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Bautismo del Señor. Ciclo A

Posted: January 6th, 2011, by Matoga

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti»

Lectura del libro del profeta Isaías 42, 1- 4.6-7

«He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas.»

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: “Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. “El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos.

Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él;»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

«Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”.

Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Todos los textos litúrgicos, de una u otra manera, se refieren a la «novedosa»[1] acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios que leemos en el profeta Isaías (Primera Lectura) cuando se refiere al «Siervo de Dios». Resulta también algo «novedoso» que Jesús sea bautizado por Juan en el Jordán, que el cielo se abra, que el Espíritu Santo descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo diciendo: «Este es mi hijo amado». Dentro de la mentalidad judía, es también absolutamente nuevo lo que proclama San Pedro: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: «En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado…como preludio de la nueva creación»[2].Es sin duda esta, la nueva acción de Dios en la historia.

Una «carta de presentación»

Por boca del profeta Isaías[3], Dios había anunciado muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, a Aquél que sería el elegido: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42,1-2). A la elección del «siervo de Yahveh», acompaña una efusión del Espíritu; como se da en el caso de los jefes carismáticos de los tiempos antiguos, en los Jueces (ver Jc 3,10s) y en los primeros Reyes (ver 1Sam 9,17; 10,9-10; 16,12-13). Las palabras del profeta Isaías se volverán a escuchar en el momento en que el Señor Jesús, al acudir al Jordán para ser bautizado por Juan, inicia su misión (ver Mt 3,17).

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Apóstol Pedro, haciendo referencia al momento en que se inicia el ministerio público de Jesús en su discurso en la casa del Centurión Cornelio[4], relaciona a Jesús, bautizado en el Jordán, con el «siervo de Yahveh». Pedro dice de Él que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). La misión fundamental del Verbo Encarnado es hacer el bien y llevar la «Buena Nueva» a todas las naciones; judíos y gentiles[5]. La visita de Pedro a la casa de Cornelio y el descenso del Espíritu Santo; es de inmensa importancia para la iglesia primitiva, por cuanto marcó la entrada de los gentiles en su seno[6]. En lo sucesivo el Espíritu Santo será dado a todos aquellos que, fuera cual fuera su origen, oyeren con fe la «Nueva Noticia» del Señor Jesucristo. Cornelio, sus familiares[7] y amigos, en el momento de su conversión fueron bautizados con el Espíritu Santo como los discípulos en Pentecostés (Hch 11, 15-17).

El inicio de la vida pública de Jesús

El bautismo de Jesús en el Jordán de manos de Juan Bau­tista es el primer acto público de la vida de Jesús e inicia su ministerio público. Esta simple obser­vación nos sugiere que ya está aquí contenido, en ger­men, lo que será el desarrollo completo de su vida. En cierto sentido está expresado aquí el misterio completo de Cristo, tal como es resumido por San Pablo en su carta a los Filipenses: «Cristo, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo… se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre…» (Flp 2,5-11).

El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, «igual a noso­tros en todo menos en el pecado» (Hb 4,15). En el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte. Pero ese abajamiento fue un «sacrificio» grato a Dios y obtuvo para todo el género humano la reconciliación. Así había sido anun­ciado muchos siglos antes por el profeta Isaías: «Por su amor justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará… indefenso se entregó a la  muerte y fue conta­do entre los impíos, mientras él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (Is 53,11-12).

El bautismo de Juan

El bautismo de Juan[8] era un baño de agua (inmersión) en el Jordán que se hacía confesando los pecados. El mismo Juan predica: «Yo os bautizo con agua para conversión». Había que reconocer la propia condición de hombre pecador y someterse a este rito de penitencia con la intención de morir a la vida de pecado. Pero la liberación verdadera del pecado no era posible mientras no viniera el que había de expiar nuestros pecados con su muerte en la cruz. Juan lo reconoce cuando, indicando a Jesús, dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La muerte de Jesús en la cruz ha dado eficacia al Bautismo cris­tiano, del cual el bautismo de Juan no era más que un símbolo: «Yo bautizo con agua… él os bautizará con el Espíri­tu San­to».  Por  eso  cuando  Jesús  se  presenta a Juan para ser bauti­za­do, éste «trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti».

La misión de Jesús

La insistencia de Jesús para bautizarse, como dijimos, indica lo central de su misión: «Déjame ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entrando en el bautismo de Juan, Jesús fue contado entre los pecadores. De esta manera este hecho es un símbolo del sacrificio en la cruz. En la cruz Cristo también fue contado entre los pecadores; en efecto, «junto con Él crucificaron a dos malhechores, uno a la dere­cha y otro a la izquierda». Pero sobre todo, porque Él, aunque no conoció pecado, asumió sobre sí el salario del pecado que es la muerte. El mismo Jesús lo había advertido a sus apóstoles: «Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: He sido contado entre los malhechores» (Lc 22,37). Es una frase similar a la que dijo en su bautismo: «Es necesario que se cumpla toda justicia».

El bautismo de Jesús en el Jordán es entonces un símbolo y el primer anuncio de su muerte en la cruz. Hemos dicho que el bautismo era un rito penitencial, es decir, en cierto sentido, expiatorio por el pecado, como eran los sacrificios, en los cuales mediaba la muerte de la víctima. Era, por tanto, de esperar que «el bautismo para penitencia» se aso­ciara a la muerte expiatoria por el pecado y se usara como una metáfora de ella. Así lo comprende el mismo Jesús, como se deduce de la pregunta que pone a los hermanos Santiago y Juan: «¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10,38). Y en otro lugar expresa su deseo de llevar a término su misión con estas palabras: «Tengo que ser bautizado con un bautismo y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). También aquí, en el bautismo de Juan, después de su humillación y obediencia, Jesús es exaltado por la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco».

El don del Espíritu Santo

Los Evangelios son constantes en afirmar que con ocasión del bautismo de Jesús Él fue confirmado como el Ungido por el Espíritu Santo. Los Evangelios precisan que esto no fue un «efecto» del bautismo de Juan, pues no ocurrió mientras Jesús estaba en el agua, sino una vez que «Jesús salió del agua». El don del Espíritu será un efecto del bautismo instituido por Jesús, pues Él es quien «bautiza en Espíritu Santo».

El relato continua: «Una voz que salía de los cielos decía: ‘Este es mi Hijo amado en quien me com­plazco’». Esta voz se dirige a todos para manifestar a Jesús como el Hijo de Dios. Es pues una epifanía. Es claro que la voz del cielo repite el oráculo de Isaías sobre el Siervo de Yahveh pero se da el tremendo paso de sustituir «siervo» por «Hijo». En lugar de decir «mi siervo», Dios Padre se refiere a Jesús llamándolo «mi Hijo amado».

Una palabra del Santo Padre:

«Para captar el sentido profundo del bautismo, es necesario volver a meditar en el misterio del bautismo de Jesús, al comienzo de su vida pública… En realidad, sometiéndose al bautis­mo de Juan, Jesús lo recibe no para su propia purificación, sino corno signo de solidaridad redentora con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención redentora, puesto que es «el Cordero (…) que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29)…

En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia el compromiso del su­frimiento redentor, sino que también obtiene una efusión especial del Espíri­tu, que desciende en forma de paloma, es decir, como Espíritu de la reconcilia­ción y de la benevolencia divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se comunicará en el bau­tismo de los cristianos. Además, una voz celestial proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me com­plazco» (Mc 1, 11). Es el Padre quien re­conoce a su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a Él. En realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única, porque es el Verbo eterno «de la misma naturaleza del Padre». Sin embargo, en virtud de la filia­ción divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: «Tú eres mi hijo amado». En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los cristianos y de su riqueza espiritual».

Juan Pablo II. Catequesis del  1 de abril, 1998.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Con la celebración del Bautismo de Jesús se termina el Tiempo Litúrgico de la Navidad y se inicia el Tiempo Ordinario. Contemplemos una vez más el misterio del nacimiento de nuestro Reconciliador en Belén. Renovemos una vez más nuestras resoluciones (regalos) para este año que se inicia ante el Niño Dios.

2. En el bautismo de Jesús, recordamos nuestro propio bautismo: fundamento de nuestra vida de fe. ¿Cómo vivo mi fe recibida en el bautismo? ¿Soy consciente de las promesas de mi bautismo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 536, 720, 1224-1225. 1267 – 1270.


[1] ´Novedad. (Del lat. novĭtas, -ātis).  Cualidad de nuevo. Cosa nueva. Cambio producido en algo. Suceso reciente, noticia. Extrañeza o admiración que causa lo antes no visto ni oído.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 536.

[3] Isaías vivió en Jerusalén en el siglo VII a.C. El libro que lleva su nombre es uno de los libros proféticos más impresionantes del Antiguo Testamento. Describe con gran vigor el poder de Dios y su mensaje de esperanza para el pueblo. Isaías profetizó a lo largo de unos 40 años. Los capítulos 40-45 describe el destierro de Judá en Babilonia. El pueblo ya no tiene esperanza pero el profeta habla de un tiempo que Dios va a liberar a su pueblo y lo hará regresar a Jerusalén.

[4] Cornelio: capitán (centurión) del ejército romano destacado en Cesarea. Era «temeroso de Dios», o sea, era un prosélito del judaísmo, celoso y caritativo. Sin embargo, no era salvo por sus buenas obras (Hch. 11:14). En un sueño, un ángel le dijo que hiciera venir a Pedro que se encontraba en Jafa.

