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Meditaci?n de Adviento de Benedicto XVI

Homil??a en la celebraci?n de las V??speras del Domingo I de Adviento

CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 4, diciembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la homil??a que pronunci? Benedicto XVI el s?bado por la tarde en la Bas??lica de San Pedro del Vaticano durante la celebraci?n de las v??speras del primer domingo de Adviento.


Volvamos a escuchar la primera ant??fona de esta celebraci?n vespertina, que se presenta como apertura del tiempo de Adviento y que resuena como ant??fona de todo el A?o Lit?rgico: ?Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador?. Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: ?Dios viene?. Esta expresi?n tan sint?tica contiene una fuerza de sugesti?n siempre nueva.

Deteng?monos un momento a reflexionar: no usa el pasado–Dios ha venido– ni el futuro, –Dios vendr?–, sino el presente: ?Dios viene?. Si prestamos atenci?n, se trata de un presente continuo, es decir, de una acci?n que siempre tiene lugar: est? ocurriendo, ocurre ahora y ocurrir? una vez m?s. En cualquier momento, ?Dios viene?.

El verbo ?venir? se presenta como un verbo ?teol?gico?, incluso ?teologal?, porque dice algo que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que ?Dios viene? significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a trav?s de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el ?Dios-que-viene?.

Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los d??as, de las semanas, de los meses: ?Despierta! ?Recuerda que Dios viene! ?No vino ayer, no vendr? ma?ana, sino hoy, ahora! El ?nico verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob? no es un Dios que est? en el cielo, desinteres?ndose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este ?venir? se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Los Padres de la Iglesia observan que el ?venir? de Dios –continuo y por as?? decir, connatural con su mismo ser– se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnaci?n y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusal?n, ?Catequesis? 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros d??as se subraya la espera de la ?ltima venida del Se?or, como demuestran tambi?n los textos de la celebraci?n vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecer? por el contrario la memoria del acontecimiento de Bel?n, para reconocer en ?l la ?plenitud del tiempo?. Entre estas dos venidas, ?manifestadas?, hay una tercera, que san Bernardo llama ?intermedia? y ?oculta?: tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la ?ltima.

?En la primera –escribe san Bernardo–, Cristo fue nuestra redenci?n en la ?ltima se manifestar? como nuestra vida, en ?sta ser? nuestro descanso y nuestro consuelo? (?Disc. 5 sobre el Adviento?, 1).

Para la venida de Cristo que podr??amos llamar ?encarnaci?n espiritual?, el arquetipo es Mar??a. Como la Virgen conserv? en su coraz?n al Verbo hecho carne, as?? cada una de las almas y toda la Iglesia est?n llamadas en su peregrinaci?n terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo m??sticamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios.

De una forma que s?lo ??l conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Se?or que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no s?lo, con la oraci?n. Las ?obras buenas? son esenciales e inseparables a la oraci?n, como recuerda la oraci?n de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros ?la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras?.

Desde este punto de vista, el Adviento es m?s adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comuni?n con todos aquellos –y gracias a Dios son muchos-que esperan en un mundo m?s justo y m?s fraterno.

Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho est?n animados por un anhelo com?n, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz.

?La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes ?paz? es uno de los nombres m?s bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinaci?n de estos d??as pasados a Turqu??a.

Un canto de paz reson? en los cielos cuando Dios se hizo hombre y naci? de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. G?latas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento –tiempo que nos regala el Se?or del tiempo–, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad as?? en el cielo como en la tierra.

Dej?monos guiar en esta espera por la Virgen Mar??a, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos d??as como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Se?or Jesucristo, a quien, con el Padre y el Esp??ritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Am?n.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit
? Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana]

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