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Espiritualidad 7

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!;

pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,

que a vida eterna sabe

y toda deuda paga;

matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores,

calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras,

y en tu aspirar sabroso

de bien y gloria lleno,

cuán delicadamente me enamoras! Amén.

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.  Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

(Marcos 14, 12-16. 22-26)

Salmo 115: Gozosa expresión de gratitud

¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?

Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor.

¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos!

Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor,

lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

e invocaré el nombre del Señor.

Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo,

en los atrios de la Casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Cristo, Hijo de Dios, que nos mandaste celebrar la Eucaristía en Memoria tuya, enriquece a la Iglesia con celebración de los sacramentos.
  • Cristo, Pan bajado del cielo, aumenta la unidad y la concordia entre los que creen en ti.
  • Cristo, que en el Pan de la Eucaristía nos das la semilla de la Resurrección, da salud a los enfermos y esperanza a todos los hombres.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

ACEPTACIÓN (I)

Si alguien preguntara: “Querría adelantar en la vi­da moral, ¿por dónde he de empezar?”, entonces se le podría contestar: “Por donde quieras.” Puedes em­pezar por un defecto de que te has dado cuenta en tu vida profesional. Puedes hacerlo por las exigencias de la comunidad, de la familia, de la amistad, donde­quiera que hayas notado un fallo. O has percibido dónde te apremia una pasión y tratas de acabar con ella. En el fondo se trata sólo de que tengas intención honrada y te dediques a ello decididamente, por cual­quier sitio; entonces lo uno influirá en lo otro. Pues la vida del hombre es una totalidad: si se aplica a un punto con decisión, despierta toda su conciencia y refuerza también su fuerza moral en otros, del mismo modo que un defecto en un punto de la vida influye en todo.

Pero si quien así preguntara insistiera: “¿Qué es lo que constituye el supuesto previo de todo esfuerzo moral para que sea eficaz, cambie lo torcido, refuer­ce lo debilitado y compense lo unilateral?”; creo que se le debería responder: es la aceptación de lo que es, la aceptación de la realidad, de ti mismo, de las personas que te rodean, del tiempo en que vi­ves.

Ahora bien, se podría objetar diciendo: esas cosas son artificiales. Lo que es, es, se “acepte” o no; aun prescindiendo de que tal disposición de ánimo es muy cómoda y ha de llevar a la pasividad. Por eso hemos de aclarar en seguida que no se trata aquí de ningún débil dejarse llevar, sino de ver la verdad y si­tuarse en ella, naturalmente, decididos a emprender el trabajo en ella y, si hace falta, la lucha por ella.

Esto, ante todo, es también realmente humano. Un animal está de acuerdo consigo mismo sin más. Di­gámoslo mejor: para él no existe la cuestión en abso­luto. Es como es, encajado en su mundo circundante y agotándose en él. De ahí la impresión de “naturali­dad” que nos produce, la impresión de que es por completo tal como debe ser según su esencia y las condiciones circundantes.

Con el hombre ocurre de otro modo. No se agota en lo que es y en lo que hay a su alrededor. Puede to­mar distancia respecto a sí mismo y reflexionar sobre sí; puede juzgarse a sí mismo; puede ir con sus de­seos más allá de lo que es, llegando a lo que querría o debería ser; incluso puede elevarse fantaseando hasta lo imposible. Así se produce una tensión entre ser y deseo, que puede convertirse en principio de crecimiento en cuanto que quien se esfuerza pone en su imaginación una imagen de sí mismo que luego trata de alcanzar con lo que realmente es. Pero tam­bién de esa tensión puede surgir una perniciosa divi­sión, una huida ante la propia realidad, una existen­cia en fantasía, que vive pasando de largo ante las posibilidades dadas y ante los peligros que amena­zan. A eso se aludía cuando se dijo que todo esfuer­zo moral eficaz empieza con que quien se empeña en serlo acepte la realidad tal como es.

Intentemos comprender lo que significa esta acep­tación tomando conciencia más exacta de qué es lo que aceptamos.

Ante todo, se trata de mí mismo. Pues no soy hom­bre en general, sino este hombre determinado; tengo este carácter y no otro; este temperamento entre los diversos que hay; estas fuerzas y debilidades, estas posibilidades y límites. Eso he de aceptar, situándo­me sobre ello como la base primera de mi vida.

Esto, lo repetimos, no es en absoluto obvio. Pues hay —y esto arroja una cruda luz sobre la finitud de nuestra existencia— un hastío de nuestro propio ser, una protesta contra uno mismo. Una vez más hemos de recordar que el hombre no está cerrado en sí, co­mo el animal, sino que se puede superar. Puede tener ideas sobre cómo le gustaría ser y ¡cuántos viven más en una imagen deseada que en la conciencia de su realidad! También conocemos esa curiosa acción por la que el hombre trata de escabullirse de lo que es: el disfraz, la máscara, el juego. ¿No se expresa ahí, en vano, pero insistiendo una vez y otra, el anhe­lo de ser otro del que se es realmente?

Con eso se dice que no sólo he de aceptar las fuer­zas que tengo, sino también las debilidades; no sólo las posibilidades, sino también los límites. Pues nuestra extraña naturaleza humana es de tal modo que lo que nos sustenta también nos pesa, lo que nos asegura también nos pone en riesgo. En la imagen de esa naturaleza se incluye lo positivo, pero también lo negativo, y no cabe elegir. Eso no significa que hay que darlo todo por bueno y dejarlo estar todo como está; por supuesto que no. Puedo y debo trabajar en mi es­tructura vital, dándole forma, mejorándola; pero, an­te todo, he de decir “sí” a lo que es, pues si no todo se vuelve inauténtico.

A su vez, esto no significa que haya que llamar bueno a lo que no lo es. Lo malo es malo, lo perver­so es perverso y lo feo también ha de ser llamado feo. Pero cualquier esfuerzo por desarrollar lo uno y su­perar lo otro descansa ante todo en la suposición pre­via de que se empiece por reconocer lo que es. ¡Cuántos fantasean dando vueltas y se mienten, pa­sando de largo ante lo que, a pesar de todo, es! ¡Cuántos se irritan cuando se les llama la atención sobre un defecto y se asombran cuando algo sale mal! El comienzo de todo esfuerzo lo constituye el reconocer lo que es, aun con sus defectos. Sólo actúo en serio si asumo sinceramente sobre mí la carga de mis defectos, y sólo entonces puede empezar la labor de su superación.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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