[5] Toda persona que, no siendo israelita, perteneciera «a las naciones» (gentil, que proviene del latín «gentilis», de «gens», nación), estando sometida a otras autoridades y a otra religión que la de Israel. No quedaban contados entre los extranjeros: los esclavos comprados por dinero, ni los prisioneros de guerra; éstos estaban en poder de sus dueños, y sometidos a las leyes israelitas (Gn. 17:12; Éx. 21:20-21); los prosélitos, esto es, los extranjeros que hubieran adoptado la religión de los israelitas (Gn. 34:14-17; Is. 56:6-8; Hch. 2:10). El extranjero no asimilado se encontraba con algunas prescripciones negativas, porque Israel debía seguir siendo el pueblo santo, separado para Dios (Dt. 14:2). Los matrimonios mixtos estaban prohibidos (Ex. 34:16; Dt 7:3; Jos 23:12). En una época posterior, los judíos de observancia estricta ni comían ni bebían con gentiles (Hch 11:3; Gá 2:12). Estos últimos, sin embargo, podían, en todo momento, acceder al judaísmo (Gn 17:27; 34:14-17; Mt 23:15).

[6] Recordemos que los samaritanos de Hch. 8 eran considerados medio judíos.

[7] Podemos afirmar que también fueron bautizados las mujeres y los niños.

[8] La práctica del bautismo por inmersión de agua no fue invento del Bautista. Junto con la circuncisión, rito básico de incorporación al Pueblo de la Alianza, el bautismo de agua era practicado por los judíos piadosos como un importante rito de purificación. De hecho adquirió un relieve especial entre los esenios que vivían comunitariamente en Qumrám a orillas del Mar Muerto; entre ellos el bautismo era signo de un firme compromiso de servir a Dios con plena fidelidad. Había además un bautismo de iniciación para los prosélitos que se incorporaban a la religión judía. La originalidad del bautismo de Juan fue su intención penitencial por la proximidad del «Ungido- Mesías» preparando así los caminos de «Aquel que tenía que venir».

Ideal para empezar el año

Posted: January 6th, 2011, by Matoga

Intenciones de Oración del Papa para el mes de enero 2011

Posted: January 1st, 2011, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 30 DIC 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de enero es: “Para que las riquezas de la creación sean conservadas, valorizadas y puestas a disposición de todos, como don precioso de Dios a la humanidad”.

Su intención misionera es: “Para que los cristianos puedan alcanzar la plena unidad, testimoniando a toda la humanidad la paternidad universal de Dios”.

Llegan saludos…

Posted: December 28th, 2010, by Matoga

A travéz del correo electrónico y Facebook llegó una enorme cantidad de saludos que agradezco de corazón.

Mis oraciones para cada uno.

Entre todos, y a travéz de Facebook, me llegó este saludo de Marcelo de Losa, misionero en Tanzania, que les comparto

“Soñemos juntos el sueño de Dios.

Preparemos el callado amor en el corazón para el encuentro. Que nada estropee la novedad que se acerca. Que el deseo de ver a Jesús, dé alas a nuestros pies. Jesús nos espera. El amor y la vida nos esperan. Preparemos el corazón para esta noche bendita. Soñemos juntos el proyecto de Dios.”

Desde Tanzania les deseo una Feliz Navidad!

La presencia del Vaticano en Internet cumplió 15 años

Posted: December 28th, 2010, by Matoga

Página web del vaticanoCiudad del Vaticano, 28 Dic. 10 (AICA) En Navidad se celebró el décimo quinto aniversario de la presencia de la Santa Sede en Internet, que tuvo lugar con la publicación en la red del mensaje del papa Juan Pablo II con motivo de la Navidad de 1995 en el recién nacido portal www.vatican.va .

La Santa Sede no sólo está celebrando este aniversario con un matasellos especial de Correos Vaticanos, sino también con el estudio de nuevos proyectos que garanticen una mayor presencia del Papa y del Vaticano, como dice precisamente el diseño filatélico “Usque ad ultimum Terrae”, “hasta los confines de la Tierra”.

El Servicio Internet Vaticano (antigua Oficina Internet de la Santa Sede), una de las tres oficinas de la Dirección de Telecomunicaciones del Estado de la Ciudad del Vaticano, vive este trabajo con la conciencia y la responsabilidad de ser “los brazos, las piernas, las manos digitales del Santo Padre” en la evangelización del nuevo “mundo digital”, de esta “nueva cultura digital”, dirigida a los “migrantes digitales y a los nativos digitales”, como señala Benedicto XVI en sus últimos mensajes para las jornadas mundiales de las comunicaciones sociales.

La página www.vatican.va , que establemente se encuentra entre las diez mil más visitadas en el mundo, según explica monseñor Lucio Adrián Ruiz, sacerdote argentino a cargo de la Oficina, es la prueba de que en estos quince años, en los que Internet ha cambiado la geografía social del planeta, “la Iglesia, en su cabeza, en su punto central, ha estado presente en este cambio cultural desde el inicio, no como quien toma o persigue un tren que ya ha pasado, sino como quien forma parte de quienes lo ponen en movimiento”.

En estos días navideños, las páginas en Internet de Radio Vaticano (www.radiovaticana.org) y del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales (www.pope2you.net), en colaboración con el Centro Televisivo Vaticano, están emitiendo por primera vez en alta definición las celebraciones navideñas de Benedicto XVI, en sinergia con el Servicio Internet del Vaticano.

De hecho, como advertía monseñor Ruiz en una entrevista publicada el 12 de agosto por la edición italiana de “L’Osservatore Romano”, cuando se habla de la presencia de la Santa Sede en Internet no hay que pensar sólo en el sitio www.vatican.va , sino en toda la familia de las páginas web “.va”, que garantiza la presencia oficial de la Sede Apostólica.

Entre estos sitios, por ejemplo, se encuentran www.vaticastaate.va (la página web de la Ciudad del Vaticano) y www.resources.va (una página dedicada a la respuesta de la Iglesia a la crisis de los abusos sexuales).

La página web www.vatican.va recibe una media de un millón de hits al día cuando no hay eventos extraordinarios. Los países de los que procede el mayor número de visitas son por orden estadístico: Estados Unidos, Italia, España, Alemania y Brasil, seguidos de Corea del Sur, México, Canadá, Francia y China.

Las palabras más registradas por el motor de búsqueda de www.vatican.va son “vatican”, “vaticano”, “catholic”, “romano”, “osservatore”, “church”, “santa”.+

Epifanía del Señor. Ciclo A

Posted: December 28th, 2010, by Matoga

«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle»

Lectura del libro del profeta Isaías 60, 1-6

«¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece.  Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti.  Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3,2- 6

«Si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio, tal como brevemente acabo de exponeros. Según esto, leyéndolo podéis entender mi conocimiento del Misterio de Cristo; Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio,»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 2, 1-12

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”. En oyéndolos, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”. = Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«La gloria del Señor amanecerá sobre ti», leemos en la lectura de Isaías. Cristo es presentado y reconocido por el pueblo de Israel (en los pastores) y por los gentiles (en los Magos). La singular estrella que ven los magos de oriente hace referencia a la estrella de Jacob profetizada siglos antes por Balaam[1], gentil y no judío: «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Nm 24,17). Esta estrella de Jacob pasó en la tradición judía a ser la estrella del rey David con un sentido nacionalista, que con el profeta Isaías empieza a abrirse al universalismo mesiánico (Primera lectura); confirmado en el texto de San Pablo (Segunda Lectura) y en el relato del Evangelio de San Mateo.

Los Reyes Magos

En todos los pesebres y en las representaciones gráficas del nacimiento de Jesús aparecen los tres «reyes magos», que siempre imaginamos llegando a Jerusalén montados en camellos después de un largo viaje y procedentes respectivamente de las regiones de Arabia, de la India y de África. Pero en realidad el Evangelio no dice que sean tres, ni que sean reyes, ni que vengan viajando en camellos; tampoco dice nada sobre la raza de que proceden. El Evangelio dice escue­tamen­te: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiem­pos del rey Herodes, ocurrió que unos magos de oriente llegaron a Jeru­salén, pregun­tando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues hemos visto su estrella en oriente y hemos venido a adorar­lo». Lo único que pudo haber conducido al número «tres» es la frase: «Abrieron sus cofres y le ofrecie­ron dones: oro, incienso y mirra».

Mucho se ha especulado además sobre la palabra enigmáti­ca «magos». Lo que el Evangelio quiere decir es simplemente que se trata de ciertos astrólogos que proceden de una vasta y lejana región,  designada con el término poco preciso de «o­riente», porque se creía que por allá estaba más desarro­llada la astro­logía. «Mago» era el término dado a hombres sabios, maestros, sacerdotes, físicos, astrólogos, videntes, hombres que interpretaban sueños. En la época era corriente la convicción de que con ocasión del nacimien­to de un personaje extraor­dinario surgie­ran signos en el cielo. En este caso, los magos descu­brieron que había nacido el «rey de los judíos» porque vieron surgir «su estre­lla»; pero este rey supera a todos los demás pues agregan: «Hemos venido a adorarlo».

El Evangelio de San Mateo

El primer capítulo del Evangelio de Mateo comienza con la genealogía de Jesús, sigue con el relato de su concepción virginal y la vocación de San José. La genealogía corresponde al género literario de aquellos antiguos relatos de los patriarcas de Israel y tiene la finalidad de demostrar que Jesús nació claramente dentro del pueblo de Israel, como hijo de Abraham y de David; el relato de su concepción virginal acontece en ambiente de Israel y de la ley de Moisés, afirma que el que va a nacer salvará «a su pueblo» del pecado y que todo ocurrió así para que se cum­pliese un antiguo oráculo del profeta Isaías. Queda claro que Dios ha sido fiel a sus promesas, pues Jesús es el Salvador prometido a Israel.

En este segundo capítulo, en cambio, se abre el horizon­te hacia «el oriente», es decir, hacia regiones consideradas lejanas de Israel, poco conocidas y enigmáticas. Jesús ha sido manifes­tado también a esas regiones por medio de la luz de una estrella que apareció en el firmamento. Esto es lo que da el nombre a esta fiesta: Epifanía[2] del Señor. El relato nos informa sobre dos circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús: el lugar de su nacimiento fue Belén de Judea; el tiempo fue en los días del rey Herodes[3].

