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Intenciones de oración del Santo Padre para abril

Posted: April 4th, 2012, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 30 marzo 2012 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de abril es: “Para que muchos jóvenes sepan acoger la llamada de Cristo a seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa”.

Su intención misionera es: “Para que Cristo resucitado sea signo de segura esperanza para los hombres y mujeres del continente africano”.

Domingo de Ramos. Ciclo B

Posted: March 29th, 2012, by Matoga

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 11, 1- 10 

«Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y Betania, al pie del monte de los Olivos, envía a dos de  sus discípulos, diciéndoles: “Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y no bien entréis en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: ¿Por qué hacéis eso?, decid: El Señor lo necesita, y que lo devolverá enseguida”. Fueron y encontraron el pollino atado junto a una puerta, fuera, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les dijeron: “¿Qué hacéis desatando el pollino?” Ellos les contestaron según les había dicho Jesús, y les dejaron.

Traen el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él. Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”».

Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4 – 7

«El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que arrancaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado».

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6- 11

«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó  y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús – toda rodilla se doble – en los cielos, en la tierra y en los abismos, – y toda lengua confiese – que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre».

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14,1-15, 47

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La Iglesia recuerda la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén y da inicio así a la Semana Santa. El Evangelio de este Domingo se puede decir que es doble ya que por un lado, al inicio de la Misa, se lee la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acompañado por la multitud que lo aclama con ramos de olivos en la mano; y por otro lado, durante la liturgia de la Palabra, se proclama la lectura de la Pasión y Muerte según el Evangelio de San Marcos. Del mismo modo que en las lecturas dominicales de la Cuaresma, la perícopa evangélica es la que marca la pauta y el tema del día; el tema del sufrimiento del Reconciliador estará presente en todas las lecturas; a excepción de la antífona de entrada que explota en el jubiloso grito mesiánico del « ¡aleluya!»

La lectura veterotestamentaria, sacada del tercer cántico del Siervo de Yavheh del profeta Isaías; nos habla de la obediencia sufridora del «Siervo de Dios», y desemboca en el Salmo Responsorial, con los versículos sacados del Salmo 21: «¿Dios mío, Dios mío; porqué me has abandonado?».San Pablo en su carta a los Filipenses relata, en uno de los más antiguos himnos cristológicos, el movimiento kenótico[1]- ascensional que marcará toda la vida y misión de Nuestro Señor Jesucristo; y que encontrará su plenitud en su Pasión – Muerte – Resurrección. Jesús se hace obedece obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.

Domingo de Ramos en la Pasión

El sexto Domingo de Cuaresma o Domingo de Ramos en la Pasión ocupa un lugar muy importante en los cuarenta días previos. Por el título ya sabemos que se refiere a dos aspectos fundamentales que se funden en una sola conmemoración: la entrada de Jesús en Jerusalén y la conmemoración de la Pasión. Sabemos por el relato de la famosa peregrina Eteria[2] que los cristianos de Jerusalén, en los inicios del siglo V, se reunían en el monte de los Olivos en las primeras horas de la tarde, para una larga liturgia de la Palabra; en seguida, al caer ya la noche, se dirigían a la ciudad de Jerusalén, llevando ramos de palmera o de olivo en las manos.

Esta costumbre fue asumida primero en las Iglesias Orientales pasando luego al Occidente (por España y las Galias) pero sin procesión. En esas regiones se entregaba en este Domingo el Símbolo de la Fe (el Credo) y se ungía a los catecúmenos leyéndose el Evangelio de San Juan 12, 1-11 (unción de Jesús en Betania), al cual se le aumentaron los versículos 12-16 (entrada de Jesús en Jerusalén). Por eso el día comenzó a llamarse de Domingo de Ramos pero no como una solemnidad propia. La bendición de los ramos de palmera así como la procesión comienzan a divulgarse alrededor del siglo VII recibiendo, en los siglos posteriores, elementos cada vez más teatrales. En el nuevo Misal existen tres formas de poder conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén de acuerdo a razones pastorales.

JL ¿Qué sucedió para cambiar tan rápido de opinión?

Al participar de esta Solemnidad uno no deja de sorprenderse por el contraste tan evidente entre ambos momentos de la liturgia. Los mismos que acompañaban, que aclamaban, que jubilosos reconocían a Jesús como el Mesías prometido; ésos mismos, pocos días después exigirán a gritos que sea crucificado. ¿Qué ocurrió en esos días para explicar este cambio? Ocurrió que Jesús cayó en desgracia y así perdió todo el favor popular. Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos mandaron gente con espadas y palos a detenerlo, y Jesús se entregó mansamente para ser llevado ante Pilato y ser acusado. Viendo el pueblo que Jesús no reaccionaba con poder, sino que se dejaba escupir y abofetear le volvió la espalda. Sin embargo no podemos olvidar que existe un plano más profundo que es la encarnizada lucha que se va a dar entre las fuerzas del bien y del mal; entre la vida y la muerte.

«¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!»

Jesús entró en Jerusalén proveniente de Jericó. Atra­vesó Jericó acompañado de una gran muchedumbre. Y entonces un ciego se pone a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mi!» (Mc 10,47). Jesús lo hace llamar y le devuelve la vista. Con esto quedaba demostrado que Él era efectivamen­te el «hijo de David». La gente no podía menos que recor­dar la profecía que Natán[3] dijo a David, el Ungido (Mesías) de Dios: «Afir­maré después de ti la descendencia que saldrá de tus en­trañas y consolidaré el trono de su realeza para siempre… ante mí; tu trono estará firme eternamente» (2Sam 7,12.16). Esta era la fama que había precedido a Jesús en su entrada a Jerusalén. Por eso gritan a su paso:«¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!»

Cuando decían eso, decían literalmente una pro­fecía que se cumplía en Jesús, pero no entendían lo que decían. Jesu­cristo era Rey, el Rey anunciado, pero en el sentido que Dios lo enten­día, no en el sentido que lo entendían los hombres. El Rey de Israel tenía que actuar como hijo de Dios, de manera que fuera Dios el que reinara por medio de él sobre su pueblo. También esto estaba dicho en la profecía de Natán acerca del «hijo de David»: «Yo seré para él padre y él será para mi hijo» (2Sam 7,14). Jesús no cedió nunca a la tentación de un poder terreno; pero este aspecto de la profecía de Natán lo vivió con absoluta fide­lidad. El reino de Dios estaba pre­sente en Él porque Él era Hijo de Dios. Y éstas son las dos cosas que consti­tuyen el núcleo de la predi­cación de Je­sús: el Reino de Dios y la paternidad divina.

El Rey prometido a Israel

Jesús entró a Jerusalén como Rey, según su verdadera condición. Llama la atención de que, a pesar de ser tan solemne la ocasión (según el Evangelio de Marcos, ésta es la única vez que Jesús viene a Jerusalén), el relato se detenga con tanto detalle en el tema del asno. Cuatro veces se menciona este animal en el breve relato. Si la entrada de Jesús en Jerusalén se relata en 10 versículos, 7 de ellos se emplean en expli­car cómo se obtuvo el asno sobre el cual Jesús se sentó. Más todavía nos sorprende leer que el mismo Jesús a los que envió a traer el asno ordenó decir: «El Señor lo necesita». Es la única vez en el Evangelio en que Jesús expresa una necesi­dad. A Marta, que se agitaba por muchas cosas, Él había enseñado: «Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola» (Lc 10,4­2). ¿Por qué necesita Jesús un asno para entrar en Jerusalén?

Cuando el Evangelista Mateo, leyendo a Marcos, compo­ne su propio Evangelio, se hace la misma pregunta, y en­cuentra la respuesta en una antigua profecía: «Esto suce­dió para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asno, en un borrico, hijo de animal de yugo’» (Mt 21,4). En efec­to, así estaba escrito en el libro del profeta Zacarías (9,9). Jesús se procuró un asno y lo consideró necesario para entrar en Jerusalén porque tenía que entrar como el Rey prometido a Israel. El puede prescindir de todo – «no tiene dónde reclinar su cabeza» (Mt 8,20)-; pero nunca de algo que tenga relación con su misión, porque la misión que le encomendó su Padre es esa «única cosa necesaria».

Sabemos que en diversas ocasiones la gente se dirigió a Jesús llamándolo «hijo de David». Pero si nos preguntamos: ¿Quién es el hijo de David que heredó su trono?, la res­puesta correcta es: Salomón. Es interesante repasar la histo­ria del reinado de David y de su sucesión tal como se relata en los libros de los Reyes. Allí veremos que David, ya anciano, dio a sus ministros estas disposiciones para asegurar el trono a su hijo Salomón: «Haced montar a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadlo a Guijón. El sacerdote Sadoq y el profeta Natán lo ungirán allí como Rey de Israel, tocaréis el cuerno y grita­réis: ¡Viva el Rey Salomón! Subiréis luego detrás de él, y vendrá a sentarse sobre mi trono y él reina­rá en mi lugar porque lo pongo como jefe de Israel y Judá» (1R 1,33-35). Los presentes interpretaron estas instruc­ciones como mandato de Dios, exclamando: «Amen. Así habla Yahveh, Dios de mi señor el rey» (1R 1,36). Las órdenes de David se cum­plie­ron y la entrada de Salomón fue apoteósica: «Hicieron montar a Salomón sobre la mula del rey David… El sacer­dote Sadoq tomó de la tienda el cuerno de aceite y ungió a Salomón, tocaron el cuerno y todo el pueblo gritó: ¡Viva el Rey Salomón! Subió después todo el pueblo detrás de él; la gente tocaba las flautas y manifestaba tan gran alegría que la tierra se hendía con sus voces» (1Re 1,38-40).

Salomón fue hijo de David, entró a Jerusalén montado en una mula, fue ungido (Mesías) y reinó sobre la casa de Jacob (así se llama a Israel y Judá unidos); pero no se cumple en él la palabra dicha a David acerca de su hijo: «Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2S 7,13). Esta profe­cía es verdad sólo en Jesucristo, a quien proclamamos Rey del Universo hasta hoy y así lo haremos hasta el fin del mundo.

¡Hosanna!

En cada misa que participamos repetimos la aclamación «¡Hosanna!» en la recitación del «Santo». Es probable que la hayamos cantado miles de veces y ahora la escuchamos en la entrada a Jerusalén…pero ¿cuál es su significado? Esta palabra es la trascripción griega de un verbo imperativo en hebreo que sonaría: hoshiá-na. El verbo es «hoshiá» que significa salvar, liberar. El sujeto era generalmente Dios como vemos en los salmos 21,1; 20,9; 28,9. Pero sobre todo en el Salmo 18,25-27 es muy significativo: «¡Ah, Yahveh, da la salvación!¡Ah, Yahveh, da el éxito! ¡Bendito el que viene en el nombre de Yahveh!… ¡Cerrad la procesión, ramos en mano, hasta los cuernos del altar!». Por eso en cada misa pedimos a Dios que nos salve y reconocemos que esa salvación nos ha sido dada por Jesucristo. El mismo nombre de Jesús significa: «Yahvé salva».

Es importante registrar lo que gritaba el pueblo al paso de Jesús: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!…¡Hosanna en las alturas!». Así fue aclamado Jesús a su entrada en Jerusalén. Estos gritos iban a desencadenar los hechos que lo llevaron a su muerte en la cruz. Todos reconocemos en esos gritos de júbilo la misma aclamación que en cada Misa introduce la plegaria eucarís­tica. Si con esa aclamación se dio entrada a Jesús en Jerusalén, donde iba a ofrecerse en sacrifi­cio muriendo en la cruz, es signi­ficativo que se cante esa aclamación en la acción sacramental que va a hacer presen­te sobre el altar ese mismo sacrificio con toda su efica­cia salvífica. Por eso resulta inoportuno que al canto del «Sanctus» se le acomoden otras palabras. En efecto, adoptar otras palabras en ese lugar de la Misa hace perder toda la ambientación de lo que se está conmemorando.

Una palabra del Santo Padre:

«La procesión de Ramos es —como sucedió en aquella ocasión a los discípulos— ante todo expresión de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque él nos concede ser sus amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también expresión de nuestro “sí” a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con Él a dondequiera que nos lleve.

Por eso, la exhortación inicial de la liturgia de hoy interpreta muy bien la procesión también como representación simbólica de lo que llamamos “seguimiento de Cristo”: “Pidamos la gracia de seguirlo”, hemos dicho. La expresión “seguimiento de Cristo” es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto “seguir a Cristo”?

Al inicio, con los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro, dejarse guiar totalmente por Él. Así, el seguimiento era algo exterior y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con qué vivir, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro. Estar a su disposición había llegado a ser ya, una razón de vida.

 Eso implicaba renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios. Pero esto también pone claramente de manifiesto qué significa para nosotros el seguimiento y cuál es su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en Jesucristo, me precede y me indica el camino.

Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en persona. Siguiéndolo a Él, entro al servicio de la verdad y del amor. Perdiéndome, me encuentro».

Benedicto XVI. Homilía en el Domingo de Ramos, 2007.

J Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1.  Leamos y meditemos el relato entero de la Pasión y Muerte de Jesús según San Marcos. 

2. ¿Cómo voy a vivir la Semana Santa? ¿Será solamente un fin de semana largo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 595 – 630.  

 

[1] Kénosis: abajamiento, humillación.

[2] Eteria (finales del siglo IV o inicios del V),  monja española que realizó un viaje a Oriente que plasmó en su obra Itinerario. Se ignora la fecha y el lugar de su nacimiento, aunque es de suponer que era gallega pues se alude a su nacimiento en las playas del extremo Occidente. Ha sido conocida, a lo largo de la historia, con diferentes nombres: Geria, Eteria, Egenia o Aiteria. Incansable, viajó por Asia Menor, Egipto, Mesopotamia y Palestina, reflejando en su obra Itinerario la descripción de sus desplazamientos y numerosas notas sobre la vida de las comunidades cristianas de estas regiones en los inicios del cristianismo. Al final del XIX se redescubrió en Italia el relato de su Itinerarium.

[3] Natán. Profeta amigo del rey David, notable por sus decisivas intervenciones durante el reinado davídico (2 S 7.2-17; 12.1-5). Cuando David comunicó a Natán su deseo de edificar una casa o templo para Dios (2 S 7), el profeta contestó con la revelación de Yavheh: no sería David, sino uno de sus descendientes, quien construiría el Templo.

Un nuevo año…

Posted: March 26th, 2012, by Matoga

Hoy cumplimos un año más juntos…

Gracias por acompañarme día a día desde 2003 y compartir mi amor a Jesús.

Les ruego una oración por el eterno descanso de mis padres y otra por mi.

Que Dios los bendiga!!!

Un abrazo en Cristo

 

Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo B

Posted: March 22nd, 2012, by Matoga

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre»

Lectura del libro del profeta Jeremías 31, 31- 34

«Vienen días, oráculo del Señor, en que yo sellaré con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva. No como la alianza que sellé con sus antepasados el día en que los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Entonces ellos violaron la alianza, a pesar de que yo era su dueño, oráculo del Señor. Ésta será la alianza que haré con el pueblo de Israel después de aquellos días, oráculo del Señor: Pondré mi ley en su interior; la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Para instruirse no necesitarán animarse unos a otros diciendo: «¡Conoced al Señor!», porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el mayor, oráculo del Señor. Yo perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados».

Lectura de la carta a los Hebreos 5,7- 9

«El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo aprendió a obedecer a través del sufrimiento.  Alcanzada así la perfección, se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 12, 20- 33 

«Entre los que habían llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta, había algunos griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”.  Felipe se lo dijo a Andrés, y los dos juntos se lo hicieron saber a Jesús.

Jesús dijo: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante.  Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.  Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre. Me encuentro profundamente abatido;- ¿pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, sálvame de lo que se me viene encima en esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre,  glorifica tu nombre”.

Entonces se oyó esta voz venida del cielo: “Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. De los que estaban presentes, unos creyeron que había sido un trueno; otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús explicó: “Esta voz se ha dejado oír no por mí, sino por vosotros. Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí“. Con esta afirmación, Jesús quiso dar a entender la forma en que iba a morir».

Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

«Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…no da fruto». La respuesta de Dios al pueblo que una y otra vez se aleja de Él es una alianza nueva y definitiva. Una alianza que no pasará jamás porque está escrita en el corazón de cada uno y será conocida por todos (Primera Lectura). Esta alianza se consuma en el único sacrificio Reconciliador de nuestro Señor Jesucristo: muere en la cruz para que todos tengamos vida. En la fiel obediencia al Plan del Padre, no exento de sufrimiento y dolor, el Hijo se hace «causa de salvación eterna para todos» siendo así reconocido como el Sumo y Eterno Sacerdote que intercede en favor de toda la humanidad (Segunda Lectura). Nosotros también estamos llamados a vivir la misma dinámica de la muerte para la vida, a semejanza del grano de trigo, para así ganar la vida eterna.

«Una nueva alianza»

Recordemos las palabras de la Primera Lectura del IV Domingo de Cuaresma: «Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio» (2Cr 36,16). Jeremías es considerado uno de los cuatro «profetas mayores» (con Isaías, Ezequiel y Daniel) y es uno de los profetas a los que se refiere el pasaje mencionado. Nació en Anatot, de familia sacerdotal y predicó por más de cuarenta años (desde  el 627 a.C. hasta la destrucción de Jerusalén y el Templo en el año 587 a.C.). Alentó la reforma religiosa promovida por el rey Josías y, en una época de infidelidad a la Alianza, le tocó la pesada misión de anunciar el castigo de Dios.

Los falsos profetas azuzaron a los reyes Joaquín y Sedecías en contra de Jeremías, que fue maltratado e incluso se intentó matarlo. Tras el fracaso de la antigua alianza, el Plan de Dios aparece bajo un nuevo aspecto. No se trata de restablecer lo antiguo, sino de crear algo nuevo. La «nueva alianza» (31,31ss) se refiere fundamentalmente a tres puntos: la iniciativa divina del perdón de los pecados; la responsabilidad y la retribución personal; y la interiorización de la religión: la ley deja de ser un código exterior para convertirse en una inspiración que alcanza el «corazón» del hombre. En el Nuevo Testamento el libro del profeta Jeremías es citado repetidas veces. También el profeta es citado textualmente en la Carta a los Hebreos (8, 8 – 12). Jesús en la última cena, al bendecir la copa, une las palabras de Moisés (Ex 24) con las del profeta Jeremías (Jr 31,31) sobre la alianza definitiva.

Jesús, Sumo Sacerdote compasivo

«Teniendo pues tal Sumo Sacerdote…Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firmes la fe que profesamos» (Hb 5, 14)y sólo así podremos acercarnos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y la ayuda oportuna (Hb 4,16). Todo Sumo Sacerdote, tal como es presentado en la carta a los Hebreos, es escogido, de entre los hombres, por el mismo Dios para ofrecer los dones y sacrificios con los cuales pretende restablecer las relaciones con Dios eliminando así el obstáculo entre ellos: el pecado de los hombres. Estas condiciones se han realizado plenamente en Jesucristo (Hb 5,5-10).

Cristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión encomendada por Dios Padre, que lo ha proclamado solemnemente Sumo Sacerdote (ver Hb 1,5; Sal 110,4). El hecho de ser el «Hijo» da a su sacerdocio una categoría, gloria, dignidad y calidad suprema; porque lo coloca en una relación personal íntima, perfecta, plena, con Dios (Hb 2,17; 6,20). El autor ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

 ¡Queremos ver a Jesús!

El Evangelio de este V Domingo de Cuaresma se sitúa en el mismo día de su entrada en Jerusalén, cinco días antes de la última Pascua de Jesús. El día anterior Jesús se había detenido en Betania en la casa de Lázaro, Marta y María donde un «gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos» (Jn 12,9). Por eso, la entrada de Jesús en Jerusalén fue triunfal: «Por eso también salió la gente a su encuentro, porque habían oído que Él había realizado aquella señal» (Jn 12,18).  Entre aquellos que subieron a Jerusalén había unos griegos. Estos, no siendo judíos, se habían adherido al monoteísmo de Israel y, hasta tal punto, a las observancias mosaicas: eran los «piadosos y temerosos de Dios» (Hch 10,2), distintos a los «helenistas» (ver Hch 6,1) que eran judíos en la diáspora. El deseo de estos griegos gentiles de «ver» o conversar con Jesús  debió de extrañar a los discípulos, por eso Felipe consulta con Andrés.

Jesús sabe que la gente lo busca y lo quieren «ver» porque ha hecho algo extraordinario. Pero, para Jesús, deberían de buscarlo no sólo por el hecho externo sino porque ese hecho es una «señal» de algo mucho más profundo, que se capta y entiende solamente por y desde la fe. En otra ocasión había ocurrido lo mismo. «Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre”» (Jn 6,26-27). El milagro es una señal externa que deja entrever su identidad más profunda: el ser Hijo único de Dios. Cuando Jesús sabe lo que quieren «ver», no rechaza la petición; sino que la orienta hacia el momento de su glorificación: su muerte en la cruz.  Hacia allí deben de converger todas las miradas que lo buscan y lo quieren «ver».

«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado»

La «hora» a la que Jesús se refiere es sin duda el momento en el que Él será levantado sobre la tierra. Éste «ser levantado» tiene un doble sentido: por un lado se refiere a su ser levantado en la cruz, y en este sentido es la expresión de su muerte dolorosa y llena de oprobio; pero, por otro lado, Jesús alude a su exaltación junto al Padre, y en este segundo sentido es expresión de su glorificación. Ambas cosas suceden en un mismo movimiento hacia lo alto. Jesús revela su ser Hijo eterno del Padre, enseñándolo de palabra; pero, sobre todo, por medio de su actitud de obediencia filial que alcanza su punto culminante en la cruz. Él fue enviado por el Padre a una misión. Muriendo en la cruz pudo decir: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). La carta a los Hebreos nos recuerda: «Con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5,9).

Ahora podemos entender mejor la hermosa comparación que Jesús utiliza cuando explica «su hora»: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto». Es difícil expresar con mayor precisión y eficacia la fecundidad de su propia muerte. Los padres conciliares nos han dicho que el hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[1]. El dinamismo inscrito en el grano de trigo, es el mismo dinamismo (en sentido análogo) inscrito en el ser del Señor Jesús, y es el mismo dinamismo inscrito en cada uno de nosotros: morir para vivir; donarnos y entregarnos continuamente para desplegarnos en una nueva vida, para conquistar una vida plena y tremendamente fecunda. Y para que quede claro el Señor nos invitar a vivir el mismo dinamismo: «El que ama su vida, la pierde;  y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna».

Él mismo fue un grano de trigo que se precipitó a caer en tierra y morir, para obtener mucho fruto; el fruto abundante de su muerte en la cruz es el don de la vida eterna que se ofrece a todos los hombres. Ahora toca a cada uno de nosotros seguir el camino trazado…«Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1Pe 2,21).

Una palabra del Santo Padre:

«Si el grano de trigo… muere, produce mucho fruto» (Jn 12, 24); «…quien aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eter­na» (ib., 25). La vida cristiana, ama­dos hermanos y hermanas, se de­senvuelve en la misma línea de la vida de Jesús en esta tierra, en la línea de su misterio de muerte y resurrección: «Si alguno me sir­ve que me siga, y donde yo esté allí estará también mi servidor» (ib., 26). Cristo Redentor del hombre, Redentor de cada uno de nosotros, ofreció su vida en holocausto al Pa­dre para que de este acto supremo de amor brotase la vida nueva para todos, es decir, la vida de Dios, la vida según el Espíritu. La redención del hombre es obra de dolor y amor, y no se realiza en el hombre sin su participación personal en el dolor y el amor de Cristo.

