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Espiritualidad 8

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Nº8 Ya no temo, Señor, la tristeza,

ya no temo, Señor, la soledad;

porque eres, Señor, mi alegría,

tengo siempre tu amistad.

Ya no temo, Señor, a la noche,

ya no temo, Señor, la oscuridad;

porque brilla tu luz en las sombras

ya no hay noche, tú eres luz.

Ya no temo, Señor, los fracasos,

ya no temo, Señor, la ingratitud;

porque el triunfo, Señor, en la vida

tú lo tienes, tú lo das.

Ya no temo, Señor, los abismos,

ya no temo, Señor, la inmensidad;

porque eres, Señor, el camino

y la vida, la verdad.  Amén.

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: “Crucemos a la otra orilla”. Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.  Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: “¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?”. Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio! ¡Cállate!”. El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: “¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?”. Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

(Marcos 4,35-41)

Salmo 107: Liturgia de Acción de Gracias

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,

porque es eterno su amor!

Los que viajaron en barco por el mar,

para traficar por las aguas inmensas,

contemplaron las obras del Señor,

sus maravillas en el océano profundo.

Con su palabra desató un vendaval,

que encrespaba las olas del océano:

ellos subían hasta el cielo, bajaban al abismo,

se sentían desfallecer por el mareo,

Pero en la angustia invocaron al Señor,

y él los libró de sus tribulaciones:

cambió el huracán en una brisa suave

y se aplacaron las olas del mar;

Entonces se alegraron de aquella calma,

y el Señor los condujo al puerto deseado.

Den gracias al Señor por su misericordia

y por sus maravillas en favor de los hombres.

El que es sabio, que retenga estas cosas

y comprenda la misericordia del Señor. Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor Jesucristo, tú eres nuestra luz: ilumina a tu Iglesia para que te proclame con valentía a todas las naciones.
  • Tú que pacificaste el mundo, aparta de nosotros toda discordia, toda guerra, y danos tu paz.
  • Te pedimos por nuestro país, especialmente en este tiempo de elecciones: que nos ayudes a comprometer nuestra vida en la búsqueda del bien común.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

ACEPTACIÓN (II)

Un paso más allá lleva a la aceptación del destino. “Destino” no es azar; tiene una unidad consecuente que está determinada no sólo exteriormente, por la conexión de los acontecimientos, sino también inte­riormente, por la naturaleza de la persona en cues­tión.

En la vida de quien tiene unas disposiciones nor­males no ocurren ni los triunfos ni las catástrofes que experimenta el genial. A quien tiene dotes económi­cas y de organización no lo abruman las perplejida­des que tan fácilmente abruman al de dotes artísticas, así como tampoco percibe éste en el triunfo y la derrota lo que experimenta quien es hábil para conse­guir y usar el poder. Así, la naturaleza de un hombre viene a ser como un filtro, que deja pasar ciertas experiencias y retiene otras.

Así se puede de­cir en cierto sentido que cada individuo recibe con sus disposiciones un esbozo previo de su destino; no una necesidad fija, que estaría en contradicción con el hecho de la libertad, siempre colaboradora en for­mar la vida, en los grandes como en los pequeños, si­no una orientación, un carácter básico, a menudo una probabilidad de un determinado acontecimiento. También aquí se trata de que el individuo acepte su destino, para luego trabajar con mayor decisión en su rectificación y conformación. La vida del hombre ac­tual está dominada por una idea que contrapesa el miedo metido en sus nervios: la idea de poderse ase­gurar contra los crecientes peligros… Pero contra la vida misma no cabe asegurar­se, sino que hay que aceptarla con todo aquello que hay en ella de grandeza y de pequeñez, de posibilida­des de perdición y de felicidad. Aceptar el destino significa en el fondo aceptarse a sí mismo y tomar partido por uno mismo. La idea ha hallado su forma pagano-escéptica en el concepto del amor fati, el amor al propio destino, nacido de la oposición; y su forma creyente, en el asentimiento al camino que nos propone la propia naturaleza en la confianza de que todo descansa en el amor del Padre.

Sacando consecuencias, el pensamiento lleva aún más allá: a no rehuir simplemente el dolor y la des­gracia, ni tampoco limitarse, cuando no pueden evi­tarse, a hacerles frente con valentía, sino a aceptar su amargura. Se tiene que haber aprendido en la escue­la de Cristo a ser capaz de ello, pues nuestra natura­leza se comporta de otro modo. Se levanta en protes­ta contra el dolor y, en principio, no hay nada que ob­jetar a ello, tanto menos cuanto que también hay un asentimiento al dolor que nace de la debilidad; más aún, una enfermiza búsqueda de él. Pero el mero re­chazo echa a perder el sentido que tiene el dolor en la vida. Justamente comprendido y sobrellevado, profundiza esa vida, la purifica y lleva al hombre al acuerdo consigo mismo, porque él se pone de acuer­do con la voluntad divina, que está detrás de todo acontecer.

Más aún, incluso el dolor mismo puede aliviarse así. Si una persona tiene que habérselas con un dolor —corporal o anímico— y es capaz de evitar la rebe­lión y entregarse a él, entonces el sometido se trans­forma y experimenta una honda libertad, la libertad en el sufrimiento.

En fin, la aceptación de sí mismo significa que yo esté de acuerdo con existir en general.

En efecto, yo no me he puesto ante la posibilidad de mi propia existencia y he decidido que quiero ser, sino que se me ha puesto en el ser; he surgido de la vida de mis padres, de la vida de mis antepasados, de las situaciones del tiempo. El suceso del nacimiento me ha dicho: ahora eres. Así que ¡ve viviendo! En algunos momentos uno puede penetrarse de cuánta gracia es poder ser, respirar, sentir, crear. Pero también puede ir de otro modo: Si ceden las fuerzas, las cosas se vuelven grises, los de­beres oprimen; en tiempos de prolongada enferme­dad o de privación, en instantes de desánimo y de melancolía, puede elevarse la protesta: “A mí no me han preguntado. No he querido ser. ¿Por qué tengo que ser?” Entonces, tener que ser, se siente como una exigencia y se ve que aceptar la existencia es una ac­ción que se debe realizar en lo más hondo de la vida. Pues también puede rehusarse, llevando adelante la vida sólo con el enco­gimiento de hombros de la resignación.

En todo esto no salimos adelante con motivacio­nes meramente humanas. En realidad, ya debiéramos haberlo dicho así al comienzo de nuestras considera­ciones. Pues cuando considerábamos que no podemos hacernos nosotros mismos nuestra existencia, sino que la recibimos, la pregunta inmediata habría debido ser: ¿De quién? Y la respuesta habría sido: De los padres, de la situación histórica, de los ante­pasados; pero, en definitiva, y a través de todos los miembros intermedios, de Dios. Así, la aceptación —la auténtica— no puede realizarse si no nos damos cuenta claramente de dónde hemos de aceptar que llegue lo nuestro: ¿de la mudez del transcurso de la naturaleza, de la falta de sentido del azar, o de la pura sabiduría y amor de Dios?

La auténtica aceptación sólo es posible sobre una instancia en la que se pueda confiar, y que es el Dios vivo. Cuanto más de cerca entra en nuestra vida lo que hemos de aceptar en ella; cuanto más exacta­mente esa aceptación representa una superación de nuestro yo, tanto más necesito conocer por qué Dios me dio lo existencia: por amor a mí.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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