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El papa nombró arzobispo al rector de la UCA, Pbro. Víctor Manuel Fernández

Posted: May 13th, 2013, by Matoga

Buenos Aires, 13 May. 2013 (AICA): El nuncio apostólico, monseñor Emil Paul Tscherrig, informó que el santo padre Francisco nombró arzobispo titular de Tiburnia al presbítero Víctor Manuel Fernández, de 50 años, rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA).

El anuncio fue efectuado en Roma y en Buenos Aires esta mañana. Aquí se lo hizo a través de la agencia AICA.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández. Datos biográficos

Nació en Alcira Gigena, provincia de Córdoba, el 18 de julio de 1962 y fue ordenado sacerdote en su pueblo natal, diócesis de Villa de la Concepción del Río Cuarto, el 15 de agosto de 1986.

Es licenciado en Teología con especialización bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana, de Roma, en 1988, y doctor en Teología por la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA) en 1990.

Fue primero vicedecano durante dos períodos y luego, desde agosto de 2008 hasta diciembre de 2009, decano de la Facultad de Teología de la UCA. Desde 2002 hasta 2008 fue director de la revista Teología de esa facultad.

El 15 de diciembre de 2009 asumió el cargo de rector “ad interim” de la UCA sucediendo a Mons. Alfredo Horacio Zecca. El 20 de mayo de 2011 prestó juramento como rector, cargo que seguirá desempeñando como arzobispo.

De 1993 a 2000 fue párroco de Santa Teresita del Niño Jesús en la ciudad sede de la diócesis de Villa de la Concepción del Río Cuarto, donde además se desempeñó como director de Catequesis y asesor de diversos movimientos laicales.

De 2007 a 2009 fue presidente de la Sociedad Argentina de Teología.

Entre otras actividades fue fundador y rector del Instituto Diocesano de Formación Laical de Río Cuarto; productor y locutor de programas radiales; formador y director de estudios del seminario diocesano Jesús Buen Pastor; perito del Secretariado para la Formación Permanente, de la Conferencia Episcopal Argentina; miembro del equipo de reflexión que asesoró al episcopado argentino para la actualización de las Líneas Pastorales; y perito y miembro de la Comisión de redacción de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (Brasil, 2007).

En diversos centros de Buenos Aires y de Córdoba fue profesor de Ética, Hermenéutica, Antropología, Método Exegético, Nuevo Testamento, Homilética, Gracia y Teología Espiritual, además de seminarios para Licenciatura.

Ha dictado numerosos cursos y conferencias en la Argentina y en otros países. Entre libros, subsidios y artículos científicos, cuenta con más de 300 publicaciones en la Argentina y en varios países de América Latina y Europa.

Algunos de sus libros son: “Actividad, espiritualidad y descanso”, San Pablo, Madrid 2001; “La gracia y la vida eterna”, Herder, Barcelona 2003; “Teología espiritual encarnada. Profundidad espiritual en acción”, San Pablo, Buenos Aires 2004; “Valores argentinos o un país insulso. Hacia el Bicentenario”, Bouquet, Buenos Aires 2006; “Cómo interpretar y cómo comunicar la Palabra de Dios”, San Pablo, Buenos Aires 2009; “Conversión pastoral y nuevas estructuras”, Ágape, Buenos Aires 2010; “La fuerza sanadora de la mística”, San Pablo, Buenos Aires 2012.

Más datos sobre su actuación y sus escritos, pueden verse en el sitio de la UCA: www.uca.edu.ar

Próxima ordenación episcopal

La ordenación episcopal de monseñor Víctor Manuel Fernández se llevará a cabo el sábado 15 de junio próximo a las 10.30, en la catedral metropolitana de Buenos Aires. Será consagrante principal monseñor Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires y Gran Canciller de la UCA.

Domingo de la Semana 6ª de Pascua. Ciclo C

Posted: May 2nd, 2013, by Matoga

 «El Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho»

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  15, 1-2.22-29

«Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: “Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros”. Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión.

Entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos. Por su medio les enviaron esta carta: “Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia.

Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos, hemos decidido de común acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondrán esto mismo de viva voz: Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós”.»

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14.22-23

«Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas.

La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 14,23-29

«Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.  El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho: os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: “Me voy y volveré a vosotros.” Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».  

& Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

En la Primera Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, la comunidad cristiana recurre a los apóstoles para decidir acerca de la justificación y la evangelización de los gentiles. Justamente el Salmo Responsorial (Salmo 66) nos muestra el carácter universal de la alabanza que le debemos a Dios. En la Segunda Lectura se describe la grandeza de la nueva Jerusalén, fundada sobre doce columnas con los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Finalmente en el Evangelio leemos la promesa de Jesús a aquellos que lo aman y por lo tanto guardan sus palabras. Jesús les asegura el envío de un «Defensor» en el Espíritu Santo y los anima a prepararse para su pronta partida.

«Si alguno me ama, guardará mi Palabra»

El Evangelio de este VI Domingo de Pascua, como el del Domingo pasado, también está tomado de las palabras de despedida de Jesús, pronunciadas durante la última cena con sus discípu­los. De aquí se puede deducir su importan­cia; son las últimas recomendaciones de Jesús y la promesa de su asis­tencia futura. Jesús había anunciado su partida en estos términos: «Hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros… adonde yo voy vosotros no podéis venir» (ver Jn 13,33). Como era de esperar, los discípulos se han quedado sumidos en la triste­za, y también en el temor. ¿Quién velará ahora por ellos? Ellos han creído en Jesús, pero ¿quién los sostendrá en esta fe, que los había puesto en contraste con la sinagoga judía? Por eso, junto con anunciar su partida inminente, Jesús asegura a sus discípulos que volverá a ellos: «Me voy y volveré a vosotros». Y no vendrá Él sólo, sino el Padre con Él; y no sólo en una presencia externa, como había estado Él con sus discí­pulos hasta entonces, sino que establece­rán su morada en el corazón de los discípu­los.

Para esto, sin embargo, hay una condi­ción que cum­plir: «guardar su Pala­bra». Esa «Palabra» es el don magnífi­co que trajo Jesús al mundo y la herencia que le dejó después de su vuelta al Padre. Han pasado más de veinte siglos y en todo este tiempo el empeño constante de los discípulos de Cristo ha consistido precisa­mente en «guar­dar su Palabra» con la mayor fideli­dad posi­ble. Este es también nuestro empeño hoy. ¿Qué se consigue con todo esto? Como dijimos, esta es la condi­ción para que Jesús venga a sus discí­pu­los: «Si alguno me ama, guardará mi Pala­bra, y mi Padre lo amará, y ven­dremos a él, y haremos morada en él». Pero, ¿cómo hacerlo? El detonante es el amor a Jesús. Sin esto no hay nada. Porque lo amamos a Él y anhelamos su presen­cia, y la del Padre, en nuestro corazón, por eso, guarda­mos su Palabra. Entendemos entonces cuando Jesús nos dice que «mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30).

Solamente amando a Jesús podremos vivir de acuerdo a su Palabra. «Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor… ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman; no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de sus dificultades» (San Agustín, Sermón 96). Para más claridad Jesús agrega: «El que no me ama, no guarda mis palabras». Éste vive ajeno a Jesús y al Padre, dejándose arrastrar -y esclavizar- por los crite­rios y concupiscencias del mundo. El único signo inequívoco de que alguien ama a Jesús verdaderamente es que atesore en su corazón la palabra de Jesús y viva conforme a ella como nuestra querida Madre María siempre lo hizo «su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,52). Esto quiere decir «guardar su palabra».

Dada su importancia, Jesús se detie­ne a explicar un poco más la expre­sión «guardar su Palabra». Obviamente Jesús no se refiere a una preocupación arqueológica, como si se trata­ra de conservar cuidadosamente los códices en que están escritos los Evange­lios. Jesús no está hablando de algo material. Por eso agrega: «La Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado». Aquí está expresado un salto inmenso de fe: los discípulos escu­chan hablar a Jesús, pero deben creer que esas palabras que él pronun­cia son Palabra de Dios, y que de Dios proceden. En diversas ocasiones Jesús repite esta verdad: «Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo… lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí» (Jn 8,28; 12,50).

 

J La promesa del Espíritu Santo, el Paráclito

Pero…¿cómo podremos «guardar esta Palabra», que no es de este mundo, ni de la experiencia sensible, porque procede del Padre? Sigamos leyendo: «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espí­ritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñara todo y os recordará todo lo que yo os he dicho». Aquí tenemos la respuesta: para «guardar la Palabra» de Cristo es necesa­ria la acción del Espíritu Santo y la docilidad de los discípulos a sus dulces mociones (movimientos interiores o espirituales). Se completa así una cadena de enseñanza: el Padre enseña al Hijo lo que tiene que decir al mundo; y el Espíritu Santo enseña a los discípulos esa misma Palabra de Jesús que ellos tienen que guardar.

