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Domingo de la Semana 27 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Posted: September 28th, 2011, by Matoga

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Lectura del libro del  profeta Isaías 5,1-7

«Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas; edificó una torre en medio de ella y también excavó un lagar. Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios?

Y ahora les haré conocer lo que haré con mi viña: Quitaré su valla, y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada. La convertiré en una ruina, y no será podada ni escardada. Crecerán los abrojos y los cardos, y mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella. Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. ¡El esperó de ellos justicia, y hay iniquidad; esperó honradez, y hay alaridos!»

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 6-9

« No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la  oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias.Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo  Jesús.

Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo  cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 33 – 43

«Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia.” Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?» Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.» Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: Ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.».

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de este Domingo nos presenta una parábo­la­ expuesta por Jesús para expresar las relaciones de Dios con su pue­blo. Las lecturas nos muestran la imagen de la viña que simboliza a Israel; una viña que es amada y cuidada por Dios, pero que, lamentablemente, no produce los frutos que se esperaban de ella. La Primera Lectura nos muestra el poema del amigo y de su viña. Este hombre ama su viña y espera de ella que dé buenas uvas, en cambio, recibe uvas silvestres, agrazones[1]. El hombre se lamenta con razón y se pregunta: ¿qué más podía haber hecho por mi viña que no hice? Nada; ciertamente ya lo hizo todo.

En el Evangelio se recoge el tema de la viña en una especie de alegoría: el dueño de la viña la arrienda a unos trabajadores que no solamente no producen los frutos esperados sino que matan a su hijo, el heredero. En ambos casos el tema de los frutos que Dios espera de Israel y de los hombres se subraya de modo especial: el hombre ha recibido mucho de Dios y debe ofrecer frutos de vida eterna, de conversión, de santidad y de caridad. Por su parte, San Pablo en la carta a los Filipenses, continuando su exposición, los exhorta a dar «el buen fruto» que es poner por obra todo lo que han recibido y aprendido de Dios (Segunda Lectura).

La canción de la viña

«Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por la viña…» Este hermoso poema compuesto por Isaías al comienzo de su ministerio, probablemente se basó en alguna canción popular de vendimia. El tema de la viña de Israel, elegida y luego repudiada, fue esbozado ya por Oseas (10,1), lo repetirá Jeremías (2,21; 5,10; 6,9) y Ezequiel (15,1-18). Isaías compara a Israel con la viña, que Dios había plantado y cuidado cariñosamente con la esperanza de obtener una buena y rica cosecha. «Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?». San Gregorio Magno comentando este pasaje nos dice: «¿No vemos en estas palabras la condenación de los que abusan de las gracias? ¿No somos todos “la viña del Señor”, escogidos de entre muchos otros y destinados para la vida eterna? Por eso, los que hemos recibido más gracias que muchos otros, seremos también juzgados con mayor severidad; porque a medida que aumenten las gracias, aumenta la responsabilidad en que incurrimos».  

«Recurran a la oración y a la súplica»

San Pablo sale a nuestro encuentro y nos exhorta, en la carta a los Filipenses, a recurrir al Señor  por medio de la oración y de la súplica. La cristiandad de Filipos, ciudad principal de Macedonia, había enviado una pequeña subvención para aliviar la vida del apóstol en Roma. Conmovido por el gran cariño de sus hijos en Cristo les manda una carta de agradecimiento que es, a la vez, un modelo y un testimonio de ternura con que abraza a cada una de las comunidades por él fundadas. La epístola fue escrita en Roma hacia el año 63.

San Francisco de Sales nos dice acerca de la angustia y de la inquietud del corazón: «Proviene la inquietud de un inmoderado deseo de librarse del mal que se padece o de alcanzar el bien que se espera, y con todo, la inquietud y el desasosiego es lo que más empeora el mal y aleja el bien, sucediendo lo que a los pájaros, que al verse entre redes y lazos, se agitan y baten las alas para salir, con lo cual se enredan cada vez más y quedan presos. Por tanto, cuando quieras librarte de algún mal o alcanzar algún bien, ante todas las cosas, tranquiliza tu espíritu y sosiega el entendimiento y la voluntad». La vida del que espera y confía en el Señor excluye todo apego (ver Tt 2,11-13), entonces «el Dios de la paz estará con vosotros».

Los viñadores homicidas

La parábola de los viñadores homicidas es una de las únicas dos parábolas que aparecen en los tres Evangelios sinópticos[2]. La otra, es la parábola del sembrador. Y esta sola consta­tación indica ya su importancia. La parábola de los viñadores asesinos constituye un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la Alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesucristo como Nuevo Pueblo de Dios; pasando por los profetas y la misma persona de Cristo que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el Plan Reconciliador del Padre mediante su sacrificio pascual. Jesús presenta la imagen de un propietario que plantó una viña y la cuidó con el máximo esmero posible. «Era un pro­pietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar[3] y edificó una torre». La fuerza expresiva de esta descripción está amplifica­da, por la evoca­ción del texto del profeta Isaías sobre la viña (Is 5, 1-7), que los oyentes no pueden dejar de recordar.

Jesús sigue exponiendo la parábola: «El propietario arrendó la viña a unos labradores y se ausentó», pero no se olvidó de su viña. Cuando llegó el tiempo de los fru­tos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores los golpearon y los mataron; envió otros siervos más numerosos que los primeros y los trataron de la misma forma. Hasta aquí es sorprendente la paciencia que ha tenido el dueño; pero el auditorio co­mienza a irritarse con la actuación de los arrendatarios. Llega entonces el punto culmi­nan­te del relato donde el dueño manda a su propio hijo. Todo el auditorio está de acuerdo que lo respetarán ya que lo contrario sería excesivo, sería una provocación contra el dueño de la viña. Sin embargo el hijo es asesinado para quedarse con la viña.

La explicación de la parábola 

Ha quedado claro que en la parábola, cuando Jesús habla de «el hijo», está expresando su conciencia filial respecto de Dios. Él es el hijo que en el momento culmi­nante fue arrojado fuera y matado; y los que fueron envia­dos antes que Él son los profetas. Es la misma idea que Él expresa cuando a la vista de Jerusalén suspi­ra: «¡Jerusa­lén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son envia­dos!» (Mt 23,37). Es la misma idea con que se introduce la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últi­mos tiempos nos ha habla­do por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo» (Hb 1,1-2).En esta misma epístola reaparece el detalle de que el hijo fue arrojado fuera de la viña y allí lo mataron: «Jesús pade­ció fuera de la puerta» (Hb 13,12).

Por medio de la parábola de los viñadores homicidas, Jesús se está refi­riendo a su propio fin. Ahora viene una reflexión y comentario, en la cual Jesús hace intervenir al auditorio para que exprese su reacción. Nadie puede quedar indiferente ante la pregunta sobre el destino de los viñadores. Le responden: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiem­po». Sin embargo para comprender el alcance de la respuesta de Jesús hay que recordar quiénes estaban oyendo esta parábola.

El Evangelio dice que «mientras Jesús enseñaba en el Tem­plo, se le acerca­ron los sumos sacerdo­tes y los ancianos del pueblo para pre­guntarle: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado tal autori­dad?» (Mt 21,23). A la luz de la fe en Cristo, la pre­gunta es absurda y deja en evidencia toda la cegue­ra de las autori­dades judías. Jesús era el Hijo, que venía a «su propia casa», Él es la Pala­bra de Dios que, en el lugar de su morada, enseñaba. Hay que ser ciego para no ver con qué autoridad lo hace. Jesús responde a la pregunta propo­nien­do, entre otras, también esta parábola llamada «de los viñadores homici­das».

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

En la aplicación de la parábola, Jesús se pasa de «la viña» al «Reino de Dios». Jesús está hablando del Reino de Dios que se hizo presente como un don a su pueblo cuando Él vino a los suyos pero no lo recibieron. Entonces fue dado a otro pueblo. Este otro pueblo al cual fue dado Jesús y con él el Reino de Dios es la Iglesia. Para formar parte de este pueblo se nace por medio del bau­tis­mo, que consiste en acoger a Jesús como Señor. Así se verifica lo anunciado por San Juan: «A cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).

La parábola que hemos leído está en el Evangelio para interpelarnos a nosotros ahora. A nosotros se nos han dado ahora los sacramentos con todas sus infinitas gracias, sobre todo, el sacramento de la Eucaris­tía, que contiene a Cristo mismo. Dios no podía hacer nada más grande por nosotros. Por eso espera de nosotros frutos de caridad y de santidad.

Una palabra del Santo Padre:

«En el centro del Salmo (130) se resalta la imagen de una madre con su hijo, signo del amor tierno y materno de Dios, como ya lo había presentado el profeta Oseas: ”Cuando Israel era niño, yo lo amé (…). Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11, 1. 4).  El Salmo comienza con la descripción de la actitud antitética a la de la infancia, la cual es consciente de su fragilidad, pero confía en la ayuda de los demás. En cambio, el Salmo habla de la ambición del corazón, la altanería de los ojos y “las grandezas y los prodigios” (cf. Sal 130, 1). Es la representación de la persona soberbia, descrita con términos hebreos que indican “altanería” y “exaltación”, la actitud arrogante de quien mira a los demás con aires de superioridad, considerándolos inferiores a él.

La gran tentación del soberbio, que quiere ser como Dios, árbitro del bien y del mal (cf. Gn 3, 5), es firmemente rechazada por el orante, que opta por la confianza humilde y espontánea en el único Señor. Así, se pasa a la inolvidable imagen del niño y de la madre. El texto original hebreo no habla de un niño recién nacido, sino más bien de un “niño destetado” (Sal 130, 2). Ahora bien, es sabido que en el antiguo Próximo Oriente el destete oficial se realizaba alrededor de los tres años y se celebraba con una fiesta (cf. Gn 21, 8; 1 S 1, 20-23; 2 M 7, 27). El niño al que alude el salmista está vinculado a su madre por una relación ya más personal e íntima y, por tanto, no por el mero contacto físico y la necesidad de alimento. Se trata de un vínculo más consciente, aunque siempre inmediato y espontáneo. Ésta es la parábola ideal de la verdadera “infancia” del espíritu, que no se abandona a Dios de modo ciego y automático, sino sereno y responsable.  Como hemos visto, a la confianza humilde se contrapone la soberbia».

 

Benedicto XVI. Comentario al Salmo 130, Audiencia miércoles 10 de agosto de 2005.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

1. Leamos en familia el hermoso Salmo 118 (117) que nos habla acerca de la confianza en Dios.

2. El Señor  Jesús es muy claro: «Se os quitará el Reino de Dios  para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».  ¿Cuáles son los frutos que doy? ¿Qué voy a hacer?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 758-780.


[1] Agrazones: uvas que nunca maduran.

[2] Los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas.

[3] Lagar: sitio pequeño en que se pisa la uva para hacer vino y la aceituna para sacar el aceite.

Domingo de la Semana 26 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Posted: September 21st, 2011, by Matoga

«¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Lectura del libro del  profeta Ezequiel 18, 25-28

«Ustedes dirán: «El proceder del Señor no es correcto.» Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido. Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. Él ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, vivirá sin duda, y no morirá».

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 1-11

«Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.

Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: Jesucristo es el Señor.»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 28-32

«Pero ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.” Él respondió: “No quiero.” Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?» «El primero», le respondieron. Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él. »

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Uno de los temas centrales de este Domingo es la conversión. El texto del profeta Ezequiel[1] quiere mostrarnos que cada uno tiene el deber y la hermosa responsabilidad de convertirse siendo responsable de sus actos y decisiones. Dios, que nos ama profundamente, respeta el don de la libertad que nos ha otorgado (Primera Lectura). Dice Santo Tomás de Aquino: «nada es más adecuado para mover al amor que la conciencia que se tiene de ser amado». En la carta a los Filipenses, Pablo nos exhorta a tomar conciencia del precio que Dios ha pagado por nuestra reconciliación con el sacrificio de su Hijo que: «se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Ése es el modelo del cristiano: la humildad y el fiel cumplimiento del Plan del Padre.

