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Espiritualidad 26

N° 26Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”.  Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”.

Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! El te llama”. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

(Marcos 10, 46-52)

Nos encontramos en este Evangelio con un mendigo ciego, a quien Marcos quiere mostrar como ejemplo del hombre de fe.

Comienza esta lectura con la llegada y la partida de Jericó. ¿Por qué tanto apuro? El Evangelio quiere hacer notar y resaltar, que esta curación y el seguimiento de Bartimeo, se realiza en el camino de Jericó a Jerusalén. Por eso Jesús lo ve recién al salir de esta ciudad, donde el ciego pedía limosna sentado junto al camino. Este pobre hombre conocía al Señor, por eso al enterarse que era Él quien pasaba, comienza a gritarle, llamándolo ¡Hijo de David!, pidiéndole compasión. Este título (hijo de David) es el que correspondía a los reyes o príncipes (al Mesías esperado) que tenía obligación de ocuparse de los pobre y necesitados.

La gente se molesta por sus gritos e intentan hacer que se calle pero el ciego gritaba más fuerte, hasta que logró que se detenga la multitud y que Jesús lo mande a llamar. Cuando se le acerca (como cuando una persone importante le da audiencia o cita a otra) Cristo le pregunta ¿Qué quieres que haga por ti? El pedido es claro pero también impresionante: ¡Que pueda ver! Esto habla de la fe que le tenía, este hijo de Timeo. Jesús valora en el mendigo esta fe más que cualquier otra cosa, por eso ni le menciona la curación o la sanación de la vista. Mucho más importante es que el ciego pudo descubrir en El algo que todos los demás, aunque veían físicamente, no pudieron reconocer. Por eso simplemente le diría: ¡Vete, tu fe te ha salvado! La fe le abrió la puerta a la salvación que Jesús trae, y un signo de esta salvación es que se cure físicamente, pero más todavía, es que se convierte en su discípulo (seguidor) y que lo acompaña en el camino a la cruz que lo espera en Jerusalén.

Oración

Tras tus pasos, en camino,

aprendiendo en la marcha,

te seguiremos, Señor, te seguiremos.

Porque Tú tienes palabras de vida,

que llegan al corazón y descubren nuevos rumbos.

Porque Tú nos miras a los ojos,

nos muestras tu rostro y nos invitas a nuevos horizontes.

Porque Tú sacudes nuestros pies,

quebrando nuestras rutinas y nos lanzas a nuevos desafíos.

Porque Tú eres el Señor la fuente de vida

y nos llamas a una nueva existencia.

Sí, Señor, te seguiremos. Amén

Intenciones:

  • Por la Iglesia universal, para que siempre y en todo momento anunciemos el mensaje de Jesús a todos los pueblos.  Oremos.
  • Por los que gobiernan los destinos de los pueblos, para que lo hagan como servicio a todos, en especial a los más débiles. Oremos.
  • Por los misioneros y misioneras, repartidos por todo el mundo, para que sientan el respaldo de nuestra oración y nuestra ayuda económica. Oremos.
  • Por  los niños y los jóvenes, para que Dios vayan sembrando en nosotros la ilusión por la vocación misionera. Oremos.
  • Por todos nosotros para que seamos testigos del evangelio. Oremos.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

Ascetismo (I)

Hubo un tiempo en que se hablaba no sólo con aversión, sino con irritación, sobre todo lo que se lla­ma “ascetismo”, como si se tratara de algo no sólo torcido, sino innatural y perjudicial. Había la opinión de que el “ascetismo” procedía del temor y enemis­tad a la vida, o incluso de un sentimiento innatural­mente deformado. En él se manifestaría el odio que tiene el cristianismo al mundo, la envenenada dispo­sición de ánimo del sacerdote que rebaja la naturale­za viva para reforzar su existencia propia, y cosas se­mejantes.

Eso fue en la época de la prosperidad burguesa: desde entonces esto ha cambiado mucho. Quien ha querido ver, ha visto lo que pasaba con el “culto a la vida”. Sin embargo, la palabra sigue despertando sentimientos contrarios, así que vale la pena pregun­tar qué significa realmente.

Mucho de la oposición al ascetismo procedía sen­cillamente del deseo de tener carta blanca para los antojos de las tendencias. Pero aquí actuaba también un falso concepto de la vida; dicho con más exacti­tud, del modo como crece y se hace fecunda.

