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Mensaje de S.S. Benedicto XVI por la Jornada Mundial de Oraci?n por las vocaciones

Martes 24 de abril de 2007

Venerados Hermanos en el Episcopado,

queridos hermanos y hermanas:

La Jornada Mundial de Oraci?n por las vocaciones de cada a?o ofrece una buena oportunidad para subrayar la
importancia de las vocaciones en la vida y en la misi?n de la Iglesia, e intensificar la oraci?n para que aumenten
en n?mero y en calidad. Para la pr?xima Jornada propongo a la atenci?n de todo el pueblo de Dios este tema, nunca
m?s actual: la vocaci?n al servicio de la Iglesia comuni?n.

El a?o pasado, al comenzar un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias generales de los mi?rcoles, dedicado a la
relaci?n entre Cristo y la Iglesia, se?al? que la primera comunidad cristiana se constituy?, en su n?cleo
originario, cuando algunos pescadores de Galilea, habiendo encontrado a Jes?s, se dejaron cautivar por su mirada,
por su voz, y acogieron su apremiante invitaci?n: ?Seguidme, os har? pescadores de hombres? (Mc 1, 17; cf Mt 4,
19). En realidad, Dios siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de manera m?s directa con ?l en la
realizaci?n de su plan de salvaci?n. En el Antiguo Testamento al comienzo llam? a Abrah?n para formar ?un gran
pueblo? (Gn 12, 2), y luego a Mois?s para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf Ex 3, 10). Design?
despu?s a otros personajes, especialmente los profetas, para defender y mantener viva la alianza con su pueblo. En
el Nuevo Testamento, Jes?s, el Mes?as prometido, invit? personalmente a los Ap?stoles a estar con ?l (cf Mc 3, 14)
y compartir su misi?n. En la ?ltima Cena, confi?ndoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y
resurrecci?n hasta su glorioso retorno al final de los tiempos, dirigi? por ellos al Padre esta ardiente
invocaci?n: ?Les he dado a conocer qui?n eres, y continuar? d?ndote a conocer, para que el amor con que me amaste
pueda estar tambi?n en ellos, y yo mismo est? con ellos? (Jn 17, 26). La misi?n de la Iglesia se funda por tanto en
una ?ntima y fiel comuni?n con Dios.

La Constituci?n Lumen gentium del Concilio Vaticano II describe la Iglesia como ?un pueblo reunido por la unidad
del Padre y del Hijo y del Esp?ritu Santo? (n. 4), en el cual se refleja el misterio mismo de Dios. Esto comporta
que en ?l se refleja el amor trinitario y, gracias a la obra del Esp?ritu Santo, todos sus miembros forman ?un solo
cuerpo y un solo esp?ritu? en Cristo. Sobre todo cuando se congrega para la Eucarist?a ese pueblo, org?nicamente
estructurado bajo la gu?a de sus Pastores, vive el misterio de la comuni?n con Dios y con los hermanos. La
Eucarist?a es el manantial de aquella unidad eclesial por la que Jes?s or? en la vigilia de su pasi?n: ?Padre? que
tambi?n ellos est?n unidos a nosotros; de este modo, el mundo podr? creer que t? me has enviado? (Jn 17, 21). Esa
intensa comuni?n favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el coraz?n del
creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino. Para promover
vocaciones es por tanto importante una pastoral atenta al misterio de la Iglesia!comuni?n, porque quien vive en una
comunidad eclesial concorde, corresponsable, atenta, aprende ciertamente con m?s facilidad a discernir la llamada
del Se?or. El cuidado de las vocaciones, exige por tanto una constante ?educaci?n? para escuchar la voz de Dios,
como hizo El? que ayud? a Samuel a captar lo que Dios le ped?a y a realizarlo con prontitud (cf 1 Sam 3, 9). La
escucha d?cil y fiel s?lo puede darse en un clima de ?ntima comuni?n con Dios. Que se realiza ante todo en la
oraci?n. Seg?n el expl?cito mandato del Se?or, hemos de implorar el don de la vocaci?n en primer lugar rezando
incansablemente y juntos al ?due?o de la mies?. La invitaci?n est? en plural: ?Rogad por tanto al due?o de la mies
que env?e obreros a su mies? (Mt 9, 38). Esta invitaci?n del Se?or se corresponde plenamente con el estilo del
?Padrenuestro? (Mt 9, 38), oraci?n que ?l nos ense?? y que constituye una ?s?ntesis del todo el Evangelio?, seg?n
la conocida expresi?n de Tertuliano (cf De Oratione, 1, 6: CCL 1, 258). En esta perspectiva es iluminadora tambi?n
otra expresi?n de Jes?s: ?Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la
obtendr?n de mi Padre celestial? (Mt 18, 19). El buen Pastor nos invita pues a rezar al Padre celestial, a rezar
unidos y con insistencia, para que ?l env?e vocaciones al servici? de la Iglesia!comuni?n.

Recogiendo la experiencia pastoral de siglos pasados, el Concilio Vaticano II puso de manifiesto la importancia de
educar a los futuros presb?teros en una aut?ntica comuni?n eclesial. Leemos a este prop?sito en Presbyterorum
ordinis: ?Los presb?teros, ejerciendo seg?n su parte de autoridad el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, re?nen, en
nombre del obispo, a la familia de Dios, como una fraternidad un?nime, y la conducen a Dios Padre por medio de
Cristo en el Esp?ritu Santo? (n. 6). Se hace eco de la afirmaci?n del Concilio, la Exhortaci?n apost?lica
post!sinodal Pastores dabo vobis, subrayando que el sacerdote ?es servidor de la Iglesia comuni?n porque !unido al
Obispo y en estrecha relaci?n con el presbiterio! construye la unidad de la comunidad eclesial en la armon?a de las
diversas vocaciones, carismas y servicios? (n. 16). Es indispensable que en el pueblo cristiano todo ministerio y
carisma est? orientado hacia la plena comuni?n, y el obispo y los presb?teros han de favorecerla en armon?a con
toda otra vocaci?n y servicio eclesial. Incluso la vida consagrada, por ejemplo, en su proprium est? al servicio de
esta comuni?n, como se?ala la Exhortaci?n apost?lica post!sinodal Vita consecrata de mi venerado Predecesor Juan
Pablo II: ?La vida consagrada posee ciertamente el m?rito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la
Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesi?n de la Trinidad. Con la constante promoci?n del amor fraterno
en la forma de vida com?n, la vida consagrada pone de manifiesto que la participaci?n en la comuni?n trinitaria
puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad? (n. 41).

En el centro de toda comunidad cristiana est? la Eucarist?a, fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Quien se
pone al servicio del Evangelio, si vive de la Eucarist?a, avanza en el amor a Dios y al pr?jimo y contribuye as? a
construir la Iglesia como comuni?n. Cabe afirmar que ?el amor eucar?stico? motiva y fundamenta la actividad
vocacional de toda la Iglesia, porque como he escrito en la Enc?clica Deus caritas est, las vocaciones al
sacerdocio y a los otros ministerios y servicios florecen dentro del pueblo de Dios all? donde hay hombres en los
cuales Cristo se vislumbra a trav?s de su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la Eucarist?a. Y eso
porque ?en la liturgia de la Iglesia, en su oraci?n, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor
de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos tambi?n a reconocerla en nuestra vida cotidiana. ?l
nos ha amado primero y sigue am?ndonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder tambi?n con el amor? (n.
17).

Nos dirigimos, finalmente, a Mar?a, que anim? la primera comunidad en la que ?todos perseveraban un?nimes en la
oraci?n? (cf Hch 1, 14), para que ayude a la Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la Trinidad, signo elocuente
del amor divino a todos los hombres. La Virgen, que respondi? con prontitud a la llamada del Padre diciendo: ?Aqu?
est? la esclava del Se?or? (Lc 1, 38), interceda para que no falten en el pueblo cristiano servidores de la alegr?a
divina: sacerdotes que, en comuni?n con sus Obispos, anuncien fielmente el Evangelio y celebren los sacramentos,
cuidando al pueblo de Dios, y est?n dispuestos a evangelizar a toda la humanidad. Que ella consiga que tambi?n en
nuestro tiempo aumente el n?mero de las personas consagradas, que vayan contracorriente, viviendo los consejos
evang?licos de pobreza, castidad y obediencia, y den testimonio prof?tico de Cristo y de su mensaje liberador de
salvaci?n. Queridos hermanos y hermanas a los que el Se?or llama a vocaciones particulares en la Iglesia, quiero
encomendaros de manera especial a Mar?a, para que ella que comprendi? mejor que nadie el sentido de las palabras de
Jes?s: ?Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en pr?ctica? (Lc 8, 21), os
ense?e a escuchar a su divino Hijo. Que os ayude a decir con la vida: ?Aqu? estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad?
(Heb 10, 7). Con estos deseos para cada uno, mi recuerdo especial en la oraci?n y mi bendici?n de coraz?n para
todos.

Vaticano, 10 febrero 2007

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