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Nuevo proyecto laboral

Posted: September 29th, 2012, by Matoga

Hace unos días, les pedía una oración por mi…. http://www.marana-tha.net/wp/?p=4883

Hoy quiero presentarles mi nuevo emprendimientro laboral

Proyecto – ADO (Arte-Diseño-Obra)

Intenciones de oración para el mes de setiembre

Posted: September 1st, 2012, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 1 septiembre 2012 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Santo Padre para el mes de septiembre es: “Para que los políticos actúen siempre con honradez, integridad y amor a la verdad”.

Su intención misionera es: “Para que aumente en las comunidades cristianas la disponibilidad al envío de misioneros, sacerdotes y laicos, y de recursos concretos a las iglesias más pobres”

Les pido una oración.

Posted: September 1st, 2012, by Matoga

A lo largo de mis días fue aprendiendo que, incluso aquellos que están disfrazados de amigos pueden resultar los más traicioneros adversarios de la vida…

También descubrí que, por alguna razón que sólo Dios conoce y a quien ofrezco mis dolores, el día de mi cumpleaños el el elegido por esta clase de personas para infringirme penas y dolores….

Es así como una vez más, este año fue elegido ese día en particular para desvincularme de la empresa en la que trabajé durante los últimos 18 años a causa de una profunda reestruccturación que está sufriendo la misma y que implica la salida de más del 20% de sus empleados sólo aquí, en Argentina aunque lo mismo está ocurriendo alrededor del mundo…

Quiero así pedirles una oración por mi, para que Dios me de la serenidad y fortaleza necesarias para enfrentar este momento en paz; y por aquellos que, de una manera que no respeta la dignidad de las personas llevan acabo estas directivas, para que encuentre paz en sus corazones.

 

Gracias

Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

Posted: August 28th, 2012, by Matoga

«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre»

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2.6-8

«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las normas que yo os enseño para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que os da Yahveh, Dios de vuestros padres. No añadiréis nada a lo que yo os mando, ni quitaréis nada; para así guardar los mandamientos de Yahveh vuestro Dios que yo os prescribo.

Guardadlos y practicadlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos estos preceptos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”. Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahveh nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?»

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 1, 17-18.21b- 22.27

«Toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación. Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas.

Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

«Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, – es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: “¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?” El les dijo: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: = Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. =  En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. = Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres”.

Llamó otra vez a la gente y les dijo: “Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

¿Vivo realmente mi fe? ¿Qué es lo más importante para mí en mi relación con Dios? A estas preguntas responden las lecturas del Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. La Primera Lectura responde que la religión auténtica consiste en escuchar y cumplir fielmente todos los mandamientos del Decálogo. Jesucristo, en el Evangelio de San Marcos, enseña que «el mandato de Dios» está por encima de las tradiciones y leyes humanas. Por tanto, la verdadera religión está en el corazón del hombre, que escucha y pone en práctica la Palabra de Dios. A partir de este Domingo y, durante los seis Domingos siguientes, leeremos la carta del apóstol Santiago. En un lenguaje muy directo y concreto, nos dirá que la religión pura e intachable ante Dios consiste en poner por obra «la Palabra» que hemos recibido de Jesucristo: amar al prójimo, especialmente a los más necesitados de este mundo.

«Escucha Israel los preceptos y las normas que yo os enseño…»

El pasaje de la Primera Lectura  pertenece al primer discurso de despedida de Moisés. En él hace un recuento de la historia de Israel desde la esclavitud y liberación de Egipto hasta el reparto de las tierras en Transjordania, a punto ya de cruzar el Jordán para la conquista de Palestina. El texto se centra en la Ley del Señor como sublime sabiduría que acredita, ante las demás naciones, al Dios de Israel y a su Pueblo. La ley mosaica fue complicándose después por la casuística atomizada de las escuelas rabínicas.

El libro del Deuteronomio (que en griego significa segunda ley) es el último de los cinco libros del Pentateuco y constituye una «teología[1]» de la historia de Israel con la perspectiva que dan los siglos a los hechos relatados. Su redacción definitiva data probablemente de los tiempos del destierro babilónico, en los círculos sacerdotales (IV a.C.). Su texto permaneció desconocido durante mucho tiempo, habiendo sido localizado en el reinado del rey Josías en el 622 a.C., ofreciendo una base muy importante para la reforma  religiosa y moral que se dio en Israel.

La religión pura e intachable ante Dios

El apóstol Santiago nos pone en guardia, en la Segunda Lectura, contra la permanente tentación del “formalismo” religioso y la incoherencia de vida. Éste es un escrito de carácter eminentemente práctico y moral, y su mentalidad es la de mayor cuño judío de todo el Nuevo Testamento, con muy pocas referencias directas a Jesucristo. La idea fundamental es la de dar a conocer «la religión  pura e intachable a los ojos de Dios».

El concepto clave de este pasaje es «la Palabra» (St 1,18). La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la Palabra, sobre todo, la Palabra de la Salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta Palabra que se identifica con la ley perfecta, la libertad (St 1,25); es el mensaje del Evangelio por el que los bautizados hemos nacido a una vida nueva. Más adelante dirá que la fe debe de traducirse a las obras, porque la fe sin obras está muerta (ver St 2,14ss.).

«La tradición de los antepasados»

Reuniéndose nuevamente la gente alrededor de Jesús, tenemos una sección que se inicia tras el portentoso milagro de «la multiplicación de los panes» (Mc 6,30-44). El milagro ha inundado el aire con la fresca fragancia del pan multiplicado. La llegada de los maestros de la ley y los fariseos trae, sin embargo, un pesado aire del legalismo más mezquino. Parece como si las manos de Jesús, de los discípulos y de las cinco mil personas saciadas olieran todavía a pan, mientras que las de los maestros de la ley y la de los fariseos, debidamente lavadas y purificadas, despidieran un olor nauseabundo. Sin coraje para enfrentarse directamente con Jesús o con la gente, escogen a los discípulos como blanco de sus críticas.

La discusión comenzó en torno a ciertas prácticas de purificación ritual al ver los fariseos y los escribas que «algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, no lavadas… le preguntan (a Jesús): ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?[2]». La pregunta habría sido inofensiva, si no hubieran incluido la acusación descalificadora: «Tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados». La cuestión del lavatorio de manos, codos, copas, jarros y bandejas queda olvidada y la discusión se centra sobre el valor de esa «tradición de los antepasados». A esto se refiere Jesús en la defensa que hace de sus discípulos. La expresión «tradición de los antepasados» es un término técnico que indica el cuerpo de leyes transmitidas oralmente y que los fariseos consideraban igualmente vinculantes que la ley escrita. Jesús la llama «tradición de hombres» o «vuestra tradición»; concuerda en que son preceptos, pero los llama «preceptos de hombres» y los contrapone al «precepto de Dios».

Veamos la violenta reacción de Jesús: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios os aferráis a la tradición de los hombres». La respuesta fuerte y directa nos revela que el asunto no se trata de una cuestión de higiene, sino de un asunto religioso. Las abluciones y el lavatorio de manos y vasijas es una observación ritual, y había sido asumida como parte de la ley judía que incluía otros preceptos importantes como «honrar padre y madre». Se trata entonces de decidir qué valor salvífico tiene la observancia de una ley externa, tanto más que, como hace notar Jesús, en este caso se trata de «preceptos de los hombres». La ley que es santa y que fue dada por Dios, se había desconectado de su origen y se había transformado en un código externo, de cuyo cumplimiento riguroso dependía la salvación. Sutilmente se había vuelto contra el dogma central de la fe judía, el de la trascendencia e independencia absoluta de Dios. La ley se había transformado en la manera cómoda de manejar a Dios: si observo externamente todas las normas, Dios está «obligado» a salvarme. La salvación ya no es obra de Dios sino es mía…solamente mía.

Y es precisamente esto lo que denuncia San Pablo: «Si la salvación se obtiene por las obras de la ley, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,21). Ahora entendemos por qué el asunto tiene validez actual y porqué Cristo reacciona de esa manera tan fuerte. A propósito de esta discusión sobre las tradiciones de los antepasados, Jesús se detiene en el tema de los alimentos puros o impuros, preguntando a sus discípulos: «¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerlo impuro, pues no entra en su corazón sino en el vientre y va a parar al excusado?». Y la conclusión es la que rige hasta ahora a los cristianos: «Declaraba así puros todos los alimentos». Luego Jesús afirma: «Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios… Todas estas perversidades salen de dentro y hacen impuro al hombre». La impureza del corazón, es el estado que hace al hombre indigno ante Dios.

Si todas esas cosas son las que hacen al hombre impuro, nos preguntamos: ¿Qué es lo que lo hace puro? Leamos lo que dice San Pedro a los demás apóstoles para justificar el haber aceptado al bautismo a los gentiles: «Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe» (Hech 15,8-9). El corazón del hombre se purifica con la aceptación de la fe en Cristo y por la práctica de su mandamiento de amor a Dios y al prójimo. «El amor es infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). El que ama ha cumplido la ley en plenitud y todo precepto particular debe de ceder ante las exigencias del amor que es la norma suprema: estamos hablando del amor sobrenatural, de ése que habla San Juan cuando dice que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Por eso no puedo haber contradicción entre la ley de Dios y la ley del amor. La ley de Dios es el amor puesto en práctica. El gran San Agustín con el genio que lo caracteriza, sintetiza magistralmente la relación entre la ley y el amor sobrenatural: «Ama y haz lo que quieras». En el fondo: ama y serás libre.

Una palabra del Santo Padre:

«En este momento no puedo por menos de pensar en la situación, cada vez más grave y trágica, que se está viviendo en Oriente Próximo: centenares de muertos, muchísimos heridos, una multitud ingente de personas sin hogar y de desplazados; casas, ciudades e infraestructuras destruidas, a la vez que en el corazón de muchos parece crecer el odio y el deseo de venganza. Estos hechos demuestran claramente que no se puede restablecer la justicia, crear un orden nuevo y edificar una paz auténtica cuando se recurre al instrumento de la violencia. Hoy, más que nunca, constatamos cuán profética y al mismo tiempo realista es la voz de la Iglesia cuando, ante la guerra y todo tipo de conflictos, indica el camino de la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como señala la inmortal encíclica «Pacem in terris» del beato Papa Juan XXIII. Este es el camino que debe recorrer la humanidad también hoy para conseguir el deseado bien de la paz verdadera.

En nombre de Dios me dirijo a todos los responsables de esta espiral de violencia para que cada una de las partes deponga inmediatamente las armas. A los gobernantes y a las instituciones internacionales les pido que no escatimen ningún esfuerzo para obtener este necesario alto el fuego, para que se pueda comenzar a construir, mediante el diálogo, una convivencia duradera y estable entre todos los pueblos de Oriente Próximo. A los hombres de buena voluntad les pido que sigan intensificando el envío de las ayudas humanitarias a aquellas poblaciones tan probadas y necesitadas.

Pero, especialmente, es necesario que desde todos los corazones se siga elevando la oración confiada a Dios bueno y misericordioso, para que conceda su paz a aquella región y al mundo entero. Encomendemos esta ferviente súplica a la intercesión de María, Madre del Príncipe de la paz y Reina de la paz, tan venerada en los países de Oriente Próximo, donde esperamos que pronto reine la reconciliación por la que el Señor Jesús dio su sangre preciosa».

