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Espiritualidad 16

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

El trabajo nos urge,

nos concentra y astilla.

Poco a poco, la muerte

nos hiere y purifica.

Señor del universo,

con el hombre te alías.

En nuestra actividad,

tu fuerza cómo vibra.

Señor de los minutos,

intensa compañía.

Gracias por los instantes

que lo eterno nos hilan.

Gracias por esta pausa

contigo en la fatiga.

Contigo hay alegría.

Amén.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

(Juan 6, 52-59)

Salmo 34: Canto de Acción de gracias

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor;

que lo oigan los humildes y se alegren.

Teman al Señor, todos sus santos,

porque nada faltará a los que lo temen.

Los ricos se empobrecen y sufren hambre,

pero los que buscan al Señor no carecen de nada.

Vengan, hijos, escuchen:

voy a enseñarles el temor del Señor.

¿Quién es el hombre que ama la vida

y desea gozar de días felices?

Guarda tu lengua del mal,

y tus labios de palabras mentirosas.

Apártate del mal y practica el bien,

busca la paz y sigue tras ella.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Salva a tu pueblo, Señor y bendice a tu heredad.
  • Congrega en la unidad a todos los cristianos: para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.
  • Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos: que encuentren en tu, Señor, su verdadera felicidad.
  • Muestra tu amor a los agonizantes: que puedan contemplar tu salvación.
  • Ten piedad de los que han muerto y acógelos en el descanso de Cristo.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

PACIENCIA (I)

La primera de nuestras reflexiones se esforzó por apartar del concepto de virtud todo lo moralístico que se le ha adherido en el transcurso del tiempo y por entenderlo como algo vivo, grave y hermoso. En­tonces podría extrañar tratar aquí sobre la pacien­cia: ¿No es algo gris, sin apariencia? ¿No es una mezquindad con que la vida oprimida trata de justificar su pobreza?

Por eso vamos a entrar con nuestras ideas inme­diatamente a la cima, junto al Señor. El es el gran paciente, porque es el Todopoderoso y nos ama.

¿Nos hemos dado cuenta alguna vez con claridad, de lo misterioso que es el que Dios haya creado el mundo en absoluto? Quien no cree no sabe nada de este misterio, pues lo ve como “naturaleza”, es decir, como lo que sencillamente está ahí. Pero por lo regu­lar tampoco el creyente toma conciencia de ello. En Él hay fe, pero ésta no ha determinado aún la índole de su pensamiento y su sensibilidad, que sigue siendo tal como es común en su época. Pero en cuanto la fe entra en el núcleo de la personalidad se le vuelve misterioso el ser de lo finito, y surge la pregunta: ¿por qué lo ha creado Dios?

Si supiéramos responder a esa pregunta, respon­der de veras, habríamos comprendido mucho. Pero eso no es posible en la Tierra, pues presupondría po­der pensar desde Dios, y eso sólo se concede en la eternidad.

Aquí, en la Tierra, la pregunta siempre sigue abierta: ¿por qué, a pesar de que Él lo es todo, lo pue­de todo y es Señor feliz de toda riqueza, por qué creó el “mundo”, mundo que, aunque sea enorme e incon­mensurable para nuestro espíritu, no deja de ser siempre y absolutamente finito? ¡No tenía necesidad del mundo! ¿De qué le sirve? ¿Qué hace con él? Qui­zá, en tales consideraciones, presentimos algo así co­mo las raíces de la paciencia divina.

Pues Dios no sólo creó el mundo, sino que lo mantiene y sostiene. No se harta de él. Hay un mito que puede abrirnos los ojos, pues para eso sirven los mitos. Un mito indio cuenta de Shiva, el formador del universo, que creó el mundo en una tor­menta de entusiasmo, pero luego se hartó de él, lo pi­soteó despedazándolo y produjo uno nuevo. Con és­te pasó lo mismo, y la producción y la destrucción prosiguen interminablemente. ¡Qué elocuente resulta la imagen de numen de la impaciencia! Nos hace darnos cuenta de qué diferente es la relación del ver­dadero Dios con el mundo.

Dios lo crea: porque es insondable. El mundo, a pesar de su abundancia de fuerzas y formas es finito, medido y limitado. Así, pues, no basta para “Dios”, no pue­de bastar a su exigencia eterna. A pesar de todo Dios no se harta de él. Ésa es la primera paciencia: que Dios no rechace al mundo, sino que lo conserve en el ser, que lo mantenga en honor, que, si así puede de­cirse, le guarde fidelidad para siempre.

En este mundo hay un ser que tiene conciencia, interioridad, espíritu y corazón: el hombre. A él ha confiado Dios su mundo, para que así no sólo exista, sino que sea vivido. El hombre ha de proseguir la obra de Dios al comprender, sentir, amar. Ha de ad­ministrar el primer mundo y configurarlo en verdad y justicia, para que se convierta en el segundo, que será el auténtico: el mundo que pretende Dios.

Pero ¿qué hace el hombre con la obra de Dios? Quien haya enriquecido sus experiencias mirando con alguna exactitud la historia y sin dejarse cegar por ninguna superstición del progreso, alguna vez debe percibir con espanto cuánto trastorno hay en el mundo, cuánto error y tontería, cuánta avidez, vio­lencia y mentira, cuánto crimen. Y todo ello a pesar de ciencia, técnica, bienestar; mezclado con ello, al mismo tiempo, lo uno en lo otro y a través de lo otro. También en lo religioso, en el pensamiento de lo di­vino, en el trato con ello, en la lucha por ello. El hombre moderno se inclina a tomar simplemente to­do lo que sucede. Alinea lo uno tras lo otro, deriva lo uno de lo otro, lo declara todo necesario y llama “his­toria” al conjunto. Pero quien ha aprendido a distin­guir, a llamar verdadero a lo verdadero y falso a lo falso, a lo justo, justo, e injusto a lo injusto, ya no puede seguir haciéndolo así, y ha de asustarse de có­mo trata el hombre con el mundo.

Sin embargo, Dios no rechaza la creación tan múltiplemente corrompida ni crea otra nueva en su lugar. Si así puede decir­se, en Dios el “sí” es más fuerte que el “no”, y sigue llevando adelante el mundo, sobrellevándolo a través de tiempo y eternidad.

Esa actitud de Dios respecto al mundo es la pri­mera paciencia, la paciencia absoluta; sólo posible porque Él es el Omnipotente; porque Él, que no sien­te ninguna debilidad, es el verdadero Señor, al que nadie amenaza; el Eterno, para quien no hay miedo ni prisa. Recordemos la parábola de Jesús sobre el campo y su siembra. El dueño del campo ha sembra­do buen trigo, pero en medio ha brotado la cizaña. Entonces llegan los trabajadores y preguntan: “¿No hemos de arrancarla?” Pero él contesta: “No, no sea que al arrancarla arranquéis también el trigo. Dejad crecer las dos cosas juntas hasta la cosecha”; en el momento de la cosecha se separará lo uno de lo otro (Mt 13, 24 y ss.).

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

Esa es la paciencia de aquel que podría ejercer violencia, pero es indulgente porque es verdadera­mente Señor, excelso y bondadoso. Pero el hombre es imagen y semejanza de Dios, y así ha de serlo también aquí. En sus manos está puesto el mundo, el mundo de las cosas, de las personas y de su propia vida. Debe hacer de él lo que espera Dios, incluso ahora, cuando la cizaña lo ha invadido todo. La pa­ciencia es la condición necesaria para que pueda cre­cer el trigo.

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