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Preparando Cristo Rey

Se acerca la fiesta de Cristo Rey y quiero hacerles llegar estos dos textos de San Arberto Hurtado, dirijidos a los Jovenes de Acción Católica, que considero muy interesantes por lo que, realmente ler recomiendo leer.

También les recuerdo que, hace tiempo ya, les compartí la posibilidad de descargar todo el material de San Alberto Hurtado.

Acá los textos:

CRISTO REY

Jóvenes cristianos:

Estamos en una época en que los reyes, jefes, dictadores pasan revista a sus tropas y las hacen desfilar con sus armas para inspirar confianza en la fuerza de sus fusiles y en el poder destructor de sus tanques, aviones y ametralladoras.

También nuestro Rey, Cristo, esta noche ha llamado a revista a sus jóvenes y los ha invitado a desfilar por las calles de Santiago ostentando sus armas: la Cruz del sacrificio, la luz de su verdad, el fuego de su amor.

¡Qué ideales tan diferentes los que congregan las muchedumbres de nuestro tiempo! Los jefes de nuestro tiempo juntan sus fuerzas para destruir, para matar o para aniquilar ciudades y vidas, aunque éstas sean de niños indefensos o de débiles mujeres… Lo más a que pueden aspirar es un poco más de oro, de influencia, de comodidades, que no van a traer más felicidad ni alegría, que no van a ennoblecer más al hombre, sino a envilecerlo, hacerlo más orgulloso, más egoísta y codicioso. Y por esta causa ¡tanto entusiasmo, tanto idealismo, tantas vidas que se sacrifican, tantas generaciones que se arruinan! Y todo eso, ¡parece lo más natural! Lo contrario lo llamaríamos ¡cobardía!

Pero para el cristiano, para el hombre de fe, de fe viva, ¿qué valen esos triunfos? ¡Qué vanos parecen esos sacrificios frente a otro Reino de proporciones inmensamente mayores, de frutos de eternidad… El Reino de Cristo, Reino de justicia, de amor, de paz!… Reino que viene no a destruir al hombre sino a regenerarlo: “a esto he venido, a que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10); a levantarlo del fango de las pasiones que lo esclavizan, a hacerlo libre: libre de la tiranía del pecado, libre de la impureza, libre del egoísmo, libre del odio, libre del orgullo, libre del mal que es el pecado y el desorden. Pero no basta esto; viene a elevarlo a una grandeza que jamás el hombre podía sospechar: amigo de Dios: “ya no os llamaré siervos sino amigos” (Jn 15,15); templos donde Él habita: “vendremos a él y haremos en Él nuestra morada” (Jn 14,23); elevados por participación a la vida divina, a la unión con el Creador, a vivir la misma vida de Dios por la gracia santificante: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15,5); viene Cristo en el colmo de su amor no a traerle sus dones, sino a darse Él mismo como don, a alimentarnos a nosotros, pobres mortales, con su Cuerpo y Sangre, prenda de la vida eterna. Y mientras dura nuestro curso por el mundo, la actividad del soldado de Cristo es hacer el bien: la caridad material, la limosna al pobre, el consuelo al débil, la justicia al oprimido, la caridad al que sufre. En una palabra: a continuar la redención de nuestros pobres hermanos, los hombres.

