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Espiritualidad 28

N° 28Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Jesús  les enseñaba: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros,  porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

(Marcos 12, 38-44)

El Evangelio en esta semana, tiene dos partes bien distintas: la 1° (hasta el Ver. 40) es una invitación de Jesús a cuidarse de andar “aparentando” para merecer o ganarse un trato respetuoso o distinguido. La 2° (Ver.41 al 44) es una enseñanza que da el Señor al ver como la gente da limosna en el templo. Profundicemos juntos que nos dice Dios en su palabra hoy:

  • Cada uno de nosotros es tal cual como Dios nos ve, y no como los demás nos consideran o tratan de mostrar ante los otros. Sin embargo muchas veces nos preocupa más lo que piensan los hombres sobre nosotros, que viven según lo pide Dios. Jesús critica a los maestros de la Ley no por que todos sean malos, sino por que buscan “ser vistos”, admirados, honrados, y tener un lugar de privilegios en la comunidad. Quienes empiezan a dejarse llevar por “aparentar”, terminan creyendo sus propias mentiras, pensando que son mejores o más que el resto, pero en realidad, son ambiciosos y “caretas”. Serán juzgados severamente.
  • En la segunda parte, Cristo mira a los que ponen la ofrenda en el limosnero del Templo y además de los ricos, que depositaban mucha plata, ve a una viuda pobre, que deja unos centavitos. Llamando a los discípulos les dice con total seguridad que ella puso más que todos los otros ¿Por qué? Por que los demás echaban “algo” de lo que les sobraba, pero la mujer puso todo lo que tenia para vivir.

Con eso nos muestra que lo importante no es la cantidad que ofrecemos, sino la actitud interior con que lo hacemos.

Dios mira al corazón, y lo que damos debe expresar el amor que por Él tenemos. ¿Cómo es mi oración? ¿Entrego mi espíritu cuando rezo? o ¿solamente repito de memoria sin poner el corazón en lo que digo? ¿Qué le ofrezco al Señor? ¿Lo que sobra o lo que me cuesta?

Oración

Jesús, maestro bueno,

enséñame el camino

para vivir el amor.

Ayúdame a convertir mi corazón duro

en un corazón sensible

y cercano a los que sufren.

Que no sea mezquino en mi entrega,

que aprenda a dar todo lo que tengo:

mis cosas, mi tiempo, mi esfuerzo,

mi vida entera

para que otros vivan más y mejor

– Que así sea –

Intenciones:

  • Por la Iglesia y el Santo Padre, por nuestro Obispo y nuestros sacerdotes, para que ejerciendo con alegría y entrega el ministerio que tú les has encomendado, nos guíen en la construcción de una comunidad diocesana que asuma su compromiso de amor con los más pobres.
  • Por nuestra patria, para que todos los que la habitamos reconozcamos a Dios como único Señor, Padre de todos. Y reconociéndonos hermanos vivamos la justicia y la solidaridad.
  • Por toda nuestra comunidad, para que, como la viuda del Evangelio, demostremos nuestra gratitud a Dios, siendo verdaderamente generosos con nuestra Iglesia y con nuestros hermanos más necesitados.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

Ascetismo (iii)

Ninguna obra prospera si no hay por encima de ella una responsabilidad a partir de la cual el hombre hace su trabajo con fidelidad y autosuperación.

La vida del hombre transcurre en muchos estratos. Está lo superficial, lo más profundo, lo totalmente esencial; y cada cual tiene sus exigencias, sus valo­res y satisfacciones. Evidentemente, no se puede te­ner todo a la vez. Hay que elegir: ceder lo uno para que pueda existir lo otro.

Volvamos a mirar a lo cotidiano. Quien va mucho al cine pierde el buen gusto por ese gran espectáculo: ya no lo comprende. Entonces debe preguntarse qué quiere y elegir, dejar a un lado la excitación su­perficial de la película para tener capacidad de perci­bir lo más valioso, o convencerse a sí mismo de que necesita relaja­miento; que, por la tarde, después de la fatiga del día, no se puede hacer ya el esfuerzo que requiere el tea­tro, y así sucesivamente… Quien lee mucho papel que no sirve para nada pierde el sentido para la bue­na lectura. Entonces debe decidir claramente qué es más importante para él… Quien constantemente está con gente y habla y discute, pierde la capacidad de estar consigo mismo y, con ello, todo lo que sólo ahí se manifiesta. Una vez más se trata de esto o aquello. Y costará alguna superación dominar la inquietud que nos arrastra hacia fuera…

En esta vida, que sólo dura unos pocos años tan veloces, el hombre que quiera extraer lo preciso que pueda contener, ha de saber que se trata sólo de que renuncie a lo menor para poder tener lo mayor.

