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Espiritualidad

En esta nueva sección de la página compartiremos pequeñas gacetillas de Espiritualidad que nos envía el padre Diego Barbosa.

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo

al acabar el día su jornada,

y, libres ya mis manos del trabajo,

a hacerte ofrenda del trabajo vengo.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo

cuando las luces de este día acaban,

y, ante las sombras de la noche oscura,

mirarte a ti, mi luz, mirarte puedo.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo,

y aunque me abruma el peso del pecado,

movido por tu amor y por tu gracia,

mi salvación ponerla en ti yo quiero.

Señor, tú eres mi paz y mi consuelo,

muy dentro de mi alma tu esperanza

sostenga mi vivir de cada día,

mi lucha por el bien que tanto espero.

Señor, tú eres mi paz y mi. consuelo;

por el amor de tu Hijo, tan amado,

por el Espíritu de ambos espirado,

conduce nuestra senda hacia tu encuentro. Amén.

Dijo Jesús: “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.”. (Juan 14, 1)

SALMO 61: Seguridad del que confía en el Señor

Sólo en Dios descansa mi alma,

de él me viene la salvación.

Sólo él es mi Roca salvadora;

él es mi baluarte: nunca vacilaré.

¿Hasta cuándo se ensañarán con un hombre

para derribarlo entre todos,

como si fuera un muro inclinado

o un cerco que está por derrumbarse?

Sólo en Dios descansa mi alma,

de él me viene la esperanza.

Sólo él es mi Roca salvadora,

él es mi baluarte: nunca vacilaré.

Mi salvación y mi gloria están en Dios:

él es mi Roca firme, en Dios está mi refugio.

Confíen en Dios constantemente, ustedes, que son su pueblo, desahoguen en él su corazón, porque Dios es nuestro refugio.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria, haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable.
  • Tú que nos has salvado por la fe, haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo.
  • Padre bueno, te encomendamos la peregrinación de niños del próximo sábado: concédenos buen tiempo, acompáñanos en el camino, y haz que sea un momento de encuentro con tu Hijo.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

SOBRE LA ESENCIA DE LA VIRTUD

En estas consideraciones ha de hablarse de algo que nos afecta a todos, a cada cual a su manera: esto es, de la virtud. Probablemente esta palabra empieza por sonarnos como algo extraño e incluso antipático: fácilmente suena a anticuada y a “moralizadora”.

Hace cuarenta años escribió el filósofo Max Scheler un artículo que lleva por título “Para la rehabili­tación de la virtud”…En esa situación, Scheler aludió a la transformación que han experimentado en el curso de la historia la palabra y el concepto “virtud”, hasta tomar el penoso carácter que todavía revisten.

Así, para los griegos, la virtud, arete, era el modo de ser del hombre de índole noble y de buena educa­ción; para los latinos, virtus significa la firmeza con que el hombre noble se situaba en el Estado y en la vida; la Edad Media germánica entendió por tugent la índole del hombre caballeresco. Poco a poco, sin embargo, esa virtud se volvió provechosa y “decen­te”, hasta adquirir ese peculiar acento que sintetiza interiormente algo en el hombre crecido de modo na­tural.

Si nuestro lenguaje tuviera otra palabra, la usaría­mos. Pero no tiene más que ésta, de modo que, des­de el principio, hemos de ponernos de acuerdo en que significa algo vivo y hermoso.

Entonces, ¿qué quiere decir? Quiere decir que, en cada ocasión, las motivaciones, las fuerzas, el actuar y el ser del hombre quedan reunidos por un valor moral determinante, por —diríamos— una dominante ética, formando un conjunto característico.

Elijamos como ejemplo una virtud sencilla: el or­den. Significa que el hombre sabe dónde está el sitio de una cosa y cuándo es el momento de una acción; qué medida hay que aplicar en cada caso y en qué re­lación están entre sí las diversas cosas de la vida. Significa el sentido de regulación y repetición, y de lo que debe hacerse para que perduren una situación o un arreglo. Si el orden llega a ser virtud, entonces quien lo ejerce no lo realizará meramente en una de­cisión aislada —así, si ha de trabajar, aunque en vez de eso le gustaría hacer otra cosa, se concentra y hace lo que ahora es el momento de hacer—, sino co­mo actitud de la vida entera, como una disposición de ánimo que adquiere vigencia en todo; que no sólo determina su acción personal, sino también su am­biente, de modo que todo su mundo circundante ad­quiere algo claro y digno de confianza.

Pero la virtud del orden, para ser viviente, debe tocar también a las otras virtudes. Para que una vida esté ordenada del modo justo, ese orden no debe con­vertirse en un yugo que pesa y obliga, sino que debe ayudar al crecimiento; por eso, forma parte de ella la conciencia de lo que estorba a la vida y lo que la ha­ce posible. Así, pues, una personalidad está recta­mente ordenada si tiene energía y puede superarse, pero también si es capaz de quebrantar una regla cuando es necesario para que no resulte algo estre­cho; y así sucesivamente.

Una auténtica virtud representa una mirada a tra­vés de toda la existencia del hombre. En ella, como se ha dicho, un valor moral se convierte en dominan­te que unifica la abundancia vital de la personalidad.

Ahora bien, hay dos modos de realización de la virtud del orden. Puede ser innata, entonces surge con facilidad y obviedad de la naturaleza de la persona en cuestión. Todos conocemos personas así, cuya mesa está arreglada sin esfuerzo y en cuyas manos las cosas encuentran un sitio como por sí mismas. El deber de quien tiene tal carácter consiste entonces en cuidar sus disposiciones y desplegarlas, para que lle­guen a ser algo obvio, que aclare y hermosee la exis­tencia; pero también en protegerlas de una degenera­ción, pues pueden dar lugar a estrechez y dureza. En­tonces surge el pedante, en torno al cual la vida se re­seca.

Pero hay también quienes tienen otro carácter, sin que el orden les sea propio por naturaleza. Se incli­nan a seguir el impulso del momento, con lo cual la acción pierde su sentido consecuente, a interrumpir lo iniciado, porque se hace aburrido; a dejar estar las cosas, porque se les caen de las manos como si qui­sieran escaparse. Incluso el orden como tal se les ha­ce una carga. El cuarto arreglado les parece inhabita­ble; prever el día y establecer un horario les parece pedantería; dar cuentas sobre entradas y salidas les parece coerción gravosa. El hecho de que haya una regla incluso los excita, provocándoles ganas de que­brantarla, porque para ellos libertad significa la posi­bilidad de hacer siempre lo que se les antoje. Las per­sonas de tal carácter llegan al orden sólo al compren­der que es un elemento indispensable de la vida, pro­pia y común. Deben disciplinarse, ponerse en movimiento de nuevo tras cada fracaso, luchar por el or­den. Así, esta virtud adquiere en ellos un carácter de algo consciente y penoso, para luego conquistar una cierta obviedad, quedando siempre en peligro, cierta­mente.

Ambas formas de virtud son buenas, ambas nece­sarias. Es un gran error pensar que sólo es auténtica aquella virtud que surge con naturalidad del propio ser, así como es falso decir que sólo es moral lo que se logra con esfuerzo. Ambas cosas son virtud: hu­manidad con forma moral, sólo que realizada por di­versos caminos.

(Una ética para nuestro tiempo, R. Guardini)

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