es necesario aclarar que el respeto a estas personas no implica el legalizar sus actos. Debemos pensar en las generaciones venideras, como los niños, crecerán pensando que esta conducta homosexual es natural, especialmente si lo hacen en un “hogar” homosexual.
Pedimos a la sociedad promulgar leyes de acuerdo con el orden moral y al respeto de los derechos inalienables de cada persona. Como dice Santo Tomás de Aquino: “Toda ley propuesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto es conforme con la ley moral natural, reconocida por la recta razón”. Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial a la unión entre personas del mismo sexo.
En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana. En dichas uniones no sólo se niega la posibilidad de la procreación, sino que ante una posible adopción, se le estaría negando al niño la experiencia de la maternidad y de la paternidad. “En toda adopción legítima se procede en base a la consigna “la cual no consiste en buscar un niño para un hogar, sino encontrar una familia para ese niño.” (CEA, Directorio Pastoral Familiar, nº 178, a)
La sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio. La pareja heterosexual dentro de la familia ejerce un rol procreativo y un rol educativo. Una unión homosexual cambiaría radicalmente lo que hoy entendemos por familia: padre, madre e hijos. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de las uniones homosexuales es la redefinición del matrimonio.
“Dado que las parejas matrimoniales cumplen el papel de garantizar el orden de la procreación y son, por lo tanto, de eminente interés público, el derecho civil les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no cumplen dicho papel para el bien común”. “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales”, Congregación para la Doctrina de la Fe, 3 de junio de 2003)
Por otro lado, el no reconocer las uniones homosexuales no deja de lado todos los derechos que la sociedad le reconoce a cada uno de estos individuos, por lo que es falso que se diga que tienen menos derechos civiles que otros. Los derechos fundamentales de toda persona deben ser respetados.
Nos llama la atención que no se haya permitido dar un debate prolongado y profundo sobre una cuestión de tamaña trascendencia y, en cambio, se haya hecho todo silenciosa y sorpresivamente. Esto constituye un signo de grave ligereza y sienta un serio precedente legislativo para nuestro país y para toda Latinoamérica.
Como Iglesia, llamamos la atención a todos los católicos, sobre todo a los que están involucrados en la política, especialmente a aquellos que ejercen funciones en los poderes del Estado, recordándoles que resulta un acto inmoral grave el hecho de que un católico apoye la legalización de las uniones homosexuales.
Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría convertirlo en un anti-modelo para la sociedad actual, ya que rechaza valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia pide recuperar el respeto por la familia, “lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado.” (“Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, CEA, 14 noviembre 2008)
En la fiesta de la Sagrada Familia, celebrada el domingo último, hicimos nuestra la oración de la Misa pidiéndole a Jesús, a María y a José nos concedan imitar sus virtudes domésticas y unidos por el vínculo de la caridad, lleguemos a gozar de los premios eternos del cielo. Y pedimos a los santos mártires inocentes que nos den la valentía y la audacia de defender siempre la Buena Noticia del Evangelio.+
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CIUDAD DEL VATICANO, 30 DIC 2009 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de enero de 2010 es: “Para que los jóvenes sepan utilizar los medios modernos de comunicación social para su crecimiento personal y para prepararse mejor para servir a la sociedad”.
Su intención misional es: “Para que todos los creyentes en Cristo tomen conciencia de que la unidad entre todos los cristianos constituye una condición para hacer más eficaz el anuncio del Evangelio”.
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