Papa Francisco

Auspiciantes

Publicidad

Recién Escritos

Categorias

Facebook

Twitter

jesushttp://www.marana-tha.net Marana - Thá Ven Señor Jesús ::

Tres americanos en lista de 24 nuevos cardenales que serán creados por el Papa Benedicto XVI

Posted: October 20th, 2010, by Matoga

ACI) Al final de la Audiencia General de hoy el Papa Benedicto XVI anunció los nombres de los 24 nuevos cardenales que serán creados en el próximo Consistorio del 20 de noviembre, víspera de la Solemnidad de Cristo Rey. Además de diversos miembros de la curia vaticana, tres africanos, tres europeos y uno asiático, el Santo Padre ha escogido a tres Obispos de América.

El Papa explicó que “los cardenales, tienen la tarea de ayudar al sucesor del apóstol Pedro en el cumplimiento de su misión de principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión en la Iglesia“.

La siguiente es la lista:

Arzobispo Raúl Eduardo Vela Chiriboga, Emérito Quito (Ecuador); Arzobispo Donald William Wuerl, de Washington (Estados Unidos); y el Arzobispo Raymundo Damasceno Assis, de Aparecida (Brasil).

Los miembros de la curia vaticana son los siguientes: Arzobispo Angelo Amato, S.D.B., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos; Arzobispo Robert Sarah, Presidente del Pontificio Consejo “Cor Unum”; Arzobispo Francesco Monterisi, Arcipreste de la Basílica de San Pablo Extramuros; Arzobispo Fortunato Baldelli, Penitenciario Mayor; Arzobispo Raymond Leo Burke, Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; Arzobispo Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos; Arzobispo Paolo Sardi, Vice camerlengo de la Santa Iglesia Romana; Arzobispo Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero; Arzobispo Velasio De Paolis, C.S., Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede y Delegado Pontificio para los Legionarios de Cristo; y el Arzobispo Gianfranco Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura.

Los obispos africanos son: Su Beatitud Arzobispo Antonio Naguib, Patriarca de Alejandría de los Coptos (Egipto); Arzobispo Medardo Joseph Mazombwe, Emérito de Lusaka (Zambia); Arzobispo Laurent Monsengwo Pasinya, de Kinshasa (República Democrática del Congo).

Los obispos europeos son: Arzobispo Paolo Romeo, de Palermo (Italia); Arzobispo Kazimierz Nycz, de Varsovia (Polonia); y Arzobispo Reinhard Marx, de München und Freising (Alemania).

El nuevo cardenal asiático será el Arzobispo Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, de Colombo (Sri Lanka).

El Papa Benedicto XVI explicó que también serán elevados a la dignidad cardenalicia dos obispos y dos sacerdotes de más de 80 años, miembros no electores para un cónclave, que se han distinguido “por su generosidad y dedicación al servicio de la Iglesia”. Estos son:

Arzobispo José Manuel Estepa Llaurens, Obispo Emérito Castrense de España; Obispo Elio Sgreccia, Presidente emérito de la Pontificia Academia para la Vida; junto con los sacerdotes Mons. Walter Brandmüller, Presidente Emérito del Pontificio Comité de Ciencias Históricas (Alemania); y Mons. Domenico Bartolucci, Maestro y director emérito de la Capilla Musical Pontificia Sixtina.

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: October 20th, 2010, by Matoga

«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»

Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

«El Señor es juez, y no hay ante él acepción de personas. No hará acepción de personas

contra el pobre, pero escuchará la súplica del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano ni la de la viuda si prodiga ante él sus quejas. El que sirve al Señor como él quiere es aceptado, y su súplica llega a las nubes. La súplica del humilde atraviesa las nubes; no descansa hasta llegar a Dios, y no se retira hasta que intervenga el altísimo, reconozca el derecho de los justos y les haga justicia.»

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18

«Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación».

En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9 -14

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.”

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» (Segunda Lectura).

Dos actitudes ante Dios

La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado,  ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».

¿Quiénes eran los «fariseos»?

Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente a fines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús.

El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros).  A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.

¿Quién era un «publicano»?

Por otro lado «Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.

Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1).

Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación.

¿Qué oración fue escuchada por el Señor?

En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.

El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).

«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes»

Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo.

En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace peniten­cia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bi­en, -¡observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la sober­bia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los sober­bios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez.

Dios, el Juez justo y bueno

Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.

Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, cuanto justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja.

Una palabra del Santo Padre:

«Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera haya un hombre que ora.

Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: “Enséñanos a orar”, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del “pan de cada día”, del “perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, y al mismo tiempo de preservarnos de la “tentación” y de “librarnos del mal”?

Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos “enséñanos a orar”, pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

A través de la oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino».

Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 14 de marzo de 1979.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?

2. Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.

Mensaje Papa a la FAO por Día Mundial de la Alimentación

Posted: October 15th, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 15 OCT 2010 (VIS).-El Santo Padre ha enviado un mensaje al Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Jacques Diouf, con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Alimentación.

“El tema de la Jornada Mundial de la Alimentación de este año, “Unidos contra el Hambre” -escribe el Papa- recuerda oportunamente que todos tienen que asumir el compromiso de dar al sector agrícola la importancia adecuada. Todo el mundo -desde los individuos a las organizaciones de la sociedad civil, los Estados y las instituciones internacionales- tiene que dar prioridad a uno de los objetivos más urgentes para la familia humana: la libertad del hambre. Para ello es necesario no solamente garantizar  que haya suficientes alimentos, sino que todos tengan acceso diario a ellos. Esto significa promover todos los recursos e infraestructuras necesarios para sostener la producción y distribución a una escala suficiente para garantizar plenamente el derecho a la alimentación”.

“Si la comunidad internacional quiere estar verdaderamente “unida” contra el hambre –subraya Benedicto XVI- la pobreza debe superarse a través de un desarrollo humano auténtico, basado en la idea de la persona como una unidad de cuerpo, alma y espíritu. Hoy, sin embargo, hay una tendencia a limitar la visión del desarrollo a la de satisfacer las necesidades materiales de la persona, especialmente a través del acceso a la tecnología. Sin embargo, el verdadero desarrollo no se establece en función de lo que una persona “tiene”, sino que debe abarcar valores superiores como la fraternidad, la solidaridad y el bien común”.

“En este contexto -observa el pontífice-, la FAO tiene la tarea esencial de examinar la cuestión del hambre en el mundo a nivel institucional y proponer iniciativas particulares que involucren a sus Estados miembros para responder a la creciente demanda de alimentos. De hecho, las naciones están llamadas a dar y recibir en proporción a sus necesidades efectivas, en razón a la “urgente necesidad moral de una renovada solidaridad, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y países altamente industrializados”.

Obispos de Chile: Gracias a Dios por histórico y exitoso rescate de mineros

Posted: October 14th, 2010, by Matoga

Agradecen a todos los involucrados y compañía del Papa Benedicto XVI

SANTIAGO, 14 Oct. 10 / 09:19 am En un comunicado dado a conocer hoy, la Conferencia Episcopal de Chile dio gracias, primeramente a Dios, y a todos y cada una de las personas involucradas en este histórico acontecimiento, por haber rescatado exitosamente a los 33 trabajadores que se encontraban atrapados en la mina San José.

En el texto titulado “Junto a un pueblo agradecido al Dios de la Vida” los obispos manifiestan su “inmensa alegría” y agradecen al Señor “por el exitoso rescate de los 33 hermanos mineros que permanecieron durante 68 días atrapados en la mina San José, en la región de Atacama”, que culminó con la salid de Luis Urzúa, el jefe del equipo de trabajadores quien le “entregó el turno” al Presidente Sebastián Piñera.

El mandatario, emocionado hasta las lágrimas, con Urzúa a su costado, agradeció a Dios por haber acompañado esta operación sin precedentes, animó a los presentes a cantar el himno nacional y declaró que los mineros han dado una muestra importante de solidaridad y compañerismo que “lo hace orgulloso de ser chileno”.

Los obispos en su declaración recuerdan que durante todo este tiempo en el que los 33 hombres estuvieron dentro de la mina san José, tiempo de fe y esperanza, nos hemos unido en una plegaria permanente junto a millones de personas en todo Chile y el mundo. Agradecemos de un modo particular al Santo Padre Benedicto XVI su especial cercanía y preocupación”.

Seguidamente señalan que “al concluir esta Operación San Lorenzo”, que terminó oficialmente con la salida del último de los rescatistas, Manuel González, a las 00:32 (hora de Chile), “nos alegra ver y oír a estos hermanos mineros, a sus seres queridos, a las autoridades y a tantas personas en todo Chile, agradeciendo al Padre Dios por este regalo, por este milagro con que nos bendice. Valoramos, en este sentido, el admirable esfuerzo de técnicos, profesionales y demás trabajadores, compatriotas y extranjeros, que han contribuido a la preparación y ejecución del rescate”.

Los prelados alientan luego a seguir orando por los 33 mineros de Atacama y sus familias. Que este reencuentro con la vida sea una oportunidad para que ellos y todos nosotros valoremos lo más preciado que tenemos: la vida, la dignidad de hijos de Dios, la fe, el tesoro de la familia, el valor de un trabajo justamente recompensado y en condiciones seguras y siempre dignas”.

Finalmente los obispos señalan que “estos 33 hermanos, con su testimonio de unidad y solidaridad, también nos han unido a todos los chilenos. Su fortaleza y esperanza nos invitan a trabajar juntos, como sociedad, para ir al ‘rescate’ de tantos hermanos que sufren la pobreza y marginación, buscando hacer de Chile ‘una mesa para todos’”.

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: October 14th, 2010, by Matoga

«¿Encontrará fe sobre la tierra?»

Lectura del Éxodo 17, 8-13

«Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim. Moisés dijo a Josué: “Elígete algunos hombres, y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano”. Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte.

Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Se le cansaron las manos a Moisés, y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.»

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 3, 14 – 4,2

«Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.  Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8

«Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. “Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme.” Dijo, pues, el Señor: “Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?”»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«Jesús les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar sin desfallecer». El tema central de este Domingo lo leemos en el inicio de la lectura evangélica. La perseverancia en la oración es esencial para la vida cristiana y sin duda ya lo vemos en el Antiguo Testamento. Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de elevar las manos y el corazón a Yahveh para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (Primera Lectura). El mismo San Pablo nos recuerda la necesidad de «perseverar en lo que aprendiste y en lo que creíste» (Segunda Lectura). Así la viuda importuna de la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (Evangelio).

Se les cansaron las manos…pero perseveraron

El antiguo relato del libro del Éxodo, probablemente yahvista, representa una tradición de las tribus del sur. Está unido al relato anterior donde brota agua de la roca habiendo acampado en Refidim. Los amalecitas eran un pueblo nómade que habitaba en la región de Négueb y Sinaí. Amalec, presentado, por Gn 36,12  como hijo de  Elifaz y nieto de Esaú[1], forma un pueblo muy antiguo (ver Nm 24,20). En el tiempo de los Jueces se asocian a los salteadores de Madián (ver Jue 3,13). Saúl los derrota pero desobedece el mandato del profeta Samuel de no dar muerte al rey Agar (ver 1Sam 15). David los debilita de sobremanera (ver 1Sam 27,6-9) y finalmente un remanente de ellos fue destruido en los días del rey de Judá, Ezequías (Ver 1Cr 4,42-43).

En el pasaje que leemos del Éxodo, el pueblo de Israel comandados por Josué ganan su primera victoria militar a causa de la oración perseverante de Moisés y la protección de Yahveh. Comentando este pasaje San Agustín nos dice: «Venzamos también nosotros por medio de la Cruz del Señor, que era figurada en los brazos tendidos de Moisés, a Amalec, esto es, el demonio, que enfurecido sale al camino y se nos opone negándonos el paso para la tierra de promisión».Dios revelará a Moisés que en el futuro los amalecitas sufrirán el exterminio a causa de su pecado: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (ver Ex 17, 14-16).

La justicia de Dios

Según su método habitual, Jesús propone a sus oyentes una parábola, es decir, trata de aclarar un punto de su enseñanza por medio de una comparación tomada de la vida real con el fin de enseñar la perseverancia en la oración. Se trata de un juez inicuo[2] al cual una viuda venía con insistencia a pedir que se le hiciera justicia contra su adversario. El breve texto recalca dos veces que el juez «no temía a Dios ni respetaba a los hombres»; pero al final, para que la viuda no lo molestara más y no viniera continuamente a importunarlo, decide hacerle justicia; para «sacársela de encima», como suele popularmente decirse. Todos los oyentes están obligados a reconocer: «Es verdad que ese modo de proceder del juez se da entre los hombres». La conclusión es de la más extrema evidencia que se puede imaginar: si el juez, que es injusto y a quien ni Dios ni los hombres le importan, se ve vencido por la insistencia de la viuda; ¿cómo actuará el Justo Dios con nosotros?

Pero ¿qué quiere enseñar Jesús con esto? Aquí se produce el paso de ese hecho de la vida real a una verdad revelada. Ese paso lo explica el mismo Jesús: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justi­cia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto». Es una comparación audaz que actúa por contraste. En realidad, parece haber dos temas que están como entremez­clados. El primero es el de «la justicia de Dios». El juez tramitaba a la viuda y no le hacía justicia porque era injus­to; Dios es justo y hará pronto justicia a sus elegi­dos. Este es el tema que corresponde mejor al contexto. Jesús está hablan­do de la venida del «Hijo del hom­bre» y dice: «El día en que el Hijo del hombre se manifieste, sucederá como en los días de Noé» (Lc 17,26ss). Pues bien, en esos días toda la tierra estaba corrompida y el juicio de Dios actuó por medio del diluvio, haciendo perecer a todos; pero salvó por medio del arca a sus elegidos: a Noé y su fami­lia.

«El Hijo del hombre»

El segundo tema se refiere al título de «Hijo del hombre», que Jesús usaba para hablar de sí mismo (aparece más de noventa veces en el Evangelio). Jesús toma este enigmático título de la visión del profeta Daniel: «He aquí que en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre… se le dio imperio, honor y reino… su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,13-14). Este título se lo apropia Jesús sobre todo en el contexto del juicio final, cuando Dios hará justicia. En efecto, ante el Sanedrín, el tribunal del cual Él mismo fue víctima inocente, Jesús declara: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Sin duda está aludiendo a la visión de Daniel antes mencionada. Y la conocida escena del juicio final del Evangelio de San Mateo la presenta con esas mismas imágenes: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acom­pañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las nacio­nes, y Él separará los unos de los otros como el pastor separa a las ovejas de los cabritos… E irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31­ss).

Dios hará justicia a sus elegidos. El Elegido de Dios es Jesús mismo. Él fue condenado injustamente por jueces inicuos y sometido a muerte; pero Dios lo declaró justo resucitándolo de los muertos. Es lo que dice la primera predicación cristiana: «Vosotros los matasteis, clavándolo en la cruz… pero Dios lo resucitó» (Hech 2,23-24). Los elegidos de Dios, a quienes hará justicia prontamente, son los que creen en Jesús: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).

«Cuando venga…¿encontrará fe sobre la tierra?»

Por eso la lectura de hoy concluye con la pregunta muy fuerte: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Es una pregunta que cada uno debe responder examinando su propia vida. Jesús pregunta esto porque el único obstáculo que puede frustrar la pron­titud de Dios, es que no encuentre esos elegidos a quienes dar la recompensa, porque no encuentre fe sobre la tierra. Justamente este mismo criterio lo leemos en el documento de trabajo de los obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo cuando dicen: «La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que genera pobreza en nuestros países, porque la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones…» (n. 473).

Efectivamente la verdadera respuesta ante tantas situaciones de injusticias, pobreza extrema, corrupción, terrorismo, drogas, etc.; que sufren nuestros países latinoamericanos está en la falta de coherencia entre la fe que profesamos y nuestra vida cotidiana. Esa fe que es viva y que debería darse a conocer en nuestros criterios, en nuestra conducta y en nuestras decisiones diarias. ¿Dónde podemos encontrar los criterios que necesitamos para nuestro actuar? San Pablo nos responde claramente en la Segunda Lectura.

Orar sin desfallecer

El Evangelista San Lucas en la introducción a la parábola pone de relieve la lección transmitida: «… era preciso orar siempre, sin desfalle­cer». En efecto, en la parábola y su aplicación son llamativos los términos que tienen que ver con la perseve­rancia: «durante mucho tiempo… que no venga continuamen­te a importunarme… clamando día y noche… ¿les hará esperar?». La enseñanza de la parábola, desde este punto de vista, es la perseverancia en la oración: si el juez se dejó mover por la insis­tencia, ¡cuánto más Dios escuchará a sus elegidos que claman a Él día y noche! En este caso, para ser escu­chados prontamente por Dios hay que cumplir dos condicio­nes: contarse entre los elegidos de Dios por la semejanza con su Hijo Jesucristo y clamar a Él «día y noche». Santa Teresa del Niño Jesús, en medio de las pruebas que pasaba, escribía a su hermana Inés: «Antes se cansará Dios de hacerme esperar, que yo de esperarlo» (Carta del 4 de mayo de 1890).

¿Dónde alimentar mi fe?

En la Segunda Lectura, San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la virtud». Porque la Sagrada Escritura nos da la «sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación». Esta fe se consolida, profundiza y aumenta cuando se vive de acuerdo a los criterios evangélicos que leemos en las Sagradas Escrituras.  Timoteo, el «temeroso de Dios», era hijo de padre pagano y madre judía (ver Hch 6,1), fue fiel discípulo de Pablo, compañero suyo en los viajes segundo y tercero, colaborador muy estimado (ver Flp 2, 19-23) a quien encomendó misiones muy especiales en diversas Iglesias (Ver Hch 17, 14-16; 18, 5; 1 Cor 4, 17; 2 Cor 1,19; 1Tm 3,6). Estuvo junto con Pablo en la primera cautividad y fue obispo de Éfeso.

Una palabra del Santo Padre:

« En las meditaciones que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en el hombre estos caminos: qué significan para él. El cristiano debe comprender el verdadero sentido de estos caminos, si quiere seguirlos.

Primero, pues, el camino de la oración. Digo “primero”, porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo “primero”, quiero añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico de “ayuno y limosna”. El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar, orando.

El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: “y pasó la noche orando” (Lc 6, 12); otro día, como escribe San Mateo, “ subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14, 23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22, 39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el “Padrenuestro”».

Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 14 de marzo de 1979.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Hay que orar «sin desfallecer», es decir hay que perseverar en la oración aunque parezca que no obtenemos el  resultado esperado. ¿Será que sabemos pedir lo que nos conviene? ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Soy constante en ella?

2. ¿Vivo de acuerdo a mi fe? ¿Soy coherente con la fe que profeso?¿Cuál es mi respuesta personal a la pregunta que Jesús lanza: «encontrará la fe sobre la tierra»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2566 – 2594.


[1] Esaú: hermano gemelo de Jacob pero nació  antes que él. Hijo de Isaac y Rebeca. Se hizo cazador y se preocupó tan poco de las promesas de Dios, que un día al llegar a su casa hambriento «vendió» a Jacob por un plato de lentejas su derecho de primogenitura. Cuando Isaac se enteró del ardid de Jacob para lograr su bendición, éste se marchó de casa. Esaú se asentó en la zona que queda en torno al monte Seír y se enriqueció. Cuando los dos hermanos se volvieron a encontrar, Esaú acogió calurosamente a su hermano. Esaú volvió a Seír  y fundó la nación de Edom, mientras de Jacob regresó a Canaám. Pero entre los descendientes de ambos siempre hubo constantes problemas.

[2] Inicuo, cua. (Del lat. iniqŭus). Contrario a la equidad. Malvado, injusto.

El Rosario es la oración más querida por la Madre de Dios, dice el Papa Benedicto XVI

Posted: October 11th, 2010, by Matoga

VATICANO, 10 Oct. 10 / 09:35 am (ACI) Miles de fieles y peregrinos rezaron en la Plaza de San Pedro este mediodía el Ángelus dominical con el Papa Benedicto XVI, quien desde la ventana del Palacio Apostólico recordó a los presentes la importancia del rezo del Rosario: la oración más querida por la Madre de Dios y que conduce directamente a Cristo.

El Papa, que celebró la Misa de apertura de la Asamblea Especial para el Medio Oriente del Sínodo de los Obispos, recordó que “en aquellos países, lamentablemente marcados por profundas divisiones y heridas a causa de los varios conflictos, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de unidad y de reconciliación, siguiendo el modelo de la primera comunidad de Jerusalén”.

“Esta tarea es ardua, pues los cristianos en el Medio Oriente se encuentran frequentemente soportando condiciones de vida difíciles, tanto a nivel personal como familiar y comunitario. Pero esto no debe desalentar: es justamente en este contexto en que es más necesario y urgente el mensaje de Cristo: ‘Convertíos y creed en el Evangelio’”, dijo el Papa y seguidamente invitó a todos a “rezar pidiendo a Dios una abundante efusión de los dones del Espíritu Santo”.

Seguidamente el Papa se refirió al mes de octubre como el “mes del Rosario”, en el que “se trata de una entonación espiritual dada por la memoria litúrgica de la Beata Virgen María del Rosario, que se celebra el día 7”.

Así mismo recordó que “estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús, contemplado en sus misterios de salvación: de gozo, de luz, de dolor y gloriosos”.

“El Rosario –continuó el Papa recordando al venerable Juan Pablo II– es la oración bíblica, totalmente tejida por la Sagrada Escritura. Es una oración del corazón, en la que la repetición del ‘Ave Maria’ orienta el pensamiento y el afecto hacia Cristo. Es oración que ayuda a meditar la Palabra de Dios y a asimilar la Comunión eucarística, bajo el modelo de María que custodiaba en su corazón todo aquello que Jesús hacía y decía, y su misma presencia”.

Seguidamente el Papa rezó el Ángelus, saludó a los presentes en diversos idiomas e impartió su Bendición Apostólica. En su saludo en español, el Santo Padre se dirigió de manera particular “al grupo de la Comunidad y Colegio de Madres Agustinas, de Huelva, en su quinto centenario, así como a los rapresentantes del Colegio Gabriel Taborín, de Córdoba en Argentina”.

Finalmente invitó a “todos a identificarse cada vez más con Jesucristo, a vivir de su amor, a serle fieles en todo momento, a agradecerle tantos dones como recibimos de su divina bondad y a descubrir su presencia salvadora en medio de las pruebas de la vida. Que en este mes de octubre, la invocación constante del dulce Nombre de la Virgen María, mediante el rezo del santo Rosario, sea para todos fuente de consuelo y esperanza. Feliz Domingo”.

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: October 5th, 2010, by Matoga

«Levántate y vete; tu fe te ha salvado»

Lectura del segundo libro de los Reyes 5,14-17

«Bajó, pues, y se sumergió siete veces en el Jordán, según la palabra del hombre de Dios, y su carne se tornó como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio. Se volvió al hombre de Dios, él y todo su acompañamiento, llegó, se detuvo ante él y dijo: “Ahora conozco bien que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Así pues, recibe un presente de tu siervo”. Pero él dijo: “Vive Yahveh a quien sirvo, que no lo aceptaré”; le insistió para que lo recibiera, pero no quiso. Dijo Naamán: “Ya que no, que se dé a tu siervo, de esta tierra, la carga de dos mulos, porque tu siervo ya no ofrecerá holocausto ni sacrificio a otros dioses sino a Yahveh.»

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 2, 8-13

«Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por esto todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él; si le negamos, también él nos negará;  si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19

«Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” Al verlos, les dijo: “Id y presentaos a los sacerdotes”. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: “¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” Y le dijo: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

La obediencia de la fe y la gratitud ante los dones de Dios nos ayudan a leer unitariamente los textos de este Domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de Jesús y se ponen en camino para presentarse a los sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de la lepra y sólo uno se volvió para agradecer el milagro (Evangelio). Naamán, el sirio, obedece las palabras del profeta Eliseo, a instancias de sus siervos, sumergiéndose siete veces en el Jordán, con lo que quedó curado de la lepra. En acto de gratitud promete ofrecer solamente a Yahvé holocaustos y sacrificios  (Primera Lectura). La obediencia de la fe y su gratitud ante la salvación que proviene de Jesús hacen que San Pablo termine en cadenas y tenga que sufrir no pocos padecimientos (Segunda lectura).

¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

El relato evangélico de este Domingo relata un episodio real de la vida de Jesús que refleja la conducta humana en general: sólo una de cada diez personas que han recibido un beneficio lo reconoce y agradece. Y esta conducta, lamentablemente, es aún más evidente cuando se refiere a los beneficios recibidos de parte de Dios.

Mientras Jesús iba de camino a Jerusalén, salen a su encuentro diez leprosos. Dada su condición de segregados, sólo desde una prudente distancia se atreven a gritar: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»[1]. La ley exigía que los sacerdotes certificaran la mejoría de quien había sido afecto de lepra. Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes y, por el camino, quedan curados. Viéndose curados, nueve de ellos seguramente empezaron a pensar en la restitución a sus hogares, a sus amigos, a la vida social normal, etc.; y se olvidaron que habían recibido un beneficio; no reconocieron que alguien había tenido compasión de ellos.

Uno sólo de los diez leprosos tiene la actitud justa: «Viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias». El Evangelio recalca la nacionalidad del único que volvió a dar gracias a Jesús: «Éste era un samaritano». También Jesús lo nota y pregunta: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Podemos concluir que los otros nueve leprosos eran judíos.

La gratitud y la ingratitud

¿Es real esta proporción: uno de diez? ¿Es tan común la ingratitud? La gratitud es parte de la justicia; tiene por objeto reconocer y recompensar de algún modo al bienhechor por el beneficio recibido. En este caso, el único que lo hizo, no pudiendo recompensar de otra manera, «postrándose a los pies de Jesús, le daba gracias». Conviene aquí citar un texto clásico de Santo Tomás de Aquino acerca de esta virtud: «La gratitud tiene diversos grados. El primero es que el hombre reconozca que ha recibido un beneficio; el segundo es que alabe el beneficio recibido y dé gracias por él; el tercero es que retribuya, a su debido tiempo y lugar, según sus posibilida­des. Pero, dado que lo último en la ejecución es lo primero en la decisión, el primer grado de ingratitud es que el hombre no retribuya el beneficio; el segundo es que lo disimule, como restándole valor; el tercero y más grave es que no reconozca haber recibido beneficio alguno, sea por olvido o por alguna otra razón» (Suma Teológica, II-II, q. 107, a. 2 c.).

La ingratitud es entonces una injusticia, más o menos grave, según su grado. El que sufre esta injusticia siente dolor. Muchas veces es el pago de las personas que más se ama. ¡Cuántos padres hay que sufren en silencio este dolor causado por la ingratitud de sus hijos! Pues mayor es el dolor cuanto mayor es el beneficio que no se reconoce y retribuye. Este dolor también lo sintió Jesús. Jesús no se queja de la injusticia sufrida de parte de los nueve; Él es «varón de dolores y habituado a padecer» (Is 53,3), y estaba destinado a sufrir injusticias mucho mayores. Pero, para educación nuestra, expresa su incredu­lidad por la ingratitud de los nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?».

Este es nuestro comportamiento más frecuente con Dios. De Él lo hemos recibido absolutamente todo, comenzando por el invalorable don de la vida; pero, difícilmente lo reconocemos y tanto menos le agradecemos como es debido. Un antiguo poema citado por San Pablo, dice: «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). Y en otra ocasión San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Por eso resulta ejemplar y proverbial la actitud del justo Job cuando, al verse privado de sus hijos y de todos sus bienes, reconoce: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allá retornaré. El Señor dio, el Señor quitó: ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1,21).

¡Tu fe te ha salvado!

Hemos recibido de Dios la existencia y todos nuestros bienes; pero sin duda el mayor beneficio que hemos recibido es la salvación, es decir, la posibilidad de compartir su vida divina y gozar de su eternidad feliz. Este es un don tan absolutamente gratuito que se llama precisamente «gracia». Para obtenernos este don el precio que se debió pagar fue la muerte de Cristo en la cruz. «Habéis sido rescatados no con oro o plata, sino al precio de la sangre preciosa de Cristo» (ver 1Ped 1,19). A este elevado precio se nos concedió la salvación y ella llegó a nosotros a través de la predicación del Evangelio y de los sacramentos de vida. Es justo que quienes reconocemos este beneficio de valor infinito, expresemos nuestra gratitud, «glorificando a Dios en voz alta… y dando gracias a Jesús».

Jesús no se queja por la ingratitud hacia Él, como si esperara un reconocimiento o estuviera resentido, porque no se le dio. Jesús lo lamenta por ellos, por los nueve que no volvieron «a dar gloria a Dios»; lo lamenta porque de esa manera se privaron de un don infinitamente mayor que la cura­ción de la lepra; se privaron del don de la salvación que Él quería concederles. Por eso, sólo al que volvió pudo hacerle este don: «Le dijo: ‘Levántate y vete; tu fe te ha salvado»”. Este don de la salvación, que es el único que interesa verda­deramente a Jesús, Él quería dárselo a los diez, sobre todo, a los otros nueve que eran judíos; lo pudo dar, gracias a su fe, sólo a un buen samari­tano.

La curación de Naamán

La curación del sirio Naamán es un milagro que podría haberse convertido en un asunto de política internacional ya que sirios, arameos e israelitas mantenían una paz muy inestable que podía ser aprovechada por las bandas de guerrillas para sus propios fines.  La enfermedad que vemos en este pasaje no debe de haber sido propiamente lepra: si lo fuera, el contagio lo apartaría de todo cargo público así como de acompañar al rey al templo. Se trata, sin duda, de una enfermedad crónica de la piel que, a juzgar  por 2Re 5, 27; podría ser leucodermia o vitíligo (ver Lev 13).  El asunto comienza con una ocurrencia de una criada que habían traído de Israel: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría, él le curaría la lepra» (2Re 5, 3). De ésta  sube a la señora, de ella a su marido, del marido al rey de Siria, de éste al rey de Israel, de éste al profeta.

El contrapunto lo descubrimos en el movimiento de humillación: Naamán el magnate tiene que bajar del rey al profeta, de éste a un criado, después baja al Jordán; y una vez curado y convertido, pedirá tierra para postrarse en Siria confesando a  Yahveh. La curación está expresada en dos formas: una es  «librar de»; es una forma precisa y es empleada por la criada, el rey de Siria, el rey de Israel y Naamán. La otra es «limpiar», fórmula típica del culto (ver Lev 13-16) y ésta es empleada por Eliseo, Naamán con desprecio, los criados y el narrador. La distinción es significativa: Naamán parece tomarla en sentido profano para lavarse y limpiarse no necesita ni Jordán ni profeta, lo que él quiere es curarse de una enfermedad. Eliseo subraya la visión sacra al mandar que se bañe siete veces: el río de Israel con la palabra profética devolverán la «verdadera limpieza». De hecho Naamán termina proclamando admirablemente que: «Ahora conozco bien que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

Los milagros de Jesús

La estadística narrativa de los milagros[2] de Jesús es muy amplia: unos treinta y cinco en total, de los cuales treinta se encuentran en los tres evangelistas sinópticos y cinco en Juan: La mayor parte de los milagros de Jesús son curaciones de enfermos y endemoniados, hay también de resurrecciones de muertos como el hijo de la viuda de Naim, Lázaro y la hija de Jairo; asimismo, algunos portentos sobre la naturaleza: tempestad calmada, caminar sobre las aguas, pesca milagrosa, agua convertida en vino, multiplicación de los panes. Hacer milagros no fue algo exclusivo de Jesús, si bien Él los realiza con potestad propia y no vicaria.

Pero también los apóstoles realizaron milagros a partir de la potestad delegada por Jesús a ellos. Asimismo en el Antiguo Testamento vemos, entre otros,  los impresionantes prodigios obrados por Elías y Eliseo. Los milagros no sustituyen ni sustentan nuestra fe, sino que la hacen entrar en un orden de exigencia más elevado. En el Nuevo Testamento las circunstancias y las lecciones a partir de los milagros son tan interesantes como los milagros mismos. El Evangelio de este Domingo es un claro ejemplo de esto.

¿Somos mal agradecidos?

Nosotros tenemos una forma muy especial de poder agradecerle a Dios el don de la vida eterna. Lo podemos hacer ofreciéndole en retribución algo que Él mismo ha puesto en nuestras manos: se trata de la participación en la Eucaristía dominical, que literalmente significa «acción de gracias». Pero, precisamente en ella, no participa más o menos el 10% de los católicos. Ese 10% parece escuchar la suave queja del Señor: «¿No he muerto yo en la cruz por todos? ¿El otro 90% dónde está?» Esta vez sí le debe doler nuestra ingratitud, porque el beneficio que Él nos hizo es infinito. Por eso nuestra indiferencia es ofensiva. ¡Hagamos de la misa el corazón de nuestro Domingo «día del Señor»!

Una palabra del Santo Padre:

«Aquí en Roma ha habido un poeta, Trilussa, que también quiso hablar de la fe. En una de sus poesías ha dicho: “Aquella ancianita ciega que encontré la noche que me perdí en medio del bosque, me dijo: Si no conoces el camino, te acompaño yo que lo conozco. Si tienes el valor de seguirme, te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde hay un ciprés, hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede ser… pero encuentro extraño que me pueda guiar quien no ve… Entonces la ciega me cogió de la mano y suspirando me dijo: ¡Anda!… Era la fe”.

Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa. Porque cuando se trata de la fe el gran director de escena es Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae. San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el camino de Damasco: “Pablo —le dice— no pienses en encabritarte y dar coces como caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”. Se rindió Pablo; cambió de arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los filipenses: “Aquella vez, en el camino de Damasco, Dios me aferró; desde entonces no hago sino correr tras Él para ver si soy capaz de aferrarle yo también, imitándole y amándole cada vez más”.

Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Agustín ha narrado la trayectoria de su fe; especialmente las últimas semanas fue algo terrible; al leerlo se siente cómo su alma casi se estremece y se retuerce en luchas interiores. De este lado, Dios que lo llama e insiste; y de aquél, las antiguas costumbres, «viejas amigas—escribe él— que me tiraban suavemente de mi vestido de carne y me decían: “Agustín, pero ¿cómo?, ¿Tú nos abandonas? Mira que ya no podrás hacer esto, ni podrás hacer aquello y, ¡para siempre!”». ¡Qué difícil! «Me encontraba —dice— en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: “¡Fuera, levántate, Agustín!”. Yo, en cambio, decía: “Sí, más tarde, un poquito más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí». Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Enseguida! Ésta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios.

Mi madre me solía decir cuando empecé a ser mayor: de pequeño estuviste muy enfermo; tuve que llevarte de médico en médico y pasarme en vela noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo podía contestarle: Mamá, no te creo? Claro que te creo, creo lo que me dices, y sobre todo te creo a ti. Así es en la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.

Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.

Un gran obispo francés, Dupanloup, solía decir a los rectores de seminarios: Con los futuros sacerdotes sed padres, sed madres. Esto agrada. En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino. Me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no! ; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe».

Juan Pablo I, Audiencia General. Miércoles 13 de septiembre 1978

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Somos agradecidos con los dones que Dios diariamente nos otorga gratuitamente? Pensemos con sinceridad y elevemos diariamente una oración de «acción de gracias» por todos los dones recibidos.

2. «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él, si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él », nos dice San Pablo. ¿Soy fiel a mi fe? Pidamos al Señor el don de la fidelidad a nuestras promesas bautismales de donde proviene mi fe.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 168- 175. 547-550. 1500- 1510.


[1] Los leprosos, en el antiguo Israel, eran objeto de sumo horror. Excluidos por la Ley Mosaica del trato humano, tenían la obligación de mantenerse aislados en lugares solitarios y gritar: ¡Apartaos! ¡Hay un impuro! (Lm 4,15) cuando un viandante se acercaba, sin saberlo, a sus moradas. En premio a este lúgubre grito se enviaba a su soledad algún alimento; pero fuera de esto, la sociedad no quería nada con ellos, como si fuesen desechos de la humanidad, personificaciones de la impureza misma, víctimas de la máxima cólera de Dios Yahveh. No era raro, sin embargo, que los leprosos violasen el aislamiento impuesto.

[2] Milagro viene del Latín miraculum que quiere decir extrañarse. Es un suceso que, a causa de su carácter extraordinario, manifiesta al hombre, en forma de signo externo, el amor personal de Dios. Es la suspensión temporal y verificable de las leyes de la naturaleza por directa intervención divina.

Agradecimiento y pedido de oración

Posted: October 5th, 2010, by Matoga

El grupo misionero de la parroquia, parte mañana a una nueva misión. Desde aquí los acompañamos con nuestra oración.

La siguiente es una nota que nos hacen llegar:

QUERIDOS AMIGOS EN CRISTO:

QUEREMOS AGRADECER A TODA LA COMUNIDAD DE SAGRADA FAMILIA POR LA GRAN DISPOSICIÓN QUE PERMANENTEMENTE DEMOSTRÓ COLABORANDO CON LA MISIÓN A MANTILLA, PROVINCIA DE CORRIENTES, DONDE VIAJAREMOS MAÑANA MIÉRCOLES  6 DE OCTUBRE, GRACIAS POR ACOMPAÑARNOS EN CADA MOMENTO ,Y POR ENTENDER QUE ES UN PEDACITO DE SAGRADA FAMILIA QUE MISIONA, Y ABRAZA DE LA MANO DE CRISTO A NUESTROS HERMANOS,RECEN PARA QUE CADA CORAZÓN  DESCUBRA  EN EL ROSTRO DEL HERMANO, EL ROSTRO DE JESÚS .

QUE DIOS  LOS SIGA ABRAZANDO.
SABOREANDO EL AMOR DE CRISTO,
GRUPO MISIONERO “SAGRADA FAMILIA DE NAZARETH, BANFIELD

El Card. Bergoglio pidió en Luján por una patria sin odio ni rencores

Posted: October 4th, 2010, by Matoga

Bergoglio ante los peregrinos en la misa en Luján (foto: Luján en línea)Buenos Aires, 4 Oct. 10 (AICA) “En este año comienzo del Bicentenario miramos a nuestra Madre y le expresamos nuestro deseo que es el lema, nuestro deseo hecho oración: “Madre queremos una patria para todos. Que todos tengan cabida, que no haya sobrantes, excluidos ni explotados. Que esta patria para todos nos consolide como hermanos en la herencia patriótica de nuestros mayores. Que nadie sea despreciado. Que no crezca el odio entre nosotros. Que el rencor, ese fruto amargo que mata, no eche raíces en nuestro corazón”, pidió en Luján el arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Ante una multitud de peregrinos, que pese al cansancio de caminar 58 kilómetros escuchó la misa concelebrada por los obispos de la región Buenos Aires en la Plaza Belgrano, frente a la basílica, el purpurado porteño exhortó a los jóvenes a que “nada y nadie los confunda” y los alentó a dejarse “cuidar” por la Virgen.
Tras insistir en pedirle a la Virgen “una patria renovada en la fraternidad”, convocó a repetir tres veces el lema de la de la 36 peregrinación a pie a Luján: “Madre, queremos una patria para todos”.
Texto completo de la homilía
Llegada de la “imagen cabecera”

A las 6.42, los peregrinos recibieron la “imagen cabecera” de la Virgen que salió ayer al mediodía del santuario de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, y llevaba los rosarios celeste y blanco que le colocaron dos niñas.
Los devotos que dormían en la plaza a la espera de la misa principal se despertaron ante los aplausos y la arenga de un sacerdote desde el altar.
Minutos después ingresó una bandera argentina de unos 50 metros llevada por un grupo de servidores, de un total de 5.000 que colaboró con los devotos a lo largo del camino hacia Luján, y una pancarta también de importantes dimensiones con la leyenda “María, tu mirada denuncia la injusticia del aborto”.
Salida de los peregrinos hacia la Madre

La columna principal, con la “imagen cabecera” de la Virgen, salió ayer al mediodía de la intersección de las avenidas Rivadavia y General Paz, previa bendición en el santuario de San Cayetano, en Liniers, a cargo del obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Eduardo García.
El prelado porteño hizo votos por la unidad en el país, al señalar que “es un trabajo que tenemos que realizar constantemente y la Virgen de Luján es un factor de unidad que puede ayudarnos a la tarea de construir, día a día, nuestra patria”.
“No podemos descansar ni vivir de rentas porque todos los días tenemos que hacer el esfuerzo de construir una Patria”, enfatizó para luego agregar que “en este momento en que socialmente hay tantos excluidos, tantos sobrantes, tenemos que hacer el esfuerzo de vivir como hermanos”.
Asimismo, el obispo auxiliar de Buenos Aires llamó una vez más a generar inclusión social. “Siempre es necesario mayor inclusión porque la vida va avanzando, hay muchos que van quedando en el camino”, advirtió.
El mensaje está dirigido a “todo el pueblo de Dios porque todos estamos involucrados”, indicó monseñor García al instar a todos los sectores políticos y sociales a trabajar por la inclusión del pueblo argentino. Es por esto que orientó el recado cuando señaló que “no se puede siempre tirar la pelota a la tribuna” de los gobernantes.
“Todos somos responsables de la inclusión y de la unidad, desde el lugar que nos toca trabajar. Los gobernantes deben mantenerse en su posición de gobernar y nosotros, como ciudadanos, de incluir a aquellos que necesitan formar parte de la patria”, enfatizó monseñor García.
Atención a los peregrinos

Desde la localidad de Merlo hasta Luján, los peregrinos contaron con la apoyatura sanitaria y espiritual de más de 5.000 peregrinos ubicados en unos 59 puestos a lo largo del camino.
También cooperó personal médico en 21 ambulancias de entre mediana y alta complejidad. Cinco de ellas pertenecen al ministerio de salud bonaerense y el resto a empresas privadas. También se ubicaron dos hospitales móviles del Ministerio de Salud provincial.
A través de estos puestos se pudieron encauzar las necesidades de los caminantes ante distintas situaciones que ponían en riesgo su salud.
Fueron derivados un total de 33 peregrinos a los hospitales municipales de General Rodríguez, Luján y Moreno, y a uno de los hospitales móviles provistos por el Ministerio de Salud bonaerense.
En estos casos se atendieron dos politraumatizados, cinco con problemas cardíacos, dos embarazos prematuros (uno de seis meses y otro de cuatro meses), tres menores de edad con cuadro de hipotermia, dos adultos con cuadro de hipotermia, hipertensión, tres epilepsias y tres pacientes con dolor agudo de pecho.
En tanto, que en los puestos sanitarios cientos de peregrinos fueron asistidos con cuadros de lipotimia, hipotermia, contracturas, calambres, hipertensión y ampollas en los pies.
Transmisiones radiales

Las alternativas de la Peregrinación pudieron seguirse a través de distintos medios de comunicación que, en muchos casos a través de cadenas, brindarán una programación especial. Entre ellas, la Cadena Mariana de la Fe, la Cadena Radial Virgen Gaucha, la Cadena Radial Madre de la Patria y la Cadena Diocesana de Comunicación, de San Isidro.+

Intenciones de oración del Papa para el mes de octubre

Posted: October 1st, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 30 SEP 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de octubre  es: “Para que las Universidades Católicas sean cada vez más lugares donde, gracias a la luz del Evangelio, sea posible experimentar la armónica unidad que hay entre fe y razón”.

Su intención misional es: “Para que la celebración de la Jornada Misionera Mundial sea ocasión para comprender que la tarea de anunciar a Cristo es un servicio necesario e irrenunciable que la Iglesia está llamada a desempeñar en favor de la humanidad”.

Este fin de semana es la peregrinacion a Luján:

Posted: September 29th, 2010, by Matoga

Buenos Aires,28Set. 10 (AICA) Peregrinaión a Luján 2010Con el lema “Madre, queremos una Patria para todos”, los días 2 y 3 de octubre se realizará la 36ª Peregrinación Juvenil a pie a Luján, en la que como todos los años, cientos de miles de personas, en su mayoría jóvenes, caminarán los 60 kilómetros que separan el barrio porteño de Liniers de la basílica de Nuestra Señora de Luján, en una de las manifestaciones públicas de fe más multitudinarias de la Argentina.
A las 12 del sábado partirá la imagen cabecera desde las avenidas Rivadavia y General Paz, luego de la bendición a los peregrinos en el santuario de San Cayetano, de Liniers, y a las 7 del domingo se celebrará la misa central, que estará presidida por el arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio.
La Comisión Arquidiocesana de Piedad Popular, que organiza la actividad, ultima los detalles que garantizará a los peregrinos el apoyo en materia sanitaria y de seguridad y dio a conocer el programa de la peregrinación.
Aspectos operativos
Según informaron desde la organización, contarán con el respaldo de la Dirección de Culto bonaerense, la Policía de la provincia de Buenos Aires, Defensa Civil y Emergencias Sanitarias, entre otras instituciones.

En cuanto a lo operativo, detallaron que desde la localidad de Merlo hasta Luján, serán más de 50 los puestos sanitarios distribuidos, además de 13 de apoyo y ambulancias.

Más de 5.000 servidores experimentados de distintas parroquias, colegios e instituciones confesionales junto con organismos nacionales, provinciales, de las fuerzas de seguridad y ONGs “darán lo mejor de sí para acompañar a sus hermanos peregrinos y darles ánimo a llegar en su caminata”, señala el informe.
“En un trabajo solidario y mancomunado, y bajo la premisa de respetar todos los derechos, los misioneros estarán dispuestos a orientar el camino a través de la palabra, fortalecer el cuerpo de los peregrinos con alimentos gratuitos, asistir sanitariamente a quienes lo necesiten y ofrecer momentos de reposo para que los fieles cumplan su objetivo: llegar a la casa de la Madre de la Patria, la Virgen de Luján”.
Asimismo, se están recibiendo donaciones de 200 empresas e instituciones a las que se les solicitó colaboración con insumos médicos, alimentos, caldos, agua y leche, principalmente. Aún faltan guantes descartables y alimentos dulces. Por otro lado, se pidió a los peregrinos llevar un alimento para Cáritas.
Por qué se pide por “una patria para todos”
En cuanto al lema propuesto, explicaron que “debía estar en comunión con la celebración del Bicentenario de la Argentina”, por eso “se eligió la consigna ‘Madre, queremos una Patria para todos’, significando así mayor cercanía y presencia de la Virgen de Luján para todos los argentinos”.
Por ese motivo las intenciones se centrarán en tres ejes: “Pidiendo a Nuestra Madre que nos ayude y nos ilumine para lograr una Patria inclusiva”, “Pidiendo a Nuestra Madre que nos dé fuerza a los jóvenes para comprometernos a hacer lo imposible para tener una Patria sin excluidos” y “Pidiendo a Nuestra Madre que los gobernantes observen la presencia de la juventud, que los está observando porque, como ciudadanos, tendremos en cuenta a aquellos que ejercen sus funciones para lograr una Patria para todos”.
Más información: http://www.peregrinacionlujan.org.ar, (011) 4504-6255 y peregrinacionlujan@hotmail.com.+

Mensaje del obispo de Lomas de Zamora con motivo de la Asamblea Diocesana de Laicos

Posted: September 28th, 2010, by Matoga

Asamblea Diocesana de Laicos

26 de septiembre 2010

“Ven Espíritu Santo Creador y renueva nuestras mentes”

(“Veni creator”, s. IX)

Queridos laicos:

Hemos recibido de algunas de las Áreas Pastorales lo que consideran como un aporte al tema de “la realidad diocesana”. Me limitaré a referirme solo a algunos aspectos de la misma, sabiendo que esto no es todo lo que hay, un análisis completo surgirá del diagnóstico pastoral que se nos propondrá en un futuro: “Hacia una pastoral planificada”.

Respecto al crecimiento demográfico, hay sectores de nuestra diócesis con distinto grado de crecimiento demográfico. Un ejemplo es el aumento del 100% cada 10 años que se da en el llamado segundo cordón. En dicho cordón el crecimiento poblacional es producto, entre otras cosas- del déficit habitacional y de habitabilidad, con multiplicación de asentamientos sin ninguna infraestructura básica, motivado por la migración de países limítrofes y de las provincias del interior de nuestro país, cercano a las vías de comunicación del trabajo informal, saturando las estructuras socio sanitarias (salud-educación-servicios-seguridad) generando un desajuste tanto en el Estado, como en las empresas de servicios, que no llegan a tener un desarrollo y crecimiento planificado y ordenado, haciéndose casi imposible un correcto saneamiento del medio, con todos los traumas que ello conlleva.

Por otra parte, el llamado tercer cordón nos sorprende con la instalación creciente de barrios privados-cerrados, y la consecuente parafernalia de los shoppings y demás estrategias comerciales.

Desde lo social-pastoral surge el desafío del acompañamiento de la Iglesia como parte de la sociedad: ante los excluidos y la inequidad social que genera la marginación, necesitamos fortalecer  el trabajo en conjunto, en red con todas las organizaciones sociales-culturales y religiosas del medio.

Deseamos ser artesanos del diálogo, evitando el individualismo. Notamos falta de vinculación con la gente, en especial con los jóvenes, no hay contacto con  “la calle”, es decir con la realidad social. La sociedad en su mayoría desconoce nuestra tarea.

En lo estrictamente cultual vemos una afluencia a nuestros templos céntricos de adultos mayores, con un considerable ausentismo de jóvenes. Lo opuesto se da en las periferias donde la concurrencia de niños, adolescentes y jóvenes se acrecienta.

En algunas parroquias y sus capillas están casi ausentes las expresiones del laicado organizado.

Respecto a la misión, vemos con agrado los esfuerzos con creatividad de algunas parroquias para despertar y sostener la fe de nuestra gente, desde la “religiosidad popular” hasta la formación de grupos domiciliarios de reflexión del evangelio. Por otra parte, observamos con cierta perplejidad la variedad de grupos que misionan hacia el interior del país, frente a la necesidad y urgencia que tienen amplias zonas de nuestra diócesis de ser misionadas, en el sentido estricto de la palabra, más el desafío misional de las llamadas “tribus urbanas”.

Respecto a la catequesis, reconocemos el compromiso de nuestros agentes de pastoral, pero contrasta con la dificultad para cubrir en capillas y parroquias los grupos que tienen. Analizaremos algunos puntos negativos, pues hemos expuesto algunos de los aspectos más positivos en los encuentros por vicarías.

Hay desorientación respecto al método, se aferran a lo que creen seguro pero experimentan que no es válido para suscitar y acompañar la madurez en la fe con sentido apostólico.

Las comunidades tienen dificultades para asumir una pastoral armónica, en comunión, no se sabe planificar y no se cree en el valor de la planificación. El estilo “espontáneo” y marcadamente “afectivo”,  es el que gana.

La crisis de autoridad y del entramado social (individualismo) también crea obstáculos en la Iglesia. La experiencia de una forma de vida que “desborda” con sus exigencias y que no se logra adecuar a los requerimientos de una forma de vida con tiempos y espacios más humanos, quita fuerzas y posibilidades para “estar en las cosas del Padre” y participar en grupos sociales y/o eclesiales. La inseguridad también crea obstáculos para la tarea pastoral.

Muchas veces, las diferencias entre los agentes se vuelven irreconciliables y rompen la comunión, el diálogo sincero y cercano se hace difícil.

En general no hay conciencia de la necesidad de profundización y explicitación permanente de la fe. En muchos casos la fe es un cuerpo de doctrina que una vez aprendido sólo hay que repetirlo correctamente. No se asume que la fe que se cree, se vive, se celebra y anuncia: es un Dios vivo y encarnado.

Se teme hacer una crítica objetiva a conciencia. No se sabe qué pensar de lo que se dice de la Iglesia, no hay un discernimiento personal, ni comunitario, se tiene miedo al error, por lo que tampoco se forma a los catequizandos para hacer opciones personales.

En mi visita a los colegios confesionales y algunos del Estado, me ha sorprendido el compromiso de sus docentes para con los educandos, haciéndose cargo muchas veces de situaciones límites por ausentismo de los padres. He encontrado directivos y docentes formadores, y con una sensibilidad y compromiso admirable, para la contención de niños, adolescentes y jóvenes.

Por otra parte, se constata una crisis en las comunidades educativas confesionales a nivel pedagógico, económico, organizativo, teniendo una importancia relevante la falta de proyectos educativo-pastorales y dificultades para conformar una verdadera comunidad educativa.

Tenemos un laicado que desea comprometerse pero no siempre logra plasmarlo objetivamente. Por otra parte, notamos que tanto las cofradías, asociaciones, movimientos, han quedado como aletargados en el tiempo, ¿Tal vez tienen que ver con las denominadas “estructuras caducas”?. Otros han preferido abroquelarse en sus métodos y glorias de tiempos pretéritos. No han podido adaptarse a “tiempos lugares y personas”.

Se habla de “estructuras caducas” pero no han surgido estructuras que suplanten las anteriores. No se encuentra un espacio de coordinación general de las estructuras (léase pastorales, Departamentos, Secretariados, Consejos…) que encuadre y oriente la línea  del horizonte a donde vamos. Hemos destinado, por la crisis,  los recursos humanos a la atención pastoral de las parroquias, y nos hemos quedado sin un equipo de laicos que puedan pensar en iluminar las realidades temporales e influir en la toma de decisiones culturales.

No hay nadie que atienda las organizaciones laicales no eclesiales. Se desconoce la fuerza creciente del tercer sector (Organizaciones No Gubernamentales). No hay una decisión firme de capacitarnos en atender esa nueva realidad.

Nuestra diócesis tiene cerca de 35 instituciones y movimientos. Unos 10 (aproximadamente) con presencia diocesana y otros que son sólo expresión de alguna comunidad. Los miembros que participan son cada vez menos, y es en los grupos de jóvenes, donde en los últimos 10 años, se ha evidenciado más la disminución numérica.

Una gran parte de la dirigencia esta tomando conciencia de la crisis que nos impide llegar al hombre de hoy. Pareciera un punto positivo, ya que permite ponerse a pensar en nuevos caminos y expresiones…

Nuestras estructuras militantes no se observan asimismo como vectores del cambio social, ni asumen “la política” como estrategia de cambio y gestión de lo público.

Notamos esfuerzos en la línea de la “conversión pastoral” que promete un aire renovado, como un viento fresco después de un tiempo tórrido, que nos cambie el aire, un tanto enrarecido por la inercia, ante los tiempos tan cambiantes.

Pese a lo negativo que puedan parecer algunos aspectos de nuestra realidad diocesana, ella, como laicos en la sociedad, nos plantea el desafío fundamental: frente al individualismo y la generalizada ruptura de los vínculos, esta asamblea se nos ofrece como una oportunidad para dar respuesta a esta realidad.

El obispo confía en la apertura de ustedes queridos laicos y desea acompañarlos; lo expreso con las palabras de San Agustín: “No les pido que pongan su esperanza en mí, sino que pongan su esperanza en Dios conmigo”.

Un tema que nos urge son los adolescentes y jóvenes: hay que tener mucha paciencia con el joven que, desde muchos puntos de vista, puede tener rotas las estructuras y ser incapaz de dar un sí definitivo. Vive en un mundo demasiado existencialista. Pero si encuentra alguien que le sea fiel, descubrirá poco a poco lo que es la fidelidad y entonces se podrá comprometer .

En este último tiempo la Iglesia ha sentido la necesidad de exhortar a los laicos a comprometerse en la construcción de la ciudad temporal. Se hace urgente una presencia más directa y específica del laico cristiano, en la sociedad, para la promoción de la persona y del bien común.

El desajuste entre el poder público –local, regional, nacional- y la sociedad, es preocupante. La gente no se siente interpretada ni representada.

La crisis de las instituciones viene de lejos: es crisis de sentido, de proyectos que no tienen prospectiva de país.

El laico es quien, formando parte de este pueblo fiel de Dios, está inmerso en el mundo, pero sin ser del mundo.

La vocación específica de ustedes consiste en manifestar a Cristo en sus vidas e introducir el Evangelio, como una levadura, en la realidad del mundo en que viven y trabajan.

A los laicos les corresponde ordenar las realidades temporales según la voluntad de Dios, en el vasto campo de la cultura, de la vida económica y social y de la acción política.

Pertenencia implica sentirnos parte, no sólo geográficamente, sino de una comunidad, de un pueblo peregrino que es la Iglesia, constituido por todos los bautizados, llamados a la santidad.

La eficacia “social” de la acción del laico en el mundo está, ante todo, condicionada por su santidad. La cual no consiste en una piedad sentimental o en la realización de algunas prácticas religiosas, sino que depende de una fe profunda y viva, de una auténtica esperanza cristiana y de una caridad que sea capaz de hacer comprender “desde adentro” los problemas de la sociedad, que ayude a resolverlos según la justicia y que alimente la generosidad indispensable para que el amor al prójimo se transforme en obras concretas dirigidas a transformar la sociedad respetando a cada hombre .

La santidad del cristiano significa capacidad de vivir la vida de la gracia, de modo que la sociedad vea la “bondad” de sus obras; esto es el espíritu, el empeño, el esfuerzo, su sensibilidad para afrontar los problemas, y así dar gloria al Padre que está en los Cielos.

Les pido que abran el corazón y las comunidades a otros laicos, que no les hagan “pagar derecho de piso”, que sean fraternos y cercanos, mostraremos así al mundo un “rostro de Iglesia local”: creíble por su cercanía, abierta por su hospitalidad y testimonial, por su espíritu de sacrificio.

Quiero agradecer de corazón la presencia de ustedes que han dejado hoy personas y cosas importantes, para que esta Asamblea Diocesana de Laicos sea fructífera, nos ayude a la reflexión, nos anime a la acción y nos confirme en la fe de una comunidad, que desea anunciar y vivir el Evangelio, en medio de las luces y sombras de nuestra compleja realidad.

Que Nuestra Señora Reina de La Paz los cuide.

Mons. Jorge Lugones sj

Vanier J., La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta.

Villalba L. “El laico y su responsabilidad en el mundo temporal”. Encuentro Interdiocesano de ACA. Tucumán. 2005

Pido una oración…

Posted: September 27th, 2010, by Matoga

[…]

buenas y malas son
cosas que vivo hoy
no es ésta tierra, no
sueño color azul
¿no es quizás que no se mirar?
¿Cuánto, cuánto hay a mi alrededor?
Más de lo que mis ojos pueden mirar
y llegar a ver
estas son razones que dicen que:
sólo sé
que sé querer
y que tengo Dios
y tengo fe
y que doy amor
y puedo ser
sé que en algún lugar
alguien me espera hoy
se que ahora tengo yo
alguien a quien buscar
¿No es quizás que ahora sé mirar?
¿Cuánto, cuánto hay a mi alrededor?
Más de lo que mis ojos pueden mirar
y llegar a ver
estas son razones que dicen que:
sólo sé
que sé querer
y que tengo Dios
y tengo fe
y que doy amor
y puedo ser

Fragmento Libros sapienciales – Vox Dei

Ejercicios espirituales para laicos comprometidos

Posted: September 22nd, 2010, by Matoga

Mons. Jorge Lugones, obispo de Lomas de ZamoraLomas de Zamora (Buenos Aires), 22 Set. 10 (AICA) El próximo sábado 25 de septiembre de 9 a 13 se realizarán ejercicios espirituales para laicos con compromiso social, político, sindical y empresarial, predicados por el obispo de Lomas de Zamora, monseñor Jorge Rubén Lugones, S.J.

Organizado por la Comisión Diocesana de Pastoral Social y Cáritas Diocesana, el encuentro tendrá lugar en el Instituto Tecnológico San Bonifacio (Sirito 370, Lomas de Zamora).

Será un espacio de reflexión a la luz de la doctrina social de la Iglesia y servirá como base para que los distintos referentes laicos iluminen sus realidades específicas.
Asimismo, se informó que se está organizando una nueva edición de la Semana Social de Lomas de Zamora, que se realizará del 22 al 27 de noviembre.
Más información: pastoral.social_lz@yahoo.com.ar.+

Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: September 20th, 2010, by Matoga

«Tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»

Lectura del libro del profeta Amós 6,1a. 4-7

«¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión, y de los confiados en la montaña de Samaria! Acostados en camas de marfil, arrellenados en sus lechos, comen corderos del rebaño y becerros sacados del establo,  canturrean al son del arpa, se inventan, como David, instrumentos de música, beben vino en anchas copas, con los mejores aceites se ungen, mas no se afligen por el desastre de José. Por eso, ahora van a ir al cautiverio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas.»

Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo 6,11-16

«Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos.

Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,19-31

«”Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. “Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.”

Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.”

“Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” El dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.” Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Tiempo y eternidad; recompensa y castigo: son como que dos antípodas que nos pueden servir para aproximarnos a los textos de este Domingo. Esto es evidente en el texto evangélico que sitúa a un rico en la bonanza temporal y a Lázaro sufriendo desgracias en este mundo. También vemos en la Primera Lectura a los ricos samaritanos que viven en orgías y lujo, seguros de sí mismos y olvidan así «el desastre de José». ¿Cómo ganar la vida eterna? San Pablo nos hablará de cómo la fe exige vivir el buen combate en Cristo Jesús para así ganar la vida eterna (Segunda Lectura).

Parábola del  rico derrochador y del  pobre Lázaro

En el Evangelio de este Domingo Jesús propone una parábola para enseñar de manera viva y radical algunas verdades que resultan incómodas al mundo moderno y que nues­tra sociedad de consumo no quiere de ninguna manera oír. Pero, oigan o no oigan, la palabra de Jesús es la verdad: el cielo y la tierra pasa­rán pero sus palabras no dejarán de cum­plirse. Se trata de la parábola del pobre Lázaro y del rico derrochador. Su finalidad es precisamente enseñar qué es lo que ocurrirá a quien, gozando de manera egoísta sus rique­zas, no quiera escuchar la palabra que es Verdad y Vida.

La parábola presenta tres cuadros sucesivos. Primero la situación del rico y del pobre Lázaro; luego vemos la escena de ambos después de la muerte; finalmente el diálogo del rico con Abrahán pidiendo clemencia por sus cinco hermanos. El rico, sin nombre en la parábola, es conocido comúnmente con el nombre funcional de «Epulón» que proviene de la raíz latina «epulae» que quiere decir comida, banquete, festín y aplicándola al personaje podemos entenderla como comilón o sibarita. El pobre de la parábola se llama «Lazaro». Nombre que proviene del hebreo «Eleazar» o «Eliezer» que significa «Dios ayuda». Es la única vez que aparece un nombre propio en una parábola de Jesús.

La escena sobre esta tierra presenta a los actores con rasgos incisivos: «había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas; y uno pobre, llamado Lázaro, que echado junto a su puerta, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico». En esta tierra el contraste entre uno y otro es total. Esta situación se da hoy: se da entre individuos, entre grupos, entre países. ¡No es una situa­ción irreal! El rico se divierte, goza con los gustos que le proporcionan sus riquezas, es totalmente insensi­ble a las necesidades de los pobres, para él es como si no existieran. Vive como que encerrado en una burbuja alienado a la realidad de la pobreza. Es una descripción de nuestra sociedad de consumo, donde la ley suprema es la comodidad, el placer y el afán de “pasarlo bien” sin preocuparse de nada más.

Pero sucede que «un día el pobre murió… y murió también el rico». Finalmente hay plena igualdad. La muerte es una ley pareja e imperturbable, afecta a todos por igual. El rico puede hacer­lo todo con sus riquezas, pero no puede escapar a la muerte. Y entonces comienza la segunda escena de la parábola, que se introduce así: «el pobre fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; el rico fue sepultado». El seno de Abra­ham es el símbolo de la felicidad, allí podemos imaginar a Lázaro finalmente son­riendo. En cambio, el rico fue a dar al hades, lugar de tormentos.  Aunque un abismo infranqueable los separa el rico puede ver al pobre. Ahora, el rico se contenta con muy poco: «Gri­tando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». La situación de ambos se ha invertido. Es lo que hace notar Abraham: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado». Esta nueva situación en que cada uno se encuentra, es eterna.

La eternidad y la libertad

La palabra «eter­nidad» debe­ría darnos vértigo. Nunca acabaremos de compren­der su inmensidad. La eternidad del destino del hombre pone en evidencia la dimensión de esta otra palabra: libertad. La libertad del hombre signifi­ca que tiene en sus manos la responsabilidad de su destino eterno. En esta breve vida nos jugamos la vida eterna. El diálogo entre el rico y Abraham expresa la irreversibili­dad de esa situación final: «Entre nosotros y vosotros se inter­pone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros». ¡No es posible ni siquiera recibir una gota de agua en los labios resecos! Hasta aquí la parábola ha enseñado la responsabilidad en el uso de los bienes de esta tierra. La tierra con todos sus bienes fueron creados para todos los hombres y nadie puede banquetear y consumir cosas lujosas o super­fluas mientras haya quien carece de lo necesario. La parábola enseña el destino que le espera después de la muerte al que hace aquello.

Pero la parábola agrega una tercera parte, y ésta es un aviso para nosotros que toda­vía estamos sobre esta tierra y que tal vez no pensamos en estas cosas. En un gesto imposible en un condenado, el rico suplica a Abraham: «Te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham contesta, con razón, que ya tienen quien les advierta: «Tienen a Moisés y los profetas, que los oigan».

«¡Ay de aquellos que se sienten seguros y confiados!»

Los escritos proféticos ya nos hablan sobre estas verdades. Bastaría repasar la Primera Lectura de este Domingo, tomada del profeta Amós: «Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… acosta­dos en camas de marfil… beben vino en anchas copas… irán al exilio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas» (Amós 6,1.4-6).La denuncia del profeta Amós se dirige contra el sibaritismo de los habitantes de Samaría[1] que no les interesa más «el destino de José», es decir el fin eminente del Reino de Israel. Su denuncia es contundente: «se acabó la orgía de los disolutos». Iréis al destierro bajo los asirios, encabezando la caravana de cautivos.

Hecho que sucedió treinta años después de haberlo anunciado. Escuchar la Palabra de Dios y abandonar las falsas seguridades que ofrece los bienes materiales es una de las lecciones de la parábola de este Domingo. Notemos que pobreza y riqueza no son conceptos meramente cuantitativos; pesa sobretodo la actitud de apego o desapego de lo que uno tiene. El hombre que pone su confianza y seguridad en Dios es aquel que escucha y vive de acuerdo a plan espiritual que traza San Pablo en la Segunda Lectura. Es el anverso a la «orgía de los sibaritas».

La exhortación de San Pablo a su querido discípulo Timoteo es valedera para todo cristiano: «practica la justicia, la piedad, la fe. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…Guarda el mandamiento sin mancha y sin reproche». El «mandamiento» se refiere a todo el depósito de la fe confiado a Timoteo para su anuncio y testimonio. Precisamente a continuación del texto que hemos leído viene una exhortación dirigida a los cristianos ricos que hubiera casado perfectamente como comentario de nuestras lecturas dominicales: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19).

Finalmente…ni aunque resucite un muerto

Volvamos a la lectura del Evangelio. Ante la respuesta dada por Abraham, el rico sabe que, lamentablemente, esto no va a impresionar a sus hermanos y por eso insiste: «No, padre Abraham, sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán». Sigue la sentencia conclusiva de Abraham: «Si no oyen a Moisés y a los profe­tas, no se convertirán aunque resucite un muer­to». Nosotros no sólo tenemos a Moisés y a los profetas, que ciertamente haríamos bien en escucharlos, sino que tenemos la enseñan­za del Hijo de Dios mismo: «en estos últimos tiempos Dios nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,2).Por eso más eficaz que todos los proyectos -ciertamente necesarios- que se puedan desarrollar en nuestro país para «superar la pobreza» sería que cada uno, antes de hacer un gasto superfluo y lujoso, se senta­ra a leer antes esta parábola atentamente. Si esto no surte efecto, para inducir a una vida más fraterna, solida­ria y reconciliada; no hay más que hacer ya lamentablemente «no se convence­rán ni aunque resucite un muerto».

Una palabra del Santo Padre:

«Ante la miseria del proletariado decía León XIII: «Afrontamos con confianza este argumento y con pleno derecho por parte nuestra… Nos parecería faltar al deber de nuestro oficio si callásemos». En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado repetidas veces su pensamiento, siguiendo de cerca la continua evolución de la cuestión social, y esto no lo ha hecho ciertamente para recuperar privilegios del pasado o para imponer su propia concepción. Su única finalidad ha sido la atención y la responsabilidad hacia el hombre, confiado a ella por Cristo mismo, hacia este hombre, que, como el Concilio Vaticano II recuerda, es la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la cual tiene su proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna.

No se trata del hombre abstracto, sino del hombre real, concreto e histórico: se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la redención, y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a través de este misterio. De ahí se sigue que la Iglesia no puede abandonar al hombre, y que «este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión…, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la encarnación y de la redención». Es esto, y solamente esto, lo que inspira la doctrina social de la Iglesia».

Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus, 53.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos dice San Juan Crisóstomo que Abrahán aparece junto a Lázaro porque había sido hospitalario con unos simples peregrinos y hasta los hizo entrar en su tienda. Por ello recibió la bendición de Dios (ver Gn 18,15). El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. ¿Enseño a los miembros de mi familia a que sean generosos y solidarios? ¿Predico con mi ejemplo?¿De qué forma concreta?

2. En la situación concreta en que vive nuestro país, ¿por qué no colaborar activamente en alguna campaña de solidaridad? ¿Participo en algún tipo de voluntariado? El que busca, encuentra…

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2419- 2425. 2443-2449.


[1] Samaría: capital del Reino de Israel que fue saqueada por los Asirios. Amós se mostró un intrépido defensor de la Ley de Dios especialmente en su lucha contra el culto al becerro de oro adorado en Betel, santuario del reino de Israel (Norte). Perseguido por Amacías, sacerdote de aquel becerro, el profeta murió mártir según una tradición judía.