En efecto, leyendo los pasajes de la liturgia de hoy, uno queda impre­sionado por la seriedad exigente de la Palabra de Dios que habla de sufrimientos, persecución y martirio, recalcando que el grano de trigo debe caer en tierra y morir para llegar a dar fruto.…Cuando el dolor atormenta nues­tra vida, cuando cuesta mucho ser seguidores de Cristo y la cruz pesa sobre los hombros, es necesario tener conciencia de que el amor alcanza su expresión más alta en el dolor, sacri­ficio y donación de sí mismo. Las almas se salvan en el Calvario. Cada uno debemos aceptar ser el grano de trigo, desconocido acaso y humilde, que sembrado en el lugar de su tra­bajo y de su gravosa responsabilidad, se disuelve en ofrecimiento doloroso y gozoso de amor, para actuar con Cristo la obra misteriosa y real a la vez de la redención de la humanidad»

Juan Pablo II. Homilía pronunciada en su visita pastoral a Palestina, el 18 de agosto de 1983.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El hombre de hoy, hijo de una cultura hedonista, una cultura que al perder de vista la cruz no encuentra sentido alguno al dolor y busca expulsarlo de su sociedad a como dé lugar, no está acostumbrado a enfrentar el dolor. Hay momentos y situaciones en que es inevitable que se enfrente al dolor, entonces viene la crisis, la desesperación, el hundimiento…. Pero, en situaciones cotidianas, el hombre le huye al dolor. Está acostumbrado a fugar. La tendencia del hombre mediocre es la de no enfrentar lo que le incomoda, lo que le duele y hace sufrir: busca paliativos, “anestésicos” en el placer, el sexo, la droga, la bebida, etc., busca la diversión para olvidar que sufre, etc. ¿Cuánto de esto veo en mí? ¿Huyo del dolor, de la exigencia cotidiana? ¿Huyo del exigirme cada vez un poco más, hasta el límite? ¿Huyo a lo que me cuesta asumir: trabajos, situaciones, responsabilidades, diálogos, estudio, etc.? ¿Busco “compensarme” cada vez que puedo? ¿Busco compensaciones ilícitas, convenciéndome incluso de que son lícitas para mí?

2. ¿Qué me enseña María?: Miremos la corona de rosas que rodea el Corazón de la Madre: es también una corona de invisibles espinas. Ella me recuerda una realidad ineludible y me dice: acéptalas, asume reciamente el dolor que ellas te produzcan, pues quien quiere ver su corazón coronado con las hermosas rosas de la pureza y demás virtudes, debe aceptar primero la corona del dolor que purifica.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 541-542. 661-662.

Domingo de la Semana 4ª de Cuaresma. Ciclo B

Posted: March 14th, 2012, by Matoga

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»

Lectura del Segundo libro de las Crónicas 36, 14-16.19-23 

«Del mismo modo, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según todas las costumbres abominables de las gentes, y mancharon la Casa de Yahveh, que él se había consagrado en Jerusalén. Yahveh, el Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada.

Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén: pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.

Y a los que escaparon de la espada los llevó cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos hasta el advenimiento del reino de los persas; para que se cumpliese la palabra de Yahveh, por boca de Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra de Yahveh, por boca de Jeremías, movió Yahveh el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: Yahveh, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. El me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!»

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 2,4-10

«Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amo, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo – por gracia habéis sido salvados – y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios  que practicáramos».

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,14 – 21 

 

«Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo,  sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado;  pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

Y el juicio está  en que vino la luz al mundo,  y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único…»: aquí reside el mensaje central que la Iglesia nos transmite mediante los textos litúrgicos en este cuarto Domingo de Cuaresma. Ese amor infinito de Dios ha recorrido un largo camino en la Historia de la Reconciliación, antes de llegar a expresarse en forma definitiva y última en Jesucristo (Evangelio).

La Primera Lectura nos muestra en acción el amor de Dios que busca suscitar en el pueblo el arrepentimiento y la conversión; sin embargo el pueblo se burla y desprecia a los mensajeros de Dios. En la carta a los Efesios, San Pablo resalta por una parte nuestra falta de amor que causa la muerte, y el amor de Dios que nos hace retornar a la vida junto con Jesucristo (Segunda Lectura). En todo y por encima de todo, el amor de Dios en Cristo Jesús que se entrega en sacrifico reconciliador para que tengamos «vida eterna».

La infidelidad de un pueblo

La primera lectura cierra el segundo libro de las Crónicas, escrito en el siglo IV a.C. entre el final de la dominación persa y el principio de la época helenística (333-63 A.C.). El gran interés que muestra el autor de los dos libros de Crónicas por todo lo que se refiere al culto y al templo insinúa que sea un sacerdote o levita, familiarizado con los problemas religiosos de Israel. Esdras, cuyo nombre significa  «Dios es mi auxilio» y probable autor de estos libros, fue un levita judío exiliado a Babilonia, en la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor. Luego se vuelve consejero del rey de Persia para los negocios con los judíos y es reenviado a Jerusalén al frente de 1,500 judíos con el fin de reorganizarlos.  Este pasaje se da en el contexto del final de la monarquía y es un juicio general sobre la infidelidad del pueblo que es la causante de su ruina.

El pueblo israelita rechaza el aviso de los mensajeros enviados por Dios, en concreto del profeta Jeremías. El pueblo sufre las consecuencias de su infidelidad: la destrucción de Jerusalén y del templo por los caldeos, y el cautiverio israelita en Babilonia. Justamente el Salmo Responsorial (Salmo 137) canta la nostalgia del pueblo desterrado. Con los libros de las Crónicas estamos en los últimos 500 años anteriores a la venida de Jesús habiendo vivido por 70 años en el exilio en Babilonia (desde 587 a.C.).

El exilio se prolonga hasta el año 538, cuando el imperio babilónico se desmorona bajo la presión del rey Ciro de Persia. Con él, los judíos inician su retorno a Judea liderados por Zorobabel que fue nombrado gobernador de Judea por el rey de Persia y se inicia la reconstrucción del Templo. Tras la invitación al retorno se empieza a vislumbrar en el horizonte inmediato la apasionante aventura del reencuentro con la tierra perdida, de la reconstrucción de las viejas ruinas y de la restauración de la vida de un pueblo que, pese a todo, sigue siendo el verdadero Israel, el pueblo de Dios.

«¡Hemos sido salvados por la gracia mediante la fe!»

 

La carta a los Efesios, escrita por San Pablo desde su cautiverio en Roma en el año 61 ó 62; es un mensaje dirigido no solamente a los habitantes de Éfeso sino a todos los fieles de Asia Menor. Para la edificación del cuerpo de Cristo, nos dice San Pablo, había que superar un doble obstáculo: el estado de pecado en que todos, judíos y paganos se encontraban (Ef 2,1-10) y «el muro de enemistad que tenía separados» a éstos respecto de aquéllos (Ef 2,11-21). Tres son las ideas que aparecen en éste capítulo: todos nos encontramos bajo el dominio del pecado; Dios nos ha dado una nueva vida por la fe y esto no se debe a nosotros. «Muertos en vuestros delitos y pecados» expresa la multitud de pecados en que se encontraban los paganos.

La expresión de vivir «según el proceder de este mundo» designa aquí el mundo pecaminoso que tiene por príncipe al demonio (ver Jn 14,30; 1 Jn 5,19), que prosigue su obra entre quienes no obedecen los mandatos de Dios. Son «rebeldes» a Dios. La rebeldía es un término clásico de la teología paulina que denota desobediencia con respecto a Dios (ver Rom 11,32; Col 3,6). El texto griego presenta a Satanás como «el príncipe del imperio del aire» ya que en la concepción de los antiguos, los demonios habitaban en el aire, entre la tierra y la luna. San Pablo hace referencia al poder de Satanás bajo el cual nos encontrábamos también nosotros al seguir los dictámenes de las «apetencias de la carne». La «carne» (sarx) tiene aquí sentido peyorativo: designa la parte inferior de nuestra naturaleza que se sustrae a la voluntad de Dios para seguir sus apetencias desordenadas. Esta conducta pecaminosa nos hacía «destinatarios naturales de la ira de Dios».

Pero Dios nos ha demostrado su inmensa bondad y misericordia y llevado de un amor inmenso (Jn 3,16), que nosotros no merecíamos (Rom 5,6-9), nos ha otorgado una nueva vida, «resucitándonos y sentándonos con Cristo en el cielo». Pablo afirma, como un hecho cierto y ya realizado, la resurrección de los cuerpos de la que es anticipo la resurrección de Cristo (1 Cor 15,20). Esta doble condición del cristiano tiene que marcar su vida en este mundo. Dos cosas concurren a nuestra salvación: la gracia de Dios (causa principal y formal) y nuestra fe (condición necesaria).

De la primera sí que puede decir el apóstol que es pura gracia de Dios. Pero también la segunda es un don de Dios; no proviene de razonamientos humanos ni es debida a nuestras obras, de modo que nadie puede presumir de ellas. «Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús»: el primer hombre fue formado por Dios al principio, infundiendo el hálito vital al polvo de la tierra (Gn 2,7). Así también ahora el hombre nuevo es una creación de Dios en y por Cristo Jesús. Pero el hombre tiene que colaborar con su libre albedrío. Dios no nos ha consultado a la hora de crearnos; pero no nos salvará sin que nosotros colaboremos a nuestra salvación. «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (San Agustín).

¡Tanto amó Dios al mundo…!

El Evangelio de hoy es parte del diálogo que tuvo Jesús con uno de los fariseos, llamado Nicodemo, que vino donde Él de noche. Vencido por la evidencia, Nicodemo dice a Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las seña­les que tú realizas si Dios no está con él». El Evangelio del Domingo pasado concluía con esta afirmación general: «Mientras Jesús estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Él al ver las señales que realizaba» (Jn 2,23). Uno de ellos sin duda era Nicodemo. Para comprender esta reacción de la gente es necesario saber qué se entiende por «señal» en el Evangelio de Juan. Una «señal» es un hecho milagroso. Juan lo llama «señal», porque este hecho, que es de experiencia sensible, deja en eviden­cia la gloria de Jesús, que supera la experiencia sensible. Por eso la señal suscita una respuesta de fe. Como Tomás cuando vio ante sí a Jesús con las heridas de la Pasión y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

En su diálogo con Nicodemo Jesús se deja llevar a las afir­macio­nes más impresionantes sobre el amor de Dios hacia el mundo. Lo primero es darle una señal, algo que será visto: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna»”. Jesús evoca como imagen un episodio del período del desierto donde el pueblo, tras murmurar contra Dios y Moisés, era mordido por serpientes venenosas. Dios le ordenó a Moisés hacer una serpiente de bronce diciéndole: «Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá» (ver Num 21,4-9). Así tiene que ser levantado Jesús en el estandarte de la cruz para librarnos de la muerte eterna que merecemos por nues­tros pecados. Y es que siempre la Cruz tiene el doble sentido de: ser elevado en la cruz y de ser elevado a la gloria del Padre. Ambos movimientos coinciden. Discutiendo con los judíos Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»(Jn 8,28). Quiere decir: Allí quedará en evidencia mi identidad divina. En otra ocasión les dice: «Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

La cruz es el signo más evidente del amor de Dios, como sigue diciendo Jesús a Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna». ¿Qué explicación se puede dar al hecho de que el Hijo eterno de Dios se haya hecho hombre y haya muerto en la cruz? ¿Qué motivación se puede encontrar a este hecho? No hay otra explicación ni otra motivación que el amor de Dios hacia el hombre. Es un amor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte. El que cree en esto es destinatario de esta promesa de Cristo: «No perecerá sino que tiene la vida eterna». El que no crea rehúsa el amor de Dios y se excluye de la salvación. San Pablo no se cansaba de contemplar este hecho y de llamar la atención de los hombres sobre la misericordia de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Dios no podía darnos un signo mayor de su amor que la cruz de Cristo. Para eso fue elevado Jesús sobre la cruz: para que lo mire­mos, creamos y tengamos vida eterna.

Una palabra del Santo Padre:

 

« Le dijo Nicodemo: «¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?» (Jn 3, 4). La pregunta de Nicodemo a Jesús manifiesta bien la preocupada admiración del hombre ante el misterio de Dios, un misterio que se descubre en el encuentro con Cristo. Todo el diá­logo entre Jesús y Nicodemo pone de relieve la extraordinaria riqueza de significado de todo encuentro, inclu­so del encuentro del hombre con otro hombre. Efectivamente, el en­cuentro es el fenómeno sorprendente y real, gracias al cual el hombre sale de su soledad originaria para afron­tar la existencia. Es la condición normal a través de la cual es llevado a captar el valor de la realidad, de las personas y de las cosas que la constituyen, en una palabra, de la historia. En este sentido se puede comparar con un nuevo nacimiento.

En el Evangelio de Juan el en­cuentro de Cristo con Nicodemo tie­ne como contenido el nacimiento a la vida definitiva, la del reino de Dios. Pero en la vida de cada uno de los hombres, ¿acaso no son los encuen­tros los que tejen la trama imprevista y concreta de la existencia? ¿No están ellos en la base del nacimiento de la autoconciencia capaz de acción, la única que permite una vida digna del nombre de hombre? En el encuentro con el otro el hombre descubre que es persona y que tiene que reconocer igual digni­dad a los demás hombres. Por medio de los encuentros significativos aprende a conocer el valor de las dimensiones constitutivas de la exis­tencia humana, ante todo, las de la religión, de la familia y del pueblo al que pertenece».

Juan Pablo II. Catequesis 16 de noviembre de 1983.

 ‘  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. La celebración del cuarto Domingo nos hace tomar conciencia que estamos cerca de la celebración de la Semana Santa. ¿Cómo estoy viviendo mi cuaresma? ¿Me estoy acercando y acompañando al Señor en su paso por el desierto?

2. «Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

¿Mi conducta y mis actos realmente responden a mi apertura a la Verdad que el Señor Jesús ha revelado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 218 – 221.458.

62 cantos de Semana Santa disponibles en internet

Posted: March 9th, 2012, by Matoga

Música sacraBuenos Aires, 9 Mar. 12 (AICA) Al acercarse la Semana Santa, el sacerdote sacramentino José Bevilacqua, licenciado en Música Sagrada por la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, informó que en la página www.canticanovaetvetera.org se podrán encontrar, e imprimir, todos los cantos necesarios y convenientes para las celebraciones del Domingo de Ramos y del Triduo Pascual.

Estos cantos se presentan armonizados para órgano o armonio (u otros teclados), y también fácilmente adaptables para coros.
Allí se encuentran también cantos varios para la bendición, procesión y misa del Domingo de Ramos. Asimismo, los de las misas Crismal y de la Cena del Señor del Jueves Santo, al igual que cantos para la adoración de la Eucaristía.
Para el Viernes Santo están la Antífona del Salmo, la Aclamación antes de la Pasión, la Presentación y Adoración de la Cruz, y los Improperios (Lamentos del Señor) en una nueva composición, y un canto para conmemorar a la Virgen María.
Para la Vigila Pascual, además de cantos oportunos, están todas las antífonas de los salmos responsoriales correspondientes a cada una de las lecturas bíblicas, como también las Letanías de los Santos.
Digna de mención es la versión original, allí editada muy esmeradamente, del Gloria (ya muy conocido, pero no siempre bien cantado) del padre Osvaldo Catena, tal cual el mismo autor la escribió en sus versiones simple y coral.
Quien visite la mencionada página de internet podrá seleccionar e imprimir de este cuaderno de 82 páginas las obras que le interese, o todo el cuaderno (y anillarlo).
Para cualquier consulta o sugerencia escribir al padre José Bevilacqua, al correo electrónico: jbevisss@gmail.com .+

Renovado sitio web del Episcopado argentino

Posted: March 9th, 2012, by Matoga

Sitio web de la CEABuenos Aires, 9 Mar. 12 (AICA) El sitio web institucional de la Conferencia Episcopal Argentina www.episcopado.org luce un diseño renovado, mediante el cual ofrecerá “información actualizada y organizada a quienes habitan en un continente digital cada vez más extenso”.
El objetivo, se explica, es “seguir creciendo en una comunicación ágil y valiosa”.
“La presencia de la Iglesia en Internet es una realidad desde el nacimiento de la red, con diversas manifestaciones en todos los ámbitos donde desarrolla su labor pastoral”, se subraya al presentar las novedades.
Al ingresar al sitio pueden verse imágenes de lugares de masiva religiosidad popular como el santuario del Señor y la Virgen del Milagro, en Salta o la Virgen del Valle en Catamarca, además de las particularidades de la catedral de La Plata o de la Semana Santa en la Quebrada de Humahuaca.
También se ofrece información del boletín electrónico EcosCEA, al que se invita a suscribirse, y accesos a los organismos de la CEA, a los obispos y diócesis, a documentos y enlaces.
Asimismo, tiene un fácil acceso a las cuentas de Facebook y Twitter .+

Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo B

Posted: March 9th, 2012, by Matoga

Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré»

Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17 

«Entonces pronunció Dios todas estas palabras diciendo: “Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios; porque Yahveh no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso.

Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo”.»

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1, 22- 25

«Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres».
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2,13 – 25 

«Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero  de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado”.

Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: = El celo por tu Casa me devorará. = Los judíos entonces le replicaron diciéndole: “Qué señal nos muestras para obrar así?” Jesús les respondió: “Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré”. Los judíos le contestaron: “Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre.

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado…fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (Segunda Lectura). En esta frase encontramos una excelente síntesis de las lecturas en este tercer Domingo de Cuaresma. La fuerza y la sabiduría que Dios revela a través del Verbo Encarnado perfeccionan y dan plenitud a los Diez Mandamientos (Primera Lectura). Por otro lado se instaura un nuevo templo y un culto nuevo; situado ya no en un lugar físico (el Templo de Jerusalén) sino en una persona: Jesucristo.  Cuando resucita Jesús entonces entienden los Apóstoles de qué estaba hablando al referirse sobre la destrucción del Templo; inaugurando así un nuevo culto (la economía sacramental) y un nuevo templo (la Iglesia que es su Cuerpo Místico).

Las diez palabras de Dios

Como era usanza entre los reyes al hacer un pacto; vemos en este pasaje el «código» que se establece entre Dios y las personas que pertenecen a un pueblo: Israel. Como el compromiso con Dios se realiza en el seno del grupo, todas las obligaciones pasan por Él: no hay pecados contra Dios y pecados contra el prójimo; todos son contra aquel que ha establecido el «pacto», es decir Dios mismo. La absoluta gratuidad de Dios al elegir a Israel es la razón de este comportamiento; por eso si se separa la ley de la alianza, ésta se vacía y pierde su sentido.

La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras» (Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4). Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa y las escribe «con su Dedo» (Ex 31, 18; Dt 5, 22), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente y nos enseñan al mismo tiempo las verdades fundamentales sobre el hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la «ley natural» ya que a pesar de ser accesible (en su gran mayoría) por la sola razón ha tenido que ser explícitamente revelado por el Creador a causa de la ruptura en la que se encontraba toda la humanidad.

El Decálogo es una llamada al pueblo para que sea reflejo de la actividad del Señor, de su gloria y santidad, que se manifiestan en su bondad, misericordia y compromiso activo. El preámbulo o introducción (Éx 20,1-2) imita la forma en que se auto-presentaban los reyes; el Señor lo hace con su nombre inefable de «Yahvé», protagonista real de una historia verificable y no de una ficción producida por la imaginación humana. La salvación constituye el don radical y lleva implícita una invitación a reconocerlo. Los preceptos que siguen se convierten en actos de gratitud al Señor que concedió a los israelitas cuanto son y tienen.

«Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles»

Corinto era una grande y cosmopolita ciudad griega del mundo antiguo. Situada en el estrecho istmo que une la parte principal de Grecia con la península meridional era un lugar muy favorable para el comercio. La ciudad atraía gentes de muchas nacionalidades. Se hallaba dominada por «Acrocorinto»: la roca escarpada en que se alzaba la acrópolis y un templo dedicado a Afrodita (diosa del amor). Las prácticas libertinas del templo y una numerosa población «flotante» contribuían a la pésima fama de Corinto, harto conocida por sus excesos e inmoralidades así como por sus numerosas religiones. San  Pablo permanece en Corinto unos 18 meses y funda una comunidad durante su segundo viaje misionero. Luego de recibir malas noticias sobre la comunidad en Corinto así como consejos sobre diversos asuntos; decide escribir esta importante carta y se ocupa en responder a los principales problemas: la división, los problemas morales y familiares, las dudas acerca de las prácticas heredadas del judaísmo, etc.

En el texto de este Domingo, San Pablo ve en Jesús crucificado la manifestación, humanamente desconcertante pero definitiva, de la fuerza salvadora de Dios y afirma que es desde esa luz que debemos leer toda la realidad histórica del hombre. Como consecuencia, en la aceptación o no aceptación de la predicación evangélica sobre la fuerza salvadora de la cruz de Cristo se hace ya presente el juicio de Dios (positivo o negativo) sobre los hombres. Por lo que se refiere al contenido del pasaje ya los profetas de Israel habían puesto en evidencia que la sabiduría simplemente humana es por sí misma incapaz de salvar a nadie (Is 5,21; 29,14; Jr 8,9). Sólo la Palabra de Dios es fuente de sabiduría, que equivale a decir de salvación. Pablo se sitúa en la misma línea y rechaza de plano la eterna tentación del hombre que ya desde los orígenes (Gn 3,1-6) pretende bastarse a sí mismo y prescindir de Dios que es la única y verdadera fuente de salvación. En la «locura de la cruz» se hace presente toda la profundidad y la angustia a la que ha llegado el amor de Dios por nosotros. Los caminos de Dios, por incomprensibles que parezcan, son siempre más «sabios», y por tanto son los únicos y verdaderos caminos por el cual el hombre debe de caminar…

«Se acercaba la Pascua de los judíos…» 

El Evangelio de hoy comienza indicando la si­guiente circunstancia temporal: «Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén». ¿Por qué intro­duce San Juan la precisión «Pascua de los judíos»? ¿Es que hay otra Pascua? Sí, hay otra Pascua, una Pascua verdadera, la Pascua cuya celebra­ción anhelamos porque nos da nueva vida y nos concede el ser con plenitud hijos de Dios. A esta Pascua verdadera es a la que se refiere San Pablo cuando escribe a los corin­tios y les dice: «Cristo, nues­tra Pascua, ha sido inmola­do» (1Cor 5,7). Sin duda hay una clara inten­ción de distinguir una «Pascua de los ju­díos» y una «Pas­cua nuestra». La primera es sólo una figura destinada a pasar; esta última se identifica con Cristo inmolado, y es eterna. El culto antiguo y el Templo en que se realizaba la Pascua habían sido ordenados por Dios en el Anti­guo Testamento para ser anuncio y figura del culto y del Templo definitivo .

Aunque, una vez llegada la realidad, estaban destinados a pasar, eran sin embargo, el modo que había dispuesto Dios para hacer­se pre­sente a su pueblo. El Templo poseía, por tanto, su grandeza y merecía el respeto debido a Dios. Esto explica la actitud de Jesús al entrar en el templo y encontrar allí a los vendedores de bueyes, ovejas y palo­mas y a los cambistas en sus puestos: «Hacien­do un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del templo». Es la única vez en el Evangelio que vemos a Jesús en esta actitud: agarrando a los vendedores literalmente a latigazos. Tiene que haber algo que la justifique y tiene que haber algo que garantice su efecti­vidad.

¿Qué puede justificar esta actitud de fuerza de Jesús? ¡Los mismos apóstoles están perplejos! Pero encuen­tran una explicación en la Palabra de Dios: «Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará”» (ver Salmo 69, 8 -10). La actitud de Jesús nos enseña a ser intransigentes cuando se destruye y se profanan las cosas de Dios ya que estos cambistas profanaban la santidad del Templo trocando en el atrio de los gentiles, que era la parte más externa del Templo pero igualmente sagrada, las monedas griegas o romanas que eran consideradas impuras porque llevaban la imagen del César, por la moneda sagrada de los judíos. Pero, ¿cómo es posible que un solo hombre, aunque usara un látigo, haya logrado este resultado contra una multitud? No se entiende sino postulando que Jesús manifestó su propia identidad de Hijo de Dios: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Lo que los vendedores experimentaron fue el temor que se experimenta ante la divinidad, ante la Persona divina del Hijo.