Jesús se refiere al Espíritu Santo con un apelativo especial que ciertamente tiene un sentido profundo: el Parácli­to. ¿Qué quiere decir este nombre? Éste es un término que en todo el Nuevo Testamento sólo es usado por Juan. Es un sustantivo griego, formado del verbo griego «parakaleo» que signifi­ca: «llamar junto a». El sustantivo «paráclito» pertenece al mundo jurídico y designa al que está junto al acusado en un proceso judicial, al asis­tente, al defensor, al abogado. En el Evangelio de San Juan, el Paráclito es el que asiste y ayuda a los creyentes en el gran conflicto que opone a Jesús y el mundo. Mientras el mundo creía condenar a Jesús, el que resulta condenado es el mundo, gracias a la acción del Paráclito, que opera en el corazón de los fieles. Por eso, en las cinco promesas de su envío a los discí­pu­los, el Paráclito tiene la función de enseñar, de dar testimonio a favor de Jesús y de condenar al mundo.

En la promesa del Espíritu Santo contenida en el Evangelio de este Domingo, el Paráclito tendrá la misión de enseñar a los discípu­los todo, de recordarles todo lo dicho por Jesús. Esto no quiere decir que el Espíritu Santo traerá una nueva revelación o un suplemento de revelación distin­ta de la aportada por Jesús. Quiere decir que en el proce­so de la revelación divina hay dos etapas: lo enseñado por Jesús durante su vida terrena y la comprensión de esa enseñanza por interiorización, gracias a la acción del Espíritu Santo. Todos tenemos la experiencia de lo que significa compren­der repentinamente el sentido de algo que antes era oscuro para nosotros: una palabra, una frase que alguien dijo, la actitud que alguien adoptó, etc. Cuando esto ocurre, nosotros habla­mos de «darnos cuenta» de algo. Este darnos cuenta acontece en un segundo momento en contacto con alguna circunstancia particular que ilumina lo que antes era oscuro, por ejemplo, cuando alguien «nos hace ver».

El Espíritu Santo sugiere a nuestro corazón el sentido verdade­ro de esas pala­bras, nos hace darnos cuenta, hace com­prender toda su trascendencia. El Espíritu Santo no aporta ninguna nueva revelación más allá de lo dicho por Jesús. Pero hace comprender interiormente lo dicho por Jesús, hace que penetre en el corazón de los fieles y se haga vida en ellos. Si el Espíritu Santo no hubiera venido, todo lo dicho y hecho por Jesús, sobre todo, su identidad misma de Hijo de Dios, habría quedado sin comprensión y no habría operado en el mundo ningún efecto. Es lo que ocurre aún hoy con aquellas personas que han rechazado de sus corazo­nes el Espíritu Santo: no entienden las palabras de Jesús.

La Nueva Jerusalén

En la Segunda Lectura de hoy se hace una descripción simbólica de la nueva Jerusalén, es decir, del estado final y glorioso de la comunidad de los redimidos. Un detalle significativo es que carece de Templo; lo cual establece una diferencia radical entre la antigua y la nueva ciudad de Dios. «Templo (Santuario) no vi ninguno, porque su Templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero» (Ap 21, 22). La perfección en la totalidad del pueblo nuevo sucede a la del antiguo. A las doce tribus de Israel corresponden los doce Apóstoles. Es interesante notar el simbolismo invertido de las doce puertas y los doce cimientos: aquellas (lógicamente posteriores al cimiento), con los nombres de las doce tribus de Israel y éstos con los nombres de los Apóstoles. ¿No significa esto la unión definitiva de los Testamentos en el Reino Celestial? Finalmente leemos en los Hechos de los Apóstoles que el Concilio realizado en Jerusalén, hacia 48 ó 49, inhabilita las antiguas mediaciones que eran exigidas (la circuncisión entre otras cosas) a los gentiles para obtener la salvación de Dios. Este Concilio de los apóstoles es el modelo de todos los que se han celebrado en la Iglesia  asistidos por el Espíritu Santo.

Una palabra del Santo Padre:

««Estoy con vosotros» quiere decir: estoy con la Iglesia construida sobre vosotros, y vengo siempre en virtud del Espíritu Santo. Esta venida es múltiple: en la palabra del evangelio, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en la misteriosa inhabitación del corazón mediante la gracia. A esta última venida se refieren las palabras que acabamos de escuchar: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

El amor hace que una persona habite espiritualmente en otra. Así acontece en la dimensión humana y, de modo aún más profundo, en la dimensión divino-humana. «Si alguno me ama (…), mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). Por consiguiente, el amor a Cristo atrae el amor del Padre y hace que el Hijo y el Padre estén presentes en el alma del hombre, que se abandonen íntimamente al hombre. Ese don es obra del Espíritu Santo, el Amor increado. Derramado en el corazón del hombre, hace que toda la santísima Trinidad esté presente en él y more en él. Esta inhabitación, que brota del amor y enriquece el amor, debe realizarse en la verdad.

Quien ama a Jesús guarda su palabra, la palabra de la que Él dice: «Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14, 24). Quien ama a Jesús vive de su Evangelio. Cristo es el Verbo del Padre. En Él se realiza la plenitud de la verdad, que está en Dios y que es Dios mismo. Él «se hizo carne» (Jn 1, 14) para transmitirnos esta verdad con palabras humanas, con obras humanas y, en definitiva, en el acontecimiento pascual de la cruz y la resurrección. Ahora Cristo dice: «Me voy al Padre» (Jn 14, 28). Eso es para Él motivo de alegría divina, una alegría que desea comunicar a sus discípulos. Con la humanidad que asumió, el Verbo vuelve a su fuente, al eterno manantial donde, sin ningún inicio, tiene su inicio»

Juan Pablo II. Homilía en el Santuario de Mariano de Svatý Kopečék, de Olomuc.

República Federativa Checa y Eslovaca 21 de mayo 1995.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¡Demos gracias a Dios por el don del Magisterio de la Iglesia! La Iglesia nos enseña y nos conduce por sendas seguras a la Jerusalén Celestial. ¿Me esfuerzo por leer los documentos más importantes de la Iglesia? ¿Cuál ha sido el último documento que he leído?

2. ¿Amo y guardo la Palabra de Dios? ¿Estudio la Palabra para así poder vivirla?  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 683-693. 790- 791.1822-1823. 1828.

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo C

Posted: April 24th, 2013, by Matoga

 «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros»

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  14, 21-27

« Al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe. Habiendo evangelizado aquella ciudad y conseguido bastantes discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, confortando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe y diciéndoles: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; predicaron en Perge la Palabra y bajaron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, de donde habían partido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían realizado. Al su llegada reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo lo que habían hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe»

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

«Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán  su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos,  y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado”. Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo”».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35

«Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.  Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”. “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.  En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Pablo y Bernabé vuelven de su primera misión (Primera Lectura) donde se resalta el laborioso crecimiento de la Iglesia de Cristo. Expansión que no está exenta de tribulaciones que San Pablo paternalmente advierte. El nuevo mandamiento (Evangelio) dejado por Jesús es la vivencia del amor hasta el extremo de dar la vida por los otros; y esto será lo distintivo entre los primeros seguidores de Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros». Justamente es la glorificación del Hijo del hombre que renovará todas las cosas creando así un mundo nuevo (Segunda Lectura).

«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre…» 

La Iglesia celebra hoy el V Domingo de Pascua. Puede parecer extraño que estando en tiempo de Pascua, en que la liturgia está dominada por la contemplación de Cristo resu­ci­tado y vencedor sobre el pecado y la muerte, se nos pro­ponga un pasaje del Evangelio que está ubicado en el momento en que Jesús comienza a despedirse de sus apósto­les para encaminarse a su Pasión. Veamos por qué se da esto…

La primera palabra de Jesús hace referencia al momen­to: «Ahora…». Debemos preguntarnos en qué situación de la vida de Jesús nos encontramos y qué ocurrió para que Jesús consi­derara que había llegado el momento. Jesús se había reunido con sus apósto­les para celebrar la cena pas­cual. El capítulo comienza con estas palabras fundamenta­les: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Había llegado su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre y la hora de dar la prueba suprema de su amor a los hombres. Pero faltaba todavía algo que desencadenara los hechos.

El Evangelista dice: «Durante la cena, ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscario­te, hijo de Simón, el propósito de entregarlo…» (Jn 13,2). Sigue el episodio del lavatorio de los pies a sus apóstoles. Y, en seguida, Jesús indica cuál de sus apósto­les lo iba a entre­gar, dando a Judas un bocado. El Evangelista sigue narrando: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (Jn 13,27). Jesús acompañó su gesto, que debió ser lleno de bondad y de conmiseración ante el discípulo ya decidido a traicionarlo, con estas palabras: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». El Evangelista conclu­ye: «En cuanto tomó Judas el bocado, salió» (Jn 13,29). La traición de Judas fue una obra de Satanás, pero tam­bién una decisión res­ponsable del hom­bre. Aquí el misterio de la iniqui­dad alcanzó su punto máximo, sólo comparable con la obra de Satanás en nuestros primeros padres. Esta especie de escalada de Satanás era lo que faltaba aún para que llega­ra el momento.

«Cuando Judas salió, Jesús dice: Ahora ha sido glori­ficado el Hijo del hombre». Ya los hechos que lleva­rían a Jesús a morir en la cruz se habían desencadenado. Pero en esos hechos consiste su glorificación, pues mientras los hombres lo someten a la pasión dolorosa y a la muerte, en realidad, él está yendo al Padre. Así lo dice el Evangelio al comienzo de este capítulo: «Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre… sabía que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía» (Jn 13,1.­3). Lo repite él mismo en el curso de esa misma cena con sus discípulos: «Me voy a prepararos un lugar… voy al Padre» (Jn 14,2.12). Y poco antes de salir con sus discí­pulos al huerto donde sería detenido, Jesús se dirige a su Padre y ora así: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1).