Belén era la ciudad de David. Cuando Dios eligió a David como rey de Israel, mandó al profeta Samuel con esta orden: «Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí» (1Sam 16,1). David fue ungido como rey hacia el año 1010 antes de Cristo. Reinó diez años en Hebrón; hacia el año 1000 a.C. tomó Jerusalén y desde allí reinó sobre las doce tribus de Israel unificadas bajo su mando hasta el año 970 a.C. Su reinado dejó un recuerdo de prosperidad y de unidad. Por eso Israel anhelaba un rey semejante a David y las promesas hechas por Dios a su pueblo confirmaban esta esperanza. Belén tenía que ser el lugar de nacimiento del rey esperado. El hecho de que Jesús fuera manifestado a «unos magos de oriente» que llegaron donde él, lo reconocieron como Dios y lo adoraron, es la primera afirmación en el Evangelio de San Mateo de la univer­salidad del cristianismo: la misión de salvación de Jesús rebasa los límites de Israel y abraza a todos los hombres.

Contrastes…

El Evangelio quiere subrayar el contraste entre el entusiasmo de los magos de oriente y la igno­rancia de Herodes y de «toda Jerusalén». Aquéllos son extran­jeros y llegan a Judea preguntando por «el rey de los judíos que ha nacido» para ir a adorarlo; éstos son judíos pero no han oído de ningún rey, «quedaron turbados» ante esta pregun­ta tan insó­lita y sospechando que podría tratarse del Mesías anunciado, se informan, por medio de los oráculos, dónde debía nacer el Mesías y hacia Belén encaminan a los magos. ¡Se sobresaltan por la venida de aquel a quien deberían estar esperando! Y no se alegran ante su eventual venida.

Al contrario, Herodes concibe inmediatamente el proyecto de eliminar al «Rey de los judíos que ha nacido»; y, por su parte, los sumos sacer­dotes y escribas del pueblo, después de informar que el Cristo tenía que nacer en Belén, no demuestran ningún interés en verificar el asunto. Estaban preocupados de otras cosas y habían perdi­do la capacidad de ver los signos de la presencia del «Dios con nosotros».

Cuando llegan los magos al lugar donde estaba el niño, «entrados en la casa, vieron al niño con María su Madre y postrándose, lo adoraron». ¿Qué vieron en ese niño? ¡Cómo desearíamos poder preguntarles a ellos mismos! En todo caso, vieron tan claramente algo superior a todo lo de esta tierra que «se postraron y lo adora­ron» y lo que vieron era de tal belleza que «se llenaron de alegría». Resulta que los primeros en reconocer a Jesús como Dios y adorarlo, son unos extranjeros, que en el concepto de los judíos son «paganos». Ellos revelan poseer un profundo conocimiento del «misterio de Cristo» como se deduce de sus dones: el oro es símbolo de su realeza, el incienso es símbo­lo de su divinidad y la mirra de su pasión.

Una palabra del Santo Padre:

«Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60, 3). Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Epifanía, «manifestación» de Cristo a todas las gentes, representadas por los Magos venidos de Oriente. Esta fiesta nos ayuda a penetrar en el sentido profundo de la misión universal de la Iglesia, que se puede entender como un movimiento de irradiación: la irradiación de la luz de Cristo, reflejada en el rostro de su Cuerpo místico. Y puesto que esta luz es luz de amor, de verdad y de belleza, no se impone con la fuerza, sino que ilumina las mentes y atrae los corazones.

La Iglesia, al irradiar esta luz, obedece al mandato de Cristo resucitado: «Id pues, y haced discípulos a todas las gentes…» (Mt 28, 19). Se trata de un movimiento que desde el centro, desde la Eucaristía, se difunde en todas las direcciones a través del testimonio y el anuncio del Evangelio. Este «ir» está animado por un impulso interior de caridad, sin la cual no produciría ningún fruto.

La experiencia de los Magos es muy elocuente al respecto: avanzan guiados por la luz de una estrella, que los atrae a Cristo. La Iglesia debe ser como aquella estrella, es decir, capaz de reflejar la luz de Cristo, para que los hombres y los pueblos que buscan la verdad, la justicia y la paz, se pongan en camino hacia Jesús, único Salvador del mundo».

Juan Pablo II, Ángelus en la Solemnidad de la Epifanía del Señor. 6 de enero de 1997.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. En este momento de la historia en que nos toca vivir, el misterio de Cristo está presente y actuando en medio de nosotros. ¿Reconozco la presencia de Dios en mi vida? ¿De qué manera concreta? Hagamos un momento de oración.

2. ¿Qué le podría ofrecer a Jesús niño que está al lado de su Madre? ¿Cuáles son los regalos que voy a llevarle en esta Epifanía?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 512 – 530.


[1] Balaam o Balaán (devorador o glotón): profeta de Petor de Mesopotamia. Balac, rey de Moab, le pidió que maldijera a los israelitas durante la peregrinación de éstos por el desierto. Acababan de derrotar a los amorritas, y Balac tenía miedo de que su país sufriera la misma suerte. Al principio Balaam se negó a acudir a ver al rey pero luego accedió. En el camino el ángel del Señor detuvo a la burra de Balaám y advirtió a éste que dijera únicamente lo que Dios le ordenase. En vez de maldecir a los israelitas, Balaam los bendijo tres veces. Mas tarde intento causar la ruina de los israelitas y ganar el premio que se le había prometido si los incitaba a adorar a Baal. Fue muerto cuando los israelitas atacaban a los madianitas (ver Nm 22-24).

[2] Epifanía: palabra  griega  que en su  sentido religioso designa la mani­festación o aparición espléndida de una divinidad escon­dida.

[3] Herodes el Grande reinó sobre Judea y sobre otras regiones de la Palestina desde el año 37 a.C. hasta el año 4 a.C. Debe llamar la atención que Herodes haya muerto 4 años antes de Cristo, en circunstancias que el Evangelio dice que Jesús nació cuando Herodes aún era rey. Sabemos que en la cronología que nos rige Jesús nació entre los años 6 y 4 antes de Cristo. Esto se debe a un error cometido por el monje Dionisio el Exiguo que en el siglo VI sustituyó la era cristiana a la era dioclesiana. La era dioclesiana ponía el punto de partida para el cómputo de los años en la fundación de la ciudad de Roma, considerada el hecho central de la historia. Pero en el siglo VI Roma había decaído y a ese hecho no se reconocía tanta importancia.

Santa María Madre de Dios

Posted: December 28th, 2010, by Matoga

«Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios»

Lectura del libro de los Números  6, 22-27

«Habló Yahveh a Moisés y le dijo: Habla a Aarón y a sus hijos y diles: «Así habéis de bendecir a los Israelitas. Les diréis: Yahveh te bendiga y te guarde; ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.» Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré».
Lectura de San Pablo a los Gálatas 4, 4-7

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios».

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 2, 16-21

«Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

En el día primero de enero, octava de la Na­vidad, la liturgia nos propone para nuestra con­templación la celebración más antigua de la Vir­gen en la Iglesia Romana. La reforma litúrgica del Vaticano II ha recuperado esta fiesta de María, Madre de Dios, sin por ello olvidar ni el comien­zo del año, ni la circuncisión de Jesús, ni la im­posición del nombre de Jesús al Niño nacido en Belén.

Por esto la Primera Lectura, tomada del li­bro de los Números , nos habla de la importancia de invocar el nombre de Dios para alcanzar de Él bendiciones. Con lo cual nos recuerda que es importante comenzar el año nuevo invocando el nombre de Jesús y de esa manera podamos en­trar con confianza a recorrer el año recién abier­to a nuestras ilusiones y a nuestros temores.

En este día tan lleno de interrogantes la Igle­sia gusta además de poner a todos los fieles ba­jo la protección de nuestra Madre María, y por ello ruega a Dios: «Concédenos experimentar la interce­sión de Aquélla, de quien hemos reci­bido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida» (Oración de Colecta) En la Segunda Lectura recordamos las pala­bras de San Pablo claras e impresionantes: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer». Y el Evangelio nos presenta el reconocimiento por parte de humildes pastores, del hecho más extraordinario de la humanidad: «Dios con nosotros». María, por su parte, meditaba todo «cuidadosamente» en su corazón.

«Yavheh te muestre su rostro y te conceda la paz»

El cuarto libro del Pentateuco (el libro de los Números) se titula también «En el desierto» siendo éste un título más descriptivo ya que la narración recoge la peregrinación de los israelíes por el desierto del Sinaí hasta las puertas de Jerusalén. Los cuarenta años justos y el perfecto itinerario de 40 nombres (ver Nm 33) no disimula las quejas y el descontento del pueblo. El libro refleja bien como ésta fue una etapa a la deriva, sin mapas ni urgencia. Los israelitas se rebelaron contra Dios y contra Moisés, su caudillo. Aunque desobedecían, Dios seguía cuidando a su pueblo.

En el texto referido tenemos la fórmula clásica de la bendición litúrgica del Antiguo Testamento (ver Ecle 50,22). Bendecir era un oficio propio de los sacerdotes, aunque también el rey podía bendecir (ver 2Sam 6,18) así como los levitas (ver Dt 10,8). Su lenguaje se asemeja mucho al utilizado en los Salmos. La referencia al «rostro iluminado» es una expresión del favor de Dios: «Si el rostro del rey se ilumina, hay vida; su favor es como nube de lluvia tardía (Pr 16,15).La triple invocación del nombre de «Yahveh», sobre los israelitas hace eficaz la bendición de Dios (ver Jr 15,16) vislumbrándose, desde una lectura cristiana, una íntima relación con Dios Uno y Trino.

Tiempo de Navidad

Ya ha pasado el tiempo del Adviento con el cual dimos inicio a un nuevo año litúrgico, preparándonos para recibir al Señor que nace entre nosotros, ya ha pasado la gran fiesta de la Navi­dad, hoy día concluye la Octava de Navidad. Es el momento de recapacitar y recoger los frutos. Es el momento de preguntarnos qué huella profunda dejó en noso­tros todo este tiempo. ¿Significó algo para nosotros?

