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Espiritualidad 18

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda;

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta:

sólo Dios basta. Amén.

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”. El les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.

Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

(Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23)

Salmo 15: Condiciones para acercarse al Señor

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones, leales

y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor.

El que no retracta lo que juró

aun en daño propio,

el que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Pastor eterno, protege a nuestro obispo Jorge y a todos los pastores de la Iglesia.
  • Mira con bondad a los que sufren persecución y líbralos de todas sus angustias.
  • Compadécete de los pobres y necesitados y da pan a los hambrientos.
  • Ilumina a los que tienen la misión de gobernar a los pueblos y dales sabiduría y prudencia.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

PACIENCIA (III)

En la Imitación de Cristo están las pala­bras: semper incipe!, una de esas claras y concisas formulaciones que le salen bien a la lengua latina: “¡Empieza siempre!” En principio, una paradoja, pues en sí el comienzo está precisamente en el co­mienzo, y después se va más adelante. Pero eso sólo es verdad en lo mecánico. En lo vivo, el empezar es un elemento que constantemente ha de hacerse ope­rante. Nada va adelante si no “empieza” a la vez.

Quien quiera adelantar, pues, debe empezar siem­pre de nuevo. Siempre debe sumergirse en el origen interior de lo vivo y elevarse desde él en nueva liber­tad, en “iniciativa”, en “potencia iniciadora”, para hacer real lo antes pensado: la prudencia, la mesura, la superación de sí mismo y todo lo que haya de lle­gar a ser.

Paciencia consigo mismo —naturalmente, no de­jadez ni blandura, sino sentido realista— es el funda­mento de todo esfuerzo.

El Fausto de Goethe, antes ídolo de la burguesía, es siempre impaciente: un fantasioso que nunca des­pertará. Se vende a la magia: ahí se expresa que no sa­be que precisamente la aceptación de la realidad, el soportarla y sostener lo que es, constituye el funda­mento de todo devenir y lograr. En vez de eso hace discursos, y en torno a él todo se desmorona, y al fin tiene lugar esa “redención” suya, en la que no cree na­die que haya entendido lo que significa esta palabra.

Al meditar sobre el concepto de virtud nos hemos dado cuenta de que no hay ninguna virtud que sea — si nos permitimos esta deficiente expresión— quími­camente pura. Igual que en la naturaleza no hay un tono puro, ni un color puro, sino siempre solamente mezclas, acorde, tampoco hay ninguna actitud que sólo sea paciencia, sino que se tienen que añadir otros muchos elementos.

Por ejemplo, no es posible ninguna paciencia sin comprensión: sin saber el modo como va la vida. Pa­ciencia es sabiduría, comprensión de lo que signifi­ca: tengo esto, y nada más; soy así, y no de otro mo- do; la persona con que estoy vinculado es así y no como todos los demás. Cierto que me gustaría que fuera de otro modo, que también se podrá cambiar mucho con tenaz esfuerzo; pero, en principio, las co­sas están como están, y tengo que aceptarlo. Sabidu­ría es comprensión del modo como tiene lugar la rea­lización; de cómo un pensamiento se hace real en la sustancia de la existencia partiendo de la imagina­ción; de qué lento es el proceso y en cuántos sentidos puesto en riesgo; de qué fácilmente se engaña uno a sí mismo y se va de la mano.

La paciencia comporta fuerza, mucha fuerza. La suprema paciencia descansa en la omnipotencia. Dios, por ser el Todopoderoso, puede tener paciencia con el mundo. Sólo el hombre fuerte puede aplicar una paciencia viva, recibir en sí, una y otra vez, lo que es; empezar de nuevo, una y otra vez. La pacien­cia sin fuerza es mera pasividad, superficial tolencia, habituamiento a ser cosa.

Y el amor forma parte de la auténtica paciencia, amor a la vida. Pues lo vive} crece despacio, tiene sus horas, va por muchos caminos y rodeos. Por eso re­quiere confianza, y sólo ej amor confía. Quien no ama la vida no tiene paciencia con ella. Entonces vienen las vehemencias y las rebeldías, y hay heridas y roturas.

Así cabría decir mucho más.

La paciencia viva es la persona entera, que está en tensión entre lo que querría tener y lo que tiene; lo que habría de hacer y lo que es capaz de hacer; lo que desea ser y lo que realmente es. El soportar esa ten­sión, el concentrarse siempre de nuevo en la posibi­lidad de cada hora, eso es paciencia. Así, se puede decir que la paciencia es la persona en devenir que se entiende adecuadamente. También sólo de la mano de la pacienica prospera la persona que nos está con­fiada. Un padre, una madre que no tienen paciencia en ese sentido nunca harán más que daño a sus hijos. El educador que no toma con paciencia a los que se le confían los asustará y les quitará la sinceridad. Dondequiera que se nos pone vida en las manos, el trabajo en ella sólo puede prosperar si lo hacemos con esa fuerza profunda y silenciosa. Tiene semejan­za con la manera como crece la vida misma. De ni­ños, quizá, disponíamos de un jardincillo, o siquiera de un tiesto en la ventana, y sembramos semillas; ¿no fue difícil acostumbrarse al modo como tenía lu­gar el crecimiento en la tierra? ¿No escarbábamos entonces para ver cómo adelantaba, y el germen se echó a perder? ¿No iba demasiado despacio para no­sotros, hasta que surgió lo que al principio estaba tan invisible? Y cuando se formaron las yemas, ¿no las apretábamos para que brotaran? Pero en vez de eso se pusieron oscuras y se marchitaron. La paciencia es la fuerza bajo cuya custodia puede desplegarse la vi­da que nos está encomendada.

Constantemente hemos de volver a referirnos a la paciencia del poderoso bajo cuya custodia hemos de crecer, el Dios vivo. ¡Ay si fuera Shiva, el impacien­te y necio! ¡Ay si no tuviera esa larga y sabia volun­tad que conserva y deja madurar el mundo, que no necesita, pero al que ama!

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

Una otra vez y hemos de dirigirnos a Él: “¡Señor, ten paciencia conmigo, y concédemela, para que las posibilidades que se me han otorgado crezcan y den fruto en el corto intervalo de mi vida en estos pocos años!”

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