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Homilía del Obispo Diocesano en la Solemnidad del Corpus Christi 2010

Misterio que fortalece y atraviesa en su amor los corazones

Jesús en la Eucaristía, no sólo está presente realmente, sino que está presente como cuerpo partido y sangre derramada. En este sentido, la fiesta del Corpus Christi es la fiesta de un  cuerpo que puede mostrar las heridas, la fiesta de un cuerpo que ha quedado exánime en la cruz y que de cuyo costado dormido nacen los sacramentos de la Iglesia.

El costado de Cristo atravesado es llevado en medio del pueblo de Dios en estos divinos misterios, que atraviesan no solo nuestras calles y nuestras plazas, sino los corazones; el amor de Jesús Eucaristía atraviesa los corazones: que se dejan traspasar, en la distintas situaciones de sufrimiento, enfermedad, postración, marginación y exclusión porque Él ha querido redimir al género humano.
Nos alegramos y regocijamos en la fiesta del Corpus pues esta presencia real de la Eucaristía nos atrae hacia la unidad, nos hace sentir más hermanos. Al atravesar nuestros barrios, el amor de Cristo Eucaristía nos expresa también la cercanía de la Iglesia, una Iglesia misionera, que porque se siente discípula no se adueña del misterio del amor, sino que lo comparte y es capaz de acompañarlo por las distintas situaciones, muchas de ellas de extrema soledad y miseria, que viven nuestros barrios, nuestras familias… Como peregrinos en medio de nuestro pueblo nos emocionamos ante los que lo admiran con asombro, y aunque sin entender demasiado, con su respeto obsequioso también adoran al Señor del Amor.

Este es el Misterio de la Fe

El apóstol Pablo nos dice que la fe entra por el oído, y predica y transmite a su vez a los Corintios las palabras de la última cena: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”, verdaderamente es el misterio de fe, como expresamos en la liturgia eucarística justo después de la consagración: “este es el misterio de la fe”. Es un misterio magnífico. No tanto en el sentido de que no se entiende con la inteligencia por ser una realidad misteriosa, sino porque se trata de un signo extraordinario del amor de Dios. Es el misterio de una continua y muy particular presencia.

El partir el pan es una revelación objetiva de su amor hacia mí, un re-cuerdo, lo llevo en mi corazón, al centro de mi persona y me dejo interpelar tratando de responder. La fe es este diálogo que se hace vida común, su amor que se hace mi pan y mi alimento .

Denles ustedes de comer

San Lucas nos presenta a los discípulos que, ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles dedicados al servicio de las mesas, ahora que el sol declina, se dirigen a Jesús para que despida a la gente. En ves de acompañar, contener, desde esta gozosa realidad del encuentro, prefieren despedir, no comprometerse, no quieren asumir el riesgo. Ellos no saben que Dios además de entregarnos su palabra, nos quería también dejar el pan de vida, su propio cuerpo.

En boca de Jesús escuchamos el mismo imperativo de Dios al profeta Eliseo : Denles ustedes de comer, los apóstoles tienen buena voluntad, pero hacen cálculos que nunca podrán cerrarles, porque los comensales son muchos y lo que hay es tan poco.  De esto saben muchas abuelas y madres cuando deben confiarse a la providencia de Dios, porque lo que hay en casa no alcanza para todos; ¿con qué daremos de comer la próxima semana?, se preguntan las mujeres que atienden los comedores de niños o ancianos, cuando la partida no llega, y entonces, resurge la fe y la confianza en la providencia, que es una gracia de nuestro pueblo, que pese a las dificultades no deja de ser solidario.
Lo poco en las manos de Jesús alcanza y sobra, los cinco mil formando una masa de gente, ahora son agrupados, ordenados de a cien o de a cincuenta, pueden verse la cara, se reconocen; es que por la palabra de Dios lo que esta desbordado y desordenado, se transforma en momento de comunión, lo no reconocido adquiere identidad, momento de fraternidad, de entrega y de fe, donde hay lugar para que todos puedan compartir.
Lo comen recostados, dice el evangelista; nos recuerda el descanso que uno encuentra en Dios. El pueblo elegido comió el pan y el cordero de pie, debían andar, ahora nosotros compartimos la fiesta de la comunidad, serenamente, sin apuros. Es nuestro verdadero descanso de la semana, cercanos los unos de los otros, recostados en la oración y la fe de la Iglesia, recostados en el  misterio desde esta paz que nos trae la Eucaristía, que nos permite reunirnos en asamblea litúrgica para celebrar ante un único altar.