Para muchos fue entrar en un período de agitación y de sometimiento a las estrictas normas del consumismo en que estamos sumidos, sin dejarles un instan­te de tranquilidad para refle­xionar sobre el sentido de lo que celebraba nuestra fe cristiana. Es el caso de los propie­ta­rios y depen­dientes del comercio establecido y no esta­ble­cido cuya preocupación principal era vender cada vez más y muchas horas del día; era intensa la agitación que se observaba en las calles y la carrera a la compra de rega­los. Todo eso ya pasó, pero ¿qué sentido tuvo? Ahora se hace el balance de las ventas y se expresa satisfacción porque superaron las de años anterio­res. ¡Qué éxito! ¡Se cumplieron los objeti­vos! ¿Pero es este el objetivo de la fiesta de Navidad? ¿No es esto más bien falsear su objetivo?

Todavía es tiempo de rescatar su auténtico sentido. La fiesta de Navidad es tan importante que la Iglesia la celebra durante ocho días; es como un solo largo día. Y concluye con la fiesta del 1º de enero, solemnidad de la Maternidad divina de María. Al concluir la Octava de Navidad ojalá pudiéramos tener la actitud de los pastores que, después de ver al niño recostado en un pesebre, «se retira­ron glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y visto».

Ésta es la misma actitud del coro celeste que se les había presenta­do: «Una multitud del coro celestial alababa a Dios di­ciendo: ‘Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor’». El nacimiento del Hijo de Dios en la tierra es motivo de alabanza y gloria a Dios de parte de los ángeles, de los hombres y de toda la creación. Si alguien cree haber vivido el verdadero sentido de la Navidad, examine su corazón para ver si surge en él la alabanza a Dios «por todo lo visto y oído».

Santa María, Madre de Dios

La fiesta de hoy tiene tres aspectos que no pueden pasar inadvertidos. El primero se refiere al tiempo: nadie puede ignorar el hecho de que hoy hemos comenzado un nuevo año. El recuento de los años nos permite ubicar los hechos de la historia en una línea y así poder­ ordenarlos en el tiempo y en su relación de unos con otros. Pero ¿por qué a este año damos precisamente el número 2006? La antro­po­logía estima que el hombre tiene alrededor de 3 millones de años sobre la tierra. La pregunta obvia es: ¿2006 años en relación a qué? Nos responde San Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo nacido de mujer » (Gal 4,4). Es decir, 2006 años de una nueva cuali­dad de tiempo; 2006 desde el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros y de su presencia en la histo­ria humana. Es la «plenitud del tiempo». Poner este hecho entre paréntesis es lo mismo que evadirse de la realidad.

El segundo aspecto está dicho en esas mismas palabras de San Pablo que hemos citado: envió Dios a su Hijo «naci­do de mujer». El uso normal era identificar a alguien por el padre: «Nacido de José o de Juan o de Zebedeo, etc.». Aquí, en cambio, al comienzo de este tiempo de plenitud se encuentra una mujer, de la cual debía nacer el Hijo de Dios. Por eso es conveniente que el primer día de cada año, cuando se recuerda el evento fundamental, se celebre a la Virgen María como Madre de Dios. María que, como criatura, es ante todo discípula de Cristo y redimida por él, al mismo tiempo fue elegida como Madre suya para formar su humanidad.

Así, en la relación entre María y Jesús se realiza de modo ejemplar el sentido profundo de la Navidad: Dios se hizo como nosotros, para que nosotros, de algún modo, llegáramos a ser como Él. Esto es lo primero que vieron los pastores cuando corrieron a verificar el signo dado por el ángel: «Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre». Al comenzar este año, ante todos los eventos que en él ocurran, el Evangelio nos invita a tener la actitud reverente y silenciosa de la Madre de Dios: «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón».

Por último, el primero de cada año la Iglesia celebra la Jornada mundial de la paz. Hemos dicho que alguien puede verificar su vivencia de la Navidad por el deseo de alabar y glorificar a Dios que brota espontáneo de su corazón. Pero a la gloria de Dios en el cielo corresponde la «paz en la tierra a los hombres que ama el Señor». La paz, en sentido bíblico, es el bien mayor que se puede desear a alguien. Alguien posee la paz cuando está bien en todo sentido, en particular cuando goza de la gracia de Dios.

En este primer día del año queremos que la gracia del Señor se derrame  en abundancia a «todos los hombres de buena voluntad» de acuerdo a la antigua bendición de Moisés: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,26).Esta paz fue dada al mundo con el nacimiento de Cristo. Y en esto consistió su misión en la tierra, tal como él mismo lo declara antes de abandonarla: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,17).

Una palabra del Santo Padre:

«La Iglesia, por su parte, fiel a la misión que ha recibido de su Fundador, no deja de proclamar por doquier el «Evangelio de la paz». Animada por su firme convicción de prestar un servicio indispensable a cuantos se dedican a promover la paz, recuerda a todos que, para que la paz sea auténtica y duradera, ha de estar construida sobre la roca de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. Sólo esta verdad puede sensibilizar los ánimos hacia la justicia, abrirlos al amor y a la solidaridad, y alentar a todos a trabajar por una humanidad realmente libre y solidaria. Ciertamente, sólo sobre la verdad de Dios y del hombre se construyen los fundamentos de una auténtica paz.

Al concluir este mensaje, quiero dirigirme de modo particular a los creyentes en Cristo, para renovarles la invitación a ser discípulos atentos y disponibles del Señor. Escuchando el Evangelio, queridos hermanos y hermanas, aprendemos a fundamentar la paz en la verdad de una existencia cotidiana inspirada en el mandamiento del amor. Es necesario que cada comunidad se entregue a una labor intensa y capilar de educación y de testimonio, que ayude a cada uno a tomar conciencia de que urge descubrir cada vez más a fondo la verdad de la paz. Al mismo tiempo, pido que se intensifique la oración, porque la paz es ante todo don de Dios que se ha de suplicar continuamente. Gracias a la ayuda divina, resultará ciertamente más convincente e iluminador el anuncio y el testimonio de la verdad de la paz. Dirijamos con confianza y filial abandono la mirada hacia María, la Madre del Príncipe de la Paz. Al principio de este nuevo año le pedimos que ayude a todo el Pueblo de Dios a ser en toda situación agente de paz, dejándose iluminar por la Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Que por su intercesión la humanidad incremente su aprecio por este bien fundamental y se comprometa a consolidar su presencia en el mundo, para legar un futuro más sereno y más seguro a las generaciones venideras».

Benedicto XVI. Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2006

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El recordado Juan Pablo II colocaba en su libro «Memoria e Identidad» la memorable frase de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21) y nos decía como «el mal es siempre ausencia de un bien que un determinado ser debería tener, es una carencia». Esforcémonos y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para poder vivir cotidianamente a lo largo del año este programa de vida. Hagamos el bien ante el mal que muchas veces nos rodea.

2. Un año nuevo siempre es un tiempo lleno de esperanza y de renovación. Agradezcamos al Señor por todos los dones del año que pasó y ofrezcámosle nuestros mejores esfuerzos para vivir más cerca de Dios y de nuestros hermanos. ¿Cuáles van a ser nuestras resoluciones para el 2006? ¿Cuáles van a ser nuestros objetivos? ¿Qué debo de cambiar? ¿Qué voy a mejorar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 464-469. 495.

El libro de los Números cuenta la historia de los israelitas durante casi 40 años de peregrinación por el desierto de Sinaí. Comienza dos años después de la salida de Egipto y termina justamente cuando entran en Canaán, la tierra prometida por Dios. El nombre del libro viene de los cómputos (censos) de los israelitas en el monte Sinaí y en los llanos del Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó. Entre los dos censos se establecieron durante algún tiempo en el oasis de Cades y luego se dirigieron al este del río Jordán. El libro narra las quejas constantes del pueblo y el celo de Dios por ellos. Sólo dos hombres de los que escaparon de Egipto, Caleb y Josué, sobrevivieron y lograron entrar en la tierra prometida.

Podemos decir que este versículo es un resumen de toda aquello que debemos saber sobre Jesucristo: la preexistencia eterna de Cristo, su venida en la plenitud del tiempo como enviado del Padre, su nacimiento de la Virgen María y la sumisión a la Ley para reconciliarnos  y hacernos inmerecidamente partícipes de la filiación adoptiva con respecto a Dios.

FELÍZ NAVIDAD!!!

Posted: December 25th, 2010, by Matoga

Mensaje para la Navidad 2010 de Monseñor Jorge Lugones, obispo de Lomas de Zamora.

Posted: December 22nd, 2010, by Matoga

“Anunciar a Jesús, es nuestro gozo”

En los sinsabores de la vida vamos llevando nuestra carga;
una alforja de penas y otra de trabajos; pero en medio,
la alegría de Dios que vamos gritando día y noche,
como un pregón.

Queridas comunidades de nuestra diócesis de Lomas de Zamora, y hombres y mujeres de buena voluntad que residen en los municipios de Almirante Brown, Esteban Echeverría, Ezeiza, Lomas de Zamora, Presidente Perón y San Vicente: deseo expresarles mi más cordial cercanía.

Se acerca la navidad y todos pensamos un poco más en Dios y en el año que se termina. Tal vez nos quedaron proyectos, cosas por hacer, perdones que dar o pedir… Pero no nos quedemos sólo en las cosas que no fueron, dejemos que nuestra fe, esa que nos inculcaron nuestros padres, abuelos y padrinos, brote junto a nuestro deseo religioso de acudir a Dios, para agradecerle, pedirle, hablarle, cuestionarle o simplemente estar con Él, en silencio.

Silencio también había aquella tarde en que un mensajero de Dios llegó a la casa de la Virgen María. Contemplamos la presencia gozosa del ángel que recibe la misión de realizar el gran anuncio; nos rodea la alegría angelical de Gabriel, enviado a la tierra con la más grande y hermosa de las noticias: Concebirás y darás a luz un hijo que será llamado Hijo de Dios.

