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Mensaje del obispo de Lomas de Zamora con motivo de la Asamblea Diocesana de Laicos

Asamblea Diocesana de Laicos

26 de septiembre 2010

“Ven Espíritu Santo Creador y renueva nuestras mentes”

(“Veni creator”, s. IX)

Queridos laicos:

Hemos recibido de algunas de las Áreas Pastorales lo que consideran como un aporte al tema de “la realidad diocesana”. Me limitaré a referirme solo a algunos aspectos de la misma, sabiendo que esto no es todo lo que hay, un análisis completo surgirá del diagnóstico pastoral que se nos propondrá en un futuro: “Hacia una pastoral planificada”.

Respecto al crecimiento demográfico, hay sectores de nuestra diócesis con distinto grado de crecimiento demográfico. Un ejemplo es el aumento del 100% cada 10 años que se da en el llamado segundo cordón. En dicho cordón el crecimiento poblacional es producto, entre otras cosas- del déficit habitacional y de habitabilidad, con multiplicación de asentamientos sin ninguna infraestructura básica, motivado por la migración de países limítrofes y de las provincias del interior de nuestro país, cercano a las vías de comunicación del trabajo informal, saturando las estructuras socio sanitarias (salud-educación-servicios-seguridad) generando un desajuste tanto en el Estado, como en las empresas de servicios, que no llegan a tener un desarrollo y crecimiento planificado y ordenado, haciéndose casi imposible un correcto saneamiento del medio, con todos los traumas que ello conlleva.

Por otra parte, el llamado tercer cordón nos sorprende con la instalación creciente de barrios privados-cerrados, y la consecuente parafernalia de los shoppings y demás estrategias comerciales.

Desde lo social-pastoral surge el desafío del acompañamiento de la Iglesia como parte de la sociedad: ante los excluidos y la inequidad social que genera la marginación, necesitamos fortalecer  el trabajo en conjunto, en red con todas las organizaciones sociales-culturales y religiosas del medio.

Deseamos ser artesanos del diálogo, evitando el individualismo. Notamos falta de vinculación con la gente, en especial con los jóvenes, no hay contacto con  “la calle”, es decir con la realidad social. La sociedad en su mayoría desconoce nuestra tarea.

En lo estrictamente cultual vemos una afluencia a nuestros templos céntricos de adultos mayores, con un considerable ausentismo de jóvenes. Lo opuesto se da en las periferias donde la concurrencia de niños, adolescentes y jóvenes se acrecienta.

En algunas parroquias y sus capillas están casi ausentes las expresiones del laicado organizado.

Respecto a la misión, vemos con agrado los esfuerzos con creatividad de algunas parroquias para despertar y sostener la fe de nuestra gente, desde la “religiosidad popular” hasta la formación de grupos domiciliarios de reflexión del evangelio. Por otra parte, observamos con cierta perplejidad la variedad de grupos que misionan hacia el interior del país, frente a la necesidad y urgencia que tienen amplias zonas de nuestra diócesis de ser misionadas, en el sentido estricto de la palabra, más el desafío misional de las llamadas “tribus urbanas”.

Respecto a la catequesis, reconocemos el compromiso de nuestros agentes de pastoral, pero contrasta con la dificultad para cubrir en capillas y parroquias los grupos que tienen. Analizaremos algunos puntos negativos, pues hemos expuesto algunos de los aspectos más positivos en los encuentros por vicarías.

Hay desorientación respecto al método, se aferran a lo que creen seguro pero experimentan que no es válido para suscitar y acompañar la madurez en la fe con sentido apostólico.

Las comunidades tienen dificultades para asumir una pastoral armónica, en comunión, no se sabe planificar y no se cree en el valor de la planificación. El estilo “espontáneo” y marcadamente “afectivo”,  es el que gana.

La crisis de autoridad y del entramado social (individualismo) también crea obstáculos en la Iglesia. La experiencia de una forma de vida que “desborda” con sus exigencias y que no se logra adecuar a los requerimientos de una forma de vida con tiempos y espacios más humanos, quita fuerzas y posibilidades para “estar en las cosas del Padre” y participar en grupos sociales y/o eclesiales. La inseguridad también crea obstáculos para la tarea pastoral.

Muchas veces, las diferencias entre los agentes se vuelven irreconciliables y rompen la comunión, el diálogo sincero y cercano se hace difícil.

En general no hay conciencia de la necesidad de profundización y explicitación permanente de la fe. En muchos casos la fe es un cuerpo de doctrina que una vez aprendido sólo hay que repetirlo correctamente. No se asume que la fe que se cree, se vive, se celebra y anuncia: es un Dios vivo y encarnado.

Se teme hacer una crítica objetiva a conciencia. No se sabe qué pensar de lo que se dice de la Iglesia, no hay un discernimiento personal, ni comunitario, se tiene miedo al error, por lo que tampoco se forma a los catequizandos para hacer opciones personales.

En mi visita a los colegios confesionales y algunos del Estado, me ha sorprendido el compromiso de sus docentes para con los educandos, haciéndose cargo muchas veces de situaciones límites por ausentismo de los padres. He encontrado directivos y docentes formadores, y con una sensibilidad y compromiso admirable, para la contención de niños, adolescentes y jóvenes.

Por otra parte, se constata una crisis en las comunidades educativas confesionales a nivel pedagógico, económico, organizativo, teniendo una importancia relevante la falta de proyectos educativo-pastorales y dificultades para conformar una verdadera comunidad educativa.

