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Espiritualidad 24

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Fuerza tenaz, firmeza de las cosas,

inmóvil en ti mismo;

origen de la luz, eje del mundo

y norma de su giro:

Concédenos tu luz en una tarde

sin muerte ni castigo,

la luz que se prolonga tras la muerte

y dura por los siglos.

Amén.

Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”. El hombre le respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!”. Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: “Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”.

Pedro le dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús respondió: “Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

(Marcos 10, 17-30)

Salmo 90: Meditación sobre la brevedad de la vida

Enséñanos a calcular nuestros años, Señor,

para que nuestro corazón alcance la sabiduría.

¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo…?

Ten compasión de tus servidores.

Sácianos en seguida con tu amor,

y cantaremos felices toda nuestra vida.

Alégranos por los días en que nos afligiste,

por los años en que soportamos la desgracia.

Que tu obra se manifieste a tus servidores,

y que tu esplendor esté sobre tus hijos.

Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;

que el Señor, nuestro Dios,

haga prosperar la obra de nuestras manos.

Gloria al Padre…

Intenciones:

  • Danos, Señor, vivir de toda palabra que sale de tu boca.
  • Concédenos, Maestro bueno, escuchar tu palabra con un corazón noble y haz que perseveremos hasta dar fruto.
  • Que con nuestro trabajo, Señor, cooperemos contigo para mejorar el mundo, para que así, por la acción de tu Iglesia, reine en él la paz.
  • Haz que practiquemos la caridad no sólo en los acontecimientos importantes, sino también en lo pequeño de nuestra vida de cada día.
  • Ayúdanos a privarnos de lo superfluo, para compartir lo nuestro con los hermanos necesitados.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

FALTA DE INTENCIONES (II)

Una persona que deja las intenciones donde les corresponde adquiere poder sobre los demás; cierto es que un poder de índole peculiar. Nos acercamos a esa idea de la antigua sabiduría de que se habló al co­mienzo. Cuanto más trata uno de alcanzar, más fir­memente se concentra el otro y se defiende. Pero cuanto más evidentemente tiene la sensación de que no se le quiere empujar a nada, sino sólo estar y vivir con El, de que no se quiere alcanzar nada de El, sino sólo servir a la cosa de que se trata, más pronta­mente abandona la defensa y se abre a lo que influye desde la personalidad.

La misma fuerza de la personalidad se hace más recia cuantas menos intenciones actúan. Es algo completamente diverso de toda esa energía exterior a pe­sar de toda “dinámica”, con que una persona somete a otra a su voluntad. Viene de la autenticidad de la vi­da misma, de la verdad del pensamiento, de la lim­pieza de la voluntad de obrar, de la pureza de la dis­posición de ánimo.

Algo análogo ocurre con la relación del hombre con su obra.

Cuando un hombre trabaja dominado por inten­ciones, falta en su trabajo precisamente eso que le da pleno valor: el puro servicio a la cosa. La cuestión primera y dominante para él consiste en cómo sale adelante y hace carrera. No sabe mucho de la liber­tad del trabajo y de la alegría de crear.

Si es estudiante, trabaja sólo con vistas a la profe­sión. Muchas veces ni siquiera con vistas a lo que merece propiamente el nombre de profesión (en ale­mán, Beruf, “vocación, llamada”), esto es, que el hombre sienta a qué es llamado, cuál es su tarea en el conjunto de la sociedad humana, sino con vistas a lo que abre más posibilidades de dinero y prestigio. En realidad, sólo trabaja con vistas al examen: aprende lo que se exige para él, lo que requiere precisamente el profesor en cuestión. No hay que exagerar nada, también estas cosas tienen su derecho; pero si son lo único determinante, entonces lo auténtico se echa a perder. Tal estudiante con intenciones nunca siente lo que significa estar en el ámbito que sirve a la ciencia; nunca siente su libertad y su alegría. Nunca lo mue­ve la gran experiencia del conocimiento: las inten­ciones se le cierran. Lo que se ha dicho del estudian­te vale también de todas las demás formas de prepa­ración a la vida posterior.

Naturalmente, repitiéndolo otra vez, todo eso tie­ne su derecho. El hombre ha de saber lo que quiere, pues si no se deshace su acción. Debe tener su meta y ordenar su vida hacia ella, pero la meta debe estar sobre todo en la cosa a que se dedica. También aten­derá al beneficio y a la mejora; en efecto, su trabajo ha de darle los medios que necesitan él y su familia, bienestar y dignidad. Pero lo auténtico y esencial de­be ser siempre lo que requiere la obra misma: que se haga por completo y con limpieza.

Quien así piensa, no deja que su acción sea influi­da por otras miras que queden al margen de la cosa. En ese sentido no tiene intenciones, sirve, en el buen sentido de la palabra. Hace el trabajo que es impor­tante en cada ocasión y en el momento. Está entrega­do a él interiormente, y lo hace tal como quiere ser hecho. Vive en él y con él, sin segundas intenciones ni miradas laterales.

Es una actitud que parece desaparecer por completo. Las personas que hagan sus cosas en pura entrega, porque son valiosas, porque son bellas, parecen ser raras. Cada vez con más fre­cuencia, la acción se desvía a una intención de pro­vecho y éxito que corre al margen de la cosa. Sin em­bargo, esa falta de intenciones es la única actitud a partir de la cual surge la auténtica obra, la pura ac­ción, porque en ella llega a ser libre lo creativo. Só­lo de ella surge algo grande, liberador, y sólo un hombre que así trabaja se enriquece interiormente.

Desde lo dicho se abre también el camino a la úl­tima autenticidad del hombre, esto es, el altruismo. Una de las más hondas paradojas de la vida es que el hombre, cuanto más plenamente llega a ser él mis­mo, menos piensa en sí mismo. Digámoslo más exactamente: en nosotros vive un falso y un auténti­co yo. Falso es el que constantemente subraya el “yo”, “a mí”, “para mí”, el que todo lo refiere al pro­pio valor y provecho, y quiere disfrutar, implantar y dominar. Ese yo cubre el auténtico, la verdad de la persona. En la medida en que desaparece aquél, que­da libre el segundo. En la medida en que el hombre se aparta de sí con el altruismo, crece hacia dentro del verdadero yo. Éste no mira a sí mismo, pero está ahí. También se percibe, pero en la conciencia de una libertad, de una apertura, de una indestructibilidad, que vienen de dentro.

El camino por el cual el hombre prescinde del fal­so yo y entra en el verdadero es lo que los maestros de la vida interior llaman el desprendimiento. Santo es aquel en quien el primer yo está totalmente supe­rado y ha quedado libre el segundo. Entonces el hombre está sencillamente ahí, sin acentuarse. Es po­deroso sin esforzarse. Ya no tiene codicia ni miedo. Irradia en torno a él, las cosas entran en su verdad y su orden.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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