Por esto mismo las autoridades judías no reaccionan sino mesuradamente: «Los judíos le replicaron diciéndole: ‘¿Qué señal nos muestras para obrar así?’». Es de notar que la palabra «señal» se usa en el Evangelio de Juan para designar los milagros de Jesús. Piden un milagro que acredite a Jesús. Y Él responde: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Es una respuesta enigmática. Los judíos entendieron que se refería al templo material y lo ridiculizan: «Cuarenta y seis años se ha tardado en cons­truir este templo ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero el evangelista nos explica el sentido de esa «señal»: «El hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resu­citó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos que había dicho eso y creyeron». La señal verdadera de Cristo es su Muerte y Resurrección. Esta es nuestra Pascua.

Una palabra del Santo Padre:

«Se trata de un combate espiritual, que se libra contra el pecado y, en último término, contra satanás. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia. San Agustín afirma que quien quiere caminar en el amor de Dios y en su misericordia no puede contentarse con evitar los pecados graves y mortales, sino que “hace la verdad reconociendo también los pecados que se consideran menos graves (…) y va a la luz realizando obras dignas. También los pecados menos graves, si nos descuidamos, proliferan y producen la muerte” (In Io. evang. 12, 13, 35). Por consiguiente, la Cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es un combate sin pausa, en el que se deben usar las “armas” de la oración, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal, contra cualquier forma de egoísmo y de odio, y morir así mismo para vivir en Dios es el itinerario ascético que todos los discípulos de Jesús están llamados a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia.

El dócil seguimiento del divino Maestro convierte a los cristianos en testigos y apóstoles de paz. Podríamos decir que esta actitud interior nos ayuda también a poner mejor de relieve cuál debe ser la respuesta cristiana a la violencia que amenaza la paz del mundo. Ciertamente, no es la venganza, ni el odio, ni tampoco la huida hacia un falso espiritualismo. La respuesta de los discípulos de Cristo consiste, más bien, en recorrer el camino elegido por Él, que, ante los males de su tiempo y de todos los tiempos, abrazó decididamente la cruz, siguiendo el sendero más largo, pero eficaz, del amor. Tras sus huellas y unidos a Él, debemos esforzarnos todos por oponernos al mal con el bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor».

Benedicto XVI. Homilía en el Miércoles de Ceniza. 1 de marzo 2006 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. A la luz de la Primera Lectura, hagamos un verdadero y sincero examen de conciencia a partir de los Diez Mandamientos que nos ha dado Dios y busquemos acercarnos al sacramento de la Reconciliación.

2. Muchas veces prefiero creer en la «necedad del mundo» que en «la sabiduría de Dios». ¿Cuáles son los criterios equivocados que debo ir cambiando por los criterios de Jesucristo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2052 – 2074.

Vemos a lo largo de la lectura que el Templo definitivo es el mismo Jesucristo Resucitado.

Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo B

Posted: March 1st, 2012, by Matoga

«Este es mi Hijo amado, escuchadle»

Lectura del libro de Génesis 22, 1- 2. 9 – 13. 15 – 18 

«Después de esto, Dios quiso poner a prueba a Abrahán, y lo llamó: “¡Abrahán!” Él respondió: “Aquí estoy”. Y Dios le dijo: “Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré”. Llegados al lugar que Dios le había indicado, Abrahán levantó el altar; preparó la leña y después ató a su hijo Isaac poniéndolo sobre el altar encima de la leña. Después Abrahán agarró el cuchillo para degollar a su hijo, pero un ángel del Señor le gritó desde el cielo: “¡Abrahán! ¡Abrahán!” Él respondió: “Aquí estoy”.

Y el ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ya veo que obedeces a Dios y que no me niegas a tu hijo único”. Abrahán levantó entonces la vista y vio un carnero enredado por los cuernos en un matorral. Tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a llamar desde el cielo a Abrahán, y le dijo: “Juro por mí mismo, palabra del Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré inmensamente tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra alcanzarán la bendición a través de tu descendencia, porque me has obedecido”».

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8, 31b -34

«Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva? ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 2-10

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó a solas a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban tan asustados que no sabía lo que decía. Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadlo”. De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos.

Al bajar del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre lo que significaría aquello de resucitar de entre los muertos».

Pautas para la reflexión personal  

El nexo entre las lecturas

El lenguaje por el cual el hombre es capaz de relacionarse con su Creador es el amor. Precisamente es el amor el eje central de las lecturas dominicales en el segundo domingo de Cuaresma. Ante todo vemos el cuidado que tiene Jesús con los apóstoles que, después del primer anuncio de la Pasión (Mc 8,31-33), les va a revelar el esplendor de su divinidad en el hermoso acontecimiento de la Transfiguración (Evangelio).

Vemos también el amor misterioso, paradójico, de Dios a Abraham, al colocarlo en una situación extrema y delicada: sacrificar a su hijo querido destinatario de las promesas de Dios. Abraham confía plena y amorosamente en Dios a pesar de lo duro del pedido (Primera Lectura). Amor generoso de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros. Amor de Jesús que nos reconcilió mediante su muerte e intercede por nosotros desde la gloria eterna a la derecha de Dios (Segunda Lectura). Amor de los apóstoles al acoger amorosamente el mandato del Padre que les dice: «Éste es mi Hijo muy amado. Escuchadlo» (Evangelio).

El dilema de Abraham

Abraham es considerado el primero de los grandes patriarcas de Israel, elegido por Dios como padre del pueblo de la promesa. El Catecismo de la Iglesia Católica lo llama con justicia «Padre de los creyentes» por su excepcional confianza en las promesas de Dios al no tener reparo de ofrecer a su hijo en holocausto, es decir sacrificio por el cual toda la víctima tenía que ser consumida por el fuego. Abraham, proveniente de la rica ciudad de Ur a las orilla del río Eúfrates (Iraq), se casa con Sara, su media hermana y vive con su padre Téraj y sus tres hermanos. Luego se trasladarán todos a Jarán donde muere su padre. Allí fue donde Dios le dice que se traslade a la región de Canaán.  Abraham obedece el mandato de Dios y se hace nómada. El hambre y la necesidad hace que se traslade al sur (Egipto) sin embargo Dios le dice que regrese a Canaán.

Abraham envejecía así como su esposa Sara y no tenían descendencia. Según la costumbre de su tiempo, Abraham tuvo un hijo con Agar, la criada egipcia de Sara, pero este hijo, Ismael, no era el hijo prometido por Dios. Entonces, ya ancianos, Dios les da el hijo de la promesa: Isaac. Abraham se queda sólo con Isaac ya que, a causa de Sara, tiene que despedir a Agar con su hijo Ismael. Esta soledad sin duda aumenta el dramatismo de la prueba ya que con el sacrificio de Isaac quedaría en nada la promesa hecha por Dios así como el largo peregrinar hecho por él y su familia.

Al responder a su primer llamado Abraham entierra su pasado pero ahora Dios le pide que renuncie a su futuro. Abrahán podía pensar que él tenía derecho a ese hijo por haber sido obediente. Si Dios es justo, según los criterios del mundo, la orden de eliminar al heredero no tiene sentido. Sin embargo, siguiendo la misma lógica, la  alternativa sería horrible y blasfema: Dios sería injusto. Hasta ese momento Dios y las promesas han marchado juntos. Ahora el padre de la fe se enfrenta a un dilema[1]: ha de escoger entre las promesas de Dios o el Dios de las promesas.

El relato nos dice que muy «de madrugada» inicia el camino que dura tres días. Deja a los servidores al pie de la montaña y sube, el anciano padre, con su hijo querido. Ya en el monte, el patriarca construye el altar, amarra a su víctima y levanta la mano. Parece inminente y lógica la muerte del hijo. Cuando alza la mano, Dios interviene; repite el nombre de Abrahán dos veces, con urgencia, y el héroe, de nuevo y por tercera vez en el capítulo, responde con la fórmula de disponibilidad «Aquí estoy». El Señor revoca la orden cuando parece que ya no hay esperanza y toma de nuevo la iniciativa. Por medio de un oráculo el mensajero divino notifica al patriarca que ha pasado la prueba. Es de notar la correspondencia existente entre la orden: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac (Gn 22,2) y el desenlace: Ya veo que obedeces a Dios y no me niegas a tu hijo único (Gn 22,12), y en el centro la confesión del creyente: Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío (Gn 22,8). A la inexplicable petición divina responde la fe conmovedora de un hombre, ejemplar para todos los siglos.

¿Quién podrá estar contra nosotros?

La segunda sección de la parte central de la carta a los Romanos concluye con este himno apasionado y optimista. Si Dios nos ama, si Dios está con nosotros, todo lo demás será pura consecuencia. San Pablo hace una enumeración que hace eco, sin duda, de expresiones astrológicas empleadas en su tiempo y evoca una serie de fuerzas que los antiguos juzgaban más o menos hostiles al hombre. Él quiere resaltar, que no hay nada capaz de separar al cristiano de Cristo, ni siquiera los poderes que entonces se tenían por más fuertes

La Transfiguración de Jesús o teofanía de Dios

La Transfiguración de Jesús es una etapa obligada en nuestro itinerario cuaresmal, es decir, en nuestro camino hacia la Pascua del Señor. Ya desde antiguo han opinado los Santos Padres que la Transfiguración de Jesús se sitúa antes de su Pasión y Muerte para dar aliento a los apóstoles que deberían su­frir el escándalo y el desa­liento viendo a su Maestro golpeado, azotado e injus­tamente sometido a muerte como un malhechor. La Transfiguración es claramente una teofanía, es decir, una manifestación de la divinidad de Jesucristo. A esta revelación de su identidad fueron invitados los tres apósto­les Pedro, Santiago y Juan.

Lo que ellos vieron es difícil de expresar en pala­bras: «Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún lavandero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo». Lo que san Marcos quiere decir es que se trata de algo que supera la experiencia de este mundo. Aquí se estaba manifestando un signo de otro orden de cosas. Un segundo signo inconfundible de la teofa­nía es el temor que se apodera de los apóstoles: «Pedro no sabía qué responder ya que estaban atemorizados». Cuando la omnipotencia divina se pone en contacto con la pequeñez del hombre, no hay título que valga ni poder humano que pueda resistir; toda criatura humana experimenta su miseria y su pecado, es decir, teme.

«Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo»

La nube que los cubre es otro indicio de la presencia de Dios. Todo se aclara con la voz que sale de ella: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo». Es la misma voz que había reconocido a Jesús en el momento de su bautismo en el Jor­dán, cuando se abrió el cielo y vino sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma. En esa ocasión la misma voz del cielo dijo: «Tú eres mi Hijo amado, en tí me complazco» (Mc 1,11).

Pocos episodios evangélicos están situados con tanta precisión cronológica como el de la Transfiguración. Éste empieza con las palabras: «Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan…».  Esta introducción nos indica que hay otro episodio que el evangelista quiere conectar con éste y que ocurrió seis días antes. Si examina­mos el Evangelio veremos que seis días antes había tenido lugar la importante pregunta de Jesús: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» y la respuesta de Pedro: «Tú eres el Cristo». En ese momento Jesús comenzó a enseñarles algo que ellos entonces no podían comprender: «El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, ser rechazado por los ancia­nos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser sometido a muerte y resucitar al tercer día». Seis días después, en el monte de la Transfiguración, no es Pedro sino la voz del cielo la que declara quién es Jesús: «Este es mi Hijo muy amado». Vemos que todo gira en torno a la identidad de Jesús.

En efecto, es que todo el Evangelio de San Marcos puede considerarse una inclusión entre dos afirmaciones de la divinidad de Jesús. El Evange­lio se abre con las palabras: «Comienzo del Evangelio de Jesu­cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1); y hacia el final repro­du­ce las palabras del centurión que fue testigo de la muerte de Jesús: «Al ver que había expirado de esa manera, dijo: Verdaderamen­te este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). Todo el Evange­lio es una revelación gradual de esa verdad, es decir, de la identidad de Jesús. La identidad de Jesús se capta en el equilibrio entre su gloria y su despojamiento, entre su divinidad y su huma­nidad, entre su Resurrección y su Muerte, entre su instala­ción a la derecha del Padre y su descenso al lugar de los muertos.