El gozo y el consuelo, como el niño que viene y está por nacer, es imparable porque nos permite dar a luz la alegría de Dios con nosotros, el gozo de haberlo encontrado y poder anunciarlo.

El mensaje del ángel se inicia con la exclamación ¡Alégrate, María! Es una invitación al regocijo personal, pero que supera lo propio para hacerse de todos; es universal, es decir, el niño no será solamente tuyo, será de todos, porque así lo dispone Dios; por eso, ¡alégrate! Porque la alegría es para anunciarla, para compartirla.

Y hay fiesta en el cielo porque la alegría es incontenible, lo trasciende todo, lo puede todo, y lo facilita todo. Y los ángeles no pueden dejar de contagiar este gozo y anunciarlo a la tierra sombría, entristecida y que ya no espera nada, porque ha perdido el rumbo: Y llegó el tiempo de Dios pa salú de los mortales, como un pimpollo que sale floreció el Divino Niño, y la Virgen con cariño lo envolvió con los pañales.

Alegría: de “Dios con nosotros” y en medio de nosotros en la sonrisa tierna del Niño Dios que nos abre la puerta de su corazón, porque Él es la puerta de la salvación.

Como dice el poeta: Alegría que nos brota, vaya a saber de qué vertiente escondida.

El Dios de la vida nos recrea en navidad, desde su debilidad e impotencia de recién nacido, y nos cuestiona ante la vida no nacida, ante el drama de adolescentes que no han recibido el cariño, la escucha, la palabra a tiempo y la contención que les haga valorar su propia vida y toda vida; ante un facilismo que propone sólo la satisfacción particular, por encima de todo, aún de la propia familia. Se hace cuesta arriba llevar el anuncio con gozo, cuando los adultos somos los que “hacemos la nuestra” y encima creemos que distraídamente podemos mirar para otro lado y justificarnos.

La alegría mira de frente la vida y la muerte. Es fruto del Espíritu. Una paz en el fondo de toda inquietud; una seguridad en medio de toda duda.

Navidad también es dejarse sorprender por el Espíritu Santo, quien suscita en nosotros las buenas inclinaciones. Dejémoslo actuar, no le pongamos trabas, no lo entristezcamos (Ef 4, 30), permitamos que esas buenas inclinaciones triunfen sobre nuestra propias negatividades. Que esa parte enojada que exige amor, se deje amar por esa otra parte que dentro de nosotros es capaz de dar amor.

Los hombres somos unos seres tristes, insatisfechos y poco seguros. Hacemos ruidos para disimular la melancolía y el miedo; al fin tristes, porque no somos buenos y hemos perdido el arte de “vivir desde adentro”.

María y José ante el niño, “viven desde adentro”, en el pesebre han abierto su corazón a Dios, y Dios los mira ahora “de más cerquita”, familiarmente. Pese a semejante regalo, para ellos las cosas no parecen ser más fáciles, al contrario, deben pasar por la dura prueba de la soledad, la exclusión, la pobreza, la desocupación, la lejanía de sus parientes y amigos, la violencia de Herodes, el destierro… Y sin embargo, sacarán lo mejor de ellos mismos desde su confianza en Dios, que no les simplifica todo, pero sí les da muestras de su amor, de su predilección, de su compañía en medio del desierto de las pruebas, saben que Dios siempre está con ellos.

Los primeros cristianos vivían alegres en medio de malos vientos: hablaban con Dios, con el Dios de la alegría y servían a Dios con alegría, como dice el salmo. Anunciar a Jesús era su gozo.

En navidad queremos acercar nuestro corazón al pesebre, viendo al niñito Dios sonreír y, como Él, abrirnos a la alegría que nunca nos defrauda. Contamos con Él, por eso, lo buscamos nosotros pero Él nos encuentra, y se hace encontradizo.

Él es la ternura que nos llena de alegría y es la Palabra que nos colma, nos consuela, nos trae la Paz, y nos envía, nos misiona.

Por eso repetimos que ¡anunciar a Jesús es nuestro gozo!

¡Feliz Navidad para todos!

+ MONS. JORGE R. LUGONES SJ
Obispo de Lomas de Zamora

Sagrada Familia: Jesús, María y José. Ciclo A

Posted: December 21st, 2010, by Matoga

«Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto»

Lectura del libro de Eclesiástico 3,2-6.12-14

«Pues el Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole.  Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre. Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor. Pues el servicio hecho al padre no quedará en olvido, será para ti restauración en lugar de tus pecados. »

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 3,12-21

«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos.

La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre. Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados.»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 2, 13 – 15. 19-23

«Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al  niño para matarle”. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño”. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: Será llamado Nazoreo».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Todas las lecturas de este Domingo están centradas en la importancia de la familia. En la Primer Lectura, el libro del Eclesiástico  nos da consejos muy claros y directos sobre la honra que se debe de tener hacia los padres. En toda la tradición judía es un deber religioso guardar un profundo respeto hacia los padres. El Salmo Responsorial 128 (127) nos muestra todas las bendiciones que Dios derrama sobre la familia especialmente del hombre que teme a Dios[1]. En la carta a los Colosenses, San Pablo demuestra de manera clara y concreta cómo se debe de vivir el amor cristiano, especialmente en el seno familiar.

Finalmente el Evangelio según San Mateo nos manifiesta cómo la amorosa providencia va guiando y protegiendo a la Sagrada Familia. San José cumple prontamente el mandato del Ángel del Señor ya que para proteger a su familia se ve forzado a emigrar a Egipto y, finalmente se establece con su familia, años más tarde, en Nazaret, Galilea. De una manera misteriosa todas las profecías del Antiguo Testamento se van cumpliendo una a una en la Sagrada Familia.

La Sagrada Familia de Nazaret

El Domingo después de la Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. La institución de esta fiesta litúrgica remonta solamente al año 1921 y su ubicación en este momento cercano a la Navidad es recién del año 1969 y obedece al propósito de darle mayor importancia. A causa de sistemas políticos materialistas y del secularismo[2] que nos azota; la familia ha sufrido en este último tiempo una crisis y un deterioro en nuestra sociedad que no tienen precedentes en la historia. Ante esta situación, la Iglesia nos recuerda que el Hijo de Dios se encarnó y nació en el seno de una familia, para enseñarnos que la familia es la institución dispuesta por Dios para la venida a este mundo de todo ser humano.

El Evangelio nos muestra cómo el Hijo eterno de Dios, se hizo hombre y nació de una mujer en el seno de una familia normal y estable. La familia es lo más grande que todo hombre posee. Nos impresionamos cuando ­vemos que el Hijo de Dios nació en la pobreza más extrema -más aun, en el lugar reservado a los anima­les-, porque no había lugar para él en este mundo. Pero inmedia­tamente nos consolamos al observar que él contaba, en cambio, con una riqueza mucho mayor, a saber, el amor infini­to de su madre María y de su querido padre San José. Y es que ninguna pobreza es tan extrema para una familia unida en la cual reina el amor.

Por cuatro veces se repite, con clara insistencia, la expresión que demuestra que José asumió su rol de esposo de María y padre del niño Jesús, y que los tres formaban un verdadero «cenáculo de amor». El mismo Ángel del Señor, que ya le había dicho que tomara consigo a su espo­sa[3], se aparece a José en sueños por dos veces y le ordena: «Levántate, toma conti­go al niño y a su madre y huye a Egip­to… levántate, toma contigo al niño y a su madre y vuelve a Israel…». Y otras dos veces se dice que José cumplió la orden: «Levantándose de noche, tomó consi­go al niño y a su madre y huye­ron a Egipto… levan­tándo­se, tomó consigo al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel”. El mismo Ángel le avisa en sueños que se retire a la región de Galilea, y José así lo hace estableciéndose en Nazaret.

En el Evangelio de hoy queda claro que quien conduce los desti­nos de esta familia es Dios mismo. Pero no lo hace sino por medio de José a quien da las instrucciones en sueños. Es otra lección divina sobre el valor de la fami­lia. En efecto, aunque esta familia esté integrada por su propio Hijo y por su santísima Madre, Dios respeta la jerarquía propia de la familia, que él mismo estableció y que San Pablo formula así en la carta a los Colosenses: «Mujeres, sed sumisas a vues­tros mari­dos, como conviene en el Señor… Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor» (Col 3,18.20).

Finalmente leemos en el texto evangélico la fórmula: «Ocurrió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profe­ta…». Esta fórmula es típica de San Mateo. Pero no debe enten­derse como si los perso­najes del Evangelio estuvie­sen actuando conforme a un libreto preestablecido que ellos tienen que interpre­tar. En realidad, lo que ocurre es que el Evangelis­ta, al exponer los hechos de la vida de Jesús, evoca algún texto del Antiguo Testamento que en Jesucristo encuen­tra su sentido pleno. Especialmente significativo resulta el prime­ro de estos textos, que San Mateo aplica a Jesús: «De Egipto llamé a mi Hijo». El texto del Antiguo Testamento está tomado del profeta Oseas; allí Dios se refiere a todo el pueblo de Israel: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). El Evangelista, que conoce todo el desarrollo de la vida y enseñanza de Jesús y sabe que él es el Hijo unigénito de Dios, de una sustancia con el Padre, interpreta esas palabras en un sentido pleno como referidas a Jesús.

Honra a tu padre y a tu madre…

En la tradición judía del Eclesiástico y en el cumplimiento cristiano, según la carta de San Pablo a los Colosenses, vemos la naturaleza religiosa del respeto y de la reverencia filial hacia los padres naturales. En la tradición judía los padres debían ser honrados y temidos, sobre todo por ser los transmisores de la Ley de Dios a sus hijos. De hecho, en el cuarto Mandamiento, el verbo usado para hacer referencia a los padres, al honor, se utiliza también en otros textos de las Escrituras, tales como Isaías 29, para referirse a Dios. Esto implica un motivo sobrenatural más alto por las dos partes, para los hijos que honren a sus padres  y también, para los padres, un papel más importante hacia sus hijos que la generación natural.

