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Espiritualidad 21

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu,

salimos de la noche y estrenamos la aurora;

saludamos el gozo de la luz que nos llega

resucitada y resucitadora.

Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría,

y el rostro de las cosas se alegra en tu presencia;

silabeas el alba igual que una palabra;

tu pronuncias el mar como sentencia.

Regresa, desde el sueño, el hombre a su memoria,

acude a su trabajo, madruga a sus dolores;

le confías la tierra, y a la tarde la encuentras

rica de pan y amarga de sudores.

Y tú te regocijas, oh Dios, y tu prolongas

en sus pequeñas manos tus manos poderosas;

y estáis de cuerpo entero los dos así creando,

los dos así velando por las cosas.

¡Bendita la mañana que trae la noticia

de tu presencia joven, en gloria y poderío,

la serena certeza con que el día proclama

que el sepulcro de Cristo está vacío! Amén.

Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”. Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?”. Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”.

(Marcos 9, 30-37)

Salmo 53: Plegaria en el momento de persecución

Dios mío, sálvame por tu Nombre,

defiéndeme con tu poder.

Dios mío, escucha mi súplica,

presta atención a las palabras de mi boca.

Porque gente soberbia se ha alzado contra mí,

hombres violentos atentan contra mi vida,

sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi ayuda,

el Señor es mi verdadero sostén:

Te ofreceré un sacrificio voluntario,

daré gracias a tu Nombre, porque es bueno.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Te rogamos, Señor, por los ministros de tu Iglesia: que, al distribuir entre sus hermanos el pan de vida, encuentren también ellos en el pan que distribuyen su alimento y fortaleza.
  • Te pedimos por todo el pueblo cristiano: que viva, Señor, como pide la vocación a que ha sido convocado y se esfuerce por mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
  • Te pedimos por los que rigen los destinos de las naciones: que cumplan su misión con espíritu de justicia y con amor, para que haya paz y concordia entre los pueblos.
  • Señor, que podamos celebrar tu santa resurrección con tus ángeles y tus santos, y que nuestros hermanos difuntos, a quienes encomendamos a tu bondad, se alegren también en tu reino.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

JUSTICIA (I)

En el Sermón de la Montaña, en las Bienaventu­ranzas, hay unas palabras de Jesús que expresan la grandeza, pero también toda la tragedia, que aquí se contiene. Dicen: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados” (Mt 5, 6). Quien pronuncia esas palabras no es ningún idealis­ta lejano al mundo, sino aquel de quien dice el Evan­gelio que “sabía qué hay en el hombre” (Jn 2, 25). Aquí, en imagen, ha enlazado la justicia con esa ten­dencia en que se juega el ser o no ser de la vida cor­poral: el hambre y la sed. Tan elemental es en el co­razón del hombre —del hombre justo, aquel a quien Jesús llama “feliz”— el anhelo de justicia como el hambre y la sed en su vida corporal. Qué terrible, en­tonces, su carencia si no encuentra satisfacción. Pe­ro, así dice su promesa, “quedarán saciados”.

Así produce la impresión de algo elemental que afecta al hombre entero.

De la justicia sólo se puede hablar en el hombre: en el mundo del animal ni existe. Donde parece mos­trarse algo de esa índole es un reflejo de la naturaleza del hombre en el animal que vive con él. Por su propia naturaleza el animal no sa­be nada de justicia, pues le falta lo que está en su núcleo, la persona. Pero ¿qué es “persona”?

Es el modo como el hombre es hombre. Lo inani­mado de la naturaleza existe como cosa, como algo que existe sin sentir, que está determinado por leyes naturales en cuanto a forma, propiedades y energías. Lo vivo existe como individuo, como un ser que vi­ve, que, partiendo de un centro interior, se construye, se afirma, se despliega, se propaga y muere; pero también está sujeto por necesidades interiores y ex­teriores. Por el contrario, el hombre existe como per­sona, esto es, no sólo está ahí, sino que tiene concien­cia de sí, realiza una obra propia con comprensión y en libertad, está con otros hombres en relación no meramente física o biológica, sino en la relación del diálogo y de la comunidad por el espíritu. El hecho de ser persona da a su existencia esa impresionante gravedad de sentido que se expresa en las palabras “conciencia” y “responsabilidad”. El hombre no só­lo es, sino que su ser le está confiado, y se le tomará cuenta de lo que haga con él. No sólo está en activi­dad, sino que obra, y ha de responsabilizarse por ese obrar.