El Día del Señor: la adoración

Es preciso insistir, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana . Pensemos cómo nos preparamos para participar de la misa del domingo: distraídamente, ansiosamente, a las corridas, llegando cuando ha empezado la misa, no dándome un tiempo de reposo en el Señor, con la curiosidad de la última charla, o el resultado del partido de fútbol…
En muchas comunidades, antes del momento de la comunión, se exhorta cuidadosamente a los fieles desde la doctrina, para que reflexionen sobre la dignidad del sacramento que van a recibir; desearíamos que también al finalizar la distribución de la Eucaristía, se acompañe a los que no han recibido el sacramento con la comunión espiritual, con un texto adecuado que pueda ir repitiendo con unción toda la asamblea.
Agradecemos al Señor la creación de dos nuevas parroquias providencialmente en el domingo de la Solemnidad del Corpus Christi: una de las cuales estará bajo la advocación del Santísimo Sacramento.
En esta año del sacerdocio, deseamos valorar este ministerio encomendado por Jesús a ustedes sacerdotes: sigamos celebrando el Sacrificio eucarístico con el esmero que se merece, dando a Jesús presente en la Eucaristía e incluso fuera de la misa, un culto de adoración digno de un Misterio tan grande. Conozco de sus momentos de adoración frente al sagrario, sepan que no pierden tiempo, sino que lo ganan, para que seamos los pastores que rezan mucho por su pueblo.

Los jóvenes y la Eucaristía

El año pasado les hablé de la misión con los jóvenes. Desde su cercanía generacional y con el compromiso de los adultos, asumimos este desafío que es la prioridad diocesana: Con un espíritu de apertura, cercanía y encuentro llegar a los adolescentes y jóvenes que no vienen a nuestras capillas, a las parroquias.

Hoy el dialogo con los jóvenes nos exige bajar al llano, salir de nuestra comunidad, para descubrir sus lugares, sus códigos, sus horarios, sus intereses…. y entonces sí, presentarles a Jesucristo, principio, centro y culmen de nuestras vidas y de sus vidas.
Desde la pastoral juvenil diocesana queremos llegar también a los jóvenes y adolescentes que están en nuestras comunidades y movimientos, para aunar esfuerzos, conocernos, comunicarnos mejor, como un servicio de acompañamiento, frente a los tiempos de riesgo y los momentos dolorosos que viven tantos adolescentes y jóvenes.
Es nuestro deseo que nuestros jóvenes sean cada vez más entregados a sus hermanos como misioneros en el mundo, en el estudio, en el trabajo, en las dificultades de la familia, en la solidaridad con otros jóvenes postergados u olvidados; los queremos cercanos y unidos, y para esto necesitamos que se vayan forjando como jóvenes eucarísticos. Que este pan de vida que reciben, en el amor de Cristo, sepan repartirlo con sus gestos, palabras, acciones; que sean el abrazo y la cercanía del Señor que se hace presente también en la humanidad de ustedes queridos jóvenes, ante la fractura, la deshumanización, y la contra cultura de la muerte que nos invade.
Pongan los ojos en El, Jesús es nuestra esperanza. Una esperanza que no defrauda, que es cierta, que nos va llenando el corazón de confianza, de apertura. Es un ir descentrándose de uno mismo para centrarse en Cristo. Entonces es posible el verdadero amor, la caridad no fingida…
Como argentinos, al comienzo de este bicentenario de la Patria, seamos hombres y mujeres de esperanza y tengamos confianza, porque esta “tarea de ser Nación”, de la cual nos hacemos cargo todos, con nuestro trabajo, con nuestros deseos de cada día, aún con nuestro mejor aporte, no depende solamente de nuestra audacia, no es apretando los dientes o frunciendo nuestros ceños que transformaremos nuestra dura realidad, tampoco desde la negativa detracción, sino abriendo de par en par nuestros corazones para que el misterio Eucarístico nos revitalice y agrande nuestra fe, esperanza y caridad.
Que María Nuestra Madre, mujer eucarística, Señora de la paz, nos siga animando a poner los ojos en El: porque Jesús pan de Vida es nuestra esperanza.  Por eso, este deseo de confiar y compartir se hizo canto y oración de nuestro pueblo  “¡Quédate con nosotros Jesús, que da miedo tanta oscuridad!; no es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan. ¡Quédate con nosotros, Señor, que hace falta un nuevo Emaús! La propuesta será compartir, como Vos, y en tu nombre, Jesús.” (Himno congreso Eucarístico Nacional).

+ Mons. Jorge Lugones sj
Obispo de Lomas de Zamora

Fausti S., Una comunidad lee el Evangelio de Lucas.

Hch 6,2

2 Re 4,42-43

M.N.D. Nº 9

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