«Dios ha sido glorificado en Él»

La muerte de Cristo fue un sacrificio ofrecido a Dios Padre. Si todo sacrificio es un acto de adoración, el sacrificio de Cristo ha sido el único digno de Dios, el único que le ha dado la gloria que merece. Por eso es que Dios ha sido glorificado. Cristo ha dado gloria a Dios con toda su vida, pues toda ella fue un acto de perfecta obediencia al Padre. Pero en la cruz alcanzó su punto culminante, allí recibió su sello definitivo. Este es el sentido de la última palabra de Cristo antes de morir: «Todo está cum­plido», es decir, está cumplida la voluntad del Padre en perfección y hasta las últimas conse­cuencias. Nunca se demostró Jesús más Hijo que en ese momento. Pero todavía quedaba que se realizara la última afirmación de Cristo: «Dios lo glorificará en sí mismo», la que debía cumplirse «pronto». Esta es la subida de Cristo al Padre, que ocu­rrió con su Resurrec­ción.

El testamento de Jesús

En este momento de la despedida de sus apóstoles, Jesús agrega lo que más le interesa dejarles como testamento: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros». ¿Por qué dice Jesús que este mandamiento es «nuevo»? ¿Dónde está la novedad? Ya desde la ley antigua existía el mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo» (Lev 19,18). Y Jesús, lejos de derogarlo, lo había indicado al joven rico como condición para heredar la vida eterna (ver Mt 19,19). La novedad está en el modo de amar, en la medida del amor. Es esto lo que hace que este mandamiento sea el de Jesús: «Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros». En este mismo discurso, más adelante, Jesús repite: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

Por eso Jesús agrega: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos». En la vida de Jesús hemos contemplado lo que es el amor y cómo Él nos amó. El no buscó su propio inte­rés, sino el nues­tro. Nos amó hasta el extremo: «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); y esa es la medida que nos ha dejado. Sin embargo, es increíble cómo en nues­tra socie­dad y en el modo común de hablar, el amor se haya podido profa­nar tanto y que muchas veces se llegue al extremo de llamar amor lo que es per­fecto egoísmo.

«Yo, Juan, vi… la ciudad santa, la nueva Jerusalén» 

La espléndida visión de la Jerusalén celestial concluye el libro del Apocalipsis y toda la serie de los libros sagrados que componen la Biblia. Con esta grandiosa descripción de la ciudad de Dios, el autor del Apocalipsis indica la derrota definitiva del mal y la realización de la comunión perfecta entre Dios y los hombres. La historia de la salvación, desde el comienzo, tiende precisamente hacia esa meta final.

Ante la comunidad de los creyentes, llamados a anunciar el Evangelio y a testimoniar su fidelidad a Cristo aun en medio de pruebas de diversos tipos como leemos en la primera lectura, brilla la meta suprema: la Jerusalén celestial. Todos nos encaminamos hacia esa meta, en la que ya nos han precedido los santos y los mártires a lo largo de los siglos. En nuestra peregrinación terrena, estos hermanos y hermanas nuestros, que han pasado victoriosos por la «gran tribulación», nos brindan su ejemplo, su estimulo y su aliento. San Agustín nos dice cómo la Iglesia «que prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», se siente sostenida y animada por el ejemplo y la comunión de la Iglesia celestial.

Recordemos las palabras del profeta Isaías: «Mira ejecutado todo lo que oíste…Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo reservadas otras que tú no sabes» (Is 48,6). Esto no es un cuento de hadas sino el mundo que surge de la vivencia plena del mandamiento del amor. Este esplendoroso final esperado tiene su contraparte en la Primera Lectura donde se contrasta el crecimiento de las comunidades cristianas en sus comienzos al ritmo penoso de la misión que acaban de concluir. Pablo y Bernabé, de nuevo en Antioquía de Orontes (Siria) y ante la comunidad reunida, hacen un balance positivo de su primera misión por tierras del Asia Menor hasta Antioquía de Pisidia (hoy Turquía). Al reanudar el camino iban animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe. Y apuntando ya a una primera organización pastoral.

«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por … » 

El día 20 de noviembre recordaremos a un grupo de monjitas españolas que vivieron el mandamiento del amor hasta el extremo. Justamente el V Domingo de Pascua de 1998 fueron declaradas beatas por el Papa Juan Pablo II ante una multitud en la plaza San Pedro. La Beata María Gabriela y sus compañeras mártires ingresaron a la congregación de la Visitación de Santa María, imprimiendo en su corazón los principios de la congregación: «Todo dulzura y humildad».

En los primeros meses de 1936, la persecución religiosa en España se fue agravando. La congregación se dio cuenta que era ya muy peligroso continuar en Madrid por lo que decidieron trasladarse al pueblito de Onoroz, en Navarra. Pero ellas pidieron quedarse en Madrid, pues la iglesia del monasterio seguía abierta al culto. Al frente del grupo estaba María Gabriela. A mediados de julio la situación se complicó demasiado lo que les obligó a trasladarse definitivamente a una casa refugio, en donde se dedicaron a la oración y a sacrificarse por su patria. Los vecinos les mostraron mucho aprecio excepto dos personas que las denunciaron antes las autoridades. El 17 de noviembre, después del registro que hicieron los milicianos de su casa, estos se despidieron diciéndoles: «hasta mañana».

María Gabriela ofreció a la comunidad la oportunidad de ser llevadas al consulado para ponerse a salvo. Pero unánimemente todas exclamaron con especial fervor: «¡Estamos esperando que de un momento a otro vengan a buscarnos en el nombre del Señor… que alegría, pronto va llegar el martirio, si por derramar nuestra sangre se ha de salvar España, Señor, que se haga cuanto antes!». En efecto, el 18 de noviembre, llegaron los milicianos y en un camión las llevaron hasta el lugar de la ejecución. Una ráfaga de balas destrozó sus cuerpos y les hizo entrar en una bella página de la historia de la Jerusalén celestial.

Una palabra del Santo Padre:

«”La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13, 35). El Evangelio de este V domingo del tiempo de Pascua nos lleva a la intimidad del Cenáculo. Allí Cristo, durante la última Cena, instituyó el sacramento de la Eucaristía y el sacerdocio de la nueva Alianza, y dejó a los suyos el “mandamiento nuevo” del amor. Hoy revivimos el intenso clima espiritual de aquella hora extraordinaria. Las palabras del Señor a sus discípulos se dirigen de modo particular a vosotros, amadísimos candidatos al presbiterado, invitados a recibir esta mañana su testamento de amor y servicio…

El Señor os entrega de modo nuevo su mandamiento:  “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Ese mandamiento constituye para vosotros un don y un compromiso:  don del yugo suave y ligero de Cristo (cf. Mt 11, 30); compromiso de ser siempre los primeros en llevar este yugo, convirtiéndoos con humildad en modelos para la grey (cf. 1 Pt 5, 3) que el buen Pastor os encomiende. Debéis recurrir constantemente a su ayuda e inspiraros siempre en su ejemplo.


Hoy, al pensar una vez más en la rica experiencia del Año jubilar, quisiera entregaros de nuevo simbólicamente la carta apostólica Novo millennio ineunte, que traza las líneas del camino de la Iglesia en esta nueva etapa de la historia. A vosotros corresponde guiar, con una entrega generosa, los pasos del pueblo cristiano, teniendo en cuenta especialmente dos grandes ámbitos de compromiso pastoral: “Recomenzar desde Cristo” (nn. 29-41) y ser “testigos del amor” (nn. 42-57). En este segundo ámbito, que se caracteriza por la comunión y la caridad, es determinante “la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu”, estimulando “a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de su responsabilidad activa en la vida eclesial” (n. 46)».

                                                   Juan Pablo II. Homilía del Domingo 13 de mayo de 2001

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿De qué manera concreta puedo vivir el mandamiento nuevo que Jesucristo nos ha dejado?

2. «Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama», nos dice San Agustín. ¿Cómo vivo esto?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2196. 2443- 2449.

Carta al pueblo de Dios en ocasión de la elección del Papa Francisco

Posted: April 23rd, 2013, by Matoga

CEA
DIOS NOS REGALA MISERICORDIA, ALEGRÍA Y ESPERANZA

Queridos hermanos y hermanas:

Los obispos argentinos estamos alegres y agradecidos de haber vivido con el pueblo de Dios la presencia cercana y providente del Señor. Reconocemos que Él mismo ha inspirado l Papa Benedicto el gesto humilde y profético de su renuncia. Esta decisión es un ejemplo muy valioso para la Iglesia y para el mundo entero. A este don se une la elección de Francisco, primer Papa latinoamericano y argentino. Ambos hechos constituyen un momento excepcional de la historia, que desde la fe nos alegra y nos conmueve. En nuestra tierra y en tantas partes del mundo, la gente manifestó no solamente su sorpresa, sino su gozo y su esperanza. Sentimientos que fueron vividos por creyentes y no creyentes. Nos complace ver en dichas reacciones la mano misericordiosa de nuestro Padre Dios, que camina con su pueblo en todo tiempo, y que nos ha bendecido en nuestros días con la abundancia de sus dones.

