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Medias verdades, pobreza entera

Artículo de Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires el lunes 19 de octubre de 2009.

En este tiempo se han escuchado varias voces acerca de la cuestión de la pobreza en la Argentina.

Con frecuencia se utilizan expresiones que intentan “graficar la idea” que se quiere transmitir. Pero, a mi humilde entender, con el abuso de estas frases hechas se corre el riesgo de ocultar verdades. Así nos encontramos que, para analizar las cuestiones más graves de la vida, los pobres o las adicciones al alcohol o a las drogas, acudimos a “frazadas cortas”, “medias bibliotecas”, “calzarse los pantalones largos” y “nunca poner el carro delante de los caballos”.

Estas expresiones recurrentes, aplicadas arbitrariamente por diestros y siniestros a cualquier cosa, terminan siendo contradictorias, cuando no engañosas. “Yo prefiero mirar la mitad del vaso lleno” es una de esas frases que quisiera comentar.

Mirar sólo una parte del vaso es tan falso como observar la otra. Es que la realidad del vaso es su consideración completa.

Medio vaso implica una mirada ingenua acerca de la realidad, que se pretende analizar por mitades. Como si no hubiera logros y fracasos del 20%, 40% y todos los demás porcentajes ubicados entre 1 y 100. No, se afirma que sólo por mitades.

Es importante analizar cada aspecto en sí mismo, pero vinculado con la realidad total. Veamos algunos ejemplos. De las personas que trabajan, la mitad lo hace de manera formal y las otras de modo no registrado (en negro). Para los primeros implica jubilación, obra social, salario familiar y otros derechos laborales. Para los segundos, no.

¿Nos deja en cero esta mitad y mitad? ¿Y los que no tienen trabajo? ¿Están fuera del vaso y se están subiendo a la lona porque ni siquiera están en ella? ¿O en qué mitad colocamos a los llamados trabajos esclavos en talleres clandestinos, o secuestrados para explotación sexual, o los niños y adolescentes oprimidos por el cartoneo?

Otro caso por considerar: los adolescentes y los jóvenes que no estudian ni trabajan tal vez no sean la mitad. Pero? ¿podemos decir que estamos bien si sólo miramos al 70% que sí lo hace? ¿Estamos en lo correcto si decimos que con más de 500.000 adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan en el Gran Buenos Aires el vaso está casi lleno?

Hablemos ahora de los números de la pobreza.

Es cierto que basta que haya un 1% de pobres para que la pobreza sea un escándalo. Pero los caminos por tomar son muy distintos si los que sufren hambre son cinco o cinco mil, o tal vez diez mil. Y si son cien mil, ¿la olla por conseguir seguirá siendo del mismo tamaño? Pero, si, eventualmente, llegan a quinientos mil o a más de cinco millones, ¿las previsiones por tomar serán las mismas?

Para buscar soluciones a un problema, lo primero es definirlo adecuadamente. Si no, estaremos aplicando un remedio con resultados magros, si no contraproducentes, o inconducentes.

Los números no importan, sino las personas: es cierto. Pero cada índice mayor o menor refleja cantidad de gente que sufre. Salvo que busquemos reflejar con los números intenciones o deseos. En ese caso, el deseo debería ser más ambicioso.

A veces se da una actitud de queja frente a lo evidente o ponerse a la defensiva. Como si la realidad fuera una conspiración contra los responsables de los gobiernos en sus diversos niveles. O reaccionar con un subir y bajar de hombros en actitud de “yo no fui”.

El primer paso siempre es ver lo que es, luego ver quién fue, que en general es “quiénes fueron”: la dirigencia toda, los que se enriquecieron y llenaron de plata, los que miraron para otro lado, los ineptos, los corruptos de antes y de ahora, los que podrían usar cualquier disfraz ideológico porque todo les sienta bien.

¿Alguna vez de alguien escucharemos decir “me equivoqué” o “lo que pensamos e hicimos no dio el resultado esperado”?

