Papa Francisco

Auspiciantes

Biblia

Rezo del Rosario

Publicidad

Recién Escritos

Categorias

Suscribir newspaper

Sindicación

Facebook

Twitter

Sticky: Espiritualidad 2

Retomamos hoy, las Cartillas de Espititualidad que el padre Diego nos envía.

Por unos días, trantándo de emparejarnos con la entrega de la versión impresa que el padre  realiza con los jóvenes de Acción Católica de mi parroquia y, a fin de que estos (o quien guste) pueda descargar las mismas en formato mp3 pare escucharlos en su reproductor, publicaremos una o dos por día; luego serán semanales.


Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Cantarán, llorarán razas y hombres,

buscarán la esperanza en el dolor,

el secreto de vida es ya presente:

resucitó el Señor.

Dejarán de llorar los que lloraban,

brillará en su mirar la luz del sol,

ya la causa del hombre está ganada:

resucitó el Señor.

Volverán entre cánticos alegres

los que fueron llorando a su labor,

traerán en sus brazos la cosecha:

resucitó el Señor.

Cantarán a Dios Padre eternamente

la alabanza de gracias por su don,

en Jesús ha brillado su Amor santo:

resucitó el Señor.  Amén.

.

Dijo Jesús: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos..”

(Juan 15, 1-8)

Salmo 61: El Señor, herencia y felicidad de sus amigos

Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Yo digo al Señor: “Señor, tú eres mi bien,

no hay nada superior a ti”.

El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,

¡tú decides mi suerte!

Me ha tocado un lugar de delicias,

estoy contento con mi herencia.

Bendeciré al Señor que me aconseja,

¡hasta de noche me instruye mi conciencia!

Tengo siempre presente al Señor:

él está a mi lado, nunca vacilaré.

Por eso mi corazón se alegra,

se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro:

porque no me entregarás la Muerte

ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro.

Me harás conocer el camino de la vida,

saciándome de gozo en tu presencia,

de felicidad eterna a tu derecha.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor Jesús, tú que por tu resurrección fortaleciste la fe de los discípulos y los enviaste a anunciar el Evangelio, haz que todos los cristianos sean en el mundo testigos de tu amor.
  • Tú, que por tu resurrección, diste la salud a muchos enfermos, mira también hoy con bondad a todos los que sufren, y manifiesta en ellos tu gloria.
  • Te encomendamos la vigilia que haremos a fin de mes, para celebrar Pentecostés: que la fuerza del Espíritu encienda en nuestros corazones la llama de tu Amor.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

SOBRE LA ESENCIA DE LA VIRTUD II

La virtud es también un modo de relación con el mundo. ¿Cómo ve el mundo uno en quien actúa el sentido del orden? Nota que todo en él está ordenado “conforme a medida, número y peso”, según dice la Escritura. Sabe que nada ocurre de modo casual; to­do está con sentido y en conexión. Goza viendo esa ordenación; pensemos, por ejemplo, en la imagen del mundo en los pitagóricos, que equiparaban las leyes del mundo con las de la armonía, y decían que cuan­to acontece es gobernado por el son de la lira de Apolo. Quien tiene ese carácter, ve también el orden en la historia: ve que en ella tienen vigencia profun­das reglas, todo tiene su causa, y nada queda sin con­secuencias, como se expresa en el concepto griego de themis, según el cual toda acción de los hombres está sujeta a justicia y razón. Así, esa virtud signifi­ca a la vez una relación con toda la existencia, y da la posibilidad de descubrir en ella lados que no se ha­cen evidentes al que vive en desorden.

Verdad es que también esa visión del orden puede volverse rígida, de modo que mire el “orden” sólo como orden natural, y éste a su vez sólo como nece­sidad mecánica. Entonces desaparecen las formas originales y la fecundidad viva; se pierde por com­pleto todo lo que se llama abundancia anímica, liber­tad y creatividad, y la vida se queda cuajada en mu­da necesidad.

