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Espiritualidad 14

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Dejado ya el descanso de la noche,

despierto en la alegría de tu amor,

concédeme tu luz que me ilumine

como ilumina el sol.

No sé lo que será del nuevo día

que entre luces y sombras viviré,

pero sé que, si tú vienes conmigo,

no fallará mi fe.

Tal vez me esperen horas de desierto

amargas y sedientas, mas yo sé

que, si vienes conmigo de camino,

jamás yo tendré sed.

Concédeme vivir esta jornada

en paz con mis hermanos y mi Dios,

al sentarnos los dos para la cena,

párteme el pan Señor.

Recibe, Padre santo, nuestro ruego,

acoge por tu Hijo la oración

que fluye del Espíritu en el alma

que sabe de tu amor. Amén

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.0 Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo”. Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”. Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan” Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

(Juan 6, 1-15)

Salmo 77: Meditación sobre la historia de Israel

Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

lo contaremos a la futura generación:

Las alabanzas del Señor, su poder,

las maravillas que realizó.

Dio orden a las altas nubes,

abrió las compuertas del cielo:

Hizo llover sobre ellos maná,

les dio pan del cielo.

El hombre comió pan de ángeles,

el Señor les mandó provisiones hasta la hartura.

Los hizo entrar por las santas fronteras

hasta el monte que su diestra había adquirido.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor, sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día
  • Que sepamos bendecirte en cada unos de los momentos de nuestras jornadas y glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones.
  • Tú que tuviste por madre a María, siempre dócil a tu palabra, encamina hoy nuestros pasos para que obremos también como ella según tu voluntad
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

ANIMO (III)

Hay todavía otra valentía de la que también hay que decir una palabra: la de atreverse a la voluntad de Dios.

A cada cual, de alguna manera, le llega la llama­da de Dios y decide su vida. Puede significar cosas muy diversas. Por ejemplo, se trata de qué profesión ha de emprender. Mucho depende de que uno elija el trabajo vital que le dice su interioridad: eso es lo tu­yo, a eso estás llamado; o que elija otro que promete más dinero, más fácil éxito, mayor prestigio.

Puede tratarse de una persona, de una amistad, de un amor. También se trata de si uno se deja atraer por algo que es sugestivo, lisonjero para el sentimiento propio, pero ante lo cual la voz íntima avisa que ahí se va a perder lo mejor: o si uno elige algo que qui­zá es más áspero, más exigente, pero que edifica vi­da y enseña responsabilidad.

También hay decisiones menores. En efecto, en el fondo toda amonestación de la conciencia es llama­da de Dios. Pues lo bueno no es sin más lo útil, o lo vitalizador, o el progreso de la cultura, sino la santi­dad de Dios, que impulsa al hombre a recibirla en su vida y que se encarna en lo requerido moralmente en cada caso. Cada ocasión es una llamada así; pues se nos dirige a nosotros y dice: haz esto…, ¡no hagas eso! Una y otra vez nos ponemos ante eso, para arriesgarnos a la verdad o para mentir, para arriesgar­nos a la rectitud o para buscar provecho, a la pureza o para ensuciarnos, a la nobleza o para resbalar a lo vulgar. En cada caso llama Dios. El ánimo y la valentía representan aquí poner la mano en la suya y seguirlo, en lo pequeño y en lo grande. El camino puede llevar muy lejos.

Si hay un arrepentimiento temible al fin de la vi­da es éste: he oído la llamada, pero no la he segui­do…

En nuestras meditaciones siempre hemos vincula­do a Dios la virtud que considerábamos, intentando conocerla mejor desde Él. ¿Cómo es esto: en Dios, cabe hablar de ánimo y valentía? Cabe, con tal que prescindamos de todo aquello que es solamente hu­mano.

¿Dónde, pues, ha sido “animoso” Dios en este sentido supremo? Lo fue al crear al hombre. Cuando Dios “quiso” crear seres que tienen libertad y darles así su mundo en la mano. Pero eso, a su vez, significa que Él les pusiera en las manos “su honor”. Pues Él creó el mundo en sabiduría y amor: lo llamó “bueno” y “muy bueno”, y lo es para siempre. Esos seres, sin embargo, los hombres, podían ser fieles o también rebelarse contra Él. Y, sin embargo, Él arriesgó su obra en el peligro de la libertad, de los hombres.

Pero cuando el peligro se hizo realidad y los hom­bres le negaron la obediencia tuvo lugar el segundo “arriesgarse” de Dios, tan inconmensurablemente grande, que siempre vuelve a hacer falta la entera fuerza de la fe confiada para no enloquecer con eso: Él mismo intervino en la responsabilidad por la cul­pa del hombre, se hizo hombre y asumió un destino en nuestra enredada historia.

¿Hemos meditado alguna vez sobre la valentía de Cristo, verdaderamente divina? ¿Nos hemos dado cuenta de qué valor ardía en el corazón de Jesús cuando él, que venía de la cercanía del Padre, entró en el mundo tal como es, en toda su mentira, su voluntad asesina, la mez­quina estrechez de nuestra existencia; y eso no pro­tegido por la altivez del filósofo, no asegurado por la táctica del político, no dispuesto a replicar a la astu­cia con la astucia, al golpe con otro golpe, sino en la situación inerme del perfectamente puro?

Pero pongamos la vista en cómo nos portamos en los peligros de este mundo, con qué energía sabemos defendernos y con cuántos medios. Jesús nunca se protegió, sino que aceptó todo lo que le venía de la voluntad de poderío y la falta de escrúpulos de los hombres. Nosotros los hombres no vivimos el mun­do como es, sino que elegirnos de él lo que nos con­viene: Él aceptó lo que le echaba encima la marcha de las cosas. No­sotros sabemos adaptarnos, eludir, buscar ventajas. Él fue de tal índole, habló y actuó de tal modo, que lo peor que hay en el hombre se sintió provocado a salir: de modo que, como se dice en el Evangelio de san Lucas, “se descubrieran los pensamientos en mu­chos corazones”. Él vivió y atravesó en verdad la si­tuación del mundo. En la hora de Getsemaní presen­timos lo que eso significó. Si se entra en eso con el pensamiento, quizá uno se estremece ante lo que sig­nifica: la valentía de Dios en Cristo…

Pero Él no se arriesgó a esta vida para llevar a ca­bo algo que fuera terrenalmente grandioso, resplan­deciente heroísmo, poderosas obras, si­no que fue “rendición”: ocurrió por nosotros. Ocu­rrió para que conquistemos la valentía de ser “cristia- nos” en el mundo en que Él fue “Cristo”.

En la medida en que prescindimos de las ilusiones y vemos cuántas cosas que se llamaban moral cristia­na eran en realidad asunto de una determinada situación histórica; en la medida en que percibimos cómo el mundo hace todo lo que dice san Juan en el prólogo de su Evangelio sobre su compor­tamiento frente al Hijo de Dios hecho hombre, nos damos cuenta de que el intento de ser cristiano en Él, y de determinar a partir de Cristo el sentido de la existencia, es aparentemente desesperado. Entonces se hace evidente lo que significa en definitiva “áni­mo” o “valentía”: la actitud que aquí dice “a pesar de todo”, y, a pesar de todo, emprende la lucha que le hace parecer insensato. Entonces no se puede olvidar que Él ha luchado antes que nosotros, haciendo así posible la superación.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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