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Abrazar a las víctimas

“Dos judíos y un niño acaban de ser ahorcados en

Auschwitz, delante de todos los presos. Los dos judíos

murieron rápidamente, mientras que al niño le costaba

morir. Entonces uno gritó detrás de mi: “¿Dónde está

Dios?”. Yo calle. Unos momentos después volvió a gritar:

“Pero bueno, ¿dónde está Dios?” Y una voz dentro de mí

respondió: -¿Dónde está Dios?

¡Ahí, colgado en la horca!”

 

(Cfr. Moltmann J. Selecciones de Teología, 12 {1973}, 6)

Eran tiempos donde la mano de obra de la muerte avanzaba sobre miles de vidas. Dolorosos tiempos de Guerra Mundial. Horrores. Un niño en la horca, nos cuenta Moltmann. Nuestro psiquismo no puede mucho más que guardar silencio. Sin embargo hay que recomponerse del horror y hablar, expresar, llenar nuestros espacios, charlas, reuniones, eventos, de palabras de vida. El silencio ayuda a recomponernos para luego decir con autoridad la palabra que todos y todas debemos decir: Basta de muerte. Basta de instituciones que configuran seres humanos en máquinas de matar a su prójimo. Basta de instituciones que callan haciéndose cómplices de estos crímenes y de los criminales. Basta de ideologías que reivindican al hombre como lobo del hombre.

Los horrores de las guerras mundiales parecían lejos en la medida en que los Estados a través de organismos internacionales pensaban, consensuaban, elaboraban, planificaban, y hasta declaraban los Derechos Humanos.

Lejos cronológicamente de los sucesos bélicos que sacudieron el siglo XX, no podemos decir que hayamos aprendido de tales hechos monstruosos. En nuestra historia nacional particular, algunos hechos aberrantes vividos en los campos de concentración nazis han sido tristemente repetidos en formas de torturas físicas y psicológicas, en metodología de muerte refinada hasta encontrar una forma distintiva para nuestro país: desapariciones forzadas de personas.

Todas las dictaduras que se desarrollaron en nuestro país entre 1930 y 1980 fueron aportando su “granito de arena”, sumando formas aberrantes y despreciables de violación a la dignidad humana. Pero sin dudarlo, la dictadura cívico militar que se inicio el 24 de marzo de 1976 destrozó a miles de personas, familias, y en definitiva a nuestra sociedad que aún “sangra por la herida”.

Por supuesto la Iglesia estuvo presente, como en tiempos de Jesús, defendiendo y dando la vida. La lista de hombres y mujeres, defensores y víctimas es muy larga. Los iremos recordando lentamente en otras cartas para tomarnos el tiempo respetuoso que exigen estas vidas extraordinarias. En este tiempo no podemos dejar de mencionar a Carlos Múgica (asesinado en mayo de 1974), a los Padres Palotinos, a los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y el catequista laico Wenceslao Pedernera, asesinados en julio de 1976 en La Rioja. Y por último no podemos dejar de mencionar a ese gran Pastor Monseñor Enrique Angelelli.

Sin embargo, se acusa a otros miembros de la Iglesia, de haber estado en los centros clandestinos de detención, del lado de los torturadores, asesinos y violadores, participando en sesiones de torturas y vejaciones, abusando de la confianza sacerdotal para interrogar, y tantas otras aberraciones.

En estos días se lleva adelante el juicio al sacerdote Cristian Von Wernich. Un profundo dolor mezclado con indignación e impotencia nos inunda como seguidores de Jesús. Somos respetuosos de las leyes, por lo tanto, esperamos que el poder judicial, como institución republicana, juzgue sus actos y decida sobre el futuro de este sacerdote. Futuro que, por cierto, no tuvieron los desaparecidos.

Mientras pedimos y esperamos justicia, hoy como ayer, desde el Departamento Justicia y Paz de esta Diócesis, seguimos solidarizándonos con las víctimas y sus familias, siguiendo el ejemplo de nuestro primer padre obispo Jorge Novak, que en aquellos años del Terrorismo de Estado, sin callar nada y con plena conciencia, defendió la vida.

Así hoy con toda claridad, afirmamos que Dios no está del lado de los victimarios. Está, sin duda, del lado de las víctimas. Él mismo lo experimentó en la cruz. En la cruz de Jesús están las victimas, los crucificados de la historia. No hay alternativa para los que creemos en Jesús: nuestro lugar es desde y con las víctimas.

Por eso queremos decirles, desde nuestro compromiso con la vida, a las familias y allegados de estas víctimas que buscan justicia: Sientan nuestro abrazo de hermanos y hermanas, y en el reciban el amor del Resucitado que también fue víctima en la cruz, de la injusticia de los poderosos y los venció. Reciban en ese abrazo la esperanza, la calidez y la ternura del Espíritu Santo. Alentamos y acompañamos a los testigos que con coraje dan cuenta del horror sufrido en los tribunales. Creemos que solo con la verdad lograremos que un día brille para todos y todas, el sol de la justicia. Mientras luchamos para que ese día sea posible, sepan que hay lugar para sus dolores en nuestros corazones, brazos y manos de hermanos y hermanos de la Iglesia de Quilmes, que queremos ser fieles al proyecto de Jesús que ha venido para que todos y todas “tengamos vida en abundancia”.

DEPARTAMENTO JUSTICIA Y PAZ

VICARIA DE SOLIDARIDAD

OBISPADO DE QUILMES

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