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Homilía del Obispo Diocesano en la Coronación de la imagen con el Niño de Nuestra Señora de la Paz

La buena memoria  nos consolida como pueblo, porque da lugar a la esperanza, y en esta nuestra historia, a una esperanza que abrió caminos para recordar con gratitud el pasado, al deseo de vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro.

Ante las luchas intestinas entre argentinos, ante la distancia del centralismo porteño y el reclamo de las provincias, en las cercanías de Buenos Aires por la insistencia de los pobladores de las Lomas de Zamora, después de casi cuarenta años de exponer a las autoridades la petición de la fundación del pueblo, de la parroquia y del partido (así se estilaba en esa época) bajo la advocación de la Virgen de la paz. El 20 de agosto de 1860 se efectuaba la séptima petición para construir este templo de las lomas de Zamora. En diciembre del mismo año el gobernador de la Provincia Bartolomé Mitre puso la piedra fundante y el párroco de  San Miguel de Buenos Aires, canónigo Gabriel Fuentes  bendecía  las primeras zanjas abiertas para los cimientos.

El Bicentenario de la patria no es sólo el primer grito de libertad del 25 de mayo de 1810- sino también el deseo de ir plasmando y consolidando como nación la independencia iniciada en 1816. Pastoralmente creemos tambien que  ayudará como celebración prolongada durante el próximo sexecenio a seguir recordando y uniendo los acontecimentos  de los 200 años de la revolución de mayo y del Congreso de Tucumán: nuestra independencia nacional, y los 150 años de historia lomense, hasta el 2016.

La costumbre de representar a santa María virgen  ceñida con corona regia data ya de los tiempos del Concilio de Efeso (431), lo mismo en Oriente que en Occidente.

Hoy junto al Señor la coronamos. “A tu derecha está la Reina enjoyada con oro de ofir” reza la escritura. Y la imagen la contemplamos sentada con el niño, esta sentada en la cátedra en el trono, porque esta es su cátedra, esta es su casa.

Ella sabemos que no necesita de coronas materiales, pero nosotros como hijos suyos, que nos movemos desde  el sentido, necesitamos el  gesto que nos ayude a contemplar  a la Madre y Reina, para que se proyecte este gran deseo, de que verdaderamente: reine en nuestros corazones, queremos con este gesto que María reine en nuestros corazones, y que reine como Señora de la Paz; que nos ayude a cada uno a ser un poco más justos cada día.

Uno de los textos marianos más antiguos del N. T. Aparece en la carta a los Gálatas : “cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su hijo, nacido de mujer” .

Es un texto de la Palabra de Dios que genera en nosotros gran esperanza, no sólo porque nos habla de que ha llegado el tiempo de la redención, sino también por las palabras; “Nacido de mujer”, que nos hace entender dos cosas importantes: que Dios quiso meterse en la familia humana y la incorporación de María al proyecto salvífico de Dios.

Pero si gustamos este texto descubrimos también, no sólo la afirmación de la maternidad divina de María, sino el hecho de que ella, desde su tímida entrada en este amplio escenario bíblico, aparece al lado de un misionero: Jesucristo, se presenta en este texto como el gran enviado de Dios. El verbo “envió” es un término clásico para indicar La Misión; califica claramente al Hijo como enviado del Padre.

María Santísima se asoma entonces al mirador de la historia de la salvación, se manifiesta en público otra vez, asociada al gran misionero, como queriendo significar que uno de los rasgos fundamentales de su figura materna es el de la  misión.

Es por eso que la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Paz, antes de esta coronación, quiso misionar entre su pueblo, tantos testimonios recibidos a su paso por Parroquias y colegios, por las calles y las plazas, los andenes de las estaciones y las peatonales, desde el bullicio de los comercios al silencio de las capillas, es decir, donde se plasma el acontecer de la gente.

Hemos querido en este tiempo rezar en todas las comunidades junto a la Madre, por la paz entre los argentinos, ante la violencia domestica y la callejera, ante la crispación de los mayores y la venganza de los menores, ante el flagelo del alcohol que destruye y las zonas liberadas que intoxican y  fulminan a muchos, para que lucren unos pocos. Seguimos pidiendo por esta justicia demasiado largamente esperada.

Sabemos que en el Evangelio se encuentran muchos pasajes, que concretamente muestran su espíritu misionero. En el evangelio de la visitación es como si la Virgen se moviera bajo el impulso del mismo verbo: enviar, el que tocó a Gabriel: y  “fue enviado, el ángel de parte de Dios”. Fue enviado. Es fuerte el mandato de este verbo: y no habiéndose agotado con la venida del ángel a la tierra, descargó el dinamismo que le quedaba, en María, que se puso en marcha hacia las montañas de Judea. Es decir, también ella fue enviada. En el origen de su viaje resuena este verbo misionero que la Iglesia ha proclamado y ha ejercitado a lo largo de los siglos. María obedeció a este impulso misionero, y llevando a Cristo en su seno, se convirtió en su primera custodia, inauguró las procesiones del “Corpus Christi” y fue a llevar el anuncio de liberación a los parientes que estaban lejos.

En este y en otros pasajes cada vez que se habla de María lo relacionamos como la mensajera de la buena noticia. María es buena noticia que nos trae la buena nueva del Evangelio, por eso el pasaje de la Carta a los Gálatas nos presenta toda la fuerza teológica de su exordio: al lado de Cristo. Nosotros enviados, queremos salir del refugio seguro del templo, para ser enviados a los que no conocen la Buena Noticia de Jesús. Porque como enviada por Dios para la salvación del mundo la Iglesia existe para caminar, no para acomodarse.

Nómada como tú, Madre y Reina, pon en nuestro corazón una gran pasión por llevar el Evangelio a todo hombre. Madre caminante como tú, llénanos de ternura hacia los necesitados. Y haz que no nos preocupemos más que presentar a Jesucristo, como hiciste tú con los pastores, con los magos de oriente y con otros mil anónimos personajes que esperaban la redención.

Santa María Reina de la paz, que seamos una Iglesia misionera que partamos el pan de la Palabra a todo hermano; especialmente, a los que se sienten más lejos. Auxílianos en nuestro deseo misionero, restaura nuestro cansancio, protégenos de todo peligro, especialmente el de la prepotencia, la comodidad y el mirarnos a nosotros mismos.

Santa María haznos testigos de la alegría, de esa alegría sencilla de los que caminan el barrio y se sientan a perder el tiempo con el anciano, el débil, el sufriente, de los que se convierten en ministros de la escucha del adolescente crispado y del joven sólo, de la mujer golpeada o abandonada y del que no cuenta para nuestra eficiente sociedad indiferente. Que ante lo urgente de la caridad nos parezca pobre nuestra generosidad y lenta nuestra acción con los caídos del camino.

¡Madre y Reina de la paz queremos ser agradecidos!

¡Gracias por acercarnos a tu hijo!. Gracias porque con tu silencio nos hablás tan lindo. Gracias porque una y otra vez como cuando acarreabas el agua de la fuente, rogás a tu hijo por nuestro pueblo. Gracias por tu servicio a la vida. Gracias por ser mujer y por atender las súplicas de tantas madres, que hoy sienten que el camino se hace cuesta arriba, como el del calvario y encima está la cruz. Gracias Reina porque sos tan madre que los hombres nos sentimos niños frente a tu imagen, y nos haces más buenos.

Gracias porque hoy como en Belén, la casa del pan, tocás corazones buenos para compartir el pan. Gracias por tu humildad de reina y tu grandeza de sierva. Gracias porque sos nuestra mediadora en la difícil comprensión entre los hombres. Gracias por ser madre y Reina de la iglesia, que seguís amamantando hijos con tu ternura, porque tu manto co-redentor también a cubierto a nuestros muertos.

Gracias porque nos enseñas a ampararnos a la sombra del Espíritu y nos alientas con la Palabra.

Gracias también por ser Reina de la paz. Concédenos del Señor su paz, fruto de la justicia, la que el mundo no puede dar.

Te necesitamos Madre y Reina para que las palabras del Evangelio: El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, allí estará mi servidor… nos alienten a seguir sirviendo en la Iglesia, en la familia, en la comunidad. Que sepamos siempre darte un lugar, en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestro pueblo. Sé nuestra luz, como nos pide tu Hijo: Caminen mientras tengan luz no sea que las tinieblas, los sorprendan, porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz, y serán hijos de la luz.

Que la luz este presente siempre en nuestras vidas, sea presencia de tu Hijo que reina desde la cruz gloriosa. Presencia de la madre que acompañó al hijo hasta la gloria. Presencia en cada corazón que recibe  a Cristo redentor en la fe, lo saluda en la esperanza y lo vive en el amor.

Santa María reina de la Paz, mujer misionera, que no nos cansemos por los fracasos, líbranos de la resignación de los que se resisten a ser enviados, de los que dicen pero no hacen, y de los tranquilos, que no han sentido en el corazón, el resuello de las multitudes que todavía no conocen a Jesús.

Santa María Reina de la Paz te pedimos que intercedas ante los anhelos de pastoral planificada de nuestra Iglesia diocesana, líbranos de la tentación, pues tampoco ella es extraña a la palabra de más, que divide -al individualismo que fragmenta- al derrotismo que agobia, y a la exclusión que selecciona dentro del perímetro de sombra que proyecta el campanario.

Te lo pedimos para nosotros, que lejos de las discriminaciones, del egoísmo y del aislamiento, podamos estar siempre del lado de la vida, en el punto donde nace, crece y muere.

Santa María Reina de la Paz te lo pedimos para nuestra provincia, que trabajemos juntos echando las redes, que aunque pensemos distinto nos arremanguemos juntos, que los intereses partidistas no atomicen las voluntades.

Te lo pedimos para nuestras familias, para que el diálogo, el amor crucificado, la constancia y la ternura doméstica, hagan de ellas lugar privilegiado del compromiso cristiano y civil.

Te lo pedimos para nuestra patria y para el mundo entero, a fin de que la solidaridad de una mesa más grande vaya haciéndose eco entre los pueblos, deje de vivirse como un compromiso moral más y se reconozca como el único imperativo ético, donde la paz, fruto de la justicia, se convierta en meta ineludible.

Te rogamos que se lo pidas a  tu Hijo, por El, con El y en El, Pastor de las almas y Arriero de corazones, enviado del Padre, nacido de mujer. Amén

Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Paz, 22 de agosto de 2010.-

Mons Jorge Lugones SJ

Obispo de Lomas de Zamora
Gal. 4,4

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