¿Por qué entonces, me diréis, jóvenes cristianos, nuestro Reino no apasiona como apasionan las campañas guerreras de los conductores de pueblos? ¡Qué no apasiona…! No sois vosotros ciertamente los que lo diréis, vosotros los que conocéis un poco la historia de la Iglesia de Cristo. ¡Cómo ha apasionado siempre a los espíritus más nobles del mundo!… Desde Pablo de Tarso, que al mundo entero lo reputaba como estiércol y basura con tal de ganar a Cristo, para quien su aspiración suprema era vivir en Cristo: “Mi vivir es Cristo” (cf. Flp 3,8; Gal 2,20); San Ignacio de Antioquía, que aspiraba a ser molido como trigo entre los dientes de los leones para ser hostia agradable a Cristo; Sebastián, que prefería a los honores del palacio imperial las saetas que atravesaron su cuerpo de mártir por Cristo; Luis Gonzaga, que prefiere la pobreza de Cristo a la corona de marqués; Francisco de Borja, la pobre sotana religiosa a la corona de virrey; Francisco de Asís, la desnudez del niño de Belén a los placeres de la juventud; y ¡para qué hablar de tiempos antiguos! Puesto que hoy en nuestros días despierta el entusiasmo de millares de jóvenes que dejan su patria, su familia, su lengua, para sepultarse en China, en las islas Carolinas, en Alaska, para dar a conocer el nombre de Cristo; de los valientes mártires que han acabado en la cruz o en las prisiones cantando su vida por Cristo, como Manuel Bonilla, Miguel Agustín Pro, [Joaquín] Silva, Anacleto González Flores… mártires de Cristo, del amor y lealtad a Cristo hasta su muerte. ¡Que acaso no hay amor a Cristo incluso en nuestro Chile! Lo desconoce únicamente quien no ha convivido con grupos de jóvenes de alma ardiente que, obreros, universitarios, colegiales, preparándose al sacerdocio o al matrimonio cristiano, no tienen más lema que éste: “Instaurarlo todo en Cristo”. ¡Oh, consuelo el de nuestras almas de sacerdotes de tener la dicha de escuchar esos latidos ardientes de jóvenes apasionados, hoy como en los tiempos en que el Maestro recorría Galilea, por el divino Amigo, el Soberano Jefe, el Redentor de las almas! Si tocásemos a reunión el clarín del ejército de Cristo a todos los jóvenes que aspiran a firmar, incluso con su sangre, su programa: “Instaurarlo todo en Cristo”, ¡qué grupo tan espléndido se reuniría! ¿Qué plaza del mundo podría contenerlo? ¡Qué ejército de valientes, de valientes de veras, los que entonces se agruparían! Jamás en el mundo se habría reunido una manifestación de seres más nobles de alma, más generosos, más puros, más idealistas… Jamás palabras de tanto fuego, ni acciones tan heroicas se habrían realizado.

Pero, es cierto, ese ejército numeroso en pie de guerra desde hace dos mil años, que lejos de disminuir aumenta en número y en valor, ese ejército es todavía hoy como en tiempos de Cristo –tal vez lo será siempre así– “pussillus grex”, un rebañito pequeño… (Lc 12,32). Frente a él, sin tener siquiera el valor de reunirse, [está] el número inmenso de los que se llaman cristianos, pero que no tienen de cristiano más que el nombre… y, más allá, la región inmensa del paganismo sumida hoy todavía en las sombras de la muerte (cf. Sal 106,10)… Y ¿por qué esos cristianos de nombre no forman parte del ejército de Cristo? Porque, mis amados jóvenes, el que no está dispuesto a dar su vida por su Jefe, tiene tal vez el alma marcada con el sello del bautismo, pero ese signo señala más bien su apostasía. Renovó tal vez su juramento el día de su primera comunión, pero no pertenece a Cristo.

Por definición, un cristiano es un candidato al martirio: todos sus intereses, su fortuna, sus amores, sin exceptuar la vida, están subordinados al amor de Cristo. Esto es algo básico en nuestra religión. Los que han creído que el cristianismo es un asilo para salvaguardar su fortuna, su rango, sus virtudes mezquinas y mediocres, han tenido que desengañarse. Cristo no es un modelo que haya bajado del cielo para servir de argumento a Leonardo da Vinci ni a Rafael, para que sus cuadros hermoseen los salones; ni subió a la Cruz para que su imagen, de marfil o de bronce, adorne un dormitorio; ni envió apóstoles para encantarnos con su elocuencia; vino a reclamar nuestras vidas para elevarlas hasta Dios, sea que las entreguemos gota a gota en el curso de una larga existencia, o que un día nos llegue la ocasión de mostrar que no somos cristianos de parada. ¡Oh, el cristiano verdadero, mucho más que el soldado de las causas terrenas, tan inferiores a la de Cristo, ha de estar siempre dispuesto a seguir el llamado de Cristo que resuena cuando menos se lo espera! Y esta es la última palabra de la doctrina cristiana: No un difícil razonamiento, una teología complicada y sutil; la última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús, condenado a muerte y marchando inocentemente al suplicio.