En el Evangelio esta enseñanza se profundiza ya que no basta obedecer sólo de palabra los mandamientos de Dios, es necesario que las buenas obras acompañen nuestras palabras. Por esta razón, como dice el Evangelista, los publicanos y las prostitutas precederán a los Maestros de la ley en el Reino de los Cielos. Mientras los primeros dijeron «no» a la voluntad de Dios, pero después se convirtieron de su mala conducta; los segundos, es decir, los Maestros de la ley, creyéndose justos, no sentían la necesidad de convertirse y de hacer penitencia por sus pecados. Con sus palabras decían «sí» a Dios, pero sus obras eran distintas. ¡Qué tragedia el creerse justo y no necesitado de arrepentimiento!

«Él ha abierto los ojos y se ha convertido…vivirá y no morirá»

Para entender la lectura del profeta Ezequiel es preciso enmarcar históricamente el texto. El pueblo se encuentra en el exilio después de la caída de Jerusalén. La tradición teológica interpretaba lo sucedido como el resultado de los pecados y las infidelidades del pueblo a lo largo de su historia. En realidad, se trataba de una situación fatal e ineludible que la generación presente debía sobrellevar. Ellos soportaban las culpas y pecados de sus antepasados pero al mismo tiempo experimentaban que el castigo era superior a las culpas que habían cometido. Se sentían tratados injustamente. Entonces surgía la pregunta: ¿dónde ha quedado el amor de Dios? ¿Dónde está el Dios de Abraham, de Issac, de Jacob? ¿Qué ha sido de la promesa del Señor?

Daba la impresión de que Yahveh rompía su Alianza: el templo había sido destruido; Jerusalén, la ciudad santa, había sido saqueada y devastada, ardía en llamas; el pueblo,  deportado… Todo era, pues, desaliento, decaimiento y derrota. El profeta Ezequiel se levanta con fuerte y firme voz y encamina al pueblo por distinta ruta. Así, enuncia el principio general: «Cada uno sufrirá la muerte por su propio pecado». Es decir, la responsabilidad es personal y cada uno responderá de sus propios actos. Asimismo, la retribución también es personal. Efectivamente los actos pasados influyen y condicionan de algún modo el presente, pero no son una herencia fatal al estilo de una tragedia griega. Ciertamente será difícil liberarse de las condiciones del pasado, pero es posible porque «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18,23).

«¡Cristo Jesús es el Señor! »

El himno de la carta a los Filipenses[2] es uno de los textos fundamentales en la elaboración de la cristología. En este himno el centro en torno al cual gira la reflexión es la frase final: «Jesucristo es Señor». En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (ver Ex 3, 14), YHWH[3], es traducido por «Kyrios» (Señor). «Señor» se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (ver 1 Co 2,8).

Así pues, el himno de Filipenses indica claramente la perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Cristo. Pues bien, Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Aquí no se habla de los discursos del Señor, de sus enseñanzas, sino de sus obras: se despojó, tomó la condición de esclavo, se sometió incluso a la muerte.

Él nos enseña el camino que debe seguir el cristiano: el camino de la humildad, el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios en las obras, no sólo en las palabras. Aquí vemos también el poder de Cristo que es el poder de la obediencia, del amor y de la verdad. Jesús es el Señor y en Él descansa confiadamente toda nuestra esperanza.

«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado tal autoridad?»

El Evangelio de este Domingo está en un contexto de plena controversia. Jesús ha realizado ya su entrada triunfal en Jerusalén. Lo hizo montado en una asna, que es una cabalgadura real, y a su paso la gente gritaba abiertamente: “¡Hosana el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21,9). Entró en el templo y expulsó enérgicamente a los cambistas y vendedores, sanó a ciegos y cojos que allí había. Todo esto no agradó a las autoridades. «Los Sumos Sacerdotes y los escribas al ver los milagros…se indignaron» (Mt 21,15). Querían que Jesús callara los gritos de la gente. Pero Jesús lejos de encontrarlos excesivos, los encuentra adecuados a la realidad y dice: «¿No habéis leído que “de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza”?» (Mt 21,16). Al día siguiente, nuevamente en el Templo enseñando, se le acercan los Sumos Sacerdotes y los Ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23).

La pregunta viene directamente de aquellos que detentan la máxima autoridad religiosa de Israel. Si la pregunta hubiera sido hecha con buena voluntad, Jesús hubiera respondido «Yo soy el Hijo de Dios…Yo y el Padre somos uno…Me ha sido dado el poder sobre el cielo y la tierra» (Jn 10,30.36; Mt 28,18). Pero si hubiera respondido así se habrían rasgado las vestiduras y lo habrían condenado a muerte acusándolo de blasfemia. Todavía no era su hora. Por eso, antes de responder Él hace una pregunta: «¿El bautismo de Juan, de dónde era, del cielo o de los hombres?»(Mt 21,25). Ellos opinan que el bautismo de Juan es de los hombres, pero no quieren arriesgarse a decirlo y responden: «No sabemos». ¡Es falso! La respuesta correcta era: «Sabemos, pero no te lo decimos» Jesús pone en evidencia la falsedad de ellos diciendo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». Él tampoco lo dice; pero Él no miente.

La parábola de los dos hijos

Hemos hecho esta larga introducción para presentar el contexto de la parábola de los dos hijos, que expone Jesús a continuación. La introduce con una pregunta para comprometer al auditorio: «¿Qué os parece?». Y presenta el caso de los dos hijos a quienes el padre manda a trabajar a su viña. El primero dijo: «No quiero», porque la respuesta es demasiado obvia. Responden: «El primero». Y ahora que han tomado partido, Jesús pone de manifiesto la analogía con la realidad salvífica: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes de vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros en el camino de la justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

Las autoridades judías del tiempo de Jesús quedan en el lugar del segundo hijo. Ellos detentan la Palabra de Dios y enseñan la conformidad con la voluntad de Dios; ellos dicen a Dios que sí en todo y lo hacen con ostentación, pero no cumplen su voluntad. Por eso cuando vino Juan, enviado por el Señor, no creyeron en él. Y tampoco creen en Jesús. En cambio, los publicanos y las prostitutas, que evidentemente transgreden los mandamientos de Dios, cuando vino Juan, creyeron en él. Son como el primer hijo, que al principio dijo: «No voy», pero después se arrepintió y fue. En confesión de los mismos interlocutores de Jesús, fue éste quien cumplió la voluntad del padre y no el otro.

En todo el episodio está pesando la persona de Juan Bautista que en el Prólogo del cuarto Evangelio es presentado así: «Hubo un hombre, enviado por Dios. Su nombre era Juan. Éste vino para dar testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él» (Jn 1,6-7).Cerrarse a la persona y la predicación de Juan es cerrase a la luz, es cerrarse a Jesús, que es la luz verdadera. Y ésta es la negación definitiva de Dios.

¿Qué importa haber predicado tanto sobre el cumplimiento de los mandamientos, si, llegado el momento de actuar, se falta a su voluntad? A esta actitud se refiere Jesús cuando dice: «No todo el que diga “Señor, Señor “, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). La voluntad del Padre celestial es el amor, pues éste resume toda la ley y los profetas.

Una palabra del Santo Padre:

«Ante todo, queréis ser cristianos.- Ser cristianos significa conocer profunda y orgánicamente las verdades de la fe; significa creerlas firmemente, porque están reveladas por Cristo y enseñadas por la Iglesia; significa, además, seguir los ejemplos de Cristo, dándole testimonio con las obras, sin las cuales la fe estaría como muerta. ¿Acaso entrarán en el reino de los cielos los que dicen “Señor, Señor”, más luego no hacen la voluntad del Padre celestial?

No seréis, pues, dignos miembros del Cuerpo místico de Cristo, si tuviereis ciertamente la fe, pero no hiciereis de ella el alma de vuestra vida privada y pública. Para que en vosotros sea conocido y glorificado Jesús, os exhortamos, amados hijos, a la “coherencia” cristiana. Os contemplan amigos y adversarios: los unos, con espera preocupada; los otros, tal vez, con la esperanza de que vuestras empresas tengan éxito infeliz. Sabréis corresponder a la expectación de los amigos; sabréis, sobre todo, sorprender a los enemigos; cuidaréis de que todos vean en vosotros reflejada, como en fidelísimo espejo, la dulce imagen del Redentor divino, con sus virtudes y sus atractivos: con su fortaleza y su mansedumbre; con su justicia y su amor; con sus exigencias y su comprensión; con sus castigos y sus perdones; con sus amenazas y sus promesas; pero, sobre todo, con su vida sin mancha. Sed perfectos -en cuanto posible sea- como Él es perfecto; aproximaos al ideal por Él dejado, de suerte que también vosotros, en pacífica pero firme actitud, podáis preguntar: “Qui arguet me de peccato” “¿Quién, de vosotros, me puede acusar de pecado?”»

Pío XII. A los alcaldes y a los presidentes de las corporaciones provinciales, 22 de julio de 1956.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. San Ambrosio nos dice acerca del segundo hijo de esta parábola: «El remordimiento es una gracia para el pecador. Sentir el remordimiento y escucharlo prueba que la conciencia no está enteramente apagada. El que siente su herida, desea la curación y toma remedios. Donde no se siente el mal no hay esperanza de vida». ¿Cómo aplico estas palabras a mi propia vida?

2. María, primera discípula, nos enseña lo mismo que su Hijo: pronunciar un “sí” firme, fuerte, y luego mantenerlo con coherencia por toda la vida. Recemos en familia un rosario pidiendo a nuestra Madre el don de la fidelidad.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 546. 1451-1454.


[1] Ezequiel (Dios fortalece) es uno de los profetas mayores. Por ser hijo de un sacerdote, Buzi, fue criado en los alrededores del Templo, con miras a continuar el oficio de su padre. Sin embargo debido a la toma militar de Israel en el año 597 a.C. fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín y otros nobles (ver 2Re 24, 14-17). Cuando tenía 30 años  tuvo visiones por las cuales recibió su vocación profética.

[2] San Pablo fundó la iglesia de Filipos, la primera de Europa, hacia el año 50. Escribió la carta desde la cárcel, posiblemente en Roma hacia el año 61 – 63. San Pablo explica su situación a los cristianos de Filipos y les agradece por los presentes enviados tan generosamente. Les alienta en la fe a olvidar el orgullo y seguir el ejemplo de Jesucristo. Su carta reboza de alegría, aliento y esperanza.

[3] En hebreo en lugar de Yahveh – el tetragrama sagrado que al leerlo no se pronunciaba- se empleó;  Adonai que quiere decir «mi Señor» (ver Gn 15, 2.8). Adonai manifiesta la idea de una confianza plena en la soberanía de su Señor.

AF 2012: Mercedes-Luján nos espera!!!

Posted: September 16th, 2011, by Matoga

Con gran alegría anunciamos que la 27ª Asamblea Federal se realizará en el mes de agosto de 2012 en la arquidiócesis de Mercedes-Luján.

El Consejo Nacional tomó la decisión tras evaluar las propuestas de las arquidiócesis de Buenos Aires, Tucumán y de Mercedes-Luján.

A todos agradecemos el ofrecimiento que han hecho como posibles sedes, “un gesto que evidencia su pertenencia y su amor por la Institución”.
Ante esta noticia, los invitamos a que nos pongamos en mano de la Virgen de Luján,…

Condolencias del Papa por la tragedia ferroviaria de Flores

Posted: September 14th, 2011, by Matoga

Terrible accidente en las vías del    ferrocarril SarmientoBuenos Aires, 14 Set. 11 (AICA): El papa Benedicto XVI envió hoy un telegrama de condolencias al cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, con motivo de la tragedia ferroviaria ocurrida ayer en el barrio porteño de Flores, donde murieron al menos 11 personas y más de 200 resultaron heridas.

“Hondamente apenado al tener conocimiento de la triste noticia del accidente ferroviario acaecido en el barrio porteño de Flores, el Sumo Pontífice desea hacer llegar su cercanía y afecto, a la vez que ofrece fervientes sufragios y plegarias pidiendo a Dios por el eterno descanso de los difuntos”, subraya en el texto remitido por el Secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone.

Asimismo, ruega al purpurado porteño que “tenga la bondad de transmitir el sentido pésame del Papa a los familiares de los fallecidos, junto con expresiones de aliento y consuelo a todos los heridos y afectados por tan lamentable percance”.

