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Espiritualidad 27

Dios mío, ven en mi auxilio.N° 27

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

(Mateo 4, 25 – 5, 12)

Jesús anuncia ocho veces a sus seguidores la felicidad, el camino hacia el proyecto de Dios, que siempre ha sido proyecto de vida y de felicidad. Ahora bien: este camino que nos enseña Jesús es en verdad paradójico: llama felices a los pobres, a los humildes, a los de corazón misericordioso, a los que trabajan por la paz, a los que lloran y son perseguidos, a los limpios de corazón.

Todos buscamos la felicidad. Pero, en medio de un mundo agobiado por malas noticias y búsquedas insatisfechas, Jesús nos la promete por caminos muy distintos de los de este mundo. La sociedad en que vivimos llama dichosos a los ricos, a los que tienen éxito, a los que ríen, a los que consiguen satisfacer sus deseos. Lo que cuenta en este mundo es pertenecer a los “importantes”, mientras que las preferencias de Dios van a los humildes, los sencillos y los pobres de corazón.

La propuesta de Jesús es revolucionaria, sencilla y profunda, gozosa y exigente. Se podría decir que el único que la ha llevado a cabo en plenitud es él mismo: él es el pobre, el que crea paz, el misericordioso, el limpio de corazón, el perseguido.

Las bienaventuranzas no son tanto un código de deberes, sino el anuncio de dónde está el tesoro escondido por el que vale la pena renunciar a todo. Más que un programa de moral, son el retrato de cómo es Dios, de cómo es Jesús, a qué le dan importancia ellos, cómo nos ofrecen su salvación. Además, no son promesa; son, ya, felicitación.

Pensemos hoy un momento si estamos tomando en serio esta propuesta: ¿creemos y seguimos las bienaventuranzas de Jesús o nos llaman más la atención las de este mundo? Si no acabamos de ser felices, ¿no será porque no somos pobres, sencillos de corazón, misericordiosos, pacíficos, abiertos a Dios y al prójimo?

Oración

Enséñanos a vivir

el espíritu de las Bienaventuranzas.

El Reino es de los pobres

y los que se hacen pobres para seguirte, Señor.

El Reino es de los hambrientos,

y los que viven necesidades para seguirte, Señor.

El Reino es de los que lloran,

y los que sufren por seguirte, Señor.

El Reino es de los que asumen el conflicto

de vivir a fondo el Evangelio,

a pesar de las dificultades y desafíos

que significa seguir tus pasos, Señor.

– Que así sea –

Intenciones:

  • Por la Iglesia, por todos los hombres y mujeres consagrados en su nombre, por todos los que colaboran en su misión.
  • Que entre todos, Señor, construyamos el Reino de Dios y el hombre vida en paz y fraternidad.
  • Te pedimos,  Señor, que bendigas a todos los que trabajan por la paz, y a los que sufren cualquier tipo de persecución por vivir la fe.
  • Por las familias, por nuestras familias, para que el Señor les ayude a crecer en su  amor y las proteja.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

Ascetismo (II)

Existe para el hombre una necesidad que no existe para el animal, a saber: mantener sus tendencias en ordenación libremente querida y superar la propen­sión a la desmesura o a la mala realización.

No como si las tendencias fueran malas en sí. For­man parte de la esencia del hombre y actúan en todos los dominios y formas de su vida. Debilitarlas sería tanto como debili­tar la vida, pero la vida es buena. Una honda corrien­te en la historia de la religión y de la moral parte de la idea de que la tendencia como tal, la vida sexual, la corporalidad, e incluso la materia en absoluto, son malas; incluso que son el mal, sin más, mientras que el espíritu como tal es el bien, absolutamente. Es el dualismo, que en conjunto forma un peligroso error, y también se transforma, una y otra vez, en un abando­no de sí mismo a la tendencia. La motivación del au­téntico ascetismo no reside en tal combate contra la vida de las tendencias, sino en la necesidad de poner­las en el orden adecuado. Éste está determinado por los más diversos puntos de vista: las exigencias de la salud, la atención a los demás hombres, las obliga­ciones respecto a la profesión y el trabajo. Cada día se presentan nuevas exigencias de mantenerse en or­den a sí mismo, y eso es ascetismo. Esa palabra — del griego áskesis— significa ejercicio, entrena­miento, ejercicio en la correcta orientación de la vi­da.

