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El cardenal Bergoglio dice que hay que rezar

Cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos AiresBuenos Aires, 1 Ago. 07 (AICA) En las misas celebradas el pasado fin de semana se leyeron unas lecturas en las que se habla de la oración y del poder que ésta tiene. En el Génesis se presenta a Abraham que insiste ante Dios para que no castigue a Sodoma, y en el Evangelio a Jesús que les enseña a sus apóstoles a rezar el Padrenuestro y a pedir a Dios con insistencia, porque “al que pide se le dará, al que llame se le abrirá, y el que busca encontrará”.

En el silencio de su recoleto departamento en el edificio de la Curia Eclesiástica, el mismo domingo 29 de julio, el cardenal Bergoglio se sintió movido -él mismo lo confiesa- a escribir una carta sobre la oración, el arma más poderosa con que cuenta un cristiano.

No es una carta pastoral dirigida a todo el Pueblo de Dios, o a los hombres de buena voluntad, como en otras ocasiones, sino más bien una epístola de carácter casi intimista, dirigida “a los sacerdotes, y a los consagrados y consagradas de la arquidiócesis”.

“La meditación de las lecturas de este domingo me movieron a escribirles esta carta”, comienza diciendo, y agrega: “No sé bien el porqué pero sentí un fuerte impulso a hacerlo”.

Enseguida entra en el meollo de la cuestión, interrogando e interrogándose: ¿rezo? ¿rezamos lo suficiente, lo necesario? A lo largo de la carta hay otros interrogantes, puestos ex profeso para provocar la reflexión y la meditación.

Así, tras plantear “la cantidad y calidad de los problemas con que nos enfrentamos cada día que nos llevan a la acción”, y que “llegamos a la noche cansados por la actividad desplegada”, a lo que se agrega “el peso, cuando no la angustia, de una civilización pagana que pregona sus principios y sus sedicentes ‘valores’ con tal desfachatez y seguridad de sí misma que nos hace tambalear en nuestras convicciones”, al final del día “solemos llegar maltrechos y, sin darnos cuenta, … se nos arruga el alma y asoma la pusilanimidad”, el Pastor porteño les plantea a sus sacerdotes, religiosos y consagrados otro interrogante: “¿No será que pretendemos hacer nosotros solos todas las cosas y nos sentimos desenfocadamente responsables de las soluciones a aportar? ¿le damos espacio al Señor? ¿le dejo tiempo en mi jornada para que Él actúe?, ¿o estoy tan ocupado en hacer yo las cosas que no me acuerdo de dejarlo entrar?

Enseguida instala el ejemplo de Abraham, que “se sintió responsable de su pueblo y no se quedó tranquilo con un solo pedido de perdón, sino que sintió que debía interceder para salvar la situación” y entró “en una pulseada palmo a palmo” con Dios. “Podría haberse quedado tranquilo con su conciencia”, “pero decide jugarse en una intercesión corajuda aun a riesgo de irritar al Señor. Es el coraje de la verdadera intercesión”.

“Nuestra conciencia de ser elegidos por el Señor para la consagración o el ministerio  -dice más adelante el cardenal Bergoglio- nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier comodidad o interés personal en la lucha en favor de ese pueblo del que nos sacaron y al que somos enviados a servir. Como Abraham hemos de regatearle a Dios su salvación con verdadero coraje… y esto cansa como se cansaban los brazos de Moisés cuando oraba en medio de la batalla”, porque “la intercesión no es para flojos”, y “cuando oramos estamos luchando por nuestro pueblo”.

Luego el purpurado cita la lectura del Evangelio donde a “la constancia e insistencia en la oración el Señor promete la certeza del éxito: ‘Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá’; y nos explica el porqué del éxito: Dios es Padre”.

Se intenta desterrar a Dios
Hacia el final de la extensa carta, el cardenal Bergoglio pinta un oscuro horizonte como el que se le presentaba a Abraham.

“Todos somos conscientes de la dimensión pagana de la cultura que vivimos, una cosmovisión que debilita nuestras certezas y nuestra fe. Diariamente somos testigos del intento de los poderes de este mundo para desterrar al Dios Vivo y suplirlo con los ídolos de moda. Vemos cómo la abundancia de vida que nos ofrece el Padre en la creación y Jesucristo en la redención es suplida por la justamente llamada ‘cultura de la muerte’.

“Constatamos también cómo se deforma y manipula la imagen de la Iglesia por la desinformación, la difamación y la calumnia y cómo a los pecados y falencias de sus hijos se los ventila con preferencia en los medios de comunicación como prueba de que Ella nada bueno tiene que ofrecer. Para los medios de comunicación la santidad no es noticia, sí, en cambio, el escándalo y el pecado”.

Pero “nuestra lucha no es contra poderes humanos sino contra el poder de las tinieblas. Como pasó con Jesús, Satanás buscará seducirnos, desorientarnos, ofrecer ‘alternativas viables’. No podemos darnos el lujo de ser confiados o suficientes. Es verdad, debemos dialogar con todas las personas, pero con la tentación no se dialoga. Allí sólo nos queda refugiarnos en la fuerza de la Palabra de Dios como el Señor en el desierto y recurrir a la mendicidad de la oración: la oración del niño, del pobre y del sencillo; de quien sabiéndose hijo pide auxilio al Padre; la oración del humilde, del pobre sin recursos. Es hora de oración”.

Tras otras reflexiones en torno al mismo tema “que siento que debo compartir con ustedes”, concluye su carta pidiendo que “por favor, no dejen de rezar por mí pues lo necesito”.+

Texto completo de la carta

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