Benedicto XVI. Ángelus 30 de Julio de 2006

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos», nos exhorta Santiago. ¿Cómo vivo mi fe en mi vida cotidiana?  ¿Soy coherente? ¿Doy testimonio de mi fe cristiana a lo largo de mi día? ¿De qué manera concreta?

2.  Leamos en familia el Salmo Responsorial 15 (14) y pidamos al Señor que nos dé su gracia para vivir más el amor especialmente con el prójimo y el más necesitado. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2052-2055. 2093 -2094

 

[1] Teología: del griego Theos = Dios, y Logos = palabra, tratado. La ciencia que estudia a Dios y lo referente a Él, a la luz de la revelación. La teología es reflexión: es la fe que busca entender («fides quaerens intellectum») hasta donde le es posible, consciente que en el fondo permanece el misterio insondable de Dios.

[2] Comentando este pasaje Riccotti nos dice: «No se imagine que semejante cúmulo de prescripciones fuese sugerido por miras meramente higiénicas o pudiese tomarse a la ligera. Al contrario: el espíritu que lo había dictado era estrictamente religioso, y quien no lo cumpliera habría violado preceptos sagrados. Encontramos, en efecto, sentencias rabínicas de este género: “Quien come pan sin lavarse las manos, es como quien frecuenta una meretriz… quien descuida el lavarse las manos será desarraigado del mundo” (Sotah, 4b). Otras veces se pregunta que quiénes son los del “pueblo de la tierra” (am’ha’aretz), esto es, aquellos que según el gran Hillel, no temían el pecado y no eran piadosos (§ 40), y se contesta que “los que comen manjares profanos y no en estado de pureza”, es decir, sin lavarse las manos (Berakhoth, 47b). En ocasiones se citan sentencias de excomunión dictadas contra quienes descuidaban la limpieza de las manos antes de comer.

Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: August 8th, 2012, by Matoga

«El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

«El (Elías) caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama[1]. Se deseó la muerte y dijo: “¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!” Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: “Levántate y come”. Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió por segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti”. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4, 30-5,2  

«No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención. Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo.»

Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como  oblación y víctima de suave aroma.»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 41-51

«Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”

Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día.  Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.  No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre.  En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna.  Yo soy el pan de la vida.  Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron;  este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.  Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Las lecturas de la semana pasada subrayaban el poder de la fe. Este Domingo  el acento se pone en la eficacia, el poder, de la Eucaristía. El pan eucarístico que Cristo nos da está prefigurado en el pan que un mensajero de Dios ofrece a Elías, «con la fuerza del cual caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb» (Primera Lectura). El pan del que Cristo habla en el Evangelio es el pan bajado del cielo, es el pan de la vida; de una vida que dura para siempre ya que es su carne ofrecida para que el mundo tenga vida eterna (Evangelio). La carne ofrecida como oblación y víctima de suave aroma da fuerza a los cristianos para «vivir en el amor como Cristo (nos) amó» (Segunda Lectura).

La fuerza de aquella comida

Elías es una de los grandes profetas que actuó en el reino del norte en el siglo IX a.C. en el tiempo del rey Ajab. Los libros de los reyes narran los grandes milagros realizados por él y su enérgica lucha contra el culto idolátrico a Baal. La crisis de fe propia de su tiempo le alcanza respecto a la misión que Dios le ha confiado. Su celo, un tanto difícil de entender para nosotros, fue tanto que mandó matar a 450 sacerdotes del falso dios Baal en el torrente de Quisón, después que fracasaron con el fuego del sacrificio en lo alto del monte Carmelo.

Por eso Elías sufre el odio a muerte del rey Ajab y de su esposa Jezabel, adoradores ambos de ídolos, como tantos israelitas en el reino del norte. El profeta tiene que huir al desierto. Allí le espera el sol, el hambre, la fatiga y la desesperación. Rechazado por todos, se ve seriamente tentado a abandonar todo. Así, al final de la jornada se sentó bajo una retama y se deseó la muerte.

En ese momento Dios interviene mandándole por medio de un ángel pan del cielo. El pan que Dios le da le saca primeramente de su angustia y de su descarrío, y luego le da fuerzas extraordinarias para marchar hasta el monte Horeb en el Sinaí; lugar donde Dios se reveló a Moisés como Yahveh y donde hizo alianza con su pueblo entregando a Moisés las Tablas de la Ley. Ese pan del cielo que fortificó a Elías es prefiguración del pan bajado del cielo, que es el mismo Jesucristo.

¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?

El Evangelio del Domingo pasado nos narra el diálogo de Jesús con los judíos que culmina con una frase reveladora acerca de Él mismo: «Yo soy el pan de la vida». El Evangelio de esta semana nos dice cuál fue la reacción de los judíos ante la afirmación hecha por Jesús: «Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”».  Una persona atenta y cuidadosa notará inmediatamente que Jesús no ha dicho exactamente eso y que fácilmente podría responder diciendo: «Yo no he dicho eso». Pero Jesús no reacciona así, porque si bien los judíos no citan sus palabras textualmente, la conclusión a la que llegan es exacta. Es decir Jesús ha proclamado que el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Y cuando los oyentes exclaman: «Señor, danos siempre de este pan»; es claro que se refieren a ese pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Al hacer esta petición, ellos confían en que Jesús puede dar ese pan. Tendría que ser algo mucho mejor que los panes de cebada multiplicados por Jesús que ellos ya habían comido al otro lado del lago. Ciertamente pensarían: ¿quién sabe ahora qué milagro hará ahora para hacer caer ese pan del cielo que da la vida al mundo? La respuesta de Jesús «Yo soy el pan de la vida», es como la que había dado a la samaritana cuando ella aseguró que vendría el Mesías y entonces toda duda sería resuelta por Él: «Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26).

Los judíos hacen un buen resumen de lo ha dicho Jesús. No han torcido sus palabras sino que ellos entienden que Jesús es el pan que ha bajado de los cielos y por eso murmuran. Podríamos esperar que Jesús los tranquilizara, pero no hace eso, porque lo que han entendido los judíos es exactamente lo que Él ha querido decir. Jesús da un paso más y realiza una revelación más al decir: «Yo soy el pan de la vida…Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”». En el comentario de los próximos Domingos veremos cuál fue la reacción de los judíos.

«El que cree tiene vida eterna»

En este pasaje del Evangelio de San Juan, vamos encontrar una declaración solemne de Jesús, de ésas que están dichas para ser memorizadas y tenidas como fundamento de la vida: «En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna». Jesús no promete la vida eterna solamente para después de la muerte. La vida eterna se posee desde ahora, la poseen los que creen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre y fundan su existencia en su Palabra.

Sobre la base de esta declaración leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (l Co 13, 12), “tal cual es” (1 Jn 3, 2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna»[2]. Y citando a Santo Tomás agrega: «la fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida eterna»[3]. La fe en Jesús nace de ese conocimiento que poseemos de las cosas que Dios nos ha enseñado. Si la inteligencia del hombre experimenta el gozo en el conocimiento de la verdad natural, ¡qué decir del gozo que experimenta en el conocimiento de la Verdad eterna, que es Cristo! Este conocimiento no se adquiere por esfuerzo humano, pues lo supera infinitamente; este conocimiento lo enseña sólo Dios. La Eucaristía, el «Pan de vida eterna», es parte de la enseñanza divina.

«Sed más bien buenos entre vosotros»

En la carta a los Efesios, San Pablo exhorta a la comunidad a vivir según las mociones del Espíritu: ser buenos, compasivos…vivan en el amor como Cristo vivió. El modelo es el «Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad». Solamente en la comunión con el Señor de la Vida podremos intentar desaparecer de nosotros toda clase de maldad ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13).

Una palabra del Santo Padre:

«La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es “fuente y cima de toda la vida cristiana”. “La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo. El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros” (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24).

Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados” (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato “haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años».

Juan Pablo II. Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 1-2.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1.El caso de Elías, salvadas las distancias, se puede repetir en nuestra propia situación personal. Cuando crece la incoherencia e indiferencia de la fe en el ambiente en que vivimos. Cuando crece amenazante el desierto de la increencia, cuando se torna intratable el  duro asfalto de la vida, cuando Dios se pierde en el horizonte, entonces surge fácilmente el cansancio en la fe. Sin embargo, todos podemos y estamos llamados a atravesar el desierto de la fe sin desfallecer. ¿Dónde encontrar las fuerzas que necesitamos?  La Palabra de Dios y el Pan de la Vida son el alimento que nos fortalecen y nos dan vida eterna.

2. ¿Alguna vez he tomado conciencia de que así como puedo entristecer puedo también alegrar al Espíritu Santo de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1391- 1398.  

 

[1] Retama: nombre común que reciben varias especies pertenecientes a géneros muy próximos de arbustos de tallos característicamente rígidos, con profusión de flores atractivas, casi siempre de color amarillo, similares a las del guisante o chícharo, aunque también las hay de flor blanca. Son plantas nativas de Europa, norte de África y Oriente Próximo; ahora se cultivan en algunas zonas de América del Norte, donde también se han naturalizado.

[2]Catecismo de la Iglesia Católica, 163.

[3]Catecismo de la Iglesia Católica,184.

Cuánto nos queda por aprender!!!!

Posted: July 31st, 2012, by Matoga

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas.

Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio.

Cuando les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar, le respondieron: UBUNTU ¿Cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?

UBUNTU, en la cultura Xhosa significa: “Yo soy porque nosotros somos”.

Dice el sacerdote misionero franciscano padre JORGE BENDER (argentino) en su libro “Africa no me necesita: Yo necesito de Africa!”… (pag. 64)

UBUNTU es un concepto que proviene de las lenguas zulú y xhosa. Ubuntu es visto como un concepto africano tradicional. Si lo queremos traducir a nuestra lengua podríamos decir: “Humanidad hacia otros”; “Soy porque Ustedes son”: “Una persona se hace humana a través de las otras personas”; “Una persona es persona en razón de las otras personas”. Esta es una definición más larga y exacta: “Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazada cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está segura de sí misma ya que sabe que pertenece a una “gran totalidad”, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”, dicho por el arzobispo africano Desmond Tutu.

Hay un dicho popular:“Umuntu, nigumuntu, nagamuntu” que en zulú significa, “una persona es una persona a causa de los demás”. En síntesis, el ubuntu es un ser social. Y no es sino en relación a los demás.

Ojalá que nos contagiemos un poco de este concepto de la ética africana y de este modo de pensar para superar el galopante individualismo en que vivimos.

 

Gracias a mi amigo Claudio por la info

Intenciones de Oración del papa para el mes de agosto

Posted: July 31st, 2012, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 31 julio 2012 (VIS).-La intención general del Santo Padre para el apostolado de la oración en el mes de agosto es: “Para que los encarcelados sean tratados con justicia y con respeto de su dignidad humana”.

Su intención misionera es: “Para que los jóvenes, llamados al seguimiento de Cristo, proclamen y den testimonio del evangelio hasta los confines de la tierra”.

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: July 25th, 2012, by Matoga

«Repartió entre los que estaban recostados todo lo que quisieron»

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42- 44

«Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: “Dáselo a la gente para que coman”. Su servidor dijo: “¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?” El dijo: “Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará”. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 4,1- 6

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 1- 15 

«Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: “¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco”. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?” Dijo Jesús: “Haced que se recueste la gente”. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil.