Tenemos un laicado que desea comprometerse pero no siempre logra plasmarlo objetivamente. Por otra parte, notamos que tanto las cofradías, asociaciones, movimientos, han quedado como aletargados en el tiempo, ¿Tal vez tienen que ver con las denominadas “estructuras caducas”?. Otros han preferido abroquelarse en sus métodos y glorias de tiempos pretéritos. No han podido adaptarse a “tiempos lugares y personas”.

Se habla de “estructuras caducas” pero no han surgido estructuras que suplanten las anteriores. No se encuentra un espacio de coordinación general de las estructuras (léase pastorales, Departamentos, Secretariados, Consejos…) que encuadre y oriente la línea  del horizonte a donde vamos. Hemos destinado, por la crisis,  los recursos humanos a la atención pastoral de las parroquias, y nos hemos quedado sin un equipo de laicos que puedan pensar en iluminar las realidades temporales e influir en la toma de decisiones culturales.

No hay nadie que atienda las organizaciones laicales no eclesiales. Se desconoce la fuerza creciente del tercer sector (Organizaciones No Gubernamentales). No hay una decisión firme de capacitarnos en atender esa nueva realidad.

Nuestra diócesis tiene cerca de 35 instituciones y movimientos. Unos 10 (aproximadamente) con presencia diocesana y otros que son sólo expresión de alguna comunidad. Los miembros que participan son cada vez menos, y es en los grupos de jóvenes, donde en los últimos 10 años, se ha evidenciado más la disminución numérica.

Una gran parte de la dirigencia esta tomando conciencia de la crisis que nos impide llegar al hombre de hoy. Pareciera un punto positivo, ya que permite ponerse a pensar en nuevos caminos y expresiones…

Nuestras estructuras militantes no se observan asimismo como vectores del cambio social, ni asumen “la política” como estrategia de cambio y gestión de lo público.

Notamos esfuerzos en la línea de la “conversión pastoral” que promete un aire renovado, como un viento fresco después de un tiempo tórrido, que nos cambie el aire, un tanto enrarecido por la inercia, ante los tiempos tan cambiantes.

Pese a lo negativo que puedan parecer algunos aspectos de nuestra realidad diocesana, ella, como laicos en la sociedad, nos plantea el desafío fundamental: frente al individualismo y la generalizada ruptura de los vínculos, esta asamblea se nos ofrece como una oportunidad para dar respuesta a esta realidad.

El obispo confía en la apertura de ustedes queridos laicos y desea acompañarlos; lo expreso con las palabras de San Agustín: “No les pido que pongan su esperanza en mí, sino que pongan su esperanza en Dios conmigo”.

Un tema que nos urge son los adolescentes y jóvenes: hay que tener mucha paciencia con el joven que, desde muchos puntos de vista, puede tener rotas las estructuras y ser incapaz de dar un sí definitivo. Vive en un mundo demasiado existencialista. Pero si encuentra alguien que le sea fiel, descubrirá poco a poco lo que es la fidelidad y entonces se podrá comprometer .

En este último tiempo la Iglesia ha sentido la necesidad de exhortar a los laicos a comprometerse en la construcción de la ciudad temporal. Se hace urgente una presencia más directa y específica del laico cristiano, en la sociedad, para la promoción de la persona y del bien común.

El desajuste entre el poder público –local, regional, nacional- y la sociedad, es preocupante. La gente no se siente interpretada ni representada.

La crisis de las instituciones viene de lejos: es crisis de sentido, de proyectos que no tienen prospectiva de país.

El laico es quien, formando parte de este pueblo fiel de Dios, está inmerso en el mundo, pero sin ser del mundo.

La vocación específica de ustedes consiste en manifestar a Cristo en sus vidas e introducir el Evangelio, como una levadura, en la realidad del mundo en que viven y trabajan.

A los laicos les corresponde ordenar las realidades temporales según la voluntad de Dios, en el vasto campo de la cultura, de la vida económica y social y de la acción política.

Pertenencia implica sentirnos parte, no sólo geográficamente, sino de una comunidad, de un pueblo peregrino que es la Iglesia, constituido por todos los bautizados, llamados a la santidad.

La eficacia “social” de la acción del laico en el mundo está, ante todo, condicionada por su santidad. La cual no consiste en una piedad sentimental o en la realización de algunas prácticas religiosas, sino que depende de una fe profunda y viva, de una auténtica esperanza cristiana y de una caridad que sea capaz de hacer comprender “desde adentro” los problemas de la sociedad, que ayude a resolverlos según la justicia y que alimente la generosidad indispensable para que el amor al prójimo se transforme en obras concretas dirigidas a transformar la sociedad respetando a cada hombre .

La santidad del cristiano significa capacidad de vivir la vida de la gracia, de modo que la sociedad vea la “bondad” de sus obras; esto es el espíritu, el empeño, el esfuerzo, su sensibilidad para afrontar los problemas, y así dar gloria al Padre que está en los Cielos.

Les pido que abran el corazón y las comunidades a otros laicos, que no les hagan “pagar derecho de piso”, que sean fraternos y cercanos, mostraremos así al mundo un “rostro de Iglesia local”: creíble por su cercanía, abierta por su hospitalidad y testimonial, por su espíritu de sacrificio.

Quiero agradecer de corazón la presencia de ustedes que han dejado hoy personas y cosas importantes, para que esta Asamblea Diocesana de Laicos sea fructífera, nos ayude a la reflexión, nos anime a la acción y nos confirme en la fe de una comunidad, que desea anunciar y vivir el Evangelio, en medio de las luces y sombras de nuestra compleja realidad.

Que Nuestra Señora Reina de La Paz los cuide.

Mons. Jorge Lugones sj

Vanier J., La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta.

Villalba L. “El laico y su responsabilidad en el mundo temporal”. Encuentro Interdiocesano de ACA. Tucumán. 2005

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