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Espiritualidad 20

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Buenos días, Señor, a ti el primero

encuentra la mirada

del corazón, apenas nace el día:

Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero

andar por la vereda:

Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;

Tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,

levanto a ti las manos

y el corazón, al despertar la aurora:

quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,

que traes la alegría

al corazón que va por tus caminos

¡vencedor de tu muerte y de la mía!  Amén.

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos le respondieron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas”. “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

(Marcos 8, 27-35)

Salmo 114: Canto de Acción de Gracias

Amo al Señor, porque escucha

mi voz suplicante;

porque inclina su oído hacia mí,

el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,

me alcanzaron los lazos del abismo,

caí en tristeza y angustia.

Invoqué el nombre del Señor:

«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,

nuestro Dios es compasivo;

el Señor guarda a los sencillos:

estando yo sin fuerzas me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte,

mis ojos de las lágrimas,

mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor,

en el país de la vida.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Señor, sacia nuestra hambre en el banquete de tu Eucaristía, y ayúdanos a participar de ella con alegría.
  • Concédenos, Maestro bueno, escuchar tu Palabra con un corazón noble y haz que perseveremos hasta dar fruto.
  • Que con nuestro trabajo, Señor, cooperemos contigo para mejorar el mundo, para que así, por la acción de tu Iglesia, reine en él la paz.
  • Reconocemos, Señor, que hemos pecado; perdona nuestras faltas por tu gran misericordia.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

FIDELIDAD (II)

Pero no habríamos de olvidar otra fidelidad: la fi­delidad a Dios.

¿Cómo es cuando una persona, en decisión res­ponsable, se decide por la fe? En principio, colabora todo lo que ha recibido en sí de los padres, de la at­mósfera de la casa, de los maestros, de la vida de la Iglesia y de tantas otras cosas. También ha tenido él mismo experiencias religiosas. Por ejemplo, en mo­mentos de oración cordial ha percibido algo que era sagrado y amistoso, y que servía de apoyo. O en de­terminadas ocasiones ha experimentado lo que se lla­ma providencia. Las respuestas de la religión cristia­na a las cuestiones de la existencia lo han convenci­do. Sobre ello se ha decidido y ha dado a Dios su fe. Esta primera actitud creyente es bella, ge­nerosa y llena la conciencia de un hondo sentido. Pe­ro con el tiempo también cambiar o desaparecer estos sentimientos.

Por ejemplo, desaparece la sensación de la proxi­midad de Dios, y en torno al creyente surge un vacío religioso. O tiene que percibir todo lo humano que va pegado al mundo religioso. O intervienen aconteci­mientos que no puede poner de acuerdo con la idea de la providencia. O las opiniones de la época se alejan de la fe, de manera que ésta parece algo supera­do. Entonces la fe pierde las ayudas que tenía en el sentimiento, en personas del ambiente, en las coyun­turas del acontecer, y palidecen las enseñanzas de la Revelación, que al principio resplandecían tan prodi­giosamente. Entonces se puede imponer la pregunta de si no se habrá equivocado uno. Si no habrá su­cumbido a algún idealismo. En tales momentos, uno puede parecer un tonto con su fe, entonces es el mo­mento de la fidelidad. Dice: Cuando creí, lo que allí operaba no fue una mera pro­pensión del sentimiento, o la fuerza de atracción de una hermosa idea, sino una acción del núcleo de la persona y de su sinceridad. La palabra “fe”, en ale­mán, Glauben, se relaciona con geloben, “compro­metido”: Dios se confía a ese compromiso, a esos es­ponsales; así que yo me pongo de su parte.

De ese modo la fe adquiere una nueva significa­ción: es esa acción en que el hombre atraviesa el tiempo del alejamiento y el silencio de Dios. Cuando Él deja percibir su cercanía, y su palabra se hace vi­viente, no es difícil estar seguro de su realidad: es una dicha. Pero cuando se esconde, y no se percibe nada, y la palabra santa no habla, entonces se vuelve difícil. Pero ahí es el momento de la auténtica fe.

Fidelidad es lo que supera el tiempo fugitivo. Tiene en sí algo de eternidad; pero ya que se habla de eternidad, ¿cómo es un Dios mismo?

Cuando Dios creó el mundo lo creó con verdade­ra grandiosidad —los conocimientos científicos nos han hecho dar cuenta de ello de modo abrumador—. Grande en lo grande y, si así se puede decir, también grande en lo pequeño. El mundo es mayor que nuestro pensamiento, pero frente a Dios es pequeño, pues Él es absoluto. La palabra “es” no se puede aplicar al mundo en la misma sig­nificación que a Él. No se puede decir: Dios y el mundo “son”. Él es, sencillamente, dueño de sí, sufi­ciente para sí; el mundo es mediante Él, ante Él, ha­cia Él… Pero cuando Él lo creó, no lo hizo por jue­go, sino con divina seriedad. En el mundo puso su honor. Se puede decir realmente: le concedió su fide­lidad, al decir que era “bueno”. Seis veces se lee así en el primer relato de la Creación, y al final, por sép­tima vez: “Dios vio todo lo que había creado, y vio que era muy bueno” (Gn 1). Con eso se vinculó con el mundo.

Ya hemos hablado antes del mito indio según el cual el dios Shiva, en el rebose de la alegría de crear, produjo el mundo, pero luego se hartó de él, lo hizo pedazos y creó otro nuevo, y tras de éste, otro nuevo, y así sucesivamente. Así resultaría ser el dios que no mantuviera su fidelidad a su obra. Con su exigencia, no pasaría por la finitud del mundo, sino que al cabo de algún tiempo le resultaría demasiado poco y lo arrojaría. ¡Sería terrible estar en manos de semejante dios! Pero no es así el que se nos ha revelado, sino que mantiene firme su obra. Mantiene el mundo en el ser. Lo conserva en todo momento por su fidelidad.

Eso fue, si así se puede decir, la “puesta a prueba” de la fidelidad de Dios al mundo, que reside en la misma finitud jamás superable de lo creado. Pero a ésa se añadió otra, que nunca debía haber tenido lu­gar. No procedía de la naturaleza de las cosas, sino de la historia, de la libertad del hombre, de un abuso de esa libertad, de su sublevación, y vuelve a surgir siempre, una y otra vez, de la rebelión del hombre. Entonces la fidelidad de Dios llega a ser un concep­to básico de la Revelación.

La Sagrada Escritura nos habla de cómo Dios, pa­ra traer redención, llama a un pueblo; cómo estable­ce con éste una alianza que descansa totalmente en su eterna fidelidad, y cómo de ella surge la historia del Antiguo Testamento. Y cómo, en definitiva, la fidelidad de Dios hace algo incomprensible: tomar so­bre sí mismo la responsabilidad por la culpa del hombre, entrar en la historia mediante la encarnación y recibir de ella un destino.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

La vida de Jesús es una única fidelidad. Expresión de ello es el modo como permanece en la estrecha y hostil Palestina, porque se sabe enviado como parte de la Alianza del Sinaí, aunque la amplitud del mun­do pagano lo recibiría con buena disposición. Perma­neció allí hasta la muerte, ¡y qué muerte! De Dios viene la fidelidad al mundo. Podemos ser fieles sólo porque Él es fiel y porque nos ha dispues­to, como imágenes y semejanzas suyas, para la fide­lidad.

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