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Espiritualidad 3

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Cuando la luz del día está en su cumbre,

eres, Señor Jesús, luz y alegría

de quienes en la fe y en la esperanza

celebran ya la fiesta de la vida.

Eres resurrección, palabra y prenda

de ser y de vivir eternamente;

sembradas de esperanzas nuestras vidas,

serán en ti cosecha para siempre.

Ven ya, Señor Jesús, Salvador nuestro,

de tu radiante luz llena este día,

camino de alegría y de esperanza,

real acontecer de nueva vida.

Concédenos, oh Padre omnipotente,

y tú, Hijo amado y Señor nuestro,

por obra del Espíritu enviado,

vivir ya de la fiesta de tu reino. Amén.

.

Dijo Jesús: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.  Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado.

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.”

(Juan 15, 9-17)

Salmo 27: La seguridad del que confia en el Señor

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es el baluarte de mi vida,

¿ante quién temblaré?

Aunque acampe contra mí un ejército,

mi corazón no temerá;

aunque estalle una guerra contra mí,

no perderé la confianza.

Una sola cosa he pedido al Señor,

y esto es lo que quiero:

vivir en la Casa del Señor

todos los días de mi vida,

para gozar de la dulzura del Señor

y contemplar su Templo.

Sí, él me cobijará en su Tienda de campaña

en el momento del peligro;

me ocultará al amparo de su Carpa

y me afirmará sobre una roca.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor Jesús, acuérdate de tu Iglesia, extendida hasta los confines del mundo: que tus bendiciones abundantes se derramen sobre cuantos creen en ti.
  • Tú, Señor, que eres el médico de nuestros cuerpos y de nuestras almas, visítanos con tu amor y sálvanos.
  • Te encomendamos la vigilia que haremos a fin de mes, para celebrar Pentecostés: que el Espíritu Santo consolide en nuestros grupos y en nuestra comunidad la auténtica unidad.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

VERACIDAD (I)

Una virtud que en nuestra época ha sufrido mu­chos perjuicios es la veracidad, entendiendo la pala­bra de tal modo que implique el amor a la verdad y la voluntad de que se reconozca y acepte la verdad. Significa, ante todo, que quien habla diga lo que es, tal como él lo ve y lo entiende…

Veracidad, pues, significa que el hombre tenga el sentimiento involuntario de que la verdad ha de de­cirse, sin más. Naturalmente, subrayándolo una vez más, en el supuesto previo de que el otro tenga dere­cho a ser informado. Si no, entonces es cosa de la ex­periencia vital y de la prudencia encontrar la forma adecuada de no decir.

También ha de observarse que para la verdad de la vida diaria no es indiferente que se posea seguridad interior frente a las diversas situaciones vitales; y asi­mismo, que se disponga del lenguaje y se sepa for­mular rápidamente. Es cosa de la educación moral, de la que habría de ocuparse la enseñanza. Muchas mentiras proceden de la timidez y el apuro, así como de un defectuoso dominio del lenguaje. Cuestiones de índole peculiar resultan de situaciones tales como las que conocemos en nuestro presente y nuestro pa­sado: cuando un poder violento somete la vida a la coerción y no consiente ninguna convicción propia. Aquí el hombre está en constante necesidad de defenderse. Los que ejercen violencia no tienen dere­cho a exigir la verdad y saben también que no la pue­den esperar. Por la violencia, el lenguaje pierde su sentido, se convierte en un medio de defensa propia para el violentado, a no ser que la situación se dis­ponga de manera que exija el testimonio en que quien habla arriesga su bien y su vida. El medirlo es cuestión de la conciencia, y el que vive en segura li­bertad ha de examinarse bien antes de juzgar si tiene derecho a ello.

En todo caso la veracidad significa que se diga la verdad, y no sólo una vez, sino una y otra vez, de tal modo que se produzca así una actitud permanente. Ésta aporta algo claro y firme al hombre entero, a su ser y su actuación.

Y la verdad no sólo dice, sino que también actúa; pues también se puede mentir con acciones, actitudes y gestos, si parecen expresar algo que no es.

Pero la veracidad es aún más. Ya se ha hablado de que no hay ninguna virtud separada… Así tampoco puede existir la “pura” veracidad: sería dura y ella misma se pondría en sinrazón. Lo que existe es la veracidad viva, en la que influyen los de­más elementos del bien.

Hay personas veraces por naturaleza. Son dema­siado limpias para poder mentir, demasiado de acuer­do consigo mismas; pero a veces también se debe de­cir: demasiado orgullosas. Esto, en principio, es es­pléndido; pero una persona así fácilmente está en pe­ligro de decir cosas en momentos en que no vienen a cuento, de herir a otros o de perjudicarlos. Una ver­dad dicha en mal momento o de mala manera puede también confundir a una persona de tal modo que le cueste trabajo enderezarse otra vez. Esta veracidad no sería viva, sino unilateral, perjudicial, incluso destructora. Cierto es que hay momentos en que no se debe mirar a derecha ni a izquierda, sino lanzarse hacia adelante con la pura verdad. Pero, por lo regu­lar, importa permanecer en el contexto de la vida; y en éste, aparte de la exigencia de verdad, también cuenta la atención a las demás personas. Así, el ex­presar la verdad, para que adquiera su pleno valor humano, también está determinado por el tacto y la bondad…

San Pablo dijo unas palabras cuya fuerza de sentido no admite traducción: aquellos a quienes se dirige la carta, esto es, los cristianos de Éfeso, deben “aletheúein en ágape”. Ahí la palabra principal es alétheia, verdad, convertida en verbo: “decir verdad”, pero “en amor” (Ef 4, 15). Para que la verdad se haga viviente, debe añadirse el amor.

Recíprocamente, también hay personas en quie­nes está muy desarrollada la sensibilidad para las de­más personas. Notan inmediatamente qué les pasa, perciben su modo de ser y su situación; adivinan sus necesidades, temores, apuros y por eso están en peli­gro de ceder a ese mundo vital. Entonces no sólo tie­nen atención, sino que se acomodan; debilitan la ver­dad o la subrayan excesivamente; hacen ver una igualdad de opinión donde en realidad no la hay. Es más, el influjo puede ya determinar por adelantado los propios pensamientos, de tal modo que no sólo se pierda la independencia exterior de decir y actuar, si­no incluso la anterior, la del juicio.

También aquí está en peligro la vitalidad de la verdad, pues de ella forma parte la libertad del espí­ritu para ver lo que es; la decisión de la responsabili­dad, que mantiene en pie su juicio aun respecto a sus simpatías y su disposición a la ayuda; la fuerza de la persona que sabe que su propia dignidad se mantie­ne o cae junto con la fidelidad a la verdad. Así, ya hay dos elementos que han de añadirse a la voluntad de verdad para que se produzca plena verdad: preocupación respecto a quien oye y valor cuando decirla es difícil.

Así cabría decir mucho más. Llevaría otra vez a darnos cuenta de que la potencia viva de la verdad requiere al hombre entero. Un amigo observó una vez en diálogo: “La veracidad es la más sutil de to­das las virtudes. Pero hay gentes que la manejan co­mo una estaca.”

(Una ética para nuestro tiempo, R. Guardini)

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