“Con estos sentimientos, en estos momentos de dolor, el Santo Padre Benedicto XVI imparte de corazón la confortadora bendición apostólica, como signo de esperanza en Cristo Resucitado”, concluye la misiva.+

Mensaje del Obispo Diocesano en el 150º Aniversario de la creación del Partido Judicial de Campaña en las Lomas de Zamora

Posted: September 13th, 2011, by Matoga

“Jesús se había sentado frente a las alcancías del Templo, y podía ver cómo la gente echaba dinero para
el tesoro; pasaban ricos, y daban mucho,  pero también se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Jesús entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza; no tenía más, y dio todo lo que tenía para vivir” (Mc. 12,41-44)

Bajo la serena mirada de nuestra Madre Reina de la Paz, que acompaña a este pueblo desde su nacimiento, hoy celebramos el Sesquicentenario de la promulgación de la ley 366 que el 10 de septiembre de 1861 creaba el Partido Judicial de Campaña en las Lomas de Zamora.

Ante los sucesos de división y luchas internas entre argentinos, nuestros mayores recurren a Dios nuestro Señor, por medio de su madre, y en el primitivo villorrio de la paz, se eleva una súplica a la Madre, a nuestra Señora de la Paz, para que les alcance el don de la paz de su Hijo Jesucristo, para que preserve sus vidas, aleje los odios y venga la ansiada paz a los hermanos que habitan la misma patria.

 Poéticamente Monseñor Nicolás Lavolpe, pastor de esta diócesis, anudaba la vida y la fe de los primitivos lugareños que dejaron su simiente, cuando expresaba:

    “Antes que existieran las ciudades, los templos eran los que convocaban a la gente para agruparse. El altar exudó a la ciudad, así como desparrama células y engendra bosques una semilla”.

Hoy también queremos dar gracias por estos años de historia e ir consolidando, con fe, una patria de hermanos. Lo imploramos al Señor de lo creado, que ha puesto al hombre como centro de toda la creación y le damos gracias porque si bien hemos vivido dolorosos momentos, también hemos crecido en nuestra conciencia ciudadana.

Este evangelio que acabamos de escuchar, nos enseña a mirar lo importante, lo esencial, Jesús no mira las apariencias, mira el corazón, lo esencial, lo que aparentemente es  invisible a los ojos.

El Señor debe llamar la atención de sus discípulos que se quedaron mirando  el brillo del metal de los más acomodados, en el esplendor de la abundancia, en la apariencia… Entonces les señala a la humilde viuda que pone dos moneditas apenas, pero que era todo lo que tenía para vivir, enseña y va a lo esencial: a la admiración de lo sencillo, que siempre nos dice algo más, al  valor profundo de la entrega, del sacrificio, y no al esplendor pasajero de los que ponían mucho, y con gran estruendo, pero de lo que les sobraba.

Todo acontecimiento que nos lleva a recordar nuestra historia y nuestras raíces como pueblo, tiene un contenido de enseñanza y de experiencia agradecida. Enseñanza para no repetir los errores, para saber mirar lo esencial, y la experiencia que se puede convertir en sabiduría, es plena cuando se agradece,  pues no sin la paternal providencia de Dios podemos recordar, con gratitud, hoy este hito fundacional.

Herederos de esta historia somos agradecidos a Dios, queremos y deseamos que Lomas tenga el esplendor que se merece, pero muchas veces el peso de la realidad nos agobia. Podemos tener la mirada como los discípulos que veían lo mucho que ponían los ricos de lo que les sobraba, es decir, quedarnos con la equidad social que queremos y que no alcanzamos; como a los discípulos hoy Jesús desde el Evangelio, nos indica que podemos mirar con otros ojos, los ojos de los que hoy ponen todo lo que tienen, que como en el caso de la viuda no es mucho, pero para los que ven, es lo esencial

Recorriendo esta ciudad y sus barrios durante estos tres años, me he encontrado con muchas personas que como la viuda de este Evangelio lo dan todo… niños que ayudan a ancianos solos, jóvenes empobrecidos que se juegan la vida sosteniendo sus principios y no solo no se dejan corromper, sino que integran organizaciones de ayuda social, adolescentes que sin temer al que dirán y a las oleadas del facilismo quieren comprometer sus vidas por el Evangelio, familias que no renuncian a los valores humanos y cristianos, y en ellos forman a sus hijos sin renunciamientos mediáticos, catequistas que nos dan un testimonio de Cristo vivo en nuestro medio, padres de familia, algunos sin trabajo estable, pero que no bajan los brazos y cada día buscan con honestidad y sacrificio su pan, abuelos que desde su pobreza  comparten sus medicamentos, mamas que cada día enfrentan la vida y defienden la vida a contrapelo de una sociedad del éxito y los logros mágicos… cuanto de lo esencial tiene nuestro pueblo, esto no sale en los medios, esto no será noticia, pero para nosotros es la Buena Noticia de Jesús encarnada en nuestra gente.

Pero no podemos disimular las secuelas de la exclusión social, particularmente en nuestra juventud y cada vez más próximos estamos de sentirla agudamente en nuestra niñez.

Una juventud y niñez con síntomas de vivir un vacío existencial, el sin sentido, la cultura de la muerte, la contaminación implacable de la droga, la falta de motivaciones claras, sentimientos trágicos, la intolerancia  y la violencia.

Es claro el debilitamiento de instituciones sociales básicas ante el impacto de la globalización tales como la familia – lugar, hasta ahora, de la escucha y contención emocional y lugar, hasta no hace tanto, de la organización de la conducta. También se debilita la escuela en su intento, hasta ahora infructuoso, de ponerse al servicio de la sociedad del conocimiento con un personal docente profesionalizado y que para ello, se corre del lugar de contención social e interacción juvenil que nuestra realidad de fragmentación social y exclusión le demanda concretamente. Y qué decir del empleo y del trabajo, si cuando se los encuentra, se flexibilizan y precarizan, hasta resultar ofensivos a la dignidad humana,  perdiéndose así la cultura del trabajo, pues debe ser juntamente: un deber y un derecho. Asimismo bregamos por la formación de nuevos dirigentes para la política, donde su finalidad sea la vocación de servicio y la entrega, la militancia como maduración testimonial, con constancia, evitando así  el “paracaidismo” o la promoción personal o de sector.

Vivimos una sociedad que intenta marchitar la esperanza. Tenemos que reaccionar, por nuestros niños y jóvenes. Tenemos que bendecirlos con el anuncio de un mundo de amor, donde reine la justicia y la paz, el Reino querido por Dios. Un mundo con sentido donde estén ausentes mecanismos de evasión, de escapismos rápidos y fatales de la vida,  con recursos mágicos para resolver conflictos en un mundo sin modelos, de vínculos violentos… ¡Estamos viviendo realmente un ambiente de inseguridad social! Pero es más grave aún que no tengamos mecanismos expeditivos de la prevención del delito, o que la justicia inmediata, por falta de respuestas creíbles, sea llamar a los medios de comunicación social, con sus consecuencias tangibles.

Para ello es menester el concurso de toda la sociedad en una verdadera decisión educativa que proponga los valores de la dignidad de las personas y en la cultura de la vida y la esperanza. Recrear ideales sustentados en una vida con sentido; en la que el esfuerzo, el sacrificio, la solidaridad, el compromiso ciudadano y aún el dolor tengan una justificación plena, como parte de un camino de crecimiento con verdadero sentido de trascendencia, y en el cual Dios y el prójimo tengan presencias. Es decir, que debemos Educar para la Vida, esta es una educación que libera y responsabiliza, que fortalece para enfrentar los conflictos que la vida misma nos plantea.

Como Comunidad estamos ocupados y preocupados por seguir afianzando el trabajo interinstitucional, redes solidarias para atender la problemática de la juventud y la niñez, y seguir generando en los niveles que correspondan políticas públicas en torno a ello, con especial énfasis en los aspectos culturales, deportivos, laborales y recreativos.

Querida comunidad la historia es para recordarla, y saber que también hoy hacemos la historia desde nuestra entrega, desde el deseo del encuentro, desde nuestro despojo, desde nuestro respeto, desde nuestro sacrificio, desde la apertura del diálogo, todas estas son notas del amor, que nos hermana. Dice Jesús que la viuda ha dado lo que había reunido con sus privaciones, eso mismo que necesitaba para vivir. Nosotros también queremos ver con otros ojos nuestra propia historia de este convulsionado conurbano. Jesús nos muestra el modo, pidámosle por intercesión de su Madre, que se olvidó de sí misma para entregarse por amor a Dios en sus hermanos, que recordemos la historia con gratitud, y nos acordemos que el Señor siempre nos puede ayudar a mirar un poco mas allá de nuestras propias razones, intenciones, y cálculos, porque nos indicará el modo de ver con los ojos del Amor que no pasa, porque trasciende nuestra propia historia. .

En este aniversario de los 150º años de la fundación del partido de Lomas de Zamora, pedimos que se  nos devuelva este deseo de grandeza, de encuentro, de ser atalaya del sur, una región que necesita que sus hijos se jueguen por el bien común, se despojen de su verdad y defiendan la verdad, que la deuda social  no siga abriendo brechas de exclusión. Debemos ocuparnos y respetarnos, para abrirnos a la esperanza, una esperanza ardua, pero que nos devuelve la dignidad de personas amadas por Dios, es una esperanza que no defrauda porque es regalo del corazón de Dios para nuestro pueblo.

Encomendamos este deseo a la Madre, en la oración  a  Nuestra Señora Reina de La Paz Santa María, le pedimos:

“Venimos a agradecer tu presencia de Madre que siempre nos cuida y nos anima, nos socorre en el peligro y nos alivia en las penas. Venimos a pedir otra vez el don de la paz que viene de Dios, paz para nuestros corazones heridos, paz para todos los que sufren, paz para nuestras familias paz para nuestro pueblo, paz para los que están lejos, paz para los que están cerca. Danos Madre la Paz que supera la violencia y la inseguridad, la paz que es perdón y reconciliación, la paz social fruto del amor y la justicia, la paz que nos regalas en Cristo tu Hijo”. Así sea.

Lomas de Zamora,
10 de septiembre de 2011.-
Mons Jorge Lugones sj.
Obispo de Lomas de Zamora

Domingo de la Semana 24 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

Posted: September 9th, 2011, by Matoga

«¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?»

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28,9

«El rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador. El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados. Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados. Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados! El, un simple mortal, guarda rencor: ¿quién le perdonará sus pecados? Acuérdate de las postrimerías, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos; acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa».

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 14, 7-9

«Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos».

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 18, 21-35

«Se adelantó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo.» El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes.» El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda.» Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecía de ti?» E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El contexto de la lectura del Domingo pasado donde veíamos el tema de la corrección fraterna es el mismo de la lectura de este Domingo donde Jesús ilustra, mediante una parábola, la enseñanza sobre el perdón a las ofensas. La disposición al perdón ilimitado debe ser una de las características de un discípulo de Cristo. Porque experimenta la misericordia de Dios en su propia vida y se sabe reconciliado con Dios, el cristiano está invitado y capacitado para amar y perdonar al prójimo con el mismo amor y perdón con el que él es perdonado.

La Primera Lectura del libro del Eclesiástico nos habla de la actitud que el israelita debía tener hacia un ofensor anticipándose, de algún modo, a la petición del Padre Nuestro acerca del perdón: «perdona a tu prójimo el agravio, y…te serán perdonados tus pecados» (Eclo 28,2). La Carta a los Romanos, por su parte, nos presenta la soberanía de Cristo, «Señor de vivos y muertos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos para el Señor morimos». Nosotros no podemos constituirnos en dueños de la vida y de la muerte, ni tampoco, por lo tanto, en jueces de nuestros hermanos.

¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?

En el contexto del Discurso Eclesiástico (capítulo 18 del Evangelio de San Mateo) la pregunta que Pedro, a quien Jesús ha declarado primado de su Iglesia, tiene lógica. Pedro es quien suscita el tema del perdón mediante una pregunta en la línea de la casuística judía: «¿Si mi hermano me ofende, cuántas veces lo tengo que perdonar?».Tanto en la pregunta, como en la respuesta de Jesús subyace una referencia implícita al patrón clásico de la venganza, ley sagrada en todo el Oriente. Su expresión más dura fue la del feroz Lamek: «Si Caín fue vengado siete veces, Lamek lo será setenta y siete veces» (Gn 4,24); o bien su límite “legal” que establecía la ley del talión: «Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente» (Ex 21,24), que Jesús declaró obsoleta en su discurso de las Bienaventuranzas mediante el perdón a las ofensas y el amor a los enemigos (ver Mt 5, 38-48).

