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Espiritualidad 17

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Mi Cristo, tú no tienes

la lóbrega mirada de la muerte.

Tus ojos no se cierran:

son agua limpia donde puedo verme.

Mi Cristo, tú no puedes

cicatrizar la llaga del costado:

un corazón tras ella

noches y días me estará esperando.

Mi Cristo, tú conoces

la intimidad oculta de mi vida.

Tú sabes mis secretos:

te los voy confesando día a día.

Mi Cristo, tú sonríes

cuando te hieren, sordas, las espinas.

Si mi cabeza hierve,

haz, Señor, que te mire y te sonría.

Mi Cristo, tú que esperas

mi último beso darte ante la tumba.

También mi joven beso

descansa en ti de la incesante lucha. Amén.

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.

(Juan 6, 60-69)

Salmo 34: Canto de Acción de gracias

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor;

que lo oigan los humildes y se alegren.

Los ojos del Señor miran al justo

y sus oídos escuchan su clamor;

pero el Señor rechaza a los que hacen el mal

para borrar su recuerdo de la tierra.

Cuando ellos claman, el Señor los escucha

y los libra de todas sus angustias.

El Señor está cerca del que sufre

y salva a los que están abatidos.

El justo padece muchos males,

pero el Señor lo libra de ellos.

El cuida todos sus huesos,

no se quebrará ni uno solo.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren: acuérdate de ellos, Cristo, cabeza de la iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.
  • Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.
  • Concede a tus hijos la fuerza necesaria para resistir las tentaciones del maligno.
  • Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte: que seamos fieles hasta el fin y dejemos este mundo en tu paz.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

PACIENCIA (II)

¿Puede ser impaciente el animal? Evidentemente, no; ni impaciente ni paciente. Está adaptado en el contexto de la naturaleza, vive como debe vivir y muere cuando ha pasado su tiempo. La impaciencia sólo es posible para un ser que tenga la capacidad de elevarse por encima de lo real inmediato y querer lo que todavía no es: para el hombre. Así, sólo a él le cabe la decisión, si es capaz, de dejar su tiempo al devenir.

Y esto siempre, una y otra vez, pues en esta exis­tencia de tiempo y finitud constantemente vuelve a presentarse la tensión entre lo que es el hombre y lo que querría ser; lo que ya ha realizado y lo que toda­vía le queda por lograr. La paciencia es lo que sobre­lleva la tensión.

Sobre todo, la paciencia con lo que se nos da y nos toca en suerte, con el “destino”. La circunstancia en que vivimos nos está impuesta: nacemos dentro de ella. Los acontecimientos de la historia marchan sin que podamos cambiar en ellos nada esencial, y cada cual ha de notar sus efectos. Día tras día nos sa­le al encuentro, en forma personal, lo que acontece históricamente. Podemos defendernos, podemos arreglar muchas cosas conforme a nuestra voluntad; en el fondo hemos de aceptar lo que viene y nos es dado. Comprenderlo y conducirnos conforme a ello es paciencia. Quien no quiere está en perpetuo con­flicto con su propia existencia.

Pensemos en aquella figura que se rebela contra toda ley, el Fausto de Goethe. Después de haber re­chazado “la esperanza y la fe”, exclama: “¡Y maldi­ta sobre todo la paciencia!” Es el hombre eternamen­te sin llegar a adulto, que nunca ve ni toma la reali­dad como es. Siempre la sobrevuela en su fantasía. Siempre está en protesta contra el destino, mientras que la madurez del hombre empieza al aceptar lo que es. Sólo de ahí le llega la fuerza para cambiarlo y darle forma.

También debemos tener paciencia con las perso­nas con quienes estamos vinculados. Sean los padres, o cónyuges, o hijos, o amigos, o compañeros de tra­bajo o lo que sea: la vida responsable, mayor de edad, empieza aceptando al hombre como es.

Puede ser muy difícil estar vinculado con una per­sona a quien poco a poco se conoce de memoria: de quien se sabe cómo habla, como piensa, cómo se si­túa ante todo. Se querría eliminar a esa persona y to­mar otra. Aquí la fidelidad es ante todo paciencia: con lo que esa persona es, con cómo es y se compor­ta y cómo lo hace. Donde no se aplica, todo se rom­pe y falla la posibilidad que había en esa relación.

Pero también hemos de tener paciencia con noso­tros mismos. Sabemos —por ejemplo, en forma de un deseo más o menos claro— cómo querríamos ser. Nos gustaría perder tal cualidad, adquirir aquélla, y tropezamos con que, pese a todo, somos precisamen­te como somos. Es duro deber seguir siendo quien se es; es humillante tener que sentir siempre los mismos defectos, mezquindades, debilidades.

El hastío de sí mismo, ¡cuántas veces ha invadido precisamente a los mayores espíritus! Aquí otra vez hay que poner en juego la paciencia, aceptarse a sí mismo y sobrellevarse. No dar por bueno en la pro­pia imagen lo que no es bueno; no contentarse consi­go mismo, eso sería el modo del filisteo. Debe per­manecer despierta una cierta insatisfacción ante la defectuosidad e insuficiencia de uno mismo: si no, se perdería esa autocrítica que constituye el supuesto previo de toda maduración moral. Pero no apartán­dose de uno mismo con fantaseos, sino que toda sa­na crítica debe ponerse en juego desde lo dado y continuar actuando desde ahí, y sabiendo que será cosa lenta, muy lenta. Pero esa misma lentitud constituye la garantía de que la transformación no se realiza en la fantasía, sino en la realidad.

¿Cómo ocurre la transformación moral?

Por ejemplo, uno ha reconocido: Me falta domi­nio propio. Debo dominarme mejor, hablar con más sosiego, actuar con más prudencia. Eso está recono­cido y afirmado, pero al principio sólo está en la ima­ginación, pensado, planeado. Sin embargo, debe en­trar en la realidad, y ésta es tenaz. También puede uno adelantar en sueños en una virtud, y ¡cuántos sueños de deseo consisten en virtudes fantaseadas! Pero los sueños vuelan, y todo vuelve a estar como antes. No; ha empeorado, pues en el fantasear se con­sume energía moral, aun prescindiendo del embuste que hay en él. ¡Cuántas veces, bajo la impresión de una hora sublime o de una decisión flamante, se piensa: ahora ya estoy! Pero en la siguiente ocasión se nota cómo nuestra propia realidad, que parecía ha­ber recibido la acuñación de lo nuevo, de lo recono­cido como justo, vuelve rápidamente a lo viejo, y to­do está como estaba.

Un auténtico progreso moral tendría lugar aquí suponiendo que se hicieran más despiertos los actos de la comprensión y la adecuación, la conciencia de lo que puede causar nuestra propia vehemencia: que nos dejáramos arrastrar con menos facilidad por el empujón del sentir, permaneciendo más libres; que, por decirlo así, consiguiéramos un punto de apoyo por encima del acontecer interior. No serían fanta­sías, sino auténticos avances de la vida interior, cam­bios en la relación mutua de los diversos actos, con­figuración de su carácter. Pero semejantes cosas sólo se producen despacio, muy despacio.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

El tener esa paciencia que siempre empieza de nuevo es el supuesto previo para que ocurra real­mente algo.

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