El mismo equilibrio se observa en el episodio de su Transfiguración: después de verlo transfi­gurado -que está del lado de su divinidad- los apóstoles «no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos». Toda nuestra salvación se juega en saber quién es Jesús. Y, sin embargo, nosotros solos no podemos penetrar en este misterio. Es necesario que él se revele a nosotros. ¿Cómo lo hace? El Evangelio dice que Jesús «los llevó sobre un monte alto, a un lugar apartado, a ellos solos». Para comprender, para ver, para tener experiencia de quién es Jesús es nece­sario disponer de momentos de silencio y sole­dad. Es necesa­rio estar a solas con Jesús. Sólo en el silen­cio interior de la oración podremos escuchar la voz de Dios.

Una palabra del Santo Padre:

«La caridad, desde el corazón de Dios, a través del corazón de Jesucristo, se derrama mediante su Espíritu en el mundo, como amor que lo renueva todo. Este amor nace del encuentro con Cristo en la fe: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” («Deus caritas est», 1). Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y a Él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin Él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con Él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad.

Por eso Jesús dona al hombre la plena familiaridad con la verdad y lo invita continuamente a vivir en ella. Es una verdad ofrecida como realidad que conforta al hombre y, al mismo tiempo, lo supera y rebasa; como Misterio que acoge y excede al mismo tiempo el impulso de su inteligencia. Y nada mejor que el amor a la verdad logra impulsar la inteligencia humana hacia horizontes inexplorados. Jesucristo, que es la plenitud de la verdad, atrae hacia sí el corazón de todo hombre, lo dilata y lo colma de alegría. En efecto, sólo la verdad es capaz de invadir la mente y hacerla gozar en plenitud».

Benedicto XVI. Discurso en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Febrero de 2006.

Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

1. «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo», nos dice directamente Dios en el relato evangélico. ¿¡Qué medios voy a colocar para poder escuchar la voz del Señor? Solamente desterrando de mi corazón los ruidos y distracciones podré crear el espacio necesario para acoger la Palabra viva de Dios. 

2. En este tiempo de Cuaresma habremos alcanzado su objetivo si al final de estos cuaren­ta días podemos decir, por experiencia, quién es Jesús y qué ha hecho por nosotros y por nuestra reconciliación.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 444. 459. 554 – 556.


[1] Dilema. (Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa).  Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar.  Duda, disyuntiva.

Intenciones de oración para el mes de marzo

Posted: March 1st, 2012, by Matoga

Ciudad del Vaticano, 1 marzo 2012 (VIS).-La intención general del Apostolado de la Oración del Santo Padre para el mes de marzo es: “Para que en todo el mundo sea reconocida adecuadamente la contribución de la mujer al desarrollo de la sociedad”.

Su intención misionera es: “Para que el Espíritu Santo conceda perseverancia a cuantos son discriminados, perseguidos y asesinados por el nombre de Cristo, particularmente en Asia”.

Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo B

Posted: February 23rd, 2012, by Matoga

«Permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás»

Lectura del libro del Génesis 9,8-15

«Dijo Dios a Noé y a sus hijos con él: «He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra. Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra.»

Dijo Dios: «Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne».

Lectura de la Primera carta de San Pedro 3, 18- 22

«Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo  incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el Arca,  en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua; a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo, que, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 12-15

«A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los  ángeles le servían. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

La reconciliación traída por Jesús es el punto de convergencia de las lecturas de este primer Domingo de Cuaresma. San Marcos presenta a Jesús como el nuevo Adán que «estaba con las fieras» como el primer hombre en el jardín del Edén (ver  Gen 2). Jesucristo, restablece la armonía que se había  perdido por el pecado de los primeros padres. La reconciliación ya se ha dado, le resta a cada hombre acoger la invitación hecha por Jesús en Galilea: «El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15).

La deseada reconciliación se encuentra prefigurada en la alianza que Dios realizó con Noé y su familia (la humanidad entera) después del diluvio. El arca de Noé, arca de salvación, también prefigura el bautismo por el cual el cristiano participa de la reconciliación que Jesucristo ha traído a los hombres mediante su Encarnación-Pasión-Muerte-Resurrección (Segunda Lectura).

La Cuaresma

El miércoles pasado hemos comenzado la Cuaresma con el signo expresivo de las cenizas. En este mundo del consumis­mo, que busca afano­sa­mente los placeres y la comodidad, donde el ideal que nos presentan los medios de comunicación es una vida superflua y placentera lo más alejada posible de todo dolor, ¡qué elocuente resulta este signo austero acompa­ñado de las palabras bíblicas: «¡Acuér­date que eres polvo y que en polvo te convertirás!». En realidad, estas palabras no pretenden informarnos de algo nuevo que noso­tros no sepamos ya; sólo pretenden recordarnos una verdad indiscutible, que sin embargo tratamos por todos los medios de ocultar y de olvi­dar ya que es evidente que en esta tierra en la que estamos sólo de paso.

Para nosotros este tiempo de Cuaresma debe ser una experien­cia de liberación, no ya de la esclavitud de Egipto, sino de la esclavitud de nuestros bienes, de nuestros capri­chos, de nuestro pecado; para vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Todas estas cosas, que hoy nos impiden y estorban en nuestro camino hacia Dios, se transformarán en ceniza algún día y, por tanto, no vale la pena poner en ellas nuestro corazón. En este tiempo el Señor nos invita a salir al desierto y privarnos de ciertas comodidades materiales para practicar la miseri­cordia con los más necesi­tados. Las obras de misericordia son eternas, ellas no se transforman en cenizas y nos valdrán en el juicio final. Entonces escucharemos al Señor que nos dice: «Venid benditos de mi Padre a poseer el Reino… porque tuve hambre y me disteis de comer… estaba desnudo y me vestisteis…» (ver Mt 25, 31ss).

«He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros»

En la Primera Lectura se da en el contexto de las nuevas relaciones entre Dios y los hombres  después del diluvio. El sacrificio realizado por Noé (Gn 8,20) es aceptado por Dios que aspira la agradable fragancia de su aroma y dice en su corazón que a pesar de la perversidad del hombre se compromete a no volver a destruir el mundo, aunque siga habiendo buenos y malos, justos e injustos. Termina la escena con un juramento en el que el Señor promete restaurar la armonía de la naturaleza (Gn 8,20-22). Luego Dios llena de bendiciones a Noé y a sus hijos. Los invita a que sean fecundos y que llenen nuevamente la devastada tierra. Los animales nuevamente se someterán al hombre y Dios le dará un voto de confianza recordándole su papel de «señor de la creación».

El hombre podrá comer carne de animales, pero con tal que «no tenga aún dentro su vida, es decir, su sangre» (ver Lv 17,10-12; Gn 1,29). De ahí destaca el respeto debido a la vida humana: al animal que mate a un hombre se le exigirá la vida (Éx 21,28-32) e igualmente al hombre que derrame la sangre de su hermano (ver Ex 20,13; 21,12-15.23-25; Lv 24,17; Mt 26,52); porque el hombre es imagen de Dios (Gn 1,26-28). Finalmente el culmen será la alianza entre Dios y los hombres, cuya señal será el arco iris (ver Ez 1,28; Eclo 43,11-12; Ap 4,3).

«Cristo murió una sola vez por los pecados»

En el pasaje de la Primera carta de San Pedro se resalta el carácter reconciliador y ejemplar de la muerte de Jesús. La singularidad reconciliadora está contenida en la expresión «murió una sola vez por los pecados», mientras que el carácter ejemplar (modélico) se deduce de la conexión de 1 Pe 3,18 con el versículo anterior: «Pues, más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad de Dios que obrar el mal» (1 Pe 3,17); a través del adverbio «también». «Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu» (1Pe 3,18).

El sufrimiento de Cristo fue, por excelencia, un sufrir haciendo el bien, más aún, era el sufrimiento del justo que propiciaba el bien supremo de la reconciliación para toda la humanidad. Él es quien nos lleva nuevamente a la comunión con el Padre y nos enseña el amor que estamos llamados a vivir de manera que seamos «misericordiosos y compasivos» (1Pe 3,8) como Él.

Jesús en el desierto

«En aquel tiempo el Espíritu impulsó a Jesús al desier­to y Él permaneció allí cuarenta días, tentado por Satanás». La permanencia de Jesús por cuarenta días en el desierto recuerda también a otros dos personajes bíblicos que pasaron períodos semejantes de soledad: Moisés y Elías. Ambos en este tiempo de soledad desearon ver el rostro de Dios, tuvieron un decisivo encuentro con Dios y recibieron importantes misiones. Sin embargo nos preguntamos: ¿por qué comenzó Jesús su misión de esa manera? Jesús fue al desierto para revivir esa primera experiencia del pueblo de Dios y salir de ella vencedor; para vivir la experiencia del pueblo de Dios desde sus orígenes en perfecta fidelidad a su Padre.

Después que Israel fue liberado de la esclavi­tud de Egipto, antes de entrar en la tierra prometida, peregrinó cuarenta años en el desierto. Dios caminaba con ellos, y manifestaba su presencia, de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego. En este tiempo Dios formó a su pueblo, separándolo de todos los demás pueblos de la tierra, para manifestarse a él y darle sus leyes a través de su siervo Moisés. El período del desierto fue como el tiempo del noviazgo de Dios con su pueblo; pero lamentablemente también el tiempo de la rebelión y de las murmuraciones del pueblo contra Dios.

Cuando Israel llegó a la tierra de Canaán y la conquistó, acechó la tentación de asimilarse a los demás pueblos, olvidando a su Dios. Entonces el libro del Deutero­no­mio les recordaba: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto, para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná[1]… para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Deut 8,2-3).

Para recordar esto, se procuraba revivir el tiempo del desierto, es decir, vivir una cuaresma de conversión a Dios y a sus leyes. Cuando el pueblo se olvidaba de su Dios, entonces los profetas lo llamaban a revivir el tiempo del desierto, del camino recorri­do con Dios, y anunciaban: «La visitaré por los días de los Baales[2]… cuando se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, oráculo del Señor. Por eso yo voy a seducirla; de nuevo la llevaré al desierto y hablaré a su corazón… Allí me respon­derá como en los días de su juventud como el día en que subía del país de Egipto» (Oseas 2,15-17). La experiencia de Jesús en el desierto durante cuarenta días responde a este llamado divino: Él fue llevado al desierto impulsado por el Espíritu.

Pero si el desierto fue el tiempo del noviazgo, fue también el tiempo de la infidelidad y de la continua murmura­ción del pueblo contra Dios. Lo dice claramente el Salmo 95, invitando a entrar en la presencia de Dios con un corazón sumiso y no como aquella generación: «Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón como el día de Massá en el desierto… Por cuarenta años aquella generación me asqueó y dije: son un pueblo de corazón torcido que no conoce mis caminos. Y por eso en mi cólera juré: No entrarán en mi descanso» (Sal 95,8.10-11).Jesús va al desierto y allí vive esa experiencia en perfecta fidelidad a Dios para redimir a su pueblo de la «dureza del corazón».

En la Escritura esta expre­sión es el modo de describir una situación generalizada de pecado, de olvido de Dios, de autosuficiencia del hombre. Jesús, en el desierto es tentado por Satanás como lo fue el pueblo de Israel; pero Él repele al diablo y permanece fiel a Dios. Por eso, en virtud de los méritos de Cristo, el juramen­to de Dios: «No entrarán en mi descanso», quedó cancelado. Gracias a su fidelidad Él nos da entrada al verdadero descan­so: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontra­réis descanso para vuestras almas» (Mt 11,28-29).

Una palabra del Santo Padre:

«Amadísimos hermanos y hermanas: la Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua. Incluso en el «valle oscuro» del que habla el salmista (Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten abandonadas.

Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un «límite impuesto al mal por el bien divino», y es la misericordia («Memoria e identidad», 29 ss.). En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36).

A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La «mirada» conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el «proyecto» divino todos están llamados a la salvación.

Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación».

Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma del año 2006.

‘  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El Evangelio de hoy nos transmite el resumen de la primera predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en el Evange­lio» (Mc 1,15). ¿Qué debo de hacer para vivir la conversión (cambio) que el Señor me pide?

2. La Iglesia nos ofrece medios concretos y prácticos para poder vivir mejor la Cuaresma: la limosna el ayuno y la oración. ¿Cómo puedo vivirlos? ¿De qué manera concreta?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 397- 400; 538 – 542.


[1] Maná. Nombre basado en la pregunta hecha por los israelitas en hebreo, ¿Man ju? (“¿qué es esto?”, Ex 16.15), cuando vieron por primera vez el “pan del cielo” (Éx 16.4) que Yahveh les dio durante toda la peregrinación en el desierto (v. 35; cf. Jos 5.12). El salmista lo llama “trigo de los cielos” (Sal 78.24) y “pan de nobles” (v. 25) o, quizás, “pan de ángeles” (conforme a la LXX), porque la palabra hebrea aquí se basa en el verbo “volar”. En señal de desprecio, los mismos israelitas llamaron al maná “pan liviano” (Nm 21.5). El apóstol Pablo lo llamó “alimento espiritual” (1 Co 10.3) por su origen divino. Jesús se identificó como “el verdadero pan del cielo… el pan de vida” (Jn 6.25-69). También prometió que “el que venciere” se alimentará de este “maná escondido”, la misma vida espiritual del Redentor (cf. Ap 2.17).

[2] Baal (poseedor o señor). Nombre usado en el Antiguo Testamento principalmente para referirse al dios de la fertilidad de los Cananeos, cuyo culto se introdujo entre los hebreos (Nm 22.41; Jue 2.13; 6.28-32). Durante el reinado de Acab y Jezabel, 450 profetas de Baal y 400 sacerdotes de Astoret vivieron en el palacio; se puso gran empeño en erradicar el culto a Yahveh (1 R 18). Cuando Elías mató a todos los profetas de Baal, no destruyó este culto (2 R 10.18-28). Siguió la lucha contra la tendencia de los israelitas hacia el culto a Baal y la promoción de la idolatría (2 Cr 21.5, 6, 11; 22.3). Joiada se opuso firmemente al culto a Baal. Destruyó los ídolos y altares, y dio muerte a los sacerdotes (2 R 11.17, 18). Sin embargo, una vez tras otra las imágenes y la adoración de Baal reaparecieron en Israel, sobre todo bajo el patrocinio de los reyes (2 Cr 28.2; 2 R 21.3). Con la reforma del rey Josías se eliminaron todos los vestigios de la idolatría (2 R 23.4, 5).

Accidente Once

Posted: February 22nd, 2012, by Matoga

Oficina de Prensa – CEA

Frente a la tragedia ferroviaria acaecida en Once en el día de hoy, el Arzobispado de Buenos Aires hace llegar su cercanía a los familiares de los fallecidos a la vez que pide a Dios por el eterno descanso de los difuntos. Acompañamos también con la oración a todos los heridos y a quienes se han visto afectados por esta tragedia.

A las 18 hs. en la Catedral Metropolitana, Mons. Eduardo García, obispo auxiliar de Buenos Aires, presidirá la Misa de Miércoles de Ceniza en la cual pedirá por el eterno descanso de las víctimas, el consuelo de sus familiares y el pronto restablecimiento de los heridos.

Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires

Buenos Aires, 22 de Febrero de 2012

Mensaje de Cuaresma del obispo Jorge Lugones

Posted: February 22nd, 2012, by Matoga

Cuaresma del 2012
“El camino de la lucha espiritual”

 

“Enseguida el Espíritu lo llevó al desierto,

donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc. 1, 12-13a)

 

La liturgia cuaresmal se compone de valores que, en su conjunto, incitan e iluminan el desarrollo de “la conversión”, con el tono vigilante, bélico y audaz de la lucha espiritual.

Cuaresma es un camino, que tiene como meta la Pascua de Resurrección: la fiesta de la vida.

Este andar el camino de la cuaresma implica el deseo de conversión, es decir, un volverme de “mí camino” para retomar el verdadero camino. Significa renovar la elección de comunión con el misterio de muerte y resurrección, que encuentra en el abandono de fe al Padre y en el servicio de caridad a los hermanos sus expresiones más auténticas.

Como dice el poeta: Porque el mucho camino enturbia el horizonte » .

El mucho camino empaña el horizonte, el horizonte de nuestros buenos deseos, el horizonte de la apertura a los demás, el horizonte de la solidaridad, el horizonte de la misión. Queremos convertirnos en una “Iglesia abierta solidaria y misionera”, pero para alcanzar esto necesitamos hacerlo juntos, pedimos un espíritu de comunión y entrega.

La disponibilidad para la misión debe llevarnos a una lectura de nosotros mismos y de nuestras acciones que se inspire en criterios evangélicos; con el deseo, de vivir en plenitud la comunión con Dios y con los hermanos; pues el pecado rompe o en todo caso perjudica la comunión, la hace menos transparente y auténtica; el corazón de un convertido debe aprender a amarla nuevamente y de modo más profundo, estando atentos al Espíritu.

La desesperanza, el desencanto, la desolación tienen también el poder de empañar el horizonte. Hay cansancios del alma, que nos dejan en penumbras. Pero la reserva siempre está, el volver a la presencia siempre es posible,  cuando parece que el día se apaga, que no se podrá ya ver, es cuando Dios nos sorprende, cuando el atardecer de la vida parece empezar a crear solo sombras, es cuando la apertura al Espíritu nos recrea, nos anima nuevamente.

Todos somos penitentes y necesitados de conversión; llamados a cultivar algunos valores y educarnos en algunas actitudes en el camino de conversión.

La invitación a vivir la reconciliación sacramental preparándonos para iniciar este “Año de la fe” puede llegar al interior de situaciones muy diversas. No estoy hablando de las diferencias de edad, sexo o profesión; sino más bien en la diversidad de situaciones espirituales. Hay quién está viviendo tal vez su fe con indiferencia o distracción. El corazón está en otra parte, quizás solamente en las cosas… hay quien no quiere comprometerse, hay quien no quiere hacerse cargo de un apostolado, hay quien critica pero no hace nada, hay quien dice pero no hace, hay quien hace y critica a los demás, hay quien dice perder la fe y no pide, o pide mal, como dice el evangelio… conversión significará entonces enfrentar con decisión este salir de la oscuridad para ponerse en el camino y aceptar tener una relación distinta y personal con Dios.

Tiempo de lucha: tiempo de gracia, tiempo de tentación. La Cuaresma no es simplemente un tiempo de más silencio y descanso interior; es un tiempo de lucha espiritual, es un tiempo en que los conflictos interiores  se enfrentan con renovado vigor en la lucha contra Satanás y contra el pecado, sobre todo los que eligen y aceptan vivir con seriedad el camino cuaresmal, sabiendo que la batalla está: en el propio corazón.

Tenemos que iniciar esta Cuaresma con gran valentía y ofrecimiento, listos para luchar con las armas del Evangelio. No se trata de armas convencionales, sino son las armas del espíritu: el alimento de la Palabra de Dios, por la que el hombre vive y que debemos gustar y recibir y compartir de un modo especial en cuaresma; la actividad penitencial que se expresará en el sacramento de la reconciliación, no como una confesión más, sino que nuestras confesiones sean preparadas, rezadas, se vivan con un acto de fe intensa, con la certeza de recibir el perdón y la reconciliación por parte de Dios, mediante el ministerio de la Iglesia, gracias a la sangre y a la muerte de Jesús. Junto con la oración más intensa, el ayuno, la limosna y las obras de misericordia.

Hoy también enfrentamos una lucha a nivel planetario por el cuidado de la naturaleza. Necesitamos los cristianos también una conversión en el tema ecológico que nos haga responsables en el cuidado de nuestra “madre tierra”, del agua, que da la vida, del aire que nos permite respirar, frutos de la creación y que hoy vemos tan  devastados, tomar conciencia de que el ser humano “es señor, administrador y responsable de la tierra, pero ordenado en esta relación por los dos mandamientos fundamentales que el mismo Jesús nos enseñó: el amor a Dios y su dependencia como criatura  y el amor al prójimo que implica la fraternidad y la solidaridad para compartir la creación” .

Mons. Jorge Lugones sj

Obispo de la diócesis de Lomas de Zamora

Alcocer N., Reestructurar la propia vida

Una tierra para todos, CEA, 2006

Benedicto XVI creó 22 nuevos cardenales

Posted: February 20th, 2012, by Matoga

Benedicto XVI creó nuevos cardenalesCiudad del Vaticano, 20 Feb. 12 (AICA) Esta mañana, se celebró en la Basílica Vaticana el Consistorio ordinario público en el que el Santo Padre creó 22 nuevos cardenales, a los que impuso la birreta, entregó el anillo y les asignó el título o diaconía. El de hoy es el cuarto consistorio en el pontificado de Benedicto XVI.

Después de la oración inicial y la proclamación del Evangelio, el Santo Padre pronunció una alocución en la que exhortó a los nuevos purpurados a servir a la Iglesia con la fidelidad y la valentía de los mártires y agregó: “Y rueguen también por mí, para que pueda ofrecer siempre al Pueblo de Dios el testimonio de la doctrina segura y regir con humilde firmeza el timón de la santa Iglesia”.

El Papa alentó a los nuevos cardenales a que el don total de sí ofrecido por Cristo sobre la cruz sea para ellos “principio, estímulo y fuerza, gracias a una fe que actúa en la caridad. Que la misión de ustedes en la Iglesia y en el mundo sea siempre y sólo “en Cristo”, que responda a su lógica y no a la del mundo, que esté iluminada por la fe y animada por la caridad que llegan hasta nosotros por la Cruz gloriosa del Señor”.

En la Basílica vaticana el Santo Padre señaló que “en el anillo de los 22 nuevos miembros del colegio cardenalicio están representados los santos Pedro y Pablo, con una estrella en el centro que evoca a la Virgen”. Y que “llevando este anillo, están llamados cada día a recordar el testimonio de Cristo hasta la muerte que los dos Apóstoles dieron con su martirio aquí en Roma, fecundando con su sangre la Iglesia.

Al mismo tiempo, el reclamo a la Virgen María será siempre para ustedes una invitación a seguir a aquella que fue firme en la fe y humilde sierva del Señor”.

Títulos y diaconías de los nuevos cardenales

Estos son los nuevos cardenales creados por el Santo Padre durante el Consistorio ordinario público de esta mañana y sus respectivos títulos y diaconías:

-Fernando Filoni, diaconía de Nuestra Señora de Coromoto en San Juan de Dios.

-Manuel Monteiro De Castro, diaconía de Santo Domingo de Guzmán.

-Santos Abril y Castelló, diaconía de San Ponciano.

-Antonio Maria Vegliò, diaconía de San Cesareo in Palatio.

-Giuseppe Bertello, diaconía de los santos Vito, Modesto y Crescencia.

-Francesco Coccopalmerio, diaconía de San José de los Carpinteros.

-João Braz De Aviz, diaconía de Santa Elena fuera de la Puerta Prenestina.

-Edwin Frederick O’Brien, diaconía de San Sebastián en el Palatino.

-Domenico Calcagno, diaconía de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María en Via Ardeatina.

-Giuseppe Versaldi, diaconía del Sagrado Corazón de Jesùs en Castro Pretorio.

-George Alencherry, título de San Bernardo en las Termas.

-Thomas Christopher Collins, título de San Patricio.

-Dominik Duka OP, título de los santos Marcelino y Pedro.

-Willem Jacobus Eijk, título de San Calixto.

-Giuseppe Betori, título de San Marcelo.

-Timothy Michael Dolan, título de Nuestra Señora de Guadalupe en Monte Mario.

-Rainer Maria Woelki, título de San Juan Maria Vianney.

-John Tong Hon, título de Regina Apostolorum.

-Lucian Muresan, título de San Atanasio.

-Julien Ries, diaconía de San Antonio de Padua en la Circunvalación Appia.

-Prosper Grech OSA, diaconía de Santa María Goretti.

-Karl Josef Becker SJ, diaconía de San Julián Mártir.

Composicion del colegio cardenalicio

Después de la creación de estos 22 nuevos cardenales, el Colegio Cardenalicio estará integrado por 213 purpurados, de los cuales 125 -menores de 80 años- son electores, es decir, participan en la elección del pontífice en el cónclave. Los no electores, mayores de 80 años y que no eligen al pontífice son 88.

