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Espiritualidad 29

N° 29Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Jesús  les enseñaba: “ En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.”

(Marcos 13, 24-32)

Nuestro Evangelio de hoy comienza con muchas imágenes de la época de Jesús que describen el fin del tiempo presente y la transformación del universo. Es continuación de un trozo del Evangelio que habla de la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo (14-23). La aparición de Jesús como Juez y Señor conmoverá a toda la creación y nada podrá escapar a su poder, ni el sol ni la luna, ni las estrellas. ¿Cómo será?
Marcos dice que se trata de la venida en Gloria y Poder del Hijo del Hombre, como Dios (por eso viene sobre las nubes) y que será visto por todos (por eso el resplandor que lo rodea) que su misión será juntar a todos los elegidos de los cuatro rincones de la tierra (los traerá de todas partes). Ver a Jesús será fundamental, el mensaje es que “aunque todo se venga abajo, no debemos perder de vista a Jesús, el Señor”, Él no nos abandonará, sino que viene a salvarnos y reunirnos.
Pero nos queda flotando la pregunta de ¿Cuándo será? Eso es lo que enseña Jesús en la segunda parte de este texto.
No debemos pretender saber un día o una hora precisa “Nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo”. Pero podemos estar atentos a las señales, que vienen madurando ese tiempo.
Hay que estar vigilantes en la vida, no buscar adelantarnos o tener miedo al futuro “Nuestra seguridad está en sus palabras, ellas no pasarán, aunque desaparezca el cielo y la tierra” (vers. 31).
El Señor nos invita a estar preparados en todo momento, viviendo a fondo el tiempo presente, como nos indica la Palabra de Dios, para llegar así al Reino del Padre sin miedos ni temores.

Oración

Cantarán, llorarán razas y hombres,
buscarán la esperanza en el dolor,
el secreto de vida es ya presente:
resucitó el Señor.
Dejarán de llorar los que lloraban,
brillará en su mirar la luz del sol,
ya la causa del hombre está ganada:
resucitó el Señor.
Volverán entre cántico s alegres
los que fueron llorando a su labor,
traerán en sus brazos la cosecha:
resucitó el Señor.
Cantarán a Dios Padre eternamente
la alabanza de gracias por su don,
en Jesús ha brillado su Amor santo:
resucitó el Señor.  Amén.
Intenciones:

  • Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria, haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable.
  • Tú que nos has salvado por la fe, haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo.
  • Tú, que por tu resurrección, diste la salud a muchos enfermos, mira también hoy con bondad a todos los que sufren, y manifiesta en ellos tu gloria.
  • Te encomendamos los campamentos de fin de año, que sean un tiempo de Gracia para nuestros grupos.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…
Bondad (I)

