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Meditación Dominical

12 de Agosto
Asunción de Santa María 

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»

Homilía

Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

La celebración de la Asunción de Santa María en cuerpo, alma y espíritu al cielo  no hace sino resaltar la grandeza de su Hijo Jesucristo que ha reconciliado todo lo que se encontraba separado de Dios venciendo con su Resurrección el último enemigo a ser destruido: la muerte (Segunda Lectura). La fiesta de hoy nos enseña que ya hay una mujer que solamente tiene naturaleza humana en estado de gloria en el cielo (Primera Lectura) y nos recuerda nuestro fin último: estamos llamados a ser santos en esta tierra para resucitar y ser glorificados en el Señor. María es la mujer que ha sido escogida por Dios para la sublime misión de ser Madre del Redentor y no duda en aceptar su llamado, llevando adelante la obra amorosa del Creador. Por ello es exaltada por su prima Isabel reconociendo en ella a la Madre del Señor. (Evangelio).

La misteriosa mujer del Apocalipsis

El libro del Apocalipsis o libro de la «revelación», se escribió para los cristianos que estaban siendo perseguidos por su fe. Su autor es el apóstol Juan y debe de haberlo escrito hacia los años 90-95 cuando el emperador Diocleciano perseguía a los cristianos y cuando éste se hallaba desterrado en la isla de Patmos (frente a la costa occidental de la actual Turquía). Juan escribe una serie de visiones o «revelaciones» en un lenguaje vivo lleno de imágenes1. Los lectores cristianos de la época deben de haber entendido el significado de aquellas imágenes pero no así los de fuera. El gran mensaje del libro del Apocalipsis es que Dios es el soberano que lo domina todo y que Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios por medio de Jesucristo, derrotará a todos los enemigos y el pueblo fiel será recompensado en «un nuevo cielo y una nueva tierra» (ver Ap 21,1).

El libro comienza con una visión de Cristo y una serie de cartas que contienen mensajes particulares para las siete iglesias de Asia menor. A partir del capítulo cuarto, cambia el escenario que se traslada a  los cielos. Comienza entonces la gran visión. Juan es guiado por la una misteriosa voz que le dice: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder» (ver Ap 4,1). Ve un rollo con siete sellos; una visión de los siete ángeles con siete trompetas; una mujer, el dragón  y las dos bestias; las siete copas de la ira de Dios; la destrucción de «Babilonia»; la fiesta de bodas del cordero; y la derrota final del maligno, seguido por el juicio. El libro termina con la grandiosa imagen de los nuevos cielos y la nueva tierra, de la nueva Jerusalén donde Dios mora con su pueblo para siempre.

En la Primera Lectura vemos como el cielo es una suerte de gigantesca pantalla donde se proyecta una escena que será el resumen de lo que va a suceder en la tierra. En él se encuentra el «prototipo2» del templo de Jerusalén. Se abre el santuario celeste (sancta) y, sin velo, se ve el arca de la alianza en el sancta sanctorum celeste. La Antigua Alianza ha dado paso a la Nueva, en la que Dios habitará con su Nuevo Pueblo, que es la Iglesia. Luego Juan nos dice que «fue visto un gran portento», lo que indica que lo que sigue es algo realmente extraordinario. Cuando Isaías le pide al rey Ajab que elija un signo o portento cósmico que certifique la fidelidad de Dios. Ajab se niega e Isaías le da un supersigno cósmico de la Virgen-Madre del Emmanuel(ver Is 7,10-16). El «portento» que ve Juan consiste en la aparición de una mujer en trance de parto que tiene dominio sobre los astros mayores y que lleva una corona de doce estrellas simbolizando así las doce tribus de Israel. Esta mujer que da a luz un varón y triunfa sobre dragón (personificación del mal) es signo de María, la Madre del Señor; que da a luz al Mesías por el que llegó la victoria, el poder y el reinado de nuestro Dios. Opuesto a la mujer, aparece la figura del gran dragón rojo, que en el Antiguo Testamento simboliza el imperio agresor (ver Jr 51,34; Is 51,9-10; Ez 29). Aparece ejerciendo su poder nefasto contra los elegidos, «los astros del cielo» (ver Dn 8,10). Es interesante notar como las siete cabezas no calzan con los diez cuernos, representando así su imperfección y limitación. El vencedor de la lucha es el Hijo varón que, de un golpe, pasa del nacimiento al trono de Dios (ascensión). El dragón intentó devorarlo en la pasión-muerte, pero Dios lo «arrebató», como a Henoc o a Elías (ver Gn 5,24; 2R2). La Madre va al lugar preparado por Dios en el desierto, tal como guió a Elías o al mismo Jesús.

La primera en realizarlo…

Al igual que la Primera Lectura, la carta de San Pablo acentúa el tono de esperanza y de victoria frente a la muerte, gracias  a Cristo Resucitado. En la carta a los corintios, Pablo va a explicar la conexión íntima que existe entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. Se trata de afirmar la solidaridad que existe entre nosotros y Cristo; principio y clave de la obra de la reconciliación humana. Pablo presentará a Cristo como el nuevo y verdadero Adán. Este paralelo lo desarrollará ampliamente en la carta a los Romanos (ver Rom 5,12-21) presentando a Cristo como la cabeza de la humanidad reconciliada. En ese sentido podemos afirmar que María es una adelantada ya que «después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos»3.

