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Espiritualidad 9

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Mentes cansadas,

manos encallecidas,

labriegos al fin de la jornada,

jornaleros de tu viña,

venimos, Padre,

atardecidos de cansancio,

agradecidos por la lucha,

a recibir tu denario.

Llenos de polvo,

El alma hecha girones,

Romeros al filo de la tarde,

Peregrinos de tus montes,

Venimos, Padre,

Heridos por los desengaños,

Contentos por servir a tu mesa,

a recibir tu denario.

Hartos de todo,

Llenos de nada,

Sedientos al broquel de tus pozos

Y hambrientos de tu casa,

venimos, Padre,

el corazón entre tus brazos,

la frente humilde de delitos,

a recibir tu denario.  Amén.

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”. Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”. Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate”. En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

(Marcos 5, 21-24. 35b-43)

Salmo 107: Liturgia de Acción de Gracias

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste

y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.

Señor, Dios mío, clamé a ti y tú me sanaste.

Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.

Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre,

si por la noche se derraman lágrimas,

por la mañana renace la alegría.

Tú convertiste mi lamento en júbilo,

me quitaste el luto y me vestiste de fiesta,

para que mi corazón te cante sin cesar.

¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Te damos gracias por el gran amor con que nos amaste, Señor: continúa mostrándote con nosotros rico en misericordia.
  • Abre nuestros ojos, y los de nuestros hermanos: para que podamos contemplar hoy tus maravillas.
  • Te pedimos por nuestro país, por las elecciones del próximo domingo: que contribuyan a la construcción de un mundo nuevo.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

RESPETO

Quien quiera meditar sobre algún fenómeno de la existencia humana hará bien en considerar también la palabra con que lo denomina el lenguaje, pues en el lenguaje habla algo más que el espíritu del indivi­duo. Así vamos a hacerlo con la virtud que ahora ha de considerarse, esto es, el respeto (en alemán, Ehr-furcht).

¡Extraña palabra esta yuxtaposición de Furcht, “temor” y Ehre, “honor”! Temor, que muestra honor; honor traspasado de temor, ¿qué temor podría ser ése? Evidentemente, no como cuando uno es abru­mado por algo que produce daño o causa dolor. Tal temor da lugar a que uno se defienda o busque segu­ridad. El temor del que aquí se va a hablar no lucha, tampoco huye, pero se le prohíbe entrar demasiado, guarda distancia, no toca lo respetable ni con el háli­to de su propio ser.

La palabra señala el camino a la comprensión. El origen del sentimiento de respeto es de naturaleza re­ligiosa. Es la sensación de lo sagrado inabordable, que rodeaba en la antigua experiencia de la vida a to­do lo elevado, poderoso, soberano. Ahí se reunían di­versas cosas: presentimiento de la grandeza sagrada y anhelo de participar de ella; junto con la preocupa­ción de ser indignos de ello y provocar una cólera misteriosa…

En la medida en que avanzó la evolución cultural y se desarrollaron la comprensión racional y el domi­nio técnico del mundo, el elemento religioso retro­cedió. La conciencia de la importancia y valor del mundo adquirió el predominio y provocó una actitud respetuosa en la que, sin embargo, todavía resonaba el antiguo temor: precisamente, la sensación de res­peto en cuestión, que el hombre de buena índole muestra todavía hoy hacia lo grande.

En el respeto, el hombre renuncia a lo que de otro modo le gustaría, esto es, a tomar posesión y usar pa­ra su propio provecho. En vez de eso, se echa atrás, toma distancia. Así surge un espacio espiritual en que se eleva lo que merece respeto, y puede subsistir libremente y resplandecer.

Cuanto más elevado de rango está algo, más fuer­temente la sensación de valor que produce se enlaza con esa toma de distancia.

Pero la experiencia del valor da lugar a que se quiera tener parte en él. Así, aquí entra otra condi­ción que nos dice a los hombres de hoy, por qué el respeto se echa atrás en vez de avanzar; por qué reti­ra las manos en vez de aferrar. Lo que impone respe­to son sobre todo cualidades de la persona: su digni­dad, su libertad, su nobleza. Pero también las de la obra humana en que se manifiestan elevación y ter­nura. Y, finalmente, formas de la naturaleza en que se expresa algo sublime o misterioso.

Quizá se puede decir que toda auténtica cultura empieza cuando el hombre retrocede, no se precipi­ta, no arrebata consigo, sino que crea distancia, para que se establezca un espacio libre en que puedan ha­cerse evidentes la persona con su dignidad, la obra con su belleza y la naturaleza con su poder simbóli­co.

El respeto puede tomar también una forma que llamaríamos cotidiana. El respeto puede y debe aparecer también en lo coti­diano, y entonces se llama atención, cuidado.

Atención es lo más elemental que ha de percibirse para que los hombres se traten entre sí como hom­bres. No hace falta aquí tratar de valores especiales, si­no sencillamente del hecho de que el otro es hombre y tiene libertad y responsabilidad.

Entonces, atención significaría, por ejemplo, que se lo tome al otro en serio, en su convicción. Puedo luchar contra ella, pues si soy de la opinión que lo que dice es falso, tengo derecho y en ciertas circuns­tancias obligación, de hacer valer contra él la verdad que reconozco. Pero con atención, con la conciencia de que no tengo que habérmelas con una proposición abstracta que está en algún libro, sino con una perso­na que, sobre la base de su conciencia de verdad, se ha decidido por esa opinión. Si veo que yerra, puedo luchar con él, no puedo hacer violencia a su opinión ni intentar dominarlo con astucia.

Atención es lo que requiere la esfera privada del otro; es decir, ese dominio que está consigo mismo o que vive con los que están vinculados a él, familia o amigos, algo que hoy se olvida cada vez más. Pues en todas partes actúa una tendencia a la publicidad, un afán de ver precisamente lo que retrae, una avidez de sensacionalismo que encuentra una fea diversión en desvelar, poner al descubierto, avergonzar, junto con la técnica que lo hace posible; el dinero, que actúa tras el periodismo, las revistas, el cine, la televi­sión. ¡Qué atmósfera de falta de respeto a lo personal se produce así!

Por ejemplo, ¡qué grosería fotografiar a un niño mientras reza o a una mujer que llora porque su ma­rido ha sufrido una desgracia! El afán de destapar lo que hasta ahora estaba rodeado de respeto ha llegado incluso a procurarse su pequeña aureola: afirma tener la valentía de ser libre publicidad, y habla de “ta­búes” que debieran ser destruidos.

Pero también ¡qué gusto —y éste es el otro lado del asunto— en obtener publicidad! Pues si el lector medio de la revista ilustrada no tuviera el deseo, se­creto o manifiesto, de estar él mismo en imagen, en­tonces se formaría una presión de la opinión pública que haría imposible toda esa feria.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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