Esta historia de amor y de esperanza comenzó en aquel momento, en el que Cristo resucitado le preguntó a Pedro por tres veces: ¿Simón, hijo de Juan, me amas? (Jn 21,15- 17). A la pregunta del Señor, le contestó Pedro otras tres veces, confesando su amor humilde y fiel hasta el martirio. Éste es el acontecimiento que hemos vivido de nuevo, con la elección del Papa Francisco, que también supo responder “sí” a Jesús, desde una fe confiada. En aquel momento, el Señor le encomendó a Pedro el cuidado pastoral del rebaño de la Iglesia, al mismo tiempo que lo invitó a seguirlo. Desde entonces, cada sucesor de Pedro -como ahora Francisco- ha de seguir a Jesús, porque Él es el Pastor supremo.

Por la predicación y el testimonio de Pedro y los apóstoles se fueron formando las comunidades cristianas. En ellas se compartía la enseñanza, la eucaristía y el amor fraterno. Viviendo de esa manera, la Iglesia ganó el corazón de los pueblos, a través de los siglos.
Hoy, en el Año de la fe, el don de Francisco nos interpela de nuevo, y nos reclama proclamar con el Concilio Vaticano II: “Cristo es la luz de los pueblos”. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, debemos llevar a todos los hombres y su cultura el Evangelio de Jesús. La Iglesia existe para ser servidora del mundo, en la búsqueda de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf LG 1).

Creer en Jesús y anunciar su Evangelio es la dicha mayor de los creyentes. Al amor misericordioso de Jesús que cautiva y consuela, debemos responderle de nuestra parte imitando el amor con que Él nos amó primero. No hay fundamento más grande para nuestra esperanza, que experimentar la misericordia del Señor, y ofrecerla en Su nombre a todos; especialmente a los pobres, sufrientes y excluidos.

La alegría de tener un Papa argentino, como también sus gestos y palabras, han conmovido los corazones y han renovado en ellos el gozo de pertenecer a la Iglesia. De esta manera, el Señor nos interpela a profundizar nuestro compromiso de discípulos misioneros, para ofrecer la esperanza a este mundo, necesitado de Dios y de sus dones de justicia, amor y paz.

La Virgen María cantó llena de gozo, que Dios se acordó de su misericordia (cf Lc 1,58). Ella nos auxilia ahora y siempre. A Nuestra Señora de Luján le pedimos que acompañe a nuestro Papa con su amor maternal.

105° Asamblea Plenaria
Conferencia Episcopal Argentina
Pilar, 19 de abril de 2013

Juan Pablo II

Posted: April 22nd, 2013, by Matoga

Juan Pablo II

¡¡Una gran noticia!! Se acerca la canonización de Juan Pablo II. COMPARTE para q se entere todo el mundo. Octubre 2013

Posted: April 22nd, 2013, by Matoga

Francisco

Queridos hermanos en Cristo Jesús
con mucho gusto compartimos la foto oficial del Santo Padre Francisco
firmada por el, la cual será la que veremos en Parroquias,
Capillas, Monasterios y sería bueno en todo hogar para hacer del Papa
un miembro más de la familia a quien recordar y por quien rezar a diario.

Mensajes por la beatificación del Cura Brochero, al cierre del plenario episcopal

Posted: April 21st, 2013, by Matoga

Pilar (Buenos Aires), 20 Abr 2013 (AICA): La Conferencia Episcopal Argentina, que preside monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, cerró hoy la 105ª Asamblea Plenaria con la difusión de mensajes al pueblo de Dios y los sacerdotes por la beatificación de José Gabriel del Rosario Brochero, o simplemente el Cura Brochero, prevista para el 14 de septiembre en la localidad cordobesa que lleva su nombre.

El centenar de obispos reunidos en la casa de ejercicios El Cenáculo-La Montonera, de Pilar señalan como “una gracia”, “un regalo de la providencia” y un momento de “alegría” en el marco del Año de la Fe la próxima beatificación del Cura Brochero, a quien -con palabras del papa Francisco- describen como “un verdadero pastor con olor a oveja”.

Asimismo, destacan su “gran espíritu de sacrificio y extraordinaria caridad pastoral y social” desarrollada en Traslasierra, donde “sirvió a la gente más pobre del campo, compartió su vida y promovió en ella la elevación humana y religiosa, especialmente a través de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola”.

Tras asegurar que el Cura Brochero “no fue un cristiano triste”, sino que “sabía de la alegría que da Jesús y la quería contagiar”, consideran que “esta beatificación es una nueva llamada de Dios para responder a la vocación a la santidad que todos recibimos en el bautismo”.

“Queridos hermanos, los tiempos nos urgen, para que siguiendo el ejemplo de los santos, experimentemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar”, subrayaron.

En otro mensaje, alientan a los sacerdotes a imitar la figura “evangélica y sacerdotal” del Cura Brochero y sostienen en identificarlo como “un don de Dios que nos interpela”, “un maestro de vida para los sacerdotes”, “un párroco santo entre su gente” que “amó a los pobres con el corazón de Cristo”.

Por último, el Episcopado ruega al beato Cura Brochero que interceda por obispos y sacerdotes para que los acompañe en el “peregrinar en la fe”, dan gracias a Dios y piden dejarse evangelizar “por este hermano mayor, uno de nuestra tierra, que honra a la Iglesia de Dios en Argentina”.+

Textos completos de los documentos

Mensaje de los obispos al santo pueblo de Dios con ocasión de la Beatificación del Cura Brochero

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos viviendo tiempos muy especiales como Iglesia y como argentinos. El próximo 14 de septiembre, y en el marco del Año de la fe, viviremos la alegría de la beatificación del Padre Brochero. Además, tuvimos la gracia de la beatificación de la Hna. María Crescencia Pérez, religiosa argentina, y el gozo de que un hermano nuestro fuera elegido por Dios como Obispo de Roma y Pastor Universal.

José Gabriel del Rosario Brochero, un “Pastor según el corazón de Dios…quien fue… ungido para ungir al pueblo fiel, un verdadero Pastor con olor a oveja1, al decir del Papa Francisco, nació en Santa Rosa de Río Primero en 1840. Se formó en el Seminario de Córdoba y en 1869 fue destinado como cura párroco a Traslasierra. Desde las Altas Cumbres, divisando el valle, vio que estaba todo por hacer. Pastor dotado de gran espíritu de sacrificio y extraordinaria caridad pastoral y social, sirvió a la gente más pobre del campo, compartió su vida y promovió en ella la elevación humana y religiosa, especialmente a través de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola2.

La devoción del cura Brochero a la Virgen María, con el profundo y cálido título de “Mi Purísima”, nos abre a su amor hondo y concreto, muy atento a las necesidades de cada persona. Como la Virgen en las Bodas de Caná3, también Brochero supo decir a Jesús: “no tienen agua”, “no tienen educación”, “no tienen caminos”, “no tienen medios acordes para encontrarse como hermanos y comercializar sus productos…”. Y él hizo lo que Jesús dijo: ayudó a todos sus contemporáneos a escuchar esa misma voz que abre las cataratas del amor de Dios y que se vuelca en el amor concreto al hermano: abrió escuelas, fue pionero en abrir un colegio para niñas, proyectó el ferrocarril, y entre todos hicieron caminos, acequias, diques, telégrafos, y la misma Casa de Ejercicios. Durante su breve período en la ciudad de Córdoba, nombrado capellán de la cárcel, veló con amor de padre por las necesidades físicas y espirituales de sus hermanos privados de libertad.

Él no fue un cristiano triste. Sabía de la alegría que da Jesús y la quería contagiar. Por eso al visitar a la gente en sus casas, les decía: “Aquí vengo a darles música”. La música de saberse amados por Dios. Hoy la alegría del cielo que nos transmite la beatificación del Padre Brochero, le permite multiplicar sus brazos, sus pies, su corazón, a través de cada uno de nosotros, y nos invita a ser discípulos misioneros de Jesucristo: “Si en mi corazón no llevo la caridad, ni a cristiano llego”, decía él.

Brochero nos anima, como bautizados, a salir a las fronteras, “de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora”4. A ir hacia los que no conocen el amor de Dios porque no se les ha anunciado o porque la cruda realidad que les toca vivir les habla de que Dios pareciera estar ausente de sus vidas. Nos invita a compartir con ellos que Dios los ama.

Por eso, los obispos argentinos expresamos nuestro gozo y gratitud por el don de la vida sacerdotal del Padre Brochero, modelo e intercesor, que reconocemos como una gracia singular para la Iglesia en nuestra Patria. En una carta a su condiscípulo y amigo obispo Yaniz, estando enfermo y con sus fuerzas físicas desgastadas, le decía: “Es un grandísimo favor el que me hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme la ocupación de buscar mi fin, y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”5. ¡Cómo no acudir a él con confianza!

Esta beatificación es una nueva llamada de Dios para responder a la vocación a la santidad que todos recibimos en el bautismo. El beato Juan Pablo II, al comienzo del nuevo milenio, expresó: ”Preguntar quieres recibir el bautismo es lo mismo que preguntar si quieres ser santo”6. Y el Papa Benedicto XVI nos recordaba que “Los santos no son representantes del pasado sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Son como las caras de un prisma, sobre las cuales con matices distintos, se refleja la única luz que es Cristo” 7.

Queridos hermanos, los tiempos nos urgen, para que siguiendo el ejemplo de los santos, experimentemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar8.

Los Obispos de La Argentina

105º Asamblea plenaria de la CEA

Pilar, 20 de abril de 2013.

_____________

1 Papa Francisco: Misa Crismal, 28 de marzo de 2013.

2 Decreto de Venerable. Abril de 2005.

3 Cf. San Juan, 2,1-12.

4 Papa Francisco, Misa Crismal…

5 El Cura Brochero, carta y sermones, CEA, Buenos Aires 1999, pp. 801-802.

6 Novo Millennio Ineunte, 31.

7 Benedicto XVI, Discurso, 22 de diciembre de 2009.

8 Evangelii Nuntiandi, 80.

Mensaje de los obispos a los presbíteros argentinos por la beatificación del Siervo de Dios José Gabriel del Rosario Brochero

Queridos hermanos sacerdotes:

1. La beatificación del Siervo de Dios José Gabriel del Rosario Brochero es un regalo de la Providencia para la Iglesia en nuestra Patria Argentina. Un verdadero acontecimiento de gracia en el Año de la Fe que estamos celebrando. Con gratitud podemos decir: Dios ha visitado a su pueblo, ofreciendo en la persona de Brochero un testigo creíble del Evangelio, un pastor según el corazón de Dios, que nos inspira y alienta para la nueva evangelización.

2. Su figura ha ido creciendo, cada vez más, en el alma de nuestro pueblo. La fama de su santidad le ha permitido a la Iglesia proponerlo como modelo ejemplar de vida cristiana. De manera especial, la santidad del “Cura Brochero” es un regalo para los pastores que, ungidos por el mismo Espíritu que selló su alma, queremos servir al Pueblo de Dios en nuestra Patria.

3. Por eso, los obispos argentinos, ante su inminente beatificación, hemos pensado en ustedes, muy estimados presbíteros de Argentina, nuestros hermanos y colaboradores inmediatos. Compartimos con ustedes el don precioso de la caridad pastoral de Jesucristo. Nos ha surgido así el deseo de hacerles llegar una palabra de aliento inspirada precisamente en la figura del “Cura Brochero”. Les confiamos estas reflexiones esperando que sean provechosas, tanto para la reflexión personal como en común. Pedimos al Señor que renueve en nosotros la pasión por el Evangelio que animara al Siervo de Dios.

* * *

Un don de Dios que nos interpela

4. ¿Qué nos dice la figura evangélica y sacerdotal de Brochero? ¿Qué luz proyecta sobre nuestra vida y misión como pastores del Pueblo de Dios en este momento de nuestra historia?

5. En estos años, y con ocasión del proceso de beatificación, hemos podido conocer mejor los rasgos distintivos de su alma sacerdotal: su vida radicada en Dios, su amor a Jesucristo, a la Palabra y a la Eucaristía; su celo apostólico, especialmente por los más alejados y necesitados; la fortaleza y creatividad de un sacerdote que vivía intensamente su vocación de párroco; la originalidad con que unió evangelización y promoción humana; su tierna devoción a la Purísima; el testimonio elocuente de su vida pobre y entregada; su capacidad de amistad con grandes y pequeños; su configuración con Cristo paciente, sobre todo al final de sus días. Celebramos las iniciativas que nos están ayudando a apreciar cada vez más la riqueza de su persona. Las agradecemos y promovemos.

Brochero: maestro de vida para los sacerdotes

6. Un lugar destacado en este camino lo ocupan los Encuentros Nacionales de Sacerdotes y de Seminaristas teólogos que, cada tres años, se han realizado en Villa Cura Brochero. De esta manera, los lugares brocherianos, el paisaje de Traslasierra y su gente se han vuelto familiares para el clero argentino, incorporándose a su itinerario formativo. Para muchos de nosotros, peregrinar a Brochero se ha convertido en una fuerte experiencia espiritual en la que hemos podido reavivar el don recibido en la ordenación. El “Cura Brochero” ha llegado a ser así un verdadero maestro de vida que sigue compartiendo con nosotros lo que ha constituido el centro unificante de toda su vida: la persona de Jesucristo y la unión transformante con Él. Brochero nos ha enseñado a permanecer en la contemplación de Jesús, experimentándolo como Amigo, Maestro y Señor. La vida de oración de este santo cura nos interpela a nosotros que, como él, hemos sido llamados para estar con Jesús y predicar su Evangelioi.

7. Estos encuentros nos han permitido también tener una experiencia gozosa de la fraternidad que brota del sacramento del Orden. El “Cura Brochero” ha sabido atraer y unir en torno a un mismo ideal a obispos y presbíteros argentinos, tan diversos por procedencia, temperamento y situaciones culturales. En Brochero hemos podido comprender mejor que el ministerio ordenado tiene una radical forma comunitaria y sólo puede ser ejercido como una tarea colectivaii. Brochero ha sido un hombre de comunión, que ha vivido intensamente los múltiples vínculos que definen la identidad presbiteral en la Iglesia y en el mundo. Ha sido un hombre de obediencia apostólica, atento a la voz de Dios en las mediaciones eclesiales: en primer lugar, su obispo y la Iglesia diocesana; pero también los demás presbíteros, los laicos, los consagrados, incluso las concretas situaciones de vidaiii. Como pastores sabemos bien lo que esto significa para nuestras iglesias particulares: la misión apostólica es una tarea compartida que nos involucra en primera persona a obispos y presbíteros en el único Presbiterio diocesano. En Brochero, nos hemos sentido llamados a una profunda conversión personal y pastoral para vivir decididamente la espiritualidad de la comunióniv.

Su alegría más grande: conocer a Cristo y darlo a conocer

8. Pocas obras revelan tan claramente el alma sacerdotal de Brochero como los Ejercicios Espirituales. Allí está la Casa de Ejercicios, cuyas paredes siguen hablándonos del encuentro con Cristo que el Siervo de Dios había experimentado y quería que los suyos vivieran como el momento más importante de la vida. En el lenguaje de Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo”v. Un encuentro con Cristo que transforma la vida y hace de cada ejercitante un “discípulo misionero” para sus hermanos. Conocemos bien los testimonios que nos han llegado de esta opción evangelizadora del “Cura Brochero”. Conocemos también la huella profunda que ha dejado en el alma religiosa de Traslasierra. De esa pasión brotó una inagotable creatividad pastoral que, unida al ingenio criollo y a la perseverancia del apóstol, fue el canal a través del cual el amor primero de Dios tocó y convirtió los corazones más duros y cerrados.

Un párroco santo entre su gente

9. Al tener noticia de su vida y recorrer los lugares brocherianos, no deja de sorprendernos la elocuencia evangélica de este simple hecho: Brochero llegó a configurarse con Jesucristo como cura párroco. En las condiciones ordinarias de la vida de un párroco de nuestra tierra encontró la fuente de su santificación: una parroquia extensa, la confesión, la Misa y la predicación, la visita a las familias y a los enfermos, la educación de las nuevas generaciones, el servicio a los pobres, el trabajo codo a codo con laicos, consagrados y otros presbíteros, etc. En lo cotidiano de su parroquia ha vivido la caridad pastoral como “concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción fundamental y determinante de «dar la vida por la grey»”vi. Para Brochero, ser párroco y ser misionero ha constituido una misma realidad. Ha vivido sencillamente la esencial dimensión misionera del ministerio presbiteral. Este ardor apostólico nos interpela. Hoy, anhelamos para nuestra Iglesia una fuerte conmoción que nos desinstale y nos convierta en misioneros. “Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo”vii. Inspirados por Brochero, y ante los complejos desafíos de hoy, los pastores de Argentina experimentamos ese impulso evangelizador que viene del Espíritu. Nos sentimos llamados a salir, como él lo hizo, a proclamar la gran esperanza que es Jesucristo, sobre todo, a los más alejados.

10. La configuración con Jesús el Buen Pastor lo ha llevado a encarnarse profundamente en los valores de la cultura de la gente serrana. Ha sabido así anunciar a Jesucristo, la novedad de su Evangelio y de la vida cristiana con ese estilo pastoral de alegría, entusiasmo y cercanía que nosotros anhelamos para nuestra evangelizaciónviii. También nosotros, como pastores, sentimos el desafío de una inserción profética en nuestra cultura, “para sembrar en ella la semilla del Evangelio, es decir, para que el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para la vida del hombre y de la mujer de hoy, especialmente para los jóvenes”ix. Brochero, también en esto, ha abierto camino para nosotros.

Amó a los pobres con el corazón de Cristo

11. Estas reflexiones sobre Brochero no pueden pasar por alto un aspecto fundamental: su opción por los pobres sólidamente radicada en Jesucristo. Por Él abrazó la pobreza como forma de vida. Por Él sirvió a los pobres, la inmensa mayoría de sus feligreses, llevándoles el Evangelio que promueve la plena dignidad del ser humano. Lo hizo sin resentimientos ni actitudes ideológicas o dialécticas. Supo así interpelar oportunamente la conciencia de los poderosos desde Evangelio y el bien común. Con ingenio y perseverancia procuró para los suyos aquel progreso que, por entonces, estaba cambiando el rostro de la joven nación Argentina. Pero, sobre todo, trató a los pobres como sujetos libres y responsables. Los promovió en su dignidad de personas. Por eso, su servicio fundamental fue llevarlos al encuentro con Cristo, para que delante de Él orientaran libremente su vida. Su ministerio pastoral entre los encarcelados, por ejemplo, nos conmueve, edifica y provoca. Brochero nos marca un camino: “Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo”x. Como pastores compartimos el anhelo del Concilio Vaticano II y de la Iglesia que peregrina en América latina y el Caribe, recientemente expresado por el Santo Padre Francisco: comprometernos con “una Iglesia pobre para los pobres”.