¡Ah, mis amados hermanos, qué ideas tan falsas circulan con frecuencia sobre el Reino de Cristo! Muchos se imaginan un reino de triunfos, mítines, congresos, cruzadas militares, campañas externas… No puede ser condenado el empleo de ninguno de esos medios, cuando son justos, pero no es eso lo fundamental. “Regnavit a ligno Deus”, Cristo reinó desde la Cruz (cf. Sal 95,10). Desde la Cruz venció al pecado, la muerte, el infierno. El Reino de Cristo se fundó en el Calvario, y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario, que es la Eucaristía: la prolongación incruenta del sacrificio redentor, del gran Viernes de la humanidad. Y uno es soldado de Cristo en la medida en que acepta incorporarse al sacrificio del Jefe; en la medida en que acepta su Pasión, sin escándalo, y se decide a completar en su cuerpo lo que falta a la Pasión del Redentor (cf. Col 1,24). Uno es cristiano en la medida en que vive realmente del sacrificio eucarístico, en que celebra la misa –no la oye–, la celebra: Esto es, ofrece el sacrificio de Cristo total, del Cristo místico, el de Jesús y el suyo.

¡Cuán necesario es insistir en estas ideas, en una época en que un espíritu de placer domina el mundo: ansia de gozo, guerra al esfuerzo, huida al sacrificio! Hoy como nunca la Cruz de Cristo es escándalo para los judíos y locura para los gentiles, aunque para los cristianos sea la sabiduría de Dios (cf. 1Cor 1,23-24).

La crisis de valores morales por la que atraviesa la humanidad es espantosa. Los más grandes pensadores y estadistas están horrorizados de esta ansia de vida fácil, de esta sed de diversiones, de este convertir la vida en perpetuo week- end, donde no hay nada que pueda negarse, y donde todo sacrificio parece una austeridad imposible para la joven generación de nuestros días. Hay una enorme cobardía para tomar responsabilidades, para aceptar ataduras, un horror ante el esfuerzo que significa la vida moral, todo parece excesivo. En estas condiciones, claro está que el cristianismo parece algo que escandaliza… y viene ese buscar componendas entre el cristianismo y la comodidad del vivir. Ese perpetuo escándalo que presencia el mundo moderno de una doctrina de abnegación y de generosidad hasta el heroísmo, cubriendo tanto egoísmo y tanta sensualidad.

La inmensa mayoría de la generación joven de nuestra época, incluso la cristiana, ha abierto las puertas a la más cruda sensualidad, mancha su uniforme de soldado de Cristo en sitios donde jamás debiera penetrar un cristiano; no tiene el valor ni siquiera de luchar por negarse un placer, derrotada de antemano, sin pensar que su momento de culpa es una puñalada al corazón de Cristo, su Rey: Crucificando de nuevo a Cristo en sus corazones (cf. Heb 6,6).

Desde hace varios años este mismo día se vienen reuniendo grupos cada vez mayores de jóvenes en una manifestación imponente de entusiasmo: Hasta 20.000 jóvenes enronquecen sus gargantas al grito de ¡Viva Cristo Rey!, agitan sus antorchas y demuestran su adhesión al Jefe Supremo. La manifestación se disuelve y ¡qué poco han cambiado las vidas! ¡Qué pocos progresos hace Cristo en las almas de sus cadetes! ¡Cómo no va a ser impresionante ver deshacerse manifestaciones tan grandiosas como éstas, sin que la compasión de Cristo por las turbas se encienda en los corazones! Vemos ese pobre buen pueblo nuestro, que yace en la oscuridad y en la más negra ignorancia, falto de cultura material, deshecho su hogar, socavada su conciencia por prédicas malsanas, en una ignorancia religiosa total… y estos soldados de Cristo que se reúnen en el día de su fiesta, ¡qué triste sería que continuaran volviéndose a sus casas contentos con los gritos entusiastas y con haber consumido una antorcha! El espíritu de Cristo no estaría en ellos si no volvieran a sus hogares dispuestos a sacrificarse por sus hermanos, a ir al pueblo, a llevarles a Cristo, a enseñarles la Buena Nueva, la gran Nueva de su redención; a esperarlos en la salida de las fábricas con la Nueva de su regeneración en Cristo, de la divinización de sus vidas, a los pobres obreros que se creen los condenados de la tierra; a ir a las universidades a clamar a los estudiantes el amor de Cristo para con ellos; a ir donde se sufre, a llenar de consuelo esas vidas con los consuelos de Cristo…