Benedicto XVI creó 62 cardenales en los tres consistorios celebrados durante su pontificado.

Los miembros del actual Colegio Cardenalicio proceden de 71 países y su distribución geográfica es la siguiente: Europa tiene 119; Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) cuenta con 21; América Latina 32; África 17; Asia 20 y Oceanía 4.+

Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Posted: February 16th, 2012, by Matoga

«A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»

Lectura del profeta Isaías 43,18-19. 21- 22.24b-25

«Así dice el Señor: ¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo. El pueblo que yo me he formado contará mis alabanzas. Tú no me has invocado, Jacob, porque te has fatigado de mí, Israel; me has convertido en siervo con tus pecados, y me has cansado con tus iniquidades. Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados».

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 1, 18-22

«¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no. Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él «Amén» a la gloria de  Dios. Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 2,1-12

«Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la Palabra. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la  abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.»

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda?” Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice al paralítico -: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”» Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: “Jamás vimos cosa parecida”.»

Pautas para la reflexión personal  

El vínculo entre las lecturas

«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo…era yo quien por mi cuenta borraba tus pecados». En la Primera Lectura vemos como el bello perdón de Dios es una especie de nueva creación: todo lo renueva y lo crea nuevamente. Dios habla por el profeta Isaías a su pueblo desterrado en Babilonia, anunciándole el retorno a la tierra prometida. Así mismo el perdón que Jesús concede al paralítico, restituyéndole también la salud del cuerpo, es una reconciliación integral que cura su cuerpo, su alma y su espíritu. Reconciliación total y verdadera. Jesús une la acción a su palabra porque Él es el«sí»radical del Padre al hombre. Su fidelidad al amoroso Plan del Padre es el modelo y el fundamento de la nuestra fidelidad a Dios. A nosotros muchas veces nos sobran palabras y nos faltan obras, sin embargo gracias al «sí» dado por Jesucristo, podemos dar también nuestro «sí» de amor y de servicio a Dios y a los hermanos (Segunda Lectura).

«Era yo mismo el que tenía que borrar tus pecados…» 

Yahveh, por amor a Israel, envió un instrumento de su ira sobre Babilonia, a saber: a Ciro, rey de Persia,  el conquistador que es llamado de «el consagrado» en cuanto cumplía la misión de Dios. Por medio de éste, Dios «rompió los cerrojos» (ver Is 43, 14)que aprisionaban a los cautivos teniendo los caldeos que huir. Y todo esto es obra de Yahveh que les recuerda las gestas pasadas en el mar Rojo (Is 43, 15).

Pero todas las gestas pasadas no son nada en comparación con «la obra nueva» (Is 43,18) que Yahveh va a realizar. Será una maravilla tal que pueden olvidar todas las anteriores maravillas del Éxodo. El retorno de la cautividad babilónica será un hecho más trascendental. Yahveh se dispone a realizar la «obra nueva» preparando un «camino por el desierto», transforma en frondosa vegetación sus estepas con abundantes ríos.

Dios destaca el carácter gratuito de su intervención: «Tú no me has invocado, Jacob, porque te has fatigado de mí, Israel»; pues sus obras no merecían la benevolencia divina. Israel no buscó a Yahveh, ni se molestó en serle grato. Como Señor de su pueblo pudo haberle exigido ofrendas olorosas de «caña aromática» con el que se preparaba el óleo de la unción (Ex 30, 23). A pesar de estas mínimas exigencias, Israel siguió pecando. Todo esto hace resaltar el carácter gratuito de la liberación del exilio por parte de Dios. Sólo el amor de Yahveh para con su pueblo explica el que borre todos sus pecados.

La comunidad de Corinto

El intercambio tanto personal como epistolar entre San Pablo y la comunidad de Corinto fue muy amplio. Se han conservado dos cartas a los corintios, pero es seguro que fueron más las que se cruzaron entre ellos. Pero fue sobre todo a partir de la Primera Carta a los Corintios que los acontecimientos se sucedieron rápidos y tumultuosos (alrededor del 56 y finales del 57). Parte de la comunidad cristiana de Corinto pone en entredicho la persona y el mensaje del apóstol e incluso ofende a uno de sus representantes. San Pablo los visita, les escribe y les envía embajadores con resultados no siempre halagüeños. Al fin la comunidad se serena.

Para algunos, la segunda carta a los corintios constituiría el capítulo final de todos estos acontecimientos. En ella Pablo, gozoso y apasionado al mismo tiempo, haría balance de lo sucedido. Lo interesante es constatar cómo San Pablo, al hilo de estas circunstancias más o menos azarosas de su propia tarea ministerial, comienza ya a señalar y subrayar una serie de valores imprescindibles para la buena marcha de cualquier ministerio apostólico.

En primer lugar una sencillez y una sinceridad a toda prueba de la que Cristo es el mejor modelo en su entrega absoluta e incondicional a Dios Padre y a los hombres. En segundo lugar, un apóstol que se precie de serlo debe ser agente de alegría y no de tristeza para la comunidad. En alguna ocasión Pablo subraya la paradoja de la alegría a través del sufrimiento (ver 2 Cor 6,10; 7,4; 13,9). Aquí conecta la alegría con la fe: el creyente que lo es de verdad no puede por menos de sentir una incontenible alegría (ver Rm 14,17; Flp 4,4). Existe, es verdad, una tristeza saludable: la tristeza por haber hecho el mal. Pero esta tristeza ni es ni puede ser un fin en sí misma; sólo es camino hacia la auténtica alegría. Finalmente el apóstol, en el desempeño de su tarea ministerial, debe ser comprensivo y saber perdonar de corazón.

«Hijo, tus pecados te son perdonados»

En su primera estancia en Cafarnaúm[1] Jesús había despertado tanto entu­siasmo en la gente que «la ciudad entera estaba agolpada a la puerta» de la casa de Simón y Andrés donde Él estaba. Para sustraerse a este entusiasmo Jesús dice a sus discípulos: «Vayamos a otra parte, a los pue­blos vecinos, para que también allí predique… Y recorrió toda Gali­lea, predicando en sus sinago­gas y expulsando los demonios» (Mc 1,38-39). Ahora vuelve a Cafarnaúm. «Entró de nuevo en Cafar­naúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa». Se entiende que se reproduzca la misma escena de antes: «Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra». Esto es nuevo. Ahora el interés de la gente no es de obtener la curación de sus enfermos, sino de escuchar su Palabra.

Tienen razón, porque Él tiene palabras que dan una salud superior a ésta corporal; Él tiene palabras de vida eter­na, que sanan al hombre en su espíritu. Esto es lo que quedará claro en lo que sigue. Siempre hay algunos que buscan un beneficio corporal: «Le vienen a traer un paralítico llevado entre cuatro». En su desesperación al no poder presentárselo a Jesús abrieron el techo encima de donde Él estaba. Hay que imaginar el tumulto que se habrá produci­do, primero al ver que se abre el techo y luego al ver que desciende en medio de la sala una camilla con un enfermo. A nadie puede caber ninguna duda de lo que esos hombres quieren: quieren que Jesús cure al paralítico y están seguros de que Él lo puede hacer.

«Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’». Esta reacción de Jesús, a primera vista, es desconcertante. Es cierto que demuestra extraor­dinario afecto por el enfermo: éste es el único hombre al cual Jesús trata de «hijo mío». Pero ¿es posible que Jesús sea el único que no haya comprendido que lo que esos hombres quieren es la salud física del enfer­mo? En realidad, Jesús ha comprendido mucho más que lo que ellos piensan; Jesús sabe que con declarar al paralítico liberado de sus peca­dos, ya le ha concedido todo: salud espiritual y física. El pecado es la causa de la muerte, de la enfermedad y de todos los males. Por eso, muriendo en la Cruz por el perdón de los pecados, Jesús obtuvo para el hombre la vida eterna y la futura resurrección de la carne. Todas las curaciones de Jesús son un signo de esta verdad.

Estaban allí algunos escribas que entienden mejor el sentido de las palabras de Jesús y pensaban en su inte­rior: «¿Por qué habla éste así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» Nunca han dicho nada más verdadero: perdonar el pecado, que es una ofensa contra Dios, puede hacerlo sólo Dios. Jesús va a demostrar que, cuando Él dice: «Tus pecados te son perdonados», esa palabra es eficaz y alcanza ese efecto; va a demostrar que Él es ese Dios que puede perdonar los pecados. Conociendo Jesús lo que pensaban hace evidente a todos lo que estaba sucediendo.

Todos saben que es más difícil perdonar los pecados, porque esto puede hacerlo sólo Dios; pero es más fácil pronunciar las palabras del perdón de los pecados, porque nadie puede verificar su efec­to. Para demostrar que Él ha dicho lo más difícil y que ese efecto se ha producido, porque Él tiene en la tierra poder de perdonar pecados, Jesús dice al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Y el para­lítico se levantó y salió a la vista de todos llevando su camilla. La multitud presente se quedó asombrada. Y si ya tenían «fe» en la Palabra que habían ido a escuchar, ahora glorifican a Dios y reconocen el milagro patente que han sido testigos.

El perdón de los pecados

El pecado es una ofensa que consiste en amar las cosas que Dios ha creado más que al Creador de ellas. Por procurar el bien absoluto en el tener, poder o en los placeres del mundo, se actúa contra el Plan de Dios, subordinando todo al capricho personal. Actuando así el hombre rechaza a Dios, que es la fuente de vida eterna, y se pone en estado de muerte eterna. Nadie puede devolverle la amistad de Dios y el estado de vida eterna sino el mismo Dios. Jesús demostró su condición divina devolviéndole al paralítico la verdadera vida. Esto es lo que hace el sacerdote cada vez que acudimos al sacramento de la reconciliación y confesamos nuestros pecados con dolor de haber ofendido a Dios y con el propósito de no ofenderlo más. No hay palabra más dulce que la que entonces el mismo Cristo pronuncia sobre nosotros: «Yo te absuelvo de tus pecados».

Es la misma que Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Aquí Jesús reveló plenamente su misión, la que está expresada en su nombre: «Le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).  El nombre Jesús significa «Dios salva»y todos tenemos necesidad de esta salvación de Dios, pues «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3,23-24).

Una palabra del Santo Padre:

«Ayer, 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, celebramos la Jornada Mundial del Enfermo, que este año ha tenido sus celebraciones principales en Adelaida (Australia), incluyendo un congreso internacional sobre la cuestión siempre urgente de la salud mental. La enfermedad es un rasgo típico de la condición humana, hasta el punto de que puede convertirse en su metáfora realista, como bien lo expresa san Agustín en una de sus oraciones: «Ten misericordia de mí, ¡Señor! Mira, no te escondo mis heridas. Tú eres el médico, yo soy el enfermo; tú eres misericordioso, yo miserable» («Confesiones», X, 39).

Cristo es el verdadero «médico» de la humanidad, que el Padre celestial ha enviado al mundo para curar al hombre, marcado en el cuerpo y en el espíritu por el pecado y sus consecuencias. Precisamente en estos Domingos, el Evangelio de Marco nos presenta a Jesús que, al inicio de su ministerio público, se dedica completamente a la predicación y a la curación de los enfermos en los pueblos de Galilea. Los innumerables signos prodigiosos que realiza con los enfermos confirman la «buena nueva» del Reino de Dios».  

Benedicto XVI. Ángelus 12 de febrero de 2006.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Hijo, tus pecados te son perdonados». Las palabras de Jesús se repitan cada vez que nos acercamos al sacramento de la reconciliación. Acudamos con fe a este extraordinario sacramento.

2. «Quisiera hoy confiar a María “salud de los enfermos”, especialmente a quienes, en todas las partes del mundo, no sólo sufren a causa de la falta de salud, sino también por la soledad, la miseria y la marginación», nos ha dicho Benedicto XVI. Recemos a nuestra Madre por todos aquellos enfermos abandonados y olvidados.  

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1427. 1500- 1505.


[1] Recordemos las primeras curaciones que Jesús realiza que finalizan con la curación del leproso que (ver Mc 1, 40-45) al desobedecer a Jesús va a impedir que siga su ministerio en esta aldea.