Los proclamadores del mensaje de la vida dicen que no se ha de mutilar esta vida, que hay que dejar surgir todas sus posibilidades y disfrutarlas. Si se pregunta luego qué es el auténtico contenido de esta vida, su sentido y su medida, entonces responden: ella misma, la “vida”, recia, palpable y rica. Pero ¿es verdad eso? ¿La vida es sentido y medida para sí misma?

No sólo el sentir vulgar habla así, ha habido ente­ras filosofías que lo han dicho así. Pero ¿no es reve­lador que hoy tengamos la contradicción, esto es, la filosofía del desengaño y del asco? El sentido del ac­to vital no consiste en disfrutar su propia sensitividad y su fuerza, sino en realizar aquello que se le ha im­puesto al hombre. Éste vive real y plenamente si co­noce la responsabilidad que tiene, si cumple la obra que le aguarda, si satisface a la persona que se le ha confiado. Pero el reconocer y elegir lo justo, el pres­cindir de lo falso —este pasar continuo por encima de los propios deseos para ir al deber—, es el asce­tismo.

Si miramos entonces de lleno a lo que decide por completo sobre el sentido de nuestra existencia, esto es, a la relación con el que nos ha creado, bajo cuyos ojos vivimos y ante el cual hemos de presentarnos tras de estos pocos años terrenales, entonces vemos fácilmente que eso no se puede conseguir en absolu­to sin disciplina y autosuperación.

El hombre no es llevado a Dios con la violencia. Si no se educa a sí mismo para ello; si no se toma tiempo para la oración, por la mañana y por la noche; si no convierte la fiesta del día del Señor en una oca­sión importante; si no tiene a mano ningún libro que le muestre algo de “la anchura, la longitud y la altu­ra y la profundidad” de las cosas de Dios (Ef 3, 18), entonces la vida se le escapa constantemente a uno fluyendo por encima de las quedas amonestaciones que llegan desde dentro. Quien es así, cuando ha de estar ante Dios, se aburre y todo le parece vacío. Los discursos, la prensa y la radio le enseñan que para el hombre moderno ya no existen los valores y las refe­rencias de lo religioso, y no se siente justificado si no se sitúa en el progreso universal… Para sentirse en casa ante Dios, de modo que uno trate con Él a gus­to y con sensación de presencia plena, hace falta también el “ejercicio” —como en todo asunto se­rio—. Debe hacerse de modo voluntario y con auto­superación, una y otra vez, y entonces, como gracia, se recibe el regalo de la sagrada cercanía.

Así, hemos de aprender a considerar el ascetismo como elemento de toda vida bien vivida. Haremos bien en ejercitarnos en ello, tal como, en obsequio a la mesura, se ponen límites a un impulso; tal como se deja lo menos importante, aunque sea atractivo, para hacer lo más importante; tal como uno se domina a sí mismo para adquirir libertad espiritual…

Por ejemplo antes de dar un paseo por la ciudad ca­bría proponerse no dejarse atrapar por los anuncios y la gente, sino concentrar el ánimo en un buen pensa­miento o en tranquila libertad…; o cabría apagar la radio para que hubiera silencio en la habitación…; o quedarse una tarde en casa, en vez de salir…; o decir alguna vez que no en el comer y beber y fumar…, y cosas parecidas. En cuanto a uno se le ha llamado la atención sobre ello, constantemente se encuentran ocasiones de ejercicios que le hacen a uno libre; re­sistir un dolor, en vez de eliminarlo en seguida con medicinas; aceptar interiormente una renuncia que sea buena por alguna razón; tratar con tranquila amistosidad a una persona antipática…

Esto, y cosas análogas, no son nada grandioso. No se trata de severos ayunos, ni de vigilias nocturnas, ni de duros trabajos de expiación, sino de ejercitación en la vida justa: de la verdad, que nuestra vida lleva de modo diferente que la del animal. Es la vida real del hombre, en que las tendencias interiores se encuentran situadas por el espíritu en una libertad su­blime, pero también peligrosa. El espíritu les da todo su dinamismo; también él debe ejercer el poder orde­nador mediante el cual la vida no es destruida, sino llevada a su plenitud.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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