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Espiritualidad 22

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

El trabajo, Señor, de cada día

nos sea por tu amor santificado,

convierte su dolor en alegría

de amor, que para dar tú nos has dado.

Paciente y larga es nuestra tarea

en la noche oscura del amor que espera;

dulce huésped del alma, al que flaquea

dale tu luz, tu fuerza que aligera.

En el alto gozoso del camino,

demos gracias a Dios, que nos concede

la esperanza sin fin del don divino;

todo lo puede en él quien nada puede. Amén.

Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”.

Pero Jesús les dijo: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros. Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo. Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena”

(Marcos 9, 38-43)

Salmo 18: Elogio de la Ley de Dios

La ley del Señor es perfecta,

reconforta el alma;

el testimonio del Señor es verdadero,

da sabiduría al simple.

La palabra del Señor es pura,

permanece para siempre;

los juicios del Señor son la verdad,

enteramente justos.

También a mí me instruyen:

observarlos es muy provechoso.

Pero ¿quién advierte sus propios errores?

Purifícame de las faltas ocultas.

Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine; entonces seré irreprochable y me veré libre de ese gran pecado.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Acuérdate, Señor, de los que se han consagrado a tu servicio, que sean para tu pueblo ejemplo de santidad.
  • Concede, Señor, el espíritu de justicia a los que gobiernan las naciones y haz que trabajen en bien de la paz, para que todos podamos vivir según tu ley.
  • Concede la paz a nuestros días y multiplica los bienes de la tierra, para que los pobres puedan gozar de las riquezas de tu bondad.
  • Cristo salvador, que con tu triunfo has iluminado el mundo entero y con tu resurrección  has dado a los hombres una prenda de su inmortalidad, concede la luz eterna a nuestros hermanos difuntos.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

JUSTICIA (II)

Pero permanezcamos en la realidad diaria. ¿Cómo se vería todo si el hombre se esforzase por la justicia?

Por la del orden cotidiano: entonces haría lo suyo para que las leyes de su país dieran a cada cual su de­recho; que las cargas se repartieran como correspon­diera a las posibilidades reales; que se socorriera del modo adecuado las situaciones de necesidad, etc. Grandes cosas, pero dejémoslas estar en paz por aho­ra, pues a menudo las grandes cosas parecen servir para desviar al hombre de esos puntos donde todo se toma en serio. Así, ¿quién toma realmente en serio la justicia del orden? La respuesta resultaría menos grandiosa, pero más concreta. Tomaría forma de preguntas que entrarían en la propia vida.

Por ejemplo, si gastas ahora cien pesos para ti y luego tienes que hacerlo para otro, ¿tiene el mismo peso esa suma para tu sentir? ¿O dices, piensas o sientes en el primer caso: “sólo” cien pesos, y en cambio en el segundo: “cien, y nada menos”? ¿Por qué el peso diferente? Sería justicia que la suma pesara ambas veces lo mismo, esto es, que la necesidad del otro te importara tanto como la tuya propia. Y aun­que fuera diferente para el sentir involuntario, sin embargo, que fuera igual para la disposición de áni­mo y la acción.

¿Y cómo es en tu casa, en tu familia? ¿Das en ella el mismo valor a las diversas personas? ¿Sientes tan­to una mala palabra sobre el uno como sobre el otro? ¿O bien ocurre que tienes simpatía al uno y te suble­va una injusticia contra él, pero en el caso del otro encuentras que la cosa no es tan grave? ¿No debería, por lo menos, ser igual en ambos casos la conducta práctica?

Aquí, no en la distribución de las cargas tributa­rias, empieza la verdadera justicia del orden: en casa, en el trato con los amigos, en la oficina, dondequie­ra que te reúnes con alguien; empieza en que digas, des y hagas a cada cual aquello que pretende, confor­me a tu posibilidad.

Y en cuanto a la justicia del destino, en que la vi­da del hombre hubiera de configurarse tal como lo merece su disposición de ánimo, ¿qué aspecto ten­dría en lo cotidiano esa justicia, en la medida en que se pueda hablar en absoluto de ella? ¿Qué podría ha­cer quien tuviera “hambre y sed” de ella? En el ser mismo no podría cambiar mucho, pues ahí operan potencias más altas; pero, por ejemplo, podría esfor­zarse por enjuiciar a los demás no según su aspecto exterior, sino conforme a su disposición de ánimo. Pero ¿cómo ocurre aquí, en la realidad diaria? A los que viven alrededor de nosotros, ¿les damos ese co­mienzo de justicia de destino tratando de ver clara­mente cuál es su disposición de ánimo? En casa, con los nuestros, o en el trabajo, con nuestros compañe­ros; en resumen, entre las personas que están más cerca de nosotros, ¿consideramos con qué intención ha dicho alguien la palabra que nos ofende; por qué se ha excitado tanto en tal o cual caso o por qué mo­tivo ha trabajado tan mal?

Así entraríamos en lo auténtico de la realidad dia­ria.

No tratando de producir una cultura universal de la justicia en que coincidieran lo externo y lo interno, sino dando un poco de esa justicia a las personas con quienes tenernos que habérnoslas.

En el más hondo estrato de la justicia se estable­ce, según vimos, la cuestión de las distinciones de la existencia: ¿Por qué ése es de tal índole y el otro así? ¿Por qué ése está enfermo y el otro sano? ¿Por qué éste viene de una familia en orden y aquél de otra destrozada? Y así sucesivamente, a través de todas las desigualdades que se presentan por todas partes. No captamos sus raíces; consideremos más bien lo que sería posible en lo cotidiano.

Por ejemplo, la cuestión elemental es saber si con­cedemos al otro el derecho a ser como es. Si lo con­sideramos, bien pronto vemos que no lo hacemos así habitualmente, sino que más bien le reprochamos su manera de ser con aversión, hostilidad, partidismo.

Sin embargo, por la existencia él tiene derecho a ser como es, de modo que también hemos de conce­dérselo. Y no sólo teóricamente, sino en nuestra dis­posición de ánimo y en nuestros pensamientos, en el trato y la actividad de cada día. Y eso, ante todo, en nuestro círculo más próximo: la familia, las amista­des, el trabajo. Sería justicia comprender al otro par­tiendo de él mismo y conduciéndose con él en con­secuencia. En vez de eso acentuamos la injusticia de la existencia aumentando y envenenando las diferen­cias con nuestros juicios y acciones.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

Pero si ya es así en el pequeño círculo en que podemos influir, ¿cómo ha de llegar a ser de otro modo en el gran mundo? Todos debieran decirse: la histo­ria de los pueblos va tal como van las cosas en mi ca­sa. El Estado es tal como ordeno yo mi pequeño do­minio de influjo. Toda crítica debería empezar por nosotros, en casa, y por cierto con la intención de mejorar las cosas. Entonces veríamos pronto cuántas cosas van aquí torcidas porque no permitimos al otro que sea el que es, y no le dejamos para ello el sitio que necesita.

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