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Benedicto XVI clausura el Año Paulino

CIUDAD DEL VATICANO, 28 JUN 2009 (VIS).-Esta tarde, en la basílica de San Pablo Extramuros, el Papa presidió las primeras vísperas en la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, clausurando así el Año Paulino. En el acto estuvo presente una delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, presidida por el metropolita Emmanuel de Francia.

Benedicto XVI, ante el sarcófago de Pablo, que se halla bajo el altar papal, recordó que se había efectuado recientemente un detallado análisis científico que había revelado, además de la presencia de un precioso tejido de lino púrpura y granos de incienso, fragmentos óseos, que sometidos al procedimiento del Carbono 14 resultaron ser de una persona vivida entre los siglos I y II. “Este hecho parece confirmar -dijo el Papa- la tradición de que se trata de los restos mortales del apóstol Pablo, lo que llena nuestro ánimo de una emoción profunda”.

Pablo sigue siendo, afirmó el Santo Padre, “maestro de las gentes”, que quiere llevar el mensaje del Resucitado a todos los hombres, porque Cristo conoció y amó a todos; y murió y resucitó por todos ellos.” Y para explicar la enseñanza del apóstol se refirió en primer lugar a la “Carta a los Romanos”, donde éste escribe “como cosa fundamental, que con Cristo comenzó un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto (…). Ya no se ofrecen cosas a Dios. Nuestra propia existencia debe convertirse en alabanza a Dios”.

La Carta -prosiguió el pontífice- indica dos palabras decisivas para este fin: “transformar y renovar. Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. Pablo nos dice: el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. (…) El Apóstol nos exhorta a un “no conformismo”. En nuestra Carta se dice: no hay que someterse al esquema de la época actual”.

Pablo aclara todavía más este proceso “diciendo que nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar” y que “la renovación debe llegar al fondo. (…) El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común apunta en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, la fama. Pero ese alcance es muy limitado. En último análisis, el propio “yo” es el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera más profunda, (…) aprender a comprender la voluntad de Dios, para que plasme nuestra voluntad. Para que queramos lo que Dios quiere, para que reconozcamos que lo que Dios quiere es lo bello y lo bueno”.

En la Carta a los Efesios, el apóstol escribe, comentó el Papa, que “con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. (…) Pablo desea que los cristianos tengamos una fe “responsable”, una fe “adulta”. La palabra “fe adulta” en los últimos decenios se ha convertido en un eslogan. A menudo se considera como la actitud de los que ya no escuchan a la Iglesia y a sus pastores, sino que deciden de forma autónoma lo que quiere creer y no creer -es decir, una fe a medida-. Este hecho se presenta como “valentía” de expresarse en contra del Magisterio de la Iglesia. Para esto no hace falta la valentía, porque siempre se puede estar seguro del aplauso público”.

“Hay que ser valientes, en cambio, para unirse a la fe de la Iglesia, aunque contradiga el “esquema” del mundo contemporáneo. Este “no-conformismo” de la fe es lo que Pablo llama una “fe adulta”. Califica en cambio como infantil, el correr detrás de los vientos y de las corrientes del tiempo”.

“Forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción, oponiéndose con ello de forma radical al principio de la violencia, precisamente en defensa de las criaturas humanas más vulnerables. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente”

“Pero Pablo -observó el Papa- no se detiene en la negación, sino que nos lleva hacia el gran “sí”, porque ” el nuevo modo de pensar, que nos da la fe, se dirige en primer lugar hacia la verdad. El poder del mal es la mentira. El poder de la fe, el poder de Dios, es la verdad. (…) Y Dios se hace visible a nosotros en el rostro de Jesucristo. Mirando a Cristo reconocemos una cosa más: verdad y caridad son inseparables.

“El apóstol nos dice que, actuando según la verdad en la caridad, contribuimos a hacer que el todo -el universo- crezca hacia Cristo. Pablo, sobre la base de su fe, no se interesa sólo por nuestra personal rectitud o por el crecimiento de la Iglesia. (…) La finalidad última de la obra de Cristo es el universo -la transformación del universo, de todo el mundo humano, de la entera creación. Quien junto con Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo”.

Por último, Benedicto XVI recordó que en la Carta a los Efesios, el apóstol habla de la necesidad de “ser “fortalecidos en el hombre interior”. (…) El vacío interior -la debilidad del hombre interior- es uno de los problemas más grandes de nuestro tiempo. Tiene que reforzarse la interioridad -la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad”.

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