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Un gesto humilde y discreto

El otro día me preguntaba qué era de la vida de Marcelo (misionero en África) del que no tenía noticias desde Pascua…

Hoy me llegó un mensaje de él que les comparto…

Lunes 23 de noviembre

Estaba meditando el Evangelio del día…

(“…Levantando los ojos, Jesús vio a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.” San Lucas 21,1-4)

… y me vino a la mente una imagen viva de la celebración del “mavuno”, día en que la gente presenta sus dones a Dios como agradecimiento de los frutos recogidos durante el año.

La celebración tuvo lugar en una pequeña aldea de Makambako, y durante el ofertorio los fieles lleva-ron sus ofertas, sobre todo depositaban sacos de trigo (que es lo que más se cultiva por estas tierras), otros dejaban porotos, caña de azúcar, quién una gallina o un conejito de india; pero, he aquí que, casi acabando el desfile de las ofertas veo acercarse a paso lento y con fatiga una pobre anciana, casi ciega, con los pies descalzos apoyada sobre un rama que hacia de bastón, llevando como ofrenda al Dios de la Vida un pequeño huevo.

En ese momento yo pensé en voz baja: esta pobre vieja viuda viene a ofrecer quizás lo único nutritivo que tiene para comer hoy… es ella la que más necesidad tiene de ser ayudada y en cambio… qué testimonio profundo y sincero de verdadera fe, de verdadera caridad, de auténtica confianza en Dios.

Y continué meditando sobre el gesto desprendido e insignificante de la viuda del Evangelio (y de aquella viejita que yo mismo vi con mis mismos ojos…)

Medité: Jesús logra notar el pequeño gesto de esta viuda. Y después de haberla visto la pone al centro de la atención de sus discípulos, dando el verdadero sentido de su gesto: “esta viuda, así pobre, ha echado en el tesoro más que todos los demás.” La viuda en efecto echa en el tesoro todo lo que posee, como señal de condivisión con otros pobres como ella.

Es un gran gesto de fe. Son los verdaderos milagros de solidaridad, de hermandad, de generosidad. Delante de la desgracia que golpea a uno de ellos, delante de las dificultades de una familia que no sabe dónde más romperse la cabeza para conseguir un poco de dinero en la necesidad de llevar al hospital un enfermo grave (un niño con malaria o una joven embaraza con complicaciones) y como poder comprar las costosas medicinas; el poco que cada uno tiene logra solucionar un problema que parecía insoluble. Y aquel poco que dan, que para muchos de ellos, es todo. Todo lo que tienen a disposición, todo lo que puede constituir algo seguridad, todo lo que puede alejar un  mañana el espectro del hambre… Es por eso que hablo de milagro: el gesto maravilloso de quien “ama” realmente y da todo, no solo lo superfluo.

Jesús logra ver lo que escapa delante de los ojos de los más: la generosidad, el desprendimiento, el amor, que es la parte más importante del dar. Quizás porque Jesús sabe reconocer y valorar cada momento en que nos dejamos llevar de pequeños actos de bondad, de verdaderos gestos de caridad, sin hacer tanto ruido o refunfuñar.

¿Y nosotros, tantas veces, inmersos en el consumismo, hinchados de lo superfluo, que podemos donar?

“Da y recibirás”. Quien tiene el coraje de dar, no se asombrará de recibir todo lo necesario y mucho más, no nos queda otra que probar y constatar que así es.

¿Qué debemos dar…? Lo necesario, lo justo… No hay solo necesidad de moneditas de 50 centavos o un peso, de un paquete de harina, arroz, polenta o de vestidos usados. Hay por ahí mucha necesidad de ternura, de sonrisas, de solidaridad, de fraternidad, a lo mejor de una visita o de una llamada telefónica robada a nuestra prisa, de una hora de compañía sustraída a nuestro valioso tiempo… tenemos tantas cosas que podemos dar a quién tiene menos que nosotros.

¡Todos tenemos dos moneditas!!! Vasta compartirlas generosamente, con humildad, discretamente, sólo por amor… (“El hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón” 1Sam 16,7).

No hay vida insignificante o demasiado pequeña, nadie es tan pobre o débil, nadie esta así de vacío de no poder compartir la riqueza de las experiencias, las intuiciones, las fuerzas del corazón, las energías de la mente, el secreto de la belleza que ha visto y gozado, los motivos de su alegría, los porque de su fe.

Lo que cuenta no es el dinero, sino cuanto amor ha sido puesto, cuanta vida contiene, el dar. El Evangelio se reduce en un vaso de agua fresca, dado solo por amor: toda la fe está en dos monedas, dadas con todo el corazón.

He aquí como podemos decir quiénes somos a quien no cree y a quien es de una otra fe y cultura: del amor concreto y de la solidaridad onerosa.

Los saludo con un abrazo y una sonrisa llena de paz y bondad.

p. Marcelo De Losa, imc
misionero del Consolado en África

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