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Espiritualidad 13

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Alfarero del hombre, mano trabajadora

que, de los hondos limos iniciales,

convocas a los pájaros a la primera aurora,

al pasto, los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,

de espacio puro y tierra amanecida.

De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta

de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;

tus manos son recientes en la rosa;

se espesa la abundancia del mundo a mediodía,

y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro,

ni soledad en que no te hagas fuerte.

Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:

tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira, que es desdecirte

dejar tanta hermosura en tanta guerra!

Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte

de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén

Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para darles de comer?”. El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?”. Jesús le respondió: “Háganlos sentar”. Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: “Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo”. Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña

(Juan 6, 1-15)

Salmo 144: La bondad de Dios hacia sus criaturas

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder.

Los ojos de todos esperan en ti,

y tú les das la comida a su tiempo;

abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes.

El Señor es justo en todos sus caminos

y bondadoso en todas sus acciones;

está cerca de aquellos que lo invocan,

de aquellos que lo invocan de verdad. Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Bendice, Señor, las acciones de nuestro día y ayúdanos a buscar en ellas tu gloria y el bien de nuestros hermanos.
  • Que el trabajo de hoy sirva para la edificación de un mundo nuevo y nos conduzca también a tu reino eterno.
  • Te pedimos, Señor, que nos hagas ser siempre solícitos del bien de los hombres y que nos ayudes a amarnos mutuamente.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

ANIMO (II)

Ciertamente, el hombre tiene relación con el conjunto del mundo. El animal está encajado en su mundo circundante, y por más que ese mundo circundante pueda ampliarse en el transcurso de la evolución de los seres individuales y las especies, siempre es por esencia parcial. Sólo el hombre está referido al mundo entero; más aún, ad­herido al mundo.

Ahora bien, también está determinado de modo individual, limitado por todo lo que significa índole del pueblo y del país, dotes, sexo, situación cultural, posición social, profesión y demás; es decir, por esa estructura esencial de que se hablaba. Pero esto con­tiene, en la puesta en juego esencial, la referencia al mundo como totalidad. Esta imbricación de índo­le especial y referencia universal constituye la pecu­liaridad del hombre: el hombre está caracterizado y referido a todo a la vez.

A esa tensión en la imagen esencial del hombre va unida otra: la tensión que hay entre necesidad y liber­tad. El hombre vive en las leyes del universo; pero lleva en sí las profundidades, a partir de las cuales siempre puede producir un nuevo comienzo. Así, para ser justo con la realidad, debe aceptar su carácter limitado, su determinación por la estructura de su carácter; pero, por su libertad en la referencia al mundo, es capaz de avanzar siguiendo su línea ha­cia la totalidad.

Todo esto lo ha deparado Dios. Él me ha dado a mí mismo. De su mano he de aceptar mi existencia, vivirla y persistir. Éste es el ánimo básico, y muy ne­cesario es hoy, cuando se habla tanto de la nada, de destrucción, de miedo, de náusea y de cosas oscuras de toda índole.

En una gran parte, ciertamente, no es más que charlatanería. Pero, por lo demás, nuestra época está realmente amenazada, por fuera y por dentro; hay una transición en que se pierden cosas incontables, a menudo sin que se sepa qué ha de venir de nuevo. Por eso es doblemente necesario que reciba­mos confiados nuestra existencia de la mano de Dios y la vivamos animosos.

En esa forma interior del ser y la vida individual se apoya también una ejercitación del ánimo, a saber: la confianza para ir viviendo ha­cia el propio porvenir, para actuar, para construir, pa­ra entrar en vinculaciones. Pues el futuro, a pesar de toda previsión, es lo desconocido en el individuo. Vi­vir, por su parte, significa avanzar por eso descono­cido, y puede extenderse ante el hombre como un caos en el que hay que atreverse a entrar.

Aquí cada cual ha de jugarse el todo por el todo a que lo que se le presenta no es ningún caos ni nada completamente ajeno. Antes bien, su propia índole natural, el poder ordenador que hay en su propio in­terior abrirá un camino, de tal modo que en definiti­va llega a ser su propio futuro, pese a todo, aquello a cuyo encuentro él va.

Esto, en efecto, forma también el fundamento na­tural para el mensaje de Cristo sobre la providencia en que se sitúa todo hombre. Es decir, que el futuro, aun con todo su desconocimiento, no es algo extraño ni hostil al hombre, sino que se lo ha preparado Dios; que la existencia, en toda su imprevisibilidad, no es ningún caos, sino que está ordenada para él por la mano de Dios. Creerlo y vivir con referencia a ello puede ser muy difícil para una persona de carácter vacilante, quizá miedoso. Pero aquí el ánimo de vivir va unido a la confianza en la guía de Dios.

Y aún ha de considerarse algo más: la relación con el futuro en gran escala, con la marcha de la historia. Pues la vida del individuo no corre en la historia como en un cauce neutral, sino que forma parte de ella. Algunas veces ese individuo está tan estrechamente vinculado con lo pasado que lo futuro le resulta totalmente extraño. Entonces tenemos la vida del hombre que no se fía del porvenir y huye re­trocediendo al pasado; para quien lo pasado está tan lleno de sentido, y sus formas son tan bellas, que to­do lo nuevo le repugna.

También aquí hace falta ánimo: el ánimo que se atreve con el futuro, en la confianza de que en él se desarrolla la guía de Dios. Este ánimo acepta lo ve­nidero, lo ve como su propia tarea y se adapta a ello. Esto puede ser muy difícil, realizable sólo por una auténtica obediencia a la indicación de aquel que conduce la historia.

Valentía significa aguantar en el peligro. ¿Qué constituye la raíz de aquello que se llama peligro? Es el mal que actúa en todos los corazones y hace que en cada momento pueda dirigirse algo hostil contra nosotros. Es la vulnerabilidad de nuestro ser, que puede ser herido por todo. Es la transitoriedad, que nuestra vida vaya hacia la muerte. Esto es así, y no se puede cambiar. Pero valentía significa ver esta si­tuación de la existencia y hacerle frente.

Hacer frente a la vida tal como viene: ante todo porque se supera mejor el peligro cuando se le hace frente que cuando se deja uno asustar por él; pero también porque lo difícil pertenece también a nuestra vida. Nos ha sido deparado. Si le hacemos frente se vuelve ganancia. En toda situación hay una posibilidad de crecer, de llegar a ser más hombre: ese hombre que se ha de ser. Al ceder echamos a perder esa posibilidad. El ánimo que acepta la vida y se enfrenta con ella valientemente en cada ocasión, está convencido de que en nuestro propio interior hay algo que no puede ser destruido, sino que más bien saca sustento de to­do; que con todo se hace más fuerte, más rico, más hondo, si se vive como debe ser, porque procede del poder creador de Dios.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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