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Espiritualidad 5

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.  Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.  Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo.  Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

(Juan 20, 19-23)

Salmo 103: La Gloria de Dios en la Creación

Bendice al Señor, alma mía:

¡Señor, Dios mío, qué grande eres!

Estás vestido de esplendor y majestad

y te envuelves con un manto de luz.

¡Qué variadas son tus obras, Señor!

¡Todo lo hiciste con sabiduría,

la tierra está llena de tus criaturas!

Si escondes tu rostro, se espantan;

si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo.

Si envías tu aliento, son creados,

y renuevas la superficie de la tierra.

¡Gloria al Señor para siempre,

alégrese el Señor por sus obras!

El mira, y la tierra se estremece;

toca las montañas, y echan humo.

Cantaré al Señor toda mi vida;

mientras yo exista, celebraré a mi Dios:

que mi canto le sea agradable,

y yo me alegraré en el Señor.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Concede, Señor, el espíritu de justicia a los que gobiernan las naciones y haz que trabajen en bien de la paz, para que todos podamos vivir según tu ley.
  • Concede la paz a nuestros días y multiplica los bienes de la tierra, para que los pobres puedan gozar de las riquezas de tu bondad.
  • Te encomendamos la vigilia de Pentecostés: que el Espíritu Santo reavive en nuestros corazones el deseo de anunciarte a todos nuestros hermanos, especialmente a los jóvenes que están alejados de la fe.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

VERACIDAD (III)

¿No es obvio esto? ¿No está cada cual tam­bién realmente en sí mismo por el hecho de ser “sí mismo”, precisamente igual que cada animal es él mismo, la golondrina es golondrina y el zorro es zo­rro?

Aquí no hemos de pensar con vaguedad, pues en estas cosas mucho depende de la exactitud. ¿Por qué el animal da esa fuerte impresión de acuerdo consigo mismo? Porque es “naturaleza”, ser vital sin espíritu personal. Lo “espiritual” que hay en él —orden, ser lleno de sentido y conducta— es espíritu del Crea­dor, no suyo propio- En el hombre, en cambio, es es­píritu propio, persona pensante y libre. Así, está a to­do un mundo por encima del animal; pero, también por eso, le falta su acuerdo natural consigo mismo. Está en riesgo por parte de su propio espíritu, que constantemente puede salirse de su propio ser y dis­poner de sí, pero por ello mismo también puede po­nerse en cuestión a sí mismo, colocarse en falsa si­tuación. Si a todo eso se añade lo que la fe nos dice sobre la primera culpa y todo lo que la siguió, enton­ces vemos que el hombre, de raíz, es un ser puesto en riesgo, y que constantemente ha de enfrentarse con la posibilidad del mal en su propio interior. Visto desde ahí, él no es sencillamente él mismo, su auténtico yo, sino que está en camino de serlo, en busca de ello, y que, si lo hace bien, llega a serlo.

Muy importante es preguntar entonces por dónde se forma la auténtica condición de “yo”, más allá de todas las tensiones y trastornos, en la más honda in­terioridad de la existencia. Entonces la respuesta vá­lida —antes que todas la demás respuestas que se puedan dar— es que ocurre por deseo de verdad. En todo verdadero pensamiento y palabra y hacer se consolida, de modo imperceptible pero efectivo, el centro interior, el verdadero yo. ¡Qué peligroso es ahí el engaño del hombre sobre su auténtico ser, tal como se ejerce continuamente de palabra, por escri­to y con imágenes! Tanto, que muchas veces nos lle­na de espanto: el hombre no es eso de que hablan co­mo de tal la ciencia, la literatura, la política, el perio­dismo, el cine. Eso es una ilusión, o una afirmación para un objetivo determinado, o un medio de lucha, o simplemente, frivolidad.

Nuestras consideraciones han avanzado mucho. En la primera de estas meditaciones nos hemos dicho que cada virtud es el hombre entero: eso se ha vuel­to a confirmar. Más todavía, llega aún más allá de él, hasta Dios.

Entremos ya a considerar lo siguiente: si digo que dos por dos son cuatro, sé que son totalmente cuatro y sólo cuatro, y siempre cuatro. Sé que es correcto, y nunca llegará un momento en que ya no lo sea; a no ser, claro está, que se vuelvan a dar condiciones ine­quívocas de una matemática más alta. ¿Qué cimenta esto tan firme, que no puede ser de otro modo sino como es? ¿Qué hace, yendo más allá de estas relacio­nes más simples de sentido, que todo auténtico cono­cimiento, en el momento de su iluminación, nos dé la certidumbre: “así es”? Naturalmente, puedo equivo­carme si no observo con bastante cuidado, si no pien­so con bastante exactitud. Esto puede ocurrir y ocu­rre también todos los días. Pero si he conocido real­mente, entonces sé: así es. ¿Qué es lo que produce esa extraña firmeza, no apoyada en nada palpable? Sólo puede ser algo que venga de Dios. Algo que no procede del mismo hombre se presenta aquí en la ac­ción y la experiencia humana. Un poder, y no de la violencia que existe y obliga, sino del sentido que llama y da testimonio de sí; un poder de sentido que crea en el hombre esa firmeza que llamamos “con­vicción”.

Sobre esa experiencia básica ha fundado Platón toda su filosofía. A ese poder lo llamó “luz”: la más alta, mejor dicho, la auténtica, que procede del au­téntico Sol. Ese Sol es Dios, al que —ya dijimos— él llama con el nombre de agathón, el “bien”. A su vez, san Agustín, apoyándose en san Juan, introdujo esa idea en el pensamiento cristiano, y en él se ha he­cho fecunda para siempre. ¿Qué es verdad, de modo definitivo y auténtico?

Es el modo como Dios es “Dios” y se conoce: como es conocedor y se tiene a sí mismo en su conocimien­to. La verdad es la firmeza indestructible e inataca­ble con que Dios descansa en sí mismo conociendo. La verdad llega de Dios al mundo y le da base; pene­tra lo que es y le da ser; irradia en el espíritu huma­no y le da esa claridad que se llama conocimiento. En definitiva, resulta: quien está por la verdad está por Dios. Quien miente se rebela contra Dios y traiciona la raíz de sentido de la existencia.

En el mundo la verdad es débil. Basta una pequeñez para taparla. El hombre más tonto puede atacar­la. Pero alguna vez llegará una hora en que se cam­bien las cosas. Entonces Dios hará que la verdad ad­quiera tanto poder como verdad, y eso será el juicio.”Juicio” significa que cese la posibilidad de men­tir, porque la verdad penetra poco a poco en todo es­píritu, porque atraviesa con su luz toda palabra, por­que reina en el espacio. Entonces quedarán desvela­das patentemente las mentiras como lo que son, por más que fueran útiles, por más que fueran hábiles y gustosas; desveladas como apariencia, como nada.

(Una ética para nuestro tiempo, R. Guardini)

Dejemos que penetre en nuestra mente este pensa­miento; mejor dicho, en nuestro corazón. Quizás entonces nos moverá el sentir lo que es verdad, lo que hay en ella de irreversible, su tranquila luz, su eleva­ción. Entonces nos ligaremos a ella con lo más ínti­mo y fiel que haya en nosotros, asumiremos respon­sabilidad por ella y nos preocuparemos por ella.

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