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Contribución de los laicos a la pastoral diocesana

Posted: September 20th, 2010, by Matoga

Encuentro de la Pastoral Social de Lomas de ZamoraLomas de Zamora (Buenos Aires), 20 Set. 10 (AICA Con el lema “Una Iglesia renovada es posible”, el domingo 26 de septiembre a partir de las 9.30 se realizará en el Colegio Santa Inés, de la localidad de Turdera (Hipólito Yrigoyen 11650), la Asamblea Diocesana de Laicos de Lomas de Zamora.

Los dirigentes laicos de las parroquias y de los movimientos e instituciones diocesanas fueron convocados a participar con el objetivo de contribuir a una pastoral diocesana planificada, que había sido propuesta en junio por el obispo y los sacerdotes.
Durante la jornada habrá exposiciones, trabajos en grupos y un momento de espiritualidad y oración a cargo de la Pastoral Biblica Diocesana, que ese día celebra el Domingo Bíblico.

Programa

La apertura estará a cargo de Fernando Latorre, director del Departamento de Laicos de la diócesis, quien hablará acerca del por qué de esta Asamblea Diocesana de Laicos y no “Asamblea del Pueblo de Dios”, y los pasos que se han ido dando, entre otras cosas.

A continuación el obispo diocesano, monseñor Jorge Lugones, se referirá a la realidad de la diócesis.

Luego habrá un momento de oración de inspiración bíblica sobre la realidad presentada, coordinada por Jorge Fazzari, de la Pastoral Bíblica Diocesana.

El encuentro continuará con una exposición del presbítero Jorge Eduardo Scheinig titulada “Otra Iglesia es posible”, referida a la pastoral urbana, modelos pastorales, conversión pastoral y desafíos a los agentes pastorales. Seguirán trabajos en grupos y la lectura de las conclusiones.

Al cierre de la Asamblea se designarán los nuevos miembros del Departamento de Laicos de la diócesis.

A las 17 se celebrará la misa de clausura presidida por monseñor Lugones.

Más información: dptodelaicoslomas@yahoo.com.ar.+

El Papa invita a la fidelidad y a no dejarse llevar por las modas

Posted: September 17th, 2010, by Matoga

Dijo en encuentro ecuménico que la fidelidad exige obediencia

LONDRES, viernes 17 de septiembre de 2010 (ZENIT.org) Benedicto XVI advirtió a los cristianos sobre una mentalidad promovida por “las modas del momento”, diciendo que la fidelidad a la palabra de Dios implica una actitud obediente para comprender más profundamente los designios de Dios.

El Papa hizo este llamado durante la celebración ecuménica que se realizó en la abadía de Westminster. Allí rezaron vísperas con la presencia Arzobispo Rowam Williams, líder de la Comunión Anglicana.

Esta fue la última actividad del segundo día del Papa en Inglaterra, luego de una apretada agenda que incluyó un discurso sobre educación, otro sobre la sociedad civil, el diálogo interreligioso, las relaciones ecuménicas y una reunión formal con el obispo Williams.

Durante las vísperas, el Papa destacó la celebración de los 100 años del movimiento ecuménico moderno, que comenzó con el llamamiento de la Conferencia de Edimburgo a la unidad cristiana. Benedicto XVI dijo que es necesario “dar gracias por los notables progresos realizados en este noble objetivo” y aseguró que “somos conscientes de lo mucho que todavía queda por hacer”.

Señaló que la proclamación cristiana y el testimonio son cada vez más importantes en un mundo marcado no sólo por el individualismo, sino que es también “indiferente o incluso hostil al mensaje cristiano”.

El Papa aseguró que la fidelidad exige obediencia para poder alcanzar “una comprensión más profunda de la voluntad del Señor”, y advirtió que esta obediencia debe estar “libre de conformismo intelectual o acomodación fácil a las modas del momento”.

“Ésta es la palabra de aliento que deseo dejaros esta noche, y lo hago con fidelidad a mi ministerio de Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, encargado de cuidar especialmente de la unidad del rebaño de Cristo”.

Fiel y abierta

El Papa citó el ejemplo de un santo inglés: Beda el Venerabe: “En los albores de una nueva era para la sociedad y la Iglesia, Beda comprendió tanto la importancia de ser fiel a la palabra de Dios transmitida por la tradición apostólica, como la necesidad de apertura creativa a los nuevos desarrollos y exigencias de una adecuación correcta del Evangelio al lenguaje contemporáneo y a la cultura”, dijo.

La nación y el continente, están una vez más “en el umbral de una nueva etapa”, reflexionó el Papa. “Que el ejemplo de San Beda inspire a los cristianos de estas tierras a redescubrir su herencia común, a reforzar lo que tienen en común y a proseguir en el esfuerzo de crecer en la amistad”.

El Papa dijo que la unidad de la Iglesia “jamás puede ser otra cosa que la unidad en la fe apostólica, en la fe confiada a cada nuevo miembro del Cuerpo de Cristo durante el rito del Bautismo”.

“Queridos amigos”, dijo “todos somos conscientes de los retos, las bendiciones, las decepciones y los signos de esperanza que han marcado nuestro camino ecuménico. Esta noche, encomendamos todo esto al Señor, confiando en su providencia y el poder de su gracia”.

Unidos en la oración

Posted: September 15th, 2010, by Matoga
Alicia, una amiga de mi parroquia,  está enferma y se encuentra pasando por una situación donde toda la comunidad debemos pedir por ella para que el Señor la ayude a salir adelante, y para que la proteja a ella y a su familia.
Muchas veces entramos en cadena de oracion por personas desconocidas, pero en este caso es una de nuestra comunidad a quien todos conocemos.
Aportemos nuestra horación diaria hasta que nos enteremos que ha salido bien de esta situación
TODOS LOS DÍAS, ESTAREMOS UNIDOS EN ORACIÓN Y SEGURAMENTE  DIOS OIRÁ NUESTRO PEDIDO.



Domingo de la Semana 25ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: September 14th, 2010, by Matoga

«No podéis servir a Dios y al dinero»

Lectura del libro del profeta Amós 8,4-7

«Escuchad esto los que pisoteáis al pobre y queréis suprimir a los humildes de la tierra,  diciendo: “¿Cuándo pasará el novilunio para poder vender el grano, y el sábado para dar salida al trigo, para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando balanzas de fraude,  para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano?” Ha jurado Yahveh por el orgullo de Jacob: ¡Jamás he de olvidar todas sus obras! »

Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo 2,1-8

«Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.

Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno, y de este testimonio – digo la verdad, no miento – yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,1-13

«Decía también a sus discípulos: “Era un hombre rico que tenía un mayordomo a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: “¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando.” Se dijo a sí mismo el mayordomo. “¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas.” “Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Respondió: “Cien medidas de aceite.” El le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta.” Después dijo a otro: “Tú, ¿cuánto debes?” Contestó: “Cien cargas de trigo.” Dícele: “Toma tu recibo y escribe ochenta.” “El señor alabó al mayordomo injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz.