De ahí que tenga dignidad y honor. Para ello re­clama posibilidad y orden, debe reclamarlo, con la inexorabilidad de la autoconservación espiritual, pa­ra sí y para los demás, para el hombre en general. Esto es, por lo pronto, el anhelo de justicia.

Justicia, pues, es ese orden en que puede existir el hombre como persona; en que puede formar su juicio sobre sí mismo y sobre el mundo, tener una convic­ción que nadie le pueda atacar; ser señor de su deci­sión y actuar conforme a su propio criterio. Justicia es esa ordenación de la existencia en que el hombre puede obtener participación en el mundo y realizar una obra; entrar, con los demás hombres, en la rela­ción de la amistad, de la comunidad de trabajo, del amor y de la fecundidad, tal como lo requiera el jui­cio de su conciencia. Y por cierto, subrayándolo una vez más, no sólo el uno o el otro, no sólo el podero­so y afortunado y dotado, sino todo hombre, por ser hombre.

El orden que lo garantiza así es justicia. Pero ¿la hay? La historia, ¿no es en realidad su tragedia? ¿No es la cadena de hechos por los cuales el egoísmo, la violencia y la mentira han puesto en riesgo y han destrozado una y otra vez ese orden? En todo caso, un orden así sería justicia, y llamamos justo al hom­bre que lo quiere y se esfuerza por su realización.

Más profundamente entraría la justicia si también determinara el destino. Es decir, si el hombre que es bueno por ello mismo fuera también feliz; si al bien intencionado le saliera bien su labor; si el puro de co­razón fuera siempre bello; si al bueno se le llenara la vida de grandeza y de riqueza; así como, recíproca­mente, si la mala intención hiciera feo a su poseedor, la injusticia acarreara también desgracia y toda culpa se vengara de quien la cometiera, y sólo de él, nunca de un inocente.

Eso sería justicia, no sólo de la acción, sino del destino. Pero ¿la hay? ¿No es ella el tema de las fá­bulas? ¿Y no es ésa la razón por la que nunca nos cansamos de esos relatos, mientras que la realidad va de modo tan diferente? Entonces sería justo, en tal sentido profundo, el hombre que anhelara tal situa­ción de las cosas y que hiciera por ella todo lo que pudiera; pero, ciertamente, sería también un Don Quijote, el soñador, que persigue lo imposible y que se pone en ridículo…

Sí, quizá entra todavía más hondo, y entonces pa­rece esbozarse algo que deberíamos llamar la justicia del ser. Es tan inverosímil que uno casi tiene ver­güenza de hablar de ella. Presentimos lo que quiere decir cuando atendemos a la queja del corazón hu­mano porque no la haya: ¿por qué no soy sano y fuerte, sino que he nacido enfermo? ¿Por qué tengo estas cualidades y no aquéllas? ¿Por qué no se me ha concedido la posibilidad que envidio a mi amigo? Y así sucesivamente…

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

En todas las lenguas humanas aparecen preguntas que ninguna sabiduría puede responder: son aquellas en que entra la palabra “por qué” y la palabra “yo”: ¿Por qué soy yo así? ¿Por qué no soy así? Sería jus­ticia del ser el hecho de que todo hombre, desde su primer sentir, pudiera estar de acuerdo con ser como es y el que es. Pero con eso tocamos el misterio bá­sico de la existencia finita. La respuesta a esas pre­guntas la da sólo Dios mismo; una respuesta que no sólo resuelve la cuestión en teoría, sino que la asume en encuentro vivo.

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