Papa Francisco

Auspiciantes

Biblia

Rezo del Rosario

Publicidad

Recién Escritos

Categorias

Suscribir newspaper

Sindicación

Facebook

Twitter

Espiritualidad 19

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Como el niño que no sabe dormirse

sin cogerse a la mano de su madre,

así mi corazón viene a ponerse

sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño

que sabe que alguien vela

su sueño de inocencia y esperanza,

así descansará mi alma segura,

sabiendo que eres tú

quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,

tú aliviarás el último cansancio,

tu cuidarás los sueños de la noche,

tu borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente

la antorcha de la luz y la alegría,

y, por las horas que te traigo muertas,

tú me darás una mañana viva. Amén.

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Abrete”. Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

(Marcos 7, 31-37)

Salmo 145: Himno de Alabanza a Dios

Alaba, alma mía, al Señor:

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,

que hace justicia a los oprimidos,

que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan,

el Señor ama a los justos,

el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda

y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor Jesucristo, que nos has llamado al reino de tu luz, haz que nuestra vida sea agradable a Dios Padre.
  • Tú que, desconocido del mundo, has acampado entre nosotros, manifiesta tu rostro a todos los hombres.
  • Tú que estás más cerca de nosotros que nosotros mismos, fortalece nuestros corazones con la esperanza de la salvación.
  • Tú que eres la fuente de toda santidad, consérvanos santos y sin mancha hasta el día de tu venida.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

FIDELIDAD (I)

A continuación vamos a tratar de la fidelidad, y el objeto de nuestra consideración implica que tome­mos conciencia del matiz que hoy tiene la palabra. En efecto, nos da vergüenza usarla. Como tantas otras designaciones de virtudes, ésta ya no nos suena del todo auténtica, nos suena demasiado grandiosa, demasiado patética y, frente a la complicada realidad de nuestra vida, demasiado sencilla.

A pesar de eso, sigue siendo cierto que nuestra vi­da descansa en la fidelidad.

Ante todo, vamos a aclarar que hay dos clases de situaciones a las que se aplica. La una es una dispo­sición psicológica. En ella, los procesos anímicos transcurren despacio, pero tienen profundo calado. Los sentimientos son fuertes. No se inflaman de pri­sa y violentamente para luego volver a extinguirse pronto, sino que permanecen y forman determinacio­nes duraderas. Las decisiones requieren tiempo para formarse, pero prosiguen como orientación interior e influyen de modo seguro en la acción. Cuando una persona de tal carácter concede su inclinación a otra persona, o se decide por una causa, se establece un firme vínculo que perdura a través de muchas trans­formaciones.

Otras naturalezas están formadas de otro modo, pero también están obligadas a la fidelidad. Ésta pue­de no estar sustentada por una determinada estructu­ra anímica que quepa presuponer en todos. Es la per­sona humana, su comprensión de lo verdadero y lo falso, de lo justo y lo injusto, del honor y lo deshon­roso, la libertad de su decisión y la firmeza con que mantiene su decisión, en obsequio a la otra persona y a su confianza, a la causa elegida o, mejor dicho, la firmeza con que la vuelve a poner en pie siempre que amenaza caer.

¿Cuál es el sentido de esta virtud? Se puede des­cribir como una fuerza que supera el tiempo, es de­cir, la transformación y la pérdida, pero no como la dureza de la piedra, en firmeza fija, sino creciendo y creando de modo vivo. Tratemos de ponernos su imagen ante los ojos.

Se han conocido dos personas, han sentido amor y deciden casarse. Lo que sustenta al principio esa alianza es la exigencia de una vitalidad por la otra; son sentimientos de simpatía, experiencias comunes, coincidencias en la relación con la naturaleza y el hombre, preferencias e inclinaciones semejantes, y así sucesivamente.

Esos sentimientos al principio parecen garantizar la duración para toda la vida. Pero ceden fácilmente, surgen diferencias, tales como siempre se encuentran entre diversas personas, y entonces es el momento de la verdadera fidelidad, esto es, que cada uno de los dos tenga conciencia: el otro confía en mí. Se entre­ga a mí. Hemos entrado en una alianza que determi­na nuestra vida. Lo que la sustenta ha de ser lo me­jor que hay en nosotros, el núcleo de nuestra humanidad, la persona y su capacidad de merecer confian­za. Y entonces empiezan las superaciones: ponerse a favor del otro y conservarse para él, pero no para po­seer y dominar, sino para conservar la vida que des­cansa en la alianza y llevarla a fecundo despliegue. Aceptarlo una y otra vez y ponerse a su favor.

También ha de considerarse esto: cuando se en­cuentran dos personas, cada una llega con un deter­minado carácter. Pero “vivir” significa que la perso­na crece y cambia. También aquí es el momento de la fidelidad, de que supere y dure más allá del cambio. Y no con fijeza y coerción, sino de tal manera que el uno reciba al otro una y otra vez de nuevo y de nuevo se amolde a él. Todo esto puede ser difícil, y en ocasio­nes muy difícil; el sentimiento desengañado puede rebelarse contra ello. Pero en la medida en que se ejerza esa fidelidad, se crece en profundidad de amor.

Fidelidad significa también perma­necer firme en una responsabilidad, a pesar de daños y peligros.

Por ejemplo, uno está poseído de una idea, ha reconocido como necesaria una ac­ción y se ha puesto a ello. Como difícilmente puede dejar de ocurrir, surgen dificultades: la fidelidad sig­nifica que resista y siga luchando… Puede tratarse también de riesgos del trabajo: un médico siente que el trabajo consume sus fuerzas y quizá amenaza su vida. Un funcionario tiene un servicio especialmente duro porque los demás lo toman con ligereza. La fi­delidad dice: no lo dejes.

¿Y qué es propiamente lo que se llama “convicción”? Por lo pronto, comprensión: se ha visto que esto es así y así, y entonces se establece firmemente. Pero dondequiera que hay seres humanos en juego, los meros motivos de comprensión no bastan, sino que la toma de posi­ción debe estar sustentada por una obligación consi­go mismo. La fuerza con que ésta mantenga lo afir­mado, incluso a través de tiempos y situaciones en que los “motivos” palidecen o parecen inseguros, es fidelidad.

La fidelidad supera transformaciones, daños y pe­ligros. No por una fuerza de obstinación correspon­diente a un carácter. Esto puede ser así, y feliz quien la posee. Pero la fidelidad es algo más que esto, algo diferente, a saber: la firmeza resultante de que el hombre haya tomado algo en su responsabilidad y lo sustente. Supera las mutabilidades, daños y amena­zas de la vida, partiendo de la fuerza de la concien­cia.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

En una persona así se puede confiar. Se siente que en él hay un punto que está más allá del temor y la debilidad, desde el cual se renueva constantemente su posición.

Facebook comments: