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Espiritualidad 23

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Acuérdate de Jesucristo,

resucitado de entre los muertos.

El es nuestra salvación,

nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;

sin con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;

en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;

en él nuestra gloria, en él la salvación

Amén.

Después que partió de allí, Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más.

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. El les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”. Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”

Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. El les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”.

Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

(Marcos 10, 2-12)

Salmo 127: La bendición de los justos

¡Feliz el que teme al Señor y sigue sus caminos!

Comerás del fruto de tu trabajo,

serás feliz y todo te irá bien.

Tu esposa será como una vid fecunda en el seno de tu hogar;

tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa.

¡Así será bendecido el hombre que teme al Señor!

¡Que el Señor te bendiga desde Sión

todos los días de tu vida:

que contemples la paz de Jerusalén

y veas a los hijos de tus hijos!

¡Paz a Israel!

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Te rogamos, Señor, por los obispos, los presbíteros y los diáconos: que sirvan con celo a tu pueblo y lo conduzcan por los caminos del bien.
  • Te rogamos, Señor, por los que sirven a tu Iglesia con el estudio de tu palabra: que estudien tu doctrina con pureza de corazón y deseo de enseñar a tu pueblo.
  • Te rogamos, Señor, por todos los fieles de la Iglesia: que combatan bien el combate de la fe y, habiendo corrido hasta la meta, alcancen la corona merecida.
  • Tú que en la cruz cancelaste la nota de cargo de nuestra deuda, destruye también en nosotros toda clase de esclavitud y líbranos de toda tiniebla.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

JUSTICIA (III)

Pero entonces ¿nunca llegan a estar las cosas en orden? Si dejamos a un lado los sueños de deseos, debemos responder: en el transcurso de la historia, evidentemente, no. Entonces, ¿qué logran conseguir todos los intentos de producir justicia en la Tierra si no miramos las ideologías y programas de partido, sino la realidad, y precisamente la realidad entera?

Miremos el presente. Supongamos que a los que hoy viven y luchan les importa realmente implantar justicia: un orden adecuado de la vida común, es de­cir, buena alimentación para todos, situaciones ade­cuadas de trabajo para todos, posibilidades de educa­ción sin privilegios, etc. Entonces ya se habría gana­do mucho. Pero ¡qué penetrado está todo en verdad por el afán de poder y de tener razón! ¡Cuánta injusticia se entremete, cuánta mentira; incluso cuánto de­lito! ¡Cómo se aplastan a millones de hombres para establecer la presunta forma correcta de economía, de ordenación social de gobierno; es decir la justicia! Y aun suponiendo que con todo ello, efectivamente, se dé un paso adelante, ¿se suprime con eso lo terri­ble por lo cual se ha producido, se reduce a nada? ¿O sigue estando en el contexto de la vida y envenenan­do lo alcanzado?

Se es digno de llamarse hombre en la medida en que, donde se está, se trabaja por la justicia; pero en conjunto, evidentemente, nunca se alcanzará cómo habría de ser, como situación de la existencia y acti­tud de la humanidad. Y aquí no debe confundirnos la idea, hoy hecha dogma, del “progreso” —es decir, de una evolución del hombre por encima de sí mismo hasta niveles cada vez más altos—. La experiencia personal y la historia hablan de otro modo. En el fon­do del hombre opera una confusión que vuelve a po­nerse en vigencia en cada uno que nace.

Sólo partiendo de Dios se establecerá justicia real y plena, por el Juicio. Habríamos de tener muy en cuenta la revelación de que este Juicio alcanzará a to­do lo humano. Lo primero que cada cual ha de pen­sar sobre el Juicio es: ¡Será Juicio sobre mí! Pero también sobre todas las formas y magnitudes de lo humano, sobre las cuales tan fácilmente tenemos la sensación de que son potencias soberanas, no some­tidas a ningún examen. El juicio forma parte interna de todo ser y hacer. Es Juicio de Dios sobre toda rea­lidad finita. Sin Él todo queda colgado con medio sentido en el vacío. Sólo Dios lo determina: Él, el que todo lo penetra, sin temer nada, sin ligar por na­da, justo en eterna verdad. Quien no cree en Él no ve­rá nunca saciada esa hambre y sed.

FALTA DE INTENCIONES (I)

Quizá el título sorprenda al lector, pues ¿quién se inclina hoy a ver una virtud, es decir, una imagen de valor moral, en la falta de intenciones?

Hay un dicho de la sabiduría de la antigua China que dice que cuanto menos intenciones tenga al­guien, más poderoso es: el mayor poder sería la ple­na libertad de intenciones. Pero esta idea nos es ex­traña. La imagen del hombre que, desde la mitad del siglo pasado, ha llegado a ser canónica para nosotros, tiene otra índole. Es la imagen del hombre activo, que va decidido hacia el mundo y consigue en él sus objetivos. Este hombre está lleno de intenciones y cree ser perfecto cuando todo lo que hace se somete a los objetivos que se propone. Que consigue mucho no lo discutirían ni los maestros de aquella vieja sa­biduría. Pero probablemente dirían que la mayor par­te de los que son así se quedan en el dominio de lo superficial y que pasan de largo ante aquello de que se trata realmente.

¿Cómo vive, pues, el hombre en quien domina la actitud de intención?

En el trato, no se dirige a las demás personas con sencilla disponibilidad, sino que siempre quiere algo: hacer impresión, ser envidiado, obtener ventajas, sa­lir adelante. Alaba para ser alabado. Cumple un ser­vicio para poder reclamar otro semejante. Con eso no ve en el otro realmente al hombre, sino la riqueza o la posición social, pero siempre la rivalidad en la existencia. Ante él uno se siente avisado. Hay que ser cauto.

Se presiente su voluntad y se echa uno atrás. No llega a establecerse la libre comunicación en que se realiza lo auténtico de las realizaciones humanas. Naturalmente, la vida, con sus muchas necesidades, tiene sus derechos. Un gran número de las relaciones humanas están construidas sobre dependencias y fi­nalidades, así que no sólo es correcto, sino simple­mente necesario que tratemos de conseguir en ellas lo que necesitamos y que nos demos cuenta también de ello. Pero hay otras, y no pocas, que descansan so­bre el encuentro abierto entre persona y persona. Si aquí la finalidad y la intención determinan la actitud, entonces todo se cierra y se falsifica.

Dondequiera que se hayan de realizar las relaciones esenciales del yo y el tú deben echarse atrás las intenciones. El uno debe ver al otro, estar sencilla­mente con él y vivir con él. Debe entrar en la situa­ción tal como lo requiere su sentido: en una conver­sación, en una colaboración, una diversión, en afron­tar un destino, un peligro, una tristeza…

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

Sólo a partir de eso se hace posible lo grandioso humano: la auténtica amistad, el auténtico amor, la clara camaradería en el trabajo, la limpia ayuda en la necesidad. Pero cuando las intenciones adquieren el predominio, todo se echa a perder.

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