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Espiritualidad 4

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

La noche no interrumpe tu historia con el hombre.

La noche es tiempo de salvación.

De noche descendía tu escala misteriosa

hasta la misma piedra donde Jacob dormía.

De noche celebrabas la Pascua con tu pueblo,

mientras en las tinieblas volaba el exterminio.

La noche es tiempo de salvación.

Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche;

de noche prolongabas la voz de la promesa.

De noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre;

de noche eran los sueños tu palabra más profunda.

La noche es tiempo de salvación.

De noche, en un pesebre, nacía tu palabra;

de noche lo anunciaron el ángel y la estrella.

La noche fue testigo de Cristo en el sepulcro;

la noche vió la gloria de su resurrección.

La noche es tiempo de salvación.

De noche esperaremos tu vuelta repentina,

y encontrarás a punto la luz de nuestra lámpara.

La noche es tiempo de salvación.  Amén.

Entonces les dijo: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán”.

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

(Marcos 16-15-20)

Salmo 36: Alabanza a la misericordia de Dios

Señor, tu misericordia llega hasta el cielo,

tu fidelidad hasta las nubes.

Tu justicia es como las altas montañas,

tus juicios, como un océano inmenso.

Tú socorres a los hombres y a las bestias:

¡qué inapreciable es tu misericordia, Señor!

Por eso los hombres se refugian a la sombra de tus alas.

Se sacian con la abundancia de tu casa,

les das de beber del torrente de tus delicias.

En ti está la fuente de la vida,

y por tu luz vemos la luz.

Extiende tu gracia sobre los que te reconocen,

y tu justicia sobre los rectos del corazón.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Hijo de Dios, que resucitado de entre los muertos eres el Príncipe de la vida, bendice y santifica a tus fieles y a todos los hombres.
  • Tú que concedes paz y alegría a todos los que creen en ti, danos vivir como hijos de la luz y alegrarnos de tu victoria.
  • Aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra, para que dé al mundo testimonio de tu resurrección.
  • Te encomendamos la vigilia que haremos a fin de mes, para celebrar Pentecostés: que el Espíritu Santo nos impulse a la misión, para anunciar a todos los hombres tu Palabra.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

VERACIDAD (II)

En la lealtad a la verdad se apoyan todas las rela­ciones de los hombres entre sí, la vida entera de la comunidad. El hombre es un ser misterioso. Si se pone alguien delante de mí, veo su exterior, oigo su voz, puedo apretar su mano, pero lo que en él vive, me está ocul­to. Cuanto más esencial es, más profundo queda. Se produce así el hecho intranquilizador de que el trato de los hombres entre sí — lo cual significa a su vez la mayor parte de la vida — es una relación que va de un ocultamiento a otro. ¿Qué es lo que forma el puente? La expresión en rostro y gestos, la actitud, la activad, pero sobre todo la palabra. Por la palabra trata el hombre con el hombre. Cuanto más digna de confianza es la palabra, más seguro y fecundo es el trato.

También las relaciones humanas son de profundi­dad e importancia muy diversas. La gradación lleva por encina del mero arreglárselas unos con otros y del simple provecho, hasta la vida del corazón, las cosas del espíritu, las cuestiones de la responsabili­dad, las relaciones de persona a persona. El camino ahonda cada vez más en lo peculiar, en lo propio de la persona, en el dominio de la libertad, donde fallan los cálculos. Así, la verdad de la palabra se hace ca­da vez más importante. Eso vale para todo tipo de re­lación, y sobre todo para aquella en la que descansa la auténtica vida: amistad, comunidad de trabajo, amor, matrimonio, familia. Los modos de comunidad que hayan de durar, crecer y hacerse fecundos deben comprenderse mutuamente cada vez con más pureza, uno creciendo en el otro; si no, decaen. Toda menti­ra destruye la comunidad.