Si los datos se escriben con “medias tintas” es posible que “se dibuje” y nunca estemos mirando la realidad. El “dibu-índice” puede servir para tranquilizar algunos debates. Total? está bueno que nos cuenten historias en las que a toda la gente le va bien, ¿no?

La “verdad a medias” no siempre es media mentira. A veces es mentira completa. Porque si a la realidad se la falsea, se describe otra cosa. Las verdades a medias provocan el doble discurso, y el pensamiento único, que suele ser ausencia del mismo. Relato-ficción: un nuevo género que se cultiva desde el discurso político.

Pero volvamos a la gente. Los pobres acuden a nuestras puertas cada vez con mayor necesidad. Los vemos. No son invisibles, no se esconden detrás de una estadística. “Disculpe, el señor”, profetiza una canción popular desde hace más de 15 años.

No se trata de una cuestión dogmática o religiosa. No es que la Iglesia ve 10, los judíos ven 15, los ateos, ocho. El número de pobres no es un botín de guerra. La lucha no es por la estadística, sino por los pobres, para que salgan de la miseria.

La realidad es lo que es. Diez pobres son 10, los miremos de izquierda o de derecha, sea progresista o conservador, oficialista u opositor quien observe. Judíos y cristianos vemos en ellos la imagen y semejanza de Dios vulnerada. Los cristianos de diversas confesiones, el rostro sufriente de Jesús. Con todos los habitantes de este suelo, una injusticia por reparar, derechos no respetados. Y otros dicen fríamente que es el resultado del mercado o una calamidad del destino.

Miremos los porqués.

Las causas de la pobreza están en un sistema económico neoliberal inspirado en el egoísmo y la acumulación de riqueza. El amor al dinero por encima de la dignidad humana. El capital por encima del trabajo y la especulación financiera por encima de la producción.

Es absurdo que uno muera de sed a veinte metros de un aljibe. Es absurdo que niños mueran a causa del hambre viviendo en “el granero del mundo”. Sí, ocho niños menores de 5 años mueren por día en nuestro país a causa de la desnutrición; mejor dicho, a causa de la injusticia. Digámoslo fuerte: nuestros chicos se mueren de hambre.

Me duele como hombre de fe que en nuestro país no cumplamos el mandato de Jesús de “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Y me duele como argentino que muchos no han oído aún “el ruido de rotas cadenas”, y las que oyen son aquellas que arrastran cotidianamente y que los tienen presos de la indigencia, la mala alimentación, el frío, el hambre, la exclusión, las cadenas por la ausencia de la “noble igualdad”. A las puertas de las celebraciones por el Bicentenario es bueno reafirmar nuestro compromiso hacia la justicia y la solidaridad combatiendo la pobreza y la exclusión.

La ausencia del Estado no es sólo responsabilidad del Poder Ejecutivo. También el Poder Legislativo y el Poder Judicial son parte del Estado. Pero además la pobreza es responsabilidad de los empresarios, sindicalistas y otros dirigentes sociales. Y no nos olvidemos de los que usan los planes sociales para presionar a los beneficiarios con fines políticos.

Jesús anduvo siempre entre los postergados de su tiempo. Su mamá, la Virgen María, se mostró siempre apurada para servir. Los santos nos señalan el mismo camino: San Benito, San Francisco, Santa Clara, San Antonio, San Cayetano, Madre Teresa? En América latina hace décadas que las asambleas de obispos proclaman la opción preferencial por los pobres. La preocupación de la Iglesia por ellos no es una cuestión coyuntural.

Hace varios siglos Aristóteles con claridad expresó: “La única verdad es la realidad”. Muchos han citado esta frase en estos días. Podemos intentar ocultarla aunque sea parcialmente.

Pero ella, la verdad, siempre estará esperando para que la veamos tal cual es.

Las mentiras verdaderas son verdaderas .

Fuente: Comunión en Red
Boletín de noticias de la Diócesis de Gualeguaychú

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