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Espiritualidad 10

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

En tus manos, Señor, pongo mi vida

con todas sus angustias y dolores;

que en ti florezcan frescos mis amores

y que halle, apoyo en ti mi fe caída.

Quiero ser como cera derretida

que modelen tus dedos creadores;

y morar para siempre sin temores

de tu costado en la sangrienta herida.

Vivir tu muerte y tus dolores grandes,

disfrutar tus delicias verdaderas

y seguir el camino por donde andes.

Dame, Señor, huir de mis quimeras

dame, Señor, que quiera lo, que mandes

para poder querer lo que tú quieras.

Amén

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.

Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

(Marcos 6, 1-6)

Salmo 123: Oración confiada en medio de la adversidad

A ti levanto mis ojos,

a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos

fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava

fijos en las manos de su señora,

así están nuestros ojos

en el Señor, Dios nuestro,

esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,

que estamos saciados de desprecios;

nuestra alma está saciada

del sarcasmo de los satisfechos,

del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Cristo, fortaleza nuestra, concede a todos los cristianos, a quienes has llamado a la luz de tu verdad, que tengan siempre fidelidad y constancia.
  • Haz, Señor, que los que gobiernan el mundo lo hagan conforme a tu querer, y que sus decisiones ayuden a establecer la paz.
  • Tú que con cinco panes saciaste a la multitud, enséñanos a socorrer con nuestros bienes a los más necesitados.
  • Te encomendamos, Señor, las próximas Asambleas Federales: que sean un momento de encuentro con vos y con nuestros hermanos, y nos dé fuerzas para seguir anunciando el Evangelio.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

RESPETO (II)

El respeto se despierta ante lo grande, la gran per­sonalidad y la gran creación. ¿Qué es lo “grande”? No algo cuantioso, es decir, nada de lo que indica la frase: la cifra cien es más grande que la cifra diez. Significa la fuerza de la exi­gencia del hombre para sí mismo y el estar dispues­to a ponerse en juego por lo importante; amplitud de campo de visión y osadía de la decisión; profundidad de la relación con el mundo, originalidad y fuerza de producción.

A quien tiene que habérselas con la grandeza no le resulta fácil. Puede desanimar, incluso imposibili­tar, pues en la grandeza de otro siento yo que soy pe­queño. ¿Qué puedo hacer? La defensa contra las grandes superioridades está en la veracidad y el respeto, que dicen: él es grande, yo no. Pero está bien que haya grandeza, aunque no sea en mí, sino en el otro. Entonces se es­tablece un espacio libre y desaparece la envidia.

Frente a la grandeza del otro, si no se la deja va­ler honradamente, surge un rencor que trata de hacer­la pequeña: el resentimiento. Se empieza a criticar, se buscan defectos para poder decir que el alabado no está tan allá; se afirma que ha sido cuestión de suerte, y así sucesivamente. Si se consigue, todo se ha vuelto mezquino, y se tiene al envidiado por de­bajo. Pero quien reconoce al gran hombre con liber­tad, porque la grandeza es hermosa, aunque perte­nezca a otro, ve ocurrir algo prodigioso: en el mismo instante, el que respeta se pone al lado de aquél, pues ha comprendido y reconocido su grandeza.

Análogo respeto imponen la gran obra y la gran acción. Es importante encontrarlas, aunque ante ellas a uno se le empequeñezcan sus propios logros. Encontrar la gran realización, dondequiera que es­té —en la investigación científica, en la producción literaria, en el arte plástico, en la acción política—, y no acorazarse frente a ella con el rencor ofendido del que querría y no puede, sino abrirse y reconocer: es bueno que alguien haya podido, eso es lo que da me­didas y hace capaz de juzgar con veracidad.

Hemos visto que el respeto surge en el espíritu bien formado ante la gran personalidad y la obra ele­vada; que se puede medir la situación cultural de una persona por cómo la siente y con qué libre gozo res­ponde a ella. Pero es notable, y es un honor para el hombre, que también pueda aplicarse al pequeño, al indefenso, al que no es capaz de abrirse paso por sí mis­mo.

El hombre vulgar percibe una situación vulnerable — la del niño, del inexperto, del débil— como incita­ción a explotarla; el hombre decente se siente llama­do a atender precisamente a lo inerme. Pero ¿por qué? Sería comprensible si se dijera que resulta ob­vio para todo buen sentimiento querer ayudar a un niño, a una persona débil. Disposición a la ayuda, ciertamente, pero ¿por qué respeto?

Quizá es que el hombre decente, cuando se en­cuentra ante el desvalimiento, se siente tocado y pe­netrado por la proximidad del destino.

Esto se prolonga en lo religioso —recordemos el modo como Jesús habla de los niños y del “ay” que pronuncia contra quien haga daño a sus almas—, al­go que hoy está totalmente olvidado (Mt 18, 6 y ss.). ¿Cuántos son los que hoy se siguen preocupando en serio por tal daño? ¿Cuántos toman conciencia en ab­soluto de las impresiones destructoras que los que to­davía no saben defenderse pueden recibir de la pren­sa, radio, cine, televisión? Entonces dice Jesús: Te­ned cuidado, porque “sus ángeles en el cielo ven, siempre la cara de mi Padre celestial”. Tras el desva­limiento del niño está la vigilancia del ángel, que ve la santidad de Dios. Y lo que vale para el niño, vale para todo indefenso.

El hombre bien criado tiene respeto ante la gran personalidad, ante la gran obra, pero también ante la persona inerme, ante el inexperto, el débil, el que su­fre, el oprimido.

Pero finalmente todo respeto desemboca en el res­peto a lo sagrado. Lo percibimos cuando entramos en las iglesias. En efecto, por eso se construyen tan al­tas y con formas tan elocuentes, para que el espacio nos mueva ya al entrar. Si no ocurre así, entonces, viéndolo en su naturaleza, no hay en absoluto ningu­na “iglesia”, sino sólo un espacio de reunión. Por eso entramos en la iglesia con paso quedo y hablamos en ella con voz contenida. ¡Cómo revela también la bar­barie de nuestro tiempo el que los viajeros se com­porten en una iglesia como si estuvieran en un museo o en un local deportivo! Pero hay algo peor: lo sagra­do provoca rebelión en el hombre, lo incita a la bur­la, a la irreverencia, a la violencia. Y no diga nadie que esos sentimientos y disposiciones de ánimo le son extraños, en realidad acechan en todos, desde la rebelión original. Así que haremos bien en mantener despierto el respeto ante lo sagrado.

El acto básico de este respeto es la adoración de Dios. En ella se expresa del modo más completo la verdad del hombre, especialmente cuando también el cuerpo la realiza, inclinándose. Debe darnos que pensar el que esto ocurra tan poco en la vida religio­sa. Por lo regular, en ella sólo hay ruego, o agrade­cimiento; rara vez ya la alabanza: la adoración no aparece casi nunca. Y, sin embargo, es esencial. “Adoro a Dios” significa: tengo presente que Él existe y estoy ante Él; que Él es quien existe por esencia, el creador, y yo su criatura; que Él es santo, y yo en cambio no; y me amoldo a la sagrada pre­sencia con espíritu y corazón. Adoración es verdad realizada.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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