Pero el misterio llega más allá. No consiste sólo en que toda relación pasa del ocultamiento del uno al del otro, sino en que cada cual trata también consigo mismo. Ahí, por decirlo así, el hombre se separa en dos seres y se enfrenta con su propio ser. Me consi­dero, me examino y me juzgo: decido sobre mí. Lue­go esa dualidad vuelve a reunirse en la unidad del “yo”, llevando entonces consigo el resultado de ese enfrentamiento. En el transcurso de la vida interior, esto ocurre continuamente; es su forma de realizarse.

Pero ¿y si no soy veraz ante mí mismo? ¿Y si me engaño a mí mismo? ¿Y si me finjo algo? Y ¿no es eso lo que hacemos continuamente, una y otra vez? El hombre que “siempre tiene razón”, ¿no deja de te­nerla en realidad del modo más peligroso? El hom­bre para quien siempre tienen la culpa los demás, ¿no pasa de largo constantemente ante su propia culpa? Quien siempre lleva a cabo su voluntad, ¿no vive en fatal engaño sobre su propia tontería, su presunción, su estrechez de corazón, su violencia, y sobre los perjuicios que produce? Así, pues, si quiero tratar rectamente conmigo mismo —y, partiendo de mí, con los demás—, entonces no he de desviar la mirada de mi realidad, no he de fingirme nada, sino que debo ser veraz para mí mismo. Pero es muy difícil, ¡y qué lamentable aspecto tiene esto en nosotros, si nos examinamos honradamente!

La verdad da al hombre firmeza y solidez. Falta le hacen, pues la vida no es sólo amiga, sino también enemiga. Por todas partes se entrechocan los intere­ses. Siempre hay suspicacias, envidias, celos, odios. Ya la diversidad de caracteres y modos de ver produ­ce complicaciones. Más aún, incluso el simple hecho de que para mí exista “el otro”, para el cual a su vez soy “el otro”, es raíz de conflictos.

¿Cómo me las arreglo? Defendiéndome, cierta­mente; la vida, en muchos aspectos, es lucha, y en esa lucha la mentira y el engaño a veces querrían pa­recer útiles. Pero lo que en conjunto da firmeza y so­lidez es la verdad, la honradez, la lealtad. Estas cosas producen lo que permanece: atención y confianza. Esto vale también respecto a ese gran poder que con­figura la vida entera y que se llama “el Estado”. En efecto, no es casual que cuando el Estado, cuyos fun­damentos habrían de ser la justicia y la libertad, se convierte en poder violento, crezca también la men­tira en la misma medida. Más aún, que se desvalori­ce la verdad, que cese de ser norma, y en su lugar se ponga el éxito. ¿Por qué? Porque mediante la verdad el espíritu del hombre se confirma una y otra vez en su justicia esencial, y la persona cobra conciencia de su dignidad y libertad. Cuando la persona dice “así es”, y esa expresión tiene importancia pública, por­que la verdad es estimada, entonces también hay aquí una protección contra la voluntad de poderío que actúa en todo Estado. Si éste consigue desvalori­zar la verdad, entonces el individuo queda entregado.

La expresión más horrible de la violencia es que se le destroce al hombre su conciencia de verdad, de modo que ya no esté en condiciones de decir: “Esto es cierto, eso no.” Quienes lo hacen —en la práctica política, en la vida jurídica y donde sea— deberían darse bien cuenta de lo que hacen: quitar al hombre su condición de hombre. Darse cuenta de eso los anonadaría. La verdad es también aquello por lo que el hombre hace pie en sí mismo y llega a tener carác­ter. El carácter se apoya en que el hombre haya lle­gado a tener en su ser esa firmeza que se expresa en las frases: lo que es, es. Lo que es justo, debe tener lugar. Lo que se me ha confiado, lo defiendo.

En la medida en que así ocurre, el hombre puede hacer pie en sí mismo.

(Una ética para nuestro tiempo, R. Guardini)

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