Transfigurado por la Pascua

12. Hay un último aspecto que quisiéramos destacar contemplando la figura del “Cura Brochero”: su identificación con la pascua de Jesucristo. La vida de todo bautizado y, de manera particular la de un sacerdote, encuentra su sello de autenticidad en el sufrimiento que es necesario padecer por el Evangelioxi. Lo sabemos muy bien por nuestra propia experiencia: la misión es fecunda si es transformada por la Pascua. Así lo vivió Brochero, que no solo experimentó diversas contrariedades en su ministerio, sino que, en la enfermedad y el retiro de los últimos años, llegó a participar consciente y libremente en la pasión de Cristo. Son conocidas las palabras que dirige a su condiscípulo, el obispo Yañiz Martín: “Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva, quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”xii.

* * *

Beato Cura Brochero: intercede por nosotros

13. Los obispos de América latina y el Caribe, en el Documento de Aparecida, han expresado uno de los anhelos más profundos de la Iglesia del continente: “El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros, movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación.”xiii

14. El Siervo de Dios José Gabriel de Rosario Brochero ha sido uno de esos buenos pastores, cuyo perfil ha sabido trazar con palabras incisivas el Santo Padre Francisco: “Al buen sacerdote -decía- se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara… Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe… Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones.”xiv

15. Queridos hermanos presbíteros: con inmensa alegría y gratitud de corazón, los pastores de Argentina podemos confesar que hemos conocido un pastor que ha vivido precisamente así, como un ungido del Señor que ha ido hasta las periferias del mundo a experimentar el poder del Espíritu, que nos es dado para anunciar a todos el Nombre de Jesús Salvador. Hoy, la Iglesia, con una decisión de su magisterio confirma lo que el sentido de la fe de los fieles ha percibido certeramente: el “Señor Brochero” es feliz -beato- porque ha creído y ha vivido como signo e instrumento del Buen Pastor. Goza en el cielo de la gloria de la Trinidad con María, los ángeles y los santos, intercede por nosotros y acompaña nuestro peregrinar en la fe. No nos queda más que dar gracias a Dios y dejarnos evangelizar por este hemano mayor, uno de nuestra tierra, que honra a la Iglesia de Dios en Argentina.

Un saludo cordial a todos ustedes en este gozoso tiempo de Pascua, encomendándonos unos a otros en la oración, la Eucaristía cotidiana, la protección de la Purísima y la intercesión del nuevo beato.

Los obispos argentinos

105º Asamblea plenaria de la CEA

Pilar, 20 de abril de 2013

Justicia, Democracia y Constitución Nacional

Posted: April 16th, 2013, by Matoga

CEA

Los obispos argentinos, reunidos en la 105º Asamblea Plenaria, consideramos que los proyectos de ley que se encuentran en el Poder Legislativo en orden a regular el ejercicio de la Justicia, presentan aspectos que merecen un profundo discernimiento por la importancia de la materia que tratan. Por ello se requiere de amplias consultas, debates y consensos previos en consonancia con la magnitud de los cambios propuestos.

Entendemos que un tratamiento apresurado de reformas tan significativas corre el riesgo de debilitar la Democracia Republicana consagrada en nuestra Constitución, precisamente en una de sus dimensiones esenciales como es la autonomía de sus tres poderes.

105º Asamblea Plenaria
Conferencia Episcopal Argentina
Pilar, 16 de abril de 2013

Gran campaña de ayuda. Red Social de Lomas de Zamora

Posted: April 10th, 2013, by Matoga

Gran feria Artesanal

Posted: April 10th, 2013, by Matoga

 

Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo C

Posted: April 9th, 2013, by Matoga

 «Señor tu sabes que te amo»

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  5,27b-32. 40b – 41

«El Sumo Sacerdote les interrogó y les dijo: “Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre”. Pedro y los apóstoles contestaron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen”. Después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.»

Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14

«Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas[1] de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos”. Y los cuatro Vivientes decían: “Amén”; y los Ancianos se postraron para adorar.»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 21, 1-19

«Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar”. Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo”. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis pescado?” Le contestaron: “No”. El les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”, se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.

Díceles Jesús: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar”. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: “Venid y comed”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”. Vuelve a decirle por segunda vez: “Simón de Juan, ¿me amas?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas”. Le dice por tercera vez: “Simón de Juan, ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas. “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”.  Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: “Sígueme”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Después de la Resurrección de Jesucristo, ha llegado para los apóstoles la hora de la misión. A Pedro, Cristo resucitado le dice por tres veces cuál ha de ser su misión: «Apacienta mis ovejas» (Evangelio). Después de Pentecostés los discípulos comenzaron a poner en práctica la misión que habían recibido, predicando la Buena Nueva: Cristo ha resucitado (Primera Lectura). Forma parte de la misión el que los hombres no sólo conozcan a Cristo, el Cordero degollado, sino que también lo reconozcan y adoren como Dios y Señor (Segunda Lectura).

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»

Llama la atención en estos primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles «la valentía» y la sabiduría (Hch 4,13) de Pedro y de los apóstoles que a pesar de ser «prohibidos severamente» por el Sanedrín de «enseñar en ese nombre» no cesan de predicar la Buena Nueva. Llegado el momento de la prueba, Pedro y los apóstoles, tendrán oportunidad de testimoniar su amor y su fe en Cristo resucitado proclamando que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Los apóstoles serán entonces azotados pero ellos marchan contentos por haber recibido los primeros ultrajes por el nombre de Jesús.

A todas luces no son los mismos apóstoles que antes de la resurrección eran tímidos y miedosos; ahora son audaces y serviciales. El encuentro con Jesús Resucitado ha cambiado definitivamente sus vidas. La predicación abierta de la Buena Nueva y el testimonio de radicalidad cristiana incomoda ya desde aquellos tiempos, como nos advierte San Pablo: «Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12).

«Revelación de Jesucristo…»

El término «Revelación» (en griego Apocalipsis) en el lenguaje del Nuevo Testamento se aplica generalmente a la manifestación de Jesucristo en la Parusía o segunda venida. San Juan, hallándose desterrado en la isla de Patmos, debió de escribir este libro durante las persecuciones a los cristianos del Emperador Tito Flavio Domiciano (entre el 90 – 95) que a pesar de ser popular entre el Ejército, los senadores le odiaron por sus intentos de dominarles y en especial por su adopción del título de «dominus et deus» (señor y dios). Domiciano fue asesinado el 96 en una conspiración de los oficiales de la corte y de su esposa, la emperatriz Domicia. San Juan escribe una serie de visiones o «revelaciones» en un lenguaje vivo, lleno de imágenes. Este estilo especial se denomina «apocalíptico» y aparece ya en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento. Los cristianos comprendían el significado de aquellas imágenes utilizadas por Juan. El gran mensaje del libro del Apocalipsis es que Dios es el soberano que lo domina todo. Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios, por medio de Cristo, derrotará a todos sus enemigos. El pueblo fiel será recompensado con «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap 21,1)

La tercera aparición de Jesús

El Evangelio de este Domingo nos relata la tercera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles. Mientras las dos primeras apariciones habían sido a puertas cerradas, en el cenácu­lo[2], ésta fue al aire libre, a orillas del mar de Tibería­des, en Galilea. Allí mismo habían visto a Jesús por prime­ra vez, Pedro y Andrés, Santiago y Juan; y allí los había llamado: «¡Seguidme! Os haré pesca­dores de hom­bres» (Mc 1,17).  El que toma la iniciativa es Pedro que dice: «Voy a pescar», los otros lo siguen. Inmediatamente llama la atención el hecho de que ellos, después de haber dejado su oficio de pescadores para seguir a Jesús, lo retomen tan rápidamente como si nada hubiera pasado. Pero «aquella noche no pescaron nada». Entonces al amanecer acontece la aparición de Jesús. Después de la pesca milagrosa ellos comen con Jesús a la orilla del lago. «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, sabiendo que era el Señor». Entonces Jesús se dirige a Pedro para hacerle la triple pregunta acerca de su amor. ¿Por qué no se lo había pre­guntado en alguna de las otras apariciones?…Porque tenía que ser en este escenario, el de la primera llamada.

En la segunda parte de esta aparición Jesús se dirige a Pedro y le pregunta: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro antes le había asegurado: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,33); equivale a decir: «Yo te amo más que todos». Pero esa frase no había resultado verdadera, porque también él se había escandali­zado de Jesús y lo había negado ¡tres veces! Por eso Jesús lo interroga ahora también tres veces. Pero hay pequeñas diferencias en las preguntas: «¿Me amas más que éstos… me amas… me quieres?».