San Pablo es muy sucinto; hay deberes cristianos hacia el marido y la esposa, así como hacia los padres y hacia los hijos. El cumplimiento de estos deberes agrada a Dios. Esto mismo lo expresaba Israel en su poesía, como se canta en el Salmo que se recita en la liturgia de este día: «Dichoso el hombre que teme al Señor y sigue sus caminos» (Sal 128). ¿En qué consiste esa dicha? Lo dice el mismo salmo: «Tu mujer como vid fecunda en medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa». Esta es la descripción de un ambiente familiar sano, en que los hijos numerosos y llenos de vida rodean a sus padres. El Salmo agrega: «Esta es la bendición del hombre que teme al Señor». Es decir, gozar de una vida familiar plena

«El futuro de la humanidad se fragua en la familia»

Jesucristo fue engendrado, dado a la luz y educado en el seno de una familia. Y quiso reivindicar este dere­cho para todo ser humano que viene a este mundo. Por eso enseñó que la unión entre un hombre y una mujer es indiso­luble. Así está escrito en la natu­raleza creada por Dios y el «hombre no puede separar lo que Dios ha unido». El ser humano tal como ha sido creado por Dios tiene derecho a nacer de padres tan unidos que sean «una sola cosa» y a desarrollarse en una familia estable; negarle este dere­cho es una injusticia. Es inútil y antinatural engañarse, llamando «familia» a algo que no lo es. La familia es el grupo humano nacido de la unión indiso­luble entre un hombre y una mujer.

Pensar lo contrario es hacer «una caricatura» de lo que Dios ha querido para el hombre y para la mujer. Romper esta unión es destruir la familia porque se la priva de su fundamen­to. El divorcio con disolución de vínculo es algo que el hombre no puede hacer, porque estaría rompiendo lo irrom­pible. Pretenderlo, de todas maneras, es un acto de vio­len­cia contra el cónyuge, contra los hijos y contra toda la sociedad. Nadie, en su sano juicio, va buscar el bien de algo destruyéndolo. Esto lo podemos aplicar al vínculo matrimonial, aunque nos cueste aceptarlo.

Una palabra del Santo Padre:

«La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.

En algunas familias de América Latina persiste aún por desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del cristianismo que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre. La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos. Las madres que quieren dedicarse plenamente a la educación de sus hijos y al servicio de la familia han de gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer, y para ello tienen derecho a contar con el apoyo del Estado.

En efecto, el papel de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad. El padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre, que ejerce su indispensable responsabilidad y colaboración en la educación de sus hijos. Los hijos, para su crecimiento integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre, para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de su vida. Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y vigorosa. Es indispensable también promover políticas familiares auténticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible. La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera».

Benedicto XVI. Discurso Inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Aparecida, 13 de mayo 2007

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1.  Hagamos un sincero examen de conciencia a partir de la lectura de la Carta a los Colosenses.

2. ¿Qué puedo mejorar en mi familia para que pueda vivir el mismo espíritu de la «Familia de Nazaret»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2196- 2233.


[1] En la Biblia, el santo temor de Dios,  del que por ejemplo vemos en la figura del «siervo de Yavheh», no es tener miedo a Dios o al castigo; sino sentir la dependencia total de su grandeza y, al mismo tiempo, de su bondad. Esto produce, entre otras cosas,  miedo de perder ese amor o de ofenderlo. Este es el temor reverencial, distinto al temor servil, que sí encierra el miedo hacia Dios, a quien no se ama y cuya bondad no se percibe.

[2] Del latín saceculum: siglo, que de un tiempo (cien años) pasa a significar el espíritu de una época. Consiste en la emancipación de la tutela religiosa sobre las realidades temporales. La legítima autonomía  de lo temporal se llama secularización, y la ruptura con lo religioso, secularismo. Leemos en el Concilio Vaticano II nos dice: «si por autonomía de las realidades terrenales se entiende que tanto ellas como las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aprovechar y ordenar progresivamente, justo es exigirla, puesto que no sólo la reclaman nuestros contemporáneos, sino que también es conforme a la voluntad del Creador… Mas si por “autonomía de las realidades terrenales” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que puede el hombre usarlas sin referencia alguna al Creador, no hay creyente alguno que no vea la falsedad de tales opiniones. Porque la criatura, sin el Creador, desaparece. Y así los creyentes todos, a cualquier religión que pertenezcan, siempre han escuchado la voz y la manifestación de Dios en el lenguaje propio de las criaturas. Más aún: la misma criatura queda envuelta en tinieblas, cuando Dios queda olvidado» Gaudium et spes, 36.

[3] Recordemos la lectura del Evangelio del Domingo IV de Adviento del Ciclo A (Mateo 1,18-24).

Natividad del Señor

Posted: December 20th, 2010, by Matoga

«Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros»

Lectura del profeta Isaías 52, 7-10

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios!» ¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahveh a Sión. Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado Yahveh a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. Ha desnudado Yahveh su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y han visto todos los cabos de la tierra la salvación de nuestro Dios».

Lectura de la carta a los Hebreos 1,1- 6

«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1,1-18

«En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado».

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la Buena Noticia!» Podemos decir que el tema central de todas las lecturas en la Natividad del Señor es el mismo Jesucristo: Palabra eterna del Padre que ha puesto su tienda entre nosotros, que ha acampado entre los hombres. El prólogo del Evangelio de San Juan nos habla de la «Buena Nueva» esperada y anunciada por los profetas (Primera Lectura), nos habla del Hijo por el cual el Padre del Cielo nos ha hablado (Segunda Lectura) y nos revela la sublime vocación a la que estamos llamados desde toda la eternidad: «ser hijos en el Hijo».

«¡Saltad de júbilo Jerusalén!»

El retorno del exilio es inminente y el profeta describe gozoso el mensajero que avanza por los montes como precursor de la «buena noticia» de la liberación del exilio, al mismo tiempo que anuncia la esperada paz y la inauguración del nuevo reinado de Yavheh sobre su pueblo elegido. «Ya reina tu Dios», surge así una nueva teocracia en la que Dios será realmente el Rey de su pueblo y Señor de sus corazones. Los centinelas de Jerusalén son los primeros que perciben la llegada del mensajero con la buena noticia: Dios de nuevo se ha compadecido de su pueblo y «arremangándose las mangas» ha luchado en favor de Israel ante los pueblos gentiles.

«¡Os ha nacido un Salvador!»

En todas las Iglesias del mundo resonó anoche durante la celebración eucarística la voz del Ángel del Se­ñor que dijo a los pastores de la comarca de Belén: «Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salva­dor, que es el Cristo, Señor» (Lc 2,10-11). Lo más extraordina­rio es que este anuncio se ha repetido todos los años, por más de dos mil años, y en todas las latitudes, sin perder nada de su actualidad. ¿Cómo es posible esto? Hay en ese anuncio dos términos que responden a este interrogante: la palabra «hoy» y el nombre «Señor». La primera es una noción temporal, histórica, y en este texto suena como un campanazo. Ese «hoy» fija la atención sobre un punto determinado de la historia humana, que sucesivamente ha sido adoptado con razón como el centro de la historia. El nombre «Se­ñor», en cambio, se refiere a Dios, que es eterno, infini­to, ilimi­tado, sin sucesión de tiempo. El anuncio quiere decir entonces que el Eterno se hizo temporal, que entró en la historia. ¿Para qué?

Para que nuestra historia tuviera una dimensión de eterni­dad. Por eso es que los acontecimientos salvíficos, los que se refieren a la persona del Señor, son siempre presente. Ese «hoy» es siempre ahora. Es lo mismo que expresa San Juan en el Prólogo de su Evangelio, que hoy leemos en la Misa del día. Esta solemni­dad, dada su importancia, tiene una Misa propia de la vigi­lia, otra Misa de media noche y otra Misa del día.

«La Palabra habitó entre nosotros»

El Prólogo del cuarto Evangelio parte del origen mismo, pone como sujeto la Palabra y, en frases sucesivas, aclara su esencia: «En el principio existía la Pala­bra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Este «principio» no hace alusión a ningún tiempo, porque se ubica antes del tiempo y está perpetuamente fuera del tiempo. El sujeto al que se refiere todo el texto de San Juan es «la Palabra» que es mencionado otras dos veces: «La Palabra era la luz verdade­ra que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (v. 9). Y en el v. 14, el punto culmi­nante de todo el desarro­llo, el que expli­ca todo, porque todo conduce hacia allí: «Y la Pala­bra se hizo carne y puso su morada entre nosotros». La Palabra, que es la Luz verdadera y cuya esencia es divina, es decir, espiritual, se encarnó. El intangible, invisi­ble, impasible, atemporal se hizo, tangible, visible, sometido a padeci­mientos y temporal. Para decirlo breve: Dios se hizo hombre.

Es Jesús, quien es la Palabra del Padre. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se comprende y llega a plenitud toda la revelación. Por eso leemos en la Constitución Dei Verbum: «La economía cristiana, por ser alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor» . Es decir todo lo que el Padre quería revelarnos para nuestra salvación ya lo ha realizado en Jesucristo.

El hombre por su propia naturaleza está afectado por el tiempo, es decir, participa de esa característica que posee todo ser temporal: nacer, desarro­llarse y, finalmente, fenecer. ¿Cómo puede hacer el hombre para entrar en la eternidad? El hombre vive de una vida natural cuyos procesos son el objeto de las ciencias naturales, la biología, la psicolo­gía, la sociología, etc. ¿Cómo puede hacer para poseer la vida divina y eter­na sin que quede anulada su vida natural? Esto lo consigue el hombre me­diante un acto que se cumple en el tiempo, pero le obtiene la eternidad. Este acto es la fe en Cristo, la fe en su identidad de Dios y Hombre, de eterno y temporal, de Hijo de Dios e Hijo de María.

