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Espiritualidad 12

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno a oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

Cuantas veces el ángel me decía:

“Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuanto amor llamar porfía”!

¡Y cuántas, hermosura soberana:

“Mañana le abriremos”, respondía,

para lo mismo responder mañana!

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.

Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

(Marcos 6, 30-34)

Salmo 23: El Buen Pastor

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El me hace descansar en verdes praderas,

me conduce a las aguas tranquilas

y repara mis fuerzas;

me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.

Aunque cruce por oscuras quebradas,

no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo:

tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos;

unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu gracia me acompañan

a lo largo de mi vida;

y habitaré en la Casa del Señor,

por muy largo tiempo.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Concédenos, Señor, un día lleno de paz, de alegría y de inocencia, para que, al llegar a la noche, podamos alabarte con gozo y limpios de pecado.
  • Que baje hoy a nosotros tu bondad, y haga prósperas las obras de nuestras manos.
  • Muéstranos tu rostro propicio y danos tu paz para que durante todo el día sintamos cómo tu mano nos protege.
  • Mira con bondad  a cuantos se han encomendado a nuestras oraciones y enriquécelos con clase de bienes.
  • Señor, te encomendamos la situación de nuestro país: te pedimos que nos protejas en medio de la adversidad, y que manifiestes tu providencia, especialmente, con los más necesitados.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

ANIMO (I)

Esta consideración ha de tratar del ánimo… o de la valentía. Las dos palabras aluden a algo relaciona­do, pero con pequeñas distinciones. “Valentía” signi­fica más el modo de comportarse en la situación con­creta; “ánimo”, la disposición de espíritu en general: el modo como uno se enfrenta con la vida en conjun­to.

Ante todo hemos de pensar en esa distinción que ya nos ha sido útil varias veces, esto es, entre dispo­sición y actitud moral.

Existe el ánimo valiente como temperamento na­tural. Por ejemplo, una persona de tal disposición no tiene sentimientos muy blandos, y cosas que a otros los intranquilizarían ni siquiera le llegan a la con­ciencia. Su fantasía no es muy viva, y los peligros posibles no se le presentan claramente ante la vista. Así, atraviesa intacto situaciones peligrosas o las re­suelve fácilmente. Una excelente situación para la vida práctica, pero quien tiene tales protecciones ha de guardarse bien de no volverse frívolo o brutal.

Puede ocurrir también que el ánimo proceda de una clara salud del modo de ser: una gozosa fuerza vital que percibe las dificultades y peligros como al­go que da tensión; una confianza en la existencia que siente con seguridad que las cosas irán bien. Esto es muy hermoso —si significa, por ejemplo, lo que se llama “buena raza”—. Claro que también tiene sus peligros, y quien tiene tales dotes naturales ha de cui­dar de seguir siendo prudente y agradecido. Final­mente, hay una disposición para el ánimo valiente que pertenece al dominio de lo noble y lo extraordi­nario. Para quien tiene tal índole, valentía y honor son lo mismo. Percibe la exigencia de la vida y se siente obligado a respetarse a sí mismo, a hacerle frente. Quizá no es especialmente fuerte en lo corpo­ral; quizá es muy capaz de sufrir y por eso se siente herido por los obstáculos exteriores e interiores. A pesar de eso resiste firme, avanza tranquilamente, hace frente al acontecer sin miedo. Es decir, tiene no­bleza natural; por supuesto, también predestinación para un destino difícil.

Todo eso es disposición. Uno la tiene o no la tie­ne, y puede ser para bien como para mal. Pero aquí vamos a hablar de lo que —si no se opo­nen a ello circunstancias especialmente desfavora­bles— es posible en todos y, por tanto, puede ser también exigido moralmente: lo que es deber, para el cual hay que educarse.

¿Qué aspecto tendría tal virtud? ¿Cómo se desa­rrollaría?

Vamos en seguida al centro desde el cual se deter­mina todo lo restante y que, naturalmente, es también lo más difícil de realizar. Ahí el ánimo y la valentía significan aceptar la propia existencia: ya hemos ha­blado de eso en consideraciones anteriores. Esta existencia es un tejido de bien y de mal, de cosas go­zosas y dolorosas, de cosas que ayudan y sustentan, así como de otras que estorban y cargan. El ánimo significa que no se busque ahí lo que agrada o puede vivirse fácilmente, sino que se acep­te el conjunto tal como es, en la confianza de que en ello reside la indicación divina.

Todo hombre lleva en sí ese misterioso algo que se puede llamar la estructura esencial. Significa que las propiedades no están yuxtapuestas unas junto a otras, sino que forman una totalidad; algo en mutua dependencia, decidido; que sustenta, pero también exige. Ahí cada elemento apoya a los demás, así como cada cual lleva consigo su peligro y carga con él a los de­más. Esa estructura esencial la lleva consigo el hom­bre en la vida: determina lo que él es y lo que puede, lo favorable y lo desfavorable —lo determina a “él” precisamente—. Ahí el ánimo significa que el hom­bre acepte esa figura básica de su existencia tal como es: que no seleccione parte de ella ni deje nada.

Por ejemplo, no se puede ser un hombre de cora­zón sensible y percibir gozo, pero no dolor, pues lo uno condiciona lo otro. Poder sentir es algo hermo­so; eso otorga grandeza a las cosas, la belleza del mundo, la profundidad del trato, las tensiones de la lucha, la felicidad de la obra. Pero el mismo sentir hace que el hombre sea invadido por cosas malas, por el dolor de las carencias, por el apuro de los con­flictos humanos, por la infructuosidad del trabajo. No se puede tener lo uno sin lo otro. Así que aquí la primera valentía significa aceptarse a sí mismo como se es: con la fuerza de sentimientos del propio cora­zón, aceptar lo doloroso que lleva aparejado, igual que lo sabroso que otorga. Eso no significa que haya de llamarse todo bueno y hermoso, cierto que no. Pe­ro por lo pronto hay que aceptar; y luego, a partir de ahí, ver lo que se puede cambiar, elevar, suavizar, mejorar.

La conexión de que se hablaba significa aún algo más. Es como una imagen que está ante uno y que se puede mirar, pero también como una melodía que se realiza en el tiempo; una figura que se percibe en el acontecer. Esta remite al mismo núcleo que aquélla, pues lo que le acontece a un hombre no es algo arbi­trario, sino que corresponde a lo que es. Estructura de destino y estructura de naturaleza tienen una es­trecha correlación.

Así, la existencia de cada hombre lleva en sí una conexión, una figura de ser y acontecer, y él ha de aceptarla como es. No ha de querer lo hermoso y no lo malo, sino decir en principio “sí” al conjunto. Lue­go, por supuesto, hacer lo que pueda para darle for­ma tal como lo considere justo.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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