“Yo os digo: Haceos amigos con el Dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? “Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero”.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

En el fondo vemos como en los textos litúrgicos se plantea la pregunta: ¿dónde está la verdadera riqueza? Ciertamente no puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados, leemos en la Primera Lectura. Tampoco reside en la habilidad para hacerse «amigos» con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz ya que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo. En el fondo lo que está en juego es el ser recibidos o rechazados en las «moradas eternas» (Evangelio). Esta manera de entender las cosas sólo la podremos conseguir en la medida que seamos realmente «amigos de Jesús» y esto se logra en el ámbito de la oración (Segunda Lectura).

Una parábola desconcertante

El Domingo pasado hemos leído todo el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas y hemos visto que su finalidad es mostrar que en la actitud de Jesús se revela la misericor­dia de Dios, que «no quiere la muerte del pecador, sino que se con­vierta y viva». Este Domingo comenzamos a leer el capítulo 16, que reúne sentencias de Jesús sobre el uso de los bienes materiales. Jesús ilustra su enseñanza por medio de dos parábo­las: la del administrador astuto y la del rico y Lázaro. Este Domingo veremos la primera de estas parábolas y la con­clusión de Jesús. Jesús expone el caso de «un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda».

El señor lo llama para pedirle cuenta de su administración y le anuncia que será despedido. En ese momento el administrador comienza a sentirse en dificul­tad, porque su situa­ción actual termina y el tiempo urge. Se pregunta: «¿Qué haré, pues mi señor me quita la admi­nis­tra­ción?» Enton­ces diseña un plan y convoca a los deudores de su señor, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?’. Respon­dió: ‘Cien medidas de aceite’. El le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Le dice: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’». Nadie se puede quedar sin reaccionar ante esta conducta del administrador despedido. También reacciona el señor. Pero lo hace de manera desconcertante: mientras se esperaría que lo hiciera con indignación, «el señor alabó al admi­nistrador injusto porque había obrado astutamente[1]».

Una interpretación de la parábola

La mayor dificultad de la parábola está en la felicitación que el amo dirige a su administrador al conocer las rebajas a sus acreedores de sus propias deudas. Jesús parece sumarse a tal alabanza, pues lo pone como ejemplo para los hijos de la luz. Aclaremos el malentendido. El amo no aprueba la gestión anterior de su mayordomo[2], al que precisamente despide por fraude, sino que alaba su previsión del futuro, queriendo granjearse amigos para los tiempos malos que se le avecinan.

En tiempo de Jesús, los administradores podían disponer de los bienes del señor y prestarlos libremente, exigiendo de los acreedo­res la devo­lución de una cantidad mayor para hacer­se, en esta forma, un salario. El administrador habría prestado 50 barriles de aceite y habría exigido la devolu­ción de 100 (un interés del 100% es usura­rio, y en esto consistiría su injusticia); habría pres­tado 80 cargas de trigo y habría exigido la devolución de 100 (25% de inte­rés). En este sentido, su decisión consiste en no exigir más que lo prestado, es decir, en renun­ciar a su parte, para suscitar la gratitud de los acreedo­res. La conclusión es entonces comprensible cuando: «El señor alabó al adminis­trador injusto porque había obrado astuta­mente». El adminis­trador era injusto y abusa­dor porque en su gestión siempre había aplicado intereses usurarios; pero, en este momento, renunció a esa ganan­cia injusta esperando el beneficio mayor de ser acogido por los deudo­res favore­cidos, cuando se viera privado de su cargo. Por otro lado, es difícil pensar que un propietario alabe a su propio admi­nistrador porque éste le roba y regala sus bienes para granjearse amigos.

Siguiendo esta interpretación se explica mejor la conclusión de Jesús: «Haceos amigos con el dinero injusto, para que cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eter­nas». Recordemos que el dinero es llamado de «injusto» porque suele impulsar a las personas hacia la falta de honradez. Jesús, por otro lado, quiere enseñar que nues­tra vida también tendrá un fin y que, en comparación con la eternidad, ese fin es inminen­te. Nuestra situación ante Dios es como la del administrador: posee­mos «dinero injusto». Por eso, en el breve tiempo que nos queda de vida, antes de que se nos pida cuenta de nuestra adminis­tración, debemos usar el dinero que posee­mos para hacer el bien a los demás. El tiempo urge. Por tanto, la deci­sión debe ser ahora; mañana será demasiado tarde…

La parábola está dicha para fundamentar esta observación de Jesús: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». No es algo que Jesús apruebe; es algo que Jesús lamenta. Lo dice como un reproche para interpelarnos y hacernos reaccionar. A menudo quedamos sorprendidos por la habilidad y la decisión con que actúan los obradores del mal para alcanzar sus objetivos perversos. Los hijos de la luz deberían ser más astutos, más decididos y más generosos en la promoción del bien, porque el bien es más apetecible. Esto es lo que desea Jesús; por eso, manda a sus discípulos con estas instrucciones: «Sed  astutos como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16).

El uso adecuado de las riquezas

Sigue una serie de sentencias acerca del buen uso de las riquezas. Llama la atención la triple repetición de la palabra Dinero (con mayúscula, como un nombre propio). Es que traduce la palabra «mamoná» que en el texto griego original del Evangelio se conserva sin traducir. Ésta fue ciertamente la palabra usada por el mismo Jesús en arameo. Es una palabra de origen incierto. Algunos especialistas sostienen que proviene de la raíz «amén» y, por tanto, significa: «aquello en lo cual se confía». En la lengua original de Jesús hay entonces un juego de palabras, porque la misma raíz tienen los adjetivos «fiel» y «verdadero» y también el verbo “confiar”: «Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero?». El «mamoná» es injusto, porque siempre engaña. Su mismo nombre es un engaño: se ofrece como algo en lo cual se puede confiar; pero defrauda. Así lo muestra Jesús en la parábola del hombre cuyo campo produjo mucho fruto. Pensó que podía confiar en sus riquezas y que ellas le darían seguridad por muchos años: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años…”. Pero, esos bienes no le pudieron asegurar ni siquiera un día: “Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma’» (Lc 12,19-20).

La mejor inversión

El dinero tiene que usarse con una sola finalidad: hacerse amigos en las «moradas eternas», es decir, entre los ángeles y santos del cielo. Y ¿cómo se logra esto? ¿Cómo se puede lograr que el dinero de esta tierra rinda en el cielo? Esto se logra de una sola manera: liberándonos de él. Es lo que Jesús enseña: «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos» (Lc 12, 33). Y una aplicación concreta de esta enseñanza está en la invitación que hace Jesús al joven rico: «Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos» (Lc 18,22). Pero él prefirió sus bienes de esta tierra, dejando así en evidencia lo que Jesús concluye: «No podéis servir a Dios y al Dinero”. Jesús exige que toda la confianza se ponga en Él solo. Si se confía en “mamoná”, no se puede ser discípulo suyo: “El que no renuncie a todos sus bienes no  puede ser discípulo mio» (Lc 14,33).

El dinero es una espada de dos filos, según se use para el bien o el mal, es decir para Dios y los demás o solamente para sí excluyendo a los otros. Para vivir como hijos de la luz tenemos que vivir el mandamiento del amor y servicio a los hermanos; algo imposible para aquel que vive al servicio del dinero. Si no convertimos nuestro corazón a los criterios de Jesús, no podemos ser de los suyos. De nada serviría llevar una vida piadosa y observante, como los mercaderes a quienes fustiga el profeta Amós[3] en la Primera Lectura, que esperaban impacientes el cese del descanso sabático para seguir aprovechándose del pobre.

En cambio San Pablo, en su carta a Timoteo, habla de hacer oración «alzando santas manos, limpias de ira y divisiones», como prueba de fiel servicio a Dios y comunión con todos los hombres por quienes rezamos en la oración de los fieles. Timoteo era un cristiano de Listra y fue amigo y colaborador de Pablo. Su madre era judeocristiana; su padre, griego. Pablo le elige como colaborador durante su segundo viaje misionero. Después que Pablo hubo partido de Tesalónica, Timoteo regresó a aquella ciudad para animar a los cristianos de allí. Más tarde, Pablo lo envió de Éfeso a Corinto para que instruyera a los cristianos de esa ciudad. Finalmente Timoteo llegó a ser dirigente de la ciudad de Éfeso. A veces tenía poca confianza en sí mismo, y necesitaba de los alientos de su padre espiritual, Pablo, de quien fue siempre leal y fiel colaborador. Las dos cartas de San Pablo a éste joven están llenas de sabios consejos sobre cómo dirigir una comunidad cristiana.

Una palabra del Santo Padre:

«En varias ocasiones he aludido la parábola del Evangelio del rico y Lázaro. “Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Un pobre, de nombre Lázaro, estaba echado en su portal cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico” (Lc 16, 19 ss.). Murieron los dos, el rico y el mendigo, y fueron llevados ante Abrahán y se hizo el juicio de su conducta. Y la Escritura nos dice que Lázaro recibió consuelo y, en cambio, al rico se le dieron tormentos. ¿Es que el rico fue condenado porque tenía riquezas, porque abundaba en bienes de la tierra, porque “vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes”? No, quiero decir que no fue por esta razón. El rico fue condenado porque no ayudó al otro hombre. Porque ni siquiera cayó en la cuenta de Lázaro, de la persona que se sentaba en su portal y ansiaba las migajas de su mesa.

En ningún sitio condena Cristo la mera posesión de bienes terrenos en cuanto tal. En cambio pronuncia palabras muy duras contra los que utilizan los bienes egoístamente, sin fijarse en las necesidades de los demás. El Sermón de la Montaña comienza con estas palabras: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y al final de la narración del juicio final tal como lo hallamos en el Evangelio de San Mateo, Jesús dice estas palabras que todos conocemos muy bien: “Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui peregrino, y no me alojasteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis”(Mt 25, 42-43).

La parábola del rico y Lázaro debe estar siempre presente en nuestra memoria; debe formarnos la conciencia. Cristo pide apertura hacia los hermanos y hermanas necesitados; apertura de parte del rico, del opulento, del que está sobrado económicamente; apertura hacia el pobre, el subdesarrollado, el desvalido. Cristo pide una apertura que es más que atención benigna, o muestras de atención o medio-esfuerzos, que dejan al pobre tan desvalido como antes o incluso más.

Toda la humanidad debe pensar en la parábola del rico y el mendigo. La humanidad debe traducirla en términos contemporáneos, en términos de economía y política, en términos de plenitud de derechos humanos, en términos de relaciones entre el “primero”, “segundo” y “tercer mundo”. No podemos permanecer ociosos cuando miles de seres humanos están muriendo de hambre. Ni podemos quedarnos indiferentes cuando se conculcan los derechos del espíritu humano, cuando se violenta la conciencia humana en materia de verdad, religión y creatividad cultural.

No podemos permanecer ociosos disfrutando de nuestras riquezas y libertad si en algún lugar el Lázaro del siglo XX está a nuestra puerta. A la luz de la parábola de Cristo, las riquezas y la libertad entrañan responsabilidades especiales. Las riquezas y la libertad crean una obligación especial. Y por ello, en nombre de la solidaridad que nos vincula a todos en una única humanidad, proclamo de nuevo la dignidad de toda persona humana; el rico y Lázaro, los dos, son seres humanos, creados los dos a imagen y semejanza de Dios, redimidos los dos por Cristo a gran precio, al precio de la “preciosa Sangre de Cristo” (1 Pe 1, 19»).

Juan Pablo II, Homilía en el Yankee Stadium de Nueva York, 2 octubre de 1979

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Cuál es mi actitud ante los bienes materiales? ¿Pongo en ellos mi corazón?

2. ¿Soy generoso y solidario con mis hermanos? ¿De qué manera concreta?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2401-2418. 2443 -2449.


[1] La palabra griega es Fronímos que quiere decir sagazmente. No alabó su maldad sino su astucia, su sagacidad.

[2] Mayordomo: encargado de la administración de los bienes o empresa de otro. El término Oikonómos conlleva la idea tanto de administración como de superintendencia, control de asuntos internos, al servicio del señor.

[3] Amós: es uno de los primeros profetas que pusieron por escrito sus mensajes. Amós vivió en el siglo VIII a.C. Era pastor y ganadero y recogía el fruto de las higueras en las laderas de las montañas de Judá. Pero Dios lo envió al norte: a Betel en Israel donde el rey Jeroboán II había erigido como ídolo un becerro de oro. Amós proclamó con valentía el mensaje divino en un medio adverso.

Dios nos ama a pesar de nuestros pecados, recuerda Benedicto XVI

Posted: September 13th, 2010, by Matoga

VATICANO, 12 Sep. 10 / 07:28 am (ACI) Un nutrido número de fieles se dio cita este medio día en la plaza centra del Castel Gandolfo para rezar el Ángelus con el Papa Benedicto XVI, quien en sus palabras para introducir la oración mariana recordó que Dios está incansablemente buscándonos y recorriendo aquel camino que de Él nos separa.

“Cuando Jesús habla del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar”, dijo el Santo Padre meditando sobre el Evangelio de hoy.

Continuando con su reflexión en torno a las parábolas hodiernas el Pontífice dijo: “El pastor que encuentra la oveja perdida es el mismo Señor que toma sobre sí, con la Cruz, la humanidad pecadora para redimirla. El hijo pródigo es un joven que tras tomar la herencia del padre parte a un país lejano desperdiciando su patrimonio. Reducido a la miseria, se vio obligado a trabajar como esclavo, aceptando incluso alimentarse con comida destinada a los animales”.

El Papa citó al doctor de Hipona, San Agustín, para describir el recorrido interior del hijo pródigo, y en él de todos los hombres, del pecado hacia Dios, hacia el Padre: “Es el mismo Verbo que te grita que regreses; el lugar de la tranquilidad imperturbable es donde el amor no conoce el abandono”.

¿Cómo no abrir nuestro corazón a la certeza que, a pesar de ser pecadores, somos amados por Dios?”, preguntó el Pontífice. “Él no se cansa nunca de salir a nuestro encuentro, recorre siempre en primer lugar el camino que nos separa de Él”.

Más adelante Benedicto XVI recordó que “solo la fe puede transformar el egoísmo en alegría y reanudar en modo justo la relación con el prójimo y la relación con Dios”.

Finalmente el Papa encomendó a la Virgen María “nuestro camino de conversión”, rezó el Ángelus, saludó en diversos idiomas e impartió su Bendición Apostólica.

Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: September 9th, 2010, by Matoga

«Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta»

Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11.13-14

«Entonces habló Yahveh a Moisés, y dijo: “¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado el camino que yo les había prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: “Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.”Y dijo Yahveh a Moisés: “Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo”.

Pero Moisés trató de aplacar a Yahveh su Dios, diciendo: “¿Por qué, oh Yahveh, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, siervos tuyos, a los cuales juraste por ti mismo: Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; toda esta tierra que os tengo prometida, la daré a vuestros descendientes, y ellos la poseerán como herencia para siempre”. Y Yahveh renunció a lanzar el mal con que había amenazado a su pueblo.»

Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17

«Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad. Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús.

Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo. Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna. Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15,1-32

«Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces les dijo esta parábola. “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.” Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.

“O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.” Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

Dijo: “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. “Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. “Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta. “Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” “Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

El corazón misericordioso del Dios resuena en el conjunto de las lecturas dominicales. En la Primera Lectura escuchamos la música de la misericordia de Dios para con su pueblo, gracias a la intervención intercesora de Moisés. En la primera carta de Pablo a Timoteo sentimos una cierta conmoción al oír la confesión que Pablo hace de la misericordia de Jesucristo hacia él(Segunda Lectura). Pero descubrimos de manera elevada el amor de Dios por nosotros en las tres parábolas que recoge el Evangelio de San Lucas que se sintetizan en  la parábola del Padre bondadoso.

El corazón compasivo de Dios

La misericordia de Dios es una de las constantes bíblicas y resumen de toda la historia de la salvación. Tal es el corazón de Dios que vemos en la Primera Lectura. Moisés, solidario con su pueblo, intercede ante el Señor por el pueblo que, infiel a la Alianza recién estrenada, ya había incurrido en la idolatría del becerro de oro. Moisés anticipa la figura de Jesucristo, nuestro Reconciliador ante el Padre.

El apóstol San Pablo es testigo excepcional de esta compasión, misericordia y perdón de Dios. En Pablo, que primero fue blasfemo y perseguidor de la Iglesia, se realizó plenamente lo que él afirma: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, siendo él el primero de todos. El amor que Dios ha derramado en el corazón de Pablo a hecho de él una «nueva criatura».

«Acoge a los pecadores y come con ellos…»

Para comprender el sentido de las parábolas descritas por San Lucas, es necesario observar la situación en que fueron dichas: «To­dos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él (a Jesús) para oírlo, y los fariseos y los escribas murmura­ban, diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’. Entonces Jesús les dijo esta parábola». Y siguen las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la de los dos hermanos. La murmuración es una crítica malévola e insidiosa. Es lo que hacen los escribas y fariseos en este caso. Jesús simple­mente hablaba y exponía el camino de Dios, como solía hacerlo, y mientras Él hablaba, se acercaban a oírlo «todos» los publi­canos y los pecadores. De comer no se dice nada. Pero la murmuración objeta que Él «acoge a los pecado­res y que come con ellos».

Jesús no se detiene a discutir sobre un asunto que es cierto. Al contra­rio, reconoce la crítica como verdadera, y propone las pará­bolas para explicar su conducta. Es cierto que Jesús no desde­ñaba comer con publicanos. En efecto, el mismo Evan­gelio de Lucas ha relatado antes la voca­ción de Leví, que era un publica­no (ver Lc 5,27). Tal vez nunca cumple Jesús su misión con más fideli­dad que asumiendo justamente esa conducta.

Al ver a Jesús acoger a los publicanos y pecadores y comer con ellos, tenemos que concluir, enton­ces: así es Dios. Esto se ve corro­borado con las palabras del mismo Cristo: «Yo no hago nada por mi cuenta, sino que, lo que el Padre me ha ense­ñado; eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,28-29).Por lo tanto, que Jesús coma con publicanos y pecadores para procurar su conver­sión, eso agrada al Padre; aunque no agrade a los fariseos y escribas. La conducta de Jesús es la conducta de Dios, que «no se complace en la muerte del malva­do, sino en que el malvado se con­vierta y viva» (Ez 33,11). A los fariseos y escribas, en cambio, no les interesa la conversión del pecador, ellos se complacen en la muerte del pecador y por eso murmuran.

Entre Jesús y los fariseos hay un cambio total de mentalidad. Ambos se aproximan a los pecadores y publicanos de manera distinta. Para unos se trata de unos infractores de la ley, para Jesús sin embargo son hermanos que necesitan que alguien les dé esperanza de una vida nueva. La conversión al cristianismo consiste en pasar de la mentalidad farisaica a la mentalidad de Cris­to. Según los fariseos, para alcanzar a Dios, que es santo y trascendente, había que separarse del mundo profa­no, ignorar las relaciones humanas, sobre todo, evitar todo contacto con los pecadores.

La palabra «fariseo» significa precisamente eso: «separado». Cristo, en cambio, instituye una santificación que se alcanza haciendo el camino opuesto: el camino de la Encarna­ción y de la comu­nión con los hombres. Este dinamismo de comunión es el que llevaba a Jesús a hacerse solidario con los pequeños, los necesita­dos, los pecadores; es el que lo llevó a abajarse y a humillarse hasta la muerte, y muerte de cruz. Un «Cristo- Mesías -Ungido crucificado» era el escándalo máximo para los fari­seos (ver 1Cor 1,23).

Las parábolas de la misericordia

El extenso Evangelio de hoy nos propone tres parábo­las conocidas como «las tres parábolas de la misericor­dia». Ellas no sólo afirman que Dios perdona al pecador arrepenti­do, sino que tratan de enseñarnos que, en reali­dad, la conversión del pecador es ante todo obra de Dios mismo, que se afana -si puede decirse esto- y hace todo lo posible para que el peca­dor se convierta y vuelva a Él y una vez que lo ha conseguido se alegra Él y todos los ánge­les con Él. La misericordia de Dios será siempre un miste­rio superior a nuestra limitada capacidad de compren­sión. Sólo se puede contemplar y adorar. La primera parábola nos muestra la escena familiar de un pastor que, cuando pierde una de sus cien ovejas, deja las otras noventa y nueve y va en busca de la perdida. Hasta aquí llega la parábola. Ahora viene la enseñanza de Jesús: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

La segunda parábola es semejante a ésta. Tiene la fina­lidad de reafirmar la misma enseñanza, proponiéndola con algún matiz diverso. Nos muestra otra escena familiar: una mujer que habiendo perdido una de sus diez dracmas (la dracma es una moneda griega equivalente a un denario, el salario diario de un obrero), enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuen­tra. Jesús explica: «Del mismo modo, os digo, se produce ale­gría ente los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

En estas dos parábolas ni la oveja perdida ni la dracma perdida hacen nada. Es el pastor y la mujer los que hacen el esfuerzo de buscarlos hasta encontrarlos. Cuando se trata del hombre, su situación de perdición, la des­gracia en que se encuen­tran los perdi­dos, suscita la preo­cupación y la triste­za del pastor que no descansa hasta recuperarlos. Lo hace porque son suyos y porque los ama. Y los ama hasta el extremo de dejar solos a los que están bien. Es lo que hizo Dios: «Tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él» (ver Jn 3,16-17). Todo el esfuerzo de la recuperación del hombre perdido lo hizo Cristo, pagando la deuda del pecado con su propia sangre.

La tercera parábola es la conocida parábola del hijo pródigo o el padre misericordioso. Observare­mos sólo la actitud del hermano mayor. Mientras todos se alegran y hacen fiesta -más que todos se alegra el Padre-, el hijo mayor se niega a participar en la fiesta y dice al Padre: «Hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya… y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El hijo mayor se consi­dera justo; a él no hay nada que perdonarle, porque nunca ha dejado de cumplir una orden del Padre. Por eso se irrita de que el Padre pueda perdonar y acoger a su herma­no, y él no lo perdona. La recon­ciliación entre hermanos exige que todos se reconozcan peca­dores ante el único que nos ofrece gratuitamente su gracia reconciliadora: el mismo Dios.

Por eso no hay ninguno que no se encuentre, de una u otra forma, en la situación de la oveja perdida. No hay ninguno que no deba su salvación eterna a la muerte de Jesucristo en la cruz; no hay ninguno que no haya debido ser encontrado por Cristo y no haya sido llevado sobre sus hombros con alegría. «Todos nosotros como ovejas perdidas errábamos», dice el profeta Isaías (Is 53,6). Por eso no hay ningún justo -tanto menos noventa y nueve- que no tenga necesidad de conversión. El que se tiene a sí mismo por justo y considera que no tiene nada de qué pedir perdón a Dios, ése se excluye de la salvación de Dios obrada en Cristo y ése rehúsa el perdón al herma­no. Pero ése es un soberbio que dice a Dios: «No tengo necesidad de tí para salvarme y estar bien».No existe nadie que no necesite conversión; por eso, todos estamos siempre en situación de producir alegría en el cielo. Un cristiano que conduce una vida buena, regular, pero plana y sin progreso, es un cristiano mediocre. Éste no produce ninguna alegría en el cielo. La vida cristiana debe ir en permanente progreso, de conversión en conversión, tendiendo siempre a la santidad (perfección del amor), es decir, a ese límite inalcanzable fijado por Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Una palabra del Santo Padre:

«Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a «usar misericordia» con los demás: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la misericordia. Si todas las bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los misericordiosos es a este respecto particularmente elocuente.

El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo. Este proceso auténticamente evangélico no es sólo una transformación espiritual realizada de una vez para siempre, sino que constituye todo un estilo de vida, una característica esencial y continua de la vocación cristiana. Consiste en el descubrimiento constante y en la actuación perseverante del amor en cuanto fuerza unificante y a la vez elevante:-a pesar de todas las dificultades de naturaleza psicológica o social- se trata, en efecto, de un amor misericordioso que por su esencia es amor creador».

Juan Pablo II, Encíclica Dives in Misericordia, 14

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. A la luz de la Segunda lectura, ¿soy consciente que debo de convertirme todos los días de mi vida?

2. Leamos detenidamente y hagamos un momento de oración sobre la parábola del padre misericordioso.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2341

Meditando…

Posted: September 7th, 2010, by Matoga

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy.
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.

Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.
Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.

Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.

Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.
Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es el amor.

I Corintios 13

Benedicto XVI recuerda a León XIII en bicentenario nacimiento

Posted: September 6th, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 5 SEP 2010 (VIS).-Benedicto XVI realizó esta mañana una visita pastoral a Carpineto Romano, situado a ochenta kilómetros de Roma, con motivo del  bicentenario del nacimiento -en esa localidad- de Vincenzo Gioacchino Pecci, Papa León XIII.

El Papa celebró la Santa Misa en la plaza principal ante miles de fieles. Durante la homilía, comentando las lecturas de hoy que hablan del primado de Dios y de Cristo, afirmó que León XIII “fue un hombre de gran fe y de profunda devoción. Esto sigue siendo siempre la base de todo, para todo cristiano, incluido el Papa. Sin la oración, es decir, sin la unión interior con Dios, no podemos hacer nada, como dijo claramente Jesús a sus discípulos durante la Última Cena”.

“Al amor de Dios y de Cristo -continuó- no se antepone absolutamente nada. Esta primera y principal cualidad, Vincenzo Gioacchino Pecci la asimiló aquí, en su país natal, con sus padres y su parroquia”.

El Santo Padre señaló que “existe también un segundo aspecto, que se deriva siempre del primado de Dios y de Cristo y se encuentra en la acción pública de todo pastor de la Iglesia, en particular de todo Sumo Pontífice, con las características propias de la personalidad de cada uno. (…) Todo Pastor está llamado a transmitir al Pueblo de Dios no verdades abstractas, sino una “sabiduría”, es decir un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta. El Papa León XIII, con la asistencia del Espíritu Santo, es capaz de hacer esto en un uno de los periodos históricos más difíciles para la Iglesia, permaneciendo fiel a la tradición y, al mismo tiempo, midiéndose con las grandes cuestiones abiertas”.

Refiriéndose al magisterio social de León XIII, el Papa recordó que se hizo “famoso e imperecedero por la Encíclica “Rerum novarum” (1891), rico de otras muchas intervenciones que constituyen un cuerpo orgánico, el primer núcleo de la doctrina social de la Iglesia”.

Benedicto XVI rememoró también la Encíclica “Catholicae Ecclesiae” (1890), que el pontífice dedicó al tema de la esclavitud. En este contexto dijo que “la nueva fraternidad cristiana supera la separación entre esclavos y libres, y desencadena en la historia un principio de promoción de la persona que llevará a la abolición de la esclavitud, pero también a sobrepasar otras barreras que todavía existen”.

Hablando de la “promoción humana aportada por el cristianismo en el camino de la civilización”, el Papa subrayó que “los cristianos, actuando como ciudadanos individualmente, o de manera asociada, constituyen una fuerza beneficiosa y pacífica de cambio profundo, favoreciendo el desarrollo de las capacidades internas en la realidad misma. Es ésta la forma de presencia y de acción en el mundo propuesta por la doctrina social de la Iglesia, que apunta siempre a la madurez de las conciencias como condición de transformaciones válidas y duraderas”.

“En una época de áspero anticlericalismo y de encendidas manifestaciones contra el Papa, León XIII supo guiar y sostener a los católicos en el camino de una participación constructiva, rica de contenidos, firme en los principios y con capacidad de apertura. Inmediatamente después de la “Rerum novarum” se verificó en Italia y en otros países una auténtica explosión de iniciativas: asociaciones, cajas rurales y artesanas, periódicos. (…) Un Papa muy anciano, pero sabio y con visión de futuro, pudo  introducir así en el siglo XX una Iglesia rejuvenecida, con la actitud correcta para afrontar los nuevos desafíos. Era un Papa todavía política y físicamente “prisionero” en el Vaticano, pero en realidad, con su Magisterio, representaba a una Iglesia capaz de afrontar sin complejos las grandes cuestiones de la contemporaneidad”.

El Santo Padre concluyó “dejando” a los presentes “el mandamiento antiguo y siempre nuevo: amaos como Cristo nos ha amado, y con este amor sed sal y luz del mundo. Así seréis fieles a la herencia de vuestro gran y venerado conciudadano, el Papa León XIII. ¡Y así sea en toda la Iglesia!”.

Terminada la celebración eucarística, el Papa regresó en helicóptero al palacio apostólico de Castelgandolfo para el rezo del Ángelus.

Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de 2011

Posted: September 3rd, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 3 SEP 2010 (VIS).-“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Epístola de San Pablo a los Colosenses) es el título del mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Madrid (España) en el mes de agosto de 2011.

Ofrecemos a continuación párrafos del mensaje, fechado en el Vaticano el  pasado 6 de agosto, festividad de la Transfiguración del Señor y publicado hoy

“Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. (…) Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.

1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. (…) Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande (…) Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación.

(…) ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito (…) El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría.

La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio – como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia -, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes.

(…) La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento (…) ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces”. (…) Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida (…) Jesús mismo se presenta como nuestra vida Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia.

(…)  Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo (…)  En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? (…) Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo  así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios (…) Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra.

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca (…) Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. (…) Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. (…) No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. (…) Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral”.

“Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. (…) Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva”.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

“A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer”.

“Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda. Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. (…) Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”.

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

“En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. (…) La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad”.

“Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza”.

“También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo”.

6. Hacia la Jornada Mundial de Madrid

“Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia.

“A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

“Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe”.

Intenciones de oración del papa para el mes de septiembre

Posted: September 3rd, 2010, by Matoga

CIUDAD DEL VATICANO, 1 SEP 2010 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de septiembre es: “Para que en las regiones menos desarrolladas del mundo el anuncio de la Palabra de Dios renueve el corazón de las personas, alentándolas a ser protagonistas de un auténtico progreso social”.

Su intención misional es: “Para que abriendo el corazón al amor, se ponga fin a tantas guerras y conflictos que aún ensangrientan el mundo”.

Cambio de autoridades en el Instituto de Bioética de la UCA

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

Estamos hablando de MI parroco, quien me comentó la novedad el sábado y, en estos días de tribulación demostró ser, además, MI AMIGO.

Los padres Revello, Fernández y BochateyBuenos Aires, 2 Set. 10 (AICA) El presbítero Rubén Revello es desde ayer, 1° de setiembre, el nuevo director del Instituto de Bioética de la Universidad Católica Argentina (UCA), mientras que el padre Alberto Bochatey OSA es el flamante presidente del Instituto para el Matrimonio y la Familia de esta casa de altos estudios.
El acta de designación fue leída durante un acto encabezado, el viernes 20 de agosto, por el presbítero Víctor Manuel Fernández, a cargo del Rectorado de la UCA, y otros miembros del Consejo Superior.
Previamente se celebró una misa con alumnos, ex alumnos y docentes de la Maestría de Ética Biomédica, que dicta el Instituto de Bioética de la Facultad de Ciencias Médicas, para despedir al padre Bochatey, a quien la Orden de San Agustín, a la que pertenece, le asignó nuevas funciones en Roma, Italia, hacia donde viajó recientemente.
El vicerrector institucional de la UCA, Ernesto Parselis, leyó ante los presentes la designación del presbítero Revello y del padre Bochatey.
En tanto, el presbítero Fernández explicó las razones de los cambios y agradeció al padre Bochatey por la tarea realizada en estos casi diez años en el Instituto de Bioética, al tiempo que expresó augurios al presbítero Revello para la nueva tarea.+

¿Qué son los Santos Padres?

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

A los Santos Padres o Padres de la Iglesia se los menciona constantemente.

Primeramente son mencionados por el Magisterio de la Iglesia (conformado por los Obispos unidos entre sí y, por supuesto, unidos al Obispo de Roma, el Papa).

Luego por estudiosos, teólogos, historiadores, filósofos, aficionados a la lectura y a la cultura de diversas maneras, etc.

¿Qué son en realidad y quiénes fueron los Santos Padres, y cómo no confundirlos con otras acepciones que por extensión parece tener el término?

En el Catecismo de la Iglesia Católica, se los nombra en los fundamentos (lo que correspondería a la rama de la Teología Fundamental en los manuales y cursos), más precisamente en el Nº 78.

Y a su vez el Catecismo se remite a la Constitución del Concilio Vaticano II “Dei Verbum”, sobre la Palabra de Dios, que los cita en su Nº 8.

Teológicamente, cuando hablamos de los Padres de la Iglesia o de los “Santos Padres” (nada tiene que ver con el plural de “Santo Padre”, uno de los títulos con que se designa actualmente al Sumo Pontífice), en sentido estricto y directo, nos referimos a escritores eclesiásticos (filósofos y teólogos) que cumplen con estos requisitos:

1) Doctrina ortodoxa, es decir, recta católicamente, sin error y eminente.

2) Son santos, es decir, están canonizados pública y oficialmente por la Iglesia.

3) Tienen antigüedad en la historia:

Para los escritores orientales, hasta San Juan Damasceno en el año 749. Para los occidentales, hasta la muerte de San Isidoro de Sevilla, en el 636. Es decir, llegan hasta los siglos VII-VIII.

Algunos mencionan también a San Bernardo de Claraval (siglo XII), como “el último de los Padres de la Iglesia”, un título más bien honorífico y no por la antigüedad histórica que mencionamos para occidente, ya que es posterior, pues renovó e hizo presente la doctrina de los Santos Padres. Bernardo también fue declarado Doctor de la Iglesia, y alabado luego en su doctrina por los reformadores Lutero y Calvino.

Éstos, los Padres de la Iglesia o Santos Padres, prácticamente han elaborado la fe de la Iglesia, y la han explicitado y explicado, a partir de los datos de la Revelación: Sagrada Escritura y Tradición Viva –comunicación oral desde la comunidad de Jesús y los apóstoles, y a través de éstos de Obispo en Obispo en la Sucesión Apostólica de los tiempos-, siempre fieles al Magisterio de la Iglesia. Por ello su doctrina es recta y sin error.

Se pueden ver sobre este tema los números 75 al 82 del Catecismo de la Iglesia Católica, y los números 85 y 86.

Ejemplo de ellos son los santos Agustín, Ambrosio, Atanasio, Beda el Venerable, Cirilo y Clemente de Alejandría, Efrén, Gregorio Magno, Ireneo, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Justino.

No se los debe confundir con aquellos a quienes la Tradición Viva y el Magisterio de la Iglesia llama “Escritores Eclesiásticos”, que son también escritores de la antigüedad importantes que, aunque valorados y citados, estudiados y mencionados en sus mejores textos en la Liturgia, les falta alguna de las notas señaladas para los Santos Padres: Tuvieron algún error en su doctrina o en su vida, y por lo tanto no están canonizados.

Ejemplo de escritores eclesiásticos son Orígenes y Tertuliano.

Y empleemos también un apartado para distinguir a los Padres  de los Doctores de la Iglesia, y de paso decimos algo de lo que éstos son.

a) Los Doctores de la Iglesia, a semejanza de los Santos Padres, cumplen con  la nota de estar canonizados, es decir, de ser santos declarados públicamente por la Iglesia.

b) La doctrina de los Doctores es también sin error y eminente, y como todo doctor en su tesis, tiene que ser novedosa en algún aspecto, ya sea en su forma de expresarla o de vivirla.

c) La nota innovadora es que, además, esta doctrina tiene que ser camino de santidad para todos: Desde el Papa hasta el “último laico”: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos/as, laicos.

De aquí se deduce también que a veces la doctrina de los Santos Padres o Padres de la Iglesia, es entendida y estudiada sólo por expertos en el tema o estudiosos de los mismos, cosa que no sucede con los Doctores.

d) Y a diferencia de los Santos Padres, los Doctores no tienen por qué tener antigüedad en la historia, ya que los hay antiguos y modernos, y por qué no, algunos de los contemporáneos o que caminan o caminaron con nosotros lo serán.

Ejemplos de Doctores de la Iglesia son:

San Juan de la Cruz, con su camino contemplativo, el más fácil y el más corto de todos, lleno de nadas y vacío interior, hermoso de captar en sus Obras, como el “Cántico Espiritual” y la “Subida al Monte Carmelo”.

Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, con su “Camino de Perfección” y el libro de las “Moradas”, para la experiencia mística e íntima de Dios, hasta llegar a quedarse con Jesús como esposa en su alcoba.

Santa Teresita del Niño Jesús, con su forma de presentar y vivir la niñez espiritual y el abandono confiado en los brazos del Padre Celestial, plasmado en su vida y expresado en su Autobiografía “Historia de un Alma”.

También lo son San Agustín y otros. Por lo que algunos Santos Padres también son Doctores de la Iglesia, por su novedad de expresión y vida, y porque su doctrina es accesible a todos como camino de perfección.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica

Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

«El que no renuncie no puede ser discípulo mío»

Lectura del libro de la Sabiduría  9, 13-18

«¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién hacerse idea de lo que el Señor quiere? Los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas, pues un cuerpo corruptible agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el espíritu lleno de preocupaciones.

Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos? Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo? Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron”.»

Lectura de la carta de San Pablo a Filemón 1, 9b-10.12-17

«Prefiero más bien rogarte en nombre de la caridad, yo, este Pablo ya anciano, y además ahora preso de Cristo Jesús. Te ruego en favor de mi hijo, a quien engendré entre cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora muy útil para ti y para mí. Te lo devuelvo, a éste, mi propio corazón. Yo querría retenerle conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas por el Evangelio; mas, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta buena acción tuya no fuera forzada sino voluntaria.

Pues tal vez fue alejado de ti por algún tiempo, precisamente para que lo recuperaras para siempre, y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que, siéndolo mucho para mí, ¡cuánto más lo será para ti, no sólo como amo, sino también en el Señor!. Por tanto, si me tienes como algo unido a ti, acógele como a mí mismo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14, 25-33

«Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: “Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

“Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar.” O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

¿Cómo ser discípulo del Señor? A lo largo de las lecturas veremos, cada vez con más claridad, cómo los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre: «la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1Cor 1,25). Los pensamientos del hombre se muestran, muchas veces, tímidos e inseguros ya que provienen de «un cuerpo corruptible» abrumado por las preocupaciones y marcado, no determinado, por el pecado (Primera Lectura). Es la sabiduría de Dios la que lleva a Jesús a manifestar claramente las condiciones para seguirlo y así ser un «verdadero discípulo» (Evangelio). Finalmente vemos en la Segunda Lectura una bella expresión del discipulado, que nace de la fe y del amor, que lleva a Pablo a interceder por Onésimo ante Filemón.

La Sabiduría de Dios

El libro de la Sabiduría, considerado el último del Antiguo Testamento (escrito alrededor del año 50 A.C.), es de corte humanista al estilo griego, cuyo influjo se hace notar, por ejemplo, en la distinción que establece entre el cuerpo y el alma (ver Sb 9,15). No obstante la sabiduría que vemos aquí no es la gnosis[1] de la filosofía griega, sino es el conocimiento que se adquiere como don del Espíritu Santo que nos ayuda a entender los designios de Dios. La Primera Lectura hace parte de una oración para alcanzar la Sabiduría y viene a propósito del hecho contado en 1 Re 3,4-16; el sueño en que Salomón le pide a Dios sabiduría: «Concede a tu siervo un corazón atento para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal» (1Re 3,9). La condición indispensable para adquirir la sabiduría es tener un corazón humilde y sencillo. A los que aceptan cooperar con Él, Dios les concede la rectitud, la prudencia e incluso la autoridad para dirigir al Pueblo de Dios. Abraham, Moisés y sin duda la Virgen María; fueron llamados a realizar grandes obras (ver Lc 1, 49) porque pusieron toda su confianza en las promesas de Dios.

Pablo intercede por Onésimo

Filemón era un cristiano de una buena posición social, quizá convertido por el mismo San Pablo. Su esclavo Onésimo se había escapado, por alguna culpa, y había ido a parar a Roma, donde Pablo le ofreció refugio y lo convirtió. La fuga de Onésimo era delito por el que incurría en graves penas, y Pablo podría resultar cómplice. Pablo no intenta resolver el problema por la vía legal, aunque sugiere estar dispuesto a compensar a Filemón, más bien traslada el problema y su resolución al gran principio cristiano del amor y la fraternidad, más fuertes que la relación jurídica de amo y esclavo. Si  Filemón ha perdido un esclavo, puede ganar un hermano; y Pablo será agente de reconciliación en este delicado caso (ver 2Cor 5,17-21). La carta debió ser escrita desde la prisión de Roma alrededor del 61-63.

«Caminaba con Él mucha gente…»

El Evangelio de hoy se abre con un cambio de escena. Estábamos, en la lectura del Domingo pasado, en una comida ofrecida en sábado por uno de los jefes de los fariseos, a la cual había sido invitado también Jesús. Allí, aprovechando esa situación, Jesús había dado diversas enseñanzas que tienen relación con un banquete. El Evangelio de hoy lo presenta en el camino segui­do por una multitud: «Caminaba con Él mucha gente». Es difícil hacerse una idea de cuántos eran los que caminaban con Jesús. En otra ocasión el mismo evangelista dice que se reunieron para escuchar a Jesús «miríadas de personas hasta pisarse unos a otros» (Lc 12,1).

La palabra «miríada» es una trascripción de la palabra griega «myri­ás» que significa diez mil. Pero también se usa para designar un número indefinido muy grande, como usamos nosotros la palabra «millones». En todo caso, la imagen que se trans­mite es la de un gran número de personas que iban con Jesús por el camino. Es de notar que el evange­lista evita cuidadosamente decir que esas numerosas perso­nas «lo seguían», porque este término se reserva a sus discípulos. Y aquí se trata precisamente de discernir quiénes de entre esa multitud pueden llamarse «discípulos» de Jesús. Justamente en el Evangelio de hoy contiene la definición de lo que Jesús entiende por un discípulo suyo. Y esa definición no es puramente teórica, sino que tiene el valor particular de surgir de un hecho concreto de vida. Tres veces repite Jesús la misma fórmula, que parece desalentar a quien piense que seguirlo es algo bien visto, cómodo y placentero: el que no cumpla con tal cosa, «no puede ser discípulo mío».

¿Y cuál es el hecho concreto de vida del cual surgen esas tres expresiones? El Evangelio dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío… El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío… El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». A Jesús no le interesa tanto el número de los que lo acompañan; sino la radicalidad del seguimiento. Y por eso pone esas condiciones que son de una inmensa exigencia. Para ser discípulo de Jesús se exige una adhesión total. El que lee esas condiciones puestas por Jesús debe exami­narse a sí mismo seriamente para ver si merece el nombre de cristiano.

En todo caso este nombre hay que usarlo con mucha mayor cautela. Los métodos de Jesús parecen ser diametralmente opuestos a los modernos sistemas de «marketing», donde se adopta todo tipo de técnicas y argucias para conseguir un adepto o un compra­dor. Jesús aparece también atentando contra la popularidad de la que necesitan los políticos para hacer prevalecer sus posturas. Sin embargo la garantía de la verdad del mensaje de Jesucristo; es que Él mismo con su Muerte y Resurrección, la ratificó. «Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1Cor 15,14). Y afortunada­mente tampoco la Iglesia de Cristo tiene la preocu­pación de la populari­dad, pues no se empeña en complacer a los hombres, sino sólo a Dios. Por eso la Iglesia, aunque parezca incómoda e impopular, lo que nos enseña es la verdad. Precisamente la garantía de que su doctrina es la verdad es que no busca complacer los oídos de los hombres y mujeres.

¿Odiar a su padre o su madre, hermanos y hermanas…?

«Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío…». Ésta es la primera condición: «odiar» a los de la propia casa y hasta la propia vida. ¿Cómo se entiende esto? En realidad, Jesús nos manda «honrar padre y madre», como se lo dijo claramente al joven rico cuando le expuso los mandamientos que eran necesarios cum­plir para alcanzar la vida eterna (ver Lc 18,20). El original griego «misei», de «odiar»; tiene el sentido de posponer, descuidar o amar menos. Es decir debe entenderse en sentido relativo; quiere decir: «en la escala de valores no tenerlos en el primer lugar», o más precisa­mente, en una situación de conflicto entre el amor a Cristo y el amor a esas otras personas, hay que preferir a Cristo.

«Quien no carga su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío»

Aquí Jesús pone una condición ulterior. No se trata de amar a Cristo solamente, sino amarlo en su situación de total abajamiento, es decir, en la cruz, en ese estado en que todos lo abandonaron. La fidelidad a Jesús hasta este extremo es la prueba del verda­dero discípulo. Tal vez nadie ha expresado mejor que San Pablo esta centralidad de la cruz. Por eso escribe a los Corintios: «Mientras los judíos piden señales y los grie­gos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1Cor 1,22-23). La cruz es para ellos (judíos y griegos) un obs­táculo insuperable (escándalo), o bien, una demostración de insensatez. El discípulo de Cristo, en cambio, ve en Cristo crucificado la «fuerza de Dios y la sabiduría de Dios» (1Cor 1,24), y por eso, abraza su cruz con alegría y desea compartir con Cristo la ignomi­nia de la cruz.

¿Renunciar a todos los bienes?

La fuerza de la tercera condi­ción está en la expresión «renunciar a todos sus bienes», no sólo se trata de unos pocos bienes. Y para ilustrar esta condición, Jesús propo­ne dos pequeñas pará­bolas: nadie se pone a construir una torre si no tiene con qué terminarla; nadie sale a comba­tir si sus tropas son insuficientes para hacer frente al enemigo. Asimismo que nadie pretenda seguir a Cristo y ser discípulo suyo si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes. Tarde o temprano esos bienes le significarán un estorbo, como ocurrió con el joven rico: «se alejó de Jesús triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19,22). El Evangelio de hoy nos invita a examinar la radicalidad y la coherencia de nuestra adhe­sión a Jesús. El mártir San Ignacio de Antioquía en el siglo II conocía bien esta definición de discípulo de Cristo. Por eso cuando era llevado bajo custodia a Roma donde había de sufrir el martirio como pasto de las fieras, escribe a los cristianos de Roma para suplicarles que no hagan ninguna gestión que pueda evitarle el martirio, pues teme que para eso haya que transigir en algo de su adhesión a Cristo. Y agrega: «Más bien convenced a las fieras que ellas sean mi tumba y que no dejen nada de mi cuerpo… Cuando el mundo ya no vea ni siquiera mi cuerpo, entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo».

Una palabra del Santo Padre:

« La salvación, que Jesús obró con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una única e igual condición: la de esforzarse en seguirle e imitarle, cargando, como Él hizo, con la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Única y universal, por lo tanto, es esta condición para entrar en la vida celestial. El último día –recuerda además Jesús en el Evangelio- no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los «agentes de iniquidad» serán excluidos, mientras que serán acogidos cuantos hayan realizado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. No bastará por lo tanto declararse «amigos» de Cristo jactándose de falsos méritos: «Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13,26).

La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna.

Queridos hermanos y hermanas: si queremos también nosotros pasar por la puerta estrecha, debemos empeñarnos en ser pequeños, esto es, humildes de corazón como Jesús. Como María, Madre suya y nuestra. Ella en primer lugar, detrás del Hijo, recorrió el camino de la Cruz y fue elevada a la gloria del Cielo, como recordamos hace algunos días. El pueblo cristiano la invoca como Ianua Caeli, Puerta del Cielo. Pidámosle que nos guíe, en nuestras elecciones diarias, por el camino que conduce a la «puerta del Cielo».

Benedicto XVI. Angelus Domingo 26 de agosto 2007.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Seguir a Jesús, es decir llamarse de verdad «cristiano», tiene un precio. ¿Amo a Jesús realmente en primer lugar? ¿Soy capaz de «renunciar a todo» para seguirlo? ¿Qué me impide amarlo más? ¿A qué debo de renunciar?

2. Vivir el amor fraterno exige ver en el otro a mi hermano. ¿Discutamos en familia, cómo puedo hacer concreto mi amor solidario por mis hermanos, especialmente a los más necesitados?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 520. 562. 618.1506.1816.1823.1929-1948.


[1] Gnosis (conocimiento): el uso más habitual de este término se relaciona con los defensores del gnosticismo, para quienes designaba un tipo de conocimiento no discursivo, sino intuitivo y perfecto, al que solamente podían acceder los iniciados y, mediante el cual, llegaban a comprender los misterios de la divinidad. Los grupos «new age» de la actualidad pueden ser considerados «neo-gnósticos».

Volvemos…renovados.

Posted: September 2nd, 2010, by Matoga

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador […]

[…]porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abrahán

y su descendencia por siempre.

Fragmentos del Magníficat…


Sigo acá

Posted: August 30th, 2010, by Matoga

En estos días, estoy pasando por una etapa complicada, por eso no puedo escribir demasiado.

Agradezco a todos los que me saludaron por mi cumpleaños y les pido una oración especial por mi.