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

Desde este Domingo y en los subsiguientes profundizaremos en el mensaje del capítulo sexto del Evangelio de San Juan: el llamado discurso sobre el Pan de Vida: Jesús mismo ofrece su vida por la salvación y reconciliación de toda la humanidad. El capítulo se inicia con el relato de la multiplicación de los panes, que es uno de los «signos mesiánicos» que realiza Jesús por el cual lo quieren proclamar rey. En él se revela el misterio de la gloria de Jesús. A través del hecho exterior estamos invitados a captar un mensaje y una verdad más profunda. El «signo» se vuelve anuncio y catequesis del misterio de Cristo «Pan de Vida Eterna». Jesús llega  a alimentar a unos cinco mil hombres (sin contar las mujeres y los niños), superando largamente al profeta Eliseo que alimentó a cien personas con veinte panes de cebada (Primera Lectura).

El texto de la Primera Lectura destaca la voluntad de Dios de alimentar a aquel grupo que está con el profeta, a pesar de la poca provisión de panes con que cuentan. Eliseo no es un mago, es un «hombre de Dios» que actúa siempre en obediencia al Señor. Es un creyente fiel y un profeta. Por eso, ante la duda de su criado, insiste: «Dáselo, porque el Señor dice: ‘comerán y sobrará’». Y así sucedió. En la Segunda Lectura vemos como la unidad de la comunidad cristiana es el fruto concreto del llamado a vivir de acuerdo a nuestra dignidad y vocación. El pan eucarístico será el centro y el alimento de esa comunidad llamada a vivir una sola fe y un solo bautismo con las exigencias concretas que eso conlleva: humildad, paciencia, mansedumbre, entre otras. Hermanos en Jesucristo, miembros de la única Iglesia que es guiada por el Espíritu Santo e hijos de un mismo Padre que vela «por todos y en todos».

¿Multiplicación de los panes en el Antiguo Testamento?

En el relato de la multiplicación de los panes por Jesús hay una evidente coincidencia con el relato de la Primera Lectura en que el profeta Eliseo hace lo mismo aunque en menor escala. En los dos casos los panes que se multiplican son de cebada, detalle propio de la gente más pobre; tanto los pobres de Eliseo como los seguidores de Jesús sacian su hambre porque el pan de uno de ellos se convierte en el pan que todos comparten. En ambos casos, lo que se hace es compartir lo poco que hay. Y entonces Dios derrama su abundante bendición realizando así un portentoso milagro.

El pasaje de la Primera Lectura corresponde al ciclo de los milagros de Eliseo, discípulo del profeta Elías, cuyo manto heredó como signo de la continuidad de su misión y de su espíritu, incluso de sus milagros. Eliseo continuó demostrando el poder de Dios en una época crítica de la historia religiosa de Israel. Su ministerio duró cerca de cincuenta años (hacia 850-796 A.C.) y se extendió durante el reinado de cuatro reyes.

La misión de Eliseo fue la de restablecer la alianza de Dios con Israel. En el contexto del segundo libro de los Reyes, los relatos de los milagros de Eliseo son una respuesta fuerte contra el sincretismo religioso que vivía Israel que recurría a Baal (divinidad cananea de la fertilidad) y no a Yahveh para obtener el pan, el agua, el aceite y los frutos de la tierra. El milagro del profeta pone de manifiesto el poder de Yahveh, el único que hace fértil la tierra y da la vida a su pueblo. A través de la fe del profeta se hace presente también el poder y la fidelidad de Dios en una situación límite, en donde los medios humanos son escasos y las capacidades del hombre resultan insuficientes. Eliseo multiplica en Guilgal (al norte de la ciudad de Betel en el Reino de Israel) veinte panes de cebada para alimentar a la gente hambrienta que le llevan las primicias del pan y del grano fresco en espiga; ya que, viviendo en el reino del norte, no pueden ofrecerlas en el Templo de Jerusalén; por lo tanto se las entregan al profeta del Señor.

La multiplicación en el Nuevo Testamento

La multiplicación de los panes es el único milagro del ministerio público de Jesús que es narrado por los cuatro evangelistas con notables coincidencias.  En la multiplicación de los panes según el relato de San Juan, el evangelista comienza por hacer notar que «estaba cerca la Pascua», la fiesta de los judíos (Jn 6,4). Estamos en primavera y es por eso que hay abundante hierba en el lugar, es decir es antes de la Pascua judía pues más tarde, después de la fiesta, por la falta de lluvias, la hierba se marchita y se seca prontamente. Pero esa ambientación pascual es más que una indicación meramente cronológica; es alusión a la Pascua, en la que Jesús iba a ser sacrificado como el nuevo Cordero Pascual. Según el Evangelio mucha gente seguía a Jesús porque veían las «señales» que realizaba. Es que para San Juan, los milagros son «señales, signos» de una realidad más profunda y más importante. Hasta diecisiete veces repite el cuarto evangelio la palabra «signo» y casi siempre para designar los milagros de Jesús como hechos extraordinarios de la fe, como «palabra visible» y el mensaje de lo alto, siendo el mismo Jesús el «gran signo de Dios». Por eso la multiplicación de los panes es uno de los grandes signos de revelación de Jesús que encontramos en el cuarto Evangelio. Partiendo del pan material, Cristo deja manifiesto en su posterior discurso sobre el Pan de la Vida que Él mismo es el pan vivo bajado del cielo y el pan eucarístico (su carne y su sangre) que da vida eterna al que lo recibe.

Es interesante poder ir más allá del relato y descubrir que los gestos de Jesús que preceden a la multiplicación son idénticos a los de la última Cena del Señor cuando instituye la Eucaristía y a los de la cena con los discípulos de Emaús: «toma el pan, da gracias y lo reparte».Elcarácter tradicional del convite judío ha sido observado plenamente por Jesús, ya sea en el acomodarse, en la plegaria previa y en la fracción del pan, que correspondían al jefe de familia, y fue observado también al final con la recogida de las sobras, que se practicaba en toda comida judía. Dentro del relato merece mención especial el verbo «eujaristein», que traducimos por «dar gracias». Es el verbo utilizado en la última cena (ver Mc 14,23 y par.) y en la referencia que Pablo hace a ella (ver 1 Cor 11,24). A comienzos del siglo II ya se había convertido en término técnico para designar la celebración eucarística según leemos en la Didajé (ver 9,5; 10,1s)[1].

En la multiplicación de los panes, Jesús se revela como el Buen Pastor que se preocupa por las ovejas y las alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Este marco «litúrgico-sacramental» y el detalle final de recoger las sobras «para que nada se desperdicie», nos muestra la reverencia ante el milagro realizado. Velado anuncio que se hace explícito en la catequesis posterior del mismo capítulo, cuando dice Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51). La multiplicación de los panes es una «señal» que sirve de introducción al discurso del Pan de la Vida.

Sin embargo la gente no vio más que el milagro material: «Al ver la señal que había hecho…intentaban tomarlo por la fuerza y hacerlo rey». Jesús, viendo que no había verdadera fe, se sustrae a este entusiasmo superficial: «Huyó de nuevo al monte solo». Se nos enseña así que para estar con Jesús se exige la fe; el materialismo lo hace alejarse de nosotros. Se anticipa aquí la afirmación que hace el mismo Jesús ante Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36).

«Un solo Señor, una sola fe…y un solo Dios y Padre de todos»

En el texto de la Segunda Lectura tenemos una llamada a la unidad eclesial de todos los que creemos en Jesucristo. La motivación fundamental es la común vocación cristiana y el medio para mantener esa unidad son las virtudes que ayuden a fomentar la paz; la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la comprensión mutua. La unidad es un don de Dios, pero requiere de nuestra parte una activa colaboración y un sincero esfuerzo.

En la raíz del amor concreto y de la unidad de la fe se encuentra el misterio de la Trinidad, como fuente de vida, de comunión y de verdad en la Iglesia. San Pablo considera tres posibles peligros que amenazan la unidad de la Iglesia: la discordia entre los mismos cristianos, la necesaria diversidad en los ministerios y la propia unidad en Cristo Jesús

Una palabra del Santo Padre:

«La palabra del evangelio que inspira nuestro encuentro nos muestra a Jesús que, tras haber dado de comer milagrosamente a la muchedumbre, hace recoger las sobras (cf. Mc 6, 43). Aquellos trozos de pan y de pescado no debían ser desaprovechados. Eran el pan de una multitud necesitada, pero que debía ser el pan de la solidaridad, compartido con otros necesitados; no el pan del derroche insolidario. Esta palabra del Evangelio tiene un gran sentido entre vosotros. Con gran alegría me he enterado de la generosidad con que muchos de los habitantes de este “pueblo joven” ayudan a los hermanos más pobres de la comunidad, en los comedores populares y familiares, en los grupos para atender a los enfermos, en las campañas de solidaridad para socorrer a los hermanos golpeados por las catástrofes naturales. Son testimonios estupendos de caridad cristiana, que muestran la grandeza de alma del pobre para compartir… Y es que tantas veces los “pobres de espíritu”, a quienes el Señor llamó por eso Bienaventurados, están más abiertos a Dios y a los demás; todo lo esperan de Él; en Él confían y ponen su esperanza…

El “dadles de comer” pronunciado por Cristo, sigue resonando en los oídos de la Iglesia, del Papa, de los Pastores y colaboradores. Es la voz de Jesús, ayer y hoy. La Iglesia quiere ser, con esa voz de Cristo, abogada de los pobres y desvalidos. Ofrece su doctrina social como animadora de auténticos caminos de liberación. No cesa de denunciar las injusticias, y quiere sobre todo poner en movimiento las fuerzas éticas y religiosas, para que sean fermento de nuevas manifestaciones de dignidad, de solidaridad, de libertad, de paz y de justicia. Ella ayuda en lo que puede a resolver los problemas concretos, pero sabe que sus solas posibilidades son insuficientes.

Por ello quiere lanzar desde aquí, a través de mi voz, una urgente llamada a las Autoridades y a todas las personas que disponen de recursos abundantes o pueden contribuir a mejorar las condiciones de vida de los desheredados. El “dadles de comer” ha de resonar en sus oídos y conciencias. Dadles de comer, haced todo lo posible por dar dignidad, educación, trabajo, casa, asistencia sanitaria a estas poblaciones que no la tienen.

Redoblad los esfuerzos en favor de un orden más justo que corrija los desequilibrios y desproporciones en la distribución de los bienes. Para que así, cada persona y familia pueda tener con dignidad el pan cotidiano para el cuerpo y el pan para el espíritu. Por parte vuestra, pobladores de esta villa “El Salvador”, sed los primeros en empeñaros en vuestra elevación. Dios ama a los pobres que son los preferidos en su Reino. Y la dignidad de un pobre abierto a Dios y a los demás, es muy superior a la de un rico que cierra su corazón.

Pero Dios no quiere que permanezcáis en una forma de pobre que humilla y degrada; quiere que os esforcéis por mejoraros en todos los sentidos. Como dije en Brasil: “no es permitido a nadie reducirse arbitrariamente a la miseria a sí mismo y a su familia; es necesario hacer todo lo que es lícito para asegurarse a sí mismo y a los suyos cuanto hace falta para la vida y para la manutención” (Río de Janeiro, visita a la “favela Vidigal”, 2 julio 1980, 4)».

 

Juan Pablo II. Discurso en Villa El Salvador, Lima, 5 de febrero de 1985.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San León Magno dice que cuando uno come algo, un trozo de pan, un trozo de carne, lo que sea, lo que uno come se convierte en uno, uno lo asimila. Pero con el Pan de la Eucaristía no sucede eso. No somos nosotros los que convertimos a Cristo en nosotros, es Él quien nos convierte a nosotros en Él. Es por eso que San Pablo podía decir: «Yo vivo, sí, yo vivo, pero ya no soy yo quien vive, porque es Cristo quien vive en mí» (Ver Gl 2,20). ¿Realmente me dejo transformar por el Señor cada vez que comulgo? ¿Soy consciente que es Jesús mismo quien se me brinda como alimento?

2. La Nueva Alianza exige la realidad de un hombre nuevo, renacido con el Señor Jesús en el bautismo, que sea consecuente con esa nueva identidad basada en el amor, en el servicio, en la obediencia al Divino Plan. La meta es la edificación de todo en el amor; el mundo humano transformado por amor. Esta es la única y verdadera revolución: la revolución del amor. ¿Qué puedo hacer para realmente vivir el amor en mi vida cotidiana? Hagamos una lista de cosas muy concretas. 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1333 -1344. 

 

[1] Didajé: escrito que contiene  la doctrina de los Doce Apóstoles. Se lo data alrededor del año 90.

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: July 16th, 2012, by Matoga

«Andaban como ovejas sin pastor»

Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

«¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! – oráculo de Yahveh -. Pues así dice Yahveh, el Dios de Israel, tocante a los pastores que apacientan a mi pueblo: Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis. Mirad que voy a pasaros revista por vuestras malas obras – oráculo de Yahveh -.

Yo recogeré el Resto de mis ovejas de todas las tierras a donde las empujé, las haré tornar a sus estancias, criarán y se multiplicarán. Y pondré al frente de ellas pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas, ni faltará ninguna – oráculo de Yahveh -. Mirad que días vienen – oráculo de Yahveh – en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguro. Y este es el nombre con que te llamarán: “Yahveh, justicia nuestra”.»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 2, 13-18

«Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,30 –34 

«Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco”. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.

Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.»

Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Los reyes han pastoreado mal al pueblo elegido y por eso se han dispersado. El Señor nunca se olvida de su pueblo elegido y promete reunirlos de nuevo mandando buenos pastores – como el Rey David – que siendo prudentes y justos, devolverán al pueblo el descanso en su tierra (Primera Lectura). En el Evangelio Jesús se muestra como el Pastor Bueno que siente lástima y compasión por las multitudes que lo siguen ya que andan necesitadas de orientación y es por eso que se pone a enseñarles «muchas cosas».

El pastoreo de Jesucristo es universal y por medio de su sacrificio reconciliador es capaz de derrumbar el «muro de enemistad» que existía entre judíos y paganos. Efectivamente, un muro de piedra separaba en el Templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos; el historiador Flavio Josefo relata que sobre este muro había letreros que prohibían el paso a todo extranjero bajo pena de muerte. Las legiones romanas de Tito y Vespasiano derribaron el muro físico en el año 70. Pero ya antes Jesucristo había hecho de los dos pueblos «un solo Cuerpo», un nuevo pueblo (Segunda Lectura).

«El Señor es mi pastor nada me falta…» 

La Primera Lectura del profeta Jeremías[1] contiene un pliego de reclamos contra los malos pastores del pueblo de Israel; condena que viene a sumarse a la que encontramos en Ezequiel 34. El concepto de «pastor» en el Antiguo Testamento es muy amplio y se refiere fundamentalmente a los reyes siendo también aplicable a los profetas y a los sacerdotes. Era una imagen muy familiar en una cultura de pueblos nómades, cuyos antepasados fueron pastores: los Patriarcas, Moisés y el mismo rey David entre otros.

Ante el abandono del pueblo, será el mismo Señor quien ahora se convertirá en el Pastor de su rebaño y suscitará en el futuro un vástago legítimo de David; cuyo nombre será «germen -retoño- justo». Jugando con el nombre Sedecías[2], rey de turno que había sido impuesto por los babilonios, Jeremías evocará al rey ideal por el cual el Señor hará justicia, es decir salvará a su pueblo. El rey esperado se llamará «Yahveh nuestra justicia».

La justicia – en sentido bíblico- designa la reconciliación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con Él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través de la reconciliación, haciéndolo capaz de vivir nuevamente en relación con Él. A la «justicia-reconciliación» de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como «hombre justo» delante de Dios.

Por lo tanto, el Plan mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción reconciliadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo el derecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella. El regreso deseado a la tierra prometida será tan admirable como la entrada original en la tierra y hará olvidar el antiguo Éxodo (ver Jr 16,14-15).

El Salmo responsorial de este Domingo es el bellísimo Salmo 23 (22): «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba, me apacienta». Es tal la belleza y la riqueza de este salmo, que los Padres de la Iglesia veían en él un claro anuncio del banquete eucarístico: «Tú preparas ante mí una mesa…unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa…».

«Venid a mí los cansados…» 

El Evangelio del Domingo pasado nos narraba el momento en que Jesús mandó por primera vez a los Doce a predicar la Buena Nueva. Los apóstoles se reunieron con Jesús a contarle, con alegría, lo que habían hecho y enseñado. Vemos como el Señor y sus discípulos terminaban extenuados después de la misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas, no teniendo ni tiempo para comer. Entonces Jesús asume la actitud paternal del buen Pastor y les dice: «venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco». Él mismo se preocupa de que los apóstoles tomen un merecido descanso. Este bello gesto de Jesús tan humano y tan comprensivo, nos muestra la actitud que tiene con cada uno de nosotros. El Evangelio nos enseña que no existe para el hombre descanso verdadero, sino es en Dios.

Según leemos en la Biblia, Dios trabajó seis días, llevando a cabo la obra de la creación, y al séptimo día, Dios «descansó». San Agustín nos dice: «¡Cuánto nos ama Dios, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!». El verdadero descanso del hombre es una participación en el descanso de Dios. El descanso no puede ser entendido solamente como una reposición de las sustancias vitales desgastadas por la faena diaria ya que el ser humano es mucho más que un conglomerado de complejos procesos químicos.

El verdadero descanso tiene en cuenta que el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, solamente lo podrá realizar en amistad con su Creador. Este Evangelio nos muestra la realización concreta de esa invitación que Jesús dirige a todos: «Venid a mí los cansados y agobiados; yo os daré descanso» (Mt 11,28). Esto es lo que hace Jesús con sus apóstoles. En ese mismo texto Jesús indica la condición del verdadero descanso: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Por eso si no descansa en el Señor el alma y el espíritu; tampoco podrá reposar plenamente el cuerpo. Hoy en día vemos por doquier que lo que verdaderamente falta es el «descanso del alma y del espíritu». Los mismos días libres son días de agitación y hasta de compras para muchos. No hay tiempo para la oración ya que no hay tiempo para entrar en el descanso de Dios sin embargo sigue muy vigente la experiencia de San Agustín: «Nos creaste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones 1,1). El peligro de quedar absorbidos en los muchos quehaceres amenazaba también a los apóstoles ya que «no les quedaba ni tiempo para comer». Y no obstante teniendo tanto que hacer, se fueron con Jesús en la barca a un lugar solitario.

Un corazón lleno de misericordia

Al desembarcar, Jesús, vio mucha gente y «sintió compasión por ellos, pues estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas». El término griego de «sintió compasión» es «esplajnisthe» que se traduce mejor como: «fue movido a compasión». Es decir, no sólo sintió pena, sino amor y piedad. Es interesante notar que en los Evangelios este término se usa sólo en referencia a Dios ya que es un sentimiento propiamente divino. La multitud estaba desorientada, pero cuando ven a Jesús, allí se reúnen todos en un mismo lugar formando un solo rebaño. Él los congrega en torno a sí. Mientras están con Él, escuchándolo, siguiéndolo; están seguros, no les falta nada porque tiene un Pastor. Jesús es el único Pastor, es el Buen Pastor que da la vida por cada uno de nosotros. La verdadera compasión con los pobres, como escribe Beda, consiste en abrirles por la enseñanza, el camino a la verdad que los librará de los padecimientos corporales.

La obra de la reconciliación de Jesús ha consistido en unir lo que estaba separado, unir a los pueblos separados entre sí con Dios. Las expresiones «estar cerca» y «estar lejos» que leemos en la carta a los Efesios (ver Ef 2,13), ya las encontramos en Is 57,19; y eran frecuentes en los rabinos para designar a los judíos y a los paganos respectivamente. De los prosélitos se decía que «habían sido acercados». Los únicos que se consideraban «cerca» eran los judíos. Judíos y paganos estaban separados, como hemos mencionado,  por un muro físico (Soreg)en el Templo de Jerusalén. El muro material era símbolo de la separación moral existente. Ambos pueblos estaban necesitados de reconciliación y de paz, como vemos también hoy en día. Unidos en Cristo se ha formado un solo pueblo, un solo cuerpo que tiene a Cristo mismo por cabeza. Un solo rebaño con un solo Pastor…

Una palabra del Santo Padre:

«Madre y Maestra de todos los pueblos, la Iglesia universal fue fundada por Jesucristo a fin de que todos, a lo largo de los siglos, viniendo a ella y recibiendo un abrazo, encontrarán plenitud de más alta vida y garantía de salvación. A esta Iglesia, columna y fundamento de la verdad, ha confiado su santísimo Fundador una doble misión: la de engendrar hijos, y la de educarlos y regirlos, guiando con materno cuidado la vida de los individuos y de los pueblos, cuya gran dignidad siempre miró ella con el máximo respeto y defendió con solicitud. El cristianismo, en efecto, es unión de la tierra con el cielo, en cuanto que toma al hombre en su ser concreto —espíritu y materia, inteligencia y voluntad— y lo invita a elevar la mente desde las mudables condiciones de la vida terrenal hacia las alturas de la vida eterna, que será consumación interminable de felicidad y de paz.

Y así, la Santa Iglesia, aunque tiene como principal misión el santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes del orden sobrenatural, sin embargo, se preocupa con solicitud de las exigencias de la vida cotidiana de los hombres, no sólo en cuanto al sustento y a las condiciones de vida, sino también en cuanto a la prosperidad y a la cultura en sus múltiples aspectos y según las diversas épocas. La Santa Iglesia, al realizar todo esto, cumple el mandato de su Fundador, Cristo, que sobre todo se refiere a la salvación eterna del hombre, cuando dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida y Yo soy la luz del mundo; y en otro lugar, al mirar la multitud hambrienta, compadecido prorrumpe en las palabras: Me da compasión de esta muchedumbre, dando así prueba de preocuparse también de las exigencias terrenales de los pueblos.

Y el Divino Redentor muestra este cuidado no sólo con palabras, sino también con los ejemplos de su vida, cuando para calmar el hambre de la multitud, más de una vez multiplicó el pan milagrosamente. Y con este pan dado como alimento del cuerpo quiso anunciar aquel celestial alimento de las almas, que había de dar a los hombres en la víspera de su Pasión. No es, pues, de admirar que la Iglesia católica, imitando a Cristo y siguiendo su mandato, haya mantenido constantemente en alto la antorcha de la caridad durante dos mil años, es decir, desde la institución de los antiguos Diáconos hasta nuestros tiempos, no sólo con preceptos, sino también con ejemplos ampliamente ofrecidos; caridad que, al armonizar los preceptos de mutuo amor con la práctica de los mismos, realiza admirablemente el mandato de este doble dar, que compendia la doctrina y la acción social de la Iglesia».

Beato Juan XXIII. Carta Encíclica Mater et Magistra, 1-6.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Qué es descansar? Descansar no significa hacer nada o perder tristemente el tiempo viendo durante horas la televisión sin ningún provecho. Descansar es ocuparse de otras actividades útiles para nosotros y nuestro prójimo. ¿Busco descansar en el Señor o simplemente el descanso se vuelve en una suerte de “fuga de la realidad”? ¿Cómo aprovecho mis días de descanso? ¿Cómo vivo el «día del Señor»?

2. Leamos y meditamos en familia el bello Salmo 23(22): «El Señor es mi Pastor».

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 426-429. 2034. 2448

 

[1] Jeremías vivió unos 100 años después que Isaías. En el año 627 a.C.  recibió de Dios la vocación profética. Murió poco después del 587 a.C. Mientras redactaba sus escritos, el poder de Asiria, el gran imperio del norte, se derrumbaba. Babilonia era ahora la nueva amenaza para el reino de Judá. Durante 40 años advirtió al pueblo que vendría sobre él el juicio divino por su idolatría y su pecado. Finalmente se cumplieron sus palabras el 587 a.C. cuando el ejército babilónico, acaudillado por Nabucodonosor, destruyó Jerusalén y su Templo y llevó al destierro a sus habitantes.

[2] Sedecías quiere decir: el «Señor es mi justicia». Ver Isaías 9,6.

Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: July 5th, 2012, by Matoga

«Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio»

Lectura del profeta Ezequiel 2, 2-5

«El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba. Me dijo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres se han rebelado hasta el día de hoy. Hijos de rostro duro y de corazón obstinado; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor  Yahveh. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”».

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 12, 7b -10

«Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel  de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las  persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

«Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus  manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando».

Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Primera Lectura).

Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (Evangelio). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (Segunda Lectura).

«Hijos de rostro duro y de corazón obstinado» 

Ezequiel, hijo de Buzo del linaje sacerdotal, fue llevado al cautiverio a Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá (587 a.C.). Cinco años después Dios lo llamó a ser su profeta desde su ínfima condición de «hijo de hombre». Ezequiel ejerció su misión entre sus compatriotas desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a.C.

La expresión «hijo de hombre» es característica del libro de Ezequiel que la emplea unas cien veces siempre referida al protagonista del libro. En contraste con la majestad, la gloria y el poder de Dios, tan fuertemente subrayados en este libro, evoca la fragilidad del hombre mortal. Todavía no reviste, en Ezequiel, el alcance mesiánico que encontramos en el libro de Daniel 7,13 y que alcanza su punto culminante en el Nuevo Testamento en cuanto peculiar título que Jesús de Nazaret se aplica con predilección a sí mismo.

Desde la gloria de Dios se le presenta al profeta el libro, el rollo de la Palabra de Dios, que debe comer (hacer suya) para poder anunciarla. A pesar de que sea poco agradable proclamar un mensaje tan duro (Ez 2,10), para el profeta es «dulce como la miel». De nuevo la gloria de Dios (Ez 3,12-15) «lo invade y lo transporta» como si fuera la misma fuerza del Señor actuando sobre él.

Lo esencial de la misión profética de Ezequiel está expresado en Ez 2,3-7. Cuando habla como profeta, está pronunciando un mensaje que no es suyo sino de Dios mismo. Consecuentemente, sus oráculos proféticos a lo largo de todo su libro, serán introducidos por la fórmula: «Así dice el Señor, yo recibí esta palabra del Señor», porque es de Él de quien viene el mensaje. Un mensaje para «Israel», o mejor, como se dice en Ez 3,4 y en todo el libro, para la «casa de Israel», porque Ezequiel no es enviado solamente a Judá, el reino del Sur, sino también a todos los miembros del primitivo reino del Norte, suprimido por Asiria 130 años antes.

La misión encomendada al profeta consistió, principalmente en combatir la idolatría, las malas costumbres y las ideas equivocadas acerca del retorno a la tierra prometida. Para consolarlos, el profeta habla con colores vivos y bellos sobre la esperanza mesiánica. Ezequiel tuvo un trágico fin ya que fue asesinado por otro judío en el exilio. Los reproches que leemos en la lectura de este Domingo, son frecuentes en boca de Dios para calificar a su pueblo de corazón duro e infiel. Sin embargo con esa misma severidad y firmeza muestra también su corazón de Padre adolorido que a pesar de todo les manda un profeta para que cambien de vida (ver Ez 3, 16-21). Dios siempre nos da una oportunidad más…

«¡Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte!»

Corinto era una ciudad grande y cosmopolita del mundo antiguo. San Pablo, ante el fracaso por fundar una comunidad en Atenas, fundó y apreció mucho la comunidad de Corinto (ubicada en la península del Peloponeso). En ella, se reflejaban los problemas de una gran ciudad. Fue a partir del conocimiento de los problemas concretos que pasaba la comunidad que San Pablo se motiva para escribir sus cartas. Después de haber visitado la ciudad de Corinto y un poco decepcionado por lo que encuentra, escribe su segunda carta el año 57 desde  Macedonia durante su viaje de Éfeso a Corinto.

Sin duda San Pablo tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Al inicio del capítulo 12 se refiere a «un hombre en Cristo» que tuvo visiones y revelaciones. Parece ser que él mismo quien ha tenido esas mismas experiencias pero en todo momento deja claro que no quieren que lo valoren por ello. «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, para que no me engría» (2Co 12, 7). Con las palabras el «aguijón clavado en la carne» alude San Pablo a un sufrimiento suyo especial cuya naturaleza nos es desconocida. ¿Era un sufrimiento físico o una dificultad moral? Tal vez se refiere a la dolencia física crónica que describe en Ga 4,13-14. En todo caso, lo importante es constatar que la debilidad y la impotencia humana del Apóstol forma parte del Plan divino de salvación. Así ha entendido el misterio de la pequeñez que tanto habló Jesús: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Por ello es capaz de reconocer sus propias debilidades ya que no tiene ningún problema en admitir que su fuerza proviene del Señor ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Santa Teresa de Lisieux decía: «Amad vuestra pequeñez»; idea que parecería tanto más paradójica cuanto que aquí no se trata de la pobreza en lo material sino de la propia debilidad espiritual que nos obliga, junto con San Pablo, a reconocer que sin la gracia (vivir en comunión con Dios) no podemos hacer nada.

«¿De dónde le viene esto?»

Después de narrar los portentosos milagros que comentábamos el Domingo pasado, a saber, la curación de la mujer con flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo; el Evange­lio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen: «Partió de allí y vino a su patria y sus discípulos lo siguieron. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinago­ga». Una primera cosa que es necesario aclarar es ¿dónde fue Jesús?, es decir, ¿cuál es su patria? El Evange­lio de San Marcos no lo dice, porque supone que todos lo saben. Para aclarar este punto debemos recurrir al Evangelio de Lucas en el punto en que relata el mismo hecho. Lucas dice: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu… Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Lucas aclara, enton­ces, que el lugar donde esto ocurre es un pueblo de la Galilea llamado Nazaret. Por eso Jesús es llamado de «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo[1].

El Evangelio de hoy toca un punto central de nuestra fe; quiere subrayar la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6ss: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre».Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).

La multitud que escuchaba a Jesús ese sábado, se queda maravillada y comentaba «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus  manos?». El Evangelio no nos dice qué cosas predicó Jesús en esta ocasión; pero podría haber sido una explicación sobre su origen divino y el cumplimiento, en Él, de todas las profecías de las Escrituras. Por eso se preguntan: «¿No es éste el carpintero[2], el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». De paso, en dicho pasaje hermanos, ha de leerse «parientes», según usos en la manera aramea y hebrea de hablar que sólo tenía una voz para designar a los hermanos y parientes y que traducida literalmente al griego y luego al castellano puede dar lugar a confusión.

Claro que para quienes sabían que María era Madre sólo de Jesús, no habría lugar a error alguno. La luz de la Tradición lo confirma plenamente. Sus paisanos se maravillan de dos cosas: su sabiduría y sus milagros. Jesús demostró tener la sabiduría de un escribano, pues se alza y es capaz de leer la Escritura en hebreo (recordemos que su lengua natal era el arameo). Su palabra era nueva y los que lo oían se «quedaban admirados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). No podían negar que demostraba una sabiduría inexplicable. Pero chocaban con la humildad de su origen. Se maravillaban también por sus milagros. Seguramente habrían oído las maravillosas curaciones; sin embargo, en su pueblo, solamente curó algunos enfermos. Pero no era suficiente para que se abrieran a  la fe. ¿Qué estarían pensando sobre Él? ¿No estaría pesando más lo que ellos sabían que la evidencia de estos hechos maravillosos? ¿No tenía más peso sus propios prejuicios que la realidad objetiva? Esto les costaba mucho: abrirse a la realidad objetiva.

El escándalo de la cruz

Aquí justamente comienza el camino de la cruz: el escándalo de un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y muere para darnos la vida eterna. El escándalo de la humillación de Dios. En la cruz también escuchamos decir que éste no puede ser el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le decían: «Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Pero no hay otro camino de salvación y de reconciliación. Por eso Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), que quiere decir: aceptando la Encarnación; aceptándome a Mí pero despojado; aceptándome a mí, Crucificado. Aceptando que el amor de Dios puede llegar hasta el extremo. Es lo que San Juan nos dice en su prólogo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; más cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).

Una palabra del Santo Padre:

«En la vida de la Iglesia la fe tiene una importancia fundamental, porque es fundamental el don que Dios hace de sí mismo en la Revelación, y esta autodonación de Dios se acoge en la fe. Aparece aquí la relevancia de vuestra Congregación que, en su servicio a toda la Iglesia, y en particular a los obispos como maestros de la fe y pastores, está llamada, con espíritu de colegialidad, a favorecer y recordar precisamente la centralidad de la fe católica, en su expresión auténtica. Cuando se debilita la percepción de esta centralidad, también el entramado de la vida eclesial pierde su vivacidad original y se gasta, cayendo en un activismo estéril o reduciéndose a astucia política de sabor mundano.

En cambio, si la verdad de la fe se sitúa con sencillez y determinación en el centro de la existencia cristiana, la vida del hombre se renueva y reanima gracias a un amor que no conoce pausas ni confines, como recordé también en mi reciente carta encíclica «Deus caritas est». La caridad, desde el corazón de Dios, a través del corazón de Jesucristo, se derrama mediante su Espíritu en el mundo, como amor que lo renueva todo. Este amor nace del encuentro con Cristo en la fe: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” («Deus caritas est», 1).

Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y a Él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin Él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con Él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad».

Benedicto XVI. Discurso a la Congregación para la Doctrina de la Fe. 10 de febrero de 2006.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El creer y ser testigo de la fe en Jesucristo encuentra dificultades en cualquier época y lugar. ¿Cuáles son las dificultades que encuentro  en mi camino de fe? ¿Qué hago ante ellas? ¿Qué medios coloco para poder superar esos obstáculos?

2. Meditemos la frase de Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». ¿Realmente confío en la gracia de Dios? ¿Tengo fe en sus palabras? Colaborando con la gracia de Dios puedo hacer maravillas…

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 156. 515. 547-548. 2089. 2732.


[1] Recordemos también durante el juicio de Jesús el pasaje cuando Pedro es acusado de ser seguidor de Jesús a causa de su fuerte y particular acento galileo (Mt 23, 73. Lc 2, 59).

[2] Jesús es definido como «carpintero». En griego el término usado aquí es «ték­tov», de donde viene la palabra nuestra «arqui-tecto». Podemos afirmar que Jesús – al igual que San José – era más un «maestro de obras» que simplemente un artesano de la madera.

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: June 27th, 2012, by Matoga

«Muchacha a ti te digo, levántate»

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24

«Que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades sobre la tierra, porque la justicia es inmortal.

Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.9.13-15

«Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad. Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza.

No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad. Al presente, vuestra abundancia remedia su necesidad, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad, como dice la Escritura: El que mucho recogió, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43

«Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva”. Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré”. Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿Quién me ha tocado los vestidos?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le  contó toda la verdad. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad”.

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: “Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?” Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: “No temas; solamente ten fe”. Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: “¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida”.

Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los  suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «= Talitá kum =», que quiere decir: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer».

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de hoy nos enseña que la muerte no es un error en la obra creadora de Dios, que no es inherente a la creación, y que las criaturas pueden ser salvadas de la muerte teniendo fe en Aquel que es la vida misma. Ya en el Antiguo Testamento se había llegado a esa convicción, como lo expresa el libro de la Sabiduría: «Dios no creó la muerte… En efecto, Él ha creado todo para la existencia… no está en las criaturas el veneno de la muer­te… Sí, Dios ha creado al hombre para la inmor­tali­dad… Pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo» (Primera Lectura). Como se ve, este texto vuelve sobre la antigua historia del Génesis: por tentación de la serpien­te, nuestros primeros padres pecaron y de esa manera gustaron el veneno de la muerte, que a partir de ellos se transmite a todos los hombres.

Pero no fue así al principio; al princi­pio Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y no es así ni siquiera ahora, pues ahora Dios crea a todos los hombres para la salvación; quiere que todos los hombres se salven y gocen de la vida eterna. Es por eso que Jesucristo «se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza» (Segunda Lectura) mostrándonos que todos somos hermanos en Cristo Jesús ya que todos estamos llamados a la vida eterna. Finalmente vemos en el Evangelio como Jesús cura tanto a la hemorroísa como a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga. ¿Qué hace que sucedan estos bellos milagros? La fe en aquel que es la Vida misma y que tiene poder sobre la muerte.

«No temas; sólo ten fe»

En la lectura del Evangelio de San Marcos tenemos dos episodios de salvación, es decir, dos casos en que la muerte y la enfer­medad son vencidas. De ellos podemos deducir que la salva­ción es el encuentro de dos cosas: del poder de Cristo y de nuestra fe en Él. Ninguna de ellas bastaría por sí sola; tiene que ser el encuentro de ambas. Uno de los beneficiados fue uno de los «jefes de la sinagoga». Sin duda debió ser una persona importante, puesto que el Evangelio nos conserva su nombre: Jairo. Está en la categoría de otras personas influyentes que creyeron en Jesús, como es el caso de Nicodemo y de José de Arimatea.

Jairo «cae a los pies de Jesús y le suplica con insistencia, diciendo: ‘Mi hija está a punto de morir; ven, impón tu mano sobre ella, para que se salve y viva’». El mismo episodio narrado por San Lucas añade que la niña moribunda era unigénita y que tendría unos doce años de edad. La curiosidad de la gente, al ver la actitud humilde de este hombre, debió ser grande, pues el Evangelio observa: «Le seguía un gran gentío que lo oprimía». Jairo hace un acto de fe magnífico en el poder de Cristo. Cree que Jesús puede salvar a su hija que está enferma de muerte; que para eso basta que Jesús le imponga las manos. Jesús no puede rechazar una súplica presentada con esa confianza y se fue con él. Pero lo detiene la multitud y lo demora el diálogo con la mujer que sufría flujo de sangre. Mientras el Evangelio transcurre en su relato de esta situación, podemos imaginar el nerviosismo de Jairo, para el cual cada minuto es importante.

Y precisamente en ese momento, llegan algunos enviados de su casa a decirle: «Tu hija ha muerto: ¿a qué molestar ya al maestro?». Queda clara la falta de fe de estos mensajeros. Aparentan preocupación por no incomodar a Jesús, pero en realidad, no creen que Jesús pueda hacer algo. Era comprensi­ble que Jairo, angustiado por la gravedad de su hijita, quisiera intentar todo mientras la niña vivía y quedaba alguna esperanza; pero ahora no tiene sentido seguir insistiendo, porque la niña está muerta. Nos gustaría poder penetrar en el ánimo de Jairo para saber si su fe traspasaba este lími­te; si creía que Jesús podía hacer algo aunque su hijita hubiera muerto; si era necesario seguir suplicando a Jesús; si seguía teniendo fe. Jesús se nos adelanta y dice al padre angustiado: «No temas; sólo ten fe». Llegan a la casa de Jairo y ya está en acto todo el aparato fúnebre. Al ver este espectáculo, Jesús dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». El que ha llegado es el mismo que ha dicho: «Yo soy la vida» (Jn 14,6).

Los pre­sentes opinan que Jesús está desubicado y se burlan de Él. Pero esa burla pronto se transformará en asombro y estupor. Cuando Jesús llega ante la niña, que yacía muerta, la toma de la mano y le ordena: «Talitá kum» (¡Muchacha, a ti te digo, levántate!). El hecho debió ser tan impresionante que los discípulos recordaban las palabras literales que Jesús había pronunciado en arameo y así nos las han transmitido. La niña se levantó y se puso a andar. Es comprensible que todos «quedaron fuera de sí, llenos de estupor». Jesús es el único que permanece sereno. Y también la niña. Mientras los demás no atinaban a nada, Jesús observa que, después de la larga enfermedad y de su consiguiente debili­dad, ahora ella está tan sana que necesi­ta alimentarse: «les dijo que le dieran de comer». ¡Hasta de esto se preocupó el Señor!

«Hija, tu fe te ha salvado»

El episodio intermedio, el que causó la demora de Jesús es igualmente hermoso. Una mujer que desde hacía doce años perdía sangre continuamente y nada había podido sanarla habiendo gastado todos sus bienes en las dolorosas curaciones de ese tiempo[1]. Perdida toda fe en la medicina, la enferma halló su medicina en la fe: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Y de hecho se salva porque se encuentran las dos cosas que operan la salvación: el poder de Cristo y la fe de la mujer. ¿Por qué lo hace a escon­didas y no le pide a Jesús abiertamente que la cure, como hacen otros? Porque su enfermedad es vergonzosa y la hacía impura, con una impureza contagiosa. Según la ley «cuando una mujer tenga flujo de sangre… quedará impura mientras dure el flujo de su impu­re­za… Quien la toque será impuro hasta la tarde» (Lv 15,19.25).

Ella no vacila en tocar a Jesús; está segura de que Él no puede quedar impuro, porque Él es la fuente de toda pure­za. Cuando lo tocó, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús percibió en ese instante «la fuerza (dynamis) que había salido de Él” y pregunta. “¿Quién me ha tocado los vestidos?”». ¡Todos le han tocado los vestidos! Por eso los apóstoles hacen notar lo absurdo de su pregunta: «Estás viendo que la gente te oprime y pre­guntas: ¿Quién me ha tocado?». Pero Jesús sabe lo que dice; quiere conocer a la mujer que ha demostrado tener una fe enorme en su poder sanador y reconciliador. La mujer «se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad».

Jesús al ponerla en evidencia no quiere avergonzarla, sino darle algo mayor que la salud: quiere que ella goce de una palabra suya, y no cualquier palabra sino esta palabra magnífica: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única vez en todo el Evangelio en que Jesús llama a alguien «hija». Revela un profundo afecto por esta mujer, porque ella sufría y se sentía marginada por su enfermedad, y sobre todo, porque tenía una fe tan grande. Es que Jesús se deja impresio­nar por la fe de los hombres y cuando ve una fe grande no deja de expresar su admiración y de manifestar su poder salva­dor.

«Dios no hizo la muerte»

La muerte no hacía parte del amoroso Plan de Dios y es consecuencia directa del pecado que entra en el mundo «por envidia del diablo» que tienta al hombre. San Pablo nos dice que «por el pecado entró la muerte» y «así alcanzó a todos los hombres» (Rm 5,12). Dios crea todo por amor y quiere compartirnos su eternidad. «Unid vuestro corazón a la eternidad de Dios y seréis eternos como Él», nos dice bellamente San Agustín. Las rupturas y los desórdenes actuales no son sino manifestación de esa primera ruptura fruto del orgullo y de la autosuficiencia. «Del orgullo de la desobediencia proviene la pena de la naturaleza» (San Agustín). Los hombres que viven de espaldas al amor de Dios dirán «la vida es corta y triste, no hay remedio en la muerte del hombre, ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia…al apagarse el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente» (Sb 2, 1-3).

 

La maligna tentación del inmanentismo materialista. ¡Qué lamentable  vigencia encontramos en estas palabras! Los que piensan de esa manera son aquellos «que los ciega su maldad, (que) no conocen los secretos de Dios, (que) no esperan recompensa por la santidad, ni creen en el premio de las almas intachables» (Sb 2, 21-22). Sin embargo nosotros creemos y sabemos que nuestro Señor Jesucristo nos ha abierto las puertas de la eternidad y que esta vida no es sino una preparación para la vida eterna. «Aunque el tiempo rige nuestras obras, la eternidad debe, sin embargo, hallarse en nuestra intención», diráSan Gregorio.

Una palabra del Santo Padre:

«La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está “en Él” y es “la luz de los hombres” (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: “A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn 1, 12-13).

A veces Jesús llama esta vida, que El ha venido a dar, simplemente así: “la vida”; y presenta la generación por parte de Dios como condición necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: “El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: Él “es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: “El que me siga… tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Otras veces Jesús habla de “vida eterna”, donde el adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. “Eterna” es la vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”. Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las “palabras de vida eterna” que Pedro reconoce en su confesión de fe: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina.

Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!… Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 1-2).

Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive”» es “ gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios” ».

Juan Pablo II. Encíclica Evangelium Vitae, 37-38.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nada puede detener el poder salvador de Dios revelado en Jesucristo cuando es acogido con fe. Ni siquiera la muerte es obstá­culo, pues ella también es vencida por Cris­to. ¿Qué tan sólida es mi fe en Jesucristo? ¿Confío en el poder reconciliador de Jesús?

 

2. San Pablo nos recuerda que la verdadera riqueza provienen del Señor Jesús que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza». ¿Creo en estas palabras? ¿Cuál es mi riqueza? ¿Dónde está mi corazón?  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 295. 356. 646. 1502-1505. 1006-1011.

 

[1] Ver el pasaje en el paralelo de San Lucas 8, 40 – 56.

Domingo de la Semana 11ª del Tiempo Común. Ciclo B

Posted: June 13th, 2012, by Matoga

«El Reino de Dios es como un grano de mostaza» 

Lectura de profeta Ezequiel 17, 22-24

« Así dice el Señor Yahveh: También yo tomaré de la copa del alto cedro, de la punta de sus ramas escogeré un ramo y lo plantaré yo mismo en una montaña elevada y excelsa: en la alta montaña de Israel lo plantaré. Echará ramaje y producirá fruto, y se hará un cedro magnífico. Debajo de él habitarán toda clase de pájaros, toda clase de aves morarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, Yahveh, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, hago secarse al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, Yahveh, he hablado y lo haré».

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10

«Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión…Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle. Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

«También decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega”.

Decía también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra”. Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».

& Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El Reino de los Cielos marca la pauta en las lecturas dominicales. Siendo el mensaje principal en la predicación de Jesús. Él ha venido a  inaugurar el Reino de los Cielos. Pero ¿qué es este Reino? San Marcos nos pondrá dos figuras que el Señor Jesús utiliza para describir y hacer entender a sus oyentes de qué estaba hablando. Con metáforas agrícolas – el grano de trigo y el grano de la mostaza – los seguidores del Maestro comienzan a percibir que los parámetros del Antiguo Testamento se ven sobrepasados. En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel nos dejará la figura del ramo que, plantado por Dios, se convertirá en un cedro magnífico. Finalmente San Pablo nos exhorta a vivir con una mirada fija en el futuro, de manera tal que sopesemos nuestro actos a la luz del juicio final que se dará cuando se instaure de manera definitiva el Reino de Dios.

El primero de todos

El Evangelio de San Marcos, tal como lo tenemos hoy, es considerado el más antiguo de los Evangelios.  Para cualquier lector atento de los Evangelios es evidente que entre los tres primeros Evangelios – San Mateo, San Marcos y San Lucas- hay muchos episodios paralelos que tienen notables semejanzas, incluso de vocabula­rio. Esto es lo que permite ponerlos en columnas paralelas de manera que puedan percibirse con una sola mirada; en una «sinopsis». Por este motivo a estos tres Evangelios se les llama «Evange­lios sinópticos».

Examinando los episodios paralelos resulta evidente que existe dependencia entre ellos. Rige aquí el principio de Santo Tomás de Aquino: «Es necesario que en aquellas cosas que son semejantes, una sea causa de otra o que todas procedan de una sola causa». Puede demostrarse fácilmente que San Mateo y San Lucas son independientes. En efec­to, si San Lucas hubiera conocido el Evangelio de San Mateo sería impensable que hubie­ra desar­ticulado el Sermón de la Montaña, por ejemplo, y que hubiera dejado fuera de su Evangelio, la parábola de las diez vírgenes necias y prudentes, y la parábola del juicio final, que son textos propios del Evangelio de San Mateo. Por su parte, tampoco es posible concluir que San Mateo haya conocido el Evangelio de San Lucas, porque, en este caso habría debido prescindir del así llamado «Evangelio de la infan­cia» de San Lucas con los episodios de la Anunciación, de la Visita­ción, del Naci­miento de Jesús, y habría tenido que desesti­mar las magní­ficas parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, que aparecen sólo en Lucas.

Resta entonces la única conclusión posible para explicar las semejanzas entre los tres Evangelios sinópti­cos: que tanto San Mateo como San Lucas dependan de San Marcos, es decir, que ambos evangelistas, al escribir sus respectivos Evangelios, hayan tenido ante los ojos el Evangelio de San Marcos y lo hayan empleado como fuente. Esto significa que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y original -como hemos afirmado más arriba- y es el único que en un momento existió sólo.

Podemos concluir entonces que fue San Marcos el creador el género literario llamado «evangelio», que luego fue adoptado por todos los demás. Este género consiste en la revelación progresiva de la identidad de Jesús de Nazaret a través de un relato de su vida, predicación y milagros, de la hosti­lidad creciente de las autoridades judías, de su pasión y muerte en la cruz y de su resurrec­ción de entre los muertos. Cuando escribió su Evangelio, San Marcos pretendía dar una respuesta completa a la pregunta: ¿Quién es Jesús de Nazaret? En nuestra lectura de este Evangelio, que es el que se lee en la liturgia durante este año B, estamos procurando encontrar esa respuesta.

El ramo plantado en la montaña

Hemos dicho que la Primera Lectura tiene relación con el Evangelio. En efecto, la lectura del profeta Ezequiel (17,22-24) se dirige al pueblo en el exilio de Babilonia y anuncia que Dios tomará de la punta de un alto cedro un ramo que plantará en la montaña de Israel. Echará ramas y se convertirá en un cedro magnífico en cuya ramas habitará toda clase de pájaros. El profeta veía el futuro de Is­rael. Pero Dios veía mucho más allá. Jesús le da su pleno sentido, anunciando el desarrollo impresionante de la Iglesia, cuya realidad es precisamente hacer presente en el mundo el Reino de Dios.

¿Qué es el Reino de Dios?

En el Evangelio de hoy Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas.

Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo. Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios.

Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, nos responde el Santo Padre en su encíclica sobre las misiones: «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible»[1].  Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium.

Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz.

Tal vez la opinión más sensata haya sido la del Rabino Gamaliel. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «’Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios’. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Los hombres sensatos de hoy tienen más elementos para concluir que la Iglesia es obra de Dios y que Él la conduce y gobierna. ¡Ojalá nadie se encuentre luchando contra Dios!

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios. Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo, manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando “la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la instauración del Reino de Dios son el objeto de su misión: “Porque a esto he sido enviado” (Lc 4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la “Buena Nueva”, como Él mismo afirma al comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la “Buena Nueva” no sólo con lo que dice o hace, sino también con lo que es.

El ministerio de Jesús se describe en el contexto de los viajes por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la Pascua se centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se aplaza hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a cumplirse. “El Reino de Dios está cerca” (Mc 1, 15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf. Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4, 18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.

El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios; Él mismo nos revela quién es este Dios al que llama con el término familiar “Abba”, Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede gratuitamente las gracias pedidas.

San Juan nos dice que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es invitado a “convertirse” y “creer” en el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9), y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21)».

Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, 13.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Reino de Dios es Jesús mismo que viene a nosotros. ¿Cómo es mi relación personal con Jesús? ¿Qué puedo hacer para que mejore y sea más cercana?

2. San Pablo  nos pide algo que es aparentemente muy sencillo: “estad de buen ánimo”. ¿Cómo es mi ánimo? ¿Tengo esa visión de eternidad que estoy llamado a tener? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 541- 556. 567. 680. 2046.

 

[1] Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, 18.

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo B

Posted: June 8th, 2012, by Matoga

«Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre»

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió  a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel.

Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna.

Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones  de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?” El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para  nosotros”.

Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se los dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales (Primera Lectura). La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador (Segunda Lectura).

En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza;  aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano (Evangelio).

¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?

La fiesta del Corpus Christi se celebró por primera vez en la diócesis de Lieja, Bélgica (1246); y entró en el misal romano para la Iglesia universal en el mismo siglo XIII, con el esquema litúrgico de Santo Tomás de Aquino. La causa inmediata que determinó a Urbano IV en 1246 establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Orvieto, Italia, cerca de Bolsena, donde se encontraba el Papa ocasionalmente. Sucedió que un sacerdote, con fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía, mientras celebraba la Santa Misa, vio caer de la Hostia consagrada borbotones de sangre que tiñeron de rojo el corporal que actualmente se venera en la bellísima catedral de Orvieto que fue construida especialmente para este fin. 

La Alianza del Sinaí

El texto del Éxodo es particularmente importante porque formaliza de modo solemne la alianza entre Dios y su pueblo. En realidad, la historia de la alianza se confunde con la historia de la salvación. Esta alianza ya existía antes de que fuera consagrada en el Sinaí. Recordemos que ya había sido prometida a Noé después del diluvio: «Pero contigo estableceré mi alianza» (Ver Gen 6,18; 9,9-17), y había sido concertada con Abraham de manera solemne: «Aquel día firmó Yahveh una Alianza con Abraham» (Ver Gen 15,18; 17,2-21). Dios ya había obrado maravillas en favor del pueblo de Israel y lo había liberado de la esclavitud de Egipto.

Sin embargo, es en el Sinaí donde el pueblo acepta la alianza y se compromete a obedecerla de modo solemne. El Señor lo conduce al desierto y lo lleva a la montaña para concluir su pacto. La iniciativa siempre es de Dios. Moisés, el mediador, hace lectura ante el pueblo de la ley (los mandamientos) que son el contenido de la alianza que el Señor establece con su pueblo. El pueblo, por su parte, se compromete a observar todo aquello que le manda el Señor.

Moisés se levanta temprano erige un altar con las doce piedras que simbolizan las doce tribus de Israel. Se ofrecen los sacrificios y se vierte la sangre de las víctimas sobre el altar y se rocía al pueblo. Conviene comprender bien el alcance de este rito. La inmolación de una víctima podía ser de dos formas: el holocausto, es decir, la víctima era totalmente consumida por el fuego; y el sacrificio pacífico o de comunión en el que la víctima sacrificada se dividía en dos, una se ofrecía a Yahveh y la otra la consumía el oferente. En el Sinaí tienen lugar los dos sacrificios. Con el holocausto se establecía, por una parte, la primacía de Dios sobre todo lo creado; con el sacrificio pacífico, por otra, se establecía la comunión que el hombre tenía con Dios por medio de la participación de la ofrenda.

Conviene indicar que el rito de la sangre, que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene un significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre estaba la vida. Dar la sangre equivalía a dar la vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la víctima a Dios-, Dios responde dando la vida. El sacrificio, implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su contenido más profundo es dar la vida. El rito de la aspersión de la sangre significa, por tanto, la respuesta de Dios al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del pueblo de observar los mandamientos: Dios responde comunicando la vida.

 La Nueva Alianza

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos»[1], ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

 La institución de la Alianza definitiva

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente el sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios. Esto nos recuerda un hermoso texto del famoso libro «Imitación de Cristo» de Tomas de Kempis: «La comunión aparta del mal y reafirma en el bien; si ahora que comulgo o celebro tus misterios con tanta frecuencia soy negligente y desanimado ¿qué pasaría si no recibiera este tónico y no acudiera a tan gran ayuda?».

Una palabra del Santo Padre:

«El manjar eucarístico contie­ne, como todos saben, «verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la san­gre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo» (Trento, 13-1). No es, pues, de admirar que la Iglesia, ya desde sus principios, haya adorado el cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, como se ve por los mismos ritos del augusto sacrificio, en los cuales se manda a los ministros sagrados que, de rodillas, o con reverencias profundas, adoren al Santísimo Sacramento. Los sagrados concilios ense­ñan que, por tradición, la Iglesia, des­de sus comienzos, venera «con una sola adoración al Verbo de Dios encarnado y a su propia carne» (Constantinopla II y otros); y San Agustín afirma: «Nadie coma aquella carne sin antes adorarla», añadiendo que no sólo no pecamos adorándola, sino que pecamos no adorándola (Enarrat. in Psalm. 97,9).

De estos principios doctrinales nació el culto eucarístico de adoración, el cual poco a poco fue creciendo como cosa distinta del sacrificio. La conser­vación de las sagradas especies para los enfermos y para cuantos estuviesen en peligro de muerte trajo consigo la lau­dable costumbre de adorar este celes­tial alimento reservado en los tem­plos. Este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los de­más en que no sólo engendra la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo autor de ella. Cuando, pues, la Iglesia nos manda adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle los dones espirituales y tempo­rales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su ín­tima familiaridad».

Pío XII. Encíclica Mediator Dei et hominum. 20 de noviembre de 1947.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Cómo vivo mi relación con el Santísimo Sacramento?¿Me doy el tiempo para visitarlo a lo largo de la semana o me digo a mí mismo que no me alcanza el tiempo?

2. ¿Voy con mi familia a misa los Domingos? ¿Soy ejemplo para ellos?¿Soy constante?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1356 – 1405.

 

[1] Santo de los santos: era el lugar más recóndito que existía en el Templo de Jerusalén, detrás del santo (área contigua) y separado de éste por un velo. Originalmente contendía el altar de oro para el incienso y el Arca de la Alianza con el maná, la vara de Aarón (hermano mayor de Moisés que es asignado para hablar en su lugar. Será el primer Sumo Sacerdote y sus hijos la familia sacerdotal) y las tablas de la ley. Desde antes de su desaparición, el arca de la alianza ya estaba vacía. Constituía el lugar por excelencia de la presencia divina, y sólo entraba en ella el Sumo Sacerdote una vez al año el día de la expiación (Yom Kippur de los judíos. Se celebraba un sacrificio de expiación y se extendía las manos sobre un cabrito simbolizando que sobre él iban nuestros pecados. Luego era conducido al desierto. Era el chivo expiatorio o chivo emisario).

Intenciones de Oración del papa pael el mes de mayo

Posted: May 31st, 2012, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 31 mayo 2012 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Santo Padre Benedicto XVI para el mes de junio es: “Para que los creyentes sepan reconocer en la Eucaristía la presencia viva del Resucitado, que les acompaña en la vida cotidiana”.

Su intención misionera es: “Para que los cristianos en Europa redescubran la propia identidad y participen con mayor empeño en el anuncio del Evangelio”.

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo B

Posted: May 30th, 2012, by Matoga

«Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

Lectura del Deuteronomio 4, 32 – 34. 39 – 40

«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que Yahveh vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días la tierra que Yahveh tu Dios te da para siempre».

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 14-17

«En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos  adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

¿Cómo es Dios? La Iglesia nos propone, para este Domingo, la contemplación central de la fe: el misterio trinitario. Misterio que, sin duda, va más allá de nuestras fuerzas humanas, pero al que podemos acercarnos con humildad para ser iluminados y fortalecidos en nuestra vocación cristiana. La Primera Lectura del libro del Deuteronomio expone la revelación de Dios uno. No hay Dios fuera de Él. Los ídolos de los pueblos circunvecinos son nada. Por eso, nada más grande que ser fiel a la alianza que ese Dios único ha pactado con su pueblo.

En la Segunda Lectura, San Pablo se detiene a considerar nuestra condición de Hijos de Dios, de modo que verdaderamente podemos llamar a Dios de Padre. Así, el Dios uno, se revela en su Palabra como misericordia, amor, benevolencia ante los hombres. Hemos recibido el Espíritu de Dios que nos hace realmente «hijos de Dios». Finalmente en el Santo Evangelio leemos las palabras de Jesucristo al despedirse definitivamente de sus discípulos. Éstos deberán bautizar en el nombre de la Trinidad y enseñar todo lo que Cristo, revelación del amor del Padre, les ha enseñado.

K «Yahveh es el único Dios…y no hay otro

El libro del Deuteronomio es el último libro del Pentateuco. Literalmente significa «segunda ley» y es dada en la parte central de este libro (ver Deut 12 – 25, 15). Constituye el llamado «Código deuteronomista» y está formado por un conjunto de leyes civiles y religiosas. El autor recuerda las grandes gestas de Israel y exhorta con vehemencia la fidelidad a Yahvé. El primer gran discurso de Moisés es un resumen de la historia de Israel desde su  instancia en el Sinaí hasta su llegada al Jordán (1-3). El texto de este Domingo insiste particularmente en la elección divina tomando como tema central el cuidado de Dios para con su pueblo. En retribución de la «tierra (prometida) que Yahveh tu Dios te da para siempre», Dios exige una fidelidad en «el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra» que se manifiesta en el guardar los preceptos y los mandamientos.

El Bautismo

El Evangelio de este Domingo narra el pasaje donde los once apóstoles (ya Judas se había ahorcado: Mt 27,5) se dirigen al monte para recibir las últimas indicaciones del Señor. Unos «lo adoraron algunos, sin embargo (todavía) dudaron». Ciertamente fueron más de dos o tres del total de once. La verdad es que la Resurrección de Jesús se impuso a ellos después de muchas pruebas como leemos en el libro de los Hechos: «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios»(Hch 1,3). Pero cuando se abren a la acción transformadora del Espíritu Santo son capaces de dar la vida proclamando la Resurrección del Maestro.

Jesús se despide de sus apóstoles y les deja la misión hacer discípulos suyos «a todas las gentes». ¿Cómo se logra esto? Dos condiciones: el Bautismo y la enseñanza. Ambas condiciones son administradas por la Iglesia. Todo discípulo debe de recibir ambas cosas de la Iglesia. El Bautismo se administra «en el nombre», en singu­lar; pero este nombre único se abre en un abanico de tres Perso­nas, no de tres nombres. Es porque «el nombre» indica la sustancia de una cosa. Y en Dios ésta es única. La sustan­cia divina es estrictamente una. Por eso los cris­tianos somos estricta­mente monoteís­tas.

Pero, siendo administrado el Bautismo en el nombre de la Santísima Trinidad, por él se adquie­re una relación personal no sólo con Cristo – «haced discí­pu­los mios» -, sino con cada una de las tres Personas divinas. El bautizado es adoptado como hijo del Padre, como hermano de Cristo y coheredero con él, y como receptor del don del Espíritu Santo que crea la comunión entre el Padre y el Hijo y entre los hijos adoptivos de Dios. Puesto que todos los fieles, de entre todos los pueblos de la tierra, entran en la Igle­sia por medio del Bautismo administrado en nombre de la Trinidad, por eso el Concilio Vaticano II, usando la antigua fórmula de San Cipriano, define a la Iglesia como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (L.G. 4).

El Credo es la profesión de fe en la Santísima Trinidad y recibió su estructura trinitaria del mismo Jesucristo. El Credo tiene su origen en el mandato misionero de Jesús a  los apóstoles que justamente son llamados de «apóstoles» ya que eso es lo que exactamente quiere decir la palabra en griego: «enviados». Sabemos que el bautismo, que ya existía antes de Cristo, significa «sumergir», es decir era un «baño ritual». Ya lo practicaba Juan el Bautista, como lo atestiguan los Evangelios. Jesús manda a sus apóstoles a hacer discípulos suyos bautizándolos; pero la originalidad del bautismo cristiano está en el hecho de que hay que hacerlo en el nombre de la Santísima Trinidad.

¿Esto exactamente que quiere decir? ¿Qué quiere decir el «bautizar en el nombre de…»? Recordemos que la primera profesión de fe es la que busca responder a la pregunta hecha por el mismo Jesucristo: «¿quién dicen que yo soy?» Pedro se adelanta y manifiesta «Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Veamos los pasajes de Hechos de los Apóstoles  2,37 – 38 y 8,36 -37, donde en ambos casos se  bautiza «en el nombre de Jesucristo». Se trata, en estos casos, de ser «bañado» confesando la fe en Jesucristo.

Pero Jesús va más allá y nos revela su identidad dentro del misterio insondable de la vida íntima de Dios: «El Padre y yo somos uno…el que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 10, 30; 14,9).Por otro lado Jesús es reconocido como Hijo y enviado del Padre porque sobre Él reposa el Espíritu Santo; Él posee el Espíritu y lo comunica sin medida (Jn 2,33; 3,34). Por eso la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es la fe en Jesucristo, pero expresando el misterio Trinitario de su Persona en forma más explícita: Él es la Segunda Persona de la Trinidad.

Hijos en el Hijo…

La carta a los Romanos es considerada una de las cuatro grandes epístolas de San Pablo (junto con las dos epístolas a los Corintios y la carta a los Gálatas). Fue escrita en el año 57, antes de la Pascua, en la ciudad de Corinto y se dirige a la comunidad cristiana de Roma, de la cual Pablo fue co- fundador con el apóstol San Pedro. San Pablo se dirige de manera especial a los judíos cristianos abordando el tema de la justificación que el Señor Jesús nos ha traído. Después de la advertencia que pone ante los romanos la alternativa de una muerte o una vida eterna[1], San Pablo describe las características esenciales de la vida cristiana. El Espíritu que habita en los fieles establece entre ellos y Dios una relación nueva, de manera tal, que somos verdaderamente hijos de Dios y Dios nos trata como tales. El Espíritu que recibimos por el Bautismo nos hace ser hijos en el Hijo y herederos del reino eterno; huyendo así del temor, del miedo, de la incertidumbre. Reconociendo nuestra nueva dignidad, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios.

Una palabra del Santo Padre:

«En virtud de esta armonía en el ser y en el obrar tanto con sus palabras co­mo con sus obras, Jesús revela al Padre: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1, 18). La «predilec­ción» de que goza Cristo es proclamada en su bautismo, según la narración de los evangelios sinópticos (cf. Mc 1, 11 Mt 3, 17; Lc 3, 22). El evangelista san Juan la remonta a su raíz trinitaria, o sea, a la misteriosa existencia del Verbo «con» el Padre (cf. Jn 1, 1), que lo ha engendrado en la eternidad.

Partiendo del Hijo, la reflexión del Nuevo Testamento, y después la teología enraizada en ella, han profundizado el misterio de la «paternidad» de Dios. El Padre es el que en la vida trinitaria constituye el principio absoluto, el que no tiene origen y del que brota la vida divina. La unidad de las tres personas es comunión de la única esencia divina, pero en el dinamismo de relaciones recí­procas que tienen en el Padre su fuente y su fundamento. «El Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede» (Concilio lateranense IV: Denzinger-­Schonmetzer, 804).

De este misterio, que supera infini­tamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la re­velación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Pa­dre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entre­gándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, Él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con Él al Espíri­tu Santo, la Persona‑Amor, vínculo recíproco de comunión. Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres perso­nas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios au­tónomos, como si fueran tres dioses, si­no en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de Él y recí­procamente sólo en la diversidad de las relaciones (ver Catecismo de la Iglesia católica, n. 254)».

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la pala­bra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a tra­vés de la encarnación redentora del Ver­bo y el don del Espíritu Santo: «Si algu­no me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, cre­yentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien con­fiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo con­verge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que su­braya el Catecismo de la Iglesia católi­ca: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259)».

Juan Pablo II. Catequesis del 10 marzo de 1999.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Decir que creo en un solo Dios puede parecer una pregunta inútil, sin embargo muchas veces ponemos nuestra seguridad en «falsos diocesillos».¿Cuáles son mis «diocesillos»? ¿Tal vez sean ciertas supersticiones, horóscopos, etc? ¿Podrían ser tal vez el dinero, la fama, el consumismo, la seguridad material? ¿El poder, el placer egoísta?¿El «qué dirán» o el «quedar bien»? 

2.¿Vivo de acuerdo a mi dignidad de hijo en el Hijo?¿Me respeto y respeto a mis hermanos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 232 – 260.

 

[1] «Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis» Rm 8, 13.