Ahora, no es que el Antiguo Testamento desconociera el perdón fraterno, pues en Levítico 19, 17-18 leemos: «No odiarás de corazón a tu hermano. Corregirás a tu pariente para que no cargues con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tu pariente, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo».  Y todavía es más evidente el avance de la revelación veterotestamentaria en la Primera Lectura del libro del Eclesiástico[1]. Su autor Jesús Ben Sirá o Sirácida aporta cuatro razones para el perdón de las ofensas: Dios no acepta al rencoroso y al vengador; nuestra propia limitación debe hacernos comprensivos ante la debilidad humana; ¿cómo pedir perdón al Señor, un perdón que nosotros negamos a los demás?; y  el recuerdo de nuestro propio fin relativiza el enojo e invita a guardar los mandamientos de la Alianza.

En la Carta a los Romanos, San Pablo nos invita a la unión y a la armonía justamente de Aquel en el cual se sustenta todo y para quien todo existe, ya que « Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor». Ante la tentación de mutua intolerancia e incomprensión que había en la comunidad de Roma entre sus miembros, provenientes del paganismo unos y del judaísmo otros, sobre la licitud o ilicitud de alimentos y otras prácticas, secundarias para los primeros e importantes para los segundos, el Apóstol propone el mutuo respeto y la reconciliación: «Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué lo desprecias? En efecto, todos hemos de comparecer  ante el tribunal de Dios» (Rm 14,10).

El don de la Reconciliación

El perdón de las ofensas es un punto esencial del cris­tianismo. Y la razón es siempre la misma: «El Señor os ha perdonado; perdonaos también unos a otros» (Col 3,13; Ef 4,32). Para comprender el Evangelio de este Domingo es necesa­rio comprender de qué nos ha perdonado Dios, es decir, es necesario comprender la enormidad de nuestro pecado. Uno de los mayores males del mundo de hoy es sin duda haber perdi­do el sentido del pecado. El pecado es esa fuerza destructiva que busca alejarnos del plan de vida y feli­ci­dad que Dios había dispuesto para nosotros. No se puede pecar «alegremente»; se peca siempre «lamentablemente», pues todo pecado, aún el más ocul­to, incremen­ta en el mundo las fuer­zas de muerte y destruc­ción. No en vano Thomas Merton decía que el efecto de cada pecado es comparable al efecto de una bomba atómica.

Podemos captar la inmensidad del pecado observando la grandeza del remedio. Ningún esfuerzo humano, por heroico que fuera, ni nada de esta tierra habría sido suficiente para obtenernos el perdón. Fue necesaria la muerte del Hijo de Dios en la cruz. El perdón y la reconciliación con Dios nos fueron dados como un don gratuito de valor inalcan­zable para el hombre. El que ha comprendido la inmensidad del perdón de Dios, puede comprender lo absurdo que resulta que guardemos rencor por las ofensas de nuestros hermanos.

«¿Hasta siete veces?»

Seguramente Pedro conocía la norma acerca del perdón de los pecados que hemos visto en el libro del Levítico 19,17-18; sin embargo él quiere saber cuál debía de ser el limite ante las ofensas recibidas por el hermano, por la persona cercana. Al formu­lar la pregunta poniendo como límite «siete veces», Pedro estaba seguro de estar poniendo un límite ya bastante alto ya que hasta los rabinos, según el Talmud, enseñaban que se debía perdonar las ofensas hasta «tres veces».  Pero la respuesta de Jesús va más allá de lo que creía ya extremo: no sólo siete (que ya de por sí significa sin límite, totalidad querida y ordenada por Dios), «sino setenta veces siete». Con esta hipérbole, propia del oriental, el Señor subraya que el perdón no sólo debe ser sin límites, sino también perfecto, total, tanto que ni siquiera lleva cuentas de las veces en que ya ha perdonado anteriormente (nadie cuenta si no hay límite): tan perfecto como el perdón de Dios para con el hombre. La parábola que sigue graficará esto.

La parábola del siervo mezquino y el señor misericordioso

La parábola que Jesús agrega es impresionante, como todas las del Evangelio. Cada uno de nosotros está en el lugar de ese siervo que debía a su Señor diez mil talentos. Para los oyentes, que manejaban esa moneda, ésta es una cantidad exorbitante (igual a cien millones de denarios). Por tanto, cuando el siervo ruega al señor, todos saben que esas son buenas palabras y que es imposible que pueda pagar. «El señor movido a compasión lo dejó en libertad y le perdonó la deuda». Pero aquí empieza el segundo acto de la parábola. Salien­do de la presencia de su Señor, recién perdonado de esa inmen­sa deuda, este hombre encuentra un compañero que le debía tan sólo cien denarios,  lo agarra por el cuello y le exige: «Paga lo que debes». En este caso, cuando el compañe­ro le ruega con esas mismas palabras: «Ten paciencia conmigo que ya te paga­ré», los oyentes saben que sí era posible saldar esa pequeña deuda, tal vez esperando hasta fin de mes, en el momen­to del pago. Era cosa de tener un poco de paciencia. Pero el hombre fue implacable y aplicó contra el compañero todo el rigor.

En este punto de la parábola los oyentes han tomado partido contra este hombre tan mal agradecido y despiadado y todos están deseando que el señor intervenga. Y, en efecto, informado el señor  manda llamar al siervo y le dice: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías compade­certe tú también de tu compañero como me compadecí yo de ti?» Y fue entregado a los verdugos hasta que pagara todo. Aquí todos encontramos que está bien el castigo de ese hombre tan mezquino.

Pero al expresar nuestra satisfacción por esta conclu­sión de la parábola estamos emitiendo un juicio contra nosotros mismos. Como decíamos, cada uno de nosotros estamos en el caso de ese hombre. A cada uno de nosotros Dios nos ha perdonado nues­tros pecados, una deuda cuyo monto es la «sangre preciosa de su Hijo único hecho hombre», una deuda que nos hacía reos de la muerte eterna. Esto es lo que Dios nos perdonó a nosotros. Perdonar a nuestros hermanos las ofensas que hacen contra nosotros no es más que actuar en consecuen­cia. ¡Esas ofensas son como los «cien denarios» de la parábo­la! Así como estábamos de acuerdo en que el Señor castigara al siervo despiadado de la parábola, así estamos de acuerdo con la conclusión de Jesús: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano». De esta manera la enseñanza queda clara para todos nosotros…

Una palabra del Santo Padre:

«El primer gesto divino, revelado y actuado en Cristo, es la elección de los creyentes, fruto de una iniciativa libre y gratuita de Dios. En el principio, por tanto, «antes de crear el mundo», en la eternidad de Dios, la gracia divina está dispuesta a entrar en acción. Me conmuevo meditando esta verdad: desde la eternidad estamos ante los ojos de Dios y Él ha decidido salvarnos. Esta llamada tiene como contenido nuestra «santidad», una gran palabra. Santidad es participación en la pureza del Ser divino. Y sabemos que Dios es caridad.

Por tanto, participar en la pureza divina quiere decir participar en la «caridad» de Dios, conformaremos con Dios que es «caridad». «Dios es amor» (1 Juan 4, 8.16), ésta es la verdad consolante que nos permite también comprender que «santidad» no es una realidad alejada de nuestra vida, sino que, en la medida en que podemos convertirnos en personas que aman con Dios, entramos en el misterio de la «santidad». El «ágape» se convierte de este modo en nuestra realidad cotidiana. Somos llevados por tanto al horizonte sacro y vital del mismo Dios».

Benedicto XVI. Audiencia 6 de Julio de 2005.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. Medita las palabras del escritor Clive S. Lewis acerca del perdón: «Para ser cristianos debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros…Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad». 

2. ¿Te cuesta perdonar? ¿A quiénes debes perdonar alguna ofensa que te hayan hecho? Haz una lista y eleva una oración al Señor para que puedas, de corazón, perdonar a tus hermanos.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838- 2845.


[1] El libro del Eclesiástico pertenece a los libros llamados «sapienciales» y no figura en el canon judío a pesar de haber sido escrito en hebreo. Debió de haber sido escrito en el año 190 a.C. Su denominación de Eclesiástico proviene del mucho uso que de él hizo la Iglesia. La lectura que estamos meditando hace parte de una colección de proverbios.

Falleció monseñor José María Montes

Posted: September 2nd, 2011, by Matoga

Chascomús (Buenos Aires), 2 Set. 11 (AICA):Al mediodía de hoy, viernes 2 de septiembre, falleció a la edad de 91 años, monseñor José María Montes, obispo emérito de Chascomús.

El velatorio tendrá lugar en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús (Lucio Vicente López 755, Temperley) a partir de las 19.
La misa exequial tendrá lugar mañana, sábado 3 de septiembre, a las 10.30 y será concelebrada por los obispos: monseñor Jorge Lugones, de Lomas de Zamora, y monseñor Carlos H. Malfa, de Chascomús.
Concluida la celebración, se realizará el traslado a la ciudad de Chascomús, donde permanecerá en el cementerio local hasta su traslado definitivo a la catedral Nuestra Señora de la Merced.
Monseñor José María Montes Monseñor Montes nació el 22 de marzo de 1920 en la ciudad bonaerense de Adrogué (partido de Almirante Brown), en el seno de una familia católica, compuesta por Gregorio Montes, Juana Inés de Giacomi y trece hijos.

En 1935, con 15 años, fue designado primer delegado de la Acción Católica de la parroquia San Gabriel Arcángel, de Adrogué. Cuando concluyó sus estudios secundarios, se desempeñó como auxiliar en el Juzgado de Paz Letrado de Almirante Brown y trabajó también en las empresas Bunge y Born S.A. y en Molinos Río de La Plata.

El 28 de febrero de 1949 ingresó al seminario de La Plata para comenzar los estudios de Filosofía y Teología, y el 20 de Diciembre de 1958, a los 38 años, fue ordenado Sacerdote en la iglesia San Gabriel Arcángel.

Fue secretario privado de monseñor Raúl F. Primatesta, capellán del Hospital Italiano y vicario en la parroquia Nuestra Señora de la Victoria, de la ciudad Platense. Fundó la Parroquia Nuestra Señora del Valle, y fue su primer párroco, y también se desempeñó como Asesor de la Acción Católica a nivel diocesano.

En 1976 fue designado párroco de Nuestra Señora de los Dolores y rector de la catedral de La Plata.

Su Santidad, el papa Pablo VI, lo nombró obispo titular de Lamdia y auxiliar de La Plata el 15 de junio de 1978, eligiendo como lema de su escudo episcopal “Illum oportet crescere” que son palabras de San Juan Bautista: “Es necesario que El crezca y que yo disminuya”.

El 19 de enero de 1983 el papa Juan Pablo II lo nombró segundo obispo diocesano de Chascomús.
Monseñor Montes renunció a su oficio pastoral por límite de edad el 3 de Julio de 1996. Desde la aceptación de su renuncia y hasta la fecha, fue párroco de Sagrado Corazón de Jesús, de Temperley, diócesis de Lomas de Zamora. +

Intenciones de oración del Papa para el mes de septiembre

Posted: September 1st, 2011, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 30 JUN 2011 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de septiembre es: “Por todos los docentes, para que sepan trasmitir el amor a la verdad y educar en los valores morales y espirituales auténticos”.

Su intención misionera es: “Para que las comunidades cristianas dispersas en el continente asiático proclamen el Evangelio con fervor, dando testimonio de su belleza con la alegría de la fe”.

Domingo de la Semana 23 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Posted: August 31st, 2011, by Matoga

«Todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo»

Lectura del libro del profeta Ezequiel 33, 7-9

«Así habla el Señor: «Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.»

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 13, 8-10

«Hermanos: que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18, 15-20

«Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la Iglesia. Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo forma parte de las enseñanzas de Jesús que se relacionan con la vida de las primeras comunidades cristianas. Por eso, a esta parte se le ha llamado el «discurso eclesiástico». Jesús nos habla, en esta oportunidad, acerca de la corresponsabilidad frente a la salvación de sus hermanos. Aquí se inserta el mandato de la corrección fraterna. La segunda admonición de Jesús a sus discípulos es la oración en común.