Pero una persona así también puede sufrir con eso, del mismo modo que, en general, toda virtud au­téntica es un esbozo previo de alegría espiritual, tan­to como de dolor espiritual. Al carente de orden, la confusión de las cosas humanas, mientras no lo afec­te a él mismo, lo deja indiferente, suponiendo que no lo perciba y disfrute como el elemento de su vida. Por el contrario, quien sabe lo que es orden, siente el riesgo, más aún, la inquietud del desorden. Ésta se expresa en el viejo concepto del caos, de la disolu­ción de la existencia; que toma forma, o mejor dicho, deformidad, en monstruos, en dragones, en el “lobo del universo”, en la serpiente Midgard. A eso se re­fiere el modo de ser de los auténticos héroes, que no buscan aventuras, ni fama, sino que saben que tienen la misión de dominar el caos: Gilgamesh, Hércules, Sigfrido. Vencen lo que hace el mundo monstruoso, inhabitable; dan a la vida libertad y una situación de mesura. Para quien quiere orden, todo desorden en el interior del hombre, en las relaciones humanas, en el Estado y en el trabajo es algo intranquilizador, ator­mentador.

La virtud también puede enfermar; ya lo hemos sugerido. El orden puede dar lugar a un encadena­miento que perjudique al hombre. He conocido a un hombre altamente dotado que decía: “Una vez que me he decidido a algo, no sería capaz de cambiar ya mi propia decisión, aunque lo deseara.” Aquí el or­den ha degenerado en coerción. O pensemos en los tormentos de conciencia con que el hombre escrupu­loso se siente obligado a hacer algo, y a volverlo a hacer, una vez más y otra, forzado por un impulso que nunca lo deja libre. O en el educador que lo opri­me todo en reglas firmes, para poder seguir domi­nando a sus alumnos, porque no es capaz de crear una ordenación elástica que sirva para la vida. O in­cluso en las situaciones plenamente patológicas en que uno sabe: ahora es el momento, ahora tiene que hacerse “eso”; si no, ocurrirá algo terrible; pero no se sabe qué “eso” de que ahora es el momento:.una coerción de orden, que ya no tiene contenido.

En toda virtud se esconde también la posibilidad de una mengua de libertad. Así, el hombre ha de se­guir conservando el dominio sobre su virtud para al­canzar la libertad de la imagen y semejanza de Dios.

La virtud alcanza a toda la existencia, como un acorde que la reúne en unidad y, asimismo, se eleva hasta Dios, o mejor dicho, desciende de Él.

Eso ya lo supo Platón, cuando atribuyó a Dios el nombre de agathón, “lo bueno”. De la bondad eterna de Dios desciende la iluminación moral al espíritu de los hombres sensibles, y da a los diversos caracteres, en cada caso, su especial disposición para el bien. En la fe cristiana llega a su plenitud ese reconocimiento; pensemos en la misteriosa imagen del Apocalipsis según la cual la síntesis del orden, la Ciudad santa, desciende de Dios a los hombres (21, 10 y ss.). So­bre eso habría que decir más de lo que aquí cabe. Só­lo podemos señalar algo básico.

Hay ante todo una verdad, mejor dicho, una rea­lidad en que descansa todo orden de la existencia. Es el hecho de que sólo Dios es “Dios”, no un funda­mento anónimo del universo, no mera idea, no mis­terio de la existencia, sino el auténtico y vivo por sí mismo, Señor y Creador, mientras que el hombre es el creado, obligado a la obediencia al Señor supre­mo.

Ése es el orden básico de toda relación terrenal y toda acción terrenal. Contra él se rebeló ya el primer hombre, al dejarse convencer de que iba a “ser como Dios”, y contra él continúa hasta hoy la rebelión de grandes y pequeños, geniales y charlatanes. Pero si se daña ese orden, por mucho poder que se obtenga, por mucho bienestar que se asegure, por mucha cul­tura que se edifique, todo sigue estando en el caos.

(Una ética para nuestro tiempo, R. Guardini)

Facebook comments: