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Sólo un susto…

Posted: November 19th, 2010, by Matoga

Después de unos días internado (por nada grave) vuelvo al contacto de la misma manera en que lo deje, con una carta de San Alberto Hurtado, que estuve reflexionando y les comparto.

L a   b ú s q u e d a   d e   D i o s, pp. 50-56

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LAS VIRTUDES VIRILES

Fuerza

Realizar lo que parece imposible. Perseverar cuando todo se ve perdido. ‘Saltar’ cuando se trata de la justicia.

Decir lo que hay que decir, sabiendo que eso nos va a alejar amigos o bienhechores. Saber estar solo. Guardar inflexiblemente su línea. No sacrificar nunca la doctrina.

Hay que tener enorme obstinación, y no menos adaptabilidad. Hacer una obra grande con medios pequeños, con piedras desiguales, con piedras vivas, redondas, duras, blandas; con los hombres que están cerca de mí; con los genios, que cada día hacen problemas a propósito de todo; los hombres de rutina, que quisieran que todo fuera sobre rieles; los activos, que cada día quieren una obra más; los cansados, que encuentran que se hace demasiado; los salvajes, a quienes no interesa el trabajo en equipo.

Estamos en plena guerra. No se trata de perder el tiempo. Hay que ir más a prisa que los otros. Hay que vencer.

La Cruz de Cristo en nuestra piel

De la Cruz hemos hecho un motivo de decoración, y no es inútil. Sólo mirarla nos ayuda a pensar en Cristo. Pero no basta colocarla en el muro, hay que anclarla en la piel. Cristo no quiere quedarnos exterior, quiere transformarnos en Él, el hombre de dolores (Is 53,3). La semejanza a Cristo no se adquiere sin inmensos sufrimientos: todo ha de ser renovado en nosotros por el dolor, hasta que no podamos más bajo el dolor (recuerde Santa Teresita [de Lisieux]: incomprensiones; las dudas de fe; su tisis; su afonía, en que realmente ya no podía más y decía: No me arrepiento de haberme fiado al Amor).

Un día sin dolor debería parecer un día vacío, un día triste. Cuando hay menos dolor podemos preguntarnos qué pasa, pero no hay que maravillarse, porque tal vez mañana será un poco más pesado.

Si nosotros no lo rehusamos, Dios se arregla para hacernos soportar cada día más, un poco más de incomprensión, un poco más de dificultades, un poco más de soledad, un poco más de dolor.

En la vida no hay dificultades. Sólo hay circunstancias. Dios lo conduce todo, y todo lo conduce bien. No hay más que abandonarse, y servir a cada instante en la medida de lo posible.

¿Conflictos? Son inevitables. Son necesarios. Ya se resolverán. Por nada perder la paz (lo de Santa Teresa).

Los grandes dolores

Un gran dolor, cuando se trabaja en común, es el abandono progresivo de muchos, que abandonan el equipo y abandonan el plan de Dios.

Un gran dolor es darse cuenta de la lentitud con que penetra el Mensaje, del rechazo que le oponen los hombres, de ver cómo prefieren las tinieblas a la luz (cf. Jn 3,19).

Un gran dolor, el mayor tal vez, es darse cuenta que la Iglesia tiene en sí todo cuanto puede establecer el mundo en la paz, y encontrar dormidos a la mayor parte de los mejores cristianos, y tantos sacerdotes que no han comprendido el Mensaje.

Un gran dolor es encontrar la oposición de los grupos paralelos o llamados a completarse, con quienes habría que marchar, en perfecta armonía, en la batalla.

Un inmenso dolor es encontrar tanta verdad, tanta generosidad, tanta habilidad, en aquellos que pretenden liberar al hombre, pero que, ignorando a Cristo, no hacen sino encadenarlo.

Un gran dolor es sentirse impotente ante un gran dolor.

Un gran dolor es el amor que fracasa y que no encuentra eco alguno en aquellos a quienes se dirige.

Un gran dolor, en otros momentos, es la soledad. Se puede estar rodeado y sentirse solo. Lleva uno en su interior, sus planes, sus angustias, sus certezas. Los que lo rodean, sin maldad alguna, ni siquiera se interesan por lo que para él es vital.

Y hay un dolor, ese sí que es grande, cuando Dios mismo parece haberse marchado (¡Santa Teresita!).

A veces, al hombre apostólico todo le parece perdido. No hay más que fracasos en perspectiva. Por todos lados, muros. No se ve una salida.

Los colaboradores flaquean; la salud se debilita. Se encuentra privado de su fuerza, de su confianza, de su optimismo, de su testimonio interior. El déficit crece. No entran recursos. Pero, sobre todo, tú mismo no tienes ánimo, te sientes cansado, como sin resorte…

Después de todo, ¿no te equivocaste al tomar este camino? ¿Por qué haber pretendido abarcar tanto, y cosas tan difíciles? ¿¿No quiere todo esto decir que has de echar marcha atrás??

Y aun quizás tratas de echar marcha atrás, pero estás en el tren que echaste a caminar y éste avanza. Aunque quieras frenar, sigue corriendo. Sería necesario que saltaras del carro, que desaparecieras, que abandonaras a los otros. Pero ¡no tienes el derecho de abandonarlos en el combate, después de haberlos lanzado en él! Ellos tienen conciencia clara que te necesitan. Rehusar el esfuerzo ¿no sería traicionar? Todo está perdido. “¡No, todo va bien!”, dice una voz interior.

“Demagogo”, será la palabra que oirás con frecuencia. El que se ocupa de los oprimidos es un demagogo; el que lucha por la justicia, el que afirma el derecho de quienes son incapaces de hacerse respetar es un demagogo. En este sentido, felizmente, el Evangelio todo es demagogia.

Otros, consejeros prudentes, te dirán: ¡¡Anda más despacio, abarca menos!! Pero es el objeto el que impone la rapidez de la marcha. Para quien contempla desde afuera, como espectador indiferente, nada es más fácil que tomar una actitud tranquila. Pero para el que está en la batalla, es distinto; él ve fuerzas ligadas, circunstancias que hay que aprovechar y eso le impone un ritmo.

Alegrarse en los fracasos

Esto parece paradoja o locura. Necesita explicación. Hay falsos místicos, extravagantes, para quienes esta fórmula es peligrosa. Son capaces de una alegría enfermiza en el fracaso, bajo pretexto de abnegación, de unión dolorosa a Cristo, con gran detrimento de la objetividad de su acción y de la obligación que todos tenemos de usar de la prudencia.

El fracaso no debe jamás aparecernos como un fin, y la sucesión indefinida de fracasos como una solución de la vida cristiana. El cristiano debe, más que nadie, conducirse por la razón, y el uso sano de la razón conduce normalmente al éxito. Alegrarse a priori de sus fracasos, sin reflexionar el deber que tenemos de cumplir nuestra misión, de escoger objetivos alcanzables, de adaptar los medios al fin, eso es juego de chiquillos o debilidad de espíritu (cf. Thellier, Luchar contra el mal, en Dans l’épreuve).

Quien se descuida en su acción, consolándose con su unión a Cristo doloroso, necesita detenerse y cambiar de rumbo. A veces se encuentra gente orgullosa que se encapricha en este camino; a veces por orgullo, a veces por un complejo de inferioridad buscará una compensación a su incapacidad en el fracaso. No, no es a éstos a los que decimos que tienen que alegrarse en sus fracasos.

Pero sí a tantos apóstoles que han tomado por Dios, con entusiasmo, el trabajo apostólico, y que llega un momento en que se encuentran ante dificultades insuperables que les hacen pensar en la inutilidad de sus esfuerzos, y están a punto de descorazonarse. No, ¡que aprendan a sacar provecho de sus fracasos!

El fracaso, para el hombre de acción, es su gran educador. La mayor parte de nuestros fracasos vienen por nuestra propia culpa. El objetivo estaba mal definido o mal escogido, o bien usaba medios ineptos… ¡¡o en condiciones en que por falta de realismo no supo prever el fracaso!!

La mayor parte de los hombres, sin embargo, somos inclinados a excusar nuestros fracasos. Estos han ocurrido por casualidad, o por la falta de los otros que se han opuesto, o de circunstancias imprevisibles, de colaboradores flojos o incomprensivos… Pero el testarudo en ningún caso piensa que tal vez sus enemigos tenían razón; que los acontecimientos imprevistos habrían podido ser previstos, que los colaboradores debieron ser mejor escogidos, o mejor formados, o más entrenados en la acción.

La mejor táctica en la acción es tomar para sí toda la responsabilidad del fracaso. Él podrá, reflexionando, descubrir las verdaderas razones. Un hombre prudente no se embarca en una acción sino cuando hay motivos serios; cuando está en la línea de su vocación providencial; bajo el control de la dirección [espiritual] y ayudado por las luces íntimas de la plegaria. Si se aventura a veces, él lo sabe, pero tiene bastantes razones para tentar la aventura, y el fracaso medio previsto no lo sorprenderá ni lo espantará.

Durante años y años el apóstol que comienza no será prudente sino a medias. Debe hacer sus clases en plena vida. Cada fracaso le será una lección amada. Al examinar fríamente la acción emprendida, al criticarla sin vanidad, se dará cuenta de su falta de preparación, de sus prisas desarregladas, de sus motivos pasionales. Antes de obrar habría debido saber más exactamente dónde quería ir, y por qué camino, qué obstáculos iba a encontrar. Pero partió hacia delante con la cabeza abajo, o con los ojos en el Cielo. Nada tiene pues de extraño que se golpeara contra un muro, o se cayera a un barranco.

El humilde, en cambio, saca partido de sus fracasos. El alma de buena voluntad, humilde y objetiva, se hace fuerte por el juego de esta crítica honrada de la acción. El orgulloso se empeñará a comenzar por el mismo camino, pero el humilde rectificará sus encuestas, sus fines, sus métodos: aprenderá a construir. Después de todo, con frecuencia en los fracasos no queda nada del fracaso, y el éxito permanece. Cada fracaso es un vacío: una piedra puede tapar el hueco. Los éxitos son piedras con las cuales se construye un muro, un templo.

¡Cuántos hay que no quieren construir sino catedrales! Dios quiera que los primeros fracasos les hagan comprender que en un pueblecito, basta una capilla, y que es inútil forzar su talento. Cada uno no debe emprender sino obras proporcionadas a su capacidad, y obras útiles. Bendito sea el fracaso que nos enseñó nuestro sitio verdadero.

Después de este examen leal tenemos derecho de considerar las circunstancias independientes de nuestra voluntad, o las malas voluntades que se han mezclado a nuestra acción. Este será el momento de volvernos a Cristo para alegrarnos de parecernos a Él.

Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente sobre Jesús. ¿No fue Él acaso vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y crucificado desnudo, con el título ridículo de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra, y en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la Cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también nuestros fracasos…

Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes, en nuestra alma espiritual y en nuestra sensibilidad, a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba, nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán así más semejantes a Cristo.

Feliz falta, decía Agustín. Felices fracasos, diremos nosotros, que nos conducen a nuestro Maestro.

En el estercolero de Job

Esta misma lección podemos sacar al ver los fracasos de uno de nuestros hermanos, gran fracasado: Job.

Allí está, sin poder más, sobre su estercolero. Él ha recorrido espiritualmente el mundo y su propia alma. El mundo lo ha traicionado y él se siente impotente, quebrado, reducido a la nada. Él ha medido la villanía de los hombres y su propia debilidad. Y he aquí que ofrece a todos un triste espectáculo. Sus enemigos pasan delante de él y ríen. ¡Cómo duele su triunfo! Ellos habían visto bien. Con razón le habían dicho: ¡Tú no eres más que apariencia, nada más que viento! El camino está libre ante ellos. Ellos pasan delante de él; se cuchichean. Vuelven a pasar, para gozar mejor de su triunfo… Se van. Ya no eres para ellos más que un mal recuerdo, pronto serás sepultado, ni siquiera una sombra. Los amigos llegan a su vez, predicadores de resignación. Dando consejos, jueces infalibles de sus ilusiones. Lo aplastan con sus palabras sentenciosas. Job, tú eres ahora el vencido de la vida. El que ha visto demasiado grande. A quien el fracaso condena. Uno o dos, tal vez comprenden tu dolor. Tienen el corazón amplio y lo consuelan. Dios te los ha dejado fieles, para que no te pudras completamente sobre tu estercolero… Y he aquí que el estercolero resplandece como el oro. Y he aquí que vuestras lepras se desecan. Y he aquí que vuestras fuerzas vuelven. Y estáis de nuevo plenamente en la vida. En pleno combate. Nuevos enemigos se juntan a los de ayer. Nuevos amigos os rodean. La vida vuelve a su curso. Más dura y más bella. En el amor y en la esperanza.

La continuidad, virtud varonil

Una vida fecunda es una vida continua, en la cual todo aparece ligado como en el árbol. Orientaciones aparentemente nuevas, pero que están en la línea de la elección primera. A veces, cortes dolorosos para despojarse de actividades inútiles.

Asegurar la continuidad en su vida es una de las virtudes más difíciles. Es tan tentador ir a derecha o izquierda; detenerse ante cada flor del camino. Hay tantos caminos sombreados, tantas pistas atrayentes, tanta alegría de que gozar, tanta admiración que recoger, tantas miserias individuales que consolar… Todo esto a nuestro rededor llamándonos como una invitación a vivir.

Y no hay más que un camino que podamos recorrer seriamente. Lo seguimos desde hace tanto tiempo; hemos caído tantas veces, nos hemos levantado tan doloridos que estamos cansados… Y además, hay toda esa gente que arrastrar, esos turbulentos que calmar, esos aventureros que volver a traer al grupo… La ruta es estrecha y empinada, y la vida en otros lados sería tan fácil…

Los ‘no’ indispensables

Si queremos guardar una línea de vida, hemos de aprender a decir muchos “no”: No, a dejarse absorber por los pormenores. No, a dejarse dominar por la sensibilidad, por el corazón. No, a perder su tiempo en futilezas o palabras. No, a dispersarse en todos sentidos, a mariposear. No, a quien viene a verte en la hora de tu trabajo profundo. No, a hacer el trabajo que los demás pueden hacer en lugar tuyo. No, a dejarse corromper. No, a trabajar por dinero o por la gloria. No, al deseo de querer responder inmediatamente a toda pregunta que se haga. No, a tratar los problemas a la ligera. No, a traicionar sus amigos. No, a la polémica con los enemigos. No, a la antipatía a los que te molestan.

No, sobre todo, a todo pecado, a todo lo que te aparta del camino comenzado, a todo lo que te disminuye, te mutila.

Contemplar para perseverar

Y para guardar sus ideales, para permanecer fiel al llamamiento divino en medio del trabajo desbordante, de visitas y cartas y confesiones… guardar la actitud contemplativa, como San Ignacio “contemplativo en la acción”, guardar su paz en la posesión de sí y en la luz de Dios. Marchar en forma tal que permanezcamos siempre bajo el influjo divino.

Alabado sea Jesucristo!!!

Posted: November 16th, 2010, by Matoga

En otras oportunidades les compartí este material del San Alberto Hurtado. Hoy se los acerco nuevamente, lleno el corazón de alegría ya que Tobías, mi segundo hijo, será oficializado en la Acción Católica Argentina este domingo…

Por él, y por todos nosotros, pido una oración.

ALABADO SEA JESUCRISTO!!!

Fuente: U n   f u e g o   q u e   e n c i e n d e   o t r o s   f u e g o s, pp. 65-67

“Ustedes son la luz del mundo”

Mis queridos jóvenes:

La impresionante ceremonia que se realiza esta noche está llena del más hondo significado. En lo alto de un cerro, bajo las miradas de nuestro Padre Dios y protegidos por el manto maternal de María, que eleva sus manos abiertas a lo alto intercediendo por nosotros, se reúne, caldeada de entusiasmo, una juventud ardiente, portadora de antorchas brillantes, llena el alma de fuego y de amor, mientras a los pies la gran ciudad yace en el silencio pavoroso de la noche.

Esta escena me recuerda otra, ocurrida hace casi dos mil años, también sobre un monte al caer las tinieblas de la noche… En lo alto, Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre, y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y en la oscuridad de la noche del espíritu (cf. Sal 106,10). Y Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo de las almas sin luz, les dice a sus apóstoles “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). Ustedes son los encargados de iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna…

También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y, como entonces, se compadece de ella: “Tengo compasión de la muchedumbre” (Mc 8,2). Mientras ustedes -muchos, pero demasiado pocos a la vez- se han dado cita de amor en lo alto… ¡Cuántos, cuántos… a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo en sus corazones, en los sitios de placer, desbordantes de una juventud decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas…! Si Jesús apareciese en estos momentos en medio de nosotros, extendiendo compasivo su mirada y sus manos sobre Santiago y sobre Chile, les diría: “Tengo compasión de esa muchedumbre…” (Mc 8,2).

Allí, a nuestros pies, yace una muchedumbre inmensa que no conoce a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre de Jesús.

Yo no dudo, pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la ciudad oscura: “Me compadezco de ella”, y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: “Ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?”.

Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes de hoy. ¡Oh, si se decidiesen! Aunque fuesen pocos… Un reducido número de operarios inteligentes y decididos, podrían influir en la salvación de nuestra Patria… Pero, ¡qué difícil resulta en algunas partes encontrar aun ese reducido número! La mayoría se quedan en sus placeres, en sus negocios… Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de las almas, no se puede, no se quiere…

¡Cuántos son llamados por Cristo en estos años de vuelo magnífico de la juventud! Escuchan, parecen dudar unos instantes. Pero el torrente de la vida los arrastra. Pero ustedes, mis queridos jóvenes, han respondido a Cristo que quieren ser de esos escogidos, quieren ser apóstoles… Pero ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz…

El Evangelio más que una lección es un ejemplo. Es el mensaje convertido en vida viviente. “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos, y palpamos con nuestras manos, es lo que os anunciamos” (1Jn 1,1-3). El Verbo, el Mensaje divino, se ha encarnado: la Vida se ha manifestado. Debemos ser semejantes a cristales puros, para que la luz se irradie a través de nosotros. “Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?” (Claudel).

Una vida íntegramente cristiana, mis queridos jóvenes, he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana, por tanto, en vuestro hogar; vida cristiana con los pobres que nos rodean; vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato con las jóvenes… Vida cristiana en vuestra profesión; vida cristiana en el cine, en el baile, en el deporte.

El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio.

Y esta transformación en Cristo supone identificarse con el Maestro, aun en sus horas de Calvario. No puede, por tanto, ser apóstol el que por lo menos algunos momentos no está crucificado como Cristo. Nada harán, por lo tanto, los que hagan consistir únicamente el apostolado, la Acción Católica, en un deporte de discursos y manifestaciones grandiosas… Muy bien están los actos, pero ellos no son la coronación de la obra, sino su comienzo, un cobrar entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aun en las horas duras de su Pasión, a subir con Él a la cruz.

Antes de bajar del monte, jóvenes queridos, les pregunto también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz de las amarguras del apostolado? ¿Pueden acompañar a Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con perseverancia? ¿Pueden? Si ustedes titubean, si no se sienten con bríos para no ser de la masa, de esa masa amorfa y mediocre, si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que Cristo les pide… renuncien al hermoso título de colaborador y amigo de Cristo.

¡Oh, Señor!, si en esta multitud que se agrupa a tus pies brotase en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con verdad: “Señor, toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo, lo consagro todo entero, Señor, a trabajar por ti, a irradiar tu vida, contento con no tener otra paga que servirte y, como esas antorchas, que se consumen en nuestras manos, consumirse por Cristo…”. Renovarían en Chile las maravillas que realizaron los apóstoles en la sociedad pagana, que conquistaron para Jesús.

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C

Posted: November 16th, 2010, by Matoga

«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3

«Vinieron todas las tribus de Israel donde David a Hebrón y le dijeron: “Mira: hueso tuyo y carne tuya somos nosotros. Ya de antes, cuando Saúl era nuestro rey, eras tú el que dirigías las entradas y salidas de Israel. Yahveh te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel”. Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel donde el rey, a Hebrón. El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahveh, y ungieron a David como rey de Israel.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1,12-20

«Gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz.  El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados. El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.

El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 23,35-43

«Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: “A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!” Había encima de él una inscripción: “Este es el Rey de los judíos”.

Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!” Pero el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo» son las expresiones con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, Rey del universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres era el siguiente: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Evangelio). Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (Primera Lectura), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les escribe: «El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Segunda Lectura).

David, el rey de Israel

Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus del Norte y las del Sur.

Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) reinando siete años en Hebrón[1]. La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle también su rey. «El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel». Fue un paso decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá. El pacto entre rey y pueblo tenía consecuencias legales ya que implicaba un juramento de lealtad mutua así como una serie de cláusulas. Los ancianos son los responsables de todo el pueblo y hacen de intermediarios en la unción.

Una palabra sobre esta Solemnidad…

La «Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo» es la fiesta en honor a nuestro Señor más reciente y debe su origen al Papa Pío XI. En su carta encíclica  «Quas primas» del 11 de diciembre de 1925, desarrolla la idea de que uno de los medios más eficaces contra las fuerzas destructoras de la época sería el reconocimiento de la realeza de Cristo. El motivo para introducir la fiesta fue el 16º centenario del primer Concilio de Nicea en donde la doctrina sobre la igualdad sustancial entre el Hijo y el Padre reposa sobre el fundamento de la realeza de Cristo. El Papa fijó la fiesta para el último Domingo de octubre sobre todo teniendo en cuenta la fiesta subsiguiente, la de «Todos los Santos»: «a fin de que se proclamase abiertamente la gloria de Aquel que triunfa en todos los santos elegidos».

Luego fue transferida para el último Domingo del año litúrgico de manera tal que fue colocada en el contexto escatológico característico de este tiempo. Ahora podemos ver más claramente que el Señor glorificado es el punto de convergencia no sólo del año litúrgico, sino de toda nuestra peregrinación terrena: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud» (Col 1, 18- 19)

«Si tu eres el Rey de los judíos ¡sálvate!»

Como ya hemos mencionado, este Domingo celebramos a Jesucristo como Rey del universo. Pero el Evangelio parece ser el menos adecuado para celebrar la realeza de Jesús ya que nos presenta a Jesús crucificado en medio de dos malhechores y siendo objeto de burla. ¡Nada más opuesto a nuestra imagen de lo que debería ser un rey! El pueblo estaba mirando este dantesco espectáculo mientras los magistrados lo despreciaban diciendo: «Que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido», y los soldados se burlaban de Él diciendo: «Si tu eres el Rey de los judíos ¡sálvate!».

Aunque lo hacen por burla, es interesante notar los títulos que le asignan: Cristo de Dios, Elegido, Rey de los Judíos. Todos esos títulos evocan a David, el gran rey de Israel. Justamente para entender el significado de éstos títulos hay que saber que Dios había elegido a David, que había mandado a Samuel a «ungirlo» rey y le había prometido: «Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente”.» (2Sam 7,12.16).David fue el último rey que tuvo todas las tribus de Israel unidas bajo su mando. A medida que el tiempo pasaba, se recordaba el reinado de David como un tiempo paradigmático de prosperidad, de independencia de la nación, de fidelidad a las leyes de Dios. Se esperaba para el futuro un tiempo semejante, que sería el tiempo del «hijo de David», del «ungido de Dios» que daría cumplimiento a todas las profecías.

«Hoy estarás conmigo en el paraíso…»

Pero lo que ocurre a continuación nos revela a Cristo en toda su grandeza y en plena posesión de su realeza. Él es Rey al modo de Dios y no al de los hombres. Entre los hombres el Rey está del lado de los grandes y poderosos del mundo; según la expectativa de Israel, en cambio, que es la de Dios, el Rey tiene la misión de hacer justicia al pobre y al desvalido, y su oficio propio es la misericor­dia. Este oficio es imposible que puedan cumplirlo los reyes que ha conocido la historia humana, salvo escasas excepciones, porque ellos no tienen expe­riencia del sufri­miento humano, ni han sido víctimas de la injusticia de los poderosos. Cristo, en cambio, es el «varón de dolo­res conocedor de dolencias» (Is 53,3); «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados» (Hb 2,18).

Ante la cruz de Jesús se produce una divergencia entre los malhechores. Uno lo insultaba y se burlaba de Él; el otro hace esta magnífica declaración: «Nosotros somos condena­dos con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y agregaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Y recibe esta respuesta: «Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Tal vez nunca ha resultado más claro el misterio de la absoluta gratuidad de la salvación. ¿Por qué un ladrón rechazó a Cristo y el otro lo confesó y fue salvado? ¿Qué mérito previo tenía uno u otro? Si algo merecían ambos por sus hechos era la condenación y la muerte. Ésta es la historia de todos los hombres.

En efecto, una verdad esencial de la fe cristiana es que todos los hombres somos pecadores y necesitamos de la miseri­cordia de Dios. Ante Dios todos somos igual que los ladro­nes. Nadie puede argüir mérito alguno para mere­cer la salva­ción. La salva­ción es puro don gratuito conquistado al precio de la sangre de Cristo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Pero, el misterio de la liber­tad humana hace que se repita siempre la histo­ria de los dos ladrones y en la misma proporción, tal como lo anunció Jesús: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34).

¿Qué vio el buen ladrón en Jesús para reconocerlo como rey?

¿Qué vio el buen ladrón en este hombre crucificado ya próximo a la muerte para reconocerlo como Rey y rogarle que se acuerde de él? El poder humano nunca ha convertido a nadie. En cambio, el testimo­nio de amor y de serenidad de los mártires es algo supe­rior a todo lo humano, es una demos­tración clara del poder de Dios. Y esto sí que convierte. Ningún ser humano conde­nado injus­tamente a una muerte tan cruel e ignominio­sa puede decir: «Padre, perdó­nalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), a menos que actúe el poder de Dios en él. De lo contrario, es absoluta­mente imposible. Y esto es lo que vio el buen ladrón, y de golpe supo quién era Jesús y comprendió que su palabra era la verdad. Por eso, mien­tras los otros se burlan de su reale­za, él lo reconoce realmente como Rey. También fue fecunda la sangre de Cristo en el centurión, quien al ver lo sucedido, «glo­rificaba a Dios diciendo: ‘Ciertamente este hombre era justo’». Y es fecunda en todos los que han de ser reconciliados.

Esa misma fecundidad es comunicada a la sangre de los mártires. Por eso un antiguo axioma afirma: «Sangre de mártires, semilla de cristianos». Un ejemplo notable se registra en el martirio del sacerdote jesuita, Edmund Campion, quien fue condenado a la horca y el descuartiza­miento en la persecución de la reina Isabel de Inglaterra en 1581. Asis­tía a este espectáculo un joven de nombre Henry Walpo­le, hombre de buena familia, poeta satírico de cierto genio, superficial, interesado en mante­ner buenas relacio­nes con el régi­men. En el momento en que fueron arrancadas las entrañas del sacerdote mártir, una gota de sangre salpicó su manto. Él mismo confiesa que en ese instante fue arre­bata­do a una vida nueva. Cruzó el canal para entrar al Semina­rio y hacerse sacerdote; volvió a la misión en Inglaterra y después de trece años sufrió el mismo marti­rio que Edmund Campion en la cárcel de York.

Una palabra del Santo Padre:

«”Había encima de Él una inscripción: Este es el rey de los judíos” (Lc 23, 38).Esta inscripción, que Pilato había hecho poner sobre la cruz (cf. Jn 19, 19), contiene el motivo de la condena y, al mismo tiempo, la verdad sobre la persona de Cristo. Jesús es rey – Él mismo lo afirmó-, pero su reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36-37). Ante Él, la humanidad se divide: unos lo desprecian por su aparente fracaso, y otros lo reconocen como el Cristo, “imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura” (Col 1, 15), según la expresión del apóstol san Pablo en la carta a los Colosenses, que hemos escuchado.

Ante la cruz de Cristo se abre, en cierto sentido, el gran escenario del mundo y se realiza el drama de la historia personal y colectiva. Bajo la mirada de Dios, que en el Hijo unigénito inmolado por nosotros se ha convertido en medida de toda persona, de toda institución y de toda civilización, cada uno está llamado a decidirse».

Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. 25 de noviembre del 2001

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Es necesario que Él reine» (1Cor 15, 25), escribió San Pablo refiriéndose a Cristo. ¿Qué tanta importancia le doy a mi relación con Jesús? ¿Qué espacio ocupa en mi vida, en mi familia?

2. «No ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). ¿Yo entiendo que debo de ejercer la autoridad como un puesto de servicio?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446- 483.


[1] Hebrón: ciudad situada a gran altitud (935 metros sobre el nivel del mar) en las colinas de Judea. Abrahán y su familia acamparon frecuentemente cerca de Hebrón y fue allí dónde enterró a su esposa Sara en la cueva de Macpela. Actualmente está bajo el dominio de musulmanes que, como es sabido, se sienten hijos de Abrahán.

La basílica de Itatí iluminada por el Día de la Diabetes

Posted: November 10th, 2010, by Matoga

Basílica de ItatíItatí (Corrientes), 10 Nov. 10 (AICA) El próximo domingo 14 de noviembre, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Diabetes, la basílica de Nuestra Señora de Itatí será nuevamente iluminada de azul y se sumará a los más de 300 monumentos y edificios de más de 40 países del mundo que iluminarán el firmamento del color del símbolo mundial de la diabetes.

“Tomemos control de la diabetes ¡Ya!” es el lema del segundo año de la campaña de cinco años sobre “Educación y prevención en la diabetes”.

En Itatí esta actividad la realizan en conjunto el Hospital Doctores Juan Carlos y Alberto E. García, de Itatí, y la basílica, para sumarse a la campaña mundial de concientización sobre diabetes en el mundo.+

Al respecto, les dejo este material:

Más info: http://www.worlddiabetesday.org/es

N.E. Para aquellos que sufrimos la enfermedad, es importante la toma de conciencia de la sociedad así como el acceso a tratamientos accesibles y definitivos de la enfermedad…

Sigo acá, eh…

Posted: November 9th, 2010, by Matoga

Despues de unos días un tanto enfermo y, saliendo todavía de una temporada complicadísima, quería sólo comentarles que no los abandoné.

Sigo acá. Más necesitado que nunca de vuestras oraciones.

El Papa nombró arzobispo de Paraná a Mons. Juan Alberto Puiggari

Posted: November 5th, 2010, by Matoga

Buenos Aires, 4 Nov. 10 (AICA): El Santo Padre Benedicto XVI aceptó la renuncia, presentada por límite de edad, del arzobispo de Paraná, monseñor Mario Luis Bautista Maulión, y designó en su reemplazo y lo promovió a arzobispo a monseñor Juan Alberto Puiggari, de 60 años, actualmente obispo de Mar del Plata.

La información fue comunicada esta mañana por el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, a través de la agencia AICA, a la misma hora en que se publicaba en Roma mediante “L’Osservatore Romano. Hasta el día en que el nuevo arzobispo asuma el gobierno pastoral de Paraná, cuya fecha aún no está fijada, monseñor Maulión permanecerá como Administrador Apostólico de esta sede arquidiocesana.

Datos biográfico de Mons. Juan Alberto Puiggari

Nació en la ciudad de Buenos Aires el 21 de noviembre de 1949, hijo del abogado Juan Alberto Puiggari y de la señora Élida Etcheverry Boneo.

Realizó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio San Pablo, de Buenos Aires, de donde egresó como bachiller en 1967 figurando entre los alumnos más distinguidos.

Recibió formación en Buenos Aires del presbítero Luis María Etcheverry Boneo, su tío  -hoy en proceso de beatificación-  y estuvo apostólicamente vinculado a la Asociación Argentina de Cultura, Obra fundada y animada por el padre Etcheverry Boneo, especialmente en el Colegio San Pablo y la Agrupación Universitaria Misión.

Después de finalizar estudios universitarios en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA) de la que egresó con el título de Licenciado, y tras realizar estudios teológicos en el Seminario Arquidiocesano de Paraná, fue ordenado sacerdote el 13 de noviembre de 1976 en la catedral de Paraná, por monseñor Adolfo Servando Tortolo, arzobispo de Paraná.

Su ministerio pastoral estuvo siempre vinculado al Seminario Arquidiocesano de Paraná, cuyo equipo de Superiores integró desde 1977. Fue profesor de asignaturas filosóficas en el Seminario Menor y el Seminario Mayor, y rector del Instituto Secundario del Seminario, incorporado a la enseñanza oficial. Se desempeñó como rector del seminario desde 1992.

Elegido obispo titular de Turuzi y auxiliar de Paraná el 20 de febrero de 1998 por Juan Pablo II, fue ordenado obispo el 8 de mayo de 1998, en la catedral de Paraná, por monseñor Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná, y por los obispos monseñor Luis Guillermo Eichhorn, de Gualeguaychú, y monseñor Mario Antonio Cargnello, de Orán, como obispos co-consagrantes.

El 7 de junio de 2003 Benedicto XVI lo trasladó como obispo de Mar del Plata, sede de la que tomó posesión e inició su ministerio pastoral el 10 de agosto de 2003.

En la Conferencia Episcopal Argentina es miembro de la Comisión de Ecumenismo, relaciones con el judaísmo, el islam y las religiones (CEERJIR).
La arquidiócesis de Paraná

Fue creada como diócesis el 13 de junio de 1859 por el beato Pío IX y elevada a arquidiócesis el 20 de abril de 1934 por Pío XI. La sede episcopal está en la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, y capital de la Argentina de 1853 a 1863. La circunscripción arquidiocesana comprende en la provincia de Entre Ríos los departamentos de Diamante, Feliciano, La Paz, Nogoyá, Paraná y Villaguay. Y los distritos Achiras, Banderas y Sauce de Luna del departamento Federal con una superficie total de 28.426 kilómetros cuadrados y una población de unos 570.000 habitantes, de los cuales se estima que el 90% son católicos.

Según la Guía Eclesiástica Argentina la arquidiócesis paranaense cuenta con 52 parroquias, 130 sacerdotes (119 diocesanos y 11 religiosos), 10 religiosos no sacerdotes, 44 seminaristas mayores, 189 religiosas, y 82 centros educativos.

Monseñor Puiggari será el quinto arzobispo (y décimo diocesano) de Paraná.+

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: November 3rd, 2010, by Matoga

«El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2.9-14

«Sucedió también que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey, flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de puerco (prohibida por la Ley). Uno de ellos, hablando en nombre de los demás, decía así: “¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres”.

Al llegar a su último suspiro dijo: “Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna”. Después de éste, fue castigado el tercero; en cuanto se lo pidieron, presentó la lengua, tendió decidido las manos  (y dijo con valentía: “Por don del Cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de El espero recibirlos de nuevo)”. Hasta el punto de que el rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del ánimo de aquel muchacho que en nada tenía los dolores. Llegado éste a su tránsito, maltrataron de igual modo con suplicios al cuarto. Cerca ya del fin decía así: “Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida”.»

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 2, 15-3,5

«Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena.»

«Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; porque la fe no es de todos. Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno. En cuanto a vosotros tenemos plena confianza en el Señor de que cumplís y cumpliréis cuanto os mandamos. Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 20, 27-38

«Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer”.

Jesús les dijo: “Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

En la magistral encíclica «Fides et ratio», el Santo Padre escribe: «Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad cómo en las distin­tas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracte­rizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?… Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre; de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existen­cia»[1].

Esas pregun­tan nos asaltan con mayor o menor fuerza en los momentos críticos de nuestra existencia y, queramos o no queramos, nuestra actitud ante la vida, nuestras opciones y los intereses que nos mueven están determinados por las res­puestas que les demos. Es imposi­ble permanecer en la soledad y el silencio por un tiempo prolongado sin que irrumpan las preguntas por el sentido de nuestra existencia; en realidad la necesidad de sentido «acucia el corazón del hombre» tal como nos dice el Santo Padre.

Estas preguntas fundamentales son las que trata de responder la liturgia de este Domingo. Jesús nos enseña que el destino es la vida, pero que esa vida en el más allá no se iguala a la vida terrena (Evangelio). El martirio de la madre y sus siete hijos en tiempo de la guerra macabea ofrece al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente la fe en la resurrección para la vida (Primera Lectura). San Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que «la palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria» (Segunda Lectura), una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el Juez supremo, que es Dios.

¿Qué nos narra la historia de los Macabeos?

Durante el gobierno del rey seléucida[2], Antíoco IV (conocido como Epífanes), en el año 167 a.C.,se produjo una violenta persecución religiosa a causa de su política helenizante. Prohibió la práctica de la religión judía. La medida contra los que se mantenían fieles a la fe en Yahvé era extrema: la pena de muerte para los que observaran el sábado y la práctica de la circuncisión. Además se impusieron prácticas idolátricas. Sin duda algunas personas apostataron de la fe pero gran parte de la población se mantuvo fiel a la Ley. Unos huyeron al desierto de Judá, otros se dejaron torturar pero no se doblegaron. Otros pasaron a la resistencia armada, dirigidos por Matatías y sus hijos. A Judas, uno de los hijos de Matatías, le pusieron el sobrenombre de «Macabeo» (martillo), de ahí que todos fueron denominados con ese nombre. El segundo libro de los Macabeos cubre los primeros quince años de la resistencia armada de Judas (ver 2Mac 1-7).

La fe en la resurrección de la carne fue un punto que tardó en afirmarse en Israel. La primera mención explícita se encuentra en el pasaje del libro de los Macabeos. Leemos en la respuesta de uno de los siete hermanos ante la tortura del Rey Antíoco IV: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». Igualmente el libro del profeta Daniel, contemporáneo de estos acontecimientos, menciona claramente la resurrección de los muertos (ver Dn 12,2s), y el libro de la Sabiduría (50 a.C.) habla de la inmortalidad (ver Sb 3,1ss).

Se debía de dar respuesta a una dificultad que siempre reaparece y que agobia también a los hombres de nuestro tiempo. Si sólo se vive en el espacio de esta vida terrena, y Dios dispone sólo de este tiempo para compensar a los justos, entonces, ¿por qué el justo sufre y el impío prospera? El profeta Jeremías aborda directamente este problema cuando dice: «Tu llevas la razón, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia: ¿Por qué prosperan los impíos y son felices todos los malvados?» (Jer 12,1). El libro de los Macabeos presenta el caso de los justos que prefieren las torturas y la muerte antes de transgredir la ley de Dios. ¿Cómo podrá retribuirles Dios en esta vida? No los recompensará en ésta sino en la otra. Ésta es la fe que expresan los siete hermanos: «nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna».

¿Quién será su marido en la resurrección?

En el tiempo de Jesús había divergencias respecto a la fe en la resurrección corporal. El grupo de los saduceos[3], que era la clase dirigente, a la cual pertenecían los Sumos Sacerdotes, se aferraba exclusivamente a los cinco libros del Pentateuco y no creía en la resurrección. Los fariseos por otro lado, siguiendo más la tradición oral, en su observancia de la ley estaban dispues­tos a renunciar a los goces terrenos y  a profesar su fe en la resurrección. Es la fe de Marta, la hermana de Lázaro. Cuando Jesús le dice: «Tu hermano resucitará» y ella afirma: «Sé que resucitará en el último día».

Esta introducción explica la intención que encierra la pregunta puesta a Jesús por los saduceos, «ésos que sostie­nen que no hay resurrección»: una mujer que estuvo casada con siete hermanos y después de todos ellos muere sin hijos, ¿en la resurrección quién será su esposo? Basándose en ley mosaica del levirato[4] que mandaba al hermano de un marido difunto casarse con la viuda (ver Dt 25,5ss), tratan de ridiculizar la fe en la resurrección mediante un caso extremo, casi absurdo. Jesús reafirma la verdad de la resurrección y resuelve la cuestión explicando que el tomar marido o mujer pertenece a este estado proviso­rio de cosas; «en la resurrección ni ellos tomarán mujer ni ellas marido. En ese estado no pueden ya morir porque son como ángeles y son hijos de Dios».

En la resurrección no será ya necesario perpetuar la especie por vía de la reproducción, pues no pueden ya morir; no será, por tanto, necesaria la unión sexual entre el hombre y la mujer. Existirá una unión mucho más perfecta pues allí existirá la plenitud del amor y de la participación en la vida divina. Es lo que quiere decir San Pablo cuando afirma que «la caridad no acaba nunca» (1Cor 13,8), es lo único que perdura eternamente.

Jesús agrega un argumento a favor de la resurrección tomado del mismo Pentateuco, cuyo autor es Moisés, pues es la única Escritura a la cual los saduceos reconocen autori­dad: «Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza». Sin embargo el testimonio máximo de la resurrección de los muertos es el propio Jesús que resucitó al tercer día: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1Cor 15,20). Él nos redimió del pecado y de su salario, la muerte. «Habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos» (Cf. Rom 5,15-19). Si ya Marta y María creían en la resurrección, no sabían, quién habría vencido a la muerte, hasta que Jesús declara ante ellas: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25)[5].

Una palabra del Santo Padre:

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vi­da eterna» (Jn 3, 16). En estas palabras del Evangelio de san Juan el don de la vida eterna constituye el fin último del plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el úni­co Dios verdadero, y al que tú has en­viado, Jesucristo» (Jn 17, 3). La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en plenitud Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo. Al recibirlo, participamos en la victoria de­finitiva que Jesús resucitado obtuvo so­bre la muerte.

«Lucharon vida y muerte —nos invita a proclamar la liturgia— en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del Domingo de Pascua). En ese evento decisivo de la salvación Jesús da a los hombres la vida eterna en el Espíritu Santo. Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más allá de toda expec­tativa, la promesa de vida eterna que desde el origen del mundo, había inscri­to el Padre en la creación del hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26)».

Juan Pablo II, Audiencia General.  Miércoles 28 de octubre de 1998.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena». ¿Vivo siendo consciente de mi vocación hacia la eternidad?

2. En oración, busquemos alimentar nuestro «hambre de infinito», meditando el salmo 16.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988-1004.


[1] Juan Pablo II, Fides et ratio n.2

[2]Seleucida. Dícese de una dinastía fundada por el general Seleuco, general de Alejandro Magno. Los seléucidas reinaron de 312 a 64 A.C. y establecieron un vasto imperio que se expandió por Bactriana, Persia, Babilonia, Siria y parte de Asia Menor. Su poder decreció tanto, que se concretó en Siria. Fue entonces que en 64 a.C. Pompeyo la convirtió en provincia romana.

[3] Saduceos: fue una de las sectas judías de la época de Jesús. Los saduceos formaron un partido político-religioso en el judaísmo desde el siglo II a.C. hasta la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. Sus afiliados pertenecían sobretodo a las grandes familias sacerdotales y a la aristocracia laica. Frente a la severa observancia de los fariseos, adoptaron una actitud más libre y laica; por consiguiente, se adaptaron en cierta medida al helenismo de los Seléucidas; más tarde les fue más fácil entenderse con los romanos. Se les consideraba un grupo comprometido con el poder del momento. Desde el punto de vista religioso, a pesar de estar coludidos con el poder dominante, se aferraban a la ortodoxia judía de sólo aceptar el Pentateuco como texto normativo.

[4] En Israel existía, además de la ley matrimonial singular, el matrimonio por levirato (término derivado del latín levir que significa “el hermano del esposo”). Tan importante era dejar herederos que si un hombre moría antes de tener hijos, unos de sus hermanos debía de casarse con la viuda; al primogénito de este nuevo matrimonio se le consideraba legalmente como el hijo del difunto. Esta costumbre existía también entre los asirios y los hititas.

[5] No obstante la certeza de la Resurrección que Jesús nos da, Él no nos desvela el modo y las condiciones de la supervivencia: su misterio permanece íntegro. Será vida ciertamente, aunque distinta de la presente ya que estará fuera de los límites del tiempo y del espacio. .

Intenciones de oración del Papa para el mes de noviembre

Posted: October 30th, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 29 OCT 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de noviembre es: “Para que cuantos son víctimas de la droga y de toda forma de adicción encuentren en el poder de Dios Salvador la fuerza para cambiar radicalmente su vida, gracias al apoyo de la comunidad cristiana”.

Su intención misionera es: “Para que las Iglesias de América Latina prosigan la misión continental propuesta por sus obispos, insertándola en la tarea misionera universal del Pueblo de Dios”.

Hondo pesar del Papa por la muerte de Néstor Kirchner

Posted: October 28th, 2010, by Matoga

Buenos Aires, 28 Oct. 10 (AICA):  El papa Benedicto XVI expresó “hondos sentimientos de pesar” por la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, al tiempo que elevó “fervientes plegarias” por su eterno descanso.
“Con motivo del fallecimiento de su esposo, excelentísimo señor Néstor Kirchner, ex presidente de la República Argentina, elevo fervientes plegarias a Dios por su eterno descanso y expreso hondos sentimientos de pesar a vuestra excelencia, a sus hijos y a los demás familiares del difunto dignatario, así como al gobierno y al pueblo de esa amada Nación argentina”, dijo en el texto difundido hoy por la Nunciatura Apostólica a través de AICA.
El mensaje de condolencias, fechado ayer, fue escrito por el propio Benedicto XVI y enviado al nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, para que éste “lo transmita a su destinataria”.

El Episcopado lamentó profundamente la muerte del ex presidente

Posted: October 28th, 2010, by Matoga

Bergoglio saluda a Kirchner al termino de un TedeumBuenos Aires,27 Oct. 10 (AICA)
La Conferencia Episcopal Argentina manifestó hoy su “dolor” y “lamentó profundamente” la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, quien falleció esta mañana en forma sorpresiva tras sufrir un doble infarto masivo en El Calafate.

“Expresamos nuestro dolor y lamentamos profundamente su deceso”, dijo a AICA el vocero de la Conferencia Episcopal Argentina, presbítero Jorge Oesterheld.
El portavoz episcopal indicó, además, que “los obispos argentinos y toda la Iglesia rezan por su eterno descanso, por la Presidenta (Cristina Fernández) y su familia”.
El presbítero Oesterheld adelantó que la Conferencia Episcopal Argentina que preside el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, enviará, en las próximas horas, una nota de condolencias a las autoridades nacionales.
Otras expresiones de condolencias

La muerte sorpresiva de Néstor Kirchner derivó en numerosas expresiones de condolencias por parte de obispos, representantes eclesiásticos y organizaciones religiosos:
Comisión Episcopal de Pastoral Social: “En este momento de profundo dolor y tristeza, rezamos por el eterno descanso del doctor Néstor Kirchner, y como hermanos en el Señor Jesucristo, deseamos expresar nuestro acompañamiento fraterno a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a toda su familia, amigos y amigas de militancia y a todo el pueblo Argentino. En su memoria, creemos que es un tiempo para seguir revalorizando la importancia de la vocación, la participación y el testimonio del compromiso político. También es un momento para seguir reafirmando nuestros vínculos como familia y comunidad nacional hermanados en un mismo destino común y para seguir fortaleciendo nuestra Patria y las instituciones de la democracia. Unidos en la oración”.
Monseñor Luis Villalba, arzobispo de Tucumán: “Conmovido ante el inesperado deceso del ex presidente de la Nación, doctor Néstor Kirchner, hace llegar sus condolencias a su Señora Esposa y a sus hijos, y eleva su oración por su eterno descanso, e invita a toda la comunidad a unirse en esta plegaria.”
El arzobispo de Córdoba, monseñor Carlos José Ñáñez: “La Iglesia de Córdoba hacen llegar a la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, sus condolencias y pesar por el deceso de su esposo y Ex Presidente de la Nación, Néstor Kirchner, elevando una súplica al Señor por su eterno descanso y pidiéndole para su familia fortaleza y entereza para superar este difícil momento”.
Mons. Juan Carlos Romanín, obispo de Río Gallegos: “Ante la noticia del fallecimiento del doctor Néstor Kirchner, invito a la diócesis de Río Gallegos a elevar nuestras oraciones en cada una de las Eucaristías de hoy y de todos estos días por su eterno descanso, por su familia y por nuestra Patria. Como Obispo diocesano, y estando de visita pastoral en Tierra del Fuego, celebraré la Eucaristía este miércoles en la iglesia Nuestra Señora de la Merced, de Ushuaia”.

“Señor, dale el descanso eterno y brille sobre él la luz eterna”.
Comisión Nacional Justicia y Paz: “Frente al fallecimiento del doctor Néstor Kirchner, ex presidente de la Argentina y diputado de la Nación, la Comisión Nacional de Justicia y Paz desea manifestar su más sentido pésame acompañando como argentinos y hermanos, por medio de la oración, a la familia presidencial y a todo el país en este momento de dolor orando muy especialmente por su eterno descanso. A su vez, en su memoria, alienta a todos los argentinos a rezar en estas jornadas la oración por la Patria y a seguir trabajando por el fortalecimiento de nuestra Nación, acompañando a la Sra. Presidenta en su gestión, comprometiéndonos nuevamente con un proyecto de país que nos incluya a todos, privilegiando el bien común, alentando el diálogo y construyendo una verdadera amistad social”.
La Acción Católica Argentina: “Quiere hacer llegar sus condolencias a la Presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, a sus hijos y familiares, confiando a Dios Padre, el descanso en paz de quien ejerció la noble tarea de presidir el más alto cargo de la función pública de nuestra Patria. Asimismo, solidariamente renovamos el compromiso de contribuir con nuestro trabajo cotidiano a consolidar la democracia, aportándonos con responsabilidad en la construcción de la amistad social en un clima de sana convivencia y de respeto. Que el Señor de consuelo y serenidad interior a la Sra. Presidenta, en estos momentos tan dolorosos y guíe al pueblo argentino por caminos de paz”.
Comisión Arquidiocesana de Justicia y Paz, arquidiócesis de Resistencia: “Queremos animarla a continuar, a pesar del dolor, en su tarea política de consenso, de custodia de la Democracia, creando espacios de diálogo, defendiendo las Instituciones de la Provincia y la Nación; animado en la Constitución Nacional. Sean, los buenos ejemplos de sana militancia tenidos en cuenta, para proseguir la tarea de creación de nuevos espacios de defensa de los más necesitados y la necesaria templanza para asumir las responsabilidades inherentes a los cargos detentados”.+

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: October 26th, 2010, by Matoga

«Hoy la salvación ha llegado a  esta casa»

Lectura del libro de la Sabiduría 11, 23-12,2

«Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho.

Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?  Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas. Por eso mismo gradualmente castigas a los que caen; les amonestas recordándoles en qué pecan para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor.»

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-2,2

«Con este objeto rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 19, 1-10

«Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: “Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa”. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

Al verlo, todos murmuraban diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos del presente Domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser y su sentido último (Primera Lectura). El amor que Dios tiene por todos, sin distinción alguna, busca salvar a aquellos que están perdidos (Evangelio). El amor de Dios hacia los cristianos que exige que vivan de acuerdo a lo que son, «para que el nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (Segunda Lectura).

«Zaqueo era jefe  de publicanos y rico»

En el Evangelio del Domingo pasado se hablaba también de un publicano; pero era el personaje de una parábola. En el Evangelio de hoy se trata de un publicano real del cual se nos dice incluso el nombre y hasta su estatura. Zaqueo era «jefe de publi­canos y rico». Y si en la parábola Jesús concluía que el publi­cano «bajó a su casa justificado», aquí podemos ver qué significa en concreto «ser justificado».

Todos sabemos que en el tiempo de Jesús la Palestina estaba bajo el dominio de Roma. Pero Roma permitía a los pueblos sometidos bastan­te libertad para observar sus costumbres, con tal que recono­cieran ciertas leyes supre­mas del Imperio y pagaran el tributo al César. Es así que la Judea, después de haber sido parte del reino de Hero­des el Grande, fue gobernada por su hijo Arquelao; y sólo porque éste fue incapaz de mantener el orden, fue nombrado un procurador romano, que durante el ministerio públi­co de Jesús era Poncio Pilato. Incluso para la recaudación del tributo, Roma daba la concesión a persona­jes del lugar. Tratándose de un impuesto para el Estado (la «res publi­ca» es decir la cosa pública), el nombre griego «telones», que se daba a estos personajes, fue tradu­cido al latín por «publica­nus».

Los publicanos estaban investidos de poder para exigir este impuesto a la población. Y muchas veces abusa­ban exigiendo un pago superior al debido. Después de entregar a Roma el precio de la concesión, se enriquecían ellos con lo defraudado. El mismo Lucas refiere que a algunos publicanos que vinieron donde Juan el Bautista para ser bautiza­dos con el bautismo de conversión, y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?”, él les respondió: ‘No exijáis más de los que os está fijado’» (Lc 3,12-13).Y a nadie le es agradable pagar impuestos a una potencia extranjera, ¡cuánto más si sabemos que nuestro dinero va a enriquecer a un compatriota colaboracionista que fija la cantidad arbi­trariamente! Es entonces com­prensible que los publicanos fueran odiados y que tuvieran fama de pecadores. Zaqueo era «jefe de publicanos» y no sólo tenía fama de pecador sino que ciertamente lo era. Lo mismo que el publicano de la parábola que reconocía ante Dios: «¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!»

La salvación: don gratuito de Dios y aceptación libre del hombre

Una de los puntos claros de este episodio es la gratui­dad de la salvación. Cuando Jesús llegó a Jericó, «Zaqueo trataba de ver quién era Jesús» ya que era de baja estatura, como coloca puntualmente Lucas. Por aquí comenzó la acción de la gracia. «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro[1] para verlo, pues Jesús iba a pasar por allí». ¿Quién le inspiró a Zaqueo esta curio­sidad tan grande, que, a pesar de su rango, lo llevó a subirse a un sicómo­ro? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «la preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia»[2] .

Un judío de cierta edad, más aún si es rico, asume una actitud venerable y no se rebaja a correr. En la parábola del hijo pródigo el padre es presentado «corriendo» al encuentro de su hijo perdido que vuelve, pero se describe así precisamente para destacar su inmensa alegría. Zaqueo no sólo corre, sino que se trepa a un árbol como un niño. Para ver a Jesús hace todo lo que puede, incluso pasando por encima de su honor. La humildad de Zaqueo no podía pasar inadvertida ante Dios. Dios premia siempre un gesto de humildad del hombre. El Evange­lio continúa y Jesús, alzando la vista, dice: «Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». ¿Qué obra buena había hecho Zaqueo para que mereciera esta gracia, es decir, que Jesús se dirigiera a él y lo distinguiera alojándose en su casa? Al con­trario, sus obras habían sido malas, tanto que todos comentaban: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». ¡Y esto, lamentablemente, era verdad!

Hasta aquí todo es don de Dios. Es Dios quien le está dando la posibilidad de cambiar de vida. Pero lo que sigue revela que Zaqueo ya es un hombre nuevo, es decir que está actuando siguiendo las mociones de esa vida nueva que le ha sido dada. Nadie lo obliga, es libre, y libre­men­te dice: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien le devolveré el cuádruplo». Según la ley mosaica estaba obligado a restituir el total sustraído y un quinto más de la suma (ver Lv 5,24; Nm 5,7); si bien la ley romana imponía el cuádruplo. Pero además Zaqueo está dispuesto a repartir entre los pobres la mitad de su hacienda. Si se examina con atención las cifras en juego, veremos que no le iba a quedar nada o, en el mejor de los casos, muy poco.

Esta es una obra de amor superior a sus fuer­zas naturales; pero le fue posible hacerla porque fue Cristo quien lo habilitó a ella dándole la salvación como un don gratuito. Zaqueo, por su parte, se abre a este don y responde desde su libertad ya que siempre: «la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre»[3]. Esto es lo que comenta Jesús a modo de corolario: «Hoy ha llegado la salva­ción a esta casa… porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». La salvación es un don de Dios absolutamente inalcanzable por el propio esfuerzo del hombre «perdido»; pero Dios lo da a quien pone todo lo que está de su parte, aunque siempre es mínimo en comparación con el don de Dios. En este caso, Zaqueo puso lo suyo: correr como un niño y subirse a un árbol. Si él hubiera rehusado hacer esta acción humilde, todo se habría frustrado y hoy día no estaríamos leyendo esta hermosa página del Evangelio.

«Señor, que amas la vida»

El libro de la Sabiduría de Salomón apareció en el siglo I a.C. y fue escrito probablemente en Alejandría. Puede ser considerado el libro más helenístico de todos los libros sapiensales y su fin era alejar de la idolatría a los judíos en Egipto, demostrando que la sabiduría de Dios supera ampliamente a la pagana. La omnipotencia de Dios, sola, no explica adecuadamente la creación, entra también el deseo amoroso de crear y conservar todo por amor.

«Señor, que amas la vida» (Sb 11,26): ésta es quizás una de las afirmaciones más consoladoras de la Sagrada Escritura.  Sabemos, en efecto, que Dios es todopoderoso, eterno y omnisciente. Pero ¿qué sería de nosotros si con todo esto fuera malo y cruel? Más San Juan nos dice que «Dios es amor» (ver 1Jn 4,8) y San Pablo no se cansa de destacar el inmenso amor que nos tiene (ver Filp 3,21) y esa infinita bondad lo llevó a dar su Hijo único por nosotros (ver Jn 3,16) para hacernos hijos en el Hijo.

Santo Tomás formula el mismo pensamiento diciendo que Dios está más dispuesto a darnos que nosotros a recibir. Esta Buena Nueva de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no la hubiese revelado. En ella reside nuestra plena alegría, esperanza y reconciliación; porque el hombre que no se sabe amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo.

Una palabra del Santo Padre:

«En el caso de Zaqueo vemos cómo Cristo disipa las tinieblas de la conciencia humana. A su luz se ensanchan los horizontes de la existencia: la persona comienza a darse cuenta de los demás hombres y de sus necesidades. Nace el sentido de la relación con los demás, la conciencia de la dimensión social del hombre y, en consecuencia, el sentido de la justicia.

San Pablo enseña: “El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5, 9). La atención a los demás hombres, al prójimo, constituye uno de los principales frutos de una conversión sincera. El hombre sale de su egoísmo, deja de vivir para sí mismo, y se orienta hacia los demás; siente la necesidad de vivir para los demás, de vivir para los hermanos.

Ese ensanchamiento del corazón como fruto del encuentro con Cristo es la prenda de la salvación, como lo demuestra el desenlace del diálogo con Zaqueo: “Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa (…), pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 9-10). Esa descripción que nos hace san Lucas del evento que tuvo lugar en Jericó resulta muy actual también aquí hoy. Y nos renueva la exhortación de Cristo, a quien “hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención” (1 Co 1, 30). Al igual que en aquella ocasión frente a Zaqueo, también hoy Cristo se presenta ante el hombre de nuestro siglo, y a cada uno le hace su propuesta: “Conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19, 5).

Queridos hermanos y hermanas, ese “hoy” es muy importante. Constituye una especie de estímulo. En la vida hay asuntos tan importantes y urgentes que no pueden dejarse para el día de mañana. Deben afrontarse ya “hoy”. El salmista exclama: “Ojalá escuchéis hoy su voz: “no endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95, 8). “El clamor de los pobres” (cf. Jb 34, 28) de todo el mundo se eleva sin cesar de esta tierra y llega hasta Dios. Es el grito de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de los prófugos, de los que han sufrido injusticias, de las víctimas de la guerra, de los desempleados.

Los pobres están también entre nosotros: los que no tienen hogar, los mendigos, los que sufren hambre, los despreciados, los olvidados por sus seres más queridos y por la sociedad, los degradados y los humillados, las víctimas de diversos vicios. Muchos de ellos intentan incluso ocultar su miseria humana, pero es preciso saberlos reconocer.

También son pobres las personas que sufren en los hospitales, los niños huérfanos o los jóvenes que tienen dificultades y atraviesan los problemas propios de su edad. “Existen situaciones de miseria permanente que deben sacudir la conciencia del cristiano y llamar su atención sobre el deber de afrontarlas con urgencia, tanto de manera personal como comunitaria. (…) También hoy tenemos ante nosotros grandes espacios en los que ha de hacerse presente la caridad de Dios a través de la actuación de los cristianos”.

Así pues, el “hoy” de Cristo debería resonar con toda su fuerza en cada corazón y hacerlo sensible para realizar obras de misericordia. “El clamor y el grito de los pobres» nos exige una respuesta concreta y generosa. Exige estar disponibles para servir al prójimo. Es una exhortación de Cristo. Es una llamada que Cristo nos hace constantemente, aunque a cada uno de forma diversa. En efecto, en varios lugares el hombre sufre y llama a sus hermanos. Necesita su presencia y su ayuda. ¡Cuán importante es esta presencia del corazón humano y de la solidaridad humana!»

Juan Pablo II. Homilía en Elk, Polonia. Martes 8 junio de 1999

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Comentando este pasaje nos dice Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa». ¿Qué estoy dispuesto a dejar para recibir a Jesús en mi casa?

2. Leamos y meditemos el salmo responsorial de este Domingo: Salmo 145 (144).

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1996- 2005.


[1] Sicómoro. Planta de la familia de las Moráceas, que es una higuera propia de Egipto, con hojas algo parecidas a las del moral, fruto pequeño, de color blanco amarillento, y madera incorruptible, que usaban los antiguos egipcios para las cajas donde encerraban las momias.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 2001.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 2002.

El Papa nombró un nuevo obispo para la diócesis de Oberá

Posted: October 26th, 2010, by Matoga

Buenos Aires, 26 oct. 2010 (AICA): El Santo Padre, Benedicto XVI, nombró obispo de la diócesis de Oberá, en la provincia de Misiones, a monseñor Damián Santiago Bitar, de 47 años, actualmente obispo auxiliar de San Justo. La diócesis de Oberá había quedado vacante el 17 de mayo de 2010, por la muerte, en un accidente carretero, de monseñor Víctor Selvino Arenhardt, primer obispo de la flamante diócesis misionera.

La información del nombramiento fue dada esta mañana por el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, a través de la agencia AICA, en simultáneo con la publicación en Roma.

Actualmente la diócesis de Oberá está gobernada pastoralmente por el arzobispo de Corrientes y metropolitano de Oberá, monseñor Andrés Stanovnik OFMCap, en carácter de Administrador Apostólico, quien continuará hasta la asunción del nuevo obispo.

Mons. Damián Santiago Bitar, obispo electo de Oberá
Nació el 12 de febrero de 1963 en la localidad de Arroyo Cabral, en los alrededores de Villa María, provincia de Córdoba. Allí cursó sus estudios primarios en la escuela Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield y los secundarios en el Instituto Comercial “San José” (parroquial). Es el cuarto de cinco hermanos.

En 1981 ingresó en el Seminario Mayor de Córdoba “Nuestra Señora de Loreto”. Fue ordenado presbítero el 13 de diciembre de 1987, por el entonces obispo de Villa María, monseñor Alfredo Guillermo Disandro.

Durante sus 21 años de ministerio sacerdotal en la diócesis de Villa María, fue párroco de Nuestra Señora de Lourdes y de la Sagrada Familia, ambas en la ciudad de Villa María; del Sagrado Corazón de Jesús, en la localidad de Monte Buey, y administrador parroquial del Inmaculado Corazón de María, de Pozo del Molle, y de Santa Teresa de Jesús, de La Playosa.

Fue asesor del Consejo Diocesano de Jóvenes de Acción Católica, de la Junta Diocesana de Religiosos, y director de la Obra de las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas.

En 1996 monseñor Alfredo Disandro lo nombró vicario general de la diócesis, oficio en el que fue confirmado por monseñor Roberto Rodríguez, sucesor de monseñor Disandro, y posteriormente por el actual obispo, monseñor José Ángel Rovai.

Entre los años 2000 y mediados de 2008 se desempeñó como ecónomo diocesano. Junto con el cargo de vicario general colaboraba con el párroco de San José, de Arroyo Cabral, en la atención de la capilla Nuestra Señora del Rosario, de la localidad de La Palestina.

En julio de 2006, a raíz del traslado del obispo de Villa María, monseñor Roberto Rodríguez, a la diócesis de La Rioja, fue elegido administrador diocesano, cargo con el que gobernó pastoralmente la diócesis de Villa María hasta la llegada del nuevo obispo, monseñor José Ángel Rovai.

El 4 de octubre de 2008 el papa Benedicto XVI lo nombró obispo titular de Torre de Tamalleno y auxiliar de San Justo.

Fue ordenado obispo el 8 de diciembre de 2008 en la catedral de la Inmaculada Concepción de Villa María por monseñor José Ángel Rovai, obispo de Villa María, actuando como co-consagrantes los obispos Baldomero Carlos Martini, de San Justo, Roberto Rodríguez, de La Rioja y Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba.

La diócesis de Oberá
La diócesis de Oberá es la más nueva de las circunscripciones eclesiásticas de la Argentina. Fue creada por Benedicto XVI el 12 de junio de 2009. Su territorio se extiende a lo largo del río Uruguay que la limita con el Brasil, y comprende, en la provincia de Misiones, los departamentos de Cainguás, Oberá, San Javier y 25 de Mayo, desmembrados de la diócesis de Posadas, y el departamento Guaraní, desmembrado de la diócesis de Puerto Iguazú. Tiene una superficie total de 8.717 Km2, de los cuales 6.780 fueron segregados de la diócesis de Posadas, y 2.342 de la diócesis de Puerto Iguazú.

Tiene una población (según el censo de 2001) de 268.946 habitantes, de los cuales 201.709 (el 75%) son católicos.

La diócesis de Oberá cuenta con 15 parroquias (11 que pertenecían a la diócesis de Posadas y 4 a la de Puerto Iguazú), dos parroquias de rito bizantino ucranio, 344 capillas y otros lugares de culto, 27 sacerdotes (10 diocesanos y 17 religiosos), 15 diáconos permanentes, 2 institutos religiosos masculinos, 5 institutos religiosos femeninos con 16 religiosas, un instituto secular con 10 miembros, 10 centros educativos (3 de enseñanza primaria y 7 de secundaria), 2 asilos de ancianos y uno para discapacitados.+

Proceso de beatificación de Juan Pablo II “ha sido acelerado”, dice Presidente de Polonia

Posted: October 21st, 2010, by Matoga

ROMA, 20 Oct. 10 / 07:36 pm (ACI) Tras ser recibido el pasado sábado por el Papa Benedicto XVI, el Presidente de Polonia, Bronislaw Komorowski, señaló que uno de los temas de conversación fue el del proceso de beatificación del recordado Juan Pablo II. “Las últimas señales nos hacen entender que este proceso últimamente ha sido acelerado“, indicó.

Según señala el diario La Stampa, el mandatario comentó que el tema de la beatificación del Papa polaco fue uno de los asuntos tratados con Benedicto XVI: “sí, obviamente, y también porque mañana (el domingo 17) participaremos en el Vaticano de la canonización del beato polaco Stanislao Kazimierczyk, y naturalmente hemos hablado de la de Juan Pablo II”.

Con el Papa Benedicto XVI, continuó, “hemos expresado la esperanza para que siga bien el proceso y las últimas señales nos hacen entender que este proceso últimamente ha sido acelerado”

En el diálogo con el Santo Padre, el Presidente Komorowski también le expuso los procesos de reconciliación con Alemania y Rusia; y explicó que renovó su invitación al Papa Benedicto XVI para que visite Polonia, país que ya visitó en mayo de 2006.

La diócesis celebrará tres ordenaciones diaconales

Posted: October 21st, 2010, by Matoga

Eclesia.info Tres jóvenes acólitos del Seminario Diocesano “De la Santa Cruz” serán ordenados diáconos por el obispo Jorge Lugones, mediante la imposición de manos y la oración consecratoria, y darán así un paso más en sus caminos al sacerdocio.

El 31 de octubre recibirán el sacramento del Orden Sagrado en el grado del Diaconado: Daniel Martín Bustamante (“Aquí estoy… Parte y comparte tu pan…”, Sal 40, 8; cf. Is 58,7), Andrés Vallejos (Para mí la vida es Cristo”, Flp 1, 21), y Federico Piserchia (“Sé en quién he puesto mi confianza” 2 Tm 1, 12b). (foto, de izq. a der.).

La celebración se desarrollará en el gimnasio del colegio Santa Inés (Av. Hipólito Yrigoyen 11660, Turdera), y tendrá tres momentos: a las 14:45 se inicia una “Hora Santa Juvenil”, luego desde las 16 será la misa de ordenación y finalmente habrá un compartir fraterno.

Mirá el video promocional del evento:

Tres americanos en lista de 24 nuevos cardenales que serán creados por el Papa Benedicto XVI

Posted: October 20th, 2010, by Matoga

ACI) Al final de la Audiencia General de hoy el Papa Benedicto XVI anunció los nombres de los 24 nuevos cardenales que serán creados en el próximo Consistorio del 20 de noviembre, víspera de la Solemnidad de Cristo Rey. Además de diversos miembros de la curia vaticana, tres africanos, tres europeos y uno asiático, el Santo Padre ha escogido a tres Obispos de América.

El Papa explicó que “los cardenales, tienen la tarea de ayudar al sucesor del apóstol Pedro en el cumplimiento de su misión de principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión en la Iglesia“.

La siguiente es la lista:

Arzobispo Raúl Eduardo Vela Chiriboga, Emérito Quito (Ecuador); Arzobispo Donald William Wuerl, de Washington (Estados Unidos); y el Arzobispo Raymundo Damasceno Assis, de Aparecida (Brasil).

Los miembros de la curia vaticana son los siguientes: Arzobispo Angelo Amato, S.D.B., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos; Arzobispo Robert Sarah, Presidente del Pontificio Consejo “Cor Unum”; Arzobispo Francesco Monterisi, Arcipreste de la Basílica de San Pablo Extramuros; Arzobispo Fortunato Baldelli, Penitenciario Mayor; Arzobispo Raymond Leo Burke, Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; Arzobispo Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos; Arzobispo Paolo Sardi, Vice camerlengo de la Santa Iglesia Romana; Arzobispo Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero; Arzobispo Velasio De Paolis, C.S., Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede y Delegado Pontificio para los Legionarios de Cristo; y el Arzobispo Gianfranco Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura.

Los obispos africanos son: Su Beatitud Arzobispo Antonio Naguib, Patriarca de Alejandría de los Coptos (Egipto); Arzobispo Medardo Joseph Mazombwe, Emérito de Lusaka (Zambia); Arzobispo Laurent Monsengwo Pasinya, de Kinshasa (República Democrática del Congo).

Los obispos europeos son: Arzobispo Paolo Romeo, de Palermo (Italia); Arzobispo Kazimierz Nycz, de Varsovia (Polonia); y Arzobispo Reinhard Marx, de München und Freising (Alemania).

El nuevo cardenal asiático será el Arzobispo Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, de Colombo (Sri Lanka).

El Papa Benedicto XVI explicó que también serán elevados a la dignidad cardenalicia dos obispos y dos sacerdotes de más de 80 años, miembros no electores para un cónclave, que se han distinguido “por su generosidad y dedicación al servicio de la Iglesia”. Estos son:

Arzobispo José Manuel Estepa Llaurens, Obispo Emérito Castrense de España; Obispo Elio Sgreccia, Presidente emérito de la Pontificia Academia para la Vida; junto con los sacerdotes Mons. Walter Brandmüller, Presidente Emérito del Pontificio Comité de Ciencias Históricas (Alemania); y Mons. Domenico Bartolucci, Maestro y director emérito de la Capilla Musical Pontificia Sixtina.