En la Primera Lectura se nos propone la imagen del «profetacentinela» que advierte a los hombres de su mala conducta y les anuncia el peligro que se acerca si no despiertan de su letargo. Pablo, por su parte, antes de concluir su carta a los romanos, dirige una última exhortación llena de contenido: «no tengáis con nadie ninguna deuda que no sea la de amaros mutuamente». Amar es cumplir la ley entera, porque todos los mandamientos se resumen, como diría Jesús, en esta frase: «Amarás a Dios….y a tu prójimo como a ti mismo».

«Yo te he puesto como centinela de la casa de Israel»

Ezequiel, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, era sacerdote y fue llevado al exilio de Babilonia en la época del rey Jeconías. Allí consoló a los otros desterrados pero anunció la caída definitiva de Jerusalén después de la primera deportación del año 597 A.C. Tras el intento de librarse del yugo, Jerusalén finalmente fue destruida el 587 A.C., año de la segunda deportación. Finalmente anunció la vuelta de este segundo cautiverio. La lectura de este Domingo se encuentra en la tercera parte del libro de Ezequiel que contienen los oráculos pronunciados después de la invasión de Nabucodonosor.  En ella el profeta se presenta como el centinela que anuncia al pueblo la necesidad de cambiar de conducta: «Ha oído el sonido del cuerno y no ha hecho caso: su sangre recaerá sobre él. En cambio, el que haya hecho caso, salvará su vida” (Ez 33,5).

El centinela es el hombre que, desde la atalaya[1], da la voz de alarma cuando ve al enemigo acercarse al campamento o a las puertas de la ciudad. En los tiempos antiguos poseía una función decisiva en los combates entre los pueblos. Si el centinela dormía, la vida del pueblo corría un grave riesgo. Ezequiel es un centinela con características especiales. El profeta debe advertir al «impío» de su mala conducta, debe informarle del mal que se le viene encima. Al centinela le basta dar la alarma; si le escuchan o no, ya no es responsabilidad suya.

No es así en el caso del profeta: él debe advertir del mal que se viene encima, y debe hacer todo lo posible por convencer a sus oyentes, porque lo que él anuncia no viene «ni de la carne ni de la sangre»; sino es Dios mismo quien se lo ha revelado. Él habla en nombre de Dios. Él expresa el deseo de Dios de salvar a los hombres y de que no se pierda ninguno (ver Ez 18,32). Él participa del amor divino que no se deja vencer por el pecado del hombre. El profeta-centinela asume una enorme responsabilidad: deberá responder ante Dios de la muerte o la salvación de aquellos a los que ha sido enviado. El verdadero pastor de almas es aquel centinela que vela sobre el rebaño y se mantiene en vigilia durante la noche para que ninguno perezca. El buen pastor, como dice san Pablo, amonestará, insistirá, predicará a tiempo y a destiempo la Buena Nueva (ver 2 Tim 4,2).

«Si tu hermano peca…»

El Evangelio de este Domingo nos ofrece algunas ense­ñanzas de Jesús acerca de su propia Iglesia. El texto con­tiene instruc­ciones de Jesús sobre el modo de proceder ante diversas situacio­nes en que se iban a encon­trar sus discí­pulos. La primera se refiere a la conducta a observar con el hermano que peca. En la Iglesia de los tiem­pos apostólicos, cuando el Evangelio de Mateo se puso por escri­to, el pecado de un cristiano era considerado un verdadero escándalo ya que era difícil para los primeros cristianos convencerse que alguien por quien Jesucristo había derrama­do su sangre para perdón de sus peca­dos, pudiera pecar de nuevo. Sin embar­go esa posi­bilidad existía y para esa triste eventualidad, Jesús dejó establecido el sacramento de la reconciliación dando a los apóstoles el poder de perdonar los pecados (ver Jn 20,22-23).

El primer paso pues, ante el pecado del hermano será reprenderlo en priva­do y tratar de obtener su conversión. Si se consigue, enton­ces se habrá ganado al hermano. Ante un corazón arrepentido la misericordia del Señor no tiene límite ya que «Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 33,11). Pero si el pecador se obstina en su mal, se llamará a uno o dos testi­gos y ante ellos se le reprenderá; si insiste en su pecado, se le denunciará ante la comunidad; y si ni si­quiera a la comuni­dad escucha, él mismo entonces se excluirá (se alejará) de ella y deberá ser conside­rado un pagano o un publicano. Queda, por su propio pecado, excluido de la plena comunión con la comunidad; ya no hace parte de ella. El pagano es el que pertenece a los pueblos que no conocen a Dios; los publi­canos eran consi­de­rados pecadores públicos, pues recaudaban los im­puestos que Israel, como pueblo dominado, debía pagar a Roma.

La «ekklesía» de Jesucristo

La pala­bra griega «ekklesía», que se traduce al español por «Iglesia», aparece en los Evangelios sólo tres veces y siempre en el Evangelio de Mateo. Dos de esas instancias ocurren en la lectura de este Domingo. Jesús usa por primera vez el término «Iglesia» cuando le cambia de nombre a Simón para ponerle uno apropiado a la misión que le iba a enco­mendar: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Observamos que también aquí el término «Igle­sia» está usado sin ser definido. Sólo se nos dice que Jesús tiene intención de fundar «su Igle­sia», y que ésta estará edificada sobre «Pedro-Piedra». La Iglesia de Cristo es la que está fundada sobre Pedro y sus suceso­res. Podemos concluir que «Iglesia» es un término ya conocido para los lectores y que, por tanto, su definición debe buscarse en el Antiguo Testa­mento.

Y así es. En el texto original hebreo del libro de los Números y del Deute­ronomio se habla del «qahal Yahveh», que se traduce al español por «asam­blea del Señor», y se usa para desig­nar al pueblo de Is­rael que peregrina en el desierto. Cuando la Biblia hebrea se tradujo al griego[2], el término hebreo «qahal» se tradujo en algunos casos por «synagogué» y en otros, por «ekklesía». «Synago­gué» signi­fica literalmente «congregación» y es el término que se apropió el judaísmo, dando origen a la sinagoga. «Ekkle­sía» significa literal­mente «convocación» y éste es el término que se apropiaron los cristianos para designar a su comuni­dad: todos aquellos que han sido convocados por Jesucristo de una situación de pecado a la vida eterna en virtud de su sacrificio reconciliador.

«Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo…»

«Atar y desatar» es una expresión de autoridad, que aparece a menudo en los textos rabínicos del tiempo de Jesús y posteriores. En esos textos la expresión tiene dos senti­dos. Significa, en primer lugar, el poder magisterial y discipli­nar, es decir, el poder de declarar la verdad o falsedad de una doctrina y de declarar la bondad o maldad de una acción[3]. Pero «atar y desa­tar» significa también el poder de excluir a alguien de la comuni­dad a causa de sus pecados (atar) y de read­mitirlo perdonándole los peca­dos (desatar), es decir, el poder de retener o perdonar los pecados. Éste es el sentido de la expresión «atar y desatar» usada por Jesús en este pasaje. Pero lo más importante es que Jesús asegura que lo atado o desatado por la Iglesia en la tierra queda atado o desatado en el cielo. De esa manera garantiza que la Iglesia no puede errar en materia de fe y moral; y también que la exclusión de alguien de la plena comunión con la Iglesia, lo ex­cluye de la amistad con Dios y que la readmisión del pecador arrepen­tido a la plena comunión con la Iglesia, por el sacramento de la reconciliación, lo renueva en su amis­tad con Dios.

«Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre»

Jesús agrega otra acción hecha en la tierra que repercute en el cielo: la oración comunitaria. Es una promesa: «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». El objeto de la petición no tiene limitación: se concede «sea lo que fuere». La única condición es ponerse de acuerdo en el seno de la comunidad reunida en el nombre de Cristo, es decir, pedir en conformidad con Cristo. En este caso la petición es escuchada, porque une su voz el mismo Cristo, a quien el Padre siempre escucha (ver Jn 11,42): «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Por eso el que pretende encontrar a Cristo prescindiendo de la Iglesia, en realidad encuentra a un ser de su propia crea­ción, pero no a Cristo. Para recibir el Espíritu Santo y alcanzar a Cristo es necesaria la mediación de la Iglesia.

 

Una palabra del Santo Padre:

« El Año jubilar, en la variada y ar­moniosa multiplicidad de sus contenidos y fines, trata sobre todo de la conver­sión del corazón, la metanoia, con la que se abre la predicación pública de Jesús en el Evangelio (cf. Mc 1, 15). Ya en el Antiguo Testamento, la salvación y la vida se prometen a quien se convier­te: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios— y no más bien en que se convier­ta de su conducta y viva?» (Ez 18, 23). El inminente gran jubileo conmemora el cumplimiento del segundo milenio del nacimiento de Jesús, que en la hora de la condena injusta dijo a Pilato: «Yo pa­ra esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la ver­dad» (Jn 18, 37).

 

La verdad testimoniada por Jesús es que Él vino para salvar al mundo que, de lo contrario, estaba des­tinado a perderse: «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). En la economía del Nuevo Testamen­to el Señor quiso que la Iglesia fuera universale sacramentum salutis. El concilio Vaticano II enseña que «la Igle­sia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios» (Lumen gentium, 1). En efecto, es voluntad de Dios que el perdón de los pecados y la vuelta a la amistad divina se realicen a través de la media­ción de la Iglesia: «Lo que ates en la tie­rra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19), dijo solemnemen­te Jesús a Simón Pedro, y en él a los su­mos Pontífices, sus sucesores. Dio esta misma consigna después a los Apóstoles y, en ellos, a los obispos, sus sucesores… (Mt 18, 18)».

 

 Juan Pablo II. Discurso a la Penitenciaría apostólica,  13 de marzo de 1999.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. San Agustín nos dice: «Debemos corregir con amor, no con deseo de hacer daño, sino con intención de corregir; si no lo hacéis así, os hacéis peores que el que peca». ¿Corrijo a mi hermano con caridad y amor?

2. ¿Acepto, de verdad, cuando me corrigen o creo que siempre tengo la razón? ¿Cómo vivo esta realidad en el ámbito familiar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1435. 1829. 1854 – 1856. 2223.


[1] Atalaya: torre en lugar alto para registrar desde ella el campo o el mar y dar aviso de lo que se descubre.

[2] La traducción al griego es la llamada versión de los LXX. Fue realizada a mediados del siglo III a.C. en Alejan­dría, Egipto.

[3] Por ejemplo: en sentido magisterial o enseñanza doctrinal: “Es verdad que los muertos resuci­ta­rán”; y en sentido disciplinar: “El aborto procurado es un crimen abomi­nable; el que lo intenta, si el efecto se obtie­ne, incurre en la pena de excomunión”.

Domingo de la Semana 22 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Posted: August 25th, 2011, by Matoga

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 7- 9

«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: «¡Violencia, devastación!» Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: «No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía».

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 12, 1-2

«Hermanos, les exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No se acomoden a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.  Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá.» Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.  ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres». Los pensamientos de Dios sobre el Mesías y su misión eran unos; los pensamientos que los hombres tenían eran otros completamente distintos. Aquí se cumple lo dicho por Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: «Vuestros pensamientos no son mis pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Is 55,8). Si los pensamientos de Dios son la verdad y los de los hombres (en el sentido de la lectura del Evangelio) son mentira; ¿qué podemos hacer nosotros para tener los pensamientos de Dios? Esto es lo que nos enseñan las lecturas de este Domingo.

Jeremías, en sus famosas «confesiones», nos muestra la experiencia dramática de ser consecuente con la propia vocación. Él sabe que ha sido llamado por Dios a una misión ardua y difícil (Primera Lectura). La carta a los Romanos nos expresa una verdad mucho más consoladora, pero no por ello menos exigente. Nos invita a entender nuestra vida como una ofrenda a Dios cambiando para ello nuestra mentalidad (Segunda lectura). En el Evangelio, Jesucristo anuncia con claridad y exigencia que es necesario tomar el camino de la cruz para salvar a los hombres. Quien desee seguir a Jesús fielmente, deberá tomar su cruz y ponerse detrás de Él. El mensaje cristiano es un mensaje de alegría y victoria pascual, pero un mensaje que necesariamente pasa por el camino de la cruz (Evangelio).

«¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!»

Jeremías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Predicó en una época de gran infidelidad a la alianza (aproximadamente entre los años 627 – 587 A.C.) y le tocó la pesada labor de anunciar las consecuencias de ello. Fue perseguido, maltratado e incluso intentaron acabar con su vida. En el texto que leemos, el terror rodea al profeta por todas partes; acaba de ser azotado injustamente por el sacerdote Fasur[1] por haber anunciado la Palabra de Yahveh. Esta persecución a causa de la palabra no fue exclusiva de Jeremías: «Yo les di tu Palabra y el mundo los ha odiado» (Jn 17,14); sin embargo vemos como el consuelo divino que alcanza a Jeremías inmediatamente después de su desahogo[2]: «Pero Yahveh está conmigo, cual guerrero poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes» (Jr 20,11).

«No os acomodéis al mundo»

La carta a los romanos fue escrita por Pablo en Corinto, probablemente el año 58, durante su tercer viaje apostólico. San Pablo exhorta vivamente a los cristianos de la comunidad de Roma a «presentar sus cuerpos como una hostia viva, santa, agradable a Dios». En el ámbito humano, un ciudadano era presentado ante alguna autoridad ya sea por razón de un ceremonial de la corte o por un proceso legal (ver Hch 23,33; 27,4). El sentido religioso de la «presentación» es el de «consagración», es decir, un apartar lo consagrado del ámbito profano para, en adelante, dedicarlo solamente a Dios. Esta presentación-consagración a Dios, entraña, por parte del creyente, un dejar de «acomodarse» al mundo presente para asumir una conducta moral adecuada a su estado de pertenencia a Dios: una vida santa, inmaculada, irreprensible y pura.

Para ello debe ingresar a un proceso de transformación cuyo eje principal es la metanoia, es decir, el cambio de mentalidad: un despojarse de los modos de pensamiento del hombre viejo para revestirse con los criterios de Cristo. En la lectura está, de manera implícita, la convicción de que el cuerpo no es malo en sí mismo. Al contrario, el cuerpo creado por Dios es bueno y es parte esencial de cómo ha concebido y querido al ser humano. Sin embargo el pecado lo afecta profundamente, pero aún así guarda la bondad intrínseca de su origen. Así pues, el cristiano ha de valorar rectamente su cuerpo, santificándolo, haciendo recto uso de él según el amoroso designio de Dios.

«¡Quítate de delante Satanás!»

Si estuviéramos leyendo el Evangelio de San Mateo por primera vez, nos llamaría la atención que en un espacio tan breve de tiempo cambie tan radicalmente el trato que Jesús da a Pedro. En efecto, en un momento le dice: «Bie­na­ventu­rado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17); y al momento siguien­te dice al mismo Pedro: «¡Quítate de delante Satanás[3]! ¡Un obstáculo[4] eres para mí!». ¿Cómo se explica este cambio de actitud? ¿Qué fue lo que hizo Pedro que le mereciera ser llamado “Satanás” y ser repelido con esa energía?

Pedro acababa de expresar la opinión que hasta enton­ces se habían formado los apóstoles acerca de Jesús, diciéndole: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». La expresión de Pedro es verdadera; nadie podría llegar a esa conclusión acerca de Jesús si no hubiera sido por una revelación del Padre y por eso mereció la bienaventuranza de Jesús y la promesa de fundar sobre Él su Iglesia. Pero Pedro aún no había comprendido todo el alcance de sus palabras. Entendía que Jesús era el Cristo, pero no entendía cómo tendría que realizar su misión. Dándose cuenta del modo erróneo de concebir su identidad, Jesús «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo». Era verdad que era el Cristo, pero no lo era como lo entendería la gente.

En este momento, comenzó Jesús el camino más difícil, comenzó a abrirlos a la comprensión del misterio de su futura Muerte y Resurrección. A todo hebreo del tiempo, formado en las Escrituras, la figura del «mesías» le sugería inmediatamente la imagen del rey David. Él era el «mesías – ungido» por excelencia y su reinado quedó en la con­ciencia popular como un tiempo proverbial, tal vez el único momento de su historia en que Israel fue un pueblo unido, soberano y en posesión de todos sus confines. Cuando se hablaba del que había de venir, del mesías «hijo de David», se pensaba inmediatamente en la restauración de esa misma situación. Esto explica la incom­prensión de Pedro cuando Jesús anuncia su pasión y muerte: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ninguna manera te sucederá eso!».

Sin darse cuenta y tal vez con muy buena intención, Pedro estaba apartando a Jesús de su misión, lo estaba persua­diendo a que no bebiera el cáliz que su Padre le tenía preparado, y en este sentido, cum­plía la misión de Sata­nás. Recordemos que Satanás también había tentado a Jesús ofreciéndole riquezas, reinos y poder. La tentación con­sistía en inducirlo a estable­cer un reino de este mundo, es decir, un mesianismo humano. Por eso Jesús rechaza a Pedro con la misma energía que había rechazado al diablo:«¡Apár­tate Satanás!» (Mt 4,10).Jesús nos da ejemplo, mos­trándonos el único modo de recha­zar los obs­táculos puestos a nuestra vida de fe, vengan de quien ven­gan; cualquier contempo­riza­ción es ya comenzar a caer.

«El que quiera salvar su vida la perderá»

Después de exponer su programa, que consiste en sufrir la pasión y la muerte y resucitar al tercer día, Jesús declara que éste es también el programa de todo discípulo suyo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontra­rá». Si queremos ser discípulos de Cristo, este es nuestro camino. ¡No hay otro! Consiste en negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo, consiste en perder la vida por Cristo ahora, para ganarla después en la vida eterna. Por tanto, cualquier obstáculo que se nos presen­te en este camino debe ser removido con deci­sión. Cualquiera que se detenga a considerar atenta­mente esta frase de Cristo observará que encierra una paradoja. Es que Jesús juega con dos aspectos de la palabra «vida».

Su dicho se entiende así: el que quiera gozar al máximo en esta vida terrena, sin negarse en nada, terminará per­diendo esta misma vida (con la muerte) y también la vida eterna; en cambio, el que entregue su vida, consu­mién­dola en el servicio y el amor a los demás, encontrará la vida eterna, que consiste en la paz y alegría en este mundo y la felicidad sin fin en el otro. Alcanzar la verdadera vida que es la eterna es el fin para el cual hemos sido creados. El murió para que nosotros tengamos vida eterna, como nos enseñó: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

A esta vida se refiere Jesús en sus magnífi­cas senten­cias: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?». Estas frases son tan evidentes e impactantes por sí mismas que cualquier comenta­rio debe enmudecer. Encierran una verdad tan maciza que ellas solas han sido argumento sufi­ciente para convertir a pecadores en mártires y santos.

Una palabra del Santo Padre:

«Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto al olvido de Dios existe como un boom de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero exagerando demasiado, la religión  se convierte casi en un producto de consumo.  Se escoge aquello que place, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la “medida de cada uno” a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. 

Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo! Tratemos nosotros mismos de conocerlo siempre mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia Él. Por esto es tan importante el amor a la Sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la verdad (cf. Jn 16,13). 

El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica sintéticamente: el Catecismo de la Iglesia Católica. Yo mismo, recientemente, he podido presentar el Compendio de tal Catecismo, que ha sido elaborado a petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querría recomendaros a todos vosotros».

Benedicto XVI.  Homilía en la misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud, Colonia 2005.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Mis pensamientos o criterios son los de Dios? ¿Entiendo lo que significa y distingo entre lo que son: “pensamientos de Dios” y “pensamientos del mundo”?  ¿En qué medida me dejo llevar por los criterios del mundo?

2. Aprendamos de María a ver las cosas «desde los ojos de Dios» y a darnos de manera generosa a los demás. Leamos con atención el pasaje de Lucas 1, 26-58.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965- 1974. 2055


[1] El sacerdote Fasur o Pasjur, hijo de Imer y Superintendente del Templo, mandó dar 40 azotes a Jeremías – que la ley permitía (Deut 25,2) – y le echó en el cepo, sujetándolo por el cuello, los brazos y pies mediante grillos. La pena era muy dura, ya que el prisionero no tenía posibilidad de moverse (ver Jer 20,1-6). El profeta azotado es considerada figura de nuestro Redentor.

[2] Recordemos que «la persecución» en nombre de Dios es una de las ocho bienaventuranzas de Jesús: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mt 5,10-12).

[3] Satanás: significa adversario, uno que se opone a otro ya sea en propósito o en acto. Satanás era el nombre dado al príncipe de los demonios, adversario inveterado de Dios y de sus planes. Se aplica también a todo hombre que se asemeja a Satanás, todo hombre que en propósito o en acto se opone a los planes de Dios.

[4] La palabra griega para «obstáculo» es «skandalon» que quiere decir  palo o gatillo movible de una trampa. Cualquier impedimento situado en el camino, y que (para el caminante) es causa de tropiezo, obstáculo  y caída (“piedra de tropiezo, piedra de escándalo”). También, como en este caso, se dice de toda persona o cosa por la que uno es atrapado o llevado al error o al pecado.

Declaración del Episcopado en defensa de la vida: de la madre y del hijo

Posted: August 23rd, 2011, by Matoga

Conferencia  Episcopal ArgentinaBuenso Aires, 23 Ago. 11 (AICA) Hablar del tema de la vida en el actual contexto nacional, “tiene una significación muy concreta”, porque “hoy la vida está muy amenazada por la droga y las diversas adicciones, la pobreza y la marginalidad en la que muchas personas viven su existencia en un estado de vulnerabilidad extrema; también la delincuencia aparece hoy en forma frecuente como atentado contra la vida”, expresa la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina que, titulada “No una vida, sino dos”, se dio a conocer hoy. “Junto con estos peligros  -añade la declaración- nos encontramos frente al planteo del aborto. Queremos afirmar con claridad: cuando una mujer está embarazada, no hablamos de una vida sino de dos, la de la madre y la de su hijo o hija en gestación. Ambas deben ser preservadas y respetadas. La biología manifiesta de modo contundente a través del ADN, con la secuenciación del genoma humano, que desde el momento de la concepción existe una nueva vida humana que ha de ser tutelada jurídicamente”, porque “el derecho a la vida es el derecho humano fundamental”. El siguiente es el texto completo de la declaración episcopal:

NO UNA VIDA, SINO DOS

(“Elige la vida y vivirás” (Dt. 30, 19)

Durante este Año de la Vida, hemos reflexionado sobre ella y la hemos reconocido como un regalo maravilloso que recibimos de Dios, y que hace posible todos los otros bienes humanos. También hemos observado con dolor situaciones sociales en las que no se está promoviendo el valor supremo de la vida.

Hablar de este tema, en el actual contexto nacional, tiene una significación muy concreta. En efecto, hoy la vida está muy amenazada por la droga y las diversas adicciones, la pobreza y la marginalidad en la que muchas personas viven su existencia en un estado de vulnerabilidad extrema; también la delincuencia aparece hoy en forma frecuente como atentado contra la vida.

Junto con estos peligros nos encontramos frente al planteo del aborto. Queremos afirmar con claridad: cuando una mujer está embarazada, no hablamos de una vida sino de dos, la de la madre y la de su hijo o hija en gestación. Ambas deben ser preservadas y respetadas. La biología manifiesta de modo contundente a través del ADN, con la secuenciación del genoma humano, que desde el momento de la concepción existe una nueva vida humana que ha de ser tutelada jurídicamente. El derecho a la vida es el derecho humano fundamental.

En nuestro país hay un aprecio de la vida como valor inalienable. La vida propia y ajena es para los creyentes un signo de la presencia de Dios, e incluso a quienes no conocen a Dios o no creen en Él, les permite “sospechar” la existencia de una realidad trascendente.

Valoramos las recientes medidas adoptadas respecto del cuidado de la vida en la mujer embarazada. Es absolutamente prioritario proteger a las futuras madres, en particular a las que se encuentran en estado de marginalidad social o con dificultades graves en el momento del embarazo. Los varones, que también lo hicieron posible, no deberían desentenderse.

