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Mensaje para la Navidad 2010 de Monseñor Jorge Lugones, obispo de Lomas de Zamora.

“Anunciar a Jesús, es nuestro gozo”

En los sinsabores de la vida vamos llevando nuestra carga;
una alforja de penas y otra de trabajos; pero en medio,
la alegría de Dios que vamos gritando día y noche,
como un pregón.

Queridas comunidades de nuestra diócesis de Lomas de Zamora, y hombres y mujeres de buena voluntad que residen en los municipios de Almirante Brown, Esteban Echeverría, Ezeiza, Lomas de Zamora, Presidente Perón y San Vicente: deseo expresarles mi más cordial cercanía.

Se acerca la navidad y todos pensamos un poco más en Dios y en el año que se termina. Tal vez nos quedaron proyectos, cosas por hacer, perdones que dar o pedir… Pero no nos quedemos sólo en las cosas que no fueron, dejemos que nuestra fe, esa que nos inculcaron nuestros padres, abuelos y padrinos, brote junto a nuestro deseo religioso de acudir a Dios, para agradecerle, pedirle, hablarle, cuestionarle o simplemente estar con Él, en silencio.

Silencio también había aquella tarde en que un mensajero de Dios llegó a la casa de la Virgen María. Contemplamos la presencia gozosa del ángel que recibe la misión de realizar el gran anuncio; nos rodea la alegría angelical de Gabriel, enviado a la tierra con la más grande y hermosa de las noticias: Concebirás y darás a luz un hijo que será llamado Hijo de Dios.

El gozo y el consuelo, como el niño que viene y está por nacer, es imparable porque nos permite dar a luz la alegría de Dios con nosotros, el gozo de haberlo encontrado y poder anunciarlo.

El mensaje del ángel se inicia con la exclamación ¡Alégrate, María! Es una invitación al regocijo personal, pero que supera lo propio para hacerse de todos; es universal, es decir, el niño no será solamente tuyo, será de todos, porque así lo dispone Dios; por eso, ¡alégrate! Porque la alegría es para anunciarla, para compartirla.

Y hay fiesta en el cielo porque la alegría es incontenible, lo trasciende todo, lo puede todo, y lo facilita todo. Y los ángeles no pueden dejar de contagiar este gozo y anunciarlo a la tierra sombría, entristecida y que ya no espera nada, porque ha perdido el rumbo: Y llegó el tiempo de Dios pa salú de los mortales, como un pimpollo que sale floreció el Divino Niño, y la Virgen con cariño lo envolvió con los pañales.

Alegría: de “Dios con nosotros” y en medio de nosotros en la sonrisa tierna del Niño Dios que nos abre la puerta de su corazón, porque Él es la puerta de la salvación.

Como dice el poeta: Alegría que nos brota, vaya a saber de qué vertiente escondida.

El Dios de la vida nos recrea en navidad, desde su debilidad e impotencia de recién nacido, y nos cuestiona ante la vida no nacida, ante el drama de adolescentes que no han recibido el cariño, la escucha, la palabra a tiempo y la contención que les haga valorar su propia vida y toda vida; ante un facilismo que propone sólo la satisfacción particular, por encima de todo, aún de la propia familia. Se hace cuesta arriba llevar el anuncio con gozo, cuando los adultos somos los que “hacemos la nuestra” y encima creemos que distraídamente podemos mirar para otro lado y justificarnos.

La alegría mira de frente la vida y la muerte. Es fruto del Espíritu. Una paz en el fondo de toda inquietud; una seguridad en medio de toda duda.

Navidad también es dejarse sorprender por el Espíritu Santo, quien suscita en nosotros las buenas inclinaciones. Dejémoslo actuar, no le pongamos trabas, no lo entristezcamos (Ef 4, 30), permitamos que esas buenas inclinaciones triunfen sobre nuestra propias negatividades. Que esa parte enojada que exige amor, se deje amar por esa otra parte que dentro de nosotros es capaz de dar amor.

Los hombres somos unos seres tristes, insatisfechos y poco seguros. Hacemos ruidos para disimular la melancolía y el miedo; al fin tristes, porque no somos buenos y hemos perdido el arte de “vivir desde adentro”.

María y José ante el niño, “viven desde adentro”, en el pesebre han abierto su corazón a Dios, y Dios los mira ahora “de más cerquita”, familiarmente. Pese a semejante regalo, para ellos las cosas no parecen ser más fáciles, al contrario, deben pasar por la dura prueba de la soledad, la exclusión, la pobreza, la desocupación, la lejanía de sus parientes y amigos, la violencia de Herodes, el destierro… Y sin embargo, sacarán lo mejor de ellos mismos desde su confianza en Dios, que no les simplifica todo, pero sí les da muestras de su amor, de su predilección, de su compañía en medio del desierto de las pruebas, saben que Dios siempre está con ellos.

Los primeros cristianos vivían alegres en medio de malos vientos: hablaban con Dios, con el Dios de la alegría y servían a Dios con alegría, como dice el salmo. Anunciar a Jesús era su gozo.

En navidad queremos acercar nuestro corazón al pesebre, viendo al niñito Dios sonreír y, como Él, abrirnos a la alegría que nunca nos defrauda. Contamos con Él, por eso, lo buscamos nosotros pero Él nos encuentra, y se hace encontradizo.

Él es la ternura que nos llena de alegría y es la Palabra que nos colma, nos consuela, nos trae la Paz, y nos envía, nos misiona.

Por eso repetimos que ¡anunciar a Jesús es nuestro gozo!

¡Feliz Navidad para todos!

+ MONS. JORGE R. LUGONES SJ
Obispo de Lomas de Zamora

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