«Vino a su casa y los suyos no la acogieron»

El texto continúa refiriéndose a «la Palabra» y menciona que los suyos no la acogieron pero aquellos que sí lo hicieron les da poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. El nombre, en la Sagrada Escritura, está en el lugar de la identidad personal. Y esto lo repitió Jesús muchas veces en su vida. Citemos al menos una: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Y el mismo Juan en su carta explica: «Os he escrito estas cosas para que sepáis que tenéis vida eterna, vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios» (1Jn 5,13).

Jesucristo, en quien concurren la humanidad y la divinidad, es el único camino por el cual el hombre puede alcan­zar a Dios. Lo enseñó él mismo cuando dijo: «Yo soy el Camino… Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). No hay otro camino pues en ningún otro se juntan la naturaleza humana y la natura­leza divina, el tiempo y la eternidad; ningún otro es verdadero Dios y verdadero hombre. Y la aparición de esta posibilidad en el mundo es lo que celebra­mos hoy.

Es una posibilidad que está abierta también hoy y lo estará siempre pues «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre» (Heb 13,8). También hoy está abier­ta la opción de acogerlo o no acogerlo, de creer o no creer en él. Si Jesús nació en un pesebre, «porque no había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,7), es porque quiso ubicarse en el grado más bajo de la escala humana, a nivel infrahuma­no. Lo hizo para que nadie se sienta excluido, ni siquiera el hombre más miserable, y todos tengan abierto el camino de la salvación. A todos, como a los pastores, se les anuncia: «Hoy os ha nacido un Salvador». ¡Acogedlo!

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy quiero dirigir la mirada a la figura de san José. En el Evangelio de hoy, san Lucas presenta a la Virgen María como «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lucas 1, 27). Sin embargo, el que más importancia da al padre adoptivo de Jesús es el evangelista Mateo, subrayando que gracias a él el Niño quedaba legalmente introducido en la descendencia de David, cumpliendo así las Escrituras, en las que el Mesías era profetizado como «hijo de David». Pero el papel de José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre «justo» (Mateo 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por esto, en los días que preceden a la Navidad, es particularmente oportuno establecer una especie de diálogo espiritual con san José para que nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El querido Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos dejó una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica «Redemptoris Custos», «Custodio del Redentor». Entre los muchos aspectos que subraya, dedica una importancia particular al silencio de san José. Su silencio está impregnado de la contemplación del misterio de Dios, en actitud de disponibilidad total a la voluntad divina. Es decir, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino más bien la plenitud de fe que lleva en el corazón, y que guía cada uno de sus pensamientos y acciones.

Un silencio por el que José, junto con María, custodia la Palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, cotejándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santa voluntad y de confianza sin reservas en su providencia. No es exagerado pensar que Jesús aprendiera –a nivel humano– precisamente del «padre» José esa intensa interioridad, que es la condición de la auténtica justicia, la «justicia interior», que un día enseñará a sus discípulos (Cf. Mateo 5, 20).

¡Dejémonos contagiar por el silencio de san José! Nos hace tanta falta en un mundo con frecuencia demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación de la Navidad, cultivemos el recogimiento interior para acoger y custodiar a Jesús en nuestra vida».

Benedicto XVI. Ángelus 18 de diciembre de 2005.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos dice el gran Papa San León Magno: «Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa. Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos, nuestro Se­ñor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es lla­mado a la vida». ¡Vivamos hoy la alegría por el nacimiento de nuestro Reconciliador! Compartamos esta alegría en nuestra familia, en nuestro trabajo, con nuestros amigos, con las personas necesitadas.

2. Volvamos a lo esencial de la Navidad. Todo el resto se subordina a la gran verdad de nuestra fe: Navidad es Jesús. ¿Qué voy hacer en mi familia para que éste sea el mensaje central en estos días?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525-526.

Dei Verbum, 4.

Comunicado de la Pastoral Social de Buenos Aires

Posted: December 14th, 2010, by Matoga

Un poco atrasado pero vale la pena…

Ante los acontecimientos ocurridos durante los últimos días en el Parque Indoamericano del barrio de Villa Soldati de nuestra Ciudad, creemos necesario hacer un aporte orientado a la paz social, al diálogo institucional y al consenso para el Bien Común.

Exhortamos a las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires para que, a través de las herramientas políticas, jurídicas e institucionales que correspondan, trabajen en conjunto con las autoridades nacionales para dar una solución a la crisis suscitada a partir de la toma del predio del Parque Indoamericano.

Entendemos que estos hechos tan dolorosos no se agotan en sí mismos sino que responden a problemáticas estructurales que han venido madurando desde hace tiempo.

Problemas complejos como la pobreza y la desigualdad, y las carencias derivadas de ellas, requieren soluciones complejas de mediano y largo plazo y la acción conjunta de las diferentes jurisdicciones involucradas.

La solución al presente conflicto debe tener en cuenta que esta toma es producto de los derechos desatendidos de personas con profundas necesidades.

Argentina es un país formado en su gran mayoría por inmigrantes que llegaron a esta tierra con la esperanza de un futuro mejor. Debemos tener memoria de esto y proveer los medios para que los nuevos inmigrantes se integren de manera plena en nuestra sociedad. Esto debe ser una política de estado que tenga en cuenta los derechos y deberes de los nuevos inmigrantes, junto al de todos los argentinos, sin ningún tipo de discriminación.

Debemos tener amplitud de miras y grandeza de corazón. Estas actitudes preparan el terreno para un diálogo fructífero sin caer en la violencia física o verbal, privilegiando la política como camino de resolución de los conflictos.

Rogamos a Dios por nuestros hermanos que han perdido la vida en este conflicto social y rezamos por sus familias.

Que nuestra Madre la Virgen de Luján nos conceda la justicia y la paz.

Buenos Aires, 10 de Diciembre de 2010

Comisión de Pastoral Social
Arquidiócesis de Buenos Aires

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A

Posted: December 13th, 2010, by Matoga

«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel»

Lectura del profeta Isaías 7, 10-14

«Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: “Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto”. Dijo Ajaz: “No la pediré, no tentaré a Yahveh”. Dijo Isaías: “Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. »

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 1, 1- 7

«Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro, por quien recibimos la gracia y el apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles, entre los cuales os contáis también vosotros, llamados de Jesucristo, a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación, a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 1, 18-24

«La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”. Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Una frase que podría sintetizar las lecturas de este cuarto Domingo de Adviento podría ser: «Emmanuel- que traducido significa- Dios con nosotros». La Primera Lectura expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Ajaz o Acaz[1] desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yahveh. El rey Ajaz debía confiar en el Señor y no aliarse con ningún otro rey. Sin embargo, el rey Ajaz ve las cosas desde un punto de vista terreno y desea aliarse con el más fuerte, el rey de Asiria. Isaías sale a su encuentro y le dice: «pide un signo y Dios te lo dará. Ten confianza en Él». Sin embargo, el rey Ajaz teme abandonarse en las manos de Dios y se excusa diciendo: «no pido ningún signo». En su interior había decidido la alianza con los hombres despreciando el precepto de Dios. Isaías se molesta y le ofrece el signo: «la virgen[2] está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros». La tradición cristiana siempre ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María.

Así lo interpreta el Evangelio de San Mateo cuando considera la concepción virginal y el nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la Carta a los Romanos. San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Jesucristo, el  Señor. Nacido del linaje de  la familia de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios. San Pablo subraya el origen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana: «nacido de la estirpe de David». Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

La genealogía de Jesús

Cuando leemos las Sagradas Escrituras, vemos que la identidad de una persona queda esta­blecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso la histo­ria de los grandes personajes comienza con su genea­logía. Esto lo que ocurre también con Jesús. En efecto, el Evangelio según San Mateo comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Y sigue el detalle de las generaciones desde Abraham, pasan­do por David, hasta Cristo. Se repite el verbo «engendró» trein­ta y nueve veces, siempre con la misma fórmula (A engendró a B; B engendró a C; C engendró a D…), con la única excep­ción de la última, donde se produce una llama­tiva disonan­cia evitando cuidadosamente decir: «José engendró a Jesús», porque esto habría sido falso.

Veamos también que son cuatro las mujeres que se mencionan en la genealogía de Jesús, cinco con María. Pero siempre según esta fórmula: «Judá engendró, de Tamar, a Fares… Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut…. David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón». En el caso de María no es ésa la fórmula sino: «José, el esposo de María, de la cual nació Je­sús». Se debe concluir que «José no engendró a Jesús, pues éste nació virginalmente de María». Aun a riesgo de poner en cuestión la descendencia davídica de Jesús -lo único claro es que el hijo de David es José-, el Evangelio afirma la concep­ción virginal de Jesús porque esto es lo único coherente con su identidad. Justamente lo que el Evangelio de este Domingo quiere explicar es cómo llegó José a ser padre de Jesús, para que esa genealogía pueda realmente llamarse: «Libro de la generación de Jesús Cristo»

Aproximándonos al texto…

El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras: «La génesis[3] de Jesús Cristo fue así: concedida en matrimonio su madre María a José, antes que ellos comenzaran a estar juntos, se encontró encinta del Espíritu Santo». Ya está afirmado lo principal: el niño fue concebido por obra del Espíritu Santo; no es hijo de José, sino que es Hijo de Dios. Así lo confirma la cita­ción que aporta Mateo como explicación del retorno de la Sagrada Familia de Egipto, cuando se refugiaron allá huyendo de Herodes: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2,15). Según la genealogía, como hemos visto, el que es «hijo de David» es José. Y así lo proclama el ángel cuando se le aparece en sueños: «José, hijo de David». Pero hasta aquí resulta claro que José no es el padre de Jesús. Para responder a esta cuestión debemos examinar detenidamente el texto: «José, su marido, siendo justo y no queriendo denunciarla, resol­vió repudiarla en secre­to».

