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Espiritualidad 30

N° 30Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre…

Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí”. Pilato replicó: “¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?”. Jesús respondió: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

(Juan 18, 33-37)

En estos últimos domingos, la Palabra nos viene hablando sobre la venida de Jesús como Juez y Señor de la historia, lleno de gloria y poder. Los cristianos miramos con gran esperanza hacia el fin del tiempo, en que Jesús reinará para siempre sobre todos.

En la fiesta de Cristo, Rey del Universo, queremos celebrar su promesa de volver para reunirnos, fortalecer el deseo de su retorno y comprometernos a trabajar para que “venga a nosotros su reino, y se haga su voluntad, en la tierra, como en el cielo”.

El Evangelio que hoy estamos compartiendo nos muestra a Cristo frente a la autoridad del gobernador romano, que tiene que juzgarlo. Pilato es el juez, y Jesús es el prisionero, pero en la lectura descubrimos que en realidad, es el Señor Jesús el que maneja la situación. Tratemos de responder a estas preguntas: ¿Quién pregunta?, pensemos con tranquilidad ¿Quién responde?, mirando atentamente ¿Quién parece el acusado y quién el acusador? ¿Quién se excusa o se ataja, como si tuviera cola de paja?. Poncio Pilatos casi pide disculpas por lo que trata de averiguar sobre Jesús: “¿Es que acaso yo soy judío? Tu gente y tus sacerdotes te han entregado a mí”.

En cambio Cristo aparece tranquilo, no se siente obligado a contestar el interrogatorio y habla como un hombre libre, explicando que su reino no es de este mundo, en el sentido que no gobierna con la fuerza de las armas o luchando con ejércitos, para dominar como los poderosos de la tierra. Pero reconoce que es REY. Dice que para eso nació y vino al mundo. Es rey por su origen divino, porque todo le pertenece, todo es suyo, pero nació y vino al mundo para reinar en los corazones de los hombres, no a la fuerza, sino invitándonos a escuchar y seguir la VERDAD. Los que escuchan la verdad pertenecen a su reinado, que no tiene fronteras o límites de territorios, sino que abarca todo el universo, al que se entra con una decisión libre y confiada en su Palabra, que se construye y crece por el amor y la verdad, y produce en los miembros, sus servidores, paz y alegría.

Oración

Oh Príncipe absoluto de los siglos,

oh Jesucristo, Rey de las naciones:

te confesamos árbitro supremo

de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,

somete a los espíritus rebeldes,

y haz que encuentren

rumbo los perdidos,

y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta

y abres en ella tus divinos brazos;

para eso muestras en tu pecho herido

tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,

que repartes los cetros de la tierra;

y que contigo y con tu eterno Padre

glorificado el Espíritu sea. Amén.

Intenciones:

  • Cristo, salvador nuestro, tú que eres nuestro Dios y Señor, nuestro rey y pastor, conduce a tu pueblo a los pastos de vida.
  • Redentor nuestro, que fuiste constituido rey sobre toda la tierra, haz que todos los hombres te reconozcan como salvador.
  • Tú que eres nuestro maestro y modelo, y que nos has admitido a tu reino, concédenos llevas desde hoy ante tus ojos una vida santa, sin mancha y sin culpa.
  • Te encomendamos los campamentos de fin de año, que sean un tiempo de Gracia para nuestros grupos.
  • Te pido especialmente por el grupo que me encomendaste como dirigente…

Padre nuestro…

Alabado sea Jesucristo…

Bondad (II)

Y ahora hemos de buscar la bondad allí donde es­tá el origen de toda virtud: en Dios.

Él es la bondad por esencia. En los Salmos, el li­bro de oración del Antiguo Testamento, se encuen­tran hermosas cosas sobre ella. Cosas dignas de cré­dito, pues el hombre del Antiguo Testamento no era blando de corazón: no lo habría podido ser con la du­ra vida que tenía que llevar. Israel era un pueblo pe­queño y vivía en una tierra avara: la mitad era tierra pedregosa. Siempre estaba amenazado, pues en torno acechaban civilizaciones gigantescas, ricas, repletas de la soberbia y la altanería de lo mitológico, y hos­tiles a la pura fe en Dios de la Revelación. Si alguien de ese pueblo habla de la bondad de Dios es una ex­periencia auténtica. Así, por ejemplo, se dice en el Salmo 144:

“Suave y bondadoso es el Señor, lento para la ira, rico en gracia.

El Señor es bondadoso para todos los seres,

misericordioso para todo lo que ha creado.”

Si se pudiera ver la bondad de Dios, ese abismo de buena intención, uno tendría alegría para toda la vida. El hecho d¿ que haya “mundo” en absoluto ya es un constante efecto de la bondad de Dios. No lo habría, si Él no quisiera. No lo necesitaba Él para sí mismo; ¿por qué habría de necesitar del mundo el Dios infinito, si el mundo desaparece ante Él? Cuan­do Él lo crea y lo mantiene en el ser es porque Él es bueno para el mundo.