La alegría en el Señor

El Evangelio de este domingo nos relata la Visitación de Santa María a su parienta Isabel. La Virgen acababa de recibir el anuncio del arcángel Gabriel y había concebido en el seno por obra del Espíritu Santo. Apenas se encuentran estas dos mujeres, comienza la estrecha relación entre sus hijos. Juan el Bautista salta de alegría e Isabel exclama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno». Un ser humano de no más de seis meses de concebido en el vientre de su madre, es el mensajero escogido por Dios para anunciar la bendición más grandiosa que ha recibido la humanidad reconociendo a Jesús que apenas es un embrión formado. El texto nos dice que Isabel queda llena del Espíritu Santo antes de proferir este saludo en voz alta, por lo tanto, se trata de una proclamación profética. ¿Bendita entre cuáles mujeres? El Antiguo Testamento está jalonado por la presencia de muchas mujeres de las cuales dependió la salvación del pueblo de Dios. Hay una verdadera cadena comenzando por Eva y seguida por Sara, Rebeca, Raquel, Débora, Rut, Judit, Ester… Pero la más grande de todas ellas, la que corona la cadena no solamente de ellas sino de todas las mujeres de la historia de la humanidad, es María ya que ella es la Madre de nuestro Reconciliador. ¿Quién es este «fruto de tu vientre»? Isabel lo aclara inmediatamente cuando dice: «¿a qué debo que venga a mí la madre de mi Señor?». Quiere decir la Madre del Cristo- Mesías, del esperado por los hombres. Cristo no es el hijo de David, sino es mayor que David (ver Mc 12,36). La Virgen María es Madre del Señor que confesamos como Dios y Hombre verdadero: el Señor Jesús.

La fiesta de la Asunción

El dogma de la Asunción de la Virgen María  fue definido por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la Constitución Apostólica «Munificentissimus Deus». Conviene citar textualmente las palabras del Santo Padre: «Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la Asunción de Nuestra Madre constituye una singular participación en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos.4

Sobre la muerte de María el Papa Pío XII no se pronuncia, simplemente no juzga oportuno declararla solemnemente. Juan Pablo II nos aclara el punto diciendo que: «dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre5». Ahora bien, siguiendo la argumentación del Santo Padre, es verdad que la muerte se presenta, según la revelación, como castigo del pecado. Sin embargo el hecho que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original no lleva a concluir que recibió también el don de la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo que acepta la muerte y le da un nuevo significado, transformándola en instrumento de salvación. Pero, ¿de qué murió María? Nada sabemos con certeza. Ahora, sin duda, su muerte fue, desde todo punto de vista, ejemplar. «Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el transito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca  mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una “dormición”»6

Una palabra del Santo Padre:

«Una gran señal aparece hoy para nosotros en el cielo: la Virgen Madre. De ella nos habla, con lenguaje profético, el autor sagrado de libro del Apocalipsis, en la primera lectura. ¡Qué extraordinario prodigio se presenta ante nuestros ojos atónitos! Acostumbrados a ver las realidades de la tierra, se nos invita a dirigir la mirada hacia lo alto: hacia el cielo, nuestra patria definitiva, donde nos espera la Virgen santísima. El hombre moderno, quizá más que en el pasado, se siente arrastrado por intereses y preocupaciones materiales. Busca seguridad, pero a menudo experimenta soledad y angustia. ¿Y qué decir del enigma de la muerte? La Asunción de María es un acontecimiento que nos afecta de cerca, precisamente porque todo hombre está destinado a morir. Pero la muerte no es la última palabra, pues, como nos asegura el misterio de la Asunción de la Virgen, se trata de un paso hacia la vida, al encuentro del Amor. Es un paso hacia la bienaventuranza celestial reservada a cuantos luchan por la verdad y la justicia y se esfuerzan por seguir a Cristo».

Juan Pablo II, Homilía en la solemnidad de la Asunción de María, 15 de agosto del 2001.

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana

1. La Asunción de María es garantía de nuestra esperanza. ¿Cómo vivo mi ser peregrino en la tierra? ¿Mi corazón está apegado las banalidades de esta tierra que pasa? Pidamos, por intercesión de María, el don de tener nuestro corazón en las cosas del cielo.

2. Vivamos de manera concreta y sencilla el amor a la Madre rezando el santo rosario en familia.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 966 – 975. 2853

1 El estilo «apocalíptico» de este libro ya aparece en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento.

 

2 Prototipo. (Del gr. πρωτότυπος).  Ejemplar original o primer molde en que se fabrica una figura u otra cosa. Ejemplar más perfecto y modelo de una virtud, vicio o cualidad.

 

3 Juan Pablo II, 2 de julio de 1997.

 

4 Ver Catecismo de la Iglesia Católica 966.

 

5 Juan Pablo II, 25 de junio de 1997.

 

6 Juan Pablo II, 25 de junio de 1997.

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