No podrá llamarse soldado de Cristo el que no dé un sentido social a su vida, el que no se interese por sus hermanos. Para muchos, durante muchos años, el cristianismo ha sido un asunto puramente individual, algo así como una especie de seguro para la otra vida, o un consuelo para los momentos amargos de la vida… Pero el cristianismo auténtico no es eso: es la religión de los hermanos que se sienten responsables de la salvación de sus hermanos; es el amor de Cristo por los demás que los lleva a buscarles todos los bienes, sobre todo el gran bien de la fe; es la responsabilidad de una vida consciente de la parábola de los talentos, que impone a cada uno trabajar en la medida de la luz que ha recibido.

Ese es el cristianismo que espera de vosotros vuestro Rey, esta noche de fiesta… Si al menos uno de vosotros hiciese un serio examen de su fe y se decidiese a ser cristiano de veras, con la gracia de Cristo que no faltará, ese uno dará más gloria a Cristo que los clamores entusiastas de los 20.000 restantes, que se quedan en puras voces sin asemejar su vida a la de su Jefe, Maestro, Rey.

Las antorchas que traíais en vuestras manos me han hecho pensar en las que llevaron los cristianos de los primeros siglos en las catacumbas, que los hacían buscar las tinieblas para huir de la muerte. Cada cierto tiempo el cristianismo parece acomodarse a la vida social, pero felizmente una nueva racha sacude el árbol cuya cabeza es Cristo y las ramas nosotros. Las hojas muertas y las ramas secas caen. Sólo permanecen indestructibles los que reciben la savia de Cristo. Pero esas persecuciones exteriores son las que menos puede temer un cristiano, pues el árbol sacudido por la tempestad se arraiga más, y la Cruz se ha regado siempre con sangre, comenzando con la del Redentor… No son ésas las persecuciones más temibles, sino las aparentemente pacíficas, las que vienen de nuestros hermanos débiles y mundanos, las que vienen de la pereza, del egoísmo, de la inercia que arranca la Cruz de tantas almas.

Ante esas persecuciones, levantaos virilmente esta noche y haced profesión a vuestro Rey que queréis combatir como valientes. No os contentéis con llevar antorchas en vuestras manos: sed antorchas, sed luz, sed calor.

Consumios en el sacrificio, como esas luces, símbolo del que es la luz del mundo, que por amor a nosotros, siendo Rey eternal, se aniquiló, se consumió, se sacrificó por nosotros (cf. Flp 2,7).

Nuestro amor al Jefe se medirá con la medida de nuestro sacrificio. Y para animarnos a beber el cáliz amargo de nuestros sacrificios, pensemos esta noche con viril inquietud: ¿Qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué puedo hacer y sufrir por Cristo?. Y ante todos los dolores, animémonos con el pensamiento que recreaba el corazón de Pablo… Con tal que Cristo sea glorificado, ¿qué importa lo demás? (cf. Flp 1,18).

Sea ésta, hermanos, la gracia que esta noche pidamos a Cristo en la Sagrada Comunión: el fusionarse nuestras vidas con la del eterno Rey y Amigo, Jefe de nuestras almas.

Fuente: L a   b ú s q u e d a   d e   D i o s, pp. 180-186

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“Ustedes son la luz del mundo”

Mis queridos jóvenes:

La impresionante ceremonia que se realiza esta noche está llena del más hondo significado. En lo alto de un cerro, bajo las miradas de nuestro Padre Dios y protegidos por el manto maternal de María, que eleva sus manos abiertas a lo alto intercediendo por nosotros, se reúne, caldeada de entusiasmo, una juventud ardiente, portadora de antorchas brillantes, llena el alma de fuego y de amor, mientras a los pies la gran ciudad yace en el silencio pavoroso de la noche.