Pero alguno preguntará: ¿tiene el mundo aspecto de que Dios sea bueno para él? La existencia huma­na, ¿se presenta como obra de la bondad divina? Quien sea sincero empezará por contestar: ¡cierto que no! Pues constantemente se eleva la pregunta del hombre a Dios ¿por qué todo esto, si tú eres bueno? La pregunta es comprensible cuando surge de un co­razón apurado, pero en sí es tonta, pues ¿de dónde viene todo lo terrible que amarga al hombre su exis­tencia? Él mismo se lo ha causado.

Cuando se eleva el reproche de cómo puede ser bueno Dios, más aún, de cómo puede haber en abso­luto un Dios, si todo es como es, quien así lo hace por lo regular pregunta con alguna idea sobre de dón­de viene todo lo malo. Sin embargo, así fue; Dios pu­so al hombre el mundo en la mano, para que, de acuerdo con el Creador, edificara esa existencia que nos muestra el Génesis bajo la imagen del Paraíso. Pero ¡el hombre no quiso! No quiso construir el Rei­no de Dios, sino su propio reino. De ahí viene todo lo enredado, lo inauténtico, lo destructor que hay en la actividad del hombre. ¿Cómo puede ahora levan­tarse y decir: “si existieras, Dios, no habrías creado semejante mundo”? Y el trastorno atraviesa cada vez más la existencia por medio del hombre: por medio del mismo que eleva la queja.

Pues así es: cada cual de nosotros hace la vida un poco peor. Toda mala palabra que decimos envenena el aire. Toda mentira, toda violencia penetra en la existencia y produce más honda confusión. Los hom­bres mismos somos quienes hemos convertido la vi­da en lo que es, de modo que no es honrado que lue­go nos levantemos a decir que Dios no puede ser bueno, si todo va así. Sólo podemos decir: “Señor, dame paciencia para sobrellevar lo que hemos produ­cido, para hacer también lo mío, de modo que haya mejoría donde estoy.” Ésa es la única respuesta hon­rada.

Pero se podría objetar aún algo más, preguntando cómo puede ser bueno Dios si en el reino de esos se­res que no pueden ser malos, o sea, los animales, hay tan innumerables dolores. Muchos hombres melan­cólicos no han sabido superar esta cuestión. ¿Cómo puede estar la bondad de Dios sobre el mundo, si la creación inocente padece constantemente cosas tan terribles? Seré sincero: no conozco respuesta. Pero me ha ayudado una idea que quizá también pueda ayudar a otros, esto es, la consideración de qué sig­nifica “bondad” cuando es Dios de quien se dice. Te­nemos derecho —y también obligación— de formar conceptos, a partir del reflejo de la esencia de Dios en las cosas y en nuestra propia vida, con los cuales intentamos captar cómo es Él. Así podemos decir: Dios es justo, Dios tiene paciencia, Dios es bondado­so, y así sucesivamente todas las importantes expre­siones con que referimos lo grande y lo hermoso de la Creación —purificado de imperfección— a aquel que la creó. Pero si consideramos con más exactitud: ¿Qué indica, por ejemplo, la expresión de que Dios es justo? Lo que significa la palabra “justo” cuando se refiere a una persona lo sabemos, pues somos se­res finitos, y, por tanto, captables con conceptos fini­tos; pero ¿y si lo referimos a Dios, que está más allá de toda medida y concepto? A nuestro pensar y decir sobre Dios le pasa eso: todo lo que existe de modo finito recibe de Él su estructura esencial. Por eso no­sotros tomamos una de las cualidades de ese ser, la captamos en la palabra, la presentamos a Dios y de­cimos: así es Él, sólo que de modo completamente perfecto, como modelo de esta imitación finita. Pero ahí, conscientemente, la palabra queda absorbida por el abismo de Dios, y no podemos hacer otra cosa que entender su “sobregrandeza”. Igual ocurre aquí. Por ejemplo, si digo de una madre que es bondadosa, que la familia entera recibe vida de su bondad, entonces sé lo que quieren decir esas palabras, y no se puede atribuir nada mejor a una persona. Pero ¿y si digo: Dios es bueno? Para empezar, sé lo que quiero decir, pero luego el misterio se apodera de la palabra y me la arrebata. Sin embargo, permanece una orientación de sentido, como un camino resplandeciente trazado por un meteoro cuando desaparece en la inconmen­surabilidad del espacio cósmico. Queda un silencio que percibe esa orientación: un respeto que se estre­mece ante el misterio: y todo se vuelve adoración.

(Una ética para nuestro tiempo, Romano Guardini)

Y eso, a su vez, para nuestra pregunta, significa: Dios también es bueno donde no comprendemos su bondad.

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