Deseamos escuchar, acompañar y comprender cada situación, procurando que todos los actores sociales seamos corresponsables en el cuidado de la vida, para que tanto el niño como la madre sean respetados sin caer en falsas opciones. El aborto nunca es una solución.

Una decisión legislativa que favoreciera la despenalización del aborto tendría consecuencias jurídicas, culturales y éticas. Las leyes van configurando la cultura de los pueblos y una legislación que no protege la vida favorece una cultura de la muerte. La ley, en cuanto base de un ordenamiento jurídico, tiene un sentido pedagógico para la vida de la sociedad.

Invitamos a nuestros fieles laicos y a todos los ciudadanos a reflexionar y expresarse con claridad a favor del derecho a la vida humana. Lejos estamos de desear que este debate provoque más divisiones en la sociedad argentina. Solicitamos, por ello, que las expresiones vertidas sobre este tema se realicen con el máximo respeto, eliminando toda forma de violencia y de agresividad, ya que estas actitudes no están a la altura del valor y de la dignidad que promovemos.

Invocamos la protección de Dios, fuente de toda vida, para que ilumine a los legisladores. En el marco del Bicentenario, cada vida humana acogida con grandeza de corazón renueva la existencia de nuestra Patria como hogar abierto a todas y a todos.

Buenos Aires, 18 de agosto de 2011.

159º Reunión de la Comisión Permanente
Conferencia Episcopal Argentina+

Hoy les pido…

Posted: August 20th, 2011, by Matoga

…simplemente una ORACIÓN.

Dios sabe dónde “aplicarla”… Algunos la necesitaran para ellos mismos, o para algún ser querido. No importa.

SIMPLEMENTE, UNA ORACIÓN…

Domingo de la Semana 21 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Posted: August 19th, 2011, by Matoga

«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

Lectura del libro del profeta Isaías 22, 19-23

«Te empujaré de tu peana y de tu pedestal te apearé. Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías.  Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.  Le hincaré como clavija en lugar seguro, y será trono de gloria para la casa de su padre».

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-35

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, = ¿quién conoció el pensamiento de Señor? = O = ¿quién fue su consejero? = O = ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa? = Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20

«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas”. Díceles él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”

Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La impresionante confesión de Pedro en el Evangelio concentra nuestra atención en este Domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales acerca del Señor Jesús: su mesianidad y su divinidad. Es decir, Él es el Mesías esperado ungido con el Espíritu Santo para realizar la misión salvadora y reconciliadora. Él es quien viene a instaurar definitivamente el Reino de Dios.

El esperado por las naciones. Jesucristo, por otro lado,  es reconocido como el Hijo de Dios vivo: en este caso, la palabra: Hijo de Dios no tiene un sentido impropio en el que se subraya una filiación adoptiva[1], sino un sentido real. Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina y por eso Jesús afirma solemnemente: «esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo».

No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la reconciliación, que los planes divinos son inefables: «qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios» (Segunda Lectura). Así, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra fundamental de la Iglesia y poseerá las llaves de los cielos ejerciendo así la función de «maestro del palacio» como leemos que fue otorgada al buen siervo Elyaquim (Primera Lectura). 

«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

Si leemos con atención los Evan­gelios observaremos que tanto en su enseñanza como en su estilo de vida Jesús aparecía como uno de los grandes profetas de Israel. La mujer samari­tana le dice: «Veo que eres un profe­ta» (Jn 4,19); cuando le pregun­tan al ciego de nacimiento qué dice de Jesús, respon­de: «Que es un profeta» (Jn 9,17);los discípulos de Emaús no podían creer que el desconocido que se les une en el camino no haya oído hablar de «Jesús de Nazaret, que fue un profeta podero­so» (Lc 24,19); y, en fin, el mismo Jesús toma con decisión el camino de Jerusalén, según dice, «porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).Por eso cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», ellos responden: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Es cierto. Jesús es visto como «un profeta pode­roso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pue­blo», como lo definen los discípulos de Emaús. Pero es mucho más que eso. Hoy día los que no tienen fe en Cristo dan una respuesta similar: «fue un gran hombre, un maestro espiritual, un hombre como ninguno, su doc­trina es muy elevada, etc.» Pero los que se quedan sólo en esto, no saben lo que dicen, porque aún no lo conocen.

« Y ahora ustedes… ¿quién dicen que yo soy?»

Jesús quiere ahora saber qué dicen de Él sus discípu­los, aquellos que lo habían dejado todo y lo habían seguido. Y mientras los otros pensaban la respuesta, se adelanta Pedro y exclama: «Tú eres el Cristo[2], el Hijo de Dios vivo». Si todo el Evangelio no es más que la revelación de la identidad de Cristo, el Verbo de Dios Encarnado, entonces esta frase de Pedro puede ser considerada el centro del Evangelio. Es interesante recordar que los apóstoles ya lo habían reconocido como «Hijo de Dios  vivo» después de haber caminado sobre las aguas (ver Mt 14, 33); sin embargo es Pedro quien declara explícitamente su mesianidad y su divinidad siendo el portavoz de los Doce.

Jesús aprue­ba la declaración de Pedro y lo llama «bienaventurado» porque no pudo concluir eso por deducción humana, sino por inspiración divina: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos». De paso, Jesús enseña que el conocimiento verdadero sobre Él no se logra por un esfuer­zo de la inteligencia humana, sino que es un puro don gratuito de Dios. Al hombre toca solamente no poner obstáculos y colaborar activamente con el don recibido. Por eso no tiene sentido que una persona sin fe reproche a otra que cree por sus opciones de vida. Sería como si un ciego reprochara a un pintor por los colores que usa.

«Tú eres Piedra»

Jesús responde a Pedro con frase de idéntica estructura: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Es necesario observar que antes de esta frase de Cristo, el nombre «Pedro», que hoy es tan popular, no existía, ni tampoco su equivalente arameo «Kefa». El príncipe de los apóstoles no se llamaba así; su nombre era Simón, hijo de Jonás. Si el Evangelio lo llama «Pedro» y si así lo llamamos nosotros hoy es exclusivamente porque éste fue el nombre que le dio Jesús en la frase que hemos citado. No se puede negar que Jesús intentó hacer un juego de palabras con el nuevo nombre dado a Simón y la tarea que le era reservada. En el ambiente semítico el nombre representa lo que la persona es. El cambio de nombre, sobre todo, cuando el que lo hace es Dios mismo, indica una misión específica. En este caso, Jesús cambia el nombre de Simón y lo llama «Pedro» para confiarle la misión de piedra basal (base de una columna) sobre la que iba a edificar «su Igle­sia». Podemos concluir claramente que una comunidad cristiana que no reconozca a Pedro como su fundamento no puede llamarse la «Iglesia de Cristo».

Jesús continúa: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». A nadie dijo Jesús palabras semejan­tes. Si lo que haga Pedro en la tierra queda hecho en el cielo, eso quiere decir que Pedro no puede errar cuando define una verdad relativa al Reino de los cielos, pues en el cielo no puede quedar sancionado un error. Por tanto, esta sentencia de Cristo promete a Pedro el don de la «infalibilidad» en materia de fe y moral.

«La llave de la casa de David» 

El profeta Isaías es enviado por Dios para comunicarle a Sebná, un alto funcionario del rey Ezequías, que era partidario de la alianza con Egipto contrariando la política propuesta por Isaías de confiar ciegamente en Yahveh, su trágico destino (ver Is 22, 15-18). En sustitución será elegido Elyaquim, a quien Dios llama «mi siervo» en razón de su fidelidad. Dios  le revestirá con las insignias propias de su cargo y por su conducta merecerá el título de «padre» para con los habitantes de Jerusalén y de Judá.  Dios  le dará la «llave de la casa de David», símbolo de su poder como mayordomo de palacio, primer ministro o visir. Su poder será extremamente amplio y nadie se lo quitará. Parece ser que el encargado de tal oficio debía llevar ritualmente una gran llave de madera sobre su hombro (v 22). Yahveh lo fijará como un clavo o estaca de tienda y será el sostén de su familia. Todos sus parientes, aún los más lejanos querrán apoyarse en él para obtener favores reales: «De él colgará toda la gloria de la casa de su padre, los hijos y los nietos, todos los vasos pequeños, desde la copa hasta toda clase de jarros» (Is 22,24).Sin embargo, paradójicamente, leemos en el versículo 25, el anuncio de la caída del buen Elyaquim y de su familia a causa de su excesivo nepotismo. No hay nada nuevo bajo el sol…

Hasta el fin de los tiempos…

Volviendo a la lectura del Evangelio vemos como Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma aquí que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Y cuando asciende al cielo, promete: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Debe perdurar también la piedra de la Iglesia; debe perdurar también Pedro. Esta misma misión, con la misma garantía divina de la infa­libilidad, perdura en los Sucesores de Pedro, es decir, en el Romano Pontífice. Si no tuviéramos fe, de todas maneras, un estudio histórico de esta institución que, a pesar de todos los emba­tes, ha durado ya veinte siglos, debería hacernos pensar. Más que nunca resplandece esta verdad hoy en la perso­na y en la misión del Papa Benedicto XVI.

Tal vez nadie mejor que el gran artista Miguel  Ángel ha inter­pretado esa promesa de Cristo. Lo hizo como genio de la arquitectura construyendo la magnífica cúpula de la basílica de San Pedro. En su ruedo interior tiene escritas las palabras que Jesús dijo a Pedro. Y en su imponente presencia exte­rior desafía los ataques de «las puertas del infierno». Es como la casa edifi­cada sobre roca que resiste todos los embates de las fuerzas hostiles. Hace algunos años en un sello postal de la Ciudad del Vaticano fue captada esta idea de manera magistral; aparecía la cúpula majestuosa, que en los peores embates, imperturbable, parecía decir: «Alios vidi ventos, aliasque tor­men­tas» (He visto otros vendavales y otras tor­mentas).

Una palabra del Santo Padre:

 «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9,18). Jesús planteó un día esta pregunta a los discípulos que iban de camino con él. Y a los cristianos que avanzan por los caminos de nuestro tiempo les hace también esa pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Como sucedió hace dos mil años en un lugar apartado del mundo conocido de entonces, también hoy con respecto a Jesús hay diversidad de opiniones. Al­gunos le atribuyen el título de profeta. Otros lo consideran una personalidad extraordinaria, un ídolo que atrae a la gente. Y otros incluso lo creen capaz de iniciar una nueva era. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9, 20). Esta pregunta no admi­te una respuesta «neutral». Exige una opción de campo y compromete a to­dos. También hoy Cristo pregunta: voso­tros, católicos de Austria; vosotros, cristianos de este país; vosotros, ciudadanos, ¿quién decís que soy yo?

La pregunta brota del corazón mismo de Jesús. Quién abre su corazón quiere que la persona que tiene delante no res­ponda sólo con la mente. La pregunta procedente del corazón de Jesús debe tocar nuestro corazón. ¿Quién soy yo para vosotros? ¿Qué represento yo para vosotros? ¿Me conocéis de verdad? ¿Sois mis testigos? ¿Me amáis? Entonces Pedro, portavoz de los discípulos respondió: Nosotros creemos que tú eres «el Cristo de Dios» (Lc 9, 20). El evangelista Mateo refiere la profe­sión de Pedro más detalladamente: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Hoy el Papa como sucesor del Apóstol Pedro por voluntad divina profesa en nombre vuestro y juntamente con vosotros: Tú eres el Mesías de Dios, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.  A lo largo de los siglos, se ha bus­cado continuamente la profesión de fe más adecuada. Demos gracias a san Pe­dro, pues sus palabras han resultado normativas».

Juan Pablo II. Homilía en Viena, Domingo 21 de junio de 1998. 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. La liturgia de hoy nos invita a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre la que se edifica la Iglesia, veamos en él a quien posee las llaves del Reino de los cielos. Acompañémosle, no sólo con nuestra oración, sino también con nuestra acción apostólica. Que Benedicto XVI, sucesor de Pedro, pueda contar también con nosotros para la «nueva evangelización» en este nuevo milenio de la fe.

2. «Porque de él, por Él y para Él son todas las cosas», nos dice San Pablo en su carta a los Romanos. ¿Qué lugar ocupa el Señor Jesús en mi vida y en la de mi familia? ¿Dios es importante en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436- 445.