También hay una ordenación de rango entre los valores. Los hay cotidianos, como los que per­tenecen a la vida física; por encima están los valores de la realización del trabajo; aún más arriba los de la relación personal y la obra espiritual; finalmente, los que se realizan directamente en rela­ción con Dios. Realizamos estos valores con las fuer­zas de nuestro ser vivo; pero éstas son limitadas, y debemos darnos cuenta claramente a qué tareas hemos de aplicarlas. Debemos elegir y cumplir la elec­ción; eso cuesta sacrificio y esfuerzo, y eso precisa­mente es el ascetismo.

Pero, prescindiendo de eso, todos los que conocen la dejadez de la naturaleza humana saben cuan nece­sario es imponerse superaciones también voluntarias, no requeridas por objetivos inmediatos. Son necesa­rias para que luego la voluntad, cuando un deber in­mediato plantee sus exigencias, pueda cumplirlas más fácilmente. Son necesarias como camino a la li­bertad, que consiste, efectivamente, en ser señor de sí mismo.

Las tendencias físicas, tal como surgen de la orga­nización anímico-corporal del hombre, entran en la conciencia de modo tan elemental que es fácil olvi­dar las tendencias espirituales. En realidad, éstas, vistas desde el conjunto de la vida humana, son aún más decisivas. La estructura de lo que llamamos per­sonalidad, su afirmación propia en el mundo, su ac­ción y creación, están sustentadas por las tendencias espirituales. Así, existe el impulso de adquirir in­fluencia, prestigio y poder en todas sus formas. Hay tendencia a la sociedad y la comunidad, a la libertad y la educación. Hay tendencia al saber y a la activi­dad artística, y así sucesivamente. Como se ha dicho, todas las tendencias tienen su importancia como im­pulsos que sustentan la afirmación propia del hombre y su despliegue propio; pero también tienen la ten­dencia a la desmesura, a poner la vida propia fuera de relación con la de los demás hombres, actuando así de modo intranquilizador o destructivo.

Así se hace también necesaria una constante dis­ciplina, cuyos puntos de vista están determinados por la doctrina moral y la sabiduría vital, y esa disciplina se llama ascetismo.

Pero dejemos las generalidades; miremos lo real. Pensemos, por ejemplo, en una amistad. Se han co­nocido dos personas y se han agradado. Han descu­bierto comunidades de opinión y de gusto, la simpa­tía se ha desarrollado y cada uno confía en el otro. Piensan que su vínculo es seguro y viven sin más preocupación. Pero, como es obvio, existen entre ellos diferencias que poco a poco van cobrando vi­gencia. Surgen malentendidos, enojos, tensiones. Pe­ro ninguno de ellos busca la base donde residen real­mente, esto es, en la propia seguridad de sí mismos y en la propia dejadez, y al cabo de poco tiempo em­piezan a ponerse nerviosos mutuamente. Desaparece la tranquila confianza y poco a poco se deshace todo.

Para que dure una amistad debe haber una vigi­lancia sobre ella; algo que la resguarde. Cada cual debe dar lugar al otro para que sea precisamente el que es; cada cual debe hacerse consciente de sus pro­pias faltas y ver las del otro con ojos de amistad. Quererlo, y también lograrlo contra la suspicacia, la pereza, la estrechez de la propia naturaleza, es tam­bién ascetismo.

¿Por qué tantos matrimonios se vuelven mudos y vacíos? Porque en cada uno de los dos domina la idea básica de que se trata de la felicidad, o sea, que cada uno de los dos se puede satisfacer en consumir simplemente su propia vida.

En realidad, el auténtico matrimonio es estar uni­dos en la existencia; es ayuda y fidelidad. Matrimo­nio significa “que el uno lleve las cargas del otro”, como dice san Pablo (Ga 6, 2). Así que sobre él de­be velar una responsabilidad nacida del espíritu. Una y otra vez debe el uno aceptar al otro como el que es; debe renunciar a lo que no puede ser. Debe prescin­dir de las embusteras imágenes de cine que destruyen la realidad del matrimonio y saber que tras del en­cuentro mutuo del primer amor es cuando empieza la tarea de veras. Que el auténtico matrimonio, pues, sólo puede existir por autodisciplina y superación. Entonces se hace auténtico, capaz de producir vida y entregar vida al mundo.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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