El verbo griego que se traduce por «amar» viene de la raíz «ágape» y destaca el aspecto espiritual del amor, su dimensión sobrenatural; el verbo griego que se traduce por «querer» viene de la raíz «fi­los», que signi­fica «amigo» y destaca el aspecto afec­tivo del amor. En ambas formas debe amarlo Pedro más que todos. Pedro responde siempre de manera afirmativa. Entonces Jesús le dice respectivamente: «Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejitas… apacienta mis ovejitas». «Apacentar[3]» y «pasto­rear[4]» no son idénti­cos: un verbo indica la misión de cuidar que se alimenten, y el otro la misión de guiarlo. Cristo encomienda a Pedro el cuidado de todo el rebaño: de los fieles y de los demás pastores; y le confía la misión de nu­trirlo -con el alimento de la palabra y del pan de vida- y de gobernarlo.

Sobre la base del amor de Pedro, no de su capacidad intelectual, ni de su rique­za, ni de su dones o poder humano, sino sólo del amor; Jesús le confía lo que Él más amaba, aquello por lo cual no había vaci­lado en dar su vida: le confía el cuidado de «sus ovejitas». Las ovejas son de Cristo, Él las redimió con su sangre; pero se las encomienda a Pedro. Tene­mos así un crite­rio seguro: una oveja perte­nece a Cristo Pastor, solamen­te cuando sigue a Pedro Pastor. Estas son las ovejas que «no conocen la voz de los extra­ños, que huyen de ellos y no los si­guen» (ver Jn 10,5). En el lugar en que este hecho ocurrió se ha alzado un pequeño santua­rio que lleva el nombre: «el primado de Pedro».

 «¡Sígueme!»

La última palabra que Jesús pronuncia en el Evangelio es la palabra: «¡Sígueme!» y está dirigida a Pedro (ver Jn 21,22). Es hermoso constatar que también su primera pala­bra dirigida a alguien en particular es la palabra «¡Se­guidm­e!» (Mc 1,17), dirigi­da a Pedro y a su hermano An­drés. Es como si todo el Evangelio quedara incluido entre estos dos llama­dos de Jesús. Ahora sí que Pedro lo puede seguir, pero ahora sabe bien de qué se trata; ahora es con la cruz y en una muerte semejan­te a la suya. Por eso el evangelista dice que Jesús le indicó el género de muerte con que iba a dar gloria a Dios. Sabemos que Pedro tuvo la posibilidad de morir una muerte igual a la de Jesús: crucificado. Pero juzgó que esto era un honor excesivo para él y suplicó ser crucifi­cado cabeza para abajo. Enton­ces se cumplió su promesa: «Yo daré mi vida por ti». Entonces resultó confirmada su respuesta: «Tú sabes que te amo».

Una palabra del Santo Padre:

«”¡Señor mío y Dios mío!”. Renovemos también nosotros la profesión de fe de Tomás. Como felicitación pascual, este año, he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio renovado de la resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles, continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.

Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. ¿El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes – por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él resucitado.

Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano.”Sus heridas os han curado” (1 P 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: “Señor mío y Dios mío”. Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe»

Benedicto XVI. Mensaje Pascual del 2007.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. Realicemos una visita al Santísimo Sacramento y con humildad, hagamos nuestra la frase de Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

2. Los apóstoles no tuvieron miedo de anunciar al Señor. ¿En qué ocasiones concretas podría anunciar al Señor? Hagamos una lista de las situaciones concretas. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 – 553


[1] Miríada: cantidad muy grande pero indefinida.

[2] Cenáculo: lugar donde se realiza la cena o la comida. Por antonomasia el lugar donde Jesús tuvo la última cena con sus discípulos.

[3] Apacentar. (Del lat. adpascens, -entis, part. act. de adpascĕre). Dar pasto a los ganados. Dar pasto espiritual, instruir, enseñar.

[4] Pastorear.  Llevar los ganados al campo y cuidar de ellos mientras pacen. Dicho de un prelado: Cuidar vigilantemente de sus fieles, dirigirlos y gobernarlos.

Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo C

Posted: April 2nd, 2013, by Matoga

 «¡Señor mío y Dios mío!»

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles 5,12-16

«Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo… Y solían estar todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón, pero nadie de los otros se atrevía a juntarse a ellos, aunque el pueblo hablaba de ellos con elogio. Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres. … hasta tal punto que incluso sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran curados.»

Lectura del libro del Apocalipsis 1,9-11ª. 12-13.17-19

«Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía: “Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias”.

Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: “No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades. Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y = lo que va a suceder más tarde. »

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 – 31

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.»

& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Las apariciones que nos remiten las lecturas de este Domingo nacen de los encuentros personales que los discípulos tienen con el mismo Señor Jesús Resucitado, vivo y en persona. Son experiencias de fe que tienen como base un hecho que se da en la realidad; no son alucinaciones ni mucho menos inventos. Del encuentro con Jesucristo Resucitado (Evangelio) se sigue, como fruto inmediato, la fe y la total transformación personal de los discípulos y de la comunidad de creyentes que iba aumentando día a día (Primera Lectura). Cristo ha resucitado; Él es nuestro Dios, Señor y Salvador que murió y que ahora vive por los siglos de los siglos (Segunda Lectura).

«Este es el día en que actuó el Señor»

El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas clara­mente distinguidas por las dos apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles; la primera ocurre al atardecer del mismo Domingo de la Resurrección del Señor («el primer día de la semana») y la segunda ocho días después, es decir, en un Domingo como hoy ya que también se contaba el día vigente. Por este motivo este Evange­lio se lee en este Domingo en los tres ciclos litúrgicos, A, B y C. El Evangelio atestigua que los discípulos de Jesús eran extremadamente observantes de la ley judía que mandaba mantener absoluto reposo el sábado: «Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado… El sábado descansa­ron, según el precepto» (Lc 23,54.56). De aquí el apuro por ir al sepulcro apenas hubiera pasado el sábado, es decir, en la madru­gada del primer día. Ese mismo día al atardecer se presenta Jesús por primera vez a los Doce, menos Tomás que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». La segunda aparición de Jesús, que nos relata el Evangelio de hoy, ocurrió también el primer día de la semana como ya hemos visto. Por ser éste el día de la Resurrección del Señor, fue llamado día del Se­ñor, «dominica dies», que en castellano se traduce por Domingo. Muy pronto fue éste el día en que la comunidad cristiana se reunía para la celebración del culto «en memoria de su Señor».

Hemos querido llamar la atención sobre un hecho que tal vez pasa inad­vertido: para que un grupo de fieles judíos, que se dis­tinguían por su fidelidad a la ley, cambiara el «día del Señor» del sábado al Domingo, es decir, del séptimo al primer día de la semana; tuvo que haber ocurrido en este día un hecho real histórico en que reconocieran la actua­ción de Dios de manera mucho más clara que en las antiguas inter­venciones de Dios en la historia del pueblo. Tuvo que mediar un hecho superior a los de este mundo, pues nada de este mundo habría sido suficiente para que un judío cam­biara una de sus tradiciones, y ¡qué tradición!, nada menos que la del sábado. El único hecho histórico capaz de explicar satisfactoriamen­te este cambio es la Resurrección de Cristo, que aconteció en Domingo: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24). Los cristianos reco­nocemos en este hecho el aconte­cimiento funda­mental de nuestra fe: la muerte fue vencida con todo su cortejo de males y al hombre se le ofrece poder compartir la vida divina.

«¡Paz con vosotros!»

Una expresión de Jesús resucitado que llama inmediatamente la atención pues se repite con insistencia en el pasaje de San Juan es: «¡Paz a vosotros!». Apenas Jesús dice estas palabras, los que estaban llenos de temor, se alegraron de ver a Jesús. El Evangelio hace notar que los discípulos se encontraban reunidos «a puertas cerradas por miedo a los judíos». Pero sobre todo, tenían necesidad de la paz de Cristo, pues habían dudado de él, lo habían abandonado, no habían creído en su resurrección. Sentían que no estaban en paz con Jesús y cuando falta esta paz entra el temor y la desconfianza. Estaban a puertas cerradas, pero no hay puerta que nos sustraiga del amor de Dios. Por eso, Jesús, aunque estén cerradas las puertas, se presenta en medio de ellos. Los apóstoles tenían necesidad de este encuentro con Jesús para volver a su amistad, tenían urgencia de darle tantas explicaciones por su conducta, pero Jesús antes de preguntar nada los tranquiliza: «¡Paz a vosotros!».

El mismo que les había dicho: «Os he llamado amigos», ahora los confirma en su amistad dándoles la paz. «Dicho esto les mostró las manos y el costado», como para indicar a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios. El Evangelio afirma que, después de comprender esto, «los apóstoles se alegraron de ver al Señor». Vuelve a ellos el gozo y no tienen ya miedo porque han sido relevados de un peso inmenso, tan grande que es imposible para el hombre cargar con él, han sido aliviados de un peso que oprime y destruye al hombre: el pecado. Ahora no tienen miedo a nada y pueden decir: «Este Jesús a quien vosotros habéis crucificado, Dios lo resucitó y nosotros somos testigos de su resurrección» (Hechos 2,32). Solamente después de haber vivido la experiencia del perdón ya pueden recibir los apóstoles el poder de perdonar los pecados.