[1] Es el caso de nosotros que hemos sido adoptados por Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo a través de nuestro bautismo. Propiamente somos criaturas muy amadas y queridas por Dios (hechos a Imagen y Semejanza del Creador) pero no hijos de Dios sino hasta el bautismo. Justamente esa es la altísima dignidad que nos ha donado (regalado, dado) el Padre en el Hijo.

[2] Jesús es reconocido como el Mesías esperado. La palabra Cristo proviene de la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías» que quiere decir «Ungido». En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión recibida de Dios. Éste era el caso de los reyes (ver 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (ver Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (ver. 1 R 19, 16). Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (ver Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (ver Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (ver Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (ver Is 61, 1; Lc 4, 16_21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. (ver Catecismo de la Iglesia Católica 436).

Estampas de Bautismo

Posted: August 8th, 2011, by Matoga

Recuerdo que, el entrañable padre Oscar Delgado Carrizo siempre nos decía que deberíamos festejar mucho más el día de nuestro bautismo que el de nuestro cumpleaños…

Casualidades que tiene la vida… Hoy, navegando al azar en Internet me topé con este interezante sito. Estampas de Bautismo que los invito a visitar…

Ya me pongo a buscar las mias para tratar (si encuentro la dirección) de enviarselas ….

Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común. Ciclo A

Posted: August 8th, 2011, by Matoga

«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas»

Lectura del libro del profeta Isaías 56, 1. 6-7

«Así dice Yahveh: Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia  para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus  siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos».

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,13-15. 29-32

«Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?

Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28

«Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada”. Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: “Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros”. Respondió él: “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!

El respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. “Sí, Señor – repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y desde aquel momento quedó curada su hija».

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El pasaje de este Domingo es realmente Impresionante ya que Jesús, el Maestro Bueno, responde de manera dura y fuerte – políticamente incorrecta diríamos hoy – a una mujer cananea que le suplica por su hija endemoniada. Pero la gran lección – y vínculo – de las lecturas dominicales es la universalidad del mensaje reconciliador de Dios.

La Primera Lectura expone la situación de los judíos deportados que después de haber convivido con pueblos paganos en el destierro babilónico – desde el 587 al 538 A.C. – vuelven a la Tierra Prometida y se encuentran que ya está habitada. En el exilio una de las más grandes exigencias fue la fidelidad a Dios y a su Alianza. Permaneciendo unidos alrededor de los profetas, sacerdotes y escribas; pero sin culto, sacrificio ni Templo; anhelaban siempre el retorno a Jerusalén. Pero ahora ven que tienen que convivir con los «pueblos extranjeros». Esto les obligará a pensar y a tomar una nueva actitud. También vamos a ver la misma temática en la Carta a Los Romanos (Segunda Lectura) donde San Pablo, «Apóstol de los gentiles», no hará distinción entre judíos y gentiles.

Finalmente en el Evangelio de San Mateo; Jesucristo realizará el milagro a la mujer cananea – considerada pagana[1]- dejando sentado que si bien su misión es salvar a «las ovejas perdidas de Israel»; dejará en claro que su mensaje es universal. Esto lo irá revelando poco a poco a sus Apóstoles hasta claramente hacerlo explícito durante su Ascensión a los Cielos (ver Mt 28, 19-20).

La reconciliación a todos los pueblos

Esta parte final del libro de Isaías, considerada del «trito-Isaías», es decir del tercer Isaías; es anterior al fin del Destierro y coetánea a la reconstrucción del Templo hacia el año 520 A.C. En la lectura del capítulo 56 leemos una afirmación sorprendente: «porque mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).

Jesús mismo citará este versículo en circunstancias graves de su vida (ver Mt 21,13) y anunciará dos novedades: la primera es que la oración se impone sobre el sacrificio aun en el Templo – estamos hablando del contexto sacrificial del Antiguo Testamento -; y por otro lado se invita a todos los pueblos a la «Casa de oración». En otros pasajes vemos como Jesús dirá que su sangre (Jn 11, 51-52) ha derribado el muro que separaba a los judíos de los paganos (Ef 2,14), de modo que todos puede hacerse hijos de Abraham (Rm 4, 16). Esto lo vemos ejemplificado en el bautismo del centurión romano Cornelio de manos de San Pedro en la ciudad de Joppe (Hch 10).

Podemos entonces afirmar que la «caída» de Israel – es decir el no haber aceptado y reconocido a Jesús como el Mesías – se constituye el medio por el cual se hará factible[2] que el mensaje reconciliador de Jesucristo llegue a todos los hombres (ver Rm 11, 11- 16). Por otro lado San Pablo nos señala que para los cristianos tampoco debe de existir la distinción entre judío y gentil; entre libre y esclavo, sino todos somos uno en la fe la cual obra por amor (Gal 5,6).

La región de Tiro y Sidón

El Evangelio nos narra un hecho que ocurre fuera de los confines de Israel. Es necesario tener en cuenta esta circuns­tancia para comprender lo ocurrido. En efecto, co­mienza informando: «Jesús se dirigió a las regiones de Tiro[3] y Sidón[4]». Estas ciuda­des están ubicadas en la costa del mar Mediterrá­neo, al norte de Israel (Líbano en la actualidad). Es la única vez que vemos a Jesús salir del terri­torio de Is­rael (aparte de la huida a Egipto con sus padres, cuando era niño peque­ño, para escapar de las manos de Hero­des el Grande). Jesús es el Salvador del género humano; pero debía realizar esta misión siendo el Mesías prometido a Israel.

Una mujer cananea

«Entonces una mujer cananea de esas partes, se puso a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija es cruelmente atormentada por un demonio». El gentilicio «cana­nea», que se atribuye a la mujer es único en el Evangelio. En efecto, éste es un nombre arcaico que designa al principal de los pueblos que habitaban la Palestina y que Israel tuvo que exterminar para no contaminarse con sus cultos idolátricos. Más pagana no podía ser la mujer. En el Evangelio de San Marcos, escrito para un público menos sensible a la historia de Israel, la mujer es des­crita como «de origen siro-fenicia» (Mc 7,24). En todo caso, no es del pueblo de Israel.

Su grito expresa total confianza; en griego, que es la lengua original del Evan­gelio, ese grito reprodu­ce la misma súplica que nosotros dirigimos a Dios en el acto peni­tencial de la Misa: «Kyrie eleison» – «Señor ten piedad». Pero ella agrega: «Hijo de David». Y este modo de referir­se a Jesús es un claro reconocimiento de que él es el Cristo, el Mesías esperado por Israel. Es el mismo grito que le dirigen los dos ciegos: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27; 20,30). Es la aclamación de la multitud y de los niños cuando Jesús entró en Jerusa­lén: «Hosanna al hijo de David» (Mt 21,9.15). El mismo Jesús en cierta ocasión pregunta a los fari­seos: «¿Qué pensáis del Cristo, de quién es hijo?. Le res­pondieron: De David» (Mt 22,42). Es claro que, llamándole así, la mujer cananea hace una profesión de su fe en la identidad de Jesús

La indiferencia de Jesús

¿Cómo se explica la actitud de indife­rencia que mantiene Jesús? «El no le respondió palabra». Fue necesa­rio que intercedieran los apóstoles. Y lo hacen, no por interés en la mujer, sino para sacársela de encima: «Escúchala, que viene detrás gritando».

Entonces Jesús mismo explica el motivo de su silencio: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdi­das de la casa de Israel». Esto explica por qué Jesús se restringió a Israel y por qué allí des­plegó su obra y todos sus milagros, salvo el que se relata aquí, obviamente. Pero a sus discípu­los los formó para una misión universal, a la cual los envió antes de ascen­der al cielo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El motivo que Jesús da a sus discípulos para evitar hablar con la mujer cananea, le debió parecer a ella un argumento “teológico” incomprensible; y por eso insiste: «¡Señor, socórreme!». Entonces Jesús se dirige a ella y le da una razón más a su alcance: «No está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perritos».

Los judíos se refe­rían a los paganos llamándoles «perros». Jesús se acomoda a este uso, pero lo hace de modo más afectuoso y dice el diminutivo «perritos», en atención a que la mujer había expresado admi­ración y absoluta confianza en Él. La mujer reac­ciona con prontitud y su respuesta cautiva a Jesús, que ya no se puede negar a conceder­le todo lo que pide: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella no discute que, siendo pagana, merece el apelativo «perritos» y que los judíos son «señores», pues de ellos viene el Mesías, el «hijo de Da­vid»; pero esto no impide que la acción del Mesías alcance a todos, incluso a los perritos, aunque sea en forma de miga­jas.

Jesús quedó admirado. Pocas veces expresa semejante admiración. Dice a la mujer: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te ocurra como deseas». El Evangelio agrega el desen­lace: «Desde aquella hora su hija quedó curada». La mujer obtuvo lo que deseaba porque demostró una fe imbatible en el poder de Jesús. Es la condición necesaria para obtener cualquier gracia de Dios. Aquí vemos en acción la declara­ción de Cris­to: «Si tenéis fe como un grano de mosta­za, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20). La mujer cananea tenía fe más grande que un grano de mostaza.

Ella mereció que Jesús excla­mara: «¡Grande es tu fe!». Pero ella tiene otra lección que darnos. Ella no sólo demuestra fe, sino también una inmensa humildad y una confianza absoluta en la bondad de Jesús. Aunque Él le demostraba indiferencia y severidad, ella seguía insistiendo segura de que no sería rechazada. Podemos decir que ella – en ese momento – demos­traba conocer el Corazón de Jesús más que sus mismos discípu­los.

Una palabra del Santo Padre:

 «En este XX domingo del tiempo ordinario la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que “tenía un demonio muy malo”. El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende:  “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 21-28).


“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.


Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo. En los días pasados hemos conmemorado a varios: los Papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo.

Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración; y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: San Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.


Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada mundial de la juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico. Invoco sobre todos su protección y en particular la de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia. Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo».

Benedicto XVI. Ángelus 14 de Agosto de 2005

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

1. ¡Una fe admirable e indómita! Ante la fe de la mujer cananea ¿Cómo está mi fe? ¿Cómo la vivo en los momentos de dificultad? ¿En las tentaciones? ¿En mis propias fragilidades? 

2. María es la mujer de la fe. Recemos un rosario en familia para que sea Ella la que nos guie en los momentos difíciles y nos aumente la fe.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 402-406. 969. 2087- 2094.

 


[1] Pagano. Del latín paganus: habitante del campo.Los no cristianos que iban quedando en los medios rurales cuando el cristianismo se fue extendiendo sobretodo en las ciudades en el Imperio Romano. Infiel no bautizado. En el Antiguo Testamento a los que no pertenecían al Pueblo de Dios se les llamaba gentiles. Otras veces se refería a los pueblos extranjeros.

[2] Hay que tener en cuenta la providencia de Dios que de una u otra manera iba a hacer esto posible, es decir que la Buena Nueva llegase a toda la humanidad.

[3] Tiro era un importante puerto y ciudad- estado en la costa del Líbano. En realidad contaba con dos puertos; uno en la costa y otro en una isla frente a la costa. Hacia el año 1200 A.C. los filisteos saquearon Sidón y entonces Tiro pasa a ser el puerto fenicio más importante. La edad de oro de Tiro fue en la época de David y Salomón.  El rey Ajab de Israel se casó con la hija del rey de Tiro. Lego será conquistada por los asirios en el siglo IX A.C. Recuperará su libertad para más tarde caer en manos de Alejandro Magno (332 A.C.).

[4] Sidón (puerto fenicio) en la costa moderna del Líbano. En Sidón trabajaban muchos artesanos de alta calidad. Entre sus exportaciones se contaban  tallas de marfil, joyas de oro y plata, y fina cristalería. Cada ciudad fenicia era prácticamente independiente. Cuando los israelitas conquistaron Canaán, no consiguieron lograr tomar Sidón. Pero poco a poco fueron mezclándose hasta que finalmente se acusa a los israelitas de darle culto al dios Baal de Sidón y Asrtoret. Jezabel, que fomentó el culto a Baal, era hija de un rey de Sidón. En los tiempos de Jesús la mayoría de los habitantes de Sidón eran griegos y muchos acudían a Galilea para escuchar su predicación. San Pablo se detuvo en Sidón cuando se dirigía a Roma y permaneció en la casa de unos amigos.