En este capítulo vamos a considerar una virtud que fácilmente se queda corta, porque es retraída, po­co llamativa, tranquila: esto es, la bondad. ¡Cuántas veces se habla del amor! A eso invita, pues es gran­de y resplandeciente. Pero habría que hablar de él en menos ocasiones: sería mejor para él; y en cambio hablar más a menudo de lo que tanta falta hace en nuestra dura época, esto es, de la bondad. La palabra fácilmente desvía a considerar con cierto menospre­cio lo que significa, a entender “bondad” como man­sedumbre, lo cual es cierto que no representa nada especialmente valioso. Esta es pasividad, que deja acontecer, o pereza, que no quiere conflictos, o tam­bién tontería, a la que se puede persuadir de todo lo posible. La bondad, por el contrario, es algo fuerte y profundo, pero por eso mismo no es fácil de determi­nar.
Intentémoslo: un hombre bondadoso es uno que tiene buena intención respecto a la vida, de raíz. Pero ¿se puede tener mala intención también respecto a la vida? Se puede realmente, sobre todo cuando la cuestión no se orienta tanto a acciones visibles como a una disposición de ánimo que está detrás, y quizá no llega especialmente a la conciencia.
Por ejemplo, un hombre puede ser dominante res­pecto a los demás. Aunque diga que quiere lo mejor para ellos, de lo que trata en realidad es de dominar­los. Quien es así no tiene buena intención respecto a la vida, pues la ahoga con el afán de dominio. De ahí proceden muchas tragedias de familia; de que uno quiera someter a los demás sea hombre o mujer, hija o hijo. El verdadero bien deja espacio abierto a quien vive, movimiento libre; mejor dicho, se lo da, se lo produce, pues sólo ahí prospera.
O produce en el interior del hombre un rencor a la vida. Él piensa que ha sufrido una injusticia, que sus expectaciones se han visto defraudadas, que sus pre­tensiones no han obtenido satisfacción. Quizá es así realmente, y debería tratar de obtener lo mejor de lo que aún es posible; pero no es capaz de pasar por en­cima del sentimiento de agravio, y se venga. “Todos son así”, dice, porque uno ha sido así; “no hay justi­cia”, porque considera que no la ha encontrado para sí… La bondad renuncia porque es generosa y con­cede libremente a los demás; porque tiene confianza y deja que la vida vuelva a empezar otra vez constan­temente.
Muchas faltas de bondad proceden de la envidia. Algunos son pobres y ven a los demás con riqueza. En algún aspecto todos observan que otros tienen lo que a ellos les falta. Si no se contentan con eso se agrian, envidian a los demás lo que tienen y luego se envenenan, haciéndose enemistad contra la vida. La bondad puede prescindir de sí, puede conceder a otros lo que le falta, quizá incluso disfrutar de ello en otro… Así cabría decir aún más.
La bondad significa que uno tenga buena inten­ción respecto a la vida. Dondequiera que se trata con algo vivo, su primer movimiento no es desconfiar y criticar, sino tener respeto, dejar valer, ayudar a cre­cer. ¡Cuánta falta hace esta disposición de ánimo en la vida, en la vida humana, que es tan frágil!
Pero en la bondad también hay fuerza. Cuanto más pura es, más fuerza, y la bondad perfecta es ina­gotable. La vida está llena de dolor; si uno tiene bue­na intención respecto a la vida, cuando viene el do­lor y es sentido, ello, pese a todo lo fortalece. La vi­da quiere ser comprendida, pero esto fatiga. Requie­re ayuda; pero sólo puede ayudar realmente quien comprende, y quien comprende precisamente este dolor: quien encuentra las palabras que aquí son necesarias y ve lo que debe ocurrir para suavizarlo. ¡Ay de la bondad si es débil, por más que tenga buena in­tención! Le puede ocurrir que se deshaga sólo en compartir sentimientos o, por el contrario, que se vuelva violenta para defenderse.
La auténtica bondad implica paciencia. El dolor vuelve una y otra vez, queriendo ser comprendido: una y otra vez las faltas del prójimo se hacen percep­tibles, y éste se vuelve insoportable precisamente porque se lo conoce de memoria. Una y otra vez la bondad debe ofrecerse y aplicarse.
Y algo más forma parte de la bondad, algo de que sólo se habla raras veces: el humor. Ayuda a sobrelle­var con más facilidad: más aún, sin él no marcha na­da en absoluto. Quien mira a los hombres solamente en serio, sólo en forma moral o pedagógica, a la lar­ga no lo aguanta. Debe tener ojos para lo peculiar de la existencia. Pues todo lo humano lleva consigo al­go de cómico: cuanto más grandiosamente uno se en­trega más fuerte se hace esto. Pero el humor signifi­ca que se tome la naturaleza humana en serio y que uno se esfuerce por ello, pero de repente se ve qué peculiar es y uno se ríe, aunque sea sólo por dentro. La risa amistosa por la rareza de todo lo humano: eso es el humor. Ayuda a ser bondadoso, pues tras la risa, la seriedad vuelve a ser más fácil de aplicar.
Otra cosa final ha de decirse sobre la bondad; a saber: que es silenciosa. La verdadera bondad no ha­bla mucho: no se adelanta; no hace ruido con organi­zaciones y estadísticas; no fotografía y no analiza. Cuanto más profunda es, más silenciosa se vuelve. Es el pan cotidiano de que se nutre la vida.
Donde desaparece, por mucha ciencia que haya, y política, y bienestar, en el fondo todo sigue frío.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

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