¿Qué pasa con la vida de la naturaleza? Pues se tiende a comparar al hombre con ella, al querer dejar lugar para algo que contradice al espíritu de Cristo. ¿Cómo transcurre la “vida”? ¿Cómo crece y se desa­rrolla un animal sano? Siguiendo sus tendencias. En­tonces todo va bien, pues exactos instintos velan pa­ra que no entre por caminos falsos. Cuando el animal está harto, no come más. Cuando está descansado, no se tumba sin necesidad. Cuando apremia el instinto de reproducción, lo satisface; pasado su tiempo, ca­lla el instinto. El modo, el tipo, si así se quiere decir, conforme al cual se realiza la vida de la naturaleza es la sencilla realización hacia fuera: lo que está dentro, sale viviendo.

¿Cómo es en el hombre? En él actúa algo que no se encuentra en el animal, tan evidentemente real y eficaz que hay que ser ciego para no verlo: el espíri­tu. Éste lleva a una nueva situación todo lo que se lla­ma “naturaleza”.

En efecto, en el ámbito del espíritu, la tendencia tiene otra significación que en la mera naturaleza. Se mueve de otro modo, actúa de otro modo, así que es insensato querer comprender la vida del hombre par­tiendo de la del animal. Verdad es que hoy se supera esta insensatez, queriendo comprender al hombre a partir de la máquina; pero dejemos esto en paz. En todo caso, no tiene sentido querer poner como ima­gen canónica del cumplimiento vital del hombre la del animal.

¿Qué hace, pues, el espíritu en la tendencia huma­na, en los impulsos hacia la alimentación, a la satis­facción sexual, a la actividad, al descanso, al reposo, a la comodidad? Por lo pronto, algo sorprendente: los aumenta. Ningún animal sigue la tendencia a la alimentación de la misma manera que el hombre, que convierte el placer en objetivo por sí mismo y con ello se daña a sí mismo. En ningún animal alcanza la tendencia sexual una desmesura y una arbitrariedad como en el hombre, que se deja arrastrar por ella a la destrucción de la vida y el honor. Ningún animal tie­ne tal gusto por matar como el hombre, cuyo belicis­mo no tiene ninguna auténtica correspondencia en el reino animal.

Todo lo que se llama tendencia trabaja en el hom­bre de otro modo que en el animal. El espíritu sitúa los impulsos vitales en una peculiar libertad. Se ha­cen más fuertes, más hondos, consiguen mayores po­sibilidades de exigencia y respuesta, pero al mismo tiempo pierden la protección de las ordenaciones or­gánicas en que, en el animal, están vinculados y ase­gurados: quedan sin regla y su sentido resulta en pe­ligro. El concepto de “agotar la vida”, de “gozarla” (Ausleben) es un concepto ciego. Es lo que hace el animal, es lo que tiene que hacer; el hombre, no. El espíritu da a la tendencia un nuevo sentido. Se sitúa dentro de la tendencia y produce en él hondura, ca­rácter, belleza. Lo pone en relación con el mundo de los valores, como también con lo que lo sustenta, la persona; elevándolo así al dominio de la libertad. En el animal, las tendencias son “naturaleza”; el espíri­tu las convierte en lo que llamamos “cultura”, enten­diendo la palabra como expresión de responsabilidad y superación.

En el animal, la tendencia construye el mundo cir­cundante correspondiente a su especie, pero con ello mismo lo ajusta a sus condiciones y límites. En el hombre lleva a un libre encuentro con la amplitud la riqueza del mundo, pero con eso mismo queda tam­bién en riesgo. Se hace posible todo lo que se llama exageración, excesivo refinamiento, antinaturalidad, posible y atrayente.

El espíritu produce una elevación por encima de la tendencia. No la destruye, no se convierte —como dice esa tonta expresión— en “contradictor de la vida”. Eso lo hace sólo el espíritu echado a perder, que traiciona a su propia esencia. Más bien adquiere la posibilidad de ordenar la tendencia, de darle forma y llevarla así a un sentido más alto: a su perfección, también y precisamente como tendencia; claro que bajo el peligro de deformación y desnaturalización.

Todo esto —subrayándolo una vez más del modo más expreso— lleva a que la tendencia en el hombre significa algo diferente que en el animal, y que no tiene sentido que el hombre busque en ella, es decir, en la mera naturaleza, la imagen de medida para su vida. “Ascetismo”, en cambio, significa que el hom­bre se decida a existir como hombre.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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