«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…»

La frase de Jesús: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…», sería una pura tautología[1], si no tuviera un doble plano. Para decir simplemente que los apóstoles pueden perdonar a quienes los ofendan a ellos, no se necesita toda la solemnidad de la escena. Eso ya lo había enseñado Jesús durante su vida (ver Mt 18,21-22). El sentido de la frase es otro ya que se trata de un «poder» que consis­te en dar validez ante Dios a una sentencia emitida por estos sencillos hombres en la tierra. Es un poder enorme que da Jesús a Pedro perso­nalmente y también a la comunidad como tal (ver Mt 18,18). Pero sólo a Pedro dice: «A tí te daré las llaves del Reino de los cielos». Sabemos que empuñar la llave de una ciudad signi­fi­ca tener el poder.

Por más que busquemos en todo el Antiguo Testamento no encontraremos nunca un hombre que posea este poder. Es más, en Israel era dogma que sólo Dios puede perdonar los pecados, pues son una ofensa contra Él. Es un dogma obvio y verdadero. Por eso cuando en una ocasión Jesús dijo a un paralítico: «“Hijo, tus pecados te son perdonados”, todos se escandalizaron pen­san­do: “Este blasfema; ¿quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?”» (Mc 2,5.7). Y sin embar­go, Cristo demuestra que Él posee este poder: «”Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “Toma tu camilla y echa a andar”» (Mc 2,10-11). La novedad del Evan­gelio está en que Cristo, que con­quistó el perdón de los pecados con su muerte, concede este poder a unos hombres elegidos por Él: les garantiza que Dios perdona a quienes ellos perdonen y no perdona a quienes ellos retengan los peca­dos.

«Vio y creyó»

Luego viene el relato de lo ocurrido ocho días des­pués. Los «otros Doce» daban testimonio de la resu­rrección de Jesús diciéndole a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero él, que no estuvo en la primera aparición, no creyó en el testimo­nio de sus herma­nos porque la resurrección del Señor era algo que no entraba en su campo mental. Podemos imaginar que durante toda esa semana Tomás estuvo negando la verdad de sus hermanos que ya creían. En la segunda aparición de Jesús, las circunstancias son las mismas que la primera, solo que esta vez está allí Tomás. Jesús se dirige inme­diatamente a él y le dice: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». No sólo se aparece Jesús y exhibe las señas de su Pasión, sino que sabe cuál es la prueba exigida por Tomás y pide al discí­pulo incrédulo que se acerque y verifique. Pero no fue necesario, pues Tomás ya ha sentido nacer en él la fe y exclama: «¡Se­ñor mío y Dios mío!».

El comentario que Jesús agrega es una de las frases del Evangelio que más conocemos y citamos, porque suele aplicar­se a nuestra situa­ción: «Porque me has visto has creído. Biena­venturados los que no han visto y han creí­do». Tomás había dicho: «Si no veo… no creeré». Podemos decir enton­ces que él «vio y creyó». Pero Jesús llama biena­ventu­rados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testi­monio de otros. Y ésta sí que es nuestra situación. Noso­tros creemos en la Resurrección del Señor por el testi­monio de la Iglesia y de sus apósto­les. ¡Este es el origen de nuestra fe!

En cambio, Tomás no creyó al testimonio de esos mismos apóstoles que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero hay al menos uno de los apóstoles que creyó sin haber visto al Señor resucitado. Y ése es el autor de este Evangelio: Juan. Ante el sepulcro abierto y vacío, las mujeres aseguraban que se habían llevado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan van co­rrieron al sepul­cro a verifi­car el hecho. Entonces, Juan, habiendo llegado primero al sepulcro no entra sino después de Pedro: «entonces… el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» (Jn 20,8). En realidad, no vio más que los lienzos (la sábana y las vendas) con que se habían envuelto el cuerpo sin vida de Jesús. Pero de ello no dedujo que se «ha­bían llevado el cuerpo del Señor», sino que «cre­yó» que había resucita­do. Este discípulo «creyó sin haber visto» y a él se aplica, en primer lugar, la biena­venturanza de Jesús. Pero Jesús también piensa en nosotros en la medida en que, por el testimonio de la Iglesia, creemos.

Una palabra del Santo Padre:

« “No temas: yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1, 17-18). En la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, hemos escuchado estas consoladoras palabras, que nos invitan a dirigir la mirada a Cristo, para experimentar su tranquilizadora presencia. En cualquier situación en que nos encontremos, aunque sea la más compleja y dramática, el Resucitado nos repite a cada uno:  “No temas”; morí en la cruz, pero ahora “vivo por los siglos de los siglos”; “Yo soy el primero y el último, Yo soy el que vive”.

“El primero”, es decir, la fuente de todo ser y la primicia de la nueva creación; “el último”, el término definitivo de la historia; “el que vive”, el manantial inagotable de la vida que ha derrotado la muerte para siempre. En el Mesías crucificado y resucitado reconocemos los rasgos del Cordero inmolado en el Gólgota, que implora el perdón para sus verdugos y abre a los pecadores arrepentidos las puertas del cielo; vislumbramos el rostro del Rey inmortal, que tiene ya “las llaves de la muerte y del infierno” (Ap 1, 18).

 Juan Pablo II. Homilía del 22 de abril de 2001

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿De qué manera puedo vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

2. Seamos particularmente conscientes al pronunciar «Señor mío y Dios mío» en la liturgia eucarística, del peso de nuestras palabras. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 638 -  644

 


[1] Tautología: repetición inútil de un mismo pensamiento en distintos términos.

Por primera vez un papa bajó a rezar ante la tumba de san Pedro

Posted: April 2nd, 2013, by Matoga

N.E. No puedo creer que tuvieran que pasar más de 2.000 años para esto…

Lunes 1 Abr 2013 | 19:55 pm Ciudad del Vaticano (AICA): Esta tarde, el santo padre Francisco visitó, de forma privada, las excavaciones de la necrópolis vaticana situada bajo la basílica de San Pedro, y se detuvo en oración ante la tumba de san Pedro, el primer obispo de Roma y razón por la que la Iglesia católica edificó sucesivas basílicas en el mismo lugar. Esta es la segunda ocasión en su pontificado en la que el Papa reza ante la tumba de San Pedro. La primera fue cuando elevó una plegaria en ese lugar luego de su elección como Vicario de Cristo en la tierra.

Esta tarde, el santo padre Francisco visitó, de forma privada, las excavaciones de la necrópolis vaticana situada bajo la basílica de San Pedro, y se detuvo en oración ante la tumba de san Pedro, el primer obispo de Roma y razón por la que la Iglesia católica edificó sucesivas basílicas en el mismo lugar.

Esta es la segunda ocasión en su pontificado en la que el Papa reza ante la tumba de San Pedro. La primera fue cuando elevó una plegaria en ese lugar luego de su elección como Vicario de Cristo en la tierra.

El papa fue acompañado por el cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la basílica vaticana, el delegado de la Fábrica de San Pedro, monseñor Vittorio Lanzani, el secretario papal Alfred Xuereb y los responsables de la necrópolis vaticana, Pietro Zander y Mario Bosco.

Francisco, -primer papa que baja a las excavaciones de la necrópolis vaticana-, recorrió toda la vía central, que se encuentra bajo la basílica y las grutas vaticanas, escuchando las explicaciones del cardenal Comastri y del doctor Zander, hasta llegar al lugar donde se encuentra la tumba de san Pedro, exactamente bajo el altar central y la cúpula de la basílica.

En la Capilla Clementina, el lugar más cercano a la tumba del primer obispo de Roma, el papa se detuvo en oración silenciosa, en recogimiento profundo e conmovido.

La visita concluyó en las grutas vaticanas, rindiendo homenaje a las tumbas de los papas del siglo pasado que allí se encuentran: Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo I.

Saliendo de las grutas, el papa saludó al personal presente y regresó a pie a Santa Marta, tal como había venido, también a pie, hasta la entrada de las excavaciones en el lado izquierdo de la basílica. La visita empezó a las 17 horas y acabó a las 17,45.+

Un día muy especial…

Posted: April 2nd, 2013, by Matoga

Les comparto este material que publicara hace tiempo atrás

Desde hace años, el 2 de abris es, para mi, el día de las lágrimas…

1982…Comienza la guerra de Malvinas
27 años ya…

Y una deuda pendiente de la sociedad argentina.

Mis respetos a todos los combatientes. Malvinas en el corazón!!!

2005…Muere Juan Pablo II

El hombre más grande que conocí. Que puedo agregar. Rezo todos los días por su beatificación.

2009… Despedida de Raul Alfonsin

Figura principal de la vuelta a la democracia,humilde y temperamenta.

Reconocido en el mundo entero. Uno de los últimos caudillos argentinos, político íntegro que pudo caminar por la calle sin que nadioe lo señale como corrupto. ALGO QUE LOS DEMÁS PRESIDENTES ARGENTINOS NO PUDIERON HACER.

Intenciones de oración para el mes de abril

Posted: March 31st, 2013, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 31 marzo 2013 (VIS).- La intención general del apostolado de la oración del Papa para el mes de abril es: “Para que la celebración pública y orante de la fe sea fuente de vida para los creyentes”.

Su intención misional es: “Para que las Iglesias locales de los territorios de misión sean signos e instrumentos de esperanza y de resurrección”.