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Espiritualidad 15

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Nos dijeron de noche que estabas muerto,

y la fe estuvo en vela junto a tu cuerpo.

La noche entera

la pasamos queriendo mover la piedra.

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra la gloria del Señor.

No supieron contarlo los centinelas:

nadie supo la hora ni la manera.

Antes del día, se cubrieron de gloria

tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos buscan el sueño,

que la fe tenga el suyo vivo y despierto.

La fe velando, para verte de noche

resucitando.

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra la gloria del Señor. Amén.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo’?” Jesús tomó la palabra y les dijo: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.7 Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.  Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

(Juan 6, 41-51)

Salmo 34: Canto de Acción de gracias

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor;

que lo oigan los humildes y se alegren.

Glorifiquen conmigo al Señor,

alabemos su Nombre todos juntos.

Busqué al Señor: él me respondió

y me libró de todos mis temores.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes,

y sus rostros no se avergonzarán.

Este pobre hombre invocó al Señor:

él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.

El Angel del Señor acampa

en torno de sus fieles, y los libra.

¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!

¡Felices los que en él se refugian!

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Padre santo, tú que al resucitar a tu Hijo de entre los muertos manifestaste que habías aceptado su entrega, acepta también la ofrenda de nuestro día y condúcenos a la plenitud de la vida.
  • Bendice, Señor, las acciones de nuestro día y ayúdanos a buscar en ellas tu gloria y el bien de nuestros hermanos.
  • Que el trabajo de hoy sirva para la edificación de un mundo nuevo y nos conduzca también a tu reino eterno.
  • Te pedimos, Señor, que nos hagas ser siempre solícitos del bien de los hombres y que nos ayudes a amarnos mutuamente.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

La Eucaristía hace la Iglesia mediante la Consagración.

En la epístola a los Romanos leemos estas palabras del Apóstol: Los exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual (Rm 12,1). Pero estas pala­bras, irremediablemente, nos recuerdan a las pronunciadas por Jesús en la última cena: «Tomen, coman, éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes». Por ello, cuando san Pablo nos exhorta a ofrecer nues­tros cuerpos en sacrificio, es como si dijera: hagan también ustedes lo mismo que hizo Jesucristo; háganse también ustedes eucaristía para Dios. Él se ofreció a Dios como sacrificio de suave perfume; ofrézcanse también ustedes como sacrificio vivo y agradable a Dios.

Pero no sólo es el apóstol Pablo quien nos exhorta a obrar así, sino el mismo Jesús. Cuando Jesucristo, al instituir la eucaristía, dio el mandato: Hagan esto en memoria mía (Le 22, 19), no sólo quería decir: hagan exactamente los gestos que yo he hecho, repitan el rito que he realizado; sino que con aquellas palabras quería expresar tam­bién lo más importante: hagan la esencia de lo que yo he realizado; ofrezcan su cuerpo en sacrificio como han visto que yo he he­cho. Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes (Jn 13,15). Aún más, hay algo todavía más ur­gente y doloroso en aquel mandato de Jesús. Nosotros somos «su» cuerpo, «sus» miembros (cfr. 1 Co 12,12ss.); por ello es como si Je­sús nos dijera: Permítanme ofrecer al Padre mi propio cuerpo que son ustedes; no me impidan ofrecerme a mí mismo al Padre; yo no pue­do ofrecerme totalmente al Padre hasta que no haya ni un solo miem­bro de mi cuerpo que se resista a ser ofrecido conmigo. Completen, pues, lo que le falta a mi ofrenda; hagan plena mi alegría.

Miremos, pues, con nuevos ojos el momento de la consagración eucarística, porque ahora sabemos -como decía san Agustín- que «sobre la mesa del Señor está el misterio que son ustedes mis­mos». He dicho que para celebrar de verdad la eucaristía es nece­sario «hacer» también nosotros lo mismo que hizo Jesús. ¿Qué hizo Jesús aquella noche? Ante todo, realizó un gesto: partió el pan; to­dos los relatos de la institución resaltan este gesto, tanto es así, que la eucaristía tomó, bien pronto, el nombre de «fracción del pan» (fractio panis). Pero el significado de aquel gesto, quizás, no lo he­mos comprendido todavía plenamente. ¿Por qué Jesús partió el pan? ¿Sólo para darle un trozo a cada uno de sus discípulos, es decir, sólo por consideración hacia ellos? Es evidente que no. Aquel gesto, ante todo, tenía un significado sacrificial que se consumaba entre Jesús y el Padre; no indicaba solamente repartición, sino también inmola­ción. El pan es el propio Jesús; al partir el pan, se «partía» a sí mis­mo, en el sentido con el que Isaías había hablado del Siervo de Yahvé: ha sido molido por nuestras culpas (cfr. Is 53, 5). Una criatura humana -que, sin embargo, es el mismo Hijo eterno de Dios- se parte a sí mismo ante Dios, es decir, «obedece hasta la muerte» para reafirmar los derechos de Dios violados por el pecado; para proclamar que Dios es Dios y basta. Es imposible explicar con palabras la esencia del acto interior que acompaña a este gesto de partir el pan. A nosotros nos parece un acto duro, cruel, y, en cam­bio, es el acto supremo de amor y de ternura que nunca antes se ha­bía realizado o que pueda llegar a realizarse alguna vez en la tierra. Cuando, en la consagración sostengo entre las manos la frágil hos­tia, y repito las palabras: «partió el pan…», me parece intuir algo de los sentimientos que, en aquel momento, albergaba el corazón de Je­sús: cómo su voluntad humana se entregaba por entero al Padre, venciendo toda resistencia, y repetía para sí las bien conocidas pala­bras de la Escritura: Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron, pero me has preparado un cuerpo; he aquí que te ofrezco este cuerpo que me has dado: vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad (cfr. Hb 10,5-9). Lo que Jesús da de comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor por el Padre.

Entonces comprendo que para «hacer» también yo lo que hizo Jesús aquella noche, debo ante todo «partirme» a mí mismo, es de­cir, deponer todo tipo de resistencia ante Dios, toda rebelión hacia él o hacia los hermanos; debo someter mi orgullo, doblegarme y decir «sí» hasta el final, sí a todo aquello que Dios me pide; debo repetir también yo aquellas palabras: ¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad! Tú no quieres muchas cosas de mí; me quie­res a mí y yo te digo «sí». Ser eucaristía como Jesús significa estar totalmente abandonado a la voluntad del Padre.

Así pues, la Iglesia es, en la eucaristía, oferente y ofrenda al mismo tiempo y en cada uno de sus miembros. Hay dos cuerpos de Cristo en el altar: está su cuerpo real (el cuerpo «nacido de María Virgen», resucitado y ascendido al cielo) y está su cuerpo místico que es la Iglesia. Pues bien, en al altar está presente realmente su cuerpo real, y está pre­sente místicamente su cuerpo místico. No hay ninguna confusión entre las dos presencias que son bien distintas, pero tampoco hay división alguna. Nuestra ofrenda y la ofrenda de la Iglesia no sería nada sin la de Jesús; no sería ni santa ni agradable a Dios, porque sólo somos criaturas pecadoras. Pero la ofrenda de Je­sús, sin la de la Iglesia que es su cuerpo, no sería suficiente, no alcanzaría la plenitud que busca, y tanto es verdad, que la Iglesia puede decir con san Pablo: Completo en mi carne lo que falta a las tribu­laciones de Cristo (cfr. Col 1, 24).

(La Eucaristía, nuestra santificación, Raniero Cantalamessa)

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