Según la interpretación frecuente de este texto, José, al ver a María espe­rando un hijo, habría sospechado de su fidelidad y la habría juzgado culpable; pero, siendo justo y no queriendo dañarla, decidió dejar la cosa en secreto. Pero, en reali­dad, esta interpreta­ción es extraña al texto. Si José hubiera sospe­chado que su esposa era culpa­ble de infideli­dad, el hecho de ser justo, le exigía aplicar la ley, y ésta ordenaba al esposo entregar a la mujer una escritura de repu­dio (ver Dt 22,20s). En ningún caso la ley permite dejar la cosa en secre­to. Esto es lo que observaba San Jerónimo: «¿Cómo podría José ser calificado de justo, si esconde el crimen de su esposa?» Si, sospechando el adulterio, José hubiera queri­do evitar un daño a su esposa, su actitud habría sido caracterizada por la mansedumbre, no por la justicia.

¿Cómo supo José que María estaba encinta?

Esta pregunta es bastante importante y la respuesta obvia es: María se lo dijo tan pronto como lo supo ella[4]. Hay que tener en cuenta que José era su esposo y que, como explicaremos a continuación, estaba en la víspera de llevarla a vivir consigo. El Evangelio dice: «Antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta». Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo antes? Si todos pensaban que Jesús era hijo de José[5], eso quiere decir que José empezó a vivir junto con María en los mismos días de la concepción de Jesús, de manera que vivieran juntos los nueve meses del embarazo.

En cualquier otra hipótesis, se habría arrojado una sombra sobre la generación de Jesús: se habría pensado que sus padres habían tenido relaciones antes de convivir o, lo que es peor, que el Niño era hijo de otro. Ambas cosas repelen a la santidad de María y también de José. Por último, si María no hubiera dicho a José lo que ocurría en ella, habría faltado de honestidad, cosa imposible en ella. En efecto, su identidad había cambiado, y su esposo tenía derecho a saberlo. Más aun, tenemos que considerar que ambos ya habían decidido mantenerse vírgenes por la sencilla razón de que la decisión de María necesariamente ha tenido que ser compartida por José.

La reacción de José

Analicemos ahora lo que José ha decido hacer ante la información dada por María: el texto nos dice que como era justo, decidió repudiarla; y, como no quería ponerla en evidencia, decidió hacerlo en secreto. Examinemos lo primero: José no podía pretender ser el esposo de esta Virgen que llevaba en su seno a un Hijo concebido por obra del Espíritu Santo, y sobre todo, no podía pretender ser el padre de semejante Hijo. No cabe otra reacción sino considerarse indigno. Por eso decide repudiarla[6] (esta es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio). Pero no quiere poner en evidencia los motivos, porque esto pertenecía a la intimidad de María con Dios. Por eso decide proceder privadamente e interrumpir su desposorio con María en secreto. De hecho, después que José tomó a su esposa y nació el Niño, todos estos hechos siguieron siendo secretos. Son un misterio admirable y no pudo revelarlos nadie sino Jesús mismo.

Hay que tener en cuenta que hasta ahora nadie había pedido a José que él fuera el padre de ese Niño. Entonces el Ángel de Dios se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque, aunque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, tú le pondrás por nombre Jesús…». Esta traducción es perfecta­mente correcta[7]. El ángel está confirmándole algo que José ya sabe y cree – lo sabe porque María se lo dijo y lo cree -, pero ahora le comunica su vocación: tú le pondrás por nombre Jesús[8]. Esto quiere decir: tú estás llamado a ser el padre del Niño. Y José reaccionó según su justicia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer». Si María, al recibir el anuncio de su vocación de Virgen Madre de Dios, respondió: «He aquí la esclava del Señor», José, su casto esposo, respondió igual. Al asumir la paternidad de Jesús, José no está sustituyendo a nadie (como ocurre en las adopciones nuestras), porque Jesús no tiene padre biológico. Su Padre es Dios, pero es precisamente Dios quien encomienda a José la misión de ser su padre en la tierra. A él Dios le encomienda la paternidad de esa manera; a todos los demás padres Dios se la encomienda por vía de la generación biológica. ¡Ojalá todos los padres fueran tan fieles como José! Por esto Jesús es verdaderamente «hijo de José e hijo de David»: él es el «Dios con nosotros» de quien celebraremos el nacimiento.

Una palabra del Santo Padre:

«En la tradición del pueblo de Israel el nombre “Jesús” conservó su valor etimológico: «Dios libera». Por tradición, eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embargo, en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue escogido y asignado desde lo alto, ya antes de su nacimiento, según la indicación del ángel a María  en la anunciación y a José en sueños…En el Plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un nombre que alude a la salvación «Dios libera», porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador».

Juan Pablo II. Catequesis  del 14 de enero de 1987.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vivamos estos últimos días de espera cerca de la Virgen Santa y de San José. Preparemos nuestro hogar para que en él nazca el «Emmanuel».  ¿Qué vamos hacer en estos últimos días del Adviento?

2.  A todos nos gusta recibir regalos y eso está muy bien. Pero al dueño del “santo”, ¿qué regalo le voy a dar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 437- 439. 496- 507. 1846.


[1] Ajaz o Acaz, rey de Judá aproximadamente del 732 al 716 a.C., introdujo el culto pagano en el Templo de Jerusalén e incluso llegó a sacrificar a sus propios hijos quemándolos. Ajaz fue finalmente derrotado cuando Siria (Damasco era su capital) e Israel (Samaria era su capital) llevaron adelante juntos un ataque contra Judá. Rechazando el consejo de Isaías, pidió ayuda a Tiglat-Piléser, rey de Asiria, pero ello lo convirtió en vasallo suyo (2R 15, 38 ss.; 2Cro 27, 9; Is 7). Fue tan aborrecido por sus súbditos que le negaron sepultura entre los reyes de Judá.

[2] Es cierto que en el texto hebreo de Isaías no se hablaba explícitamente de una «Virgen», sino de una «doncella» (betulah), pero cuando los mismos sabios hebreos tradujeron la Biblia al griego mucho antes de Cristo (la LXX), haciendo una inter­preta­ción auténtica, usaron aquí el térmi­no «parthenos», que signi­fica claramente «virgen», y es precisamente este el punto que llama la atención de Mateo y que él quiere destacar como leemos en el texto evangélico de este Domingo.

[3] Es significativo que el Evangelio de Mateo, que es el primer libro del Nuevo Testa­mento, comience con estas pala­bras: “Libro de la génesis de Jesús Cristo” (Mt 1,1). El evan­gelista ha elegido deliberadamente la pala­bra “génesis” (con una n) y no “generación” (esta última palabra se escribe en griego con doble n: “gennêsi­s”). Su intención es recordar el primer libro de la Biblia, que recibe el nombre “Génesis”, porque en su traducción griega el relato de la creación concluye con esta frase: “Este es el libro de la génesis del cielo y de la tierra” (Gn 2,4). Tenemos entonces el “libro de la génesis del cielo y de la tierra” y el “libro de la génesis de Jesús Cristo”. De esta manera Mateo quiere destacar que con Jesu­cristo se tiene un nuevo inicio en la historia.

[4] Un presupuesto importante que tenemos que tener en cuenta es que la vocación de María, que leemos en el relato del Evangelio de San Lucas 1,26-38, tiene directa relación con la vocación de su esposo y padre de Jesús: San José. Ambos relatos tratan de explicar cómo fue el nacimiento  en este mundo del Hijo de Dios hecho hombre. Lucas expone el punto de vista de María; Mateo, por su parte, nos va a entregar el punto de vista de San José.

[5] Ver Lc 3,23; Jn 1,45; 6,42.

[6] En la traducción de la Biblia Americana de San Jerónimo leemos: «…quiso abandonarla secretamente».

[7] Esta traducción es válida y ha sido propuesta por biblistas tan destacados como Xavier León-Dufour, A. Pelletier, René Laurentin, entre otros.

[8] Se sigue así la costumbre judía de impo­ner el nombre según la misión o según alguna circunstan­cia que acompaña al nacimiento. En este caso el nombre que debía darse al niño suena en hebreo así: «Yeho­shua» y quiere decir: «Yahveh salva»

1º Misa Arnaldo Andres Villalba

Posted: December 13th, 2010, by Matoga

…Y un día celebró su primera misa en nuestra parroquia, el santuario Basílica de la Sagrada Familia de Nazareth, en Banfield…

Acá les comparto algunas fotos.

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Esteban y Arnaldo (para nosotros Andrés), los nuevos sacerdotes

Posted: December 11th, 2010, by Matoga

sábado, 11 de diciembre de 2010 Eclesia.infoEn una misa que finalizó hace instantes, en la catedral Nuestra Señora de la Paz, el obispo Jorge Lugones ordenó sacerdotes a los diáconos Esteban Godoy y Arnaldo Andrés Villalba.

Villalba (foto abajo) fue ordenado diácono este año, el 1 de mayo, en la capilla Nuestra Señora de Budge de la localidad homónima en el Partido de Lomas. Todo este tiempo estuvo desarrollando tareas pastorales en la parroquia Sagrada Familia (Banfield).

Godoy (foto abajo), quien todo este año estuvo desempeñando su ministerio diaconal en la catedral, fue ordenado como tal, el 11 de diciembre del año pasado, en su parroquia de origen, Santa Ana (Glew).
Como sacerdote, ahora, estará como vicario en la parroquia Cristo Obrero (Lomas).

La primera misa de Esteban Godoy será el 12 de diciembre, a las 11, en la parroquia Santa Ana, y la de Arnaldo Villalba, el mismo día, a las 11:30, en Sagrada Familia. Ambos, celebrarán la Eucaristía en la catedral, este mismo domingo 12, a las 19.

Nuestras Oraciones y agradecimiento eterno con ellos.

Todas las fotos en Eclesia.info