Esta escena me recuerda otra, ocurrida hace casi dos mil años, también sobre un monte al caer las tinieblas de la noche… En lo alto, Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre, y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y en la oscuridad de la noche del espíritu (cf. Sal 106,10). Y Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo de las almas sin luz, les dice a sus apóstoles “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). Ustedes son los encargados de iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna…

También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y, como entonces, se compadece de ella: “Tengo compasión de la muchedumbre” (Mc 8,2). Mientras ustedes -muchos, pero demasiado pocos a la vez- se han dado cita de amor en lo alto… ¡Cuántos, cuántos… a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo en sus corazones, en los sitios de placer, desbordantes de una juventud decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas…! Si Jesús apareciese en estos momentos en medio de nosotros, extendiendo compasivo su mirada y sus manos sobre Santiago y sobre Chile, les diría: “Tengo compasión de esa muchedumbre…” (Mc 8,2).

Allí, a nuestros pies, yace una muchedumbre inmensa que no conoce a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre de Jesús.

Yo no dudo, pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la ciudad oscura: “Me compadezco de ella”, y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: “Ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?”.

Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes de hoy. ¡Oh, si se decidiesen! Aunque fuesen pocos… Un reducido número de operarios inteligentes y decididos, podrían influir en la salvación de nuestra Patria… Pero, ¡qué difícil resulta en algunas partes encontrar aun ese reducido número! La mayoría se quedan en sus placeres, en sus negocios… Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de las almas, no se puede, no se quiere…

¡Cuántos son llamados por Cristo en estos años de vuelo magnífico de la juventud! Escuchan, parecen dudar unos instantes. Pero el torrente de la vida los arrastra. Pero ustedes, mis queridos jóvenes, han respondido a Cristo que quieren ser de esos escogidos, quieren ser apóstoles… Pero ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz…

El Evangelio más que una lección es un ejemplo. Es el mensaje convertido en vida viviente. “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos, y palpamos con nuestras manos, es lo que os anunciamos” (1Jn 1,1-3). El Verbo, el Mensaje divino, se ha encarnado: la Vida se ha manifestado. Debemos ser semejantes a cristales puros, para que la luz se irradie a través de nosotros. “Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?” (Claudel).

Una vida íntegramente cristiana, mis queridos jóvenes, he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana, por tanto, en vuestro hogar; vida cristiana con los pobres que nos rodean; vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato con las jóvenes… Vida cristiana en vuestra profesión; vida cristiana en el cine, en el baile, en el deporte.

El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio.

Y esta transformación en Cristo supone identificarse con el Maestro, aun en sus horas de Calvario. No puede, por tanto, ser apóstol el que por lo menos algunos momentos no está crucificado como Cristo. Nada harán, por lo tanto, los que hagan consistir únicamente el apostolado, la Acción Católica, en un deporte de discursos y manifestaciones grandiosas… Muy bien están los actos, pero ellos no son la coronación de la obra, sino su comienzo, un cobrar entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aun en las horas duras de su Pasión, a subir con Él a la cruz.

Antes de bajar del monte, jóvenes queridos, les pregunto también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz de las amarguras del apostolado? ¿Pueden acompañar a Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con perseverancia? ¿Pueden? Si ustedes titubean, si no se sienten con bríos para no ser de la masa, de esa masa amorfa y mediocre, si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que Cristo les pide… renuncien al hermoso título de colaborador y amigo de Cristo.

¡Oh, Señor!, si en esta multitud que se agrupa a tus pies brotase en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con verdad: “Señor, toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo, lo consagro todo entero, Señor, a trabajar por ti, a irradiar tu vida, contento con no tener otra paga que servirte y, como esas antorchas, que se consumen en nuestras manos, consumirse por Cristo…”. Renovarían en Chile las maravillas que realizaron los apóstoles en la sociedad pagana, que conquistaron para Jesús.

Fuente: U n   f u e g o   q u e   e n c i e n